Reencuentro Ardiente al Amanecer
Paulina, la dueña de una cafetería de 32 años, se folla con ansia la enorme polla negra de Franklin, su excompañero de piso, al amanecer en
El reloj del vestíbulo del Hotel Velázquez marcaba las cinco y media de la mañana cuando Paulina, dueña de treinta y dos años de una cafetería diminuta pero querida en Lavapiés, empujó la puerta de la suite 1407 con la llave magnética que le acababan de dar en recepción. Llevaba puesta solo la bata de seda que había cogido a ciegas del baño del spa nocturno y un par de bragas que en realidad eran más una declaración de intenciones que ropa. El amanecer madrileño se filtraba ya por las cortinas a medio correr, tiñendo de rosa el salón y la terraza privada.
Escuchó un ruido sordo. Un cuerpo grande se tropezó con el sofá.
—¡Joder, la puta madre!
La voz era grave, con ese acento americano que todavía le ponía los pelos de punta. Paulina se quedó congelada, la bata entreabierta, una teta a punto de hacer acto de presencia como actriz invitada.
—¿Franklin?
El hombre se incorporó a medias. Franklin, ingeniero negro de treinta y cinco años, antiguo compañero de piso en aquel piso cutre de Gràcia, estaba en calzoncillos blancos y con el pecho brillante de sudor de haber corrido desde el aeropuerto. Su polla ya marcaba un bulto respetable contra la tela. Se miraron. Ella se rio primero, un resoplido nervioso que se le escapó por la nariz. Él la siguió al segundo.
—Has reservado la misma suite que yo para ver el amanecer —dijo él, rascándose la nuca—. El hotel ha liado los apellidos o algo. Paulina Ruiz… Franklin Brooks… joder, qué surrealista.
—Y encima apareces en calzoncillos como si esto fuera un capítulo de una serie de Netflix barata —replicó ella, ajustándose la bata sin mucha convicción—. ¿Te acuerdas de cuando te pillé meándote en el lavabo a las tres de la mañana y me digiste «no mires, estoy haciendo ingeniería hidráulica»?
Se rieron hasta que les dolió el estómago. Se tropezaron otra vez en la penumbra, ella contra su pecho duro, él agarrándola de la cintura para que no se cayera. El olor a café residual de su propia cafetería y a colonia barata de él se mezclaron. La tensión de hace años —esos coqueteos de miradas largas, de bromas sobre quién lavaba los platos y quién se quedaba mirando el culo del otro— volvió como un puñetazo suave.
Franklin preparó café en la cafetera de la suite mientras Paulina se asomaba a la terraza. El aire de madrugada olía a panadero lejano y a gasolina de taxis. Cuando él salió con dos tazas, ya con una toalla anudada a la cintura (poco útil, porque el bulto seguía ahí), se sentaron en las sillas de mimbre.
—Siempre me mirabas el culo —dijo ella, soplando el café—. Cuando me agachaba a recoger el cubo de la basura. Como un perro con hambre.
—Y tú te ponías colorada cada vez que yo decía «baby» con este acento de mierda —contestó él, sonriendo de lado—. Te mojabas. Lo sé porque una vez se te pegó la camiseta al pecho y se te veían los pezones como farolas.
Paulina se atragantó con el café y tosió riendo.
—Cabronazo. Sí. Tu piel oscura me volvía loca. Esa vena que se te marcaba en el brazo cuando apretabas el mando de la Play. Yo me iba al baño a tocarme pensando en cómo te cabría esa polla negra enorme dentro. Siempre quise probarlo. Siempre.
Franklin dejó la taza. Su sonrisa se volvió pícara, los ojos oscuros brillando con el primer sol.
—Nunca dejé de desearte, Paulina. Ni un solo día. En Barcelona me palmeaba la polla pensando en tus tetas y en cómo te quejarías en español cuando te la metiera hasta el fondo.
Ella se levantó, se acercó y le pasó la mano abierta por el pecho, sintiendo el calor de la piel, el pezón duro bajo la yema. Se inclinó hasta su oído.
—Quiero que me folles ahora mismo. Sin guión. Sin «qué pasa si». Fóllame, Franklin. Estoy empapada y esta terraza me está pidiendo a gritos que me corra mirando Madrid.
Él gruñó, un sonido bajo que le vibró en la garganta. La bata cayó al suelo. Paulina se arrodilló entre sus piernas abiertas, tiró de la toalla y sacó su polla. Era enorme, gruesa, negra como el café que acababan de beber, con la cabeza ya brillante de precum y venas que latían bajo su mano. Ella la miró un segundo, impresionada y divertida a la vez.
