Degustación Prohibida en la Bodega

Valentina, de 32 años, se folla al musculoso catador de 28 en la bodega mientras engaña a su marido.

24 min read September 11, 2026New

La luz dorada de la tarde filtraba entre las rejillas de la bodega familiar en Mendoza, bañando las barricas de roble con un tono ámbar que oliía a vainilla y fruta madura. Valentina, de treinta y dos años, esposa del dueño, caminaba entre las filas de toneles con el vestido negro ceñido a su cuerpo, el escote dejando ver el nacimiento de sus tetas firmes. Su marido Lorenzo había salido de viaje de negocios esa misma mañana, dejándola sola para recibir al nuevo catador. Javier tenía veintiocho años, hombros anchos que tensaban la camisa blanca, brazos musculados de quien carga cajas y trabaja el viñedo, y una mandíbula marcada que ella no dejaba de mirar desde el primer día.

—Prueba este Malbec reserva —dijo Javier, sirviendo dos copas. Su voz era grave, segura—. Cosecha del año pasado. Notas de ciruela negra, chocolate amargo y un final especiado.

Valentina tomó la copa. Sus dedos rozaron los de él un segundo de más. Bebió despacio, dejando que el vino le mojara los labios. Javier no apartaba la vista de su boca. Ella lo notó. El deseo era evidente en esos ojos oscuros, en la forma en que su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal.

—Está potente —murmuró ella, lamiéndose el labio inferior—. Como tú. Llevas poco tiempo aquí y ya pareces dueño del lugar.

Él sonrió de lado, sin disimular.

—Tu marido me contrató porque sé lo que hago. Pero no me contrató para que dejara de mirarte el culo cuando pasas entre las barricas, Valentina.

Ella soltó una risa baja, caliente. Sabía que Lorenzo no volvería hasta dentro de tres días. La culpa era un fantasma lejano; lo que le latía entre las piernas era mucho más real. Se acercó un paso, dejando que el olor a su perfume caro se mezclara con el del vino.

—Entonces míralo bien —susurró—. Porque hoy no hay nadie más.

Javier se inclinó para “explicarle” las notas. Se puso demasiado cerca. Su pecho rozó el de ella. Una mano grande bajó y posó los dedos en su cintura, justo encima de la curva de la cadera. Valentina no se apartó. Al contrario: empujó la cadera levemente hacia su toque.

—Aquí sientes la tanicidad… —dijo él contra su oído, la respiración caliente—. Pero lo que yo siento es cómo se te pone el coño gordo solo de tener mi mano aquí.

—Semanas —admitió ella en un susurro sucio, mirándolo a los ojos—. Llevo semanas follándome con los dedos en la cama de mi marido pensando en tu polla. En cómo me la meterías contra estas malditas barricas.

Javier apretó la cintura con más fuerza. Su otra mano bajó y le agarró un buen pedazo de culo a través de la tela.

—Yo me la casco cada puta noche imaginando este culo. Cómo se abriría si te la metiera hasta el fondo. Cómo gritarías de puta mientras tu marido está fuera firmando contratos. Estoy duro ahora mismo, Valentina. Duro de verdad.

La química explotó. Ella no esperó más. Agarró su camisa y lo besó primero, lengua voraz, dientes rozando labio. Lo empujó hacia atrás hasta que la espalda de Javier golpeó una barrica. El beso era sucio, saliva, gemidos ahogados. Ella frotó su monte contra la erección gruesa que ya se marcaba en el pantalón de él.

—Hazlo —jadeó ella entre dientes—. Fóllame. Quiero ser tu puta mientras él no está. Sin culpa. Solo esto.

Javier gruñó, le subió el vestido hasta la cintura y le metió la mano entre las piernas. Las bragas de Valentina ya estaban empapadas. Dos dedos grueso se hundieron en su coño sin aviso y ella arqueó la espalda, soltando un gemido que resonó en la bodega.

—Tan mojada… puta infiel de mierda —dijo él, bombándolos dentro—. Vas a chupármela ahora. De rodillas.

