Rendición en el Karaoke: Su Mejor Amigo la Reclama
En el karaoke, la esposa de 28 años Paulina se rinde y deja que su amigo Dante, de 34, la folle como su puta delante de su marido Emmett.
En la penumbra del reservado de karaoke, las luces de neón parpadeaban sobre las paredes tapizadas de terciopelo negro, envolviendo todo en un halo de rojo y violeta que hacía que cada mirada pareciera una promesa peligrosa. Emmett, el exitoso empresario de treinta y dos años que había cerrado tres contratos millonarios esa misma semana, permanecía sentado en el sofá de cuero, con las manos apretadas sobre las rodillas. Su corazón latía con fuerza mientras observaba a su esposa Paulina, de veintiocho años, cuya figura curvilínea —pechos llenos que tensaban la blusa de seda negra, caderas anchas y un culo redondo que siempre había vuelto loco a cualquier hombre— se inclinaba hacia Dante con una risa baja y ronca.
Dante, su mejor amigo desde la universidad, de treinta y cuatro años, musculoso como un toro de gimnasio, con los brazos tatuados y una mandíbula cuadrada que transmitía pura dominancia, sostenía el micrófono con esa sonrisa torcida que Emmett conocía demasiado bien. Habían elegido el reservado privado para celebrar el ascenso de Dante, pero la noche se estaba torciendo. Dante seleccionó una canción tras otra con ritmos lentos y cargados de deseo: primero un tema de reggaetón sensual donde la letra hablaba de cuerpos que se funden en la oscuridad, y Paulina, en lugar de dedicársela a su marido, clavó sus ojos oscuros en Dante mientras cantaba con voz entrecortada: «Esto es para ti… para el hombre que realmente sabe lo que quiero».
Emmett tragó saliva. Sentía la humillación subirle por el pecho como un calor líquido, pero al mismo tiempo su polla se endurecía dentro de los pantalones. «¿Cómo puede mirarlo así? Llevamos años juntos y nunca me ha cantado con esa voz», pensó, apretando los dientes. Paulina se movía al ritmo, rozando el hombro de Dante con sus tetas, dejando que su cabello largo cayera sobre el brazo fuerte de él. Dante respondía con miradas directas, bajando la voz en las estrofas para susurrarle algo al oído que la hacía morderse el labio inferior. Cada roce era deliberado: la mano de Dante en la cintura de ella, los dedos que se deslizaban apenas por encima del culo cuando se acercaban al micrófono compartido. Emmett era un mero espectador, reducido a servir las bebidas mientras la química entre su mujer y su mejor amigo crepitaba como electricidad en el aire cargado de humo de cigarrillos electrónicos.
La tensión sexual escaló con cada dueto. Cantaron tres canciones seguidas, cuerpos cada vez más pegados. En la segunda, Paulina se sentó prácticamente en el regazo de Dante mientras compartían la letra de una balada erótica. Sus muslos se rozaban, la falda corta de ella se subió lo suficiente para que Emmett viera la piel suave de sus piernas. Dante le susurraba al oído entre versos, y Paulina respondía con risitas entrecortadas que terminaban en gemidos suaves. «Estás mojándote ya, ¿verdad?», murmuró Dante en un momento en que creyó que Emmett no escuchaba, pero lo hizo. Paulina asintió, mirándolo con ojos vidriosos de lujuria. Emmett sentía la garganta seca. Su propia polla palpitaba traicionera contra la tela, humillado por lo mucho que le excitaba ver cómo su mujer se derretía por otro.
De repente, Paulina detuvo la música. Se levantó, respirando agitada, con las mejillas sonrojadas y los pezones marcados bajo la blusa. Miró a ambos hombres, primero a Dante con hambre descarada, luego a Emmett con una mezcla de ternura y desafío.
—Llevo meses fantaseando con esto —confesó abiertamente, la voz temblorosa pero firme—. Meses soñando con rendirme a Dante. Con dejar que me use, que me folle como su puta mientras tú miras, Emmett. No puedo seguir fingiendo. Lo deseo tanto que me duele el coño solo de pensarlo.
Emmett sintió que el mundo se inclinaba. La humillación le quemaba las mejillas, pero su excitación era mayor. Su polla estaba dura como una piedra. Se pasó la lengua por los labios y, con voz ronca y excitada, respondió:
—Hazlo. Tienes mi consentimiento. Quiero verte rendirte a él. Quiero ver cómo mi mejor amigo te reclama delante de mí.
Dante no perdió tiempo. Se levantó como un depredador, agarró a Paulina por la nuca y la atrajo hacia sí con un beso posesivo, brutal. Su lengua invadió la boca de ella mientras una mano grande bajaba hasta apretarle el culo con fuerza, levantándole la falda. Paulina gimió dentro del beso, frotando sus tetas contra el pecho ancho de él.
—Así que eras una zorra reprimida todo este tiempo —gruñó Dante contra sus labios, metiendo la mano entre sus piernas y palpando la tela empapada de sus bragas—. Estás chorreando, Paulina. Tu coño ya sabe que ahora es mío. Voy a follarte delante de tu marido cornudo hasta que grites mi nombre y él entienda que nunca te ha follado como mereces.
Paulina se estremeció, las rodillas le flaquearon. —Sí… soy tu puta ahora. Úsame, Dante. Por favor.
El reservado se convirtió en un nido de lujuria. Dante la empujó hacia el sofá amplio y la puso de rodillas frente a él. Se bajó la cremallera y sacó su polla gruesa, venosa, más larga y más ancha que la de Emmett. Paulina la miró con auténtica adoración, abriendo la boca sin que se lo pidieran. Dante la agarró del cabello y la guio.
—Chúpala, puta. Muéstrale a tu marido cómo se la mama a un hombre de verdad.
Emmett no podía apartar la vista. Paulina envolvió la polla de Dante con sus labios carnosos, succionando con ganas, bajando hasta que la cabeza gruesa le tocó la garganta. Saliva le corría por la barbilla mientras movía la cabeza con entusiasmo, lamiendo el tronco, chupando las pesadas bolas. Dante gemía, empujando sus caderas, follándole la boca con ritmo dominante. —Mira, Emmett. Mira cómo tu mujercita se atraganta con mi verga. Esto es lo que necesitaba. Tú solo la hacías mojarse a medias.
