Vecina que se Rinde en la Bodega

Vecina trans de 28 años se rinde en la bodega y se deja follar duro por su vecino Lorenzo de 32.

14 min read September 18, 2026New

Lorenzo, un ingeniero de 32 años que regresaba tarde de su turno en la obra, bajó las escaleras estrechas del edificio con la intención de buscar una caja de fusibles que había dejado en la bodega común. El sótano olía a humedad, a tierra vieja y a ese leve aroma dulzón de las botellas de vino apiladas contra las paredes de ladrillo. Apenas una bombilla colgaba del techo, derramando una luz amarilla y sucia que apenas alcanzaba los rincones. Fue entonces cuando escuchó el taconeo.

Nadia, la vecina trans de 28 años que vivía sola en el departamento contiguo al suyo, descendía con cuidado los últimos peldaños. El corazón de Lorenzo se detuvo un segundo. La mujer que tantas noches había invadido sus pensamientos estaba allí, vestida exactamente como él la había imaginado en sus pajas más sucias. Medias de seda negra cubrían sus piernas largas y depiladas, brillando con cada movimiento bajo la luz pobre. Unas bragas de encaje rojo transparente apenas contenían su polla ya semierecta, cuya silueta se marcaba obscenamente contra la tela fina. Tacones de aguja negros elevaban su culo redondo y firme, y un corsé de satén negro apretaba su cintura, dejando que sus tetas pequeñas pero perfectas asomaran por encima del encaje. No llevaba nada más. Había bajado así, confiando en que nadie la vería a esa hora, solo a buscar una botella de tinto para acompañar su noche solitaria.

Lorenzo se quedó clavado en la penumbra, medio oculto detrás de una estantería metálica. Su polla reaccionó al instante, engordando dentro de los vaqueros. No era sorpresa lo que sentía, ni rechazo. Era un deseo crudo, animal, que le subía por la garganta. Llevaba meses espiándola a través de la mirilla cuando ella caminaba por el pasillo con faldas cortas, fantaseando con arrancarle la ropa interior y comérsela entera. Y ahora la tenía delante, expuesta, vulnerable y jodidamente hermosa.

Nadia se detuvo frente a las botellas, inclinándose ligeramente para leer las etiquetas. El movimiento hizo que sus nalgas se separaran un poco y que el encaje de las bragas se hundiera entre ellas, marcando el contorno de su agujero. Lorenzo tragó saliva. Su mirada era tan intensa que ella la sintió como una caricia física en la nuca. Se giró lentamente, los tacones resonando en el suelo de cemento, y sus ojos se encontraron.

En lugar de cubrirse o huir, Nadia sintió un calor líquido que le recorrió el vientre. No había asco en la mirada de Lorenzo. Había hambre. Hambre pura de ella, tal como era: con su polla latiendo bajo el encaje, con sus medias de puta cara y sus tacones de zorra. Eso la desarmó. Siempre había soñado con un hombre que la deseara sin pedirle que se quitara nada, que la follase precisamente vestida así, como la puta elegante que le gustaba ser en la intimidad de su departamento.

—Sabía que alguien terminaría viéndome… pero no esperaba que fueras tú, Lorenzo —murmuró ella con voz suave, casi ronroneante. Dio un paso hacia él. El taconeo fue deliberado, lento. Sus caderas se balanceaban con cada movimiento, haciendo que la polla dentro de las bragas se moviera pesadamente.

Lorenzo salió de las sombras. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Tenía la mandíbula tensa, los puños cerrados a los costados para no abalanzarse todavía.

—Valía la pena bajar por esos fusibles solo para verte así, Nadia —respondió con la voz grave, casi rota—. Joder… mírate. Esas medias… ese encaje metido entre tu culo. Llevo meses pajeándome como un perro pensando en ti vestida exactamente de esta manera.