—Hostia puta. Esto es un monumento. Me va a doler andar mañana y ni siquiera me importa.
Se la metió en la boca de un golpe, aspirando fuerte, mirándolo a los ojos mientras la lengua se enrollaba alrededor del glande. Franklin le agarró el pelo con las dos manos, tirando justo lo suficiente para guiarla.
—That’s it, baby… chúpamela así, más profundo. Joder, qué puta más lista con esa boca. Come mi polla negra como si te la hubieras ganado… sí, trágatela… fuck, Paulina, me vas a sacar los huevos por la garganta.
Ella gorgoteó riendo alrededor de su carne, saliva resbalándole por la barbilla hasta las tetas. Chupó con ansia, subiendo y bajando la cabeza, una mano apretándole los huevos pesados, la otra masturbando lo que no le cabía. Cada vez que él gemía en inglés mezclado con español torpe («más duro, guarra», «take it all»), ella se mojaba más, el olor de su coño subiendo entre ambos.
Franklin la levantó de un tirón como si no pesara nada. La puso de pie contra la barandilla de la terraza, de espaldas a la ciudad que empezaba a despertar. Le abrió las piernas con la rodilla, le bajó las bragas de un tirón y se las dejó colgando de un tobillo. La polla le rozó el coño hinchado.
—Dime que lo quieres —susurró contra su cuello, mordisqueándole.
—Fóllame ya, negro de mierda hermoso. Métela entera. Quiero sentir cómo me estiras.
Entró de un embiste profundo. Paulina gritó, un grito que se perdió entre el tráfico lejano, las uñas clavándose en la barandilla fría. Él la folló de pie, duro, las caderas golpeando su culo con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida le subía las tetas, el sol naciente pintándole la piel de oro. Ella empujaba hacia atrás, buscando más.
—Más fuerte… joder, Franklin, me estás partiendo… sí, así… tu polla interracial me está volviendo idiota…
Él se rió contra su oreja mientras le daba palmadas en el culo.
—Idiot of my cock, huh? Mira cómo te corre el jugo por los muslos. Madrid se va a enterar de que la dueña de la cafetería se está dejando reventar al amanecer.
La dio la vuelta, la levantó otra vez y la llevó a la cama interior sin sacar la polla del todo. La tumbó de espaldas, le puso las piernas sobre los hombros y se hundió hasta las bolas. El ángulo era brutal. Paulina arqueó la espalda, gritando su nombre entre risas entrecortadas porque de pronto se le ocurrió que el vecino de la suite de al lado probablemente pensaba que estaban matando a alguien de placer.
Franklin alternaba: embestidas profundas y lentas que le hacían ver estrellas, luego se salía, se arrodillaba y se la comía entera, lengua ancha lamiéndole el clítoris hinchado, chupando los labios, metiendo dos dedos mientras ella le tiraba del pelo rizado.
—Cómeme… sí… más… estoy a punto…
Volvía a entrar de golpe, follándola en misionero salvaje, sudor resbalando entre sus pechos, la polla negra desapareciendo y reapareciendo brillante de sus jugos. Paulina le miraba a los ojos, la boca abierta, pidiendo.
—Lléname con esa polla. Quiero tu leche interracial hasta el fondo. Córrete dentro, fóllame hasta que no pueda ni servir café mañana…
El orgasmo los pilló juntos, ruidoso y sudoroso. Ella se corrió primero, el coño apretándole en espasmos que lo arrastraron a él. Franklin gruñó, embistiendo hasta el final mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que ella sintió latir. Se quedaron temblando, risas entrecortadas escapándoseles todavía, el sol ya alto entrando por la terraza abierta.
Marcus… no, Franklin se rió contra su cuello, todavía dentro, todavía duro a medias, y murmuró con la voz ronca de quien no ha terminado ni de lejos:
—Esto supera con creces cualquier fantasma de Barcelona… pero, cariño, si crees que nos vamos a quedar aquí quietos viendo cómo se pone el día, te equivocas de ingeniero. Porque todavía no te he follado contra la cafetera de esa suite, ni te he hecho correrte otra vez con mi lengua mientras me cuentas exactamente cuántas veces te masturbaste pensando en mí… y yo tengo ganas de que me digas números.
Franklin todavía latía dentro de ella, medio duro, el semen caliente resbalándole por el muslo mientras el sol ya se colaba sin vergüenza por la terraza. Paulina soltó una risita ronca contra su pecho brillante de sudor.
—Números, dices. Como si yo llevara un Excel en el coño. Venga, ingeniero, muévete antes de que se enfríe esa polla monstruo y me arrepienta de haberte dejado entrar.