Paulina gemía alrededor de la polla, sus ojos llorosos de placer fijos en su marido, transmitiéndole que esto era lo que deseaba. Su coño palpitaba visiblemente, empapando las bragas.
Dante la levantó después, la giró y la colocó en posición de perrito sobre el sofá. Le subió la falda hasta la cintura, arrancó las bragas de un tirón y le dio una fuerte nalgada que resonó en el reservado. Paulina gritó de placer, arqueando la espalda. Dante frotó su polla contra el coño empapado y entró de un solo empujón profundo. —¡Joder, qué apretada estás! —gruñó, sujetándola del pelo como riendas mientras empezaba a follarla con embestidas salvajes.
Cada golpe de cadera hacía que las nalgas de Paulina rebotaran. Dante le daba nalgadas rítmicas, dejando marcas rojas. —Dile a tu marido lo que sientes, puta.
— ¡Es tan grande! —jadeó Paulina entre gemidos—. Me llena como tú nunca lo hiciste, Emmett. ¡Me está follando como su puta y me encanta!
Emmett solo podía mirar, la polla dolorosamente dura en sus pantalones, humillado y excitado hasta el límite.
Dante la cambió a misionero, levantándole las piernas hasta que los tobillos de ella descansaron sobre sus hombros anchos. Entró otra vez, profundo, golpeando el fondo de su coño con cada embestida. Le susurraba sucio al oído, lo suficientemente alto para que Emmett oyera:
—Eres mi puta ahora, Paulina. Este coño me pertenece. Carlos… perdón, Emmett solo puede mirar cómo te hago correrte gritando mi nombre. ¿Verdad, cornudo? Dilo.
—Sí… —susurró Emmett, la voz rota por la excitación—. Hazla correrse. Es tuya.
Paulina se corrió por primera vez con un grito agudo, el cuerpo convulsionando, el coño apretando la polla de Dante como un puño caliente. No paró. Dante siguió follándola sin piedad, pellizcándole los pezones, mordiéndole el cuello. Se corrió una segunda vez, y una tercera, suplicando:
— ¡Más! ¡Fóllame más fuerte! ¡Soy tu zorra, Dante! ¡Hazme tuya delante de él!
Finalmente, Dante rugió. Sus embestidas se volvieron erráticas y se corrió dentro de ella, inundando el coño de Paulina con chorros espesos y calientes de semen. Se quedó enterrado hasta el fondo, vaciándose por completo mientras ella temblaba en otro orgasmo más débil.
Aún jadeando, Dante se retiró. El coño de Paulina quedó abierto, rojo, brillando con su crema y el semen blanco que empezaba a escurrir. Miró a Emmett con autoridad absoluta.
—Ahora tú, cornudo. Ven aquí y limpia con la lengua el coño recién follado de tu esposa. Prueba mi semen mezclado con sus jugos. Mientras, yo voy a besarla y recordarle a quién pertenece realmente.
Emmett, temblando de humillación y deseo, se arrodilló entre las piernas abiertas de Paulina. Dante se inclinó sobre ella, capturando su boca en un beso posesivo y profundo, sus manos amasando aquellas tetas perfectas. Paulina gimió dentro del beso, todavía estremeciéndose, sus caderas moviéndose ligeramente hacia la cara de su marido mientras la lengua de Emmett empezaba a lamer los pliegues hinchados, tragando la mezcla espesa y salada. Sus pensamientos eran un torbellino: «Esto es solo el comienzo… quiero más de él, mucho más, y Emmett va a tener que verlo todo».
Dante sonrió contra los labios de ella, susurrando promesas sucias que hicieron que Paulina apretara los muslos alrededor de la cabeza de su marido, sabiendo que la noche apenas había empezado y que su rendición iba a ser completa, lenta y cada vez más salvaje.
La lengua de Emmett seguía trabajando con obediencia entre los labios hinchados del coño de Paulina, recogiendo cada gota espesa del semen de Dante que se escurría mezclado con los jugos brillantes de su esposa. El sabor era intenso, salado y ligeramente amargo, y cada pasada de su lengua hacía que Paulina se estremeciera y apretara los muslos alrededor de su cabeza, sofocándolo ligeramente contra su carne caliente. Paulina, con sus veintiocho años de curvas generosas y pechos que subían y bajaban agitados, gemía dentro del beso profundo que Dante le daba, sus manos de uñas largas clavadas en los hombros tatuados del hombre de treinta y cuatro años que acababa de reclamarla.
Dante, con esa mandíbula cuadrada y los músculos de su torso marcado por horas de gimnasio, rompió el beso solo para mirar hacia abajo con una sonrisa arrogante. Su polla, aún semidura y brillante por los fluidos, colgaba pesada entre sus piernas fuertes.
—Sigue lamiendo, cornudo —ordenó con voz grave, sin apartar la vista de Emmett arrodillado—. Quiero que sientas exactamente lo que le he hecho a tu mujer. Ese coño ya no es el mismo después de que lo haya abierto con mi verga. ¿Verdad, Paulina?
Paulina jadeó, echando la cabeza hacia atrás mientras los labios de su marido succionaban su clítoris sensible. Tenía los pezones duros como piedras, la blusa abierta y la falda arrugada alrededor de la cintura.
—Sí… Dios, Emmett, lame más profundo —susurró ella con la voz rota por el placer—. Siente cómo Dante me ha marcado por dentro. Me duele de lo grande que es, pero es un dolor tan rico… Nunca me había corrido así contigo. Nunca.
Emmett sintió una punzada de humillación que le apretó el pecho, pero su propia polla, encerrada todavía en los pantalones, pulsaba con tanta fuerza que temía correrse solo con las palabras de ella. «Esto es lo que quiere mi esposa», pensó mientras tragaba otra carga espesa de semen. «Y yo… joder, yo también lo quiero. Quiero verla destruida por él». Levantó la mirada un segundo y vio cómo Dante acariciaba los pechos llenos de Paulina, pellizcando los pezones con fuerza suficiente para hacerla arquearse.