Ella obedeció al instante. Se arrodilló sobre la piedra fría, le abrió el cinturón y bajó el cierre. La polla de Javier saltó pesada, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Valentina no perdió tiempo. La tomó con ambas manos y se la metió entera a la boca, tragándola hasta que la punta le golpeó la garganta y las bolas le rozaron la barbilla. Babeaba, chupaba con ansia, mirándolo hacia arriba mientras él le agarraba el pelo.

—Así, trágatela toda, puta casada —gruñó Javier, empujando cadera—. Chúpame la polla que tu marido no te da. Más profundo. Quiero ver cómo te babas.

Ella lo hacía. La garganta se le abría, los ojos se le humedecían, pero no paraba. Sacaba la polla solo para lamerle las bolas y volver a engullirla hasta el fondo, gimiendo alrededor del grosor. El sabor salado, el olor a hombre, la traición… todo le hacía chorrear más por los muslos.

Javier la levantó de un tirón, la giró y la puso a cuatro patas sobre una barrica baja. Le subió el vestido hasta la espalda, le bajó las bragas hasta los tobillos y le dio una nalgada seca que dejó la marca de su mano en la carne blanca.

—Qué culo para traicionar —dijo, alineando la cabeza gruesa contra su coño empapado—. Dime que lo quieres.

—Fóllame, Javier. Métemela toda. Quiero que me destroces el coño mientras mi marido cree que estoy revisando inventarios.

Él empujó de un solo tajo. La polla gruesa le abrió las paredes hasta el fondo. Valentina gritó, las uñas clavándose en la madera de la barrica. Javier no fue suave. Empezó a follarla duro, embestidas profundas que hacían sonar la carne contra carne, nalgadas rítmicas, una mano tirándole del pelo para arquearle el cuello.

—Te gusta, ¿verdad? Ser la puta de la bodega. El catador follándote el coño gordo mientras engañas a Lorenzo. Dilo.

—Sí… joder, sí… me encanta traicionarlo con tu polla… más fuerte… nalgéame otra vez…

Cada embestida le sacaba un gemido. Él le llegaba hasta el útero, le estiraba el coño, le hablaba sucio al oído mientras le tiraba del cabello y le azotaba las nalgas hasta dejarlas rojas. El olor a sexo se mezclaba con el del Malbec. Valentina apretaba alrededor de él, ya al borde.

Javier la sacó, se sentó sobre la barrica y la subió a horcajadas. Ella se montó en cowgirl salvaje, bajando de golpe hasta sentarse completa sobre su polla. Empezó a rebotar, tetas saltándole fuera del escote, culo golpeando contra sus muslos. Él le agarró las caderas y la embistió hacia arriba al mismo tiempo.

—Córrete en mi polla, puta. Lléname el coño de tu leche de casada mientras yo te lleno a ti.

Valentina gritó cuando el orgasmo la partió. El coño se le contrajo en espasmos violentos, chorreando alrededor de la verga de Javier. Él la siguió segundos después, rugiendo, clavándola hasta el fondo y disparando chorros calientes de semen espeso dentro de ella. Se corrieron juntos, gritando, temblando, sudorosos, el semen de él rebosando y goteando por donde estaban unidos.

Todavía montada, con la polla de Javier aún dentro y pulsando, Valentina levantó dos dedos, se limpió el semen blanco que le chorreaba por los muslos internos y se los llevó a la boca. Los chupó mirándolo a los ojos, lamiendo cada gota con la lengua lenta, saboreando la mezcla de los dos.

Luego se inclinó y le dio un beso profundo, lleno de lengua y promesas, el sabor de su propio coño y del semen todavía en la boca.

—Esto solo es el comienzo —le susurró contra los labios, sonriendo con la maldad dulce de la traición—. Cada vez que Lorenzo se ausente, vengo a la bodega. Y tú me follas como la puta que soy. En las barricas, en la sala de catas, donde sea. Quiero que me dejes el coño goteando tu leche hasta que él vuelva.

Javier le apretó el culo con ambas manos, todavía semiduro dentro de ella, y sonrió de vuelta.

—Va a haber más Malbec que probar… y más sitios donde metértela. La próxima vez te la chupo yo hasta que grites mi nombre tan alto que las barricas vibren.

Ella se rió bajito, la respiración aún agitada, el semen fresco resbalándole por la pierna mientras se acomodaba el vestido. Afuera, el sol empezaba a caer sobre los viñedos. Dentro, el affair apenas empezaba a fermentar, peligroso y delicioso, listo para la siguiente botella que abrieran a solas.