Él se rió, ese sonido grave que le vibraba en las tetas, y se salió con un plop obsceno. El hilo de leche interracial le resbaló hasta el culo. Franklin la levantó como si fuera un saco de café en grano —ella pensó, medio en broma, que al menos el peso le recordaba a las mañanas en Lavapiés— y la cargó hacia la cocina americana de la suite. La cafetera de cápsulas brillaba inocente sobre la encimera de mármol.
—Primero el desayuno técnico —murmuró él, depositándola de culo sobre el frío mármol. Ella chilló y se rió a la vez.
—¡Joder, está helado! Me va a poner los pezones como alarmas antincendios.
Franklin ya estaba de rodillas entre sus piernas abiertas, las manos enormes abriéndole los labios hinchados y brillantes de su propio corrido. Lamió despacio, la lengua ancha y caliente, recogiendo la mezcla de jugos y semen como si fuera el espresso más caro del mundo. Paulina arqueó la espalda, agarrándole los rizos.
—Uno… —jadeó ella, porque él había empezado a contar con la lengua—. La primera vez fue en el baño de Gràcia, después de verte salir de la ducha con la toalla a medio caer. Me senté en el váter y me metí tres dedos imaginando que era tu polla negra. Me corrí tan fuerte que se me cayó el champú al suelo y pensé que eras tú entrando.
Él gruñó contra su clítoris, chupándolo con fuerza, dos dedos grueso entrando y saliendo fáciles porque ella seguía empapada y llena. La cafetera zumbó al encenderse sola —se habían apoyado sin querer en el botón— y el olor a café recién hecho se mezcló con el del sexo.
—Dos —siguió Paulina entre risas entrecortadas mientras él la comía como un hombre famélico—. En el metro, volviendo del trabajo. Iba llena de gente y me acordé de cómo se te marcaba esa vena del brazo. Me apreté las piernas y me corrí de pie, fingiendo que miraba el móvil. Casi me caigo encima de una abuela.
Franklin se puso de pie de un salto, la polla ya otra vez dura como el mármol, negra, gruesa, la cabeza morada y brillante de precum nuevo. La giró, le obligó a apoyar las tetas contra la encimera y le separó el culo con las manos.
—Tres y cuatro juntas, cabrona. Cuéntamelas mientras te la meto.
Entró de un embiste seco. Paulina gritó un «¡hostia puta!» que se transformó en risa histérica porque la cafetera escupió un chorrito de café caliente al suelo exactamente en el mismo segundo. Él se rió contra su nuca y empezó a follarla duro, las caderas golpeando su culo con un sonido húmedo y rítmico, la polla desapareciendo hasta las bolas.
—Tres… en la cafetería, después de cerrar —jadeó ella, empujando hacia atrás, buscando que la partiera—. Me subí a la barra, me bajé las bragas y me masturbé con el mango del mortero de alioli imaginando que eras tú. Cuatro… en la ducha de casa, con el chorro directo al clítoris, gritando tu nombre en inglés malísimo: «Franklin, fuck me with that big black cock». El vecino de abajo me miró raro al día siguiente.
Él le dio una palmada sonora en el culo, otra, y otra, dejando la marca de su mano oscura sobre la piel clara.
—Cinco, seis, siete. Quiero números exactos, dueña de cafetería guarra. Y no pares de hablar o te saco la polla y te dejo aquí chorreando café y leche.
Paulina se rió, el sonido entrecortado por cada embestida brutal. El mármol le pegaba frío en los pezones y el contraste la volvía loca.
—Cinco: en el cine, viendo una peli de acción mierdera. Me metí la mano bajo la falda y me corrí en silencio pensando en cómo me estirarías. Seis: en la terraza de mi piso, de madrugada, con un consolador barato que compré online y que se llama «El Negro». Siete: ayer mismo, en el spa del hotel, en la sauna vacía. Me toqué el coño imaginando tu boca y casi me desmayo del calor. Ocho… joder, Franklin, más profundo… ocho fue esta mañana en el ascensor subiendo. Me apreté contra la pared y me corrí solo de oler tu colonia residual en la bata.
Él la sacó de golpe, la giró otra vez y la subió a la encimera de frente, las piernas abiertas a ambos lados de la cafetera humeante. Entró otra vez, más lento, más profundo, mirándola a los ojos mientras el café goteaba al lado de su culo.
—Nueve y diez las quiero oír mientras te follas mi cara —ordenó, y se dejó caer de rodillas otra vez, pero esta vez la levantó a ella para que se le sentara en la boca.
