Una Última Noche Antes de Que Te Vayas

Dos amigos adultos, el arquitecto de 32 y el chef de 29, se follan con ganas en su última noche juntos en Madrid.

34 min read September 11, 2026New

La noche envolvía el apartamento de Otto en el barrio de Malasaña como un abrazo cálido y traicionero. Darius, el arquitecto de treinta y dos años que al amanecer cargaría sus maletas rumbo a Barcelona para dirigir un ambicioso proyecto de renovación urbana, estaba repantigado en el sofá de cuero gastado con una cerveza en la mano que ya había olvidado. Otto, el chef de veintinueve años cuya cocina había sido el altar de tantas cenas improvisadas entre risas y confidencias, trajinaba en la isla de la cocina con esa economía de movimientos que delataba años de servicio en fogones profesionales. El aire olía a romero, ajo y a esa tensión que ninguno de los dos había querido nombrar hasta esa última noche.

— ¿Sabes qué es lo que más voy a extrañar, cabrón? — soltó Otto con ese humor ácido que usaba como escudo y arma—. Tu culo. Ese culo de arquitecto obsesionado con las líneas rectas y las proporciones perfectas. Me voy a deprimir cada vez que prepare un risotto pensando que ya no lo tengo a dos metros para imaginarme mordiéndolo.

Darius soltó una carcajada ronca que le salió del pecho como un alivio. Llevaban años bailando alrededor de esa línea. Miradas que duraban un segundo de más, roces “accidentalmente” prolongados, bromas que cada vez bajaban más la voz. Esta noche, con las maletas ya cerradas junto a la puerta, todo parecía tener permiso.

— ¿Mi culo? — respondió Darius, girándose para mirarlo con una ceja arqueada y una sonrisa torcida—. Otto, por favor. Llevo cinco años fantaseando con que esa boca tuya de chef exigente haga algo más productivo que criticar mi forma de cortar cebolla. Si tú has soñado con comerme el culo, yo he soñado con follártela hasta que se te olvide cómo se llama el plato del día. Así que sí. Esta noche. Primera y última. Los dos lo sabemos. Sin dramas, sin promesas. Solo ganas.

Otto dejó el trapo sobre la encimera, se sirvió una copa de aquel Rioja que había abierto con ceremonia y se acercó. Sus ojos, normalmente llenos de burla, brillaban ahora con algo más oscuro y honesto.

— ¿Estás seguro, Darius? Porque una vez que empecemos no voy a parar hasta que los dos estemos destrozados y riéndonos como idiotas.

— Seguro. Ven aquí, chef de mierda.

Compartieron la botella sin prisa y sin llegar a emborracharse. Solo lo suficiente para que el vino les soltara la lengua y les calentara la sangre. Las bromas subieron de tono con cada sorbo. Otto describió, entre risas, exactamente cómo imaginaba que sabría el sudor de la espalda de Darius después de un día en la obra. Darius contraatacó diciendo que siempre había querido ver cómo se le ponía la cara al chef cuando le metieran una polla hasta el fondo de la garganta. Las carcajadas llenaban el salón, pero poco a poco se fueron espaciando, volviéndose más roncas, más cargadas.

Entonces Otto, con la copa aún en la mano y la voz temblando de risa contenida, lo soltó:

— Joder, Darius… siempre he querido comerte el culo. No de broma. De verdad. Meter la lengua hasta que supliques. Llevo años imaginando cómo te correrías con mi cara enterrada ahí.

El silencio que siguió fue breve, cargado. La risa de Darius empezó baja, casi nerviosa, pero se encontró con la de Otto y de pronto los dos estaban riendo como adolescentes pillados en una travesura. Sin embargo, cuando las carcajadas se apagaron, sus miradas se engancharon. El aire cambió. Darius dejó su copa. Otto hizo lo mismo. Se acercaron al mismo tiempo, como si hubieran estado conteniéndose durante una década.

El primer beso fue torpe de tan ansioso. Narices chocando, dientes rozando, pero enseguida se volvió profundo, hambriento. Las manos de Otto se colaron bajo la camiseta de Darius, arañando la piel caliente de su espalda. Darius gruñó contra su boca y le mordió el labio inferior.

— Quítate eso, puto chef — jadeó Darius entre risas, tirando del delantal y la camiseta de Otto.

— Tú primero, arquitecto guapo. Quiero ver si ese cuerpo sigue tan follable como en mis fantasías.

La ropa cayó al suelo entre carcajadas y frases sucias. “Joder, qué polla tienes”, murmuró Otto al ver a Darius desnudo por completo por primera vez. “Y tú qué culo, cabrón. Date la vuelta que lo pruebe”, respondió Darius, empujándolo contra la pared un segundo antes de que Otto lo girara a él y lo empujara hacia el sofá.

Otto se arrodilló sin más preámbulos. Tomó la polla de Darius con una mano firme y lo miró desde abajo con esa sonrisa traviesa que siempre lo desarmaba.

— Puto arquitecto guapo… voy a comerte entero.

Y lo hizo. La mamada fue profunda, juguetona, casi insultantemente buena. Otto lo tragaba hasta el fondo, sacaba la lengua para lamerle los huevos, volvía a subir succionando con fuerza mientras sus ojos no se apartaban de los de Darius. Cada vez que Darius gemía, Otto se reía alrededor de su polla, vibrando, haciendo que las rodillas del arquitecto temblaran.

— Joder, Otto… eres un hijo de puta con talento.

— Y aún no he empezado con lo que de verdad quiero — contestó el chef, poniéndose de pie y girando a Darius con autoridad cariñosa.

Lo colocó a cuatro patas sobre el sofá, el culo perfecto y redondo expuesto. Otto se arrodilló detrás, separó las nalgas con ambas manos y hundió la cara sin aviso. Su lengua experta dibujó círculos lentos alrededor del agujero fruncido, luego lo lamió de abajo arriba con toda la superficie plana, después lo penetró con la punta, follándolo con la boca de forma obscenamente hábil. Darius enterró la cara en un cojín y gimió como un animal.

— ¡Hostia, Otto! Tu lengua… joder, qué bien comes culo, cabrón.

