Revelación Mutua en el Karaoke

En el karaoke, su hijastra de 24 años se arrodilla y le chupa la polla al padrastro de 42, follando después como animales prohibidos.

33 min read September 13, 2026New

La sala privada del karaoke olía a ambientador barato de fresa y a las sobras de papas fritas que alguien había dejado en la mesa anterior. Las luces de neón parpadeaban en tonos rosas y azules sobre las paredes acolchadas, y la pantalla grande mostraba videoclips de los noventa que nadie miraba de verdad. Esa noche todo giraba alrededor de Desmond, un hombre de cuarenta y dos años que acababa de ser ascendido a director creativo en su agencia de publicidad. Heather, su esposa, había organizado la salida familiar con esa eficiencia suya que no admitía negativas. Cody, el hijo menor de Heather, había llegado con cara de sueño, pero dispuesto a fingir entusiasmo por el viejo. Y entonces entró Talia.

La hijastra de veinticuatro años, recién graduada en marketing y ya con un contrato en una agencia rival, empujó la puerta con el hombro y el mundo pareció ralentizarse. Llevaba un vestido negro ajustado que parecía una declaración de guerra. La tela se pegaba a sus tetas generosas como si suplicara no soltarse nunca, marcando los pezones apenas disimulados bajo la fina capa de licra. Bajaba hasta la mitad de sus muslos, pero cada paso hacía que la falda trepara un centímetro más, revelando la curva suave y firme de sus nalgas. El escote era tan pronunciado que Desmond, sin poder evitarlo, vio el valle profundo entre sus pechos y sintió que su garganta se secaba de golpe.

—Perdón por la tardanza, padrastro —dijo ella con esa sonrisa traviesa que siempre había usado para salirse con la suya—. El tráfico estaba imposible, pero no podía perderme la coronación del rey del PowerPoint. ¡Felicidades, Desmond!

Se acercó y lo abrazó. Sus tetas se aplastaron contra el pecho de él con una calidez traicionera. El perfume de vainilla y algo más dulce se le metió en la nariz. Desmond sintió el primer tirón peligroso en la polla y pensó: Esto no, cabrón. Es tu hijastra. La misma que te pedía que le ayudaras con los deberes de matemáticas hace seis años. Contrólate, que tienes cuarenta y dos, no diecisiete.

—Gracias, Talia —respondió él, separándose un segundo demasiado tarde—. A mis cuarenta y dos ya pensaba que mi mayor logro sería sobrevivir a las reuniones sin dormirme, y aquí estoy, celebrándolo con micrófonos que seguro tienen más saliva que un perro.

Heather y Cody rieron. La noche empezó ligera. Cantaron “Campeones” a todo pulmón, desafinando a propósito. Cody, que ya tenía veinte años y trabajaba medio tiempo en una tienda de cómics, hizo una versión tan horrible que Talia se dobló de la risa, el vestido subiendo peligrosamente y mostrando el borde de encaje negro de sus bragas. Desmond intentó no mirar. Fracasó. Cada vez que ella se movía, sus caderas anchas y ese culo redondo capturaban la luz como si estuviera hecho para ser admirado.

Cuando llegó el turno de Talia, eligió “Despacito”. Mientras cantaba la parte que hablaba de “despacito, quiero respirar tu cuello despacito”, sus ojos se desviaron hacia Desmond y se quedaron allí un segundo de más. Él sintió que le ardían las orejas.

—Esa letra es prácticamente pornografía con ritmo —bromeó Desmond cuando ella terminó, intentando sonar casual.

Talia levantó una ceja, todavía con el micrófono en la mano.

—¿Pornografía? Por favor, padrastro. Eso es suave. Deberías oír lo que escucho en mi habitación cuando estoy sola… —Dejó la frase colgando y le guiñó un ojo. Heather y Cody se rieron, pensando que era una broma inocente de hijastra atrevida. Desmond, en cambio, sintió que su polla daba un salto dentro de los pantalones. Está jugando. O tal vez no. Llevo años fingiendo que no noto cómo me mira cuando salgo de la ducha con la toalla baja. Años.

Siguieron cantando. Heather eligió una balada romántica y se la dedicó a Desmond con voz exageradamente cursi. Cody intentó un reggaetón viejo y terminó imitando movimientos ridículos que hicieron que todos se partieran de risa. Talia no paraba de cruzar y descruzar las piernas, y cada vez el vestido subía un poco más. Desmond se descubrió imaginando cómo sería pasar la mano por esa piel tersa hasta llegar al calor que seguro estaba acumulándose entre sus muslos. Sacudió la cabeza. Es la hija de tu mujer, idiota. El ascenso te ha subido la testosterona.

Poco a poco el ambiente familiar se fue diluyendo. Heather miró el reloj y suspiró.

—Estoy muerta. Mañana tengo reunión a las siete. Cody, ¿me acompañas? Así dejas que estos dos viejos sigan cantando sus cosas raras.

Cody, que ya bostezaba abiertamente, asintió.

—Claro. No se queden hasta muy tarde, ¿eh? Y no canten nada que luego mamá tenga que oír en terapia.

La puerta se cerró tras ellos con un clic suave. El reservado quedó en silencio salvo por el zumbido bajo de la máquina de karaoke. De pronto el sofá pareció más pequeño. Talia se giró hacia Desmond con lentitud, el vestido tan ajustado que él podía ver el contorno exacto de sus pezones endurecidos. Ella sonrió de medio lado, esa sonrisa peligrosa que él conocía desde que era una adolescente rebelde.

—Al fin solos, padrastro. ¿Ahora sí podemos elegir canciones de verdad subidas de tono o vas a seguir fingiendo que no te pones duro cuando canto despacito?

Desmond soltó una carcajada nerviosa que sonó demasiado alta.

—¿Perdón? Creo que el ascenso me ha afectado el oído. ¿Acabas de decir lo que creo que dijiste?

