Su Mejor Amiga Se Baña Desnuda en la Autocaravana
Marcos, mecánico de 24, folla por primera vez a la voluptuosa peluquera Naomi de 22 en la autocaravana mientras su novia no sabe nada.
Soy Marcos, un mecánico de veinticuatro años, y si alguien me hubiera dicho hace una semana que acabaría encerrado en mi autocaravana con la mejor amiga de mi novia, empalmado como un adolescente y con el corazón a mil, le habría soltado una carcajada. Delphine, mi novia, se había quedado en la ciudad por un curso de formación. Naomi, peluquera de veintidós, voluptuosa de cojones, se apuntó al viaje por la costa a última hora. «Que no te aburras solo», me dijo Delphine por teléfono. Y aquí estábamos.
Habíamos pasado el día en la playa. El sol, la sal, la cerveza fría. Naomi con aquel bikini negro que apenas contenía sus tetas pesadas y su culo redondo. Cada vez que se inclinaba a recoger la toalla yo desviaba la mirada como un cobarde. En la furgoneta, el aire acondicionado apenas funcionaba. Ella entró primero, todavía mojada, con la arena pegada a los muslos.
—Me ducho —anunció, y no esperó respuesta.
La ducha de la autocaravana es un cubículo ridículo. La cortina de plástico transparente no llega del todo al borde. Me senté en el banco de la cocina, a dos metros escasos, fingiendo que miraba el móvil. El agua empezó a caer. Oí el chapoteo y el suspiro cuando el chorro le golpeó la nuca. Levanté la vista un segundo. La cortina no tapaba nada. Naomi estaba de espaldas, completamente desnuda, el agua resbalando por la curva de su espalda, por el hueco de los riñones, por esas nalgas firmes que se movían un poco mientras se enjuagaba el pelo. Se giró de lado. Vi el perfil de una teta grande, el pezón oscuro y endurecido por el contraste del agua tibia. Sabía que yo estaba ahí. No corrió la puta cortina.
Seguí con la comedia del teléfono, pero ya no leía nada. El cristal se empañaba a ratos y ella lo limpiaba con la mano, a propósito. Me miró. Directo a los ojos. Yo me quedé helado, la polla ya dura dentro del bañador seco que me había puesto encima.
—Marcos —dijo con voz ronca, casi un susurro por encima del ruido del agua—. Siempre he fantaseado contigo. Desde que Delphine me presentó. Y ella no tiene por qué enterarse de una mierda.
Me levanté sin pensarlo. Me acerqué hasta el marco de la ducha. El vapor me dio en la cara. Naomi se enjabonaba los pechos con las dos manos, despacio, apretándolos, pasando los dedos por los pezones hasta dejarlos brillantes y tiesos. Luego bajó una mano por la panza suave, por el vello recortado del pubis, y se abrió los labios del coño con dos dedos. Se frotó el clítoris en círculos lentos mientras me miraba sin pestañear.
—Llevo meses mojándome pensando en tu polla —continuó—. En cómo me la meterías. Dime que tú también. Dímelo ya.
Tragué saliva. La confesión salió sola, cruda:
—Joder, sí. Desde el primer día. Cada vez que te veo en el salón de Delphine con ese delantal apretado… me voy al baño a pajearme. Quiero follarte desde hace meses.
Ella sonrió, un destello de triunfo y de alivio. Apagó el grifo. El agua le chorreaba por el cuerpo entero: hombros, tetas pesadas, vientre, muslos gruesos y blancos. Se salió del cubículo sin toalla, descalza, dejando charcos en el suelo de linóleo. Se me plantó delante, mojada, oliendo a gel de vainilla y a coño caliente.
—Entonces lo hacemos. Ahora. Primer encuentro. Tú y yo. Nadie más se entera. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí, y mi voz sonó ronca—. Quiero follarte. Quiero correrme dentro si me dejas.
—Te dejo todo —susurró.
Se arrodilló en el suelo estrecho de la furgoneta. Sus rodillas chapotearon en el agua. Me bajó el bañador de un tirón. Mi polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Naomi la miró un segundo con los ojos muy abiertos, como si no se creyera el tamaño, y después la agarró con las dos manos.
—Nunca… nunca le he chupado la polla a nadie así. Delphine dice que tú… joder. Enséñame.