Todavía montada sobre él, con la polla de Javier latíéndole dentro y el semen caliente resbalándole por los muslos, Valentina se quedó unos segundos quieta, saboreando el peso de la traición. El olor a Malbec se había mezclado con el de sexo y sudor; la madera de la barrica crujía bajo sus rodillas. Él le apretó las nalgas con ambas manos, los dedos hundiéndose en la carne todavía marcada por las nalgadas, y la movió despacio en círculos, frotando su clítoris hinchado contra la base de su verga.

—Mírate —gruñó Javier contra su cuello—. Casada, llena de mi leche, y todavía aprietas como si quisieras otra ronda ya. Lorenzo firmando papeles y tú aquí, chorreándome el coño.

Ella se rio baja, sucia, y se levantó despacio. La polla salió con un sonido húmedo y un hilo blanco de semen la siguió, goteando sobre la madera y sus muslos internos. Valentina se agachó, recogió un poco con dos dedos y se los metió en la boca otra vez, chupándolos con lengua lenta mientras lo miraba.

—Sabe a puta infiel —murmuró—. Y a ti. Quiero más. Ahora.

Javier se puso de pie, la polla todavía semidura y brillante de su corrida y de los jugos de ella. La agarró de la muñeca y la llevó entre las filas de barricas hasta la sala de catas al fondo, donde la luz se filtraba más tenue por las ventanas altas y una mesa larga de madera esperaba con copas y botellas abiertas. La empujó contra el borde de la mesa, le subió el vestido otra vez hasta la cintura y le abrió las piernas de un manotazo.

—Primero te chupo ese coño gordo hasta que grites mi nombre —dijo, arrodillándose frente a ella—. Quiero saborear mi propia leche saliendo de ti.

Valentina se apoyó en los codos, las tetas casi saliéndose del escote, y abrió las piernas más. Javier le lamió desde el perineo hasta el clítoris de un solo trazo largo y lento, recogiendo el semen espeso que aún le chorreaba. Ella jadeó, los dedos clavándose en la mesa. Él no fue delicado: le abrió los labios con los pulgares y se enterró la cara, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua profundo en el coño baboso, bebiendo la mezcla de los dos. Los ruidos eran obscenos, húmedos, succionando.

—Joder… sí, así… lámelo todo —gimió ella, empujando las caderas contra su boca—. Chúpame la leche que me dejaste. Hazme correr otra vez, catador de mierda.

Él gruñó contra su carne y le metió dos dedos gordos mientras lamía, curvándolos contra ese punto que la hacía arquearse. Valentina empezó a temblar, el segundo orgasmo subiéndole rápido, sucio. Cuando se corrió, lo hizo gritando, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Javier, chorreando más líquido sobre su barbilla. Él no paró hasta que ella forcejeó, riendo y maldiciendo.

Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio la vuelta de un tirón, doblándola sobre la mesa de catas. Las copas tintinearon. Le separó las nalgas y le escupió en el culo, untando con el pulgar.

—Hoy solo te voy a follar este coño traidor otra vez —dijo, alineando la polla ya dura otra vez contra la entrada hinchada—. Pero la próxima te la meto también por aquí. ¿Lo quieres?

—Sí… fóllame ya, cabrón —jadeó ella, mirándolo por encima del hombro—. Métemela toda. Quiero que me dejes coja para cuando Lorenzo llame esta noche.

Javier empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta las bolas. Valentina gritó contra la madera. Él empezó a embestir duro, sin piedad, agarrándola de las caderas y tirando de ella contra cada embestida. El sonido de carne contra carne llenó la sala, mezclado con el tintineo de las botellas. Le metió una mano por delante y le froto el clítoris a la vez que la follaba, los dedos resbaladizos de semen y jugos.

—Dime qué eres —ordenó, dándole una nalgada seca que resonó.

—Tu puta… la puta casada de la bodega… —jadeó ella, la voz rota—. Me encanta engañarlo con tu polla gruesa… más fuerte… joder, llégame al fondo…

Él aceleró, las embestidas profundas y brutales, la mesa crujiendo. Le tiró del pelo y le arqueó el cuello para morderle el hombro mientras le hablaba al oído.

