Susurros en el Acuario: Por Favor, Tómalo Mientras Él Mira
Fiona, de 32 años, se deja follar duro por el guía Bruno de 28 contra el cristal del acuario mientras su marido Carlos, de 35, se masturba mirando
El acuario marino olía a sal y a humedad fresca cuando las luces tenues del pasillo se encendieron solo para ellos. Fiona, de treinta y dos años, ajustó el escote de su vestido negro ceñido mientras Carlos, su marido de treinta y cinco, firmaba el último papel de la visita privada nocturna. El silencio del edificio cerrado al público hacía que cada gota de agua en los filtros sonara como un susurro indecente.
Bruno apareció desde la oscuridad del pasillo de los tiburones. Veintiocho años, hombros anchos bajo la camisa azul del personal, mandíbula marcada y una sonrisa que no pedía permiso. Sus ojos recorrieron a Fiona de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en la curva de sus pechos y en la forma en que la tela se pegaba a su culo.
—Bienvenidos —dijo con voz grave, extendiendo la mano primero a Carlos y luego a Fiona, reteniendo la de ella un segundo de más—. Soy Bruno. Esta noche el océano es solo vuestro… y mío.
Fiona sintió el calor de esa mano callosa y no la soltó de inmediato. Carlos lo notó. El pulso de su marido se aceleró contra la suya cuando entrelazaron los dedos al caminar.
Bruno los guió hacia el gran túnel de cristal. Bancos de peces plateados cruzaban sobre sus cabezas. Se detuvo junto a Fiona, tan cerca que ella olió su colonia amaderada mezclada con salitre.
—Ese vestido te queda criminal —murmuró sin bajar la voz del todo—. Si yo fuera tu marido, no te sacaría de casa… o te sacaría solo para que todos vieran lo que es mío.
Carlos soltó una risa baja, tensa. Fiona se giró hacia él, sorprendida, y encontró en sus ojos oscuros algo que llevaba años sospechando: hambre pura.
Mientras Bruno se adelantaba un par de pasos para señalar un cardumen de medusas, Carlos se pegó a la espalda de su esposa y le susurró contra la oreja, la respiración caliente:
—Siempre he fantaseado con esto, Fi. Ver cómo te follan. Cómo otro tío te abre las piernas y te llena mientras yo miro. Joder, se me pone dura solo de pensarlo.
Fiona se estremeció. El cristal frío le rozaba los pezones endurecidos a través de la tela. Miró a Bruno de reojo: el guía se había vuelto y los observaba con una media sonrisa sabiendo exactamente lo que ocurría.
—Carlos… —susurró ella, la voz ronca—. A mí también me pone. Imaginar que me toman delante de ti… que me usan mientras tú te corres mirándome.
Se miraron. La confesión flotó entre ellos como el plancton luminoso del tanque. Carlos apretó el culo de Fiona por encima del vestido, un apretón posesivo y al mismo tiempo oferente.
—Entonces no finjas que no te gusta cómo te mira —dijo él—. Porque a mí me encanta.
Bruno regresó. Su pecho rozó deliberadamente la espalda de Fiona cuando se inclinó para hablarles del tiburón martillo que pasaba. La mano del guía bajó, fingiendo señalar algo, y los dedos le rozaron la cadera, el costado, el borde inferior del pecho. Fiona no se apartó. Carlos tampoco.
—Me gustaría hacerte muchas cosas contra este cristal —susurró Bruno directo al oído de ella, la voz solo para los tres—. Levantarte el vestido, bajarte la braga hasta los tobillos y meterte la polla hasta que grites. Que tu marido vea cómo se te pone la cara cuando te doy tan profundo que se te doblan las rodillas. ¿Te gustaría eso, Fiona? ¿Que te folle duro mientras él se toca?
Carlos asintió. La mirada hambrienta, la boca entreabierta. Se pasó la lengua por el labio inferior y dijo en voz clara, aunque baja:
—Hazlo. Anímate, Fi. Déjate llevar. Quiero verlo. Quiero ver cómo te la mete.
El permiso cayó como una piedra en agua quieta. Fiona sintió el chorro de lubricación empaparle el slip. El corazón le golpeaba en la garganta y en el coño al mismo tiempo. Se giró hacia Bruno. Por un segundo solo se miraron: ella la esposa de otro, él el guía que ya sabía que esta noche no terminaría hablando de peces.
Fiona lo agarró por la camisa y lo besó.
Fue un beso sucio, abierto, de lengua inmediata. Bruno respondió con un gruñido, una mano en su nuca y la otra bajando a apretarle el culo con fuerza, subiéndole el vestido unos centímetros. Carlos estaba a menos de un metro, respirando agitado, los ojos fijos en cómo la boca de su mujer se abría para otro hombre. Fiona gimió dentro del beso cuando sintió la erección de Bruno presionarle el vientre, gruesa y dura a través del pantalón.
Se separaron solo lo necesario para respirar. Un hilo de saliva quedó uniendo sus labios un instante.
—Joder —jadeó Fiona, la voz ya rota de excitación—. Carlos… míranos.
—Os miro —respondió su marido, la mano ya metida dentro de sus propios pantalones, frotándose la polla sin vergüenza—. Sigue. Quiero más.
Bruno la giró de espaldas a él, pechos contra el cristal frío del acuario. Un tiburón gris pasó despacio al otro lado, ajeno. Las manos del guía subieron por las costillas de Fiona, le palparon los pechos con torpeza hambrienta, le pellizcaron los pezones duros hasta arrancarle un gemido.