Paulina se agarró a los armarios de arriba, las rodillas temblando sobre sus hombros anchos. Franklin la comió con hambre salvaje, lengua, labios, dientes suaves, metiendo la nariz en su coño mojado, lamiendo hasta el culo, chupando su propio semen mezclado con ella. Ella se movía encima, frotándose, riendo y gimiendo a la vez porque se le ocurrió que parecían un anuncio de café para adultos: «Despierta con sabor a polla negra y orgasmo».
—Nueve… en el baño del avión cuando vine a Madrid hace dos años. Me acordé de ti y me corrí tan fuerte que el de al lado pensó que tenía diarrea. Diez… anoche, en la habitación del spa, antes de que me dieran la llave equivocada. Me metí dos dedos y me corrí gritando tu nombre contra la toalla. Once… joder, se me olvida el once porque me estás chupando el alma por el coño.
Franklin la bajó, la puso de pie, la giró contra la nevera y la penetró otra vez de un empujón que la hizo ver estrellas. Las botellas de minibar tintinearon. Él le agarró las tetas por detrás, pellizcándole los pezones mientras la follaba sin piedad, el sonido de piel contra piel llenando la suite.
—Once fue el día que te mudaste —confesó ella entre embestidas—. Me quedé sola en el piso y me senté en tu cama, oliendo tu almohada, y me corrí tres veces seguidas. Doce… en el trabajo, en el almacén de la cafetería, con un pepino. Sí, un puto pepino. Me reí tanto que casi me atraganto.
Él soltó una carcajada grave que le vibró en la polla dentro de ella.
—Un pepino. Dios mío, Paulina. Eres peor que cualquier serie de Netflix barata. Trece. Ahora.
La sacó otra vez, la llevó a trompicones hasta el sofá del salón, la tumbó de lado y se metió detrás, cuchara profunda, una mano en su clítoris frotando en círculos rápidos, la otra agarrándole el cuello con suavidad posesiva. Cada embestida le sacaba un gemido y una risa.
—Trece… esta misma mañana, cuando oí tu voz en el vestíbulo. Me mojé tanto que las bragas se me pegaron. Catorce… ahora mismo, cada vez que me estiras con esa polla de monumento. Quince… cuando te corras otra vez dentro y me dejes andando como vaquero mañana. Dieciséis… joder, Franklin, más fuerte, me voy a correr otra vez solo de contar.
Él aceleró, sudor resbalando por su pecho oscuro sobre la espalda de ella, la polla negra hinchándose todavía más, las bolas golpeándole el culo. Paulina se corrió gritando números inventados —diecisiete, dieciocho, mil— el coño apretándolo en espasmos locos, el jugo salpicándole los muslos. Franklin aguantó, la sacó temblando, se arrodilló otra vez y la lamió limpia mientras ella se reía sin aire, las piernas abiertas en el sofá, el amanecer ya convertido en mañana plena.
Cuando ella bajó la mirada, él se estaba masturbando despacio con la mano brillante de ella, la polla enorme apuntándole a la cara.
—Todavía no he terminado de cobrar los intereses de Barcelona —dijo él, la voz ronca y divertida—. Quiero que me chupes otra vez mientras me cuentas el número diecinueve, y después te voy a follar en la ducha hasta que el agua se acabe, y luego contra el ventanal para que Madrid entero se entere de que la dueña de la cafetería se deja reventar por su excompañero de piso. ¿Tienes más números, cariño, o ya te has quedado sin dedos?
Paulina se incorporó, le agarró la polla con las dos manos, la lamió de base a punta saboreando su propio sabor y el de él, y le miró con los ojos brillantes de lujuria y humor.
—Diecinueve fue hace cinco minutos, cuando te reíste dentro de mí. Veinte va a ser cuando me trague esta leche negra otra vez. Y si crees que la ducha es el final, ingeniero, es que no conoces a la mujer que te miraba el culo mientras recogías la basura. Todavía me quedan posiciones, terraza, bañera y esa puta silla de mimbre. Ahora abre la boca y déjame follártela yo un rato con la mía.
Él sonrió de lado, se dejó tumbar en el sofá y ella se le montó a horcajadas al revés, la cara en su polla, el culo en su boca, listos para la siguiente ronda que el sol de Madrid ya estaba calentando.
Paulina se le montó a horcajadas al revés sobre el sofá, el culo jugoso y brillante de saliva y semen justo encima de la boca de Franklin, la cara a centímetros de aquella polla negra monstruosa que seguía palpitando, gruesa, venosa, con un hilo de precum colgándole de la punta como si también tuviera hambre de ella. Él soltó una carcajada grave que le vibró directamente en el clítoris.