No esperó instrucciones. Abrió la boca y metió la cabeza adentro de un golpe torpe y ansioso. Sus labios se estiraron alrededor del grosor. Intentó llegar hasta la base y se atragantó, pero no se retiró: babas le cayó por la barbilla mientras empujaba más, hasta que la punta le rozó la garganta. Tosió, sacó un poco, y volvió a tragar. Con la lengua me lamió el frenillo, después bajó a los huevos, se los metió uno a uno en la boca, calientes y apretados, mientras me masturbaba el tronco con la mano libre. El sonido era obsceno: chupidos, gorgoteos, su respiración agitada por la nariz. Yo le sujeté el pelo mojado, sin forzar, solo para sentir cómo su cabeza subía y bajaba.
—Así… joder, Naomi, chúpala toda. Eres una puta natural —le dije entre dientes.
Ella gimió alrededor de mi polla, vibrando. Cuando se apartó, un hilo de saliva unía sus labios a mi glande.
—Súbete a la cama —ordené.
La cama de la autocaravana es un colchón estrecho al fondo. Nos tumbamos de lado primero, tropezando con codos y rodillas. Ella se subió a horcajadas encima de mí. Agarró mi verga, se la frotó entre los labios hinchados de su coño —ya empapado, resbaladizo— y se la fue metiendo centímetro a centímetro. Estaba apretada, caliente, palpitante. Cuando llegó al fondo soltó un gemido largo, echando la cabeza atrás, las tetas balanceándose delante de mi cara. Empecé a apretárselas, a pellizcarle los pezones mientras ella cabalgaba. Subía y bajaba con fuerza, el culo golpeándome los muslos, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que me tragaba entero.
—Más duro —pidió—. Azótame el culo. Trátame como tu puta.
Le di una palmada sonora en una nalga. La carne tembló. Otra. Otra más fuerte. Ella gritaba y apretaba más alrededor de mi polla. Le agarré las caderas y empecé a embestir desde abajo, clavándosela hasta el fondo. El techo bajo de la furgoneta hacía que sudáramos pegados. El olor a sexo y a jabón llenaba el habitáculo.
—Dáte la vuelta —le dije.
Se bajó y se puso a cuatro patas en el colchón, el culo en alto, el coño rojo y abierto, goteando por los muslos. Me arrodillé detrás y se la enterré de un solo empujón. Ella aulló contra la almohada. La follé salvaje, agarrándola de la cintura, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante de sus jugos. Con una mano le separé las nalgas y le metí dos dedos en el culo —bien lubrificado con su propia humedad—. Estaba virgen de culo, se notaba en lo estrecho que apretaba, pero no se quejó: empujó hacia atrás pidiendo más.
—¡Joder, Marcos! ¡Así, fóllame! Es la primera vez que un hombre de verdad me parte el coño… ¡quiero que me llenes! ¡Lléname de leche!
Sentí cómo se corría. El coño le convulsó en oleadas, apretándome la verga una y otra vez, mojándome los huevos. Gritaba el nombre de Delphine entre dientes y después el mío, confusa y perdida en el placer. Yo no paré. Seguí metiéndosela hasta el fondo, los dedos torciendo dentro de su culo, mientras ella temblaba y se derrumbaba sobre los antebrazos.
Cuando las contracciones amainaron un poco, la giré otra vez, la tumbé de espaldas y me puse entre sus piernas abiertas. Sus tetas subían y bajaban con la respiración entrecortada. Me miró con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, y me rodeó la cintura con los muslos.
—No te corras todavía —susurró—. Quiero más. Quiero que me la metas otra vez despacio… y que me digas todo lo que le harías a tu novia si ella estuviera mirando. Quiero oírlo. Quiero que me uses hasta que no pueda ni caminar mañana.
Enfilé la polla otra vez en aquel coño hinchado y caliente. Entré despacio esta vez, centímetro a centímetro, sintiendo cada pliegue. Ella arqueó la espalda y se mordió el labio. Afuera, la noche de la costa crujía con el viento y el lejano rumor de las olas. Dentro de la autocaravana solo estábamos nosotros dos, sudados, enredados, y la certeza de que esto no iba a quedar en una sola follada.