Dante no le permitió a Emmett seguir mucho tiempo. Lo agarró del cabello y lo apartó con firmeza pero sin violencia.
—Basta por ahora. Ahora vas a mirar de cerca, cornudo. Siéntate en esa silla y sácala. Quiero que te toques despacio mientras yo sigo follándome a tu mujer. Pero no te corres. Esa leche es mía esta noche.
Emmett obedeció con las mejillas ardiendo. Se sentó en el sillón de terciopelo al lado del sofá, se bajó la cremallera y sacó su polla, más pequeña y menos gruesa que la de su mejor amigo. Empezó a masturbarse lentamente, los ojos fijos en Paulina, que ahora se ponía de pie tambaleante. Dante la desnudó por completo: le arrancó la blusa de seda, dejando que sus tetas pesadas rebotaran libres, luego la falda y el sujetador. Paulina quedó solo con los tacones altos, su cuerpo de veintiocho años expuesto bajo las luces de neón rojas y violetas del reservado. Su coño estaba rojo, hinchado, con los labios exteriores abiertos y todavía chorreando.
—Eres una puta impresionante —gruñó Dante, quitándose la camisa para mostrar sus abdominales marcados y los tatuajes que le cubrían los brazos y el pecho—. Mírala, Emmett. Este cuerpo ya no te pertenece. Ven aquí, Paulina. De rodillas otra vez.
Paulina se arrodilló frente a él sin dudar, sus ojos oscuros brillando de lujuria pura. Agarró la polla semidura de Dante con ambas manos y empezó a lamerla desde las bolas pesadas hasta la cabeza gruesa, saboreando los restos de su propia corrida y el semen anterior. Chupaba con devoción, metiéndose la mitad en la boca, succionando con ruidos húmedos y obscenos que llenaban el reservado. Dante le sujetaba el cabello largo con una mano, guiándola más profundo hasta que la garganta de ella se contrajo alrededor de él.
—Así, zorra. Chúpame hasta que esté como una piedra otra vez. Quiero follarte más fuerte. Quiero que tu marido vea cómo te destrozo el culo esta vez.
Paulina sacó la polla de su boca con un gemido ahogado, saliva espesa colgando de sus labios carnosos hasta la verga brillante.
—¿Mi culo? —preguntó con voz temblorosa de excitación, pero sin miedo—. Sí, Dante… por favor. Nunca se lo he dado a Emmett. Siempre me daba miedo, pero contigo lo quiero todo. Quiero que me reclames por completo delante de él.
Emmett soltó un gemido bajo desde su silla, su mano moviéndose más rápido sobre su polla antes de obligarse a ralentizar. El corazón le latía con fuerza. Ver a su esposa de veintiocho años ofreciendo su culo virgen a su mejor amigo lo estaba volviendo loco de celos y deseo.
Dante la levantó como si no pesara nada, sus músculos flexionándose, y la colocó sobre el sofá en posición de perrito otra vez, pero esta vez le separó las nalgas con ambas manos grandes. Escupió directamente sobre su ano fruncido y empezó a frotar la cabeza de su polla, ya completamente dura y venosa, contra ese agujero apretado.
—Relájate, mi puta. Voy a entrar despacio al principio. Quiero que sientas cada centímetro abriéndote. Dile a tu marido lo que está a punto de pasar.
Paulina miró hacia atrás por encima de su hombro, los ojos vidriosos, las tetas colgando pesadas y balanceándose.
—Emmett… mi amor… Dante va a follarme el culo. Va a meterme esa polla enorme donde tú nunca has estado. Y yo lo deseo tanto que me tiemblan las piernas. Mírame. Mírame mientras me rindo del todo.
Dante empujó. La cabeza gruesa forzó el esfínter de Paulina, que soltó un grito agudo que se mezcló con placer y ardor. Centímetro a centímetro, la polla desapareció dentro de su culo apretado. Paulina clavaba las uñas en el sofá de cuero, sudando, jadeando, pero empujando hacia atrás para tomar más.
— ¡Joder, qué estrecha! —rugió Dante, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca de su mano en la nalga derecha—. Este culo ahora es mío también. Lo estoy estirando para mi verga. ¿Lo ves, cornudo? ¿Ves cómo tu mujercita se abre para mí?
Emmett tenía la boca seca. Su mano subía y bajaba por su polla con lentitud tortuosa, siguiendo las órdenes. Veía perfectamente cómo la polla de Dante desaparecía entre las nalgas redondas de Paulina, cómo el ano de ella se contraía alrededor del tronco grueso. Los gemidos de su esposa se volvieron más graves, más animales.
—Más… métela más adentro —suplicaba Paulina entre dientes—. Me duele pero me encanta… Me estás llenando como una puta de verdad, Dante. ¡Más fuerte!
Dante empezó a moverse con embestidas más profundas y controladas, sujetándola por las caderas. Cada golpe hacía que las tetas de Paulina se bambolearan y que su coño vacío goteara sobre el sofá. El sonido de carne contra carne resonaba junto con la música de fondo que alguien había dejado puesta en el karaoke: un reggaetón lento y cargado de bajos que parecía sincronizarse con sus movimientos.
—Dile cuánto mejor follo yo —exigió Dante, tirándole del cabello para arquearla.
— ¡Mucho mejor! —gritó Paulina, corriéndose de solo la penetración anal, su coño contrayéndose sin que nadie lo tocara, expulsando más jugos—. Tu polla es más gruesa, más larga… me llega donde Emmett nunca pudo. ¡Me estás follando el culo como tu puta personal y me corro solo con eso!
Emmett sentía las lágrimas de humillación picarle en los ojos, pero no podía dejar de mirarlos. Su polla goteaba precum sobre su mano. Dante aceleró el ritmo, follándola con más fuerza, haciendo que el sofá crujiera. Sudor corría por la espalda musculosa de Dante y por las curvas de Paulina. Él se inclinaba sobre ella, mordiéndole el hombro, susurrándole al oído lo suficientemente alto para que Emmett escuchara:
—Esta noche vas a correrte con mi polla en el culo tantas veces que mañana no podrás sentarte. Y tu marido va a limpiar cada gota otra vez. Después te llevaré a mi departamento y te follaré toda la noche mientras él duerme en el sofá. ¿Te gusta la idea, zorra?