Las risas se mezclaban con los gemidos. Otto no paraba de murmurar guarradas contra su piel: “Sabes mejor de lo que imaginaba”, “Este culo es mío esta noche”, “Relájate, arquitecto, que te voy a abrir bien”. Darius empujaba hacia atrás, pidiendo más con el cuerpo.

Cuando Otto se levantó, su polla estaba dura como el acero. Escupió sobre su mano, lubricó ambos y entró lento, burlón, centímetro a centímetro, deteniéndose cada poco para hacer sufrir a Darius con la anticipación.

— ¿Así? ¿Te gusta que te folle despacito, eh? Mira cómo te abre el chef…

— Cállate y métela entera, joder — suplicó Darius entre risa y jadeo.

Otto obedeció. El golpe seco de sus caderas contra el culo de Darius llenó el salón. Lo follaba duro, profundo, cambiando el ángulo hasta que Darius empezó a gritar palabras incoherentes. Luego, sin salir de él, lo giró con maestría y lo puso en misionero sobre el sofá, mirándolo a los ojos.

Ahora se veían. Darius se masturbaba con fuerza mientras Otto lo taladraba sin piedad, sudor corriendo por sus pechos, las carcajadas mezclándose con los gemidos porque todo era demasiado bueno, demasiado absurdo y demasiado perfecto al mismo tiempo.

— No pares, Otto, no pares, hijo de puta… — suplicaba Darius riendo, con los ojos brillantes de placer.

— No voy a parar hasta llenarte, arquitecto mío.

El orgasmo les llegó casi al mismo tiempo. Otto se enterró hasta el fondo y se corrió dentro con un gruñido gutural, inundando a Darius con chorros calientes. Darius, sintiendo cómo lo llenaban, se corrió sobre su propio abdomen en gruesos y largos latigazos, manchándose el pecho y el vientre mientras gemía el nombre de Otto entre risas ahogadas.

Se quedaron unidos un largo momento, respirando agitados, sonriendo como idiotas.

Después, entre bromas torpes, se limpiaron con toallas húmedas que Otto trajo de la cocina.

— Yo voy a extrañar más tu culo — dijo Otto, dándole un cachete suave.

— Mentira. El que va a llorar en Barcelona soy yo, pensando en esta lengua tuya.

Se metieron en la cama desnudos, cuerpos pegajosos y satisfechos. Darius se acurrucó contra el pecho de Otto, pasando un brazo por su cintura. El silencio fue cómodo durante unos segundos. Entonces Darius murmuró contra su piel:

— Esa fue la mejor…

Se detuvo. El corazón le latía con fuerza. La frase completa flotaba en el aire, incompleta, peligrosa. Porque “la mejor” no alcanzaba a explicar lo que acababa de sentir. Ni lo que todavía quería. Otto lo miró, esperando, con una ceja levantada y una sonrisa que ya no era solo divertida. La noche aún no había terminado. Y Barcelona, de repente, parecía muy lejos.

Darius tragó saliva, con la mejilla aún pegada al pecho sudoroso de Otto. El chef tenía el corazón latiéndole fuerte bajo la piel, un tambor constante que delataba que él también estaba conteniendo algo más grande que una simple corrida.

—Esa fue la mejor… —repitió Darius en voz baja, y el resto de la frase se le quedó atascado en la garganta como un hueso de aceituna. ¿La mejor follada? ¿La mejor noche? Decirlo en voz alta sería romper las reglas que acababan de inventarse entre risas y vino: sin dramas, sin promesas, solo ganas. Pero joder, cómo costaba.

Otto soltó una risita ronca que vibró contra la oreja de Darius. Su mano grande, todavía manchada de semen seco, bajó despacio por la espalda del arquitecto hasta posarse justo encima de la curva de su culo.

—¿La mejor qué, cabrón? No me dejes a medias, que soy chef y odio los platos incompletos —dijo con esa voz burlona que siempre usaba para desarmar tensiones. Sus dedos trazaron círculos perezosos sobre la piel sensible, presionando apenas la hendidura entre las nalgas—. ¿La mejor polla que te han metido? ¿La mejor lengua que te ha reventado el culo? Dilo, arquitecto de mierda, que todavía estoy duro solo de oírte gemir como un gato en celo.

Darius levantó la cabeza y lo miró. Los ojos verdes de Otto brillaban con esa mezcla peligrosa de diversión y hambre pura. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto morder y lamer, y una sonrisa torcida que prometía que la noche apenas había empezado su segundo acto. El arquitecto sintió cómo su propia polla, que se suponía saciada, daba un latigazo contra el muslo del chef.

—Eres un hijo de puta insoportable —murmuró Darius, pero se estaba riendo ya, esa risa baja y nerviosa que siempre los salvaba de ponerse sentimentales—. La mejor puta todo, Otto. Y no me hagas decirlo dos veces o te juro que te ato al cabezal con tu propio delantal.

Otto soltó una carcajada que llenó la habitación. Se movió con esa agilidad de quien pasa doce horas de pie en una cocina, girando sobre sí mismo hasta quedar encima de Darius. Sus cuerpos se pegaron, piel caliente contra piel caliente, el sudor de la primera ronda aún pegajoso entre ellos. La polla semidura de Otto rozó la de Darius, un contacto eléctrico que les arrancó un gemido simultáneo.

—Pues si fue tan buena —susurró Otto contra su boca, mordiéndole el labio inferior con saña juguetona—, vamos a por la segunda parte del menú. Degustación completa, cabrón. Y esta vez quiero que me folles tú. Llevo años imaginando cómo se siente esa polla de proporciones perfectas abriéndome por dentro.

Darius parpadeó, sorprendido y excitadísimo. Habían follado hacía menos de media hora y Otto ya estaba hablando de que lo penetrara como si fuera la cosa más natural del mundo. El chef se incorporó un poco, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de Darius. Su torso ancho, cubierto de vello oscuro y sudor, se veía imponente bajo la luz tenue de la lámpara de mesilla. A sus veintinueve años, Otto tenía el cuerpo de alguien que levantaba ollas de hierro todo el día: hombros anchos, brazos fuertes, abdomen marcado pero no perfecto, real. Darius, con sus treinta y dos, sintió una oleada de deseo tan crudo que le dolió en el pecho.

