Surrender at Midnight Market
Un ejecutivo de 42 años observa excitado cómo su esposa Bianca, de 38, se folla al guapo vendedor Víctor de 35 en el Midnight Market.
Soy Damon, un ejecutivo de cuarenta y dos años, y aquella noche en el Midnight Market entendí de verdad lo que significaba rendirme. Bianca, mi esposa de treinta y ocho, iba a mi lado con ese vestido corto de verano que le marcaba el culo y los pechos de una manera deliberada. Llevábamos meses hablando de la fantasía en la cama, después de follar, cuando ella me montaba y me susurraba al oído que le gustaría que otro tío la abriera mientras yo miraba. Consentimiento previo, mutuo, caliente. Habíamos quedado en explorarlo sin prisas. El mercado nocturno, con sus luces de colores, el olor a fruta madura, especias y carne a la parrilla, parecía el escenario perfecto: anónimo, ruidoso, lleno de rincones.
Desde el primer puesto de cercas, Bianca ya estaba coqueteando. Victor, el vendedor de treinta y cinco años, alto, moreno, brazos marcados por cargar cajas, sonrisa fácil y esa mirada directa de tío que sabe lo que tiene entre las piernas. Ella se detuvo frente a sus melones y mangos, se inclinó más de la cuenta y le pidió que le recomendara “algo jugoso”. Victor le ofreció un trozo de mango con los dedos. Bianca lo aceptó, se lo llevó a la boca despacio y le sostuvo la mirada mientras yo, a dos pasos, sentía cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón y al mismo tiempo me subía un calor humillante a la cara.
—Tu marido tiene suerte —dijo Victor, mirándome de reojo con media sonrisa—. Ojalá todas las esposas vinieran tan… hambrientas.
Bianca rio, baja, y le tocó el antebrazo.
—A veces necesita que le recuerden lo que vale una mujer. ¿Verdad, Damon?
Asentí. La voz me salió ronca.
—Sí. Mírala. Está preciosa cuando se pone así.
Ella me lanzó una mirada cargada, casi de lástima excitada, y volvió a Victor. Intercambiaron comentarios sobre el sabor, sobre lo dulce que estaba la fruta “si sabes chuparla bien”. Cada frase me rozaba como un latigazo suave. Yo observaba, de pie, las manos en los bolsillos para disimular la erección, y por dentro me repetía que esto era lo que habíamos pedido. La tensión crecía con cada mirada suya, cada risa compartida que me excluía un segundo y luego me incluía como el cornudo consentido que estaba ahí para gozar de la humillación.
Victor los invitó a pasar detrás del puesto, a un espacio más apartado donde tenía cajas abiertas de fruta recién cortada. El mercado empezaba a cerrar; la gente se iba, las luces de los puestos vecinos se apagaban una a una. Bianca aceptó con entusiasmo. Él le ofreció un higo abierto, le roció el jugo por los labios y luego, deliberado, le pasó el dedo por la comisura. Ella lo lamió. Lento. Con la lengua plana, chupando el jugo y la piel de él, sin apartar los ojos de mí.
—Mírame, Damon —susurró, la voz pastosa—. Mírame cómo me pongo con otro hombre. Siento el coño empapado solo de imaginarme su polla. Dime que estás viendo.
—Te veo —contesté, tragando saliva—. Estás chupándole el dedo como si fuera una verga. Estás deseándolo.
Victor sonrió más amplio, se pasó la mano por la entrepierna acomodándose sin pudor.
—Tu mujer tiene una lengua peligrosa.
Bianca se pegó un poco más a él, el pecho rozándole el brazo.
—Quiero follármelo esta misma noche, Damon. Aquí. Ahora. ¿Me dejas? Quiero que me la metas tú en la cabeza mientras él me la mete de verdad.
El corazón me latía en la garganta y en la polla a la vez. Asentí, excitado hasta el dolor.
—Sí. Accedo. Elige el sitio. Quiero verte.
Buscamos el almacén trasero del puesto de Victor: un espacio de cajas apiladas, olor a madera y fruta madura, una bombilla amarilla colgando. La puerta se cerró con un clic suave. Nadie más. Solo nosotros tres y el permiso que nos habíamos dado.