Paulina asintió frenéticamente, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida brutal.
—Sí… quiero que me uses toda la noche. Quiero ser tu puta oficial. Emmett… ¿lo aceptas? ¿Aceptas que Dante me folle cuando quiera?
Emmett tragó saliva, la voz quebrada por la excitación.
—Lo acepto… es tuya. Fóllala más, Dante. Hazla gritar.
Dante sonrió con triunfo, sacó su polla del culo de Paulina solo para volver a meterla de un golpe seco que la hizo aullar de placer. La cambió de posición: la sentó sobre él en el sofá, de espaldas a Dante, las piernas abiertas de par en par para que Emmett tuviera vista directa de cómo el ano de su esposa tragaba esa verga una y otra vez. Las bolas de Dante golpeaban contra las nalgas de ella. Paulina se tocaba el clítoris con una mano mientras rebotaba, sus tetas saltando violentamente.
Cada rebote era más salvaje. Los gemidos se convertían en gritos. El reservado olía a sexo, sudor y deseo crudo. Dante le pellizcaba los pezones, le daba cachetadas suaves en la cara que solo la excitaban más. Paulina se corrió otra vez, su ano apretando la polla de Dante como un puño caliente, pero él no se detuvo. Siguió follándola sin piedad, susurrando promesas de lo que vendría después: posiciones más humillantes, más horas de uso, de hacer que Emmett sostuviera las piernas de su propia esposa mientras Dante la penetraba.
Paulina, perdida en el placer, solo podía jadear el nombre de Dante una y otra vez, su rendición volviéndose más profunda, más absoluta. Sabía que esto no terminaría pronto. La noche apenas empezaba a volverse más oscura, más sucia, y su cuerpo ya temblaba anticipando todo lo que Dante aún tenía planeado para ella delante de su marido cornudo. Emmett, masturbándose al borde del orgasmo prohibido, entendía que su humillación solo acababa de escalar y que, por primera vez, no quería que terminara.
Paulina seguía rebotando con furia descontrolada sobre la polla de Dante, su ano dilatado tragándose cada centímetro de aquella verga venosa y gruesa que la partía sin piedad. Tenía veintiocho años y un cuerpo que parecía hecho para el pecado: tetas pesadas que saltaban violentamente con cada descenso, el sudor brillando entre sus pechos y resbalando por su vientre plano hasta el coño hinchado y vacío que chorreaba sin parar. Sus tacones altos se clavaban en el sofá de cuero mientras sus nalgas redondas golpeaban contra los muslos duros de Dante, produciendo un chapoteo obsceno que se mezclaba con los bajos del reggaetón que aún sonaba de fondo.
— ¡Dante! ¡Joder, Dante! —jadeaba ella sin control, los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gemido constante. Sentía cada vena de esa polla rozando sus paredes internas, estirándola de una forma que le quemaba deliciosamente. «Nunca imaginé que entregarle el culo a otro hombre me volvería tan puta», pensó mientras su clítoris palpitaba sin que nadie lo tocara. Su rendición ya no era una fantasía; era carne, sudor y placer brutal delante de Emmett.
Dante, con sus treinta y cuatro años, torso tatuado y brillante de sudor, la sujetaba por la cintura con manos de hierro. Sus dedos se hundían en la carne suave de ella, guiándola para que cayera más fuerte.
—Más profundo, zorra. Quiero que tu marido vea cómo te destrozo el culo que él nunca se atrevió a tocar. Aprieta esa leche, Paulina. Muéstrale a este cornudo lo que se siente cuando una mujer de verdad se corre con una polla de verdad.
Emmett, sentado a menos de un metro con la polla en la mano, se masturbaba con lentitud desesperante. Su verga era notablemente más pequeña y delgada que la de su mejor amigo. Las lágrimas de humillación le nublaban la vista, pero no podía apartar los ojos de cómo el ano de su esposa se abría obscenamente alrededor del tronco grueso de Dante. «Mi Paulina… mi esposa de ocho años… está rogando que le partan el culo y yo solo quiero que siga», pensó, tragando saliva mientras una gota espesa de precum le caía sobre los dedos.
Paulina arqueó la espalda de repente. Un orgasmo anal la atravesó como un rayo. Sus muslos temblaron, el coño le palpitó visiblemente y expulsó un chorro caliente de jugos que salpicó el pecho de Emmett. Gritó el nombre de Dante tan fuerte que su voz se quebró, el ano contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla que la follaba sin descanso.
— ¡Me corrooo! ¡En el culo, me corro en el culo como tu puta! —aulló, las tetas rebotando, el cabello pegado a la cara por el sudor.
Dante soltó una risa oscura y la levantó de golpe, sacando su polla del ano abierto de ella con un sonido húmedo y obsceno. El agujero de Paulina quedó visiblemente dilatado, palpitando, rojo e invitador. Dante la empujó de rodillas al suelo frente a él.
—Límpiala, puta. Chúpame la polla que acaba de estar en tu culo virgen. Que tu marido vea cómo te comes tu propia mierda de mi verga.
Paulina no dudó. Con los ojos vidriosos de lujuria absoluta, abrió su boca carnosa y se tragó la polla hasta la garganta. El sabor fuerte, terroso y salado le inundó la lengua, pero eso solo la excitó más. Chupaba con hambre, bajando hasta que la nariz tocaba el pubis rasurado de Dante, la garganta contrayéndose alrededor de la cabeza gruesa. Saliva espesa le caía por la barbilla y goteaba sobre sus tetas desnudas.
—Así, mi zorra de veintiocho años. Lame bien. Saboréate el culo en mi polla —gruñó Dante, sujetándola del cabello con una mano mientras con la otra le daba cachetadas suaves en la mejilla que solo la hacían gemir más fuerte alrededor de su verga.
Emmett observaba a centímetros, la mano moviéndose despacio sobre su propia polla dolorida. El olor a sexo llenaba el reservado: sudor, coño mojado, semen y el aroma almizclado del ano de su esposa. «Esto es demasiado. La está convirtiendo en una puta sin límites y yo estoy más duro que nunca», pensó, sintiendo que las bolas le dolían de lo lleno que estaba.