—Hostia, ingeniero, olés a café derramado y a victoria interracial —jadeó ella antes de tragarle la cabeza de un golpe, aspirando fuerte, la lengua enrollándose alrededor del glande mientras las mejillas se le hundían. Franklin gruñó y se la comió a la vez, lengua ancha metiéndose entre los labios hinchados, lamiendo su propio corrido mezclado con el jugo de ella como si fuera el postre más caro de Madrid. Paulina se movía encima, frotándose la cara contra su cara, riendo con la polla a medio tragar porque se le ocurrió que parecían dos cachorros de Netflix barata disputándose el último trozo de tarta.
Él le agarró las caderas con esas manos enormes y la apretó más contra su boca, chupándole el clítoris con fuerza, dos dedos gruesos entrando y saliendo fáciles del coño todavía lleno. Ella gorgoteó alrededor de su carne, saliva resbalándole por la barbilla hasta los huevos pesados, masturbando lo que no le cabía con las dos manos. Cada vez que él gemía en inglés chapurreado («yeah, ride my face, baby», «come on my tongue»), ella se reía y se mojaba más, el olor a sexo y a café residual llenando el salón.
—Veintiuno —jadeó al sacársela un segundo, la voz ronca—. Esta posición. Me estoy follando tu cara mientras te chupo la monumento y se me ocurre que si el conserje entra ahora va a pensar que estamos rodando porno de desayuno. Veintidós… joder, Franklin, mete la lengua más adentro… veintidós fue cuando te agarré del pelo rizado y casi te ahogo con el culo. Me corrí solo de oírte toser riendo.
Franklin la empujó un poco hacia adelante, la levó de la cintura y la giró sin ceremonia, tumbándola de espaldas en el sofá. Se le subió encima, la polla negra rozándole la cara, y se la metió otra vez en la boca mientras le abría las piernas con las rodillas. Empezó a follarle la garganta con embestidas controladas, profundas, mirándola a los ojos con esa sonrisa de lado que le ponía los pezones como alarmas.
—Trágatela, dueña de cafetería. Quiero verte con los ojos llorosos y la cara llena de baba. Cuéntame el veintitrés mientras te uso la boca como si fuera tu cafetera personal.
Paulina se atragantó riendo, las manos agarrándole el culo duro, empujándolo más adentro. Lágrimas de esfuerzo le corrían por las sienes, pero el coño le chorreaba sobre el sofá. Cuando él se salió un momento, ella tosió y habló entre risas:
—Veintitrés… en el taxi camino del hotel. El conductor ponía reggaetón y yo me apreté las piernas imaginando esta exacta polla rompiéndome la garganta. Casi le dejo propina extra de puro morbo. Ahora fóllame ya, negro hermoso, o te juro que te muerdo.
Franklin se rió, ese sonido grave que le vibraba en las tetas, y la levantó como si no pesara. La cargó hasta el ventanal panorámico de la suite, la puso de pechos contra el cristal frío. Madrid se extendía abajo, taxis y panaderos y gente que no tenía ni idea de que la dueña de la cafetería de Lavapiés estaba a punto de ser reventada a cinco estrellas.
—Que te vea todo el Paseo de la Castellana —murmuró contra su oreja, mordisqueándole el lóbulo—. Quiero que grites mi nombre para que los de la terraza de enfrente se corran en el café con leche.
Entró de un embiste seco y profundo. Paulina gritó un «¡joder, la puta madre!» que se transformó en carcajada histérica porque el cristal empañó justo a la altura de su cara. Él la folló de pie, duro, las caderas golpeando su culo con un sonido húmedo y obsceno, la polla negra desapareciendo hasta las bolas. Cada embestida le subía las tetas contra el cristal, los pezones duros rozando el frío. Ella empujaba hacia atrás, buscando que la partiera, las uñas dejando marcas en el cristal.
—Más fuerte… sí… tu polla interracial me está dejando el cerebro como un espresso sin azúcar. Veinticuatro… cuando me estiras así y se me olvida hasta el nombre de mi cafetería. Veinticinco… cada palmada que me das en el culo. ¡Hostia, otra!
Franklin le dio tres palmadas sonoras seguidas, la marca de su mano oscura floreciendo sobre la piel clara de ella. Sudor resbalaba por su pecho brillante sobre la espalda de Paulina. Aceleró, el ángulo brutal, las bolas golpeándole el clítoris.
—Idiota de mi polla otra vez, ¿eh? Mira cómo te corre el jugo por los muslos hasta los tobillos. Madrid se va a enterar de que la guarra del café se deja follar al amanecer por su ex de Barcelona.