Bianca no esperó. Se arrodilló delante de Victor, le bajó la cremallera con ansia y sacó una polla gruesa, pesada, ya dura, más larga y ancha que la mía. Yo lo noté de inmediato y ella también, porque me miró fijamente mientras le daba la primera lamida larga desde las bolas hasta la punta.
—Descríbela, Damon —ordenó, la voz ya rota de ganas—. Dime lo mucho mejor que la tiene que tú. Oblígate.
Me tragué el orgullo y hablé, pajeándome por encima del pantalón primero, luego sacándomela porque ella me lo indicó con la mirada.
—La tiene más gruesa. Más venosa. Se te va a abrir el coño de otra forma. Yo no te llego a ese grosor. Mírala cómo se te llena la boca…
Bianca gimió alrededor de la polla de Victor y se la embutió más profundo, babeando, mirándome con los ojos brillantes de lujuria y de ese poder que le daba tenerme ahí. Victor le agarró el pelo con cuidado pero firme y empezó a empujar, follándole la boca con lentitud brutal.
—Qué buena chupada de casada —gruñó él—. Tu cornudo está rojo de la vergüenza y de las ganas. Sigue, guarra.
Ella lo hizo hasta que la saliva le corría por el mentón. Después Victor la levantó, la tumbió de espaldas sobre unas cajas bajas y le subió el vestido. Sin bragas. El coño de Bianca brillaba, hinchado, listo. Él se colocó entre sus piernas, le rozó la cabeza gruesa por los labios y empujó de una vez en misionero. Bianca gritó un “joder, sí” ahogado y me buscó con la mirada mientras él la embestía hondo, las cajas crujiendo.
—Más grueso que el tuyo, Damon —jadeó ella—. Me llega a sitios que tú no. Obsérvame. Obsérvame cómo me corroe esta polla.
Victor la folló fuerte, sin prisa de acabar, cambiando el ángulo para rozarle el clítoris con el pubis. Luego la giró, la puso a cuatro patas sobre las cajas y se la metió en perrito. Las nalgadas sonaron secas, marcando la piel. Cada palmada iba acompañada de palabras que nos subían la temperatura a los tres.
—Guarra de tu marido cornudo. Él solo puede mirar y pajearse mientras yo te destrozo este coño casado. Dile lo bien que te la estoy metiendo.
—Se la está follando mejor, Damon —gritó Bianca entre gemidos—. Más profundo… me va a dejar el coño abierto… córrete mirándome, cornudo mío, córrete de la humillación.
Yo me masturbaba con la mano torpe, la polla goteando, sin atreverme a acercarme todavía. Victor le agarró las caderas y la usó con fuerza constante hasta que ella empezó a temblar. Entonces la sentó encima, y Bianca lo cabalgó con rabia, rebotando, las tetas fuera del escote, la espalda arqueada. Él le apretó los pezones, le habló sucio al oído y al final se corrió dentro de ella con un gemido largo, empujando hacia arriba mientras ella seguía moviéndose para ordeñarlo. El semen de otro hombre llenándole el coño. Bianca llegó al orgasmo segundos después, contrayéndose a su alrededor, mirándome todo el tiempo, diciendo mi nombre como si fuera una confesión sucia.
Cuando se separaron, el líquido blanco y espeso empezó a gotearle por los muslos internos, bajando despacio hacia las rodillas. Bianca se acercó a mí todavía temblando, el vestido arrugado, el pelo revuelto, olor a sexo ajeno. Me besó profundamente, metiéndome la lengua, dejándome saborear un poco de lo que había hecho. El sabor salado y dulce a la vez. Me acarició la cara con una ternura sucia.
—Gracias por ser un cornudo tan obediente, Damon —susurró contra mi boca—. Por quedarte ahí mirando y tocarte mientras él me llenaba. Te quiero así. Abierto. Humillado y duro.
Me abrazó por la cintura y se frotó contra mi erección no resuelta. El semen de Victor seguía resbalándole; lo sentí frío al tocarme la pierna. Victor, detrás, se abrochaba el pantalón con calma, sonriendo como quien sabe que la noche no ha terminado del todo. El almacén olía a follada reciente. Fuera, el Midnight Market ya estaba casi vacío, pero las luces lejanas todavía parpadeaban.