Le agarré las muñecas y se las fijé sobre la cabeza contra el colchón. Empecé a moverme con tironés largos y profundos. Ella gemía mi nombre. Yo pensaba en Delphine, en lo que diría si viera a su mejor amiga con las piernas abiertas debajo de mí, y eso solo me ponía más duro. Naomi lo notó. Sonrió con malicia, se levantó un poco la cadera y me apretó por dentro.
—Vas a follarme toda la noche —dijo—. Y después vamos a mentirle las dos. Juntos.
La furgoneta se balanceó con cada embestida. Mi polla latía dentro de ella, al borde, pero me contuve. Todavía quedaba mucho por hacer con aquel cuerpo. Todavía no había terminado de descubrir cómo sonaba cuando se corría por segunda vez, ni cómo sabía su coño después de haberla llenado. Ella me miró a los ojos, me soltó las muñecas y me clavó las uñas en la espalda, tirándome hacia abajo hasta que nuestros pechos sudados se pegaron.
—Más —rogó contra mi oído—. No pares. Hazme tuya antes de que amanezca.
Seguí embistiéndola, profundo, salvaje, mientras el condensador de la nevera zumbaba al fondo y el mundo exterior dejaba de existir.
Soy Marcos y en ese momento solo existía el calor de Naomi debajo de mí, su coño hinchado tragándome entero con cada embestida larga. Le tenía las muñecas fijadas contra el colchón y ella arqueaba la espalda, empujando la cadera para que le llegara más hondo. El sudor nos resbalaba entre los pechos. El olor a sexo, a vainilla del gel y a su coño abierto llenaba la autocaravana como una droga.
—Dime —insistió con la voz rota—. Dime lo que le harías a Delphine si estuviera aquí mirando.
Apreté los dientes y le clavé la polla hasta el fondo, quedándome quieto un segundo para que sintiera cómo latía dentro.
—La haría arrodillarse al lado de la cama —le solté al oído, embistiéndola despacio otra vez—. Le diría que abriera la boca y que mirara cómo te parto el coño. Que lamiera tus pezones mientras te la meto. Que te chupara el clítoris con mi polla todavía adentro. Y después le haría lamerte la leche de entre las piernas cuando me corriera.
Naomi soltó un gemido gutural y se contrajo alrededor de mí. Sus uñas se clavaron en mis hombros cuando le solté las muñecas. Me agarró la cara y me besó con lengua, sucio, baboso, mientras yo seguía follándola con tironés profundos que hacían crujir el colchón.
—Otra —jadeó—. Quiero oír más. Úsame.
Me incorporé de rodillas, le abrí las piernas hasta casi partirla y empecé a machacarla sin piedad. Las tetas le rebotaban con cada golpe. Le escupí en el pecho y le unté la saliva por los pezones, pellizcándolos hasta que ella gritó.
—Te follaría delante de ella hasta que lloraras de placer —continué—. Le diría que te mirara cómo te corres en mi polla. Y después te pondría a cuatro patas otra vez y le haría que te abriera el culo con los dedos para que yo te la metiera también ahí. Las dos me chuparíais la verga limpia después.
—¡Joder, sí! —aulló ella—. Hazlo. Métela en el culo. Quiero probarlo contigo. Primero tú.
Saqué la polla chorreante de jugos y me arrodillé detrás. Le separé las nalgas con las dos manos. El agujero rosado y apretado se abría y cerraba. Escupí encima y unté bien. Apoyé la cabeza gruesa contra la entrada y empujé despacio. Ella se tensó, soltó un quejido largo, pero empujó hacia atrás.
—Más… despacio… joder, qué gruesa…
Centímetro a centímetro fui abriéndola. El culo la tenía virgen de verdad: quemaba de lo estrecho que apretaba. Cuando la cabeza pasó del anillo ella soltó un grito ahogado contra la almohada y yo me detuve, dejándola acostumbrarse, acariciándole la espalda.
—Respira. Tómalo todo. Eres mi puta ahora.
Seguí entrando hasta que mis huevos le golpearon el coño. Me quedé embutido hasta la base, sintiendo cómo le palpitaba el interior. Empecé a moverme con tirones cortos. Ella gimió como una perra en celo, empujando el culo hacia mí, pidiendo más. Le metí tres dedos en el coño a la vez y la follé por los dos agujeros, sincronizado, salvaje. El sonido era obsceno: el roce húmedo, sus gritos, el chapoteo de nuestros cuerpos.
—Me corro… me corro otra vez… ¡Marcos!
El coño le convulsó alrededor de mis dedos y el culo le apretó mi polla en oleadas locas. Yo no aguanté más. Saqué la verga del culo, se la clavé de un golpe en el coño y me corrí como un animal. Chorros espesos, calientes, llenándole el útero mientras ella seguía temblando. Me quedé clavado hasta el fondo, bombeando cada gota, gemiendo su nombre contra su nuca.
Cuando salí, un hilo blanco de leche me siguió y le resbaló por el coño hasta el culo. Ella se giró bocabajo, exhausta, las piernas abiertas, y yo me tumbe a su lado mirándola. El pecho le subía y bajaba. Me agarró la mano y se la llevó entre las piernas, haciéndome meter los dedos en su coño lleno.
—Remuévela —susurró—. Quiero sentirla dentro.
Le remové la leche con dos dedos, sacándola un poco y volviéndola a empujar. Ella se corrió otra vez, más suave, solo con eso, apretando mis dedos. Después se bajó por mi cuerpo y me lamió la polla limpia, chupando los restos de los dos, los jugos y la leche mezclados. Me la dejó brillante y otra vez medio dura.
—Todavía no he terminado contigo —dijo, subiéndose otra vez a horcajadas.
Se la metió de un golpe y empezó a cabalgarme lenta, circular, mientras yo le agarraba las tetas y se las chupaba. La segunda ronda fue más profunda, más sucia. Le di la vuelta, la puse de lado y le abrí una pierna para follarla cucharita, agarrándola del cuello sin apretar de verdad, solo para sentirla mía. Le hablé al oído de cómo la iba a follar en el salón de Delphine un día, con la puerta entreabierta, arriesgándonos. Ella se corrió otra vez moliéndose contra mi mano mientras yo le reventaba el coño.
Cuando me corrí la segunda vez fue dentro otra vez, más espeso todavía. Nos quedamos enredados, sudados, el colchón hecho un desastre de fluidos. El condensador de la nevera zumbaba. Afuera el viento de la costa. Dentro solo el olor a sexo y nuestras respiraciones.
Naomi se incorporó un poco, se pasó la mano por el coño y se chupó los dedos, mirándome.
—Mañana Delphine llama a las diez —dijo con voz baja, conspiradora—. Le diré que salimos a caminar. Tú me follas aquí mismo, contra la mesita de la cocina, con la ventana abierta por si alguien pasa. Quiero que me dejes marcas en el culo. Después, cuando volvamos a la ciudad, te espero en el salón un jueves por la tarde. Cierro con llave. Te chupo la polla debajo del tocador mientras ella está en la trastienda buscando tinte. Y el fin de semana que ella se vaya otra vez al curso… me quedo yo. Te voy a hacer pedazos en esta misma cama hasta que no puedas ni levantar la herramienta del taller. Vamos a follarnos en cada rincón de esta puta furgoneta. Y un día, cuando ella esté dormida en su cama, tú me vas a mandar un audio contándome cómo te la estás pajando pensando en mi culo. Yo te mando uno de vuelta, abriéndome las piernas para que oigas lo mojada que estoy. Nadie se entera. Nunca. Pero tú y yo vamos a seguir. La próxima vez te espero ya desnuda cuando aparques. Y te la chupo hasta que me corras en la cara antes siquiera de llegar a la cama. ¿De acuerdo, mecánico?
Asentí, todavía dentro de ella a medias, la polla latendo otra vez solo de oír el plan. La besé lento, profundo, saboreando su boca y la certeza de que esto solo acababa de empezar.
—De acuerdo —respondí—. La próxima vez te follo hasta que no puedas ni peinar. Y después planeamos la que viene.
Ella sonrió contra mis labios, se acomodó encima de mí otra vez y empezó a mover las caderas despacio, ya pensando en el jueves, en el salón, en la mentira perfecta que íbamos a construir juntos mientras el mar seguía rompiendo afuera y nosotros nos perdíamos otra vez en el calor de la autocaravana.
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