Dante la levantó de nuevo como si no pesara nada. La colocó contra la pared tapizada de terciopelo negro, justo debajo de una de las luces de neón rojas que bañaba su cuerpo curvilíneo en un tono pecaminoso. Le separó las piernas de un manotazo, escupió sobre su coño empapado y entró de un solo empujón brutal en su vagina. Paulina gritó, las uñas arañando el terciopelo mientras sus tetas se aplastaban contra la pared.
— ¡Sí! ¡Fóllame el coño ahora! ¡Quiero sentirte en los dos agujeros la misma noche! —suplicó ella, empujando hacia atrás, las nalgas rebotando contra el vientre marcado de Dante.
Cada embestida era salvaje. Dante la follaba con golpes largos y profundos que levantaban a Paulina de puntillas. El sonido de sus huevos pesados golpeando contra el coño mojado resonaba más fuerte que la música. Él le tiró del cabello, arqueándole la espalda, y le habló al oído lo suficientemente alto para que Emmett lo escuchara todo.
—Dile a tu marido lo que sientes, Paulina. Cuéntale cómo te estoy arruinando para siempre.
Paulina giró la cabeza, los labios hinchados y los ojos desenfocados de placer. Miró directamente a Emmett, que seguía tocándose en la silla como un buen cornudo.
—Emmett… cariño… su polla es muchísimo más grande. Me llega al fondo del coño donde tú nunca llegaste. Me está follando como si fuera su propiedad… y lo soy. Soy la puta de Dante. Me encanta que me uses delante de ti. Quiero que me llenes, que me marques, que me dejes chorreando tu leche mientras él me mira como el perdedor que es.
Emmett soltó un gemido roto. Su polla palpitó peligrosamente en su puño. La humillación le quemaba las mejillas, pero el deseo era más fuerte. Quería verla destruida, completamente rendida.
Dante sonrió con arrogancia y sacó la polla del coño de Paulina solo para volver a metérsela en el ano de un solo golpe seco. Ella aulló de placer, las piernas temblando. La cambió de posición otra vez, sentándola en el borde del sofá con las piernas abiertas al máximo, casi doblada en dos. Dante se colocó entre sus muslos y empezó a follarla en ese ángulo brutal, alternando entre coño y culo sin piedad, metiendo primero en uno y luego en el otro, estirando ambos agujeros.
— ¿Ves esto, cornudo? —gruñó sin dejar de bombear—. Dos agujeros, los dos míos. Tu mujer de veintiocho años ya no tiene nada virgen. Mañana va a caminar con las piernas abiertas recordando cada centímetro que le metí.
Paulina se corrió por tercera vez, el cuerpo convulsionando, el coño expulsando otro chorro que mojó el abdomen de Dante. Sus gemidos se volvieron roncos, casi animales. Entre espasmo y espasmo solo repetía:
—Más… más fuerte… rómpeme, Dante… quiero que me uses hasta que no pueda pensar. Emmett, mírame… mírame cómo me entrego del todo.
Dante ralentizó el ritmo de repente, manteniéndose enterrado hasta el fondo en su ano, girando las caderas para que ella sintiera cada centímetro sin dejarla correrse otra vez. Quería llevarla al límite. Le pellizcó los pezones con fuerza, tirando de ellos mientras le susurraba promesas sucias.
—Esta noche aún no termina, mi puta. Voy a follarte en todas las posiciones que existen en este reservado. Después te voy a llevar a mi departamento y te voy a tener toda la madrugada mientras tu marido duerme en el sillón escuchando cómo gritas mi nombre a través de la pared. Pero antes… quiero que cantes.
Con una mano alcanzó el micrófono del karaoke que seguía encendido. Lo acercó a los labios de Paulina, que jadeaba deshecha.
—Canta la misma canción que me dedicaste al principio, zorra. Cántala mientras te follo el culo. Quiero que tu marido escuche tu voz rota de placer mientras te reclamo.
Paulina, con la polla de Dante todavía enterrada profundamente en su ano, empezó a cantar entre gemidos. La voz le salía entrecortada, sensual, rota por el placer. Cada estrofa era interrumpida por un gemido agudo cuando Dante volvía a embestir. Sus tetas se movían al ritmo de la música y de las penetraciones. Emmett tenía que escuchar la letra que antes había sido una promesa secreta y que ahora era un himno a su humillación.
—Esto… es para ti… para el hombre… que realmente… ¡ahh!… sabe lo que quiero… —cantaba Paulina, las lágrimas de placer corriéndole por las mejillas.
Dante aceleró de nuevo, follándola con renovada brutalidad, el micrófono captando cada gemido, cada golpe de carne, cada súplica. El reservado se había convertido en un escenario de rendición total. Paulina ya no era la esposa elegante; era una puta en celo que se entregaba sin límites. Su cuerpo temblaba anticipando lo que aún faltaba: más posiciones, más orgasmos, más humillación para Emmett, más promesas de que esta noche solo era el comienzo de una sumisión mucho más larga y profunda.
Emmett, al borde del colapso, seguía masturbándose lentamente, sabiendo que Dante no le permitiría correrse todavía. La tensión crecía, el aire estaba cargado de sexo y dominio, y los tres sabían que la madrugada apenas empezaba a oscurecerse más. Paulina miró a su marido con ojos vidriosos mientras cantaba y se corría de nuevo, susurrando entre versos:
—Esto… solo… acaba de empezar…
Paulina terminó la canción con la voz convertida en un gemido largo y quebrado, el micrófono temblando entre sus dedos mientras el orgasmo la partía por dentro. Su ano se contrajo con fuerza alrededor de la polla gruesa de Dante, ordeñándola sin piedad, y un chorro caliente de sus jugos salió disparado desde su coño vacío, salpicando el suelo de madera y las rodillas de Emmett. Tenía veintiocho años y en ese momento parecía una diosa del vicio: el sudor le corría entre las tetas pesadas, sus pezones oscuros estaban hinchados y sus muslos temblaban sin control.
— ¡Me corrooo…! ¡Otra vez en el culo, joder…! —aulló, dejando caer el micrófono que rebotó contra el sofá.