Talia se acercó gateando sobre el sofá. Sus rodillas hundieron los cojines. El vestido se le subió hasta casi mostrar todo. Él vio el triángulo oscuro de sus bragas y tuvo que tragar saliva.

—Llevo años viéndote mirarme, Desmond. Cuando salgo en short por la casa. Cuando me agacho a recoger algo. Pensé que era cosa mía… hasta que empecé a vestirme pensando en ti. Este vestido —se pasó las manos por las tetas, apretándolas un poco— lo compré hace dos meses. Lo guardaba para una ocasión especial. Esta noche me pareció perfecta.

Desmond sintió que su polla ya estaba completamente dura, empujando contra la cremallera como si quisiera escapar. El humor le salió como mecanismo de defensa.

—O sea que celebramos mi ascenso y tú decides ascender también… a hijastra pervertida del año. Muy bonito, Talia. ¿Y si entra alguien?

—Nadie va a entrar. Pagamos el reservado hasta las dos. Y mamá y Cody ya se fueron. Estamos tú y yo. Y esta máquina que tiene canciones que hablan exactamente de lo que llevamos ignorando desde hace años.

Seleccionó “Rakata”. La batería retumbó. Talia se levantó y empezó a perrear delante de él, bajando lento, abriendo las piernas, dejando que el vestido se subiera hasta la cintura. Su culo, redondo, firme y bronceado, quedó prácticamente expuesto. Desmond ya no disimulaba. Se agarró el muslo con fuerza.

—Joder, Talia… eso que haces con las caderas debería ser ilegal entre familiares.

Ella giró la cabeza sin dejar de moverse, el pelo cayéndole sobre un ojo.

—¿Familiares? Tú no eres mi sangre, padrastro. Eres el hombre que llegó a casa cuando yo tenía dieciocho y empezó a ponerme cachonda sin siquiera intentarlo. ¿Sabes cuántas veces me he corrido pensando en tu voz grave diciéndome cosas sucias mientras mamá dormía en la habitación de al lado?

La confesión cayó como un balde de agua caliente. Desmond soltó una risa incrédula, pero sus ojos estaban fijos en el movimiento circular de ese culo.

—Estás loca. Y yo estoy más loco porque… sí. Llevo años mordiéndome la lengua. Cada vez que te veía salir del baño con el pelo mojado y la camiseta pegada a las tetas, me iba a la ducha y me pajeaba imaginando que eras tú la que me agarraba la polla. Es jodidamente prohibido. Si Heather se entera, se acaba todo.

Talia detuvo el movimiento. La canción siguió sonando pero ella se acercó hasta quedar de pie entre las piernas abiertas de Desmond. Lo miró desde arriba, respirando agitada. Sus tetas subían y bajaban.

—Entonces no se lo diremos. Esta noche es solo nuestra. Revelación mutua, padrastro. Tú quieres follarme. Yo quiero que me folles como si lleváramos años esperando a que nos quedáramos solos en un reservado de karaoke. ¿O vas a seguir cantando canciones inocentes mientras tu polla intenta romper los pantalones?

Desmond levantó la mano y, muy despacio, la posó en la cadera de ella. La tela del vestido estaba caliente. Sintió la carne firme debajo. Su pulgar rozó el borde de las bragas. Talia tembló y soltó un gemidito que no tenía nada de broma.

—Eres un peligro, Talia. Un peligro de veinticuatro años con cuerpo de pecado y boca de diabla.

—Y tú eres un padrastro de cuarenta y dos con polla dura y mirada de querer comerme entera. Creo que estamos empatados.

Se inclinó. Su cara quedó a centímetros de la de él. El aliento de ambos se mezclaba. Desmond podía oler el chicle de menta y el deseo. La mano de Talia bajó y rozó, muy suavemente, el bulto enorme que empujaba contra la cremallera.

—Joder… —susurró él, cerrando los ojos.

—Todavía no —contestó ella con una risita baja y sucia—. Pero pronto. Muy pronto. Elige otra canción, padrastro. Una que hable de bocas ocupadas y de follar como animales. Porque cuando salgamos de aquí, no voy a querer hablar más.

La pantalla parpadeó, esperando la siguiente elección. Fuera, la noche seguía su curso normal. Dentro, el tabú que habían ignorado durante años acababa de abrir la boca y enseñar los dientes. Y ninguno de los dos quería cerrarla.

La sala privada del karaoke parecía más pequeña ahora, como si las paredes acolchadas se cerraran sobre ellos con cada respiración agitada. Talia, la hijastra de veinticuatro años que ya manejaba campañas de marketing para una agencia rival y cobraba un sueldo que muchos de cuarenta años envidiarían, agarró el control remoto con dedos firmes. Sus ojos castaños brillaban con esa mezcla exacta de travesura y hambre que Desmond conocía demasiado bien. Seleccionó una balada sensual sin dudarlo: “Amor Prohibido”. Los primeros acordes llenaron el espacio y ella se plantó frente a él, micrófono en mano, mirándolo como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Cantó la primera estrofa sin apartar la vista. Su lengua salió despacio, humedeciendo los labios carnosos en un gesto lento y deliberado que hizo que la polla de Desmond diera un salto dentro de los pantalones. “Amor prohibido, murmuran por las calles… porque es un amor tan grande y tan bonito”. La voz de Talia era baja, ronca, cargada de doble intención. Se movía apenas, balanceando las caderas al ritmo de la balada, y el vestido negro subía un centímetro más con cada balanceo, revelando la parte baja de sus nalgas redondas y bronceadas. Los pezones se marcaban como dos puntos duros contra la licra, subiendo y bajando con cada inhalación. Desmond, sentado con las piernas abiertas, sentía que le ardía la cara. A sus cuarenta y dos años, con un ascenso recién firmado y una esposa esperándolo en casa, esto era una locura absoluta. ‘Está cantando para mí. Me está follando con los ojos mientras dice que nuestro amor es prohibido. Joder, Talia, si sigues lamiéndote los labios voy a reventar la cremallera’.