—Estás loco —dijo, pero sus manos ya estaban agarrando las caderas de Otto, clavando los dedos en esa carne firme—. ¿No necesitas un descanso? Acabo de correrme como un geyser y tú ya quieres que te destroce el culo.

—Descanso es para los menús de diez platos —respondió Otto, bajando la cabeza para lamerle el cuello con lentitud deliberada. Su lengua dejó un rastro húmedo hasta la clavícula, donde mordió con la presión justa para hacer que Darius arqueara la espalda—. Yo soy de los que sirven fuerte y rápido. Y tengo hambre de ti, Darius. De verdad. Quiero sentirte tan profundo que mañana cuando estés en el AVE te duela el recuerdo cada vez que te sientes.

Las palabras sucias dichas con ese acento madrileño burlón fueron como gasolina. Darius lo empujó de repente, invirtiendo las posiciones con un movimiento torpe pero decidido. Ahora era él quien estaba encima, mirando desde arriba al chef que se reía con los brazos abiertos en cruz sobre las sábanas revueltas.

—Entonces vas a callarte un rato y vas a dejar que te coma yo —gruñó Darius, descendiendo por el cuerpo de Otto como si estuviera midiendo un terreno—. Porque llevo cinco años viendo cómo meneas ese culo en la cocina y fantaseando con enterrar la cara ahí.

Se detuvo a la altura de la polla de Otto, que ya estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Darius la agarró por la base y la levantó, admirándola sin vergüenza. Olía a sexo, a sudor limpio y a ese aroma particular que era solo de Otto: romero, ajo y hombre. Sin más preámbulos, se la metió en la boca hasta donde pudo, tragando alrededor de la grosura con avidez.

—Hostia… —jadeó Otto, y su risa se cortó en un gemido ronco—. Mira el arquitecto, qué bien chupa. ¿Aprendiste en alguna obra o qué?

Darius no pudo contestar porque tenía la boca llena, pero respondió con hechos: succionó con fuerza, girando la lengua alrededor del glande, bajando hasta que la polla le rozó la garganta. Sus manos no se quedaron quietas; una masajeaba los huevos pesados de Otto mientras la otra se colaba entre sus muslos fuertes, buscando ese agujero que tanto había imaginado. Cuando su dedo índice presionó el borde fruncido, Otto abrió más las piernas sin pensarlo, ofreciéndose con descaro.

—Sigue, joder… méteme el dedo mientras me la chupas. Quiero sentirte por todos lados.

Darius obedeció, escupiendo sobre sus dedos para lubricarlos antes de empujar uno dentro. El calor era increíble, apretado, vivo. Otto soltó una carcajada entrecortada que se transformó en un gemido largo cuando el dedo encontró su próstata y la rozó con intención.

—Ahí, cabrón… justo ahí. Eres un puto artista con las manos, ¿eh? Claro, como diseñas edificios…

Las bromas se fueron diluyendo conforme Darius añadía un segundo dedo, abriéndolo con paciencia mientras seguía mamándolo con hambre. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos, el crujido de las sábanas. Otto se retorcía, sus caderas subiendo para follarle la boca, pero siempre con esa risa entrecortada que hacía que todo fuera ligero aunque el placer fuera brutal.

—Para, para… —pidió Otto de pronto, tirándole del pelo con suavidad—. Si sigues así me corro en tu garganta y quiero que me folles primero.

Darius se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes de lujuria y una erección que dolía. Miró a Otto tumbado allí, con las piernas abiertas, el agujero reluciente de saliva y el pecho subiendo y bajando agitado. Treinta y dos años fantaseando con este momento exacto y por fin lo tenía.

Se colocó entre sus muslos, escupió en su propia polla y la frotó contra la entrada de Otto. Empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo de músculo cedía y lo envolvía en un calor apretado y perfecto.

—Joder, Otto… estás ardiendo por dentro —gruñó, deteniéndose a mitad de camino para no correrse de inmediato.

—Más adentro, arquitecto de pacotilla —exigió Otto entre dientes, pero sonreía, los ojos entornados de placer—. Métemela toda. Quiero sentir cómo me llenas como si estuvieras construyendo un rascacielos dentro de mí.

Darius soltó una carcajada que terminó en gemido cuando empujó hasta el fondo. Sus caderas chocaron contra el culo redondo de Otto con un sonido seco. Empezó a moverse, primero lento y profundo, luego más rápido, encontrando el ángulo que hacía que el chef soltara maldiciones creativas mezcladas con risas.

—Así, así… hostia puta, Darius, qué polla tienes. Me estás tocando justo donde… ¡joder!

Otto se masturbaba con fuerza, su mano volando sobre su verga mientras Darius lo taladraba sin piedad. El sudor les corría por el pecho, les caía en gotas desde la frente. El arquitecto se inclinó hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de Otto para poder besarlo mientras lo follaba. El beso fue sucio, lleno de lengua y dientes, interrumpido por risas y jadeos.

—Dime que te gusta —pidió Darius contra su boca, cambiando el ritmo a embestidas cortas y brutales.

—Me encanta, cabrón… me encanta que me estés follando como si mañana no existiera. Más fuerte. Quiero que me duela mañana cuando estés en Barcelona y yo esté aquí cocinando pensando en tu polla.

Las palabras fueron como un detonante. Darius aceleró, el sonido de carne contra carne llenando el dormitorio. Otto levantó las piernas y las enganchó alrededor de su cintura, dándole mejor acceso. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía a pesar de las carcajadas ocasionales cuando uno de los dos soltaba alguna guarrada absurda sobre “proporciones áureas” o “sazonar el culo”.

El placer iba subiendo, denso, inevitable. Darius sentía que se acercaba otra vez, pero no quería que terminara todavía. Redujo el ritmo, saliendo casi por completo para volver a entrar despacio, torturándolos a ambos. Otto protestó con un gemido lastimero que terminó en risa.

—No seas cabrón… no me dejes así.