Dante no se detuvo. Sus caderas siguieron empujando con ritmo brutal, enterrando hasta el fondo su verga venosa en el ano dilatado de ella. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba el reservado, mezclado con los bajos graves que aún salían de los altavoces.
—Sigue cantando, puta. No he dicho que pares —gruñó él, tirándole del cabello largo y obligándola a mantener la cabeza erguida. Paulina intentó obedecer, pero solo logró balbucear fragmentos de la letra entre gemidos guturales. Cada embestida la levantaba de puntillas sobre sus tacones. Su coño palpitaba visiblemente, abierto y chorreando, mientras Dante alternaba entre meterla profunda en el culo y sacarla para frotar la cabeza gruesa contra su entrada dilatada, mostrándole a Emmett el agujero que acababa de conquistar.
Emmett, de treinta y dos años, seguía sentado con la polla en la mano, masturbándose con lentitud dolorosa. Sentía la humillación como un nudo ardiente en el estómago, pero no podía dejar de mirar cómo su mejor amigo de treinta y cuatro años destruía el culo virgen de su esposa. «Nunca la vi así… ni en nuestra luna de miel. Ese cabrón la está convirtiendo en otra mujer y yo solo quiero que siga», pensó, tragando saliva mientras una gota espesa de precum le resbalaba por los dedos.
Dante sacó su polla de golpe. El ano de Paulina quedó abierto, rojo, palpitando, con un hilo de saliva y fluidos colgando. La giró con brusquedad y la empujó de rodillas.
—Límpiala, zorra. Prueba tu propio culo en mi verga mientras tu cornudo mira.
Paulina abrió la boca con avidez. Sus labios carnosos envolvieron la polla que olía fuerte, terroso y salado. Bajó hasta que la nariz tocó el abdomen marcado de Dante, tragando hasta la garganta. Las arcadas húmedas resonaban en el reservado. Lágrimas de placer le corrían por las mejillas, pero sus ojos brillaban con lujuria pura. Chupaba con devoción, lamiendo cada vena, succionando las bolas pesadas y volviendo a subir para meterse todo otra vez.
—Así, Paulina. A los veintiocho años por fin estás siendo la puta que siempre fuiste por dentro —dijo Dante con voz ronca, sujetándola del pelo con ambas manos y follándole la boca con movimientos cortos y profundos—. Emmett, acércate más. Quiero que veas cómo se le hinchan las venas del cuello cuando la ahogo con mi polla.
Emmett se levantó tambaleante, la polla tiesa apuntando al techo, y se acercó hasta quedar a menos de medio metro. Podía oler el sexo en el aliento de su esposa. Paulina lo miró de reojo mientras tragaba la verga de Dante, y en esa mirada Emmett leyó la verdad absoluta: ella ya no era solo suya. Era de Dante. Y eso lo ponía más duro que nunca.
Dante la levantó de repente, la cargó como si no pesara nada y la tiró sobre la mesa baja donde estaba el karaoke. Le abrió las piernas hasta casi doblarla en dos, sus tacones apuntando al techo. La polla de Dante, brillante de saliva, apuntó directo a su coño hinchado y entró de un solo golpe brutal. Paulina arqueó la espalda, gritando.
— ¡Sííí! ¡Más adentro, por favor! ¡Rómpeme el coño también!
Dante empezó a bombear con fuerza. Cada embestida hacía que las tetas de ella saltaran violentamente. El micrófono seguía encendido sobre la mesa y captaba cada golpe, cada gemido, cada insulto. Dante lo acercó a la boca de Paulina.
—Cuéntale a tu marido, zorra. Cuéntale cómo se siente que te folle un hombre de verdad.
Paulina agarró el micrófono con manos temblorosas, la voz rota y sensual mientras Dante la taladraba sin piedad.
—Emmett… mi amor… su polla es mucho más gruesa que la tuya. Me llega al fondo… me está tocando el útero con cada golpe. Me duele rico… me está arruinando para siempre. Ya no voy a poder sentirte a ti después de esto… ¡ahh, joder, Dante!
Dante sonrió con arrogancia y cambió de agujero sin aviso. Sacó la polla empapada de jugos y la metió de nuevo en el ano de Paulina, que soltó un alarido de placer. Alternaba sin piedad: coño, culo, coño, culo. Los dos agujeros de su esposa de veintiocho años estaban rojos, hinchados y completamente abiertos para él.
— ¿Lo estás viendo, cornudo? —preguntó Dante mirando a Emmett—. Dos agujeros, los dos míos. Esta noche voy a follarla hasta que no pueda caminar. Y tú vas a ayudar.
Hizo una seña. Emmett, con las mejillas ardiendo de vergüenza y excitación, se acercó. Dante lo obligó a arrodillarse al lado de la mesa.
—Sujétale las piernas. Ábrela más para mí. Quiero que sientas cómo tiembla cada vez que entro en su culo.
Emmett obedeció. Sus manos temblorosas agarraron los muslos suaves y calientes de Paulina, separándolos al máximo. Ahora estaba a centímetros de la acción: veía perfectamente cómo la polla gruesa de su mejor amigo desaparecía en el ano dilatado de su mujer, salía brillante y volvía a entrar con fuerza. El olor era intenso, animal. Paulina lo miró con ojos nublados de placer.
—Gracias, cariño… gracias por sujetarme mientras él me destroza —jadeó ella, y luego se corrió otra vez con un grito que reverberó en el micrófono. Su coño expulsó otro chorro que mojó el pecho de Dante y salpicó la cara de Emmett.
Dante rio oscuro y sacó la polla. La cabeza hinchada brillaba.
—Lame, cornudo. Limpia mi verga que acaba de salir del culo de tu esposa. Quiero que pruebes los dos sabores mezclados.
Emmett dudó solo un segundo. La humillación era tan grande que le ardían los ojos, pero abrió la boca. Dante le metió la polla entre los labios. El sabor era fuerte, terroso, mezclado con los jugos dulces de Paulina. Emmett lamió con obediencia, sintiendo cada vena, cada resto de su esposa. Mientras tanto, Dante se inclinó sobre Paulina y la besó con posesión brutal, metiendo la lengua hasta el fondo de su garganta mientras sus dedos pellizcaban con fuerza aquellos pezones oscuros.