La sacó de golpe, la giró y la levantó, obligándola a enredarle las piernas a la cintura. La sostuvo contra el cristal y se hundió otra vez, follándola en el aire, los músculos de sus brazos tensos. Paulina se agarró a sus hombros anchos, riéndose y gimiendo a la vez porque se le ocurrió que si alguien miraba con prismáticos vería exactamente cómo una polla negra monstruosa entraba y salía de un coño blanco empapado.
—Veintiséis… esta. Me estás follando suspendida y se me ocurren chistes malos sobre ingeniería hidráulica otra vez. Veintisiete… cuando te corras y me dejes chorreando contra el ventanal como un anuncio de lubricante. Más profundo, cabronazo… sí…
El orgasmo la pilló de sorpresa, el coño apretándolo en espasmos locos, el grito ahogado contra su cuello. Franklin aguantó, la llevó temblando hasta la bañera del baño de mármol, sin sacar la polla del todo. Abrió el grifo con el codo, el agua caliente llenando el espacio, vapor subiendo. La sentó en el borde, le abrió las piernas y se la comió otra vez mientras el agua le caía por la espalda, lengua salvaje, dedos dentro, chupando hasta que ella se retorció riendo sin aire.
—Veintiocho… tu lengua. Me estás chupando el alma y el café de ayer. Veintinueve… cuando me mires con esa cara de ingeniero famélico. Treinta… ¡joder, Franklin, no pares!
Él se puso de pie dentro de la bañera, la jaló debajo del chorro y la penetró de nuevo de espaldas, una mano en su pecho pellizcándole los pezones, la otra frotándole el clítoris en círculos rápidos. El agua resbalaba entre ellos, mezclándose con el semen anterior y el jugo nuevo. Cada embestida salpicaba, el sonido obsceno y rítmico llenando el baño. Paulina se reía entre gemidos porque la ducha tenía un dispensador de gel que se le cayó a la cabeza exactamente cuando él le dio especialmente fuerte.
—¡Cabrón, hasta el gel se une a la fiesta! Treinta y uno… esta ducha. Me estás reventando y se me ocurre que mañana voy a oler a sexo y a jabón de hotel caro mientras sirvo tostadas. Treinta y dos… cuando me digas que todavía no has terminado.
Franklin gruñó, aceleró, la polla hinchándose todavía más dentro de ella. La sacó justo antes de corrérselo, la giró, la hizo arrodillarse bajo el chorro y se masturbó delante de su cara, la mano brillante.
—Ábrela. Quiero verte tragar otra ronda de leche negra mientras me cuentas el treinta y tres. Y después… después te voy a follar en esa puta silla de mimbre de la terraza hasta que el sol de mediodía nos fría el culo. ¿Tienes más números o ya te has quedado sin saliva, cariño?
Paulina se rió, le agarró la polla con las dos manos mojadas, la lamió de base a punta saboreando el agua y el precum, y lo miró con los ojos brillantes de lujuria y humor absurdo.
—Treinta y tres va a ser cuando me corra otra vez solo de tragármela. Treinta y cuatro… cuando me montes en la silla y Madrid entero oiga cómo grito. Y si crees que la terraza es el final de la escalada, ingeniero, es que no conoces a la mujer que te miraba el culo recogiendo basura. Todavía me quedan la cama otra vez, el suelo, esa toalla que se te cayó y mis ganas de que me dejes tan coja que mañana tenga que abrir la cafetería sentada. Ahora córrete en mi boca y después llévame fuera. Quiero que el sol me vea chuparte los restos mientras me follas con los dedos y me haces inventar números hasta el cien.
Él sonrió de lado, le agarró el pelo y se corrió con un gruñido largo, chorros calientes y espesos llenándole la lengua y la garganta. Ella tragó lo que pudo, riendo con la boca llena, el resto resbalándole por la barbilla hasta las tetas mojadas. Franklin la levantó, la besó con sabor a sí mismo y a ella, y la cargó todavía goteando hacia la terraza otra vez, la silla de mimbre esperando bajo el sol ya alto, la polla de él ya empezando a endurecerse de nuevo contra su muslo.
—Cien números, dices —murmuró él contra su oreja mientras la depositaba a horcajadas sobre la silla, de espaldas a la ciudad, y se arrodillaba delante para abrirla con los pulgares—. Pues empieza a contar alto, Paulina. Porque esta ronda solo acaba de empezar y yo todavía no te he hecho correrte con la silla crujiendo y mi lengua en el culo al mismo tiempo. Madrid se va a enterar… y yo voy a cobrarme hasta el último interés de Barcelona.