Las palabras sucias cayeron entre ellos como brasas. Nadia sintió que su polla terminaba de endurecerse del todo, empujando contra la tela roja hasta que la punta asomó un poco por encima del elástico. Se lamió los labios, coqueta, y se acercó más. El aroma de su perfume dulce mezclado con el olor natural de su piel invadió el espacio de Lorenzo.

—Entonces no es la primera vez que me miras así… —susurró ella, deteniéndose a solo treinta centímetros. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de él—. Yo también te he fantaseado, vecino. Muchas noches, cuando me pongo esta lencería cara y me miro al espejo, imagino que eres tú quien me encuentra. Que me empujas contra la pared y me follas vestida de puta, sin pedirme que me quite nada. Que me quieres con mi polla dura, con mis medias rasgadas y mi culo abierto para ti.

Lorenzo soltó un gemido bajo. Su mano grande se levantó y, con deliberada lentitud, rozó la seda de la media en el muslo de Nadia. El tacto fue eléctrico. Ella tembló, pero no se apartó. Al contrario, separó un poco las piernas, invitándolo.

—Meses, Nadia. Meses me la he cascado pensando en comerte. En arrodillarme delante de ti con ese encaje rojo y lamerte la polla hasta que me llenes la boca. En darte la vuelta, bajarte las bragas solo lo suficiente y hundirte la lengua en el culo mientras gimes como una zorra en celo. No quiero que seas otra cosa. Te quiero exactamente así… rendida, cachonda y vestida de la manera más puta posible.

Sus dedos subieron por el muslo, acariciando la carne caliente por encima de la media. Nadia jadeó, sintiendo cómo su propio miembro palpitaba. Se acercó más, hasta que sus tetas rozaron el pecho de Lorenzo. Su mano bajó atrevida y palpó el bulto enorme que él tenía entre las piernas.

—Está durísima… —ronroneó ella, apretando la palma contra la gruesa verga que se marcaba bajo la tela—. Dios, Lorenzo… nunca pensé que te pondría tanto. Creí que si algún día me veías así saldrías corriendo. Pero me miras como si quisieras devorarme.

—Porque quiero devorarte —gruñó él. Su otra mano agarró la cintura de Nadia, atrayéndola contra su cuerpo. La polla de ella quedó atrapada entre sus vientres, latiendo contra los abdominales de Lorenzo—. Quiero arrancarte esas bragas con los dientes, meterte los dedos en el culo mientras te chupo la polla y luego follarte tan duro que tus tacones se rompan contra el suelo. Quiero que te corras vestida así, que manches tu propio encaje con tu leche mientras te lleno el culo con la mía.

Nadia gimió abiertamente. Sus caderas se movieron solas, frotando su polla contra el cuerpo de él. El roce de las medias contra los vaqueros de Lorenzo era obsceno, un susurro constante de tela cara siendo manoseada. Ella inclinó la cabeza y le mordió suavemente el cuello, dejando que su aliento caliente le quemara la piel.

—Entonces tómame, Lorenzo… —susurró contra su oreja, la voz convertida en puro deseo—. Aquí mismo. En esta bodega sucia. Quiero sentirte. Quiero que me toques como llevas meses soñando. Quiero ser tu putita trans, la que te pone la verga como hierro solo con bajar en lencería. Pero no pares… no me pidas que me quite nada. Fóllame vestida. Rómpeme las medias si quieres, méteme los dedos, chúpame, pero quiero seguir sintiéndome deseada exactamente como estoy ahora.

La mano de Lorenzo bajó hasta el culo de Nadia y lo apretó con fuerza, separando las nalgas por encima del encaje. Un dedo grueso presionó contra el agujero arrugado, sintiendo cómo palpitaba a través de la tela fina. Nadia soltó un gemido agudo y empujó hacia atrás, buscando más presión.

—Estás empapada de deseo… —gruñó él, respirando pesado—. Puedo oler lo cachonda que estás. Tu polla está dejando una mancha húmeda en mis pantalones, puta. Me encanta. Me encanta que te mojes así por mí.