—Eres mía ahora —le susurró Dante contra los labios—. Dile a tu marido que a partir de hoy solo vas a correrte con mi polla. Que su verga pequeña ya no te sirve.
Paulina, todavía jadeando, miró a Emmett mientras este seguía limpiando la polla de Dante con la lengua.
—Emmett… mi cornudito… solo voy a correrme con Dante de ahora en adelante. Tu polla ya no me llena. Solo sirves para mirar, para lamer y para sujetarme las piernas mientras él me usa. ¿Lo entiendes?
Emmett asintió con la polla de su amigo aún en la boca, la voz ahogada:
—Lo entiendo… eres su puta. Soy solo el cornudo que mira.
Dante lo apartó con una risa satisfecha y volvió a cargar a Paulina. Esta vez la puso contra la pared de terciopelo negro, de frente, levantándole una pierna hasta que el tacón quedó apoyado en su hombro ancho. Entró en su coño con un golpe seco, follándola de pie mientras la besaba con violencia. Las tetas de ella se aplastaban contra el pecho tatuado de él. Cada embestida la levantaba del suelo.
—Quiero que cantes otra vez —ordenó Dante sin dejar de follarla—. Pero ahora vas a cantar lo que realmente sientes. Quiero que el micrófono grabe cómo te declaras mi puta mientras te parto el coño.
Paulina agarró el micrófono que Emmett le acercó con manos temblorosas. Mientras Dante la taladraba sin piedad, ella empezó a cantar entre gemidos, improvisando una letra sucia y rota:
—Soy la puta de Dante… me folla mejor que mi marido… me abre el culo y el coño… me llena de leche caliente… y yo solo quiero más… más… ¡más fuerte, joder!
Sus palabras se cortaban cada vez que el orgasmo la atravesaba. Dante le mordía el cuello, le daba nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo redondo. La cambió otra vez: la puso a cuatro patas sobre el sofá, de cara a Emmett, y la folló con tanta fuerza que el sofá se movía. Paulina tenía la cara a centímetros de la polla de su marido.
—Chúpale las bolas a tu cornudo mientras yo te follo —ordenó Dante.
Paulina obedeció. Sacó la lengua y lamió las bolas de Emmett con devoción mientras Dante la embestía por detrás, alternando otra vez entre coño y culo. Emmett sentía el aliento caliente de su esposa en sus testículos y tuvo que apretar los dientes para no correrse.
La noche seguía escalando. Dante no parecía cansarse. Sudor corría por su espalda musculosa. Paulina estaba deshecha, el cabello pegado a la cara, los labios hinchados, los dos agujeros rojos y abiertos. Pero aún no había terminado. Dante la miró con esa sonrisa arrogante y le susurró algo al oído que solo ella escuchó. Paulina abrió mucho los ojos, luego sonrió con lujuria renovada y miró a Emmett.
—Mi amor… Dante dice que después de esto vamos a ir a su departamento… pero antes quiere que lo ayudes a ponerme en la posición más humillante posible. Quiere que me dobles como una muñeca mientras él decide si se corre dentro de mi culo o de mi coño… y tú vas a sostener el micrófono para que todo quede grabado. ¿Lo harás?
Emmett, con la voz rota por el deseo y la vergüenza, solo pudo responder:
—Sí… lo haré. Todo lo que quieras.
Dante sonrió triunfante, sacó su polla brillante y la frotó lentamente contra los labios hinchados del coño y el ano palpitante de Paulina, eligiendo con deliberación mientras la tensión en el reservado crecía aún más. La madrugada aún tenía muchas horas por delante y la rendición de Paulina apenas estaba alcanzando su verdadera profundidad. El marido cornudo sabía que, pasara lo que pasara ahora, ya nunca podría volver atrás.
Dante sonrió con esa arrogancia que ya no disimulaba y empujó la cabeza gruesa de su polla contra el ano dilatado de Paulina, decidiendo sin palabras. La sujetó por las caderas mientras Emmett, temblando, la doblaba como una muñeca de carne. Las piernas de ella, aún con los tacones negros de aguja, quedaron presionadas contra sus propios hombros, el coño y el culo completamente expuestos bajo las luces de neón que teñían su piel sudada de rojo y violeta. Paulina, con sus veintiocho años de curvas generosas brillando de sudor, jadeaba con la boca abierta, los pechos pesados aplastados contra sus muslos.
—Sostén el micrófono cerca de su boca, cornudo —ordenó Dante sin mirarlo—. Quiero que quede grabado cada gemido mientras le lleno el culo de leche.
Emmett obedeció, arrodillándose a un lado con la polla pequeña y palpitante goteando precum sobre el suelo. Acercó el micrófono a los labios hinchados de su esposa. Paulina lo miró un segundo con ojos vidriosos de placer absoluto y susurró:
—Hazlo, Dante… rómpeme.
Dante escupió sobre su verga venosa y empujó. El ano de Paulina, ya abierto por las horas de uso, lo tragó centímetro a centímetro con un sonido húmedo y obsceno. Ella soltó un grito ronco que el micrófono amplificó, convirtiéndolo en un eco sucio que rebotó en las paredes tapizadas. Dante no fue suave; clavó las caderas con un golpe seco y se enterró hasta las bolas, gruñendo de puro placer.
—Joder, qué culo más caliente tienes, puta de veintiocho años. Siente cómo te llega al fondo. Esto es mío, ¿entiendes? Tu marido solo puede sostenerte las piernas como el cornudo inútil que es.
Paulina arqueó la espalda dentro de la posición humillante, las uñas clavándose en sus propios muslos. Cada embestida la sacudía entera; sus tetas rebotaban contra su pecho, el coño vacío chorreaba jugos transparentes que caían en hilos gruesos sobre el abdomen de Emmett. El micrófono captaba todo: el chapoteo de las bolas pesadas contra la carne, los gemidos guturales de ella, el crujido del sofá bajo ellos.