—No he terminado contigo —respondió Darius, mordiéndole el cuello—. Esta noche todavía nos quedan muchas horas y pienso aprovechar cada una. Quiero follarte en la cocina después, contra la encimera donde preparas esos risottos que tanto me gustan. Quiero que me montes tú mientras yo te sujeto las caderas. Y después… después ya veremos.

Otto lo miró con los ojos entrecerrados, la sonrisa pícara todavía allí pero teñida de algo más profundo, más peligroso. Su mano subió hasta la nuca de Darius y lo atrajo para otro beso largo, lento, mientras sus cuerpos seguían unidos, latiendo, esperando el siguiente movimiento.

La noche seguía avanzando fuera, pero dentro del apartamento de Malasaña el tiempo parecía estirarse, prometiendo que aún quedaba mucho por escalar antes de que el amanecer los obligara a despedirse. Y ninguno de los dos tenía intención de parar pronto.

Darius no pudo contenerse más. Aquel ritmo lento y tortuoso que había impuesto para alargar el placer se rompió de golpe cuando Otto contrajo el culo alrededor de su polla, apretándolo como si quisiera ordeñarlo. El arquitecto de treinta y dos años soltó un gruñido gutural y aceleró, clavándose hasta el fondo con embestidas cortas y brutales que hacían temblar las piernas del chef. Otto, con la espalda pegada al colchón y las rodillas casi pegadas al pecho, se masturbaba con furia, su mano volando sobre aquella verga gruesa y venosa que ya goteaba precum sin parar.

—Joder, Darius… así, cabrón, rómpeme el puto suelo pélvico —jadeó Otto entre risas entrecortadas, los ojos entornados de placer y burla—. ¿Esto es lo que enseñas en tus planos? ¿Proporciones perfectas para destrozar un culo?

Darius se rio, pero la risa se le convirtió en un gemido ronco cuando sintió cómo el interior de Otto palpitaba a su alrededor. Pensaba, con la cabeza nublada, que nunca había follado con alguien que combinara tan bien las carcajadas y los gemidos; a sus treinta y dos años había tenido amantes decentes, pero ninguno que lo hiciera sentir que el sexo podía ser tan absurdamente divertido y brutal al mismo tiempo. Se inclinó más, mordiendo el cuello sudoroso de Otto mientras sus caderas chocaban con un ritmo salvaje.

—Calla y córrete, chef de mierda. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te lleno.

El orgasmo les llegó casi a la vez, como una ola que los barrió sin piedad. Otto arqueó la espalda y se corrió en gruesos chorros que salpicaron su propio pecho y barbilla, riendo y maldiciendo al mismo tiempo. Darius se enterró hasta el fondo y se dejó ir, bombeando semen caliente dentro de aquel culo apretado que parecía diseñado exactamente para él. Los dos temblaban, sudados, pegajosos, con las frentes juntas y las bocas abiertas buscando aire entre risitas tontas.

—Hostia puta… —murmuró Otto cuando Darius salió despacio, dejando un reguero blanco que bajó por sus nalgas—. Me has dejado el recto como un proyecto de rehabilitación. Nivel experto, arquitecto.

Darius se dejó caer a su lado, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Su mente daba vueltas: Barcelona parecía un chiste lejano ahora mismo. El proyecto de renovación urbana que tanto le había ilusionado se sentía insignificante comparado con el calor que aún latía en su polla medio dura. Miró a Otto, que se limpiaba el abdomen con la esquina de la sábana, y sintió una punzada peligrosa en el pecho. No. Nada de dramas. Solo esta noche.

Otto giró la cabeza, todavía con aquella sonrisa torcida que desarmaba a cualquiera.

—Levanta el culo, que el menú no ha terminado. Dijiste que querías follarme contra la encimera, ¿no? Pues vamos a la cocina antes de que se me enfríe el entusiasmo. Y esta vez llevo el control yo un rato, que soy chef y sé cómo sazonar las cosas.

Se levantaron desnudos, riendo como idiotas cuando las piernas les flaquearon. Darius le dio un cachete en el culo redondo y firme de Otto, admirando cómo el semen le brillaba entre las nalgas. El chef de veintinueve años se giró en el pasillo, lo empujó contra la pared y le metió la lengua hasta la garganta en un beso sucio y lleno de dientes. Sus pollas, aún sensibles, se rozaron y ambos soltaron un gemido simultáneo.

—Eres insaciable —dijo Darius contra su boca.

—Tú me has puesto así, cabrón. Cinco años conteniéndome y ahora quiero todo el puto buffet.

Llegaron a la cocina riendo. La isla de granito seguía oliendo a romero y ajo de antes, pero ahora el aroma dominante era el de sus cuerpos: sudor, semen y piel caliente. Otto abrió la nevera con teatralidad, sacó la botella de aceite de oliva virgen extra y la agitó como si fuera un trofeo.

—Mira esto. Aceite DOP de Jaén. Perfecto para lubricar y dar sabor. Date la vuelta, arquitecto. Apóyate en la encimera como si estuvieras revisando unos planos.

Darius obedeció, todavía con la risa en la garganta. Se inclinó sobre la isla fría, separando las piernas. Sintió las manos fuertes de Otto separándole las nalgas y luego el chorro tibio de aceite cayendo directamente sobre su agujero. El líquido resbaló por su perineo y Darius tembló, la polla endureciéndose de nuevo contra el granito.

—Joder, Otto… estás loco.

—Loco por este culo perfecto que tienes. Llevo años queriendo prepararlo como se merece —respondió el chef, arrodillándose detrás. Su lengua experta lamió el aceite, mezclándolo con su saliva, penetrando con la punta mientras sus manos masajeaban las nalgas con fuerza. Darius gimió alto, empujando hacia atrás, sintiendo cómo la lengua de Otto lo abría con aquella habilidad insultante que parecía sacada de sus mejores platos.

—Sabes a pecado y a aceite bueno —murmuró Otto entre lametones—. Relájate, que voy a meterte dos dedos mientras te como. Quiero que estés blandito para cuando te folle encima de donde preparo los risottos.