—Esta noche vas a hablar con él por teléfono con mi leche todavía goteándote por las piernas. Vas a decirle que todo va bien en la bodega mientras te tocas el coño recordando cómo te la estoy metiendo. ¿Entendido, puta?

—Sí… joder, sí… —Valentina se corrió otra vez, el orgasmo arrancándole un grito largo, el coño exprimiéndole la verga en espasmos. Javier no se detuvo; la folló a través del clímax, más rápido, más profundo, hasta que rugió y se vació otra vez dentro, chorros calientes llenándola, desbordándose por los lados con cada embestida final.

Se quedaron pegados un momento, jadeando. Él salió despacio y le abrió las nalgas para ver cómo el semen le salía a chorros del coño rojo e hinchado, bajándole por los muslos hasta las rodillas. Valentina se rió, exhausta y excitada todavía, y metió los dedos otra vez para empujar un poco de vuelta adentro.

—No quiero perder ni una gota —susurró—. Quiero irme a casa así, con tu corrida remojándome las bragas.

Javier la levantó, la sentó en la mesa y le sirvió una copa de Malbec con manos todavía temblorosas. Ella bebió, el vino tinto mezclándose en su boca con el sabor salado de él. Él se inclinó y la besó, lengua profunda, compartiendo el gusto.

—Mañana vuelvo temprano —dijo él, la voz grave—. Antes de que abra el personal. Te quiero aquí, sin bragas, sentada en una barrica con las piernas abiertas. Voy a catarte el coño como si fuera el mejor vino de la casa. Y después te voy a follar contra la pared de la sala de barricas viejas, donde nadie entra. Quiero oírte gritar mi nombre hasta que te duela la garganta.

Valentina le acarició la mandíbula, los dedos todavía húmedos de semen.

—Y yo voy a chuparte la polla debajo del escritorio de Lorenzo mientras reviso los inventarios por teléfono con él. Quiero oír su voz mientras te tengo en la garganta. Quiero que me corras en la cara y que me lo dejes puesto para que él me vea por videollamada después y no sepa por qué brillo.

Él le apretó un pezón a través de la tela, duro.

—Vas a ser mi puta de bodega todos los días que él falte. Te voy a marcar las nalgas, te voy a llenar el coño y el culo, te voy a hacer correrte hasta que no puedas caminar derecho. Y cada vez que lo mires a la cara le vas a sonreír sabiendo que mi leche te está rezumando.

Ella se bajó de la mesa, se acomodó el vestido y se subió las bragas empapadas, sintiendo cómo el semen las calaba al instante. Se acercó a él, le agarró la polla todavía sensible y la apretó una vez, lenta.

—Entonces prepárate, Javier. Porque esta noche voy a soñar con tu lengua y mañana voy a venir a que me destroces otra vez. Y la que viene… y la otra. Hasta que no quede un rincón de esta bodega donde no me hayas follado como la puta casada que soy.

Él la besó otra vez, sucio, mordiéndole el labio inferior.

—Ve a casa así. Con mi olor y mi leche. Y cuando él te llame, piénsame. Yo me la voy a cascar otra vez pensando en cómo te corriste gritando.

Valentina sonrió, esa sonrisa de maldad dulce, y se apartó hacia la puerta de la sala de catas. El semen le resbalaba con cada paso. Afuera el sol ya se había ido del todo; dentro, el aire todavía olía a sexo y roble. Ella miró por encima del hombro una última vez.

—Mañana. Sin bragas. Y no seas suave.

Javier se abrochó el pantalón mirándola irse entre las barricas, la polla ya volviendo a latir solo de pensarlo. El affair fermentaba más espeso, más peligroso. Todavía quedaban botellas por abrir, posiciones por probar y mentiras por decirle a Lorenzo. Y ambos sabían que la siguiente ronda iba a ser peor… y mucho más rica.