Bianca me miró a los ojos, la respiración aún agitada, y me dijo bajito, con esa sonrisa que me destroza:
—Todavía no te has corrido tú. Y yo todavía tengo el coño lleno y ganas de más. ¿Qué me vas a hacer ahora, mi cornudo precioso… o prefieres que le pida a Victor que se quede un rato más mientras tú decides hasta dónde quieres bajar esta noche?
Soy Damon, y la pregunta de Bianca me dejó con la polla palpitando contra su muslo, el semen de Víctor resbalándole todavía por la piel caliente. Ella me miraba con esa sonrisa ladeada, los labios hinchados de tanto chupar y gemir, el vestido subido hasta la cintura dejando ver el coño rojo y abierto, goteando blanco espeso. Víctor se había quedado apoyado contra las cajas, brazos cruzados, observándonos con esa calma de tío que acaba de follarse a una casada y sabe que puede repetir.
—Quédate —le dije yo a él, la voz ronca, sin apartar los ojos de Bianca—. Quédate un rato más. Quiero… quiero ver cómo la usas otra vez.
Bianca soltó una risita baja, casi de orgullo, y me acarició la mejilla con los dedos todavía húmedos.
—Buen chico. Mi cornudo obediente. Víctor, ¿te apetece seconds mientras mi marido se toca y nos describe lo que siente?
Víctor se acercó despacio, ya se había bajado otra vez la bragueta y la polla le colgaba pesada, medio dura todavía, brillante de jugos de ella. Me miró de arriba abajo, notando mi erección goteando pre-semen por la punta.
—Claro que sí. Esta mujer huele a follada reciente y a marida que necesita más. Damon, ponte de rodillas ahí enfrente. Quiero que veas de cerca cómo le dejo el coño otra vez.
Obedecí. Las rodillas me crujieron contra el suelo de cemento del almacén. El olor a fruta madura se mezclaba con el sexo fresco, con el sudor de los tres. Bianca se giró, se inclinó sobre una pila de cajas más altas y abrió las piernas, presentándonos el culo y el coño. El semen de Víctor le bajaba en un hilo lento desde los labios hinchados hasta el pliegue del muslo. Ella se miró por encima del hombro.
—Lámelo un poco primero, Damon. Prueba lo que me ha dejado dentro. Quiero sentirte la lengua ahí mientras él me mira.
Me arrodillé más cerca. El corazón me latía en las sienes. Acerqué la cara y lamí. El sabor era espeso, salado-amargo, el de otro hombre mezclado con el de ella. Bianca gimió en cuanto mi lengua rozó su coño resbaladizo, y empujó el culo hacia atrás.
—Así… limpia lo que sobra, cornudo. Pero no te lo tragues todo. Déjame algo para que Víctor lo sienta al meterse.
Víctor se rió por lo bajo, se colocó detrás de ella y me apartó la cabeza con una mano firme pero sin violencia.
—Suficiente. Ahora mírala mientras le abro otra vez. Cuéntanos lo que ves, Damon. Cada detalle.
Apreté mi polla con la mano derecha y empecé a masturbarme despacio, la vista clavada. Víctor agarró su verga gruesa, ya completamente dura otra vez, y la frotó arriba y abajo por el coño de Bianca, untándose del semen que yo no había limpiado del todo. Luego empujó. Entró de un solo tironazo, hondo, hasta las bolas. Bianca gritó un “¡joder, qué gorda!” y las cajas se movieron.
—La tiene… la tiene más gruesa que yo —empecé a decir, la voz temblando de humillación y excitación—. Se te abre el coño alrededor de esa polla, Bianca. Veo cómo te lo estira, cómo sale blanco el semen de antes cada vez que empuja. Te llega más profundo. Yo nunca te he llenado así.
Víctor le dio una nalgada seca que dejó la marca roja al instante.
—Sigue describiendo, cornudo. Tu mujer se moja más cuando te oye confesar.
Bianca jadeaba, empujando hacia atrás al ritmo de las embestidas. Cada embestida hacía que el semen sobrante salpicara un poco, que el sonido húmedo de carne contra carne llenara el almacén.