Ella se inclinó un poco hacia delante durante el coro, ofreciéndole una vista completa del valle entre sus tetas generosas. El perfume de vainilla se mezclaba con algo más primario, el olor de su excitación empezando a filtrarse en el aire. Desmond tragó saliva tan fuerte que ella lo notó y sonrió sin dejar de cantar, pasando la lengua por el labio inferior otra vez, más despacio, como si estuviera imaginando otra cosa húmeda y gruesa entre sus labios. Cuando la balada terminó, Talia dejó caer el micrófono sobre el sofá y soltó una carcajada corta, nerviosa, que le sacudió todo el cuerpo.

—Te pusiste rojo, padrastro. ¿Tan mala soy cantando o es que la letra te dio ideas? —preguntó, todavía con la respiración entrecortada.

Desmond soltó una risa ronca, más alta de lo que pretendía, y se pasó una mano por la cara.

—Ideas no, Talia. Me diste una película completa en 4K. Esa lengua tuya debería venir con advertencia legal. “Atención: puede causar erecciones instantáneas en padrastros de cuarenta y dos años”.

Los dos se rieron, pero la risa tenía un filo tembloroso. El ambiente ya no era familiar. Era eléctrico, sucio y deliciosamente incómodo. Desmond tomó el control remoto para responder. Buscó algo que igualara la provocación y eligió “Suavemente” de Elvis Crespo. Cuando los primeros acordes de merengue llenaron la sala, empezó a cantar con una voz grave y exagerada, cargando cada frase de doble sentido obvio. “Suavemente, bésame… que quiero sentir tu cuerpo”. Miraba a Talia directamente mientras lo decía, moviendo las caderas de forma ridícula, como un tío intentando bailar en una boda. Ella estalló en carcajadas, doblándose hacia delante hasta que el vestido se le subió casi hasta la cintura, mostrando el triángulo negro de sus bragas empapadas.

—¡No jodas, padrastro! ¡Esa canción es básicamente “fóllame despacio” con ritmo de fiesta! —gritó entre risas, sujetándose el estómago.

Desmond siguió cantando, añadiendo gestos obscenos con las manos que solo hacían que Talia riera más fuerte. En un momento se puso de pie, imitando un perreo suave mientras repetía “suavemente, mami”, y los dos terminaron riendo tan fuerte que tuvieron que apoyarse el uno en el otro. El humor era su escudo, su forma de admitir sin admitir. Pero debajo de las carcajadas, la polla de Desmond estaba tan dura que dolía, y Talia sentía cómo su coño palpitaba con cada risa, mojando más la tela fina de las bragas.

Cuando la canción acabó, el silencio cayó como una losa caliente. Talia se limpió las lágrimas de risa con el dorso de la mano y miró el bulto evidente en los pantalones de su padrastro. Luego lo miró a los ojos, mordiéndose el labio.

—Está muy tenso el ambiente, ¿no? —dijo con voz inocente que no engañaba a nadie—. Solo para bromear, ¿eh? Para que no se ponga tan serio.

Sin esperar respuesta, se acercó y se sentó directamente sobre las rodillas de Desmond. Su culo firme, redondo y caliente aterrizó justo encima de la polla erecta, separada solo por la tela de los pantalones y las bragas. El vestido se arremangó por completo hasta la cintura, dejando sus muslos desnudos pegados a los de él. Talia se removió “ajustándose”, frotando lentamente el culo contra la erección gruesa y larga que sentía palpitar debajo. Un gemidito disfrazado de risa se le escapó.

Desmond soltó un gruñido que convirtió en carcajada nerviosa, sus manos grandes y fuertes yendo automáticamente a las caderas de ella para “sujetarla”.

—Talia, por Dios… ¿esto es tu idea de broma? —preguntó, la voz ronca, casi rota.

Ella giró la cara para mirarlo por encima del hombro, todavía moviendo el culo en círculos lentos, rozando toda la longitud de la polla con su carne caliente.

—Claro, padrastro. Solo estoy sentada en tus rodillas como cuando era más joven. ¿Qué tiene de malo? —Otro movimiento, más intencional. La cabeza gruesa de la verga presionó justo contra su coño cubierto por las bragas mojadas—. Aunque… hostia, sí que estás contento de verme. ¿Eso es por la canción o porque tu hijastra de veinticuatro años te tiene la polla como una piedra?

Los dos se rieron de nuevo, pero la risa era entrecortada, llena de jadeos. Desmond apretó los dedos en las caderas de Talia, sintiendo la carne suave y firme, y empujó hacia arriba apenas, frotándose contra ella.

—Esto está jodidamente mal —dijo entre risas temblorosas—. Desear follarme a mi propia hijastra en un karaoke mientras tu madre y tu hermano se fueron a dormir. Si Heather supiera que estoy aquí con la polla enterrada entre las nalgas de su hija, me cortaría los huevos y luego me dejaría sin ascenso.

Talia soltó una carcajada aguda que terminó en un gemido bajito cuando sintió la polla palpitar justo contra su clítoris. Se movió más despacio, deliberadamente, rozando la erección de arriba abajo.

—Pues entonces no se lo diremos, padrastro. Es nuestro secreto sucio. ¿Sabes lo mal que está que yo, con veinticuatro años y un título universitario, esté aquí mojándome las bragas porque el marido de mi madre me tiene cachonda desde los veinte? Cada vez que salías de la ducha con esa toalla baja… me iba a mi habitación y me metía dos dedos pensando en tu voz grave diciéndome guarradas. Y ahora estás duro debajo de mí. Puedo sentir cómo te late la polla contra mi coño. Es tan… jodidamente prohibido. Y tan rico.