Paulina se agarró a los brazos de la silla de mimbre mientras el sol de Madrid le calentaba ya la nuca y Franklin le abría los labios del coño con los pulgares, la lengua ancha metiéndose de lleno en el culo al mismo tiempo que dos dedos gruesos le follaban el coño todavía resbaladizo de leche anterior. Ella soltó una carcajada ronca que se le escapó entre gemidos porque el mimbre crujió exactamente como una cafetera vieja a punto de reventar.
—Treinta y cinco… joder, ingeniero, me estás comiendo el culo como si fuera el postre del desayuno continental —jadeó ella, empujando hacia atrás contra su cara—. Treinta y seis cuando se te clava la nariz y se me ocurre que si cae un dron turístico ahora mismo van a pensar que la suite 1407 ofrece servicio de cunnilingus con vista. ¡Más lengua, cabrón!
Franklin gruñó contra su carne, lamiendo de arriba abajo, chupando su propio sabor mezclado con el de ella, los dedos curvados buscando ese punto que la hacía temblar. La polla le colgaba ya otra vez dura y pesada entre las piernas, negra, venosa, golpeándole el muslo cada vez que se movía. Se levantó de rodillas, le escupió en el coño para mojarlo todavía más y se la embistió de un solo golpe hasta las bolas mientras ella seguía a horcajadas en la silla, de espaldas a la ciudad.
El mimbre crujió protestando. Paulina gritó un «¡hostia puta!» que se transformó en risa histérica porque una paloma se posó en la barandilla justo cuando él le dio la primera embestida profunda. Franklin le agarró las tetas por detrás, pellizcándole los pezones duros, y la folló sin piedad, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la terraza, las bolas golpeándole el clítoris con cada embiste.
—Treinta y siete… esta silla. Me estás partiendo y el mimbre me está dejando marcas de rejilla en el culo. Treinta y ocho cuando me estiras así y se me olvida hasta cómo se hace un cortado. Más fuerte, Franklin… sí, así, reviéntame mirando a Madrid…
Él aceleró, sudor resbalando por su pecho oscuro sobre la espalda clara de ella, la polla desapareciendo y reapareciendo brillante de jugos. Le dio una palmada sonora en un lado del culo, luego en el otro, dejando marcas oscuras que contrastaban con su piel. Paulina empujaba hacia atrás, buscando que la llenara del todo, el coño apretándolo en espasmos anticipados.
—Treinta y nueve… cada vez que me das y se me suben las tetas. Cuarenta cuando te ríes dentro de mí y se me moja más. ¡Joder, se me cae el alma por el coño!
Franklin la sacó de golpe, la levantó de la silla como si no pesara y la tumbió de espaldas sobre la mesa baja de la terraza, las piernas abiertas de par en par. Se arrodilló otra vez, le lamió el clítoris hinchado con la lengua plana, metió tres dedos y la folló con la mano mientras chupaba, el sol pintándole el culo de oro. Ella se agarró a los bordes de la mesa, arqueando la espalda, riendo sin aire porque se le ocurrió que parecían un anuncio de turismo erótico: «Visite Madrid, déjese follar al amanecer por su excompañero de piso negro monstruoso».
—Cuarenta y uno… tu lengua otra vez. Me estás chupando hasta el recuerdo del pepino. Cuarenta y dos cuando me mires con esa cara de ingeniero que quiere cobrar intereses. ¡No pares, cabronazo!
Él se puso de pie, le colocó las piernas sobre los hombros y se hundió de un embiste que la hizo ver estrellas. El ángulo era brutal, la polla negra llegándole hasta el fondo, estirándola, llenándola. Empezó a follarla en misionero salvaje sobre la mesa, las caderas golpeando, el mimbre de las sillas cercanas crujiendo por la vibración. Paulina le miraba a los ojos, la boca abierta, pidiendo más entre risas entrecortadas.
—Cuarenta y tres… esta mesa. Me estás usándola de camilla de quirófano interracial. Cuarenta y cuatro cuando me corra y te deje el pecho brillante. Más profundo… sí… tu polla me está dejando idiota otra vez…
Franklin le agarró el cuello con suavidad posesiva, aceleró, sudor cayéndole sobre las tetas de ella. Ella se corrió gritando números inventados —cuarenta y cinco, cuarenta y seis, mil doscientos— el coño exprimiéndolo en oleadas locas, el jugo salpicándole el vientre. Él aguantó, la sacó temblando, la giró a cuatro patas sobre la mesa y se la metió otra vez desde atrás, una mano en su clítoris frotando rápido, la otra agarrándole el pelo.