—Me está follando como si fuera su puta —gimió ella—. Damon, míralo cómo me agarra las caderas. Me usa. Me destroza este coño casado y yo solo quiero más. Dile lo que sientes viéndolo.
—Siento… siento la polla a punto de reventar —confesé, acelerando la mano—. Me humilla que te dé lo que yo no puedo. Que te corras en esa verga y no en la mía. Pero me gusta. Me gusta ser el que mira, el que se toca mientras otro te llena. Víctor, fóllala más fuerte. Quiero oírla gritar mi nombre mientras se corre en ti.
Víctor aceleró. Las embestidas se volvieron más brutales, el sonido de sus caderas contra el culo de Bianca era seco y rítmico. Ella se agarró a las cajas, los pechos colgando fuera del vestido, los pezones duros y rojos. Él le metió dos dedos en la boca y ella los chupó con ganas, babeando.
—Qué rico se siente tu semen mezclado con el mío dentro de ella —gruñó Víctor mirándome—. El coño de tu mujer está caliente, resbaladizo, perfecto para una polla de verdad. ¿Vas a correrte pronto, Damon? ¿Vas a manchar el suelo viendo cómo te la quito?
—Todavía no —respondí, aunque la polla me latía peligrosa—. Quiero verla correrse primero otra vez. Bianca, córrete en esa polla. Quiero ver cómo te contráes alrededor de él.
Ella obedeció casi al instante. El orgasmo la sacudió fuerte: las piernas temblaron, el coño se apretó visible alrededor de la verga de Víctor, y un chorro de jugos mezclados le salió por los lados. Gritó mi nombre entre maldiciones, “Damon, joder, Damon, me está ordeñando el coño…”. Víctor no paró. La siguió follando a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que ella se quedó blandita y gimiendo bajito.
Entonces la sacó de golpe. La polla le brillaba entera, cubierta de blanco y de ella. Me miró.
—Ahora tú. Acércate. Chúpale el coño mientras gotea. Limpia lo que le he dejado esta vez. Y no te corras todavía. Tu mujer ha dicho que quiere más.
Me arrastré de rodillas hasta ella. Bianca se abrió las piernas más, de pie ahora, apoyada en las cajas, y me empujó la cabeza contra su sexo. Lami. El sabor era más intenso, más fresco, el semen de Víctor caliente todavía. Ella se retorcía, se agarraba mi pelo.
—Así, mi amor… limpia a tu esposa. Traga lo que otro hombre me ha metido. Qué cornudo más precioso eres. Víctor, enséñale la polla. Haz que la bese también.
Víctor se acercó por el lado y me puso la verga resbaladiza contra la mejilla. Olió a sexo puro. Bianca me sujetó la cabeza.
—Bésala. Prueba tu propia humillación. Luego decide si quieres que él me la meta otra vez o si prefieres que te deje correrte entre mis tetas mientras él me folla la boca.
Besé la punta. El sabor era el mismo que el de su coño: ella y él juntos. Víctor empujó un poco y me llenó la boca un segundo, solo la cabeza, lo suficiente para que yo gima alrededor. Luego se retiró.
Bianca me levantó del suelo, me besó con lengua profunda, saboreando lo que yo había lamió, y se frotó contra mi polla sin tocarme directamente.
—Todavía no te has corrido, Damon. Y yo sigo con ganas. El Midnight Market está vacío, pero este almacén es nuestro hasta que digamos. Víctor puede quedarse… o podemos hacer que te meta los dedos en el culo mientras yo te chupo, o que te obligue a mirarme follármelo otra vez hasta que me deje el coño tan abierto que ni tú quepas después. Dime hasta dónde bajas esta noche, cornudo mío. Porque yo quiero más. Quiero que me uses la boca, quiero que me mires mientras él me llena el culo también… y quiero que te quedes duro y humillado hasta que yo diga que puedes correrte.
Víctor ya se estaba tocando otra vez, la polla recuperando dureza al oírla. Yo respiraba agitado, la cara ardiendo, la verga goteando sin parar. Bianca me miró a los ojos, esa mirada de lástima excitada y de poder absoluto, y me susurró contra los labios:
—Elige, Damon. ¿Le pido que me la meta por detrás ahora mismo mientras tú me chupas los pechos… o prefieres que te ponga de rodillas otra vez y te haga beber todo lo que nos salga? La noche sigue abierta. Y yo todavía tengo el coño latiendo y ganas de follarme a este tío hasta que no pueda más… contigo mirando cada segundo.