Valentina caminó hasta el coche con las bragas empapadas pegadas al coño, cada paso empujando el semen espeso de Javier más adentro y a la vez dejándolo resbalar por el interior de los muslos. El aire fresco de la noche mendocina le golpeaba la cara, pero entre las piernas ardía. Llegó a casa, se quitó el vestido y se dejó las bragas puestas a propósito. Se tiró en la cama de matrimonio, abrió las piernas y metió dos dedos en el desastre caliente que él le había dejado. Estaba babosa, dilatada, todavía latía. Cuando el teléfono vibró y apareció el nombre de Lorenzo, sonrió con maldad dulce y contestó sin limpiarse.

—¿Hola, mi amor? —su voz salió ronca, casi un gemido—. Sí, todo bien en la bodega. Revisé inventarios… joder…

Se mordió el labio mientras se frotaba el clítoris hinchado con el semen de Javier. Lorenzo hablaba de contratos, de hoteles, de lo mucho que la extrañaba. Ella metió tres dedos de golpe y se arqueó, el coño haciendo un sonido húmedo obsceno.

—Te extraño también —mintió, empujando más profundo—. Estoy… cansada. Me voy a dormir. Te quiero.

Colgó y se corrió otra vez, sola, gritando el nombre de Javier contra la almohada de su marido, los jugos y la leche ajena chorreándole hasta el culo. Se lamió los dedos despacio, saboreando la traición, y se durmió con las piernas abiertas y las bragas aún caladas.

A la mañana siguiente llegó a la bodega antes de que saliera el sol. Sin bragas, como había prometido. El vestido negro corto apenas le cubría el culo. Javier ya la esperaba entre las barricas viejas, camisa arremangada, polla ya marcada en el pantalón. La agarró de la muñeca sin decir nada y la empujó contra una barrica de roble oscuro.

—Enséñame —ordenó.

Valentina se subió el vestido hasta la cintura. El coño estaba afeitado, hinchado, todavía sucio de la noche anterior, un hilo blanco seco en el muslo. Javier se arrodilló, le abrió los labios con los pulgares y le dio un lenguetazo largo desde el agujero hasta el clítoris.

—Todavía sabes a mí —gruñó contra su carne—. A puta casada llena de mi leche. Voy a catarte como el mejor Malbec de la puta casa.

Se enterró la cara. Lengua profunda, chupando, bebiendo lo que quedaba de él mezclado con los jugos frescos de ella. Valentina se agarró a la barrica, las uñas clavándose en la madera, y empujó las caderas contra su boca.

—Así… joder, lámelo todo, catador de mierda… chúpame el coño traidor…

Javier le metió la lengua hasta el fondo, después dos dedos gordos curvados, después tres, follándola con la mano mientras le devoraba el clítoris. Ella se corrió rápido, violenta, chorreándole la barbilla, gritando su nombre tan alto que el eco rebotó entre las filas de toneles. Él no paró. La dio la vuelta, la dobló sobre la barrica y le escupió en el culo otra vez, untando con el pulgar el agujero apretado.

—Hoy te la meto aquí también —dijo, alineando la polla ya dura y venosa contra su entrada trasera—. Dime que lo quieres, puta.

—Métemela en el culo —jadeó ella, mirándolo por encima del hombro—. Quiero que me destroces los dos agujeros antes de que abra el personal. Fóllame el culo como la infiel que soy.

Empujó despacio al principio, la cabeza gruesa abriéndola, el esfínter resistiendo y después cediendo. Valentina gritó, el dolor mezclado con placer sucio, las uñas rascando la madera. Javier se hundió centímetro a centímetro hasta que las bolas le golpearon el coño. Se quedó quieto un segundo, dejándola sentir el relleno brutal.

—Tan apretado… este culo nunca lo usó Lorenzo, ¿verdad? —gruñó, empezando a embestir—. Solo yo. Solo el catador te lo está abriendo. Dilo.

—Solo tú… joder, solo tu polla me destroza el culo… más fuerte, cabrón…

Él aceleró. Embestidas profundas, rítmicas, el sonido de carne contra carne llenando la sala de barricas viejas. Le metió la mano por delante y le frotó el clítoris con dedos resbaladizos mientras la follaba el culo sin piedad. Valentina babeaba contra la madera, los ojos en blanco, el orgasmo subiéndole desde el centro.

—Me corro… me estoy corriendo con tu verga en el culo… —gritó, el cuerpo entero convulsionando. El coño le chorreó vacío, el culo se le apretó en espasmos alrededor de la polla de Javier. Él rugió y se vació dentro, chorros calientes llenándole el intestino, desbordándose por los bordes con cada embestida final.