—Voy a dejarte el coño goteando y marcado —le dijo Bruno contra el cuello, mordisqueándole la piel—. Voy a follarte tan fuerte que el cristal se empañe con tu aliento. Y tu marido va a correrte la cara con su leche mientras yo todavía estoy dentro.
Fiona empujó el culo hacia atrás, buscando la polla de Bruno. Estaba empapada, las bragas inútiles. Carlos se había acercado aún más; podía oler el perfume de su esposa mezclado con el aroma a sexo que ya empezaba a impregnar el aire acondicionado del túnel.
—Por favor —dijo Fiona de pronto, clara, mirando a su marido y luego a Bruno por encima del hombro—. Fóllame aquí mismo. Ahora. Quiero que me la metas mientras Carlos nos mira. Quiero sentirla entera. Por favor, tómalo… tómalo mientras él mira.
Bruno sonrió contra su cuello. Carlos soltó un quejido gutural y se sacó del todo la polla, gruesa y venosa, ya brillante de líquido preseminal, y empezó a masturbarse con movimientos lentos y deliberados a menos de un metro de distancia.
Las luces azules del acuario parpadeaban suaves. El agua se movía al otro lado del cristal. Fiona abrió más las piernas, el vestido ya subido hasta la cintura, y esperó el siguiente movimiento con el coño palpitando y la respiración entrecortada, sabiendo que lo que venía iba a romper algo hermoso entre los tres… y que ninguno de ellos quería detenerlo.
Bruno no esperó más. Con un movimiento brusco le bajó las bragas empapadas hasta los tobillos y Fiona las pateó a un lado sin miramientos. El aire fresco del túnel le rozó el coño hinchado y resbaladizo. Carlos se acercó hasta quedar a centímetros, la polla en la mano, los ojos clavados en el culo redondo de su mujer mientras Bruno se desabrochaba el pantalón y sacaba una verga gruesa, oscura, con la cabeza ya brillante de precum.
—Mírala —gruñó Bruno hacia Carlos—. Tu puta esposa chorreando por un desconocido.
Fiona apoyó las palmas y las tetas contra el cristal frío. Un banco de peces plateados pasó justo al otro lado de su cara. Sintió la punta caliente de Bruno rozándole los labios hinchados, buscando, y después el empujón seco que le abrió el coño de un solo tajo. Un gemido largo se le escapó de la garganta cuando aquella polla le estiró las paredes hasta el fondo.
—Joder, qué apretada —escupió Bruno, agarrándola de las caderas con fuerza—. Esta casada se te moja que da gusto, Carlos. Escucha cómo chasca.
Empezó a follarla sin piedad, embestidas profundas y rápidas que hacían rebotar el culo de Fiona contra su pelvis. El cristal se empañaba con el aliento de ella. Cada embestida la aplastaba más contra el vidrio; los pezones duros le dolían del frío y del roce. Carlos se masturbaba a dos palmos de su cara, la mano subiendo y bajando por su propia polla venosa, la respiración entrecortada.
—Así, Bruno… rómpela —jadeó Carlos—. Fóllale el coño de casada delante de mí. Mírala, Fi, cómo te ponen de puta las miradas. Se te ve la cara de zorra cuando te la meten entera.
Fiona gemía con la boca abierta, babeando un poco contra el cristal. Sentía cada vena de aquella verga rozándole el punto dulce, el choque húmedo de la piel, el olor a sexo y salitre. Bruno le agarró el pelo y le torció la cabeza para que mirara a su marido.
—Dile lo que eres —ordenó el guía, martilleándola sin parar—. Dile que te encanta que te usen mientras él se toca la polla.
—Soy… soy tu puta caliente, Carlos —soltó ella entre embestidas—. Me gusta que me follen duro delante de ti… que me llenen el coño mientras te corres mirándome. Más fuerte, Bruno, joder, más fuerte…
Bruno le dio una palmada seca en el culo y aceleró. El sonido obsceno de la polla entrando y saliendo del coño chorreante llenaba el túnel. Fiona se corrió primera, las piernas temblando, el coño apretando a ráfagas alrededor de aquella verga gruesa mientras un tiburón pasaba indiferente al otro lado del cristal. Carlos soltó un gemido gutural al verla venirse, la mano volando más rápido sobre su rabo.
Bruno se salió de golpe, la polla reluciente de jugos. Agarró a Fiona por los hombros y la empujó de rodillas al suelo frío del túnel.
—Ahora chúpamela —le dijo, presentándole la verga a la boca—. Limpia el coño de tu mujer de mi polla, Carlos. Mírala tragar.
Fiona abrió la boca sin dudar y se embutió aquella polla gruesa hasta la garganta. El sabor a su propio coño mezclado con el precum salado de Bruno le hizo gemir alrededor del glande. Carlos se arrodilló al lado, masturbándose casi rozándole la mejilla, observando cómo los labios de su esposa se estiraban alrededor de otro hombre.
—Qué puta más sucia —susurró Carlos, voz rota de excitación—. Trágatela entera, Fi. Quiero ver cómo te corre en la boca. Quiero catar eso después.
Bruno le agarró la cabeza con las dos manos y la usó, embistiéndole la garganta con embestidas cortas y profundas. Fiona bababa, lágrimas de esfuerzo en los ojos, las manos apoyadas en los muslos del guía. Cada vez que Bruno se hundía hasta el fondo ella hacía ruidos ahogados y húmedos, la saliva escurriéndole por la barbilla hasta los pechos que se le salían del escote.
—Me corro —advirtió Bruno entre dientes—. Abre bien, zorra.
Se tensó y se descargó a chorros densos dentro de la boca de Fiona. Ella lo sintió golpear la lengua, caliente y espeso