Soy Damon, y la pregunta de Bianca me dejó con la polla palpitando contra su muslo, el semen de Víctor resbalándole todavía por la piel caliente. Elegí sin pensarlo demasiado, la voz rota de ganas y de esa vergüenza dulce que ya me conocía el cuerpo.
—Métela por detrás. Quiero verte follarle el culo mientras yo te chupo las tetas. Quiero olerlo todo, oírlo todo. Quédate, Víctor. Úsala otra vez.
Bianca soltó un gemido bajo, casi de triunfo, y se giró hacia las cajas más altas. Se inclinó, abrió las piernas y se abrió las nalgas con las manos, presentando el agujero rosado y apretado que todavía brillaba de jugos. El coño goteaba blanco espeso, pero ella quería el culo ahora. Víctor se acercó, se escupió en la mano y se untó la polla gruesa, ya dura otra vez, con el semen que le quedaba a ella entre los muslos. Me miró de reojo, esa sonrisa de tío que sabe que el cornudo está pidiendo más humillación.
—Ponte delante de ella, Damon. Chúpale las tetas mientras yo le abro el culo. Y no dejes de hablar. Quiero oír cómo confiesas lo que ves.
Me coloqué de rodillas delante de Bianca. Ella se sacó del todo el escote, las tetas pesadas y con los pezones duros rozándome la cara. Empecé a lamerlas, a chuparlas con hambre, mientras por el rabillo del ojo veía cómo Víctor se colocaba detrás. La cabeza gruesa de su polla empujó contra el anillo apretado. Bianca jadeó, empujó hacia atrás y dejó escapar un “joder, despacio… no, así, métemela”. Víctor empujó con constancia. Entró centímetro a centímetro, estirándola, abriéndola. Yo sentí el temblor de ella en el pecho, cómo se arqueaba contra mi boca.
—La tiene… la tiene dentro del culo —empecé a decir, la lengua todavía alrededor de un pezón—. Se te está abriendo, Bianca. Veo cómo te lo tragas entero, cómo esa polla gruesa te llena el agujero que yo apenas he tocado. Es más ancha que la mía. Te va a dejar floja. Mírala, Víctor, cómo se te contrae alrededor. Mi mujer se deja follar el culo por un vendedor del mercado mientras su marido le chupa las tetas como un puto perro.
Víctor gruñó y empujó hasta el fondo. Las bolas le golpearon el coño todavía goteante. Empezó a moverse, lento al principio, luego más hondo, más rítmico. El sonido era distinto: más seco, más íntimo, el roce de carne abriendo carne. Bianca gritaba entre dientes, las uñas clavadas en las cajas, el pelo cayéndole sobre la cara.
—Más fuerte —pidió ella—. Fóllame el culo como si fuera tu puta. Damon, descríbelo. Dime lo que sientes viéndome así.
Apreté mi polla con la mano libre, masturbándome sin prisa, dejando que el pre-semen me untara los dedos. Cada embestida de Víctor hacía que las tetas de Bianca rebotaran contra mi boca. Las chupaba con fuerza, mordisqueaba los pezones, saboreaba el sudor salado de su piel.
—Siento la polla a punto de explotar —confesé, la voz temblando—. Me humilla ver cómo te la mete hasta las bolas. Cómo te destroza ese culo casado y tú solo pides más. Yo nunca te he follado así de hondo ahí atrás. Él te está marcando. Te está abriendo para siempre. Y yo… yo solo puedo mirar y tocarte las tetas y pajearme como el cornudo que soy. Víctor, úsala más bruto. Quiero oírla gritar mi nombre mientras le reventás el culo.
Víctor aceleró. Las nalgadas secas sonaron otra vez, marcando la piel ya roja. Bianca se empujaba hacia atrás con rabia, encajándolo todo, el coño contrayéndose en el vacío y soltando hilos de semen viejo que le bajaban por los muslos hasta las rodillas. Él le agarró el pelo con una mano y le obligó a mirarme a los ojos mientras la embestía.