Sus bocas se encontraron por fin. El beso fue brutal, lleno de lengua y saliva, gemidos ahogados y dientes que mordían labios. Las manos de Lorenzo recorrieron las medias, rasgando ligeramente la seda en un muslo solo para sentir la carne debajo. Nadia le bajó la cremallera con dedos temblorosos y metió la mano dentro, sacando la polla gruesa y venosa de él. Era enorme, caliente, palpitante. La masturbó lentamente mientras seguían besándose, untando el precum que brotaba de la punta por toda la longitud.

—Qué verga tan rica… —jadeó ella entre beso y beso—. Tan gruesa. Quiero que me abras con ella, Lorenzo. Quiero que me folles contra estas estanterías hasta que las botellas tiemblen. Pero hazlo despacio primero… quiero saborear cómo me rindes.

Lorenzo la giró con brusquedad pero sin violencia, pegándola contra la pared de ladrillos fríos. Nadia apoyó las manos en los ladrillos, arqueando la espalda y ofreciéndole el culo. Las bragas de encaje estaban ya empapadas. Él se arrodilló detrás, besando las medias desde los tobillos hacia arriba, mordiendo la carne blanda de los muslos. Su lengua lamió el borde de las bragas, saboreando el sudor y el deseo de ella.

—Hueles a puta cara… —murmuró contra su piel—. Y me vuelve loco.

Nadia miró por encima del hombro, los ojos vidriosos de placer. Su polla asomaba completamente por encima de las bragas, goteando. Sentía la lengua de Lorenzo cada vez más cerca de su agujero y sabía que, una vez que la probara, ya no habría vuelta atrás. El deseo entre ellos era un incendio que apenas comenzaba a consumirlos. La bodega parecía más pequeña, más caliente, más peligrosa. Y ninguno de los dos quería parar.

Lorenzo apartó el encaje rojo con dos dedos y dejó que su aliento caliente bañara el agujero rosado y apretado de Nadia. Ella tembló, empujando hacia atrás, rogando sin palabras que la probara de una vez. La tensión crecía, espesa como el aire del sótano, prometiendo que esa rendición solo era el principio de una noche que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Nadia giró sobre sus tacones con un movimiento felino, apartando la cara de la pared de ladrillos y clavando sus ojos vidriosos en los de Lorenzo. El aliento caliente de él todavía le quemaba el agujero, pero ella quería otra cosa primero. Quería saborearlo, rendirse del todo y sentir esa verga gruesa que había palpado abriéndole la garganta.

—Quiero chupártela, Lorenzo… —susurró con voz entrecortada, bajando lentamente hasta quedar de rodillas sobre el cemento frío. Los tacones se clavaron en el suelo, sus medias de seda negra se tensaron sobre sus rodillas y el corsé le apretó las costillas cuando se inclinó hacia adelante. Su polla, dura como piedra, empujaba el encaje rojo hacia arriba, dejando una mancha brillante de precum en la tela. Con manos temblorosas pero ansiosas, bajó la cremallera que ya había abierto antes y liberó la verga de Lorenzo por completo. Era enorme, venosa, con la cabeza gruesa y morada brillando de precum. El olor masculino, sudoroso y caliente, la golpeó como un vicio.

Se lamió los labios pintados, miró hacia arriba con devoción y abrió la boca. Primero pasó la lengua plana por toda la longitud, desde los huevos pesados hasta la punta, saboreando el gusto salado de su excitación. Lorenzo gruñó, enredando los dedos en el cabello oscuro de ella.

—Así, mi puta vecina… —jadeó él con la voz rota de deseo—. Chúpame esa verga, Nadia. Llevo meses soñando con tu boca de zorra alrededor de mi polla. Eres tan jodidamente hermosa vestida así, de rodillas para mí.