—Cuenta más alto, dueña de cafetería guarra —gruñó él contra su oreja, mordisqueándole—. Quiero oír hasta el sesenta mientras te reviento el culo al sol.
Paulina se reía y gemía a la vez, empujando hacia atrás, el culo ondulado chocando contra sus caderas.
—Cuarenta y siete… esta. Me estás follando como un perro y se me ocurre que el conserje va a oler a sexo desde el vestíbulo. Cuarenta y ocho cuando me estiras y se me olvidan las recetas del café. ¡Hostia, otra palmada! Cuarenta y nueve… cincuenta… joder, Franklin, más fuerte, me voy a correr otra vez solo de oírte gruñir…
Él le dio tres palmadas seguidas, aceleró hasta el límite, la polla hinchándose todavía más. La sacó justo cuando ella empezaba a temblar de nuevo, la levantó, la cargó de nuevo a la silla de mimbre pero esta vez de frente, obligándola a montarlo a horcajadas mientras él se sentaba. Ella se hundió sola sobre su polla, gimiendo al sentirse llena otra vez, y empezó a cabalgarlo con ganas, las tetas rebotándole en la cara, el mimbre protestando bajo el peso de los dos.
Franklin le agarró las caderas, la ayudó a subir y bajar, chupándole un pezón, luego el otro, mordisqueando.
—Cincuenta y uno… montarte. Me estoy follando tu monumento y Madrid entero podría verme el culo. Cincuenta y dos cuando te corras y me dejes chorreando otra vez. ¡Más arriba, ingeniero, que te la voy a sacar hasta la última gota!
Ella aceleró, frotándose el clítoris contra su pelvis, riendo porque el sol le daba de lleno en la cara y se le ocurrió que al día siguiente iba a servir tostadas con la sonrisa de quien ha sido reventada hasta el mediodía. Franklin le agarró el culo con las dos manos, la levantó y la bajó con fuerza, embistiéndola desde abajo, la polla negra desapareciendo del todo.
—Cincuenta y tres… esta. Me estás usando de cafetera personal. Cincuenta y cuatro cuando me digas que todavía no has terminado. ¡Joder, se me corre el alma!
El segundo orgasmo de la terraza la partió en dos. Se arqueó, el coño apretándolo en espasmos salvajes, gritando su nombre mezclado con números absurdos. Franklin aguantó tres embestidas más y se corrió dentro con un gruñido largo, chorros calientes y espesos llenándola otra vez, latidos profundos que ella sintió hasta el estómago. Se quedaron temblando, unidos, sudorosos, el semen resbalándole a ella por los muslos hasta el mimbre.
Paulina se rio contra su cuello, todavía con la polla dentro, medio dura, y murmuró entre jadeos:
—Cincuenta y cinco… cuando te ríes después de correrte y se me moja otra vez. Cincuenta y seis… esta terraza entera. Y si crees que ya está, negro hermoso, es que no has contado bien.
Él se rió, ese sonido grave que le vibraba en las tetas, y se salió con un plop obsceno. El hilo de leche interracial le corrió hasta el culo. La levantó una vez más, la llevó a trompicones hasta la barandilla, la puso de pechos contra el metal caliente y se la metió despacio, profundo, mirando juntos cómo Madrid bullía abajo. Empezó a follarla lento y duro, cada embestida pensada, las manos recorriéndole las tetas, el vientre, el clítoris.
—Cincuenta y siete… el sol en el culo. Cincuenta y ocho cuando me miras así y se me olvidan los clientes de la cafetería. Más… sí… así…
Franklin aceleró otra vez, el ritmo volviéndose salvaje, el sonido de sus cuerpos llenando el aire. Ella se corrió una tercera vez, más suave pero profunda, el coño ordeñándolo. Él la siguió segundos después, vaciándose otra ronda dentro, gruñendo su nombre contra su oreja.
Se dejaron caer al fin en la silla de mimbre, ella encima de él, ambos hechos un desastre brillante de sudor, semen y risas. El sol ya era de pleno día. Paulina le pasó la mano por el pecho oscuro, sintiendo cómo el corazón le latía todavía a mil, y le miró con los ojos entrecerrados de placer y humor absurdo.
Franklin le acarició el culo marcado, todavía dentro a medias, y le susurró contra los labios con la voz ronca de quien no ha terminado del todo de cobrarse la deuda de Barcelona:
—¿Me dejas abrir tu cafetería mañana sentada en mi cara mientras te hago inventar los números del cincuenta y nueve al cien con la lengua, o prefieres que te folle primero contra la máquina de espresso para que el olor a café y a polla negra se quede impregnado en las paredes para siempre?
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