—Dile a tu marido lo bien que te la estoy metiendo por el culo, guarra —ordenó Víctor—. Dile que prefieres esta polla a la suya.
—La prefiero —gimió Bianca, los ojos brillantes, la voz rota—. Damon, me está abriendo el culo de una forma que tú no puedes. Me llena. Me usa. Siento cada vena, cada empujón. Voy a correrme otra vez solo con esto… joder, sí, más profundo… córrete mirándome, cornudo, pero no todavía. Quiero que veas cómo me deja el culo abierto y lleno.
El orgasmo la sacudió fuerte. Las piernas le temblaron, el anillo se apretó visible alrededor de la verga de Víctor y ella gritó mi nombre entre maldiciones, “Damon, me está ordeñando el culo… Damon, joder…”. Víctor no paró. La folló a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que ella se quedó blandita y gimiendo. Entonces empujó hondo una última vez y se corrió dentro del culo de mi esposa con un gemido largo y bajo. Lo sentí en el temblor de ella, en cómo se le hinchaba el vientre un segundo por la presión. El semen caliente le llenó el agujero y empezó a gotear en cuanto él se retiró un poco, blanco y espeso mezclado con los jugos de antes.
Víctor se salió del todo. La polla le brillaba, cubierta de ella y de él. Me miró, todavía duro a medias.
—Ahora limpia, cornudo. Chúpale el culo. Traga lo que le he dejado esta vez. Y no te corras. Tu mujer ha dicho que quiere más.
Bianca se mantuvo inclinada, las nalgas abiertas, el agujero rojo y abierto, goteando. Me arrastré detrás de ella. El olor era puro sexo, semen fresco y el perfume a fruta madura del almacén. Acerqué la cara y lamí. La lengua se me hundió en el anillo flojo, saboreando lo caliente y espeso que Víctor había bombeado dentro. Bianca se retorcía, se agarraba el pelo y empujaba el culo contra mi boca.
—Así… limpia a tu esposa. Traga el semen de otro hombre que me ha follado el culo. Qué cornudo más precioso eres. Víctor, enséñale la polla otra vez. Haz que la bese mientras me lame.
Víctor se colocó al lado y me frotó la verga resbaladiza por la mejilla. Olió a culo y a coño y a follada reciente. Bianca me sujetó la cabeza y me obligó a abrir la boca. Besé la punta, chupé la cabeza un segundo, probé el sabor de los tres juntos. Luego se retiró y me dejó seguir lamiendo el culo de ella hasta que casi no quedó nada visible, solo el agujero hinchado y brillante.
Bianca me levantó del suelo. Me besó con lengua profunda, saboreando lo que yo había tragado, y se frotó el coño y el culo abiertos contra mi erección sin dejarme entrar. El semen de Víctor me untaba la polla por fuera. Ella me miró a los ojos, esa sonrisa ladeada de poder absoluto, la respiración todavía agitada.
—Todavía no te has corrido, Damon. Y yo sigo con el culo latiendo y el coño vacío otra vez. El Midnight Market está muerto fuera, pero este almacén es nuestro. Víctor puede quedarse… o podemos hacer que te meta los dedos en el culo mientras yo te chupo la polla hasta dejarte al borde, o que te obligue a mirarme mientras me folla los dos agujeros otra vez hasta que no quepa ni un dedo tuyo después. Dime hasta dónde bajas esta noche, cornudo mío. Porque yo quiero más. Quiero que me uses la boca para limpiarme cada gota, quiero que me mires mientras él me llena el coño y el culo a la vez con los dedos y la polla… y quiero que te quedes duro y humillado hasta que yo diga que puedes correrte. Elige otra vez. ¿Le pido que me folle el coño ahora mismo mientras tú me lames el culo abierto… o prefieres que te ponga de rodillas entre nosotros y te haga beber todo lo que nos salga mientras él me embiste? La noche sigue abierta. Y yo todavía tengo ganas de follarme a este tío hasta que no pueda más… contigo mirando cada segundo, describiendo cada embestida, confesando lo mucho mejor que la tiene.