Las palabras sucias la encendieron más. No había rechazo, solo hambre pura por ella tal como era: trans, en lencería cara, con la polla palpitando entre sus bragas bajadas a medias. Nadia abrió más la boca y se la metió hasta el fondo. La cabeza gruesa le estiró los labios, rozándole el paladar. Empezó a mover la cabeza con ansia, chupando con fuerza, haciendo ruidos húmedos y obscenos que resonaban en la bodega. Su saliva corría por la verga, empapando los huevos que ella masajeaba con una mano mientras con la otra se acariciaba su propia polla por encima del encaje.

Lorenzo empezó a follarle la boca. Al principio con embestidas controladas, pero pronto perdió el control. Agarró su cabeza con ambas manos y empujó profundo, haciendo que la verga le llegara hasta la garganta. Nadia se atragantó un poco, los ojos se le llenaron de lágrimas de placer, pero no se apartó. Al contrario, lo miró desde abajo con deseo absoluto, rogándole con la mirada que la usara más fuerte.

—Joder, qué boca tan caliente… Mi puta vecina se traga todo, ¿verdad? —gruñó Lorenzo entre dientes, moviendo las caderas con ritmo brutal—. Chúpala, zorra. Siente cómo te abre la garganta. Eres perfecta así, con tus medias y tu corsé, mamándome como la mujer cachonda que eres.

Nadia gemía alrededor de la verga, vibraciones que hacían que Lorenzo temblara. Su propia polla goteaba sin parar, manchando el suelo de cemento. Pensaba en lo liberador que era esto: ser deseada exactamente así, sin que él le pidiera quitarse nada, sin que le exigiera ser otra cosa. Solo quería que la follara vestida de puta elegante, que la usara en esa bodega sucia. Succionó más fuerte, hundiendo la nariz contra el pubis de él, tragándose hasta el último centímetro.

Después de varios minutos de mamada intensa, Lorenzo la levantó casi con violencia pero con cuidado de no lastimarla. La giró de nuevo y la empujó contra las estanterías metálicas llenas de cajas y botellas. El metal frío le rozó las tetas pequeñas que asomaban por el corsé. Él se agachó, enganchó los dedos en el borde de las bragas de encaje rojo y las bajó hasta medio muslo, dejando su culo depilado completamente expuesto. El agujero rosado, liso y perfecto, palpitaba bajo la luz amarilla de la bombilla.

—Qué culo tan rico… tan depilado y listo para mí —murmuró Lorenzo antes de separar las nalgas con ambas manos y hundir la cara entre ellas.

Su lengua caliente y húmeda recorrió el agujero en círculos amplios primero, saboreando el sudor y el deseo acumulado. Nadia soltó un gemido largo y agudo, arqueando la espalda y empujando hacia atrás. La lengua de Lorenzo se volvió más insistente, lamiendo con fuerza, penetrando el anillo apretado con la punta rígida. La comía con auténtica hambre, haciendo ruidos húmedos y sucios mientras sus manos fuertes mantenían las nalgas abiertas. Metía la lengua lo más profundo posible, follándola con ella, girándola dentro del calor sedoso de su interior.

—Dios… sí, cómemelo, Lorenzo… —jadeaba Nadia, las uñas clavadas en la estantería—. Me vuelves loca… nadie me había comido el culo así, como si fuera tu postre favorito.

Él gruñó contra su carne, vibrando dentro de ella, y siguió devorándola durante largos minutos. El culo de Nadia brillaba de saliva, abierto y palpitante. Cuando ya no pudo esperar más, Lorenzo se incorporó, escupió sobre su verga gruesa y colocó la cabeza contra el agujero mojado. Empujó de un solo golpe fuerte, hundiendo más de la mitad de su polla en el interior caliente y apretado.