Introdujo dos dedos aceitados, curvándolos con precisión hasta rozar la próstata de Darius. El arquitecto soltó un grito ronco y se agarró al borde de la encimera, las rodillas temblando. Pensaba que esto era demasiado: el humor, el placer, la forma en que Otto conseguía que todo pareciera una broma privada y al mismo tiempo la cosa más erótica del mundo. Su polla goteaba sobre el suelo, dura como piedra.

—Para… para o me corro ya —suplicó entre risas.

Otto se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Su polla estaba completamente erecta, gruesa, la cabeza brillante. Agarró a Darius por las caderas, lo giró y lo subió de un movimiento sobre la encimera. El granito frío contra el culo caliente del arquitecto le arrancó un jadeo.

—Ahora me montas tú —ordenó Otto con esa voz burlona que siempre usaba para esconder cuánto deseaba—. Quiero verte la cara mientras te follo aquí, donde te he visto cortando verduras como un desastre durante cinco años.

Darius rodeó la cintura de Otto con las piernas y sintió cómo la polla del chef empujaba contra su entrada aceitada. Entró de un golpe lento pero implacable, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra la carne. Los dos soltaron un gemido largo. Otto comenzó a moverse, sujetando las caderas de Darius con manos firmes, follándolo con un ritmo profundo y constante que hacía que la isla crujiera ligeramente.

—Hostia… qué bueno estás por dentro —gruñó Otto, inclinándose para morderle el pezón—. Mira cómo te abre el chef, cabrón. ¿Esto es lo que querías antes de irte a Barcelona? ¿Que te deje el culo tan abierto que no puedas sentarte en el AVE sin acordarte de mí?

—Exacto… joder, Otto, más fuerte —respondió Darius, masturbándose con la mano aceitada mientras recibía cada embestida. El placer era denso, eléctrico. Cada golpe le sacudía la próstata y le arrancaba gemidos que rebotaban en las paredes de la cocina. Pensaba que nunca había sentido nada tan crudo y tan alegre al mismo tiempo; las carcajadas seguían escapando entre los jadeos, haciendo que todo fuera ligero aunque el orgasmo se estuviera construyendo como un puto edificio de quince plantas.

Otto aceleró, sudando, el vello de su pecho pegado por el esfuerzo. Cambió el ángulo y Darius soltó un grito agudo cuando el placer se volvió casi insoportable.

—Ahí… ahí, hijo de puta… me estás tocando justo donde…

—Donde diseñas tus líneas rectas, ¿verdad? Pues ahora tu línea recta es mi polla —se rio Otto, pero su voz ya estaba rota de placer.

Follaron así durante minutos eternos, cambiando ritmos, besándose con hambre, mordiéndose los labios y los hombros. Darius sentía que se acercaba otra vez al borde, y por la forma en que Otto apretaba la mandíbula, él también. Sin embargo, el chef redujo la velocidad de repente, saliendo casi por completo para luego volver a entrar con lentitud exasperante.

—No tan rápido, arquitecto. Todavía quiero más. Quiero que me folles tú otra vez, pero ahora contra la nevera. Y después… después quiero que nos comamos mutuamente en el suelo hasta que no podamos ni hablar.

Darius lo miró a los ojos, ambos respirando agitados, cuerpos brillantes de aceite, sudor y semen seco. Su polla latía entre ellos, desesperada. La noche seguía allí, espesa y cargada, con el amanecer todavía lejano pero acercándose inexorable. Otto tenía esa mirada que prometía que aún quedaban muchas guarradas por decir, muchos gemidos por arrancar y muchas risas por compartir antes de que todo terminara. Darius tragó saliva, sintiendo cómo el deseo volvía a crecer con fuerza brutal.

—Entonces mueve ese culo de chef hasta la nevera —gruñó, bajando de la encimera con las piernas temblorosas—. Porque pienso follarte hasta que se te olvide el nombre de todos los ingredientes de tu despensa.

Otto soltó una carcajada ronca, lo agarró por la nuca y lo besó con tanta hambre que los dos supieron que la escalada apenas acababa de empezar. El aceite seguía goteando por sus muslos, la cocina olía a sexo y a promesas sucias, y ninguno de los dos estaba dispuesto a parar. Barcelona podía esperar un par de horas más. O tres. O las que hiciera falta para que esta última noche quedara grabada en la piel como un tatuaje imposible de borrar.

Darius apenas había soltado la frase cuando Otto lo agarró por la nuca con esa fuerza precisa de quien maneja cuchillos todo el día y lo besó como si quisiera devorarlo entero. Sus lenguas se enredaron con hambre sucia, entre risas ahogadas y dientes que chocaban. El aceite de oliva les resbalaba por los muslos, haciendo que sus pollas semiduras se deslizaran una contra la otra en un roce resbaladizo y obsceno. El arquitecto de treinta y dos años sintió un latigazo de deseo tan fuerte que le temblaron las rodillas; joder, cómo podía su cuerpo responder otra vez tan rápido, como si los últimos orgasmos no hubieran sido reales.

—Venga, a la nevera, cabrón —gruñó Otto contra su boca, mordiéndole el labio inferior con saña juguetona—. Pero yo marco el ritmo. Soy chef, no tú con tus planos aburridos.

Lo empujó hacia la enorme nevera de acero inoxidable. El frío del metal contra la espalda de Darius le arrancó un jadeo que se convirtió en carcajada cuando Otto se arrodilló sin perder tiempo. El chef de veintinueve años separó aquellas nalgas aceitadas con las dos manos, admirando el agujero reluciente antes de hundir la cara con un gemido de pura glotonería. Su lengua lamió el aceite mezclado con restos de semen, penetrando con la punta dura mientras sus dedos gruesos masajeaban la carne alrededor. Darius se agarró al borde superior de la nevera, las piernas abiertas, el pecho pegado al metal frío que contrastaba brutalmente con el calor de esa boca experta.

—Hostia, Otto… comes culo como si fuera tu puto plato estrella —jadeó Darius, empujando hacia atrás. Cada lametón le enviaba descargas directas a la polla, que ya volvía a estar completamente dura, goteando sobre el suelo de la cocina—. No pares, joder. Méteme esa lengua más adentro.

Otto se rio contra su piel, la vibración haciendo que Darius arqueara la espalda.

—Sabe mejor que mi risotto de setas, arquitecto de mierda. Aceite virgen, sudor y tu culo perfecto. Podría estar aquí toda la noche —murmuró antes de añadir dos dedos de golpe, curvándolos con esa precisión insultante que siempre encontraba la próstata a la primera.

Darius soltó un grito ronco que rebotó en las baldosas. Su mente daba vueltas: cinco años fantaseando con esto y la realidad era mil veces más sucia, más divertida, más adictiva. Sentía cada centímetro de esos dedos abriéndolo, preparándolo, mientras Otto seguía lamiendo alrededor, mezclando saliva y aceite en un desastre resbaladizo. El chef se levantó de pronto, giró a Darius como si pesara nada y lo empotró de cara contra la nevera. El metal helado le aplastó la mejilla y la polla.

—Ahora te follo yo aquí, contra mi nevera profesional —susurró Otto al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que cada vez que abras la puerta para coger mantequilla te acuerdes de cómo te la metí hasta el fondo.

Escupió en su mano, untó su polla gruesa y empujó de un solo movimiento largo. El aceite facilitó la entrada, pero la presión seguía siendo brutal, perfecta. Darius gimió alto, las manos abiertas contra el acero, mientras Otto empezaba a bombear con golpes profundos y constantes. El sonido de carne contra carne se mezclaba con el zumbido bajo de la nevera y sus risas entrecortadas.

—Más fuerte, chef insaciable —exigió Darius, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. ¿Eso es todo? Pensaba que cocinabas con más pasión.

Otto soltó una carcajada rota y aceleró, sujetándole las caderas con dedos que dejarían marca. Cada embestida levantaba a Darius ligeramente de puntillas. El placer era denso, caliente, subiendo por la columna como un incendio. El chef de veintinueve años cambió el ángulo, buscando ese punto que hacía que el arquitecto soltara maldiciones creativas.

—Esto es pasión, cabrón. Mira cómo te tiemblan las piernas. Tu culo está tragándome entero, como si estuviera hecho a medida. Proporciones áureas, ¿no? Pues mi polla es la medida perfecta para destrozártelo.

Follaron así durante minutos eternos, el sudor corriendo por sus espaldas, el aceite haciendo que todo fuera más resbaladizo y sucio. Darius sentía que se acercaba otra vez al borde, la polla frotándose contra el metal frío de la nevera. Otto lo notó, porque redujo el ritmo de repente, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con lentitud exasperante, torturándolos a los dos.

—No te corras todavía, arquitecto. La noche es larga y quiero más platos.

Darius gruñó de frustración y deseo. Se giró de golpe, empujando a Otto hacia atrás hasta que el chef tropezó con la isla de la cocina y acabó sentado en el borde de granito. Sin darle tiempo a reaccionar, Darius se arrodilló entre sus piernas abiertas y se tragó su polla hasta la garganta en un solo movimiento. El sabor era intenso: aceite, semen anterior, sudor y ese aroma particular de Otto que lo volvía loco. Succionó con fuerza, girando la lengua alrededor del glande hinchado mientras sus dedos volvían a colarse entre las nalgas del chef.

—Joder, Darius… qué boca tienes —gimió Otto, enredando los dedos en su pelo oscuro—. Chúpamela así, sí. Como si estuvieras probando el ingrediente secreto de mi menú especial.

El arquitecto de treinta y dos años añadió un tercer dedo, abriéndolo con movimientos expertos mientras mamaba con hambre voraz. Otto se retorcía sobre la isla, riendo y gimiendo al mismo tiempo, las venas del cuello marcadas por el esfuerzo de no correrse demasiado pronto. Su polla palpitaba en la boca de Darius, gruesa y caliente, y el chef no paraba de soltar guarradas entre risas:

—Así, traga hasta el fondo… hostia, pareces un aspirante a sous-chef de pollas. Si supieras lo que te voy a hacer después…

Darius sacó la polla de su boca con un sonido húmedo y se incorporó, los labios hinchados y brillantes. Miró a Otto directamente a los ojos, ambos respirando agitados, cuerpos brillantes bajo la luz tenue de la cocina.

—Levanta el culo de ahí. Al suelo. Ahora.

Otto obedeció con una sonrisa torcida, deslizándose hasta las baldosas frías. Se tumbó de espaldas y abrió las piernas sin vergüenza, mostrando el agujero reluciente y abierto. Darius se echó encima de él en posición de sesenta y nueve, pero invertida, con su polla sobre la cara de Otto y su propia boca directamente sobre el culo del chef. No hubo preámbulos. Hundió la lengua mientras Otto lo devoraba a él al mismo tiempo. El sonido era puro porno: lametones húmedos, gemidos ahogados, risas vibrando contra la carne sensible.

—Eres un puto degenerado —jadeó Otto alrededor de la polla de Darius, tragándosela hasta que la nariz le rozó los huevos—. Comiéndome el culo mientras te como a ti. Me encanta.

Darius no podía responder con palabras, pero respondió con la lengua, follándolo con ella mientras sus dedos se unían al asalto. Los dos se retorcían en el suelo de la cocina, cuerpos enredados, aceite y saliva por todas partes. El placer era mutuo, brutal y ridículamente divertido; cada vez que uno gemía fuerte, el otro se reía y vibraba, intensificando la sensación. Darius sentía la garganta de Otto apretándole la polla y tuvo que concentrarse para no correrse allí mismo.

Después de varios minutos de aquella locura oral, Otto lo empujó y se colocó encima a horcajadas. Su polla, roja e hinchada, rozó la entrada de Darius otra vez.

—Ahora me montas tú, pero yo controlo —dijo con voz ronca, bajando lentamente hasta empalarse por completo. Los dos soltaron un gemido largo y simultáneo.

Otto empezó a cabalgarlo con movimientos expertos, subiendo y bajando mientras sus manos se apoyaban en el pecho sudoroso de Darius. El arquitecto lo sujetaba por las caderas, clavando los dedos, mirando cómo esa polla gruesa desaparecía dentro de su propio cuerpo una y otra vez. El chef de veintinueve años tenía la cara contraída de placer, pero la sonrisa no desaparecía.