Desmond echó la cabeza hacia atrás contra el sofá, riendo con incredulidad mientras sus manos subían por los muslos de Talia, acariciando la piel tersa hasta llegar al borde de las bragas. El pulgar rozó la tela húmeda y ella dio un respingo, riendo también, nerviosa, excitada.

—Eres un peligro público, Talia. Sentada en el regazo de tu padrastro de cuarenta y dos años, frotando ese culo perfecto contra mi polla como si fuera un juego. Si sigues moviéndote así voy a terminar corriéndome dentro de los pantalones como un adolescente. Y lo peor es que me encanta lo mal que está. Imaginar que te levanto ese vestido, te aparto las bragas y te meto toda la polla de golpe aquí mismo… es lo más tabú que he pensado en mi vida. Tu madre me mataría. Y yo seguiría follándote.

Talia se rió, pero el sonido se convirtió en un suspiro largo cuando presionó más fuerte, sintiendo la gruesa cabeza separando sus labios hinchados a través de la tela. El coño le chorreaba. Podía oír el sonido húmedo cada vez que se movía.

—Entonces estamos igual de jodidos, padrastro. Porque yo también quiero que me folles como un animal. Quiero arrodillarme y chupártela hasta que me llores las lágrimas, y después quiero que me pongas a cuatro patas y me des lo que llevas años guardando. Pero todavía no… sigamos “bromeando” un rato más. Me gusta oírte decir lo mal que está mientras me aprietas las caderas como si quisieras romperme.

Se movieron juntos en ese baile lento y ridículo, riendo entre gemidos, rozándose, confesando fantasías que llevaban años enterradas. Las luces de neón parpadeaban sobre la piel sudorosa de Talia, resaltando el brillo de sus labios todavía húmedos y la curva de sus tetas que subían y bajaban con cada respiración entrecortada. Desmond le apretaba el culo con una mano mientras la otra subía hasta rozar un pezón por encima del vestido, pellizcándolo suavemente. Ella respondía frotándose más fuerte, sintiendo cómo la polla de su padrastro se humedecía de precum contra su coño empapado.

Ninguno mencionaba parar. Las bromas seguían, cada vez más sucias, cada vez más temblorosas, pero el siguiente paso —el momento en que las risas se convirtieran en gemidos sin disfraz— flotaba en el aire como una promesa caliente. La máquina de karaoke seguía esperando, la noche aún era joven, y el tabú que acababan de desatar solo acababa de empezar a morder.

La risa entrecortada de Talia se fue transformando poco a poco en algo más ronco, más animal, mientras seguía frotando su coño empapado contra la polla de Desmond a través de la tela. El reservado olía ya a sexo, a vainilla y a sudor, y las luces de neón parpadeaban sobre la piel brillante de ambos como si el propio karaoke estuviera disfrutando el espectáculo. Ella, con sus veinticuatro años recién cumplidos y ese cuerpo que parecía diseñado para volver loco a cualquier hombre, levantó la cara y lo miró con los ojos entrecerrados por la lujuria y la risa contenida.

—Se acabó el jueguito de “solo bromeamos”, padrastro —dijo con una carcajada baja y sucia que le sacudió las tetas dentro del vestido—. Tu polla está más dura que el contrato que firmaste hoy. Y yo estoy chorreando como una puta en celo.

Desmond, a sus cuarenta y dos años, soltó una risa nerviosa que sonó casi histérica. Su mente era un desastre: ‘Esto es una locura absoluta. Si Heather nos viera ahora, con su hija de veinticuatro años restregándose encima de mí como si fuera su juguete favorito… Pero joder, no quiero que pare’. Sus manos grandes subieron por la espalda de Talia y la agarraron del pelo con suavidad, tirando un poco para que lo mirara.

—Eres un peligro público, Talia. Mi hijastra pervertida del año. Si sigues moviendo ese culo así voy a terminar corriéndome en los pantalones como un idiota.

Ella se rió con más fuerza, pero de pronto se deslizó hacia abajo con un movimiento fluido y felino. Sus rodillas golpearon la alfombra manchada y, sin dejar de reír, agarró la cremallera de Desmond con dedos ansiosos. El sonido metálico resonó como un disparo. Bajó la bragueta y metió la mano, sacando la polla gruesa y venosa que saltó libre, pesada y completamente erecta.

—Hostia, papi prohibido… —murmuró riendo mientras la admiraba de cerca, dándole un par de besitos juguetones en la cabeza brillante de precum—. Mira esto. Toda hinchada por tu hijastra. Qué vergüenza deberías tener, Desmond.

Y sin más aviso se la metió a la boca con ganas. Sus labios carnosos se estiraron alrededor del grosor y empezó a chupar como si llevara años ensayando el movimiento. Subía y bajaba la cabeza con entusiasmo, haciendo arcadas cada vez que la punta gruesa le golpeaba el fondo de la garganta. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero entre arcada y arcada soltaba risitas ahogadas que vibraban deliciosamente alrededor de la polla.

—Papi… prohibido… gluck… gluck… —balbuceaba con la boca llena, mirándolo desde abajo con ojos traviesos y húmedos—. Qué rica tienes la polla, papi prohibido… gluck… me vas a ahogar y aún así sigo queriendo más.

Desmond echó la cabeza hacia atrás contra el sofá, riendo entre gemidos graves. El sonido de las arcadas de Talia, mezcladas con su risa, era lo más sucio y divertido que había oído en su vida. Le agarró el pelo con más fuerza, guiándola un poco, pero sin ser brusco.

—Joder, Talia… mi hijastra de veinticuatro años tragándose la polla de su padrastro en un karaoke de mierda. Si esto es el premio por mi ascenso, firmo por otro mañana mismo. Pero no pares, coño, que me tienes al borde.