Nadia gritó de placer, sintiendo cómo la abría por completo. Lorenzo no le dio tiempo a adaptarse; empezó a follarla duro en posición de pie, con embestidas profundas y brutales que hacían temblar las estanterías y tintinear las botellas de vino. El sonido de sus caderas chocando contra el culo redondo de ella era obsceno, húmedo, constante. Cada vez que entraba del todo, sus huevos golpeaban la polla de Nadia, que se balanceaba libremente, goteando hilos de precum sobre sus medias.

—Te estoy follando como te mereces, puta vecina… —gruñía él a su oído, mordiéndole el lóbulo mientras la penetraba sin piedad—. Este coño está hecho para mi verga. Siente cómo te lleno, cómo te rompo por dentro.

Nadia gemía sin control, los tacones apenas manteniéndola en pie con cada embestida que la levantaba del suelo. Sus medias se habían rasgado un poco en el muslo por los dedos ansiosos de Lorenzo, y el encaje de las bragas le apretaba las piernas, aumentando la sensación de estar usada y deseada. Pensaba que nunca se había sentido tan mujer, tan completamente aceptada y follada como la trans que era, vestida exactamente como le gustaba.

Después de follarla de pie hasta dejarla temblando, Lorenzo salió de ella con un sonido húmedo. La tomó por la cintura, la levantó con facilidad y la sentó sobre una caja de madera fuerte que había contra la pared. Le abrió las piernas, dejando que las bragas bajadas le colgaran de un tobillo. Ahora frente a frente, la penetró de nuevo, esta vez mirándola a los ojos. La verga gruesa entró hasta el fondo en esta nueva posición, rozando ese punto perfecto dentro de ella que la hacía ver estrellas.

Nadia rodeó la cintura de Lorenzo con sus piernas enfundadas en medias y empezó a masturbarse con furia. Su mano subía y bajaba por su polla dura, lubricada por el precum que no paraba de brotar.

—Fóllame más fuerte, Lorenzo… —suplicó entre gemidos roncos—. ¡Quiero que me llenes el coño con tu leche caliente! ¡Córrete dentro, por favor! ¡Inúndame!

Él la penetraba con ritmo salvaje pero ahora más íntimo, sus caras muy cerca, respiraciones mezcladas. El corsé negro se movía con cada embestida, las tetas pequeñas de Nadia rebotaban, sus tacones se clavaban en la espalda de él. La bodega olía a sexo, a humedad, a perfume dulce y sudor. Lorenzo aceleró, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como un tren de carga.

—Voy a llenarte, mi hermosa… —gruñó contra su boca.

El clímax los golpeó casi al mismo tiempo. Lorenzo empujó hasta el fondo y se corrió profundamente dentro de ella, chorros espesos y calientes de leche que inundaron el coño de Nadia, desbordándose alrededor de la verga y manchando las bragas bajadas. Al sentir las pulsaciones calientes dentro de sí, Nadia gritó y se corrió en su propia mano. Su polla latió violentamente, disparando hilos blancos y espesos que cayeron sobre su vientre, sus dedos y el corsé negro. El orgasmo la sacudió entera, contrayendo su interior alrededor de la verga que todavía la llenaba.

Cuando las últimas gotas salieron de ambos, Lorenzo se inclinó y la besó con ternura inesperada. No fue el beso brutal de antes; fue lento, profundo, lleno de aceptación y deseo real. Sus labios se movieron con suavidad, sus lenguas se acariciaron con calma mientras él seguía enterrado dentro de ella. Después, sin salir todavía, le subió las bragas empapadas con cuidado, acomodando la tela empapada de semen y precum sobre la polla sensible de Nadia y cubriendo su coño lleno. El encaje rojo quedó oscuro y mojado, pegado a su piel.

—Esto solo es el principio de todas las noches que pienso bajarte a la bodega para seguir follándote como la mujer hermosa que eres —le prometió al oído con voz ronca pero llena de cariño, acariciándole la mejilla.

Y desde esa rendición en la penumbra, Nadia supo que nunca volvería a bajar sola por una botella de vino.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged blowjob rimming standing-doggy creampie dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.