Salieron unidos. El semen le bajaba por el perineo hasta el coño. Javier la levantó, la sentó en la barrica y le sirvió una copa de Malbec reserva. Ella bebió un trago y él le abrió la boca con dos dedos, dejándole tragar el vino mezclado con el sabor de su propio culo y de la leche fresca.

—Ahora te chupo la polla limpia —susurró ella, bajando de la barrica y arrodillándose sobre la piedra fría—. Quiero saborear mi culo en tu verga.

Se la metió entera a la garganta de un solo movimiento. Babeaba, chupaba, lamiendo las bolas, tragando lo que quedaba de semen y de ella misma. Javier le agarró el pelo y le folló la boca, profundo, hasta que ella tosió y las lágrimas le corrieron por las mejillas, pero no se apartó. Lo miraba desde abajo con ojos de puta en celo.

Cuando estuvo dura otra vez la levantó, la pegó contra la pared de adobe de la sala de barricas y le abrió las piernas. Entró de un solo tajo en el coño, todavía baboso y abierto. Empezó a embestir vertical, levantándola del suelo con cada embestida, las tetas saltándole fuera del escote. Ella se enroscó las piernas a su cintura y se dejó follar como un trapo.

—Usa el teléfono —jadeó él—. Llama a Lorenzo ahora. Quiero oírte mentirle mientras te la meto hasta el útero.

Valentina, temblando, sacó el móvil con una mano y marcó. Lorenzo contestó al segundo tono.

—¿Cariño? Estoy… en la bodega… revisando… ah, joder… las barricas viejas…

Javier embistió más fuerte, más profundo, la mano tapándole la boca un segundo para que no gritara. Ella mordió sus dedos y siguió hablando, la voz rota de placer.

—Sí… todo en orden… el nuevo catador… es muy… competente… me está… mostrando las notas… del Malbec… joder, sí…

Cada embestida le sacaba un gemido que disimulaba como tos o como “sí, claro”. Javier le frotaba el clítoris a la vez, le mordía el cuello, le hablaba al oído en susurros sucios que Lorenzo no podía oír:

—Dile que todo va bien mientras te lleno el coño otra vez. Dile que lo quieres mientras aprietas mi polla como una zorra en celo.

Valentina se corrió en silencio, el orgasmo arrancándole lágrimas, el coño exprimiendo la verga de Javier en oleadas violentas. Él se corrió segundos después, clavándola contra la pared y disparando dentro otra vez, tan profundo que ella sintió el calor llegarle al estómago. Colgó el teléfono con dedos temblorosos.

—Le dije que te tenía que colgar… que había… una fuga en una manguera —rió ella, exhausta, el semen ya bajándole por las piernas otra vez.

Javier la bajó despacio, la polla saliendo con un hilo grueso de leche blanca. La miró, todavía dura, y le limpió el coño con dos dedos, llevándoselos a la boca.

—Mañana vuelve el personal temprano —dijo—. Pero pasado Lorenzo se va a una cata en Buenos Aires. Tres días más. Voy a traer las esposas de las cajas de herramientas. Te voy a atar a la mesa de catas y te voy a follar el coño, el culo y la boca hasta que no puedas ni tragar. Y esa noche, cuando él te llame por videollamada, vas a estar llena de mis corridas y con la cara marcada de mi polla. ¿Lo quieres, Valentina?

Ella se pasó la lengua por los labios, recogiendo el sabor salado, y asintió con los ojos brillantes de lujuria y culpa deliciosa.

—Lo quiero todo. Quiero que me uses hasta que esta bodega huela solo a nosotros. Hasta que cada barrica tenga el eco de mis gritos. Y cuando él vuelva… le voy a dar un beso con tu sabor todavía en la lengua.

Javier le apretó el culo con ambas manos, los dedos hundiéndose en las marcas de las nalgadas de ayer y de hoy.

—Entonces ven esta noche. Después de que cierre. Te espero desnuda sobre la mesa grande, con una botella abierta entre las tetas y las piernas abiertas. Voy a derramar Malbec sobre tu coño y me lo voy a beber directo de ti. Después te voy a follar tan duro que mañana no vas a poder sentarte en la silla de la oficina sin acordarte de mí.