—Esto es mejor que cualquier postre —gruñó Otto, acelerando el ritmo—. Tu polla me llena perfecto. Mañana vas a acordarte de esto cada vez que te sientes en ese puto tren a Barcelona.

Darius levantó las caderas para encontrarse con cada bajada, follándolo desde abajo con fuerza. El suelo de la cocina era duro e incómodo, pero ninguno de los dos prestaba atención. El placer subía otra vez, más intenso, más profundo. Cambiaron de posición sin salir: Darius lo giró hasta ponerlo a cuatro patas sobre las baldosas y lo taladró desde atrás con embestidas salvajes, sujetándole el pelo con una mano mientras la otra le daba cachetes sonoros en el culo enrojecido.

—Dime que te gusta que te folle como un animal, chef —exigió entre jadeos y risas.

—Me encanta, cabrón… rómpeme —respondió Otto, empujando hacia atrás con igual ferocidad—. Más. Quiero que me duela. Quiero que me dejes el culo tan abierto que mañana en el restaurante no pueda ni agacharme a coger una sartén sin pensar en ti.

El ritmo se volvió frenético. Darius sentía el orgasmo acercándose como un tren de alta velocidad, pero se contuvo, reduciendo el ritmo de golpe para torturarlos a ambos. Salía casi del todo y volvía a entrar lento, profundo, sintiendo cada contracción del interior caliente de Otto. El chef protestó con un gemido lastimero que terminó en carcajada.

—No seas hijo de puta… no me dejes así otra vez.

—No he terminado contigo —respondió Darius, inclinándose para morderle la nuca—. Todavía nos queda el salón, la ducha… y lo que se nos ocurra antes de que salga el sol. Quiero que esta noche nos destroce a los dos.

Otto giró la cabeza, los ojos brillantes de lujuria y algo más profundo que ninguno quería nombrar. Su mano buscó la de Darius y la apretó con fuerza mientras sus cuerpos seguían unidos, latiendo, sudando, oliendo a sexo y aceite de oliva. La cocina estaba hecha un desastre: aceite por el suelo, semen seco en la isla, toallas tiradas. Pero la noche seguía allí, espesa, prometiendo que aún podían escalar más. Que aún podían follar en el sofá, contra la pared del pasillo, en la ducha hasta que el agua se volviera fría. Que Barcelona seguía estando a varias horas de distancia y que ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciar ni un solo minuto de esta última noche.

Darius salió despacio, dejando un reguero blanco que bajó por los muslos de Otto. Se miraron tumbados en el suelo, respirando agitados, pollas aún duras y cuerpos temblorosos. Otto sonrió con esa sonrisa torcida que lo desarmaba todo y susurró:

—Al salón. Ahora. Quiero que me folles en ese sofá donde siempre nos sentábamos a fingir que no queríamos comernos el uno al otro. Y esta vez sin parar hasta que nos duelan las piernas.

Darius sintió una punzada caliente en el pecho. La escalada no había hecho más que empezar de verdad. Y aunque intentaba no pensarlo, sabía que cada embestida, cada risa, cada gemido estaba grabándose más profundo que cualquier tatuaje.

Darius sintió una punzada caliente en el pecho. La escalada no había hecho más que empezar de verdad. Y aunque intentaba no pensarlo, sabía que cada embestida, cada risa, cada gemido estaba grabándose más profundo que cualquier tatuaje. Se levantó del suelo de la cocina con las piernas aún temblorosas, el semen resbalando por sus muslos, y tiró de Otto con una mano firme en su nuca. El chef de veintinueve años soltó una carcajada ronca cuando chocaron contra la pared del pasillo, sus pollas semiduras rozándose en un desliz pegajoso de aceite y fluidos. Darius lo besó con saña, mordiéndole el labio inferior hasta que Otto gruñó de placer y le clavó las uñas en la espalda.

Llegaron al salón tropezando, riendo como idiotas. El sofá de cuero gastado los esperaba, testigo mudo de tantas noches de bromas inocentes que ahora parecían un chiste cruel. Otto se dejó caer de espaldas, abriendo las piernas con descaro teatral, su polla gruesa rebotando contra el abdomen velludo. Darius, el arquitecto de treinta y dos años, se arrodilló entre ellas y hundió la cara en ese culo enrojecido sin piedad. Su lengua lamió el desastre que habían dejado: semen, aceite de oliva, saliva. Penetró con la punta dura, follándolo con la boca mientras sus manos separaban las nalgas con fuerza, dejando marcas blancas en la piel morena.

—Joder, Otto, sabes a pecado y a risotto recién follado —murmuró Darius contra la carne caliente, su voz vibrando dentro del chef.

Otto se arqueó, riendo entre gemidos ahogados, una mano enredada en el pelo oscuro de Darius.

—Come más adentro, cabrón. Méteme esa lengua de arquitecto preciso hasta que me tiemblen las rodillas. Llevo años queriendo que me devores así, no solo con bromas en la cocina.

Darius obedeció, añadiendo dos dedos aceitados que curvaron sin esfuerzo hasta rozar esa protuberancia hinchada. Otto soltó un grito que terminó en carcajada, sus caderas empujando hacia atrás como si quisiera follarse la cara del arquitecto. El cuero del sofá crujía bajo ellos, el salón olía a sexo crudo y a romero residual. Darius sentía su propia polla palpitar dolorosamente, dura otra vez a pesar de las corridas anteriores. "Este tío me va a matar antes del amanecer, pero qué puta forma de morir", pensó mientras lamía con más hambre, girando los dedos para abrirlo aún más.

Se incorporó de golpe, alineó su polla y entró de un empellón brutal. El golpe de sus caderas contra el culo de Otto resonó en el apartamento vacío. Empezó a taladrarlo sin piedad, cambiando el ángulo cada pocas embestidas para arrancarle gemidos nuevos. Otto se masturbaba con fuerza, la mano volando sobre su verga gruesa, los huevos pesados chocando contra su propio puño.

