Deseo Compartido en la Lavandería
En la lavandería, el aburrido Miguel de 32 años se folla con ganas a Yara, la vecina trans de 28, vestida de zorra.
La lavandería del edificio olía a detergente barato y a vapor caliente cuando Miguel empujó la puerta a las tres de la madrugada. Tenía treinta y dos años, un matrimonio que se le había vuelto gris y una cesta de ropa blanca que su mujer le había dejado amontonada sin mirarlo. Solo quería meterla en la máquina y volver arriba a no dormir. Entonces la vio.
Yara, la vecina del piso de arriba, de veintiocho años, estaba de espaldas doblando toallas sobre la mesa de plegar. Vestía únicamente un delicado conjunto de lencería de encaje negro: el sujetador que empujaba sus pechos suaves hacia arriba, las bragas de hilo que se le metían entre las nalgas redondas, medias de seda hasta el muslo y tacones altos que hacían crujir el suelo de baldosas. El cabello suelto le caía sobre los hombros mientras sus manos se movían con calma. Miguel se quedó clavado en el umbral, la polla ya empezando a latirle dentro de los pantalones de chándal.
Ella se giró. Sus ojos se cruzaron con los de él. En vez de cubrirse, Yara sonrió despacio, una sonrisa de puta sabia, y bajó la mirada justo hasta el bulto que se le marcaba a él. Lamióse el labio inferior.
—Buenas noches, vecino —murmuró con voz ronca—. Qué hora tan perfecta para coincidir.
Miguel tragó saliva. Notó el calor subiéndole por el cuello.
—Yo… solo venía a lavar. No sabía que alguien estaría…
—Estoy siempre despierta a estas horas —dijo ella, dejando la toalla y dándole la espalda otra vez, pero ahora contoneando las caderas a propósito mientras doblaba otra prenda—. ¿Te gusta lo que ves, Miguel? Porque yo sí veo lo que te gusta a ti.
Se acercó con pasos lentos, el tacón golpeando el suelo, las medias brillando bajo la luz fluorescente. Paró a un palmo de él. El perfume dulce y barato le entró por la nariz. Yara bajó una mano y rozó con dos dedos el contorno duro de la polla de Miguel por encima de la tela.
—Siempre he fantaseado con que un hombre de verdad me vea así —susurró pegada a su oreja—. Vestida de zorra, solo para lavar la ropa, y que me desee como la puta sexy que soy. No como un secreto. Como lo que me pongo cuando nadie mira… o cuando alguien mira de verdad.
Miguel respiraba agitado. Nunca había estado con una mujer trans. Había fantaseado solo, en la oscuridad del baño, pero jamás lo había dicho. Ahora no podía dejar de mirar el hueco de su escote, la curva de su cintura, la forma clara de la polla de ella apretada contra el encaje negro de las bragas.
—Nunca he… con una chica como tú —admitió, la voz ronca—. Pero no puedo parar de mirarte. Joder, Yara, estás… estás preciosa. Y esa polla se te marca… me vuelve loco.
Ella soltó una risita baja y se frotó contra él. Agarró la mano de Miguel y se la puso en la tetilla derecha, sobre el encaje.
—Tócame entonces. Toca lo que quieras. Yo también quiero sentirte.
Miguel apretó la carne suave del pecho, el pezón duro rozándole la palma. Yara gimió y empujó las caderas adelante, frotando su polla erecta contra la de él por encima de la ropa. Las dos vergas se rozaban a través de tela y encaje, calientes, latientes. Ella lo agarró de la nuca y lo besó con hambre, lengua profunda, saliva compartida, dientes rozando labios. Miguel le respondió igual de glotón, una mano bajando a apretarle el culo enroscado en las bragas, los dedos hundiéndose en la carne firme. La complicidad era clara: los dos sabían exactamente lo que querían y lo pedían con la boca y con las manos.
—Quiero chupártela —jadeó Yara contra su boca—. Quiero tragármela entera mientras me miras vestida así.
Se arrodilló en el suelo frío de la lavandería sin perder el equilibrio en los tacones. Bajó el chándal y el calzoncillo de Miguel de un tirón. La polla le saltó fuera, gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Yara abrió la boca y se la metió de un golpe, glotona, hasta el fondo de la garganta. El sonido húmedo y profundo llenó el cuarto. Miguel gruñó y le enredó los dedos en el cabello.