Ella se apartó un segundo, jadeando, con hilos espesos de saliva colgando de su barbilla y cayendo sobre sus tetas generosas que asomaban por el escote destrozado del vestido. Se rió con la voz ronca, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Papi prohibido… me encanta cómo me llenas la garganta. Quiero que me folles la cara más fuerte, pero luego quiero que me destroces el coño y el culo. ¿O vas a seguir riéndote como un tonto en vez de usarme como la guarra que soy?

Desmond no aguantó más. Con una risa ronca la levantó de golpe, la giró y la puso a cuatro patas sobre el sofá. El vestido negro terminó hecho un desastre alrededor de su cintura, dejando completamente expuesto ese culo redondo, firme y bronceado que llevaba toda la noche volviéndolo loco. Apartó las bragas a un lado con dedos torpes y admiró el coño hinchado, chorreando, y el ano pequeño que se contraía de anticipación.

—Qué vista más prohibida, hijastra —gruñó, dándole una palmada fuerte que hizo rebotar la carne. El sonido seco resonó en la sala y Talia soltó una carcajada mezclada con un gemido—. Mira cómo estás… empapada como una puta barata. Mi hijastra de veinticuatro años, la que se hace la profesional en su agencia rival, ahora en cuatro patas pidiendo polla de padrastro.

Le metió dos dedos primero en el coño, curvándolos, y luego alineó su polla y la clavó de un solo empujón brutal. Talia arqueó la espalda y gritó de placer, riendo al mismo tiempo.

—¡Sí, papi prohibido! ¡Así! ¡Fóllame como si me odiaras!

Desmond empezó a bombear con fuerza, sus caderas chocando contra el culo de ella con palmadas rítmicas y húmedas. Cada embestida hacía que las tetas de Talia se balancearan como péndulos bajo su cuerpo. Le dio otra palmada, más fuerte, dejando la marca roja de su mano.

—Eres una hijastra de mierda, Talia. Una puta prohibida que se moja por el marido de su madre. ¿Cuántas veces te corriste pensando en esto, eh? Dímelo mientras te destrozo este coño.

—Todas las noches… ¡ay, joder!… todas las noches me metía los dedos imaginando tu voz llamándome guarra —contestó ella entre risas y gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con cada golpe.

Él sacó la polla de repente, brillante de jugos, y la colocó contra el ano. Empujó despacio al principio, dejando que el músculo cediera, y luego entró más profundo. Talia soltó un gemido largo que terminó en carcajada temblorosa.

—Ahora el culo… sí… alterna, papi… fóllame los dos agujeros como el animal que eres.

Desmond obedeció, riendo con incredulidad mientras alternaba: tres embestidas brutales en el coño, sacaba y se metía en el culo, luego volvía al coño chorreante. Las palmadas no paraban. El culo de Talia estaba cada vez más rojo.

—Qué puta es mi hijastra… qué culo tan apretado y qué coño tan vicioso. Si tu madre supiera que estoy alternando entre los dos agujeros de su hija en un sofá de karaoke, me cortaría la polla. Y yo seguiría follándote igual.

Talia estaba al límite, temblando, riendo y gimiendo al mismo tiempo. De pronto se giró con una energía salvaje, empujó a Desmond hacia atrás hasta que quedó sentado y se subió encima de él como una posesa. Agarró la polla empapada y se la clavó en el coño de un solo golpe, empezando a cabalgarlo con furia.

—Ahora me toca a mí, papi prohibido —jadeó riendo, sus tetas rebotando violentamente frente a la cara de él—. Quiero correrme cabalgándote como una loca.

Desmond le agarró las nalgas con ambas manos, dándole palmadas mientras ella subía y bajaba como una amazona desbocada. El sonido húmedo y obsceno llenaba la sala. Él le chupó un pezón al pasar, mordisqueándolo, y Talia gritó de placer.

—Más rápido, hijastra guarra… móntame hasta que nos oigan fuera. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mi polla.

Los movimientos de Talia se volvieron erráticos, salvajes. Sus paredes internas apretaban con fuerza, el sudor les corría por el cuerpo y las luces de neón hacían brillar cada gota. Ella gritaba sin control, riendo entre los gemidos.

—¡Me corro, papi prohibido! ¡Me corro en tu polla!

Desmond empujó hacia arriba con fuerza, sintiendo cómo el orgasmo también lo atravesaba.

—¡Yo también, joder! ¡Toma todo, hijastra puta!

Los dos gritaron al mismo tiempo, un alarido largo y liberador que seguramente traspasó las paredes acolchadas. Talia se convulsionó encima de él, su coño apretando y ordeñando cada chorro caliente que Desmond soltaba dentro. Se quedaron así, temblando, riendo entre jadeos agotados, los cuerpos pegados y sudorosos.

Pero mientras recuperaban el aliento, Talia se inclinó y le mordisqueó el lóbulo de la oreja, susurrando con voz todavía ronca y traviesa:

—Esto no se acaba aquí, padrastro… ni de coña. Tenemos que salir de este reservado como si nada hubiera pasado, pero ya estoy pensando en la próxima vez que mamá y Cody se vayan temprano. Porque ahora que probé al papi prohibido… voy a querer más. Mucho más.

Desmond soltó una risa baja, todavía enterrado dentro de ella, sintiendo cómo el riesgo y el deseo volvían a crecer incluso antes de que sus pulsos se calmaran. La noche aún no había terminado. Y el secreto que acababan de sellar con gritos y fluidos solo acababa de abrir la puerta a peligros mucho mayores.

La sala privada del karaoke parecía un campo de batalla después de una guerra de fluidos. Talia aún temblaba encima de Desmond, su coño palpitando alrededor de la polla que seguía enterrada hasta el fondo, soltando los últimos chorros calientes. Ambos jadeaban como si hubieran corrido un maratón, pero de pronto una risa tonta escapó de la garganta de ella y se contagió a él. Se miraron a los ojos —los de Talia brillaban con lágrimas de placer y diversión— y estallaron en carcajadas idiotas, de esas que sacuden el cuerpo entero y hacen que todo el tabú suene aún más ridículo.