Valentina se acomodó el vestido, el semen fresco calándole otra vez las bragas que se había puesto al salir de casa. Se acercó, le agarró la polla sensible y la apretó una vez, lenta, poseída.

—Esta noche, entonces. Y no traigas condón. Quiero que me dejes goteando hasta que se me resbale por los tobillos. Quiero irme a la cama de mi marido oliendo a tu corrida y soñando con la siguiente.

Él la besó una última vez, lengua profunda, mordiéndole el labio hasta casi sacarle sangre, y la soltó. Ella salió entre las barricas con las piernas temblando, el culo y el coño ardiendo, el corazón latiéndole de traición y hambre. Afuera el sol ya calentaba los viñedos. Dentro, el aire seguía cargado de sexo y roble y promesas peores. Todavía quedaban tres días de ausencia, esposas por estrenar, botellas por abrir sobre su piel y mentiras más elaboradas por contar. El affair fermentaba más espeso, más peligroso, y ambos sabían que la próxima ronda iba a dejar marcas que no se limpiarían tan fácil.

Valentina llegó a la bodega cuando ya era de noche cerrada. El personal se había ido horas antes y solo quedaba el olor a roble y a fruta fermentada. Se desnudó en la sala de catas como había prometido, dejó el vestido negro y las bragas empapadas de la tarde sobre una silla y se subió desnuda a la mesa larga de madera. Abrió una botella de Malbec reserva, se echó un trago directo del cuello y después dejó que el vino tinto le corriera entre las tetas, bajando por el vientre hasta el coño todavía hinchado y sensible. Se abrió de piernas, los talones apoyados en el borde, y esperó.

Javier entró sin hacer ruido. La camisa abierta, la polla ya dura marcándole el pantalón. Se detuvo un segundo mirándola: treinta y dos años, casada, el cuerpo brillante de vino, el coño afeitado y entreabierto, un hilo seco de su leche de la mañana todavía pegado al muslo interno.

—Mira qué puta tan lista —gruñó, acercándose—. Te has servido tú misma.

Se inclinó y lamió el Malbec desde el pezón hasta el clítoris de un solo trazo largo. Valentina arqueó la espalda, los dedos clavándose en la mesa. Él bebió directo de ella, lengua profunda, chupando el vino mezclado con sus jugos, metiendo la nariz entre los labios hinchados.

—Sabe mejor que cualquier reserva —dijo contra su carne—. Coño de casada empapado de traición. Voy a emborracharme contigo.

Le abrió más las piernas y se enterró la cara. Chupó, lamío, le metió la lengua hasta el fondo mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Valentina gimió alto, sin miedo a que nadie oyera. El segundo orgasmo de la noche le subió rápido; se corrió chorreándole la barbilla, el vino y los fluidos resbalando por la madera.

Javier se incorporó, se bajó el pantalón y sacó la polla gruesa, venosa, la cabeza ya brillante. De un cajón de herramientas sacó dos esposas de metal. Se las puso en las muñecas a Valentina y las enganchó a las patas de la mesa, dejándola inmovilizada, tetas al aire, coño y culo expuestos.

—Ahora eres mía de verdad —dijo, alineándose—. Sin escape. Dime que lo quieres.

—Fóllame, Javier. Usa los tres agujeros. Quiero que me dejes destrozada para cuando Lorenzo vuelva.

Él empujó de un solo tajo en el coño. La mesa crujió. Empezó a embestir duro, profundo, las bolas golpeándole el culo, una mano agarrándole el pecho y apretando el pezón hasta que ella gritó. Cada embestida sacaba un sonido húmedo obsceno. Le hablaba al oído mientras la follaba:

—Puta infiel… te encanta que te tengan atada en la bodega de tu marido… aprietas más fuerte cuando te digo que eres una zorra traidora…

Valentina tiró de las esposas, los muslos temblando. Se corrió otra vez alrededor de su polla, el coño contrayéndose en espasmos violentos. Javier salió, le levantó las caderas y le escupió en el culo. Untó con dos dedos y después empujó la cabeza gruesa contra el esfínter. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que las bolas le rozaron el coño. Valentina aulló, el dolor dulce mezclado con placer sucio.