Víctor ya se estaba tocando otra vez, la polla recuperando dureza al oírla, la mirada fija en mi cara roja y en mi verga goteando sin parar. Yo respiraba agitado, el corazón latiéndome en la garganta y en las bolas, el sabor de su semen todavía en la lengua. Bianca me acarició la mejilla con ternura sucia, me besó la comisura de los labios y susurró contra mi boca, la voz pastosa de lujuria:
—Decide, Damon. Porque yo ya sé lo que quiero. Quiero que me dejes el culo y el coño tan usados que mañana camine coja… y quiero que tú te quedes aquí de rodillas, obediente, duro y abierto, hasta que el sol salga sobre el mercado vacío.
Soy Damon, y la pregunta de Bianca me dejó con la polla palpitando y el sabor de Víctor todavía en la lengua. Elegí sin dudar, la voz rota de ganas y de esa vergüenza dulce que ya me conocía el cuerpo.
—Fóllale el coño ahora mismo mientras yo te lamo el culo abierto. Quiero beberlo todo. Quédate, Víctor. Úsala hasta que no quede nada.
Bianca soltó un gemido de triunfo y se inclinó más sobre las cajas, abriendo las nalgas con las manos. El agujero del culo seguía rojo, hinchado, goteando el semen blanco que yo no había limpiado del todo. El coño brillaba abajo, vacío otra vez, los labios hinchados y resbaladizos. Víctor se colocó detrás de ella, se escupió en la verga gruesa y la frotó primero por el coño, untándose de lo que quedaba. Luego empujó de un solo golpe. Entró hasta las bolas. Bianca gritó un «¡joder, sí!» y las cajas crujieron.
Me arrodillé detrás de los dos. El olor a sexo fresco, a fruta madura y a semen ajeno me subió a la cabeza. Acerqué la cara al culo de mi esposa y lamí. La lengua se me hundió en el anillo flojo, saboreando lo caliente y espeso que Víctor le había dejado antes. Cada embestida suya hacía que el culo se moviera contra mi boca, que el semen viejo y los jugos nuevos me bañaran la barbilla. Yo chupaba, tragaba, gemía contra ella.
—Descríbelo, cornudo —ordenó Víctor, follándola con ritmo brutal, las caderas chocando secas contra el culo de Bianca—. Cuéntanos lo que ves y lo que sientes.
Apreté mi polla con la mano libre, masturbándome despacio, el pre-semen goteando al suelo de cemento. La vista clavada en cómo la verga gruesa de Víctor entraba y salía del coño casado de mi mujer, estirándola, sacando hilos blancos cada vez que se retiraba.
—La tiene… la tiene más gruesa y más larga —confesé, la voz temblando, la lengua todavía dentro del culo de Bianca—. Se te abre el coño alrededor de esa polla, Bianca. Veo cómo te llega hondo, cómo te destroza. Yo no te lleno así. Nunca te he llegado a esos sitios. Me humilla. Me gusta. Siento la polla a punto de reventar solo de verte follada por detrás mientras te lamo el culo usado. Víctor, métesela más fuerte. Quiero oírla gritar mi nombre.
Bianca empujaba hacia atrás con rabia, rebotando en la verga de Víctor, las tetas colgando y balanceándose. Él le agarró el pelo y le obligó a mirarme por encima del hombro mientras la embestía.
—Dile a tu marido lo bien que te la estoy metiendo, guarra —gruñó—. Dile que este coño es mío esta noche.
—Es tuyo —jadeó ella, los ojos brillantes de lujuria y poder—. Damon, me está follando mejor. Más profundo. Más gordo. Siento cada vena. Me va a dejar el coño abierto para siempre. Lame más, mi amor. Traga lo que sobra. Córrete mirándome si quieres, pero no todavía. Quiero más primero.
Víctor aceleró. Las nalgadas sonaron otra vez, marcando la piel ya roja. Bianca se corrió fuerte: las piernas le temblaron, el coño se apretó visible alrededor de la verga y un chorro de jugos mezclados le salió por los lados, salpicándome la cara. Gritó mi nombre entre maldiciones, «Damon, joder, Damon, me está ordeñando…». Víctor no paró. La folló a través del orgasmo hasta que ella se quedó blandita. Entonces la sacó de golpe, la polla brillante de blanco y de ella, y me miró.
—Ahora bebe. Abre la boca, cornudo.