—Hostia, padrastro… —consiguió decir Talia entre risas entrecortadas, mientras se levantaba lentamente. La polla de Desmond salió de su coño con un sonido húmedo y obsceno, y un torrente espeso de semen mezclado con sus jugos chorreó directamente sobre el sofá de cuero sintético. El líquido brillaba bajo las luces de neón rosas—. ¡Mira esto! Parece que reventamos una piñata de leche. ¡Qué desastre, joder!

Desmond, todavía sentado con los pantalones por los tobillos y la polla semierecta brillando de saliva y corrida, se tapó la cara con las manos y rio con más fuerza. A sus cuarenta y dos años, director creativo recién ascendido, nunca imaginó que terminaría así: con el coño de su hijastra de veinticuatro años goteando sobre el mobiliario del karaoke mientras los dos se partían de risa como adolescentes borrachos de hormonas.

—Eres un puto desastre natural, Talia. Mi hijastra guarra acaba de dejar el sofá como si hubiéramos sacrificado un toro aquí. Si entra el de la limpieza va a pensar que rodamos una peli porno de bajo presupuesto.

Talia se dobló de la risa, las tetas todavía fuera del vestido destrozado, los pezones duros y enrojecidos por las mordidas que Desmond le había dado. El semen le corría por el interior de los muslos bronceados, dejando rastros brillantes. Se miró las piernas y soltó otra carcajada.

—Pues límpiame, papi prohibido. No voy a salir así a la calle. Mi coño parece una fuente de fondue.

Sin dejar de reír como idiotas, ambos se lanzaron sobre la mesa en busca de servilletas. Había un montón de ellas, de esas baratas del bar con el logo del local impreso en azul. Desmond agarró un puñado y empezó a limpiar el sofá con movimientos torpes, mientras Talia se abría de piernas frente a él y se pasaba las suyas por el coño hinchado y el ano aún palpitante. El papel absorbía el semen con dificultad, dejando pelusas blancas pegadas a la piel de ella.

—Esto no sirve de nada —protestó Desmond entre risas, arrodillándose para limpiarle mejor los muslos. Su cara quedó a centímetros del coño recién follado de su hijastra. El olor a sexo era intenso, dulce y salado al mismo tiempo—. Parece que estoy secando un charco con kleenex. Joder, Talia, ¿cuánta leche te metí? Podría haber alimentado a un pueblo entero.

Ella le revolvió el pelo con una mano mientras con la otra se limpiaba el culo, todavía riendo.

— Toda, padrastro. Me llenaste los dos agujeros como un animal. Y tú… mírate la polla, todavía gotea. Ven, que te limpio yo.

Talia se arrodilló frente a él, todavía con el vestido arremangado en la cintura como un cinturón ridículo, y agarró la polla semidura de Desmond con una servilleta. Lo hizo con cariño exagerado, casi masturbándolo mientras limpiaba los restos de corrida y sus propios jugos. Desmond soltó un gemido mezclado con risa.

—Cuidado, hijastra. Que si sigues frotando así voy a necesitar otra ronda y entonces sí que no salimos nunca.

—Qué pervertido eres —dijo ella guiñándole un ojo, pero su voz seguía ronca de placer—. A tus cuarenta y dos años, con mujer e hijo en casa, y aquí estás dejando que tu hijastra de veinticuatro te limpie la polla con servilletas del bar después de follarme como un salvaje. Deberíamos sentir vergüenza… pero solo tengo ganas de besarte.

Dejó las servilletas empapadas a un lado y se levantó. Sus cuerpos aún sudorosos se pegaron. Desmond la tomó por la cintura, sintiendo la carne caliente y firme bajo sus dedos, y la besó. No fue un beso suave. Fue profundo, cómplice, con lengua y risitas que se colaban entre los labios. Sabían a menta, a sexo y a la adrenalina de haber cruzado una línea que ya no podían borrar. Cuando se separaron, ambos sonreían con esa sonrisa traviesa que solo comparten los que acaban de hacer una travesura enorme.

—Esto tiene que ser nuestro secreto sucio, Talia —murmuró Desmond, todavía jadeando un poco, mientras le apartaba un mechón de pelo sudado de la cara—. Si Heather se entera de que me he follado a su hija en un reservado de karaoke, me corta la polla y la usa de micrófono. Y con razón. Pero… joder, no me arrepiento ni un segundo.

Talia le mordisqueó el labio inferior antes de responder, sus manos todavía jugueteando con la camisa arrugada de él.

—Nuestro secreto, padrastro. Solo nuestro. Yo tampoco quiero que mamá ni Cody sepan que su hermanastra perfecta se ha corrido gritando “papi prohibido” mientras le alternabas coño y culo. Pero ha sido… el mejor polvo de mi vida. Y vamos a repetirlo.

Se miraron un momento en silencio, todavía medio desnudos, rodeados de servilletas usadas que olían a sexo. Desmond sintió una mezcla extraña: el corazón latiéndole fuerte por el riesgo, la polla todavía sensible, y una risa floja que no paraba de subirle por la garganta. Talia, con sus veinticuatro años recién cumplidos y esa cara de diabla satisfecha, era adictiva. Peligrosamente adictiva.

—Vamos a salir por separado —decidió él, empezando a subirse los pantalones y abrochárselos con dificultad—. Tú sales primero, yo espero quince minutos. Diremos que nos quedamos cantando hasta tarde. Y en casa… actuamos normal. Como si no te hubiera dejado el coño como un río.

Talia se bajó el vestido, intentando sin mucho éxito que volviera a parecer decente. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una marca roja en el cuello que tendría que tapar con maquillaje. Aun así, sonrió con picardía mientras se limpiaba una última gota que le bajaba por la pierna.

—Quince minutos. Perfecto. Y la próxima “noche de karaoke solo para nosotros”… va a ser muy pronto. Mamá tiene ese viaje de trabajo la semana que viene, ¿no? Cody se queda en casa de su amigo. Tú y yo reservamos el mismo cuarto, pedimos las mismas canciones guarras y follamos hasta que nos duelan las piernas. ¿Trato, padrastro?

Desmond soltó una risa baja y traviesa, tirando las servilletas sucias a la papelera y rociando un poco del ambientador de fresa para disimular el olor a sexo que flotaba en el aire.

—Trato, hijastra pervertida. Pero esta vez traigo toallas. Y lubricante. Porque pienso follarte el culo con más calma y hacer que te corras hasta que no puedas caminar derecho.

Talia se acercó una última vez, le dio un beso rápido pero cargado de promesa en los labios y luego otro en la punta de la polla ya guardada dentro de los pantalones, como despedida juguetona.

—Te tomo la palabra. Ahora salgo yo. Intenta no mirarme el culo cuando pase por tu lado en casa mañana por la mañana, ¿eh? Aunque… si lo haces, me pondré shorts más cortos solo para torturarte.

Se arregló el pelo frente al pequeño espejo de la pared, se pellizcó las mejillas para que no se notara tanto el rubor post-orgasmo y le lanzó una última sonrisa traviesa por encima del hombro. Abrió la puerta del reservado con cuidado, miró a ambos lados del pasillo y salió, contoneando las caderas de forma exagerada solo para él.

Desmond se quedó solo, apoyado contra la pared, todavía riendo por lo bajo como un idiota mientras recogía las últimas servilletas. El corazón le latía con fuerza. El secreto ya pesaba, pero también excitaba. Pensó en Heather esperándolos en casa, en Cody con su cara de sueño, en lo jodidamente mal que estaba todo aquello… y sin embargo solo podía sonreír. La próxima noche de karaoke ya estaba planeada en su cabeza: luces bajas, canciones más sucias, Talia arrodillada otra vez. El riesgo era enorme. Y eso solo lo ponía más duro.

Miró el reloj. Quince minutos. Respiró hondo, se ajustó la camisa e intentó borrar de su cara la expresión de hombre que acaba de follarse a su hijastra como un animal. Cuando saliera por esa puerta, volvería a ser el padrastro responsable. Pero ambos sabían que esa máscara duraría muy poco.

La tensión ya crecía de nuevo en su pecho. Porque esto no era un desliz de una noche. Era el comienzo de algo mucho más grande, más sucio y mucho más difícil de esconder. Y mientras recogía la última servilleta, Desmond no pudo evitar sonreír con la misma travesura que Talia.

La puerta del reservado se abrió apenas unos minutos después, y Talia se coló de nuevo con la excusa de haber olvidado el bolso, aunque ambos sabían que era una mentira descarada. Sus ojos castaños brillaban con esa chispa de diabla satisfecha pero aún hambrienta, el vestido negro arrugado alrededor de las caderas como un recordatorio obsceno de lo que acababan de hacer. A sus veinticuatro años, recién salida de la universidad y ya cerrando contratos jugosos en su agencia rival, Talia parecía incapaz de saciarse. Desmond, todavía apoyado contra la pared con la camisa a medio abrochar, sintió que su polla daba un nuevo tirón dentro de los pantalones al verla contonearse hacia él.

—Quince minutos son una eternidad cuando tengo el coño chorreando tu leche, padrastro —susurró ella con una risita baja y sucia, cerrando la puerta con el pie. El clic resonó como una sentencia. Se acercó hasta pegarse a su pecho, aplastando esas tetas generosas contra él, y deslizó una mano directamente hacia su bragueta—. ¿O vas a decirme que tú no estás pensando en metérmela otra vez antes de salir?

Desmond soltó una carcajada nerviosa que le salió entrecortada, pero sus manos grandes ya estaban agarrando esas nalgas firmes por debajo del vestido, apretando la carne caliente y todavía marcada por sus palmadas anteriores. A sus cuarenta y dos años, con un ascenso que debería haberlo hecho sentir invencible, se sentía como un adolescente atrapado en la peor —y mejor— de las adicciones. ‘Esto ya no es una broma. Le acabo de follar el culo a mi hijastra en un puto karaoke y aquí estoy, listo para repetir’, pensó mientras su polla se endurecía por completo bajo los dedos hábiles de ella.

—Eres un puto vicio, Talia. Mi hijastra de veinticuatro años convertida en adicción prohibida. Si no salimos ya, tu madre va a mandar a la policía a buscarnos —bromeó él, pero su voz grave se quebró cuando ella sacó la verga gruesa y venosa al aire y empezó a masturbarla con lentitud experta, extendiendo los restos pegajosos de semen y jugos a lo largo del tronco.

Talia se arrodilló por tercera vez esa noche, riendo con esa carcajada ronca que vibraba en su garganta. El suelo estaba sucio, lleno de pelusas y servilletas arrugadas, pero a ella no le importó. Abrió la boca y se tragó la polla hasta el fondo sin aviso, haciendo arcadas fuertes y húmedas que llenaron la sala junto con la música de fondo que nadie había apagado. “Rakata” seguía sonando en bucle, y ella movía la cabeza al ritmo, chupando con hambre mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y el rímel se le corría en churretes negros.

—Gluck… gluck… Papi prohibido, tu polla me llena tanto la garganta que casi me ahogo… pero me encanta —balbuceó entre arcada y arcada, mirándolo desde abajo con ojos traviesos y llenos de lujuria. Escupió un hilo espeso de saliva que cayó entre sus tetas expuestas y siguió mamando con más fuerza, una mano masajeando los huevos pesados mientras la otra se metía entre sus propios muslos para frotarse el clítoris hinchado.

Desmond le agarró el pelo con ambas manos, guiándola con movimientos controlados pero cada vez más profundos. El humor seguía allí, como un escudo frágil.

—Joder, hijastra… pareces una aspiradora con título universitario. Si tu jefe en la agencia rival supiera que la estrella del marketing se arrodilla en un karaoke chupándole la verga al marido de su madre, te despedirían por conflicto de intereses —gruñó entre risas entrecortadas, pero sus caderas ya empujaban con más urgencia, follándole la cara con golpes húmedos y obscenos.

El escalofrío de lo prohibido los envolvía. Talia se apartó jadeando, con la barbilla brillante de saliva y los labios hinchados como dos cojines rojos.

—Levántame y fóllame otra vez, Desmond. Quiero sentirte alternando agujeros hasta que me tiemblen las piernas. Pero esta vez sin piedad. Soy tu guarra particular, la hijastra que se corre solo con oírte llamarme puta prohibida.

Él no necesitó que se lo repitiera. La levantó de un tirón, la giró contra la pared acolchada y le subió el vestido hasta la cintura de un manotazo. El culo redondo y bronceado, todavía rojo por las palmadas anteriores, se abrió ante él como una invitación pecaminosa. Apartó las bragas empapadas a un lado y escupió directamente sobre el ano fruncido antes de meter dos dedos gruesos en el coño chorreante, curvándolos para rozar ese punto que la hacía gemir como una loca.

—Estás destrozada y aún así sigues pidiendo más —rió él, sacando los dedos para colocar la cabeza gruesa de su polla contra el ano—. Pues toma, hijastra viciosa. Primero el culito apretado que tanto te gusta.

Empujó despacio al principio, dejando que el músculo cediera centímetro a centímetro, pero Talia empujó hacia atrás con impaciencia, tragándoselo entero de un golpe. El gemido que soltó fue mitad risa, mitad grito animal.

—¡Sí, papi! ¡Así, rómpeme el culo como el animal que eres! —jadeó ella, apoyando las manos en la pared mientras él empezaba a bombear con fuerza. Cada embestida producía un sonido húmedo y carnoso, sus huevos golpeando contra el coño empapado. Desmond alternaba: sacaba la polla brillante del ano, la metía de golpe en el coño hasta el fondo, tres, cuatro veces, y volvía al culo apretado que parecía succionarlo.

El sudor les corría por la espalda. Las luces de neón rosas y azules parpadeaban sobre la piel brillante de Talia, resaltando cada curva, cada gota de transpiración que bajaba por su columna. Desmond le mordía el hombro, le pellizcaba los pezones por debajo del vestido arrugado y seguía hablando entre gemidos y carcajadas ahogadas.

—Esto está tan mal que me pone más cachondo, coño. Imagina que tu madre entra ahora y nos ve: yo de cuarenta y dos años alternando entre el coño y el culo de su hija mientras ella grita “papi prohibido”. Me cortaría los huevos, pero yo seguiría follándote hasta correrme dentro.

Talia se reía y gemía al mismo tiempo, el cuerpo temblando cada vez que él le daba una palmada fuerte en la nalga. El placer era salvaje, animal, y el humor solo lo hacía más intenso, más sucio. Ella se corrió primero, con un grito ronco que intentó ahogar contra el brazo, las paredes internas apretando la polla que en ese momento estaba enterrada en su coño. Los jugos le chorrearon por los muslos, mojando el suelo.

—Ahora tú… lléname otra vez, padrastro… quiero salir de aquí con los dos agujeros rebosando tu leche —suplicó entre risitas temblorosas.

Desmond aceleró, sintiendo cómo el orgasmo le subía desde los huevos. Con un gruñido gutural se corrió profundamente dentro del coño de ella, chorro tras chorro caliente que la llenaba hasta rebosar. Se quedaron unidos unos segundos eternos, jadeando, riendo bajito como dos idiotas que acaban de cometer la travesura más grande de sus vidas. La polla salió con un sonido húmedo y obsceno, y un río espeso de semen blanco empezó a bajar por los muslos de Talia, goteando sobre sus tacones.

Pero entonces, mientras se arreglaban la ropa con manos torpes y servilletas usadas, el teléfono de Desmond vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Heather: “¿Todo bien? Cody y yo ya estamos en casa. Talia me escribió que os quedasteis cantando más canciones. No lleguéis muy tarde, amor. Te quiero.”

La risa se le congeló en la garganta. De pronto el ambientador de fresa le pareció nauseabundo, el olor a sexo demasiado evidente, las marcas rojas en el cuello de Talia demasiado visibles. Ella se estaba pintando los labios frente al espejo pequeño, todavía con esa sonrisa traviesa, pero Desmond sintió un peso frío instalándose en el estómago. ‘¿Qué carajo hemos hecho? Esto no es un juego. Es mi esposa, la mujer que confía en mí, y le estoy metiendo la polla a su hija cada vez que gira la cabeza. Talia es adictiva, joder, pero esto nos va a destruir. A todos.’

Talia se giró, le dio un beso rápido en los labios y susurró:

—Quince minutos más y nos vemos en casa, padrastro. Actúa normal… aunque yo ya estoy mojándome otra vez solo de pensar en la próxima vez.

Salió contoneándose, cerrando la puerta con suavidad. Desmond se quedó solo, mirando el teléfono, el sofá manchado, las servilletas tiradas. La polla aún le dolía de tanto uso, el cuerpo le vibraba de placer residual, pero algo estaba mal. Muy mal. El arrepentimiento no llegaba como un golpe, sino como una grieta lenta que se abría en el centro del pecho. Había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás, y por primera vez esa noche, la risa no llegó. Solo quedó el silencio del reservado, el zumbido de la máquina de karaoke y la certeza pesada de que esto, tarde o temprano, iba a explotarles en la cara.

Apagó las luces, respiró hondo y salió al pasillo vacío. Fuera, la noche seguía igual, pero dentro de él todo había cambiado. Y no para mejor.

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