—Más… métemela más adentro, Dante —suplicó ella con voz rota, casi cantando las palabras entre jadeos—. Me estás partiendo el culo y me encanta… ¡ahh! Emmett, míralo… mira cómo me abre como tú nunca pudiste.
Emmett sentía el corazón latiéndole en la garganta. Sus manos temblaban sujetando las piernas calientes y sudadas de Paulina, oliendo el sexo crudo a centímetros de su cara. Su propia polla, más delgada y corta que la de su mejor amigo, palpitaba dolorosamente sin que nadie la tocara. «Esto es lo que ella siempre quiso. Y yo… Dios, yo también. Verla así, doblada como una zorra barata, me está matando», pensó, tragando saliva mientras un hilo de precum le caía por los dedos.
Dante aceleró, follándola con golpes brutales que hacían que el cuerpo de Paulina se sacudiera como una muñeca. El reservado olía a semen viejo, sudor y coño mojado. Sacó la polla del culo solo para metérsela de un golpe en el coño, alternando sin piedad, estirando ambos agujeros hinchados y rojos. Paulina se corrió con un aullido que el micrófono distorsionó en un grito salvaje; su ano se contrajo visiblemente, expulsando un chorro caliente que salpicó la cara de Emmett.
— ¡Me corro en el culo otra vez! ¡Dante, eres mi dueño! —gritó, las lágrimas de placer corriéndole por las mejillas sonrojadas.
Dante la besó con violencia, mordiéndole el labio inferior mientras seguía taladrándola. Sus músculos tatuados brillaban bajo las luces, el pecho ancho pegado a las tetas sudorosas de ella. Cambió de posición sin salir de su interior: la bajó de la mesa y la puso de pie contra la pared, levantándole una pierna hasta que el tacón quedó enganchado en su hombro. La folló así, de frente, mirándola a los ojos con posesión absoluta.
—Dile la verdad, mi zorra —gruñó contra su boca, la polla entrando y saliendo del coño con sonidos mojados—. Dile que a partir de hoy vas a dormir en mi cama cuando yo quiera.
Paulina, con el cabello pegado a la frente por el sudor, miró a Emmett mientras este seguía sosteniendo el micrófono como un sirviente.
—Emmett… amor… voy a ser su puta oficial. Voy a dejar que me folle en nuestro sofá mientras tú preparas la cena… ¡joder, Dante, más fuerte!
Dante la giró de nuevo, esta vez colocándola a cuatro patas sobre el sofá con la cara a centímetros de la polla erecta de su marido. Emmett tuvo que arrodillarse frente a ella. Paulina abrió la boca y empezó a lamerle las bolas con devoción, succionando una y luego la otra mientras Dante la embestía por detrás, alternando entre coño y culo sin descanso. El micrófono captaba los ruidos húmedos de su lengua, los gemidos ahogados, los golpes de carne.
—Chúpale las bolas al cornudo mientras te destruyo el culo —ordenó Dante, dándole una nalgada que dejó la marca roja de su mano en la nalga derecha de Paulina.
Ella obedeció con entusiasmo, lamiendo y chupando con la boca abierta, saliva cayendo sobre la polla pequeña de Emmett. Este sentía que iba a explotar, pero se contenía por orden de Dante. Sus pensamientos eran un torbellino de humillación y deseo: «Mi esposa de veintiocho años lamiéndome mientras otro le parte el culo… nunca volveremos a ser los mismos».
Dante rugió y aceleró el ritmo final. Sacó la polla del coño y la clavó profundamente en el ano de Paulina con un último golpe salvaje. La sujetó del cabello como riendas, tirando hacia atrás mientras se vaciaba.
— ¡Toma mi leche, puta! ¡Todo dentro de tu culo virgen para tu marido!
Chorros espesos y calientes inundaron el interior de Paulina. Ella se corrió por última vez con un grito desgarrado, el cuerpo convulsionando, el ano apretando la polla de Dante como si quisiera ordeñarla hasta la última gota. Sus jugos salpicaron el sofá y las rodillas de Emmett. El micrófono recogió cada detalle: los gemidos entrecortados, el sonido de la corrida llenándola, los suspiros de rendición total.
Cuando Dante se retiró lentamente, el ano de Paulina quedó abierto, rojo, palpitando, con semen blanco y espeso escapando en hilos gruesos que bajaban por sus muslos. Respiraba agitada, el cuerpo tembloroso, las tetas marcadas por mordidas y pellizcos.
—Limpia, cornudo —dijo Dante con voz satisfecha, sentándose en el sofá y atrayendo a Paulina a su regazo para besarla con lentitud posesiva.
Emmett se inclinó sin protestar. Su lengua recorrió los pliegues hinchados del coño de su esposa primero, tragando la mezcla de jugos y semen, luego subió hasta el ano dilatado y lamió con devoción cada gota que salía. El sabor era intenso, salado, terroso, humillante. Paulina gemía suavemente contra la boca de Dante, moviendo las caderas contra la cara de su marido.
—Buen chico… lame todo lo que te dejó mi amante —susurró ella entre besos.
El sexo había terminado. El reservado quedó en silencio salvo por la respiración pesada de los tres. Dante acariciaba los pechos de Paulina con calma, pellizcando un pezón de vez en cuando. Emmett seguía arrodillado, limpiando con la lengua hasta que no quedó nada.
Paulina, aún sentada sobre las piernas fuertes de Dante, sintió una oleada de satisfacción profunda. Miró a su marido con ternura fingida mientras este se limpiaba la boca. En su mente, un secreto ardía como brasa: esto no era la primera vez. Llevaba cinco meses follando con Dante a espaldas de Emmett, escapándose a su departamento tres veces por semana para que la usara sin condón, corriéndose dentro de ella mientras le susurraba que pronto lo dejaría. Esta noche solo era la culminación planeada, la forma en que Dante la reclamaba públicamente. Emmett nunca lo sabría. Creía que era el principio de su humillación, cuando en realidad era el final de su matrimonio tal como lo conocía. Paulina apretó los muslos alrededor de la mano de Dante, sonriendo para sí misma. La rendición era completa, y el secreto la hacía mojarse de nuevo solo de pensarlo. La madrugada se extendía, pero para ella, el verdadero juego apenas empezaba.
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