—Más fuerte, arquitecto de mierda —exigió entre risas entrecortadas—. Quiero que mañana en el AVE te duelan las caderas de lo mucho que me has reventado. ¿Esto es tu proyecto de renovación urbana? Porque me estás reformando el puto colon.

Darius se rio, sudando a chorros, el pecho pegado a la espalda de Otto mientras lo follaba en posición de perrito. Agarró un puñado de pelo y tiró, arqueando la espalda del chef.

—Calla y aprieta, chef insaciable. Tu culo es mejor que cualquier plano que haya dibujado. Perfecto, redondo y con la capacidad de volverme loco en cinco minutos.

Cambió de posición sin salir, tumbándose en el sofá y haciendo que Otto lo montara a horcajadas. El chef bajó sobre su polla con un gemido largo, sus muslos fuertes flexionándose mientras cabalgaba con ritmo experto. Sus manos se apoyaban en el pecho de Darius, pellizcando los pezones, mientras su propia polla goteaba precum sobre el abdomen del arquitecto. Los dos se miraban a los ojos, las carcajadas mezclándose con jadeos cada vez que Otto bajaba hasta el fondo y rotaba las caderas como si estuviera amasando masa.

—Hostia, Darius… te siento en la garganta —jadeó Otto, acelerando—. Cinco años fantaseando con esto y resulta que tu polla es aún mejor que en mis pajas nocturnas. No te vayas mañana, cabrón. O al menos déjame un molde de yeso de esto.

Darius levantó las caderas para encontrarse con cada bajada, follándolo desde abajo con embestidas cortas y brutales. El placer subía denso, inevitable. Agarró las caderas de Otto con dedos que dejarían moretones y lo obligó a bajar con más fuerza. El sofá protestaba con crujidos rítmicos. "Esto no es solo follar. Es como si encajáramos en proporciones perfectas, y Barcelona me parece una puta broma ahora", pensó Darius, pero las palabras se le quedaron en la garganta convertidas en un gemido ronco.

Otto se corrió primero, arqueando la espalda, su semen salpicando el pecho y la barbilla de Darius en latigazos gruesos y calientes. La risa se le escapó en medio del orgasmo, haciendo que su culo se contrajera como un puño alrededor de la polla enterrada. Eso arrastró a Darius al abismo. Se corrió con un gruñido animal, inundando a Otto una vez más, los dos temblando y riendo como idiotas pegajosos.

No les dio tiempo a recuperarse. Otto se levantó con piernas inestables, el semen chorreando por sus muslos, y tiró de Darius hacia el baño.

—A la ducha, arquitecto. Vamos a lavarnos para la siguiente ronda, que todavía me queda hambre de ti.

El agua caliente cayó sobre ellos como una lluvia bendita. Se enjabonaron entre besos sucios y manos que no paraban quietas. Otto se arrodilló bajo el chorro y se tragó la polla de Darius hasta la garganta, ahogándose con el agua y la grosura, pero sin dejar de mirar hacia arriba con esa sonrisa traviesa. Darius le folló la boca con suavidad, sujetándole la cabeza mojada, gimiendo cuando la lengua del chef le masajeaba la vena inferior.

—Eres un puto artista, Otto. Esa boca debería tener su propia estrella Michelin.

El chef se levantó, giró a Darius contra los azulejos fríos y le metió dos dedos enjabonados mientras le mordía el cuello. Luego alineó su polla y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra las nalgas del arquitecto. Empezó a follarlo con ritmo profundo, el agua haciendo todo más resbaladizo y obsceno. Darius se agarraba a la pared, empujando hacia atrás, su polla dura frotándose contra los azulejos.

—Más adentro, chef de mierda —gruñó—. Quiero sentirte mañana en cada paso que dé hacia ese puto tren.

Otto aceleró, una mano rodeando la cintura de Darius para masturbarlo al compás. Los gemidos rebotaban en el vapor. Cambiaron posiciones dos veces: primero Darius de cara a la pared, luego Otto empotrado contra la mampara mientras Darius lo taladraba desde atrás. El orgasmo les llegó casi juntos, Otto corriéndose sobre los azulejos y Darius llenándolo con lo poco que le quedaba, los dos riendo exhaustos cuando las piernas les fallaron y tuvieron que apoyarse el uno en el otro.

Se secaron a medias y cayeron en la cama revuelta, cuerpos pegajosos y temblorosos. Allí la escalada se volvió lenta, casi dolorosamente íntima. Darius se colocó detrás de Otto en posición de cucharita, entrando de nuevo en ese culo ya destruido y abierto. Se movieron despacio, saboreando cada roce, cada contracción. Las manos de Darius recorrían el torso del chef, pellizcando pezones, bajando hasta su polla semidura que aún respondía.

—Esto es demasiado bueno para ser la última vez —susurró Darius contra su nuca, mordiéndola con ternura juguetona.

Otto giró la cabeza lo suficiente para besarlo por encima del hombro, un beso torpe y profundo mientras sus caderas seguían moviéndose en círculos perezosos.

—Entonces haz que duela, cabrón. Que me duela el recuerdo cada vez que corte cebolla o prepare un risotto.

El ritmo aumentó poco a poco, volviéndose más urgente. Darius sujetó una pierna de Otto en alto, penetrándolo más profundo, su polla rozando esa zona sensible con precisión milimétrica. Los gemidos se volvieron más altos, las risas más roncas. Otto se masturbaba con la mano libre, sincronizado con las embestidas. El placer creció como una ola lenta pero imparable, hasta que ambos se corrieron casi al unísono: Otto con un gemido largo y tembloroso que salpicó las sábanas, Darius enterrado hasta el fondo, vaciándose con espasmos que le hicieron ver estrellas.

Se quedaron unidos, respirando agitados, el amanecer tiñendo ya las cortinas de Malasaña. El silencio era cómodo, cargado de todo lo que no habían dicho. Otto giró la cabeza, los ojos brillantes de cansancio, placer y algo mucho más grande, y preguntó con voz ronca:

—¿Y si te confieso que no quiero que cojas ese tren, Darius?

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged rimming blowjob doggy-style creampie dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.