Me puse de rodillas entre ellos. Víctor empujó la cabeza gruesa contra mis labios. Chupé. El sabor era puro: coño de Bianca, semen de antes, sudor. Bianca me sujetó la cabeza y me obligó a tomarla más profundo un segundo. Luego se retiró y se la metió otra vez a ella, esta vez en el culo de un solo empujón. Bianca aulló de placer. Yo lamí el coño vacío mientras él se la follaba por detrás, limpiando cada gota que goteaba, tragando lo que salía.
El almacén olía a follada triple. Fuera el Midnight Market estaba muerto, solo el zumbido lejano de alguna nevera. Yo me masturbaba sin parar, la cara ardiendo, la verga goteando sin control. Víctor le metió dos dedos en el coño mientras le follaba el culo, abriéndola de los dos lados. Bianca gritaba, se corría otra vez, el cuerpo entero temblando. Cuando él se corrió por segunda vez dentro del culo, empujando hondo y gimiendo bajo, el semen le salió a borbotones. Me lo hizo beber. Me arrodillé, abrí la boca bajo el agujero rojo y recibí el hilo blanco y caliente que caía. Tragué. Bianca se giró, me besó con lengua profunda, saboreando lo que yo había bebido, y se frotó el coño y el culo abiertos contra mi erección sin dejarme entrar.
—Todavía no —susurró ella contra mi boca—. Quiero verte así un rato más. Duro. Humillado. Abierto.
Víctor se sentó en una caja, la polla medio blanda y brillante, observándonos. Bianca me empujó al suelo de espaldas y se montó a horcajadas sobre mi cara. El coño y el culo me cubrieron la boca. Me obligó a lamerlos los dos a la vez mientras ella se frotaba, gimiendo, los pechos colgando sobre mi pecho. Yo chupaba, tragaba, describía entre lamidas lo hinchado que estaba todo, lo bien que olía a otro hombre, lo mucho que me gustaba ser su cornudo. Ella se corrió otra vez en mi lengua, el cuerpo sacudiéndose, el jugo cayéndome por la barbilla.
Cuando bajó, se colocó entre mis piernas, me chupó la polla solo tres veces —justo hasta el borde— y se detuvo. Me miró con esa sonrisa ladeada.
—Ahora sí. Te dejo correrte. Pero vas a hacerlo mirándome a los ojos mientras Víctor me folla la boca. Y vas a confesar en voz alta lo que eres.
Víctor se levantó, ya duro otra vez. Bianca se arrodilló delante de él y se embutió la polla gruesa hasta la garganta, babeando, mirándome todo el tiempo. Yo me masturbé con la mano torpe, la vista clavada en cómo se le hinchaba la mejilla, en cómo le corrían lágrimas de esfuerzo y de placer. La confesión me salió rota:
—Soy tu cornudo. Me gusta ver cómo te follan. Me gusta limpiarte el semen de otros. Me gusta que me digas que la tiene mejor. Me voy a correr solo de humillación y de ganas. Te quiero así. Te necesito así.
Me corrí con un gemido largo, el semen saliendo a chorros blancos sobre mi vientre y mi pecho, salpicando el suelo del almacén. Bianca se la sacó de la boca a Víctor solo el tiempo de lamer una gota de mi corrida del pecho, luego volvió a chupársela hasta que él se corrió por última vez en su garganta. Ella lo tragó todo, se giró hacia mí y me besó, pasándome el sabor amargo y espeso.
Nos quedamos los tres jadeando entre las cajas, el olor a sexo espeso, el vestido de Bianca hecho un trapo, mi polla ya blanda y sensible, el culo y el coño de ella abiertos y rojos y goteando todavía. Víctor se abrochó el pantalón con calma, nos dio una palmada en el hombro a cada uno y salió del almacén sin decir nada más, dejando la puerta entreabierta. Las luces lejanas del mercado parpadeaban apagándose del todo.
Bianca se acurrucó contra mí en el suelo frío, me acarició la cara con ternura sucia y me susurró al oído, la voz ronca de tanto gemir y chupar:
—Mañana caminaré coja y cada paso me recordará su polla. ¿Vas a volver al Midnight Market conmigo la semana que viene, mi cornudo precioso, para que te haga mirar otra vez mientras me dejo usar hasta no poder más?
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories