Vapor y Traición en la Doble Cita
Ingrid, de 32 años, y Sergio, de 34, se follan salvajemente en el baño traicionando a sus parejas durante la doble cita.
El bar del Hotel Montera olía a whisky ahumado y perfume caro cuando Ingrid se sentó frente a Sergio. Treinta y dos años, ejecutiva de finanzas, el vestido negro ceñido a las caderas como una promesa que no pensaba cumplir con su marido. Hugo, a su lado, charlaba de fútbol con Simone. Sergio, treinta y cuatro, marido de su mejor amiga, la miraba por encima del borde de su copa con esa calma depredadora que llevaba meses recogiendo en cada cena, cada brindis, cada «qué bien os veis juntos».
—Estáis preciosos los dos —dijo Simone, riéndose, y se levantó—. Voy al baño un segundo. Hugo, ven, que necesito que me digas si este color de labios me queda o me delata.
Hugo se encogió de hombros, le dio un beso flojo a Ingrid en la sien y los dejó solos. La mesa quedó reducida a dos cuerpos y el ruido lejano del piano.
Ingrid cruzó las piernas. El roce de la media contra la media sonó más alto de lo debido. Sergio no apartó la vista.
—Llevas tres meses mirándome así —murmuró ella, voz baja, tuteo íntimo—. Como si ya te la hubieras follado en la cabeza mil veces.
—Más —contestó él sin sonreír—. Y tú también. No te hagas la santa, Ingrid. Cuando te ríes con la boca entornada y miras mi entrepierna, se te nota el hambre.
Bajo la mesa, la rodilla de Sergio rozó la de ella. «Accidental». Ella no retiró la pierna. Al contrario: la dejó ahí, tibia, y sintió cómo el calor le subía por el muslo hasta el coño, ya húmedo solo de oírlo decir «follado». Pensó en Hugo, en la cama tibia y predecible, en Simone riéndose en el pasillo, y el remordimiento le duró exactamente el tiempo que tarda un segundo en convertirse en excitación.
Sergio deslizó la mano. No preguntó. La palma abierta subió por la media, despacio, hasta el borde interior del muslo. Ingrid separó un poco las rodillas. Consentimiento silencioso, claro, urgente. Los dedos de él encontraron la piel desnuda encima de la liga y se quedaron ahí, apretando, midiendo el temblor.
—Estás mojada —susurró—. Lo siento a través de la tela. Qué puta más lista, fingiendo que todo es normal mientras se te empapa la braga pensando en la polla de tu mejor amigo.
—Cállate —dijo ella, pero la voz le salió rota de ganas—. Si vuelven y te pillan con la mano ahí…
—Que me pillen. O mejor: que no. Porque esta noche te voy a meter hasta el fondo y vas a correrte mordiéndote el labio para que tu marido no oiga.
Hugo y Simone regresaron riendo. La mano de Sergio desapareció como humo. Ingrid se acomodó el vestido, el corazón latiéndole en la garganta y en el clítoris a la vez. Pidió otra copa. Habló de trabajo. Reía en los momentos correctos. Pero bajo la mesa el muslo le seguía ardiendo donde él la había tocado, y cada vez que Sergio reía con Simone notaba un pinchazo de traición deliciosa.
A los veinte minutos se inclinó hacia él, fingiendo buscar la servilleta.
—Necesito ir al baño —le susurró al oído, tan cerca que el aliento le rozó el lóbulo—. Espérame tres minutos y sígueme. Si no vienes, me la toco yo sola pensando en ti y te lo cuento después con todos los detalles.
Sergio asintió apenas. Ingrid se levantó, besó a Hugo en la mejilla («ahora vuelvo, cariño») y cruzó el local con el vestido pegado al culo. El pasillo del fondo era estrecho, luces bajas, olor a madera y jabón caro. Empujó la puerta del baño de caballeros —privado, con pestillo— y esperó.
Tres minutos. La puerta se abrió. Sergio entró, echó el cerrojo y en el mismo movimiento la empujó contra la pared de azulejos fríos. La boca de él se estrelló contra la de ella sin preámbulos: lengua, dientes, saliva, un gemido ahogado que Ingrid devolvió mordiéndole el labio inferior.
—Quiero que me la folles esta misma noche —jadeó ella entre besos—. A pesar de Hugo. A pesar de Simone. Llevo meses mojándome en la ducha imaginando cómo me partes en dos.
—Y yo jodiéndome la mano en el baño de casa pensando en tu coño apretado —contestó él, la voz ronca—. Ahora arrodíllate.
Ingrid obedeció. Las rodillas contra el mármol frío. Le abrió la bragueta con dedos torpes de prisa, sacó la polla gruesa, ya dura, venosa, caliente en la palma. La miró un segundo —grosor, peso, el olor a hombre limpio y a deseo— y se la metió en la boca de un solo movimiento, hasta que la cabeza le rozó la garganta. Sergio maldijo bajito. Ella lo miró a los ojos mientras chupaba, mejillas hundidas, saliva resbalándole por la barbilla, tragando más profundo cada vez que él le agarraba el pelo.
—Así, puta… míra me mientras te la embutes entera. Qué rica se te ve con la boca llena de la polla que no es de tu marido.
Ingrid gimeó alrededor del glande, la vibración haciéndole apretar los dientes a Sergio. Lo chupó con ansia, sucio, sin delicadeza: lengua plana por debajo, mano en la base apretando, babas brillando bajo la luz del espejo. Cuando él tiró de ella hacia arriba, los labios le sonaban al soltarse.
La puso de cara a la pared. Le subió el vestido hasta la cintura, le arrancó las bragas negras de un tirón —el encaje se le quedó enganchado en un tobillo— y le separó los muslos con la rodilla. La polla buscó la ranura empapada y entró de un embiste brutal, hasta el fondo. Ingrid ahogó el grito contra su propio brazo. Estaba tan mojada que el roce sonó obsceno, carnoso, real.
—Joder, qué estrecha… y qué puta. Dejas que te folle el marido de tu amiga en el baño mientras ellos están a diez metros bebiendo.
—Más fuerte —rogó ella, empujando el culo hacia atrás—. Métela toda. Quiero notarte mañana cuando me siente en la junta.
Sergio la folló de pie, embestidas secas, profundas, las manos agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. El sonido de piel contra piel llenó el baño. Ingrid se corrió la primera vez así, temblando, el coño contrayéndose a su alrededor, un gemido largo y traidor que él tapó con la mano.
Sin sacársela, la giró, la sentó en el borde del lavabo. El mármol frío contra el culo desnudo. Le abrió las piernas todo lo que dio el vestido, le puso los tacones sobre los hombros casi, y volvió a entrar. Más hondo. Ángulo que le rozaba el punto exacto cada vez. Sergio se inclinó, frente contra frente, y le susurró al oído mientras la penetraba:
—Mira qué cara de puta se te queda. Corriéndote en la polla de tu mejor amigo. ¿Qué diría Simone si viera cómo te gotea el coño por mí? ¿Qué diría Hugo si supiera que su mujer se corre gritando bajito con otra polla dentro?
—Que soy una traidora de mierda —jadeó Ingrid, uñas clavándose en los hombros de él—. Y que me encanta. Más… así… no pares.
Se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo arqueándose, el lavabo crujiendo. Sergio la bajó, la puso de espaldas, inclinada sobre el mismo lavabo, mejillas contra el espejo empañado. Le abrió los glúteos y la embistió por detrás con salvajismo puro, las pelotas golpeándole el clítoris hinchado, una mano en su nuca y la otra rodeándole la cintura para que no se escapara ni un centímetro de polla.
—Voy a correrme dentro —advirtió, la voz rota—. Quiero verte después con mi leche resbalándote por los muslos mientras sonríes a tu marido.
—Hazlo —suplicó ella—. Lléname. Quiero sentirlo.
Las embestidas se volvieron irregulares, profundas, animales. Ingrid se corrió una tercera vez justo cuando él se derramaba, chorros calientes latiéndole dentro, el gemido de Sergio ahogado contra su espalda. Se quedaron así unos segundos, unidos, sudorosos, el espejo empañado con la respiración de los dos.
Jadeando, se separaron. El semen de Sergio le resbaló por el muslo interior en un hilo espeso y caliente. Ingrid se limpió a prisa con papel, se subió las bragas rotas lo mejor que pudo, se alisó el vestido. El pelo le caía desordenado; se lo recogió con dedos temblorosos. Sergio se abrochó el pantalón, se miró al espejo, se pasó agua por la cara.
Ella se acercó, le dio un último beso —lento, sucio, sabiendo a sexo y a mentira— y le mordió el labio inferior.
—Volvemos por separado —susurró—. Tú primero. Yo me retoco y salgo en dos minutos. Y no me mires así cuando estemos en la mesa o me voy a mojar otra vez.
Sergio asintió, la mirada todavía oscura de hambre no del todo saciada. Salió. Ingrid se quedó sola, el coño latíéndole, el semen aún resbalándole un poco a pesar de la limpieza rápida, el corazón acelerado no solo por el orgasmo sino por lo que venía: la sonrisa falsa, la mano de Hugo en su espalda, la risa de Simone, y debajo de todo eso la certeza caliente de que aquello no había terminado. Que apenas acababa de empezar.
Se miró al espejo empañado, se pasó el dedo por el labio inferior hinchado, y sonrió con una mezcla de culpa y triunfo. Luego abrió la puerta y caminó de vuelta hacia la mesa, las piernas todavía blandas, el vestido impecable, el secreto ardiéndole entre los muslos como un segundo pulso.
Ingrid regresó a la mesa con la sonrisa perfecta de quien no acaba de follarse al marido de su mejor amiga. Hugo le pasó el brazo por los hombros y ella se dejó, sintiendo todavía el semen de Sergio resbalarle un poco más entre los labios de la braga rota. Simone hablaba de un viaje a Lisboa; Sergio asentía y reía en los momentos justos, pero bajo la mesa su pie ya buscaba el de Ingrid. Ella no lo apartó. Al contrario: abrió un poco más las piernas y dejó que la puntera del zapato de él subiera por la media, despacio, hasta rozarle el tobillo desnudo.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó Hugo, distraído, sin mirarla—. Te has puesto pálida.
—Calor —mintió ella—. El whisky pega fuerte.
Sergio sonrió por encima del borde de su copa. Esa sonrisa depredadora que solo ella entendía. Ingrid cruzó las piernas al revés, atrapando el pie de él entre los suyos un segundo, y sintió cómo el calor le subía otra vez por el muslo hasta el coño aún sensible, hinchado, lleno. Pensó en la leche espesa que le había dejado dentro y el remordimiento le duró menos que el tiempo que tarda una mentira en convertirse en ganas.
Veinte minutos después, cuando Simone se levantó otra vez «a retocarse» y Hugo fue a pedir la cuenta en la barra, Sergio se inclinó hacia ella como si comentara el menú.
—Todavía te goteo por dentro —susurró, voz baja, tuteo íntimo—. Lo sé porque te miro y se te nota en los ojos. Esa cara de puta que se acaba de correr tres veces y ya quiere la cuarta.
—Cállate o me levanto y te chupo la polla otra vez aquí mismo —contestó ella, pero la voz le salía rota de hambre—. Hugo está a cinco metros.
—Y a ti te da igual. Ábrete un poco más. Quiero tocarte.
Ingrid miró hacia la barra. Hugo de espaldas, Simone todavía en el baño de señoras. Separó las rodillas. La mano de Sergio desapareció bajo el mantel y subió directo, sin rodeos, por la media hasta el encaje roto. Dos dedos se colaron por el lateral de la braga y encontraron el coño empapado, resbaladizo, todavía abierto de la embestida anterior. Ingrid apretó los dientes para no gemir cuando él le metió el dedo medio hasta el nudillo y lo curvó, buscando ese punto que ya conocía.
—Joder… estás hecha un desastre —murmuró él, frotándola despacio—. Mi leche mezclada con tus jugos. Qué puta más guarra, Ingrid. Sentada aquí sonriendo a tu marido con los dedos del mío de tu amiga dentro.
Ella se mordió el labio inferior, el mismo que él le había hinchado a besos. Empujó la cadera un milímetro hacia adelante, pidiendo más sin palabras. Sergio metió un segundo dedo. Los metió y los sacó con ritmo lento, obsceno, el pulgar rozándole el clítoris hinchado cada vez que entraban del todo. Ingrid se agarró al borde de la silla. El corazón le latía en la garganta y en el coño a la vez. Miró a Hugo: seguía en la barra, riendo con el camarero. Simone no volvía.
—Más fuerte —susurró ella, casi sin voz—. Quiero correrme otra vez antes de que vuelvan. Aquí. Con ellos a punto de aparecer.
Sergio obedeció. Los dedos se movieron más rápido, más hondo, el sonido húmedo ahogado por el piano lejano y las conversaciones ajenas. Ingrid se inclinó hacia adelante, fingiendo buscar algo en el bolso, y se corrió en silencio: un temblor largo, el coño apretándose alrededor de los dedos de él, un gemido que se le escapó solo por la nariz. Sergio se los sacó despacio, se los llevó a la boca y los chupó mirándola a los ojos.
—Sabes a traición y a semen —dijo, y le pasó el dedo por el labio inferior para que ella saboreara también—. Ahora vamos a la habitación 412. La reservé esta tarde. Diez minutos. Tú inventas lo que sea. Yo me voy primero.
Ingrid asintió, las piernas todavía blandas. Sergio se levantó, besó a Simone en la mejilla cuando ella regresaba («voy a fumar un cigarro, amor»), y desapareció hacia el ascensor. Ingrid esperó el tiempo justo. Luego se volvió hacia Hugo con la sonrisa más falsa y más caliente que había ensayado en su vida.
—Me duele la cabeza —mintió—. Voy a subir un momento a la habitación a tomarme un ibuprofeno. Vuelvo enseguida.
Hugo ni siquiera levantó la vista del móvil.
—Claro, cariño. Simone y yo pedimos otro whisky.
Ella cruzó el lobby con el vestido pegado al culo y el coño latiéndole. El ascensor olía a madera y a deseo. Piso 4. Pasillo vacío. La puerta 412 estaba entornada. Entró, echó el cerrojo y Sergio ya la esperaba de pie, la polla fuera, dura, brillante de lo que quedaba de saliva y de ella. Sin una palabra la empujó contra la pared, le subió el vestido otra vez y le arrancó del todo las bragas rotas. Esta vez se las metió en el bolsillo.
—Quiero oírte —dijo él, la voz ronca—. Aquí nadie nos oye. Grita si quieres. Dime qué puta eres.
—Soy la puta que se folla al marido de su mejor amiga mientras el suyo espera abajo —jadeó ella, abriéndole la camisa con dedos torpes—. Métela. Ahora. Sin prepararme. Quiero notarte bruto.
Sergio la levantó. Ingrid enroscó las piernas alrededor de su cintura. La polla buscó la ranura y entró de un solo embiste, hasta el fondo, tan hondo que a ella se le escapó un grito real, crudo, de placer puro. Él la folló contra la pared: embestidas secas, profundas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Cada embestida le rozaba el clítoris. Cada retirada le sacaba un hilo de jugos y de la leche anterior. Ingrid se agarró a sus hombros, las uñas clavándose, y le mordió el cuello para no gritar demasiado alto.
—Más… joder, Sergio… así… me partes… quiero que me dejes coja…
Él la bajó, la giró, la puso de cuatro sobre la cama sin ni siquiera quitarle los tacones. Le abrió los glúteos con las dos manos y la embistió por detrás con salvajismo puro. Las pelotas le golpeaban el clítoris hinchado. Una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás; la otra le rodeó la cintura para clavar cada centímetro.
—Mira cómo te follo —gruñó—. El marido de Simone te está abriendo el coño mientras ella bebe whisky con tu marido. ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta traicionarlos así?
—Me encanta —suplicó ella, la voz rota—. Más fuerte. Quiero que me corras dentro otra vez. Quiero bajar con tu leche resbalándome y que Hugo me dé un beso sin saber que estoy llena de ti.
Sergio aceleró. Las embestidas se volvieron irregulares, animales. Ingrid se corrió primero: un orgasmo largo, tembloroso, el coño contrayéndose alrededor de la polla gruesa, un gemido que salió libre esta vez. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose a chorros calientes, latiéndole dentro, el gemido ahogado contra su espalda. Se quedaron así, unidos, sudorosos, el colchón hundido bajo sus rodillas.
Jadeando, se separaron. El semen le resbaló por el muslo en un hilo espeso. Ingrid se dejó caer de lado, el vestido todavía subido a la cintura, el pelo revuelto, los labios hinchados. Sergio se tumbió a su lado y le pasó la mano por el culo, metiendo un dedo despacio entre los labios hinchados, empujando su propia leche de nuevo hacia dentro.
—Todavía no he terminado contigo —susurró—. Cuando bajemos voy a tocarte otra vez bajo la mesa. Y esta noche, cuando Simone se duerma, voy a mandarte un mensaje. Vas a salir al pasillo de tu habitación y te voy a follar otra vez contra la puerta. ¿Quieres?
Ingrid se giró, le miró a los ojos y sonrió con esa mezcla de culpa y triunfo que ya le conocía el cuerpo.
—Quiero. Y quiero que me dejes marcas. Que mañana, cuando Hugo me toque, note que estoy usada. Que Simone me abrace y no sepa que su marido me ha llenado dos veces en la misma noche.
Se levantaron. Ella se limpió a prisa con la toalla del baño de la habitación, se alisó el vestido, se recogió el pelo. Él se abrochó el pantalón, se miró al espejo, se pasó agua por la cara. Antes de salir, Sergio la empujó una última vez contra la puerta y le metió dos dedos en el coño, los sacó brillantes y se los pasó por los labios a ella.
—Baja con este sabor. Y no te limpies del todo. Quiero que sientas mi leche mientras le mientes a la cara a tu marido.
Ingrid salió primero. El ascensor olía ahora a sexo y a mentira. Bajó al lobby con las piernas blandas, el coño latíéndole, el secreto ardiéndole entre los muslos como un segundo pulso. Hugo y Simone seguían en la mesa. Ella se sentó, aceptó el whisky que le ofrecían, sonrió, habló de lo bien que se sentía ya el ibuprofeno. Bajo la mesa, el pie de Sergio volvió a buscar el suyo. Esta vez subió más alto. Y ella no lo detuvo.
Ingrid dejó que el pie de Sergio trepara por la media hasta rozarle la rodilla abierta. El whisky le quemaba la garganta, pero el ardor de verdad le subía desde el coño, todavía abierto y resbaladizo, con la leche de él secándose a medias entre los labios hinchados. Hugo hablaba de no sé qué proyecto en la oficina; Simone reía y le tocaba el brazo a Sergio como si no hubiera pasado nada. Ingrid sonrió, asentó, y debajo del mantel abrió más las piernas para que la puntera del zapato de él le empujara el muslo hacia adentro.
—¿Seguro que ya te encuentras mejor? —preguntó Simone, inclinándose—. Estás muy callada.
—Perfecta —mintió Ingrid, y notó cómo los dedos de Sergio, rápidos, se colaban otra vez bajo el borde del vestido. No pidió permiso. Dos yemas le encontraron la braga ausente y el coño empapado, todavía goteando un hilo fino de semen y jugos. Ella apretó los dientes y empujó la cadera un milímetro hacia adelante. Consentimiento silencioso, urgente, traidor.
Sergio le metió el dedo medio hasta el nudillo y lo curvó. Ingrid se agarró al vaso para no gemir. El piano lejano tapaba el sonido húmedo. Hugo miraba el móvil. Simone pedía más hielo. Los dedos de Sergio se movieron despacio, obscenos, sacando y metiendo, el pulgar rozándole el clítoris hinchado cada vez que entraba del todo. Ingrid pensó en la habitación 412, en cómo la había partido contra la pared, y el remordimiento le duró menos que un segundo. Quería más. Quería que la follara otra vez mientras ellos seguían ahí, a un metro, riendo.
—Voy a fumar —dijo Sergio de pronto, levantándose—. El aire de aquí está denso.
—Te acompaño —soltó Ingrid antes de pensarlo. Hugo alzó una ceja.
—¿Tú fumas ahora?
—Solo esta noche. El whisky me ha puesto rara. Vuelvo en cinco.
Simone se encogió de hombros y le pasó el brazo a Hugo. Ingrid se levantó con las piernas blandas, el vestido pegado al culo, y siguió a Sergio hacia la terraza trasera del hotel. El aire de la noche le golpeó la cara. Estaban solos. Faroles bajos, olor a jazmín y a tabaco viejo. Sergio la agarró de la muñeca y la arrastró detrás de una columna de piedra, fuera del alcance de las cámaras y de las miradas. La empujó contra el muro frío.
—Ábrete —ordenó, voz ronca—. Quiero metértela aquí. Ahora. Que te baje la falda llena de mí otra vez.
Ingrid no dudó. Le bajó la bragueta con dedos torpes, sacó la polla gruesa, ya dura otra vez, venosa, caliente. La rodeó con la mano y la apretó. Sergio le subió el vestido hasta la cintura, le separó los muslos con la rodilla y buscó la ranura. Entró de un embiste seco, hasta el fondo. Ingrid ahogó el grito contra su hombro. Estaba tan resbaladiza que el roce sonó carnoso, real, obsceno en la noche quieta.
—Joder… todavía llena de mi leche y ya te la estás comiendo otra vez —gruñó él, embistiendo profundo, las manos agarrándole el culo con fuerza—. Qué puta más guarra. El marido de tu mejor amiga te está abriendo el coño en la terraza mientras ella se ríe con el tuyo dentro.
—Más fuerte —jadeó Ingrid, enroscando una pierna alrededor de su cadera—. Métela toda. Quiero notarte mañana cuando me siente en la puta junta. Quiero que me dejes marcas.
Sergio la folló de pie, embestidas brutales, el sonido de piel contra piel tapado por el tráfico lejano. Cada embiste le rozaba el clítoris. Cada retirada le sacaba un hilo espeso de jugos y semen anterior. Ingrid se corrió rápido, temblando, el coño apretándose alrededor de la polla gruesa, un gemido largo que él tapó con la boca. Se besaron sucio, lengua, dientes, saliva. Él no paró. La giró, la puso de cara a la columna, le abrió los glúteos y la embistió por detrás con salvajismo puro. Las pelotas le golpeaban el clítoris hinchado. Una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás; la otra le rodeó la cintura para clavar cada centímetro.
—Dime qué eres —exigió, la voz rota de ganas.
—La puta que se folla al marido de Simone mientras Hugo espera abajo —suplicó ella—. La traidora que se corre con tu polla y quiere bajar llena otra vez. Lléname. Hazlo. Quiero sentirlo resbalarme mientras le miento a la cara.
Las embestidas se volvieron irregulares, animales. Ingrid se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo arqueándose, las uñas clavándose en la piedra. Sergio la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose a chorros calientes, latiéndole dentro, el gemido ahogado contra su nuca. Se quedaron unidos unos segundos, sudorosos, el aire de la noche pegándoles a la piel.
Jadeando, se separaron. El semen le resbaló por el muslo interior en un hilo espeso y caliente. Ingrid se limpió a medias con la mano, se alisó el vestido, se recogió el pelo. Sergio se abrochó, se pasó la mano por la cara. Ella se acercó, le dio un beso lento, sucio, sabiendo a sexo y a mentira, y le mordió el labio.
—Todavía no he terminado —susurró él—. Cuando bajemos voy a tocarte otra vez. Y después… he hablado con recepción. La 412 sigue libre hasta mañana. Simone cree que me voy a acostar temprano. Tú inventas lo del dolor de cabeza otra vez. A las dos de la madrugada sales al pasillo. Te voy a follar contra la puerta de tu habitación mientras Hugo ronca a dos metros. ¿Quieres?
Ingrid sintió cómo el coño le latía otra vez solo de oírlo. Asintió, la mirada oscura de hambre.
—Quiero. Y quiero que me dejes el cuello marcado. Que mañana Simone me vea el chupetón y no sepa de dónde sale. Que Hugo me toque y note que estoy usada, abierta, llena de ti.
Bajaron por separado. Ingrid primero. Se sentó, aceptó el whisky que le ofrecían, sonrió, habló de lo bien que se sentía ya el aire fresco. Bajo la mesa el pie de Sergio volvió a buscar el suyo. Esta vez subió más alto, hasta rozarle el coño a través del vestido. Ella no lo detuvo. Al contrario: abrió un poco más las rodillas y dejó que la puntera le empujara el clítoris hinchado. Hugo hablaba de fútbol. Simone reía. Ingrid se mordió el labio inferior y se corrió en silencio otra vez, un temblor largo, el coño contrayéndose vacío, un gemido que se le escapó solo por la nariz. Sergio sonrió por encima del borde de su copa. Esa sonrisa depredadora que solo ella entendía.
Media hora después Simone se levantó «a lavarse las manos» y Hugo fue al baño de caballeros. Sergio se inclinó de inmediato.
—Sube. Ahora. Diez minutos. La 412. Quiero chuparte el coño hasta que te corras en mi lengua y después metértela otra vez hasta que grites.
Ingrid no dudó. Se levantó, besó el aire cerca de la silla de Hugo («voy un segundo al baño de señoras») y cruzó el lobby con el vestido pegado al culo y la leche de Sergio resbalándole otra vez por los muslos. El ascensor olía a madera y a deseo. Piso 4. La puerta 412 estaba entornada. Entró, echó el cerrojo. Sergio ya la esperaba de rodillas en la cama, la polla fuera, dura, brillante. Sin una palabra la empujó hacia atrás, le subió el vestido y le abrió las piernas. La lengua le encontró el coño empapado, lleno de semen y jugos. Chupó profundo, sucio, sin delicadeza: lengua plana, labios, dientes suaves en el clítoris. Ingrid se agarró a su pelo y se corrió en segundos, empujando la cadera contra su boca, un gemido libre esta vez.
—Así… joder… chúpame la puta de tu amiga —jadeó ella—. Trágate lo que me has dejado dentro.
Sergio la chupó hasta que ella tembló otra vez. Luego se levantó, la giró, la puso de cuatro y la embistió de un solo golpe. Embestidas secas, profundas, el colchón crujiendo. Ingrid gritaba bajito, pidiendo más, diciéndole que la partiera, que la llenara, que la dejara coja. Él le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le susurró al oído mientras la penetraba:
—Mira cómo te follo. El marido de Simone te está abriendo el coño mientras ella espera abajo. ¿Qué diría si viera cómo te gotea por mí? ¿Qué diría Hugo si supiera que su mujer se corre gritando con otra polla dentro por tercera vez en la misma noche?
—Que soy una traidora de mierda —suplicó Ingrid, la voz rota—. Y que me encanta. Más… así… no pares. Voy a correrme otra vez. Lléname. Quiero bajar con tu leche resbalándome y que me den un beso sin saber que estoy llena de ti.
Sergio aceleró. Las embestidas se volvieron animales. Ingrid se corrió primero: un orgasmo largo, tembloroso, el coño contrayéndose alrededor de la polla gruesa. Él la siguió, enterrándose hasta el fondo y derramándose a chorros calientes, latiéndole dentro. Se quedaron unidos, sudorosos, jadeando. Sergio le metió dos dedos, empujó su propia leche de nuevo hacia dentro y se los pasó por los labios a ella.
—Baja con este sabor. Y no te limpies. A las dos saldrás al pasillo. Te voy a follar otra vez. Y esta vez te voy a marcar el cuello para que mañana todo el mundo lo vea y nadie sepa de dónde sale.
Ingrid se limpió a medias con la toalla, se alisó el vestido, se recogió el pelo. El coño le latía, abierto, lleno. Bajaron otra vez. Se sentaron. Sonrieron. Hablaron. Bajo la mesa el pie de Sergio ya buscaba el suyo otra vez, más alto, más atrevido. Ella no lo detuvo. El reloj del lobby marcaba casi la una. Quedaba una hora. El secreto le ardía entre los muslos como un segundo pulso, y la certeza caliente de que aquello apenas acababa de empezar le hacía mojarse otra vez solo de pensar en la puerta del pasillo, en Hugo roncando a dos metros, en Simone dormida, y en Sergio metiéndosela hasta el fondo mientras ella mordía el puño para no gritar el nombre que no debía.
Ingrid miró el reloj del lobby una vez más. La una y cuarto. Simone bostezaba contra el hombro de Sergio y Hugo ya tenía los ojos vidriosos del whisky. El pie de él seguía apretándole el clítoris a través de la tela del vestido, despacio, cruel, y ella sentía cómo un nuevo hilo de semen y jugos le resbalaba por el muslo interior cada vez que se movía. El coño le latía abierto, sensible, todavía lleno de las tres corridas anteriores. Pensó en la habitación 412, en la terraza, en el baño, y el remordimiento ya no existía: solo ganas crudas de que la hora llegara.
—Me voy a acostar —anunció Simone, levantándose—. Esta noche ha sido perfecta. Os quiero, críos.
Sergio la besó en la mejilla con una ternura perfecta. Hugo abrazó a Ingrid por la cintura y ella se dejó, oliendo el perfume de su marido mezclado con el rastro de sexo que aún le subía desde entre las piernas. Subieron juntos en el ascensor. Piso 3 para Hugo e Ingrid; piso 5 para Sergio y Simone. En el rellano, Sergio le rozó la mano un segundo, el dedo índice todavía con el sabor de ella, y le susurró sin mover los labios:
—Dos en punto. Pasillo. No te laves.
La puerta de la 307 se cerró. Hugo se desnudó a medias, se tumbó y en menos de tres minutos roncaba con la boca abierta. Ingrid se quedó de pie junto a la cama, el vestido todavía puesto, las bragas ausentes en el bolsillo de Sergio desde hacía horas. Se miró en el espejo del baño: labios hinchados, un chupetón morado empezando a formarse bajo la oreja izquierda, el cuello marcado donde él le había mordido. Se pasó dos dedos por el coño, los sacó brillantes de leche espesa y se los llevó a la boca. Sabía a traición y a él. Se corrió otra vez así, de pie, temblando en silencio mientras Hugo roncaba a tres metros.
A las dos menos cinco salió descalza. El pasillo olía a alfombra y a silencio de hotel. La luz era baja, amarilla. Sergio ya estaba apoyado contra la pared frente a la 307, camisa abierta, pantalón desabrochado, la polla dura y gruesa asomando. No dijo nada. La agarró del cuello y la besó como si quisiera comérsela: lengua profunda, dientes, saliva. Ingrid gimió dentro de su boca y él la giró, la empujó de pecho contra la puerta de su propia habitación. El frío de la madera le pegó a las tetas a través del vestido.
—Ábrete —ordenó, voz ronca apenas un susurro—. Quiero oírte ahogada. Quiero que sepas que tu marido está a un metro y yo te estoy follando la puta cara contra su puerta.
Ella levantó el vestido hasta la cintura. Sergio le separó los glúteos con las dos manos y la embistió de un solo golpe seco, hasta el fondo. Ingrid ahogó el grito mordiéndose el dorso de la mano. Estaba tan resbaladiza, tan abierta de las corridas anteriores, que el roce sonó obsceno en el pasillo vacío: carne húmeda, piel contra piel. Él la folló despacio primero, profundo, cada embestida empujándola contra la puerta. La madera crujía un milímetro. Hugo seguía roncando al otro lado.
—Dime —exigió Sergio, tirándole del pelo para que arquease el cuello—. Dime qué eres mientras te la meto entera.
—La puta de tu amiga —jadeó ella, la voz rota—. La que se deja abrir el coño en el pasillo mientras su marido ronca. Métela más fuerte. Quiero que me dejes el culo marcado. Quiero bajar mañana coja y que Simone me pregunte por qué cojeo.
Sergio aceleró. Embestidas brutales, las pelotas golpeándole el clítoris hinchado, una mano rodeándole la cintura para clavar cada centímetro. Ingrid se corrió rápido, el cuerpo entero temblando, el coño apretándose alrededor de la polla gruesa en espasmos largos. Él no paró. La giró, la levantó, le enroscó las piernas a la cintura y la embistió de pie contra la pared del pasillo. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. El semen anterior le goteaba por el culo y le manchaba los muslos. Sergio le mordió el cuello otra vez, más fuerte, dejando un chupetón oscuro justo donde el vestido no lo taparía.
—Voy a correrme dentro otra vez —gruñó—. Y después te voy a chupar el coño hasta que me tragues lo que te dejo. ¿Quieres?
—Quiero —suplicó Ingrid—. Lléname. Quiero sentirla resbalarme mientras me acuesto al lado de Hugo. Quiero que mañana, cuando me duche, todavía me salga tu leche.
Las embestidas se volvieron irregulares, animales. Sergio se enterró hasta el fondo y se derramó a chorros calientes, latiéndole dentro, el gemido ahogado contra su hombro. Ingrid se corrió con él, un orgasmo seco y largo que le dobló las rodillas. Se quedaron unidos unos segundos, sudorosos, el pasillo en silencio absoluto salvo por su respiración entrecortada.
Sergio la bajó despacio. Se arrodilló delante de ella, le abrió los labios hinchados con los pulgares y chupó. Lengua plana, sucia, recogiendo su propia leche mezclada con los jugos de ella. Ingrid se agarró a su pelo y empujó la cadera contra su boca, corriéndose otra vez en silencio, las piernas temblando. Él se levantó, le pasó dos dedos brillantes por los labios y ella los chupó enteros.
—Mañana —susurró él—. Cuando Simone vaya al spa. Te mando la habitación. Te voy a follar hasta que no puedas caminar. ¿Vienes?
Ingrid asintió, la mirada oscura, el cuello marcado, el vestido manchado por dentro. Se besaron una última vez, lento, sucio, sabiendo a semen y a mentira. Sergio se abrochó el pantalón y desapareció por la escalera de servicio. Ella se quedó un momento apoyada contra la puerta, el coño latiéndole, un hilo espeso resbalándole otra vez por el muslo hasta la rodilla.
Entró en la 307. Hugo seguía roncando, boca abierta, ajeno. Ingrid se quitó el vestido, se metió en la cama desnuda y se acurrucó de espaldas a él. Sentía la leche de Sergio saliéndole despacio, manchándole las sábanas entre las piernas. Se pasó la mano por el cuello marcado, por el clítoris todavía hinchado, y sonrió en la oscuridad con esa mezcla de culpa y triunfo que ya le pertenecía del todo.
El reloj marcaba las dos y veinte. Afuera, el hotel callaba. Solo quedaba el leve ronquido de Hugo y, debajo de todo, el pulso lento y caliente entre sus muslos, el secreto que ya no era secreto para ella, solo una certeza quieta. Ingrid cerró los ojos. El silencio del pasillo se coló por debajo de la puerta y se quedó allí, denso, absoluto, mientras el semen se enfriaba en su piel y la noche seguía sin decir nada.
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