—Tan apretado… este culo es solo mío —gruñó, empezando a follárselo con embestidas largas y brutales—. Lorenzo nunca te lo abrió así. Solo el catador te destroza el culo de casada.

La folló sin piedad, una mano delante frotándole el clítoris resbaladizo. Valentina se corrió gritando su nombre, el cuerpo entero convulsionando, el culo apretándole la verga en oleadas. Javier salió, le dio la vuelta de un tirón —las esposas chirriaron— y se le metió en la boca. Le folló la garganta profundo, hasta que ella tosió y las lágrimas le corrieron, babas y semen viejo resbalándole por la barbilla. Ella lo miraba desde abajo, ojos de puta en celo, tragando todo.

Cuando estuvo al borde otra vez la soltó, le quitó las esposas solo para voltearla de nuevo y volver a clavar la polla en el coño. Embestidas verticales, levantándola casi del todo, tetas saltando. Valentina enroscó las piernas a su cintura.

—Lléname… joder, córrete dentro… quiero irme a casa goteando hasta los tobillos…

Javier rugió y se vació profundo, chorros calientes llenándola, desbordándose por los lados con cada embestida final. Se quedaron unidos, jadeando, el semen espeso ya bajándole por el culo y los muslos. Él salió despacio, abrió las nalgas de ella y miró el desastre: coño rojo, culo abierto, leche blanca saliendo a chorros.

Valentina se rió exhausta, se limpió un poco con los dedos y se los metió en la boca, chupando la mezcla de Malbec, semen y sus propios jugos.

—Otra ronda —susurró—. Todavía no me has follado lo suficiente.

Javier, todavía semiduro, la bajó de la mesa, la puso a cuatro patas sobre una barrica baja y se la volvió a meter en el coño de un golpe. La folló más lento esta vez, profundo, circulares, una mano tirándole del pelo y la otra azotándole las nalgas ya marcadas. El sonido de carne contra carne llenó la sala otra vez. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Dime qué vas a hacer cuando él vuelva —ordenó él.

—Le voy a dar un beso con tu sabor en la lengua… le voy a dejar que me folle pensando que el coño está así de abierto por él… mientras tu leche todavía me rezuma…

Javier aceleró, la embistió hasta el útero y se corrió de nuevo dentro, gruñendo, clavándola contra la madera. Valentina lo siguió, el último orgasmo arrancándole un grito largo y roto, el cuerpo temblando sin control. Se desplomaron juntos sobre la barrica, sudorosos, el aire cargado de sexo y vino derramado.

Él salió por última vez. El semen le corría a Valentina en hilos gruesos por los muslos hasta las rodillas. Se quedaron quietos un momento, respirando. Javier le acarició el culo marcado, todavía dentro de la niebla del placer.

Valentina se incorporó despacio, se pasó la lengua por los labios y sonrió con esa maldad dulce. Mientras él se abrochaba el pantalón y buscaba la botella para otro trago, ella miró de reojo la pantalla de su móvil, que había vibrado en silencio sobre la mesa. El mensaje de Lorenzo era claro: el vuelo se había adelantado. Aterrizaba en Mendoza en menos de dos horas. Volvía esa misma noche.

Javier no lo sabía. Seguía sonriendo, todavía saboreando el triunfo de haberla dejado goteando otra vez, hablando de la siguiente ausencia, de más barricas, de más noches.

Valentina guardó el teléfono sin decir nada. Se puso el vestido sobre el cuerpo sucio, sin bragas, sintiendo cómo la corrida fresca le calaba la tela al instante. Se acercó, le dio un último beso profundo, lengua y promesas falsas, y le apretó la polla sensible una vez más.

—Mañana te espero igual —mintió contra su boca—. Sin bragas. Y más puta todavía.

Salió entre las barricas con las piernas temblando y el secreto caliente en el pecho. Afuera la noche mendocina olía a viñedo. Dentro, Javier se quedó solo, creyendo que todavía tenían tiempo. Ella sabía que el reloj ya corría en contra y que la próxima vez que se vieran el peligro sería otro, más espeso, más delicioso. El affair seguía fermentando, y solo ella conocía la fecha de caducidad.

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