—Mírate… qué hermosa te ves vestida de zorra, arrodillada chupándome la verga —dijo él, la voz rota de placer—. Qué puta más rica. Trágatela toda, así, sí…
Yara baboseaba, subía y bajaba la cabeza, una mano apretándole los huevos y la otra metida entre sus propias piernas, frotándose la polla por encima del encaje. La garganta se le abría y se le cerraba alrededor del glande. Miguel sentía cada contracción. Cuando ella se apartó un segundo para respirar, un hilo de saliva unía sus labios pintados a la punta brillante de la polla.
—Ahora te voy a follar —prometió él—. Contra la lavadora. Quiero comerte el culo primero.
La levantó como si no pesara y la puso de cara a una máquina que vibraba en ciclo de centrifugado. Le bajó las bragas de encaje hasta los muslos, dejándoselas tensas. El culo de Yara quedó expuesto: redondo, suave, el agujero rosado y apretado. Miguel se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le hundió la lengua. La lamió despacio al principio, luego con hambre, empujando la punta dentro, saboreando el sabor limpio y el temblor de ella. Yara se agarraba a la lavadora, gimiendo alto, empujando el culo hacia atrás.
—Sí, cómemelo… joder, Miguel, así…
Cuando ya la tenía babosa y abierta, él se incorporó, le puso una pierna sobre la máquina y le colocó la polla en la entrada. Entró de un empujón lento y profundo. El calor la cerró alrededor de él. Yara soltó un grito ahogado de puro placer. Miguel empezó a follarla duro, embestidas largas que hacían sonar la carne contra la carne, la lavadora vibrando contra el vientre de ella.
Luego la giró, la tumbó de espaldas sobre la pila de ropa tibia que ella misma había doblado —toallas calientes, sábanas olorosas a suavizante— y le abrió las piernas. Las medias de seda rozaban sus costados. Entró otra vez en misionero, profundo, mirándola a la cara mientras se la follaba sin piedad. Yara se masturbaba la polla con la mano derecha, subiendo y bajando el puño al ritmo de las embestidas.
—Más… dámela más duro… me voy a correr —jadeaba ella—. Mírame, mírame correrme como la puta que soy…
Se corrió primero. La leche le saltó en chorros blancos sobre el vientre plano, salpicándole los pechos y el encaje del sujetador, caliente y espesa. El culo se le apretó en espasmos alrededor de la polla de Miguel, lo que lo empujó al borde. Él le agarró las caderas y se la embistió hasta el fondo, gruñendo, y se corrió dentro, bombeando semen caliente en su interior mientras Yara gemía y pedía más, todavía temblando.
Durante un rato solo se oyeron las respiraciones y el zumbido de la máquina. Miguel se salió despacio. El semen le resbaló a Yara entre las nalgas hasta la ropa caliente. Él buscó una toalla limpia de la cesta de ella y la limpió con ternura, pasándole la tela por el vientre, por el culo, por la polla todavía sensible. Le besó la frente húmeda.
—Quiero repetir —dijo en voz baja, sincera—. La próxima vez que baje a lavar ropa… quiero encontrarte así otra vez. O peor. Más puta todavía.
Yara sonrió, todavía tumbada entre la ropa tibia, las piernas abiertas, el semen de los dos mezclado en su piel. Se incorporó, se subió las bragas manchadas hasta la cadera y luego se las quitó del todo. Se las puso en la mano de Miguel, todavía calientes y húmedas de ella y de él.
—Quédate con ellas. De recuerdo. Y la próxima madrugada… yo estaré aquí. O sube al piso de arriba si no puedes esperar. Mi marido trabaja de noche los jueves —le dio un beso profundo, lengua lenta, saboreándolo—. No te limpies la boca. Quiero que te quede el gusto.
Se puso otra vez los tacones, ajustó el sujetador y se alejó contoneándose hacia la puerta, el culo desnudo balanceándose, las medias brillando. Antes de salir se giró solo lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, los labios hinchados y sonrientes.
—No se te olvide meter tu ropa en la máquina, Miguel. Y no se te olvide lo que te dejo. Porque yo no voy a olvidar cómo me has follado esta noche… y voy a querer más. Mucho más.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave. Miguel se quedó solo en la lavandería, la polla todavía medio dura, las bragas de encaje negro apretadas en el puño, el olor de Yara impregnándole los dedos y la boca. Arriba, en el piso de ella, una luz se encendió. Él miró el techo y sintió que la noche no había terminado: solo acababa de empezar a abrirse.
Miguel se quedó un momento más en la lavandería, la polla todavía semierecta saliendo de los pantalones de chándal, las bragas de Yara apretadas en el puño. El olor a ella —a sexo, a perfume barato, a semen mezclado— le subía directo a la cabeza. Miró el techo otra vez. La luz del piso de arriba seguía encendida. Su mujer dormía tres pisos más arriba, ajena a todo. Él no pensó en ella. Solo pensó en el culo de Yara abierto y lleno, en cómo se había corrido sobre su propio vientre mientras él la follaba, en la promesa de “mucho más”.
Guardó las bragas en el bolsillo del chándal, se subió la ropa a medias y salió al pasillo. Las escaleras crujieron bajo sus pies. En el rellano del piso de ella el corazón le latía tan fuerte que casi no oía el zumbido lejano de las máquinas. Tocó. Una sola vez.
La puerta se abrió de inmediato. Yara seguía en sujetador, medias y tacones; el culo desnudo, la polla ya otra vez semi dura, colgando pesada entre los muslos, todavía manchada de su propia leche seca y de la de él. Sonrió al verlo y se hizo a un lado.
—Sabía que no aguantarías —dijo, cerrando tras él—. Entra. Quiero que me uses hasta que no pueda ni andar.
Miguel entró. El piso olía a ella. La agarró por la cintura y la empujó contra la pared del recibidor. Le besó la boca con hambre, mordiendo el labio inferior, mientras una mano le bajaba al culo y le metía dos dedos de golpe en el agujero todavía resbaladizo de semen. Yara gimió contra su lengua y abrió las piernas.
—Todavía estás abierta y llena de mí —gruñó él, moviendo los dedos en círculos, sintiendo lo caliente y baboso que estaba por dentro—. Qué puta más perfecta. Me has dejado las bragas y ahora me abres la puerta con la polla fuera y el culo goteando. Dime qué quieres que te haga.
—Fóllame otra vez. Pero primero chúpame la verga mientras me tocas el culo. Quiero correrme en tu boca vestida así —jadeó ella, empujando las caderas hacia adelante—. Y después te la metes entera por detrás otra vez, más duro, hasta que me duela rico.
Miguel se arrodilló delante de ella en el pasillo estrecho. Le alzó la polla con una mano —gruesa, caliente, con el glande hinchado y brillando— y se la metió en la boca de un solo movimiento. El sabor a semen y a piel limpia le llenó la lengua. Chupó hondo, baboso, mientras dos dedos seguían abriéndole el culo. Yara le enredó los dedos en el pelo y embistió la garganta, gemidos bajos que se convertían en putadas:
—Eso… trágatela, vecino. Mírame. Soy tu zorra de la lavandería. Tengo tetas, tengo culo y tengo polla, y te la vas a comer entera. Más profundo… joder, sí.
Miguel se atragantó a propósito, dejó que la saliva le resbalara por la barbilla y por los huevos de ella. Los dedos del culo se movían más rápido, buscando ese punto que la hacía temblar. Cuando sintió que la polla de Yara latía más fuerte, se apartó solo lo suficiente para hablar con la boca llena de saliva:
—Córrete en mi cara. Quiero que me manches mientras te abro el culo con los dedos.
Yara se rió, ronca, y se masturbó rápido, el puño subiendo y bajando contra los labios de él. Un segundo después soltó un grito ahogado y se corrió. Chorro tras chorro caliente le salpicó la cara a Miguel: mejillas, labios, lengua. Él la recibió con la boca abierta, tragando lo que podía, mientras los dedos seguían follándole el culo en seco y sucio. Ella se dobló hacia adelante, temblando, las medias brillando bajo la luz del recibidor.
—Qué asco tan rico… joder, Miguel —susurró, limpiándole la leche de la mejilla con el pulgar y metiéndoselo luego en la propia boca—. Ahora llévame a la cama. Quiero que me des por el culo hasta que se me olvide el nombre.
Él la levantó en brazos. El cuerpo de ella pesaba suave y firme a la vez: pechos contra su pecho, polla todavía goteando contra su abdomen. La llevó al dormitorio. La cama estaba deshecha, sábanas grises. La tiró de espaldas, le abrió las piernas y le subió las rodillas hasta el pecho. Las medias se tensaron. El agujero rosado, hinchado de la follada anterior, se contrajo a la vista. Miguel se bajó el chándal del todo, se agarró la polla —ya otra vez dura como piedra— y se la frotó por la entrada babosa.
—Pídemelo otra vez —dijo, solo la punta dentro—. Dime que eres mi puta y que quieres que te llene otra vez.
—Soy tu puta. Tu vecina trans vestida de zorra. Métela. Fóllame el culo como si fuera un coño barato. Dámela toda —suplicó Yara, mirándolo a los ojos, sin vergüenza ninguna.
Miguel embistió. Entró de un solo golpe hasta las bolas. El calor la cerró alrededor de él, todavía resbaladiza de antes. Empezó a follarla sin piedad, embestidas largas y profundas que hacían sonar la carne. El colchón crujía. Yara se tocaba la polla con una mano y se apretaba una teta con la otra, los pezones duros rozando el encaje del sujetador.
—Más fuerte… joder, así… me estás abriendo otra vez… —gemía ella—. Usa mi culo. Usa mi polla. Quiero que me veas como soy y que te corras dentro otra vez.
Él la giró a cuatro patas sin sacársela. La agarró de las caderas y la embistió más bruto, el sonido húmedo y sucio llenando el cuarto. Cada embestida le sacaba un gemido gutural a Yara. Miguel le dio una palmada en una nalga, luego otra, dejando la marca roja.
—Qué culo más puta. Qué verga más rica tienes mientras te la clavo por detrás. Vas a dejármelo todo abierto, ¿verdad? —dijo él, la voz rota—. Esta noche no me voy hasta que te hayas corrido tres veces más.
Yara empujaba el culo hacia atrás al encuentro de cada embestida. Su polla colgaba pesada, rebotando contra su propio vientre. Miguel la alcanzó por debajo y se la masturbó al mismo ritmo, el pulgar frotando el glande resbaladizo.
Se corrió así, a cuatro patas, chorros espesos manchando las sábanas mientras el culo se le contraía en espasmos alrededor de la polla de Miguel. Él no paró. La siguió follando a través del orgasmo, sintiendo cada contracción, hasta que ella gimió que era demasiado y al mismo tiempo que no parara.
Cuando la sacó, el semen le resbaló por los muslos, mezclado con el de antes. Miguel se tumbó de espaldas y la subió encima a la fuerza, a horcajadas.
—Ahora te la montas tú. Quiero verte follarme con ese culo de puta y esas medias. Muéstrame cómo te corres otra vez.
Yara se guió la polla de él al agujero y se sentó de un golpe. Empezó a cabalgarlo, las caderas girando, el culo golpeando contra sus huevos. El sujetador le bailaba. Se tocaba las tetas, se apretaba los pezones, se miraba a él con la boca abierta y saliva en la comisura.
—Mírame… soy tu vecina de arriba… la que lava a las tres de la mañana vestida de zorra… y ahora te estoy reventando el rabo con el culo —jadeaba, subiendo y bajando más rápido—. Métela más hondo… así… joder, Miguel, me voy a correr otra vez solo de sentir cómo me llenas…
Miguel le agarró las caderas y la embistió desde abajo, encontrándose con ella. El sonido era obsceno: carne mojada, gemidos, el crujido de la cama. Yara se inclinó hacia adelante, le metió la lengua en la boca y se corrió por tercera vez, la polla salpicándole el pecho a él sin que nadie la tocara. El culo se le cerró tan fuerte que Miguel no pudo más.
La volteó otra vez de espaldas, le abrió las piernas hasta casi partirlas y se la folló en misionero profundo, mirándola a la cara, sudando, gruñendo.
—Dentro… te la voy a echar toda dentro otra vez —avisó.
—Dámela. Lléname. Quiero que se me salga por las piernas cuando baje mañana a la lavandería —suplicó ella.
Miguel embistió tres veces más y se vino. Semen caliente, a chorros, bombeando dentro del culo de Yara mientras ella lo apretaba y le mordía el hombro. Se quedaron así un rato, unidos, respirando el mismo aire denso de sexo.
Cuando se salió, el líquido le brotó en un hilo espeso. Miguel se lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca a ella. Yara chupó sin dudar, mirándolo a los ojos.
Se limpiaron a medias con una sábana. Yara se quedó en medias y sujetador, la polla flácida y brillante, el culo rojo y abierto. Miguel se tumbó a su lado, las bragas de ella todavía en el bolsillo del chándal tirado en el suelo.
—La próxima jueves mi marido vuelve a trabajar de noche —dijo Yara, trazando círculos en el pecho de él con una uña—. Puedes venir directo. O podemos bajar los dos a la lavandería otra vez y que me cojas contra todas las máquinas. O te pongo yo las bragas a ti debajo del chándal y te la chupo en el rellano. Lo que quieras. Solo dime.
Miguel la miró. La cara de ella, los labios hinchados, el cuerpo suave y duro a la vez, la aceptación total de lo que eran los dos en esa cama.
Se inclinó y le habló al oído, la voz baja y clara:
—¿Y si la próxima vez te visto yo de zorra completa —medias, taconazos, collar de puta— y te saco a que me chupes la polla en el portal del edificio mientras alguien puede bajar las escaleras en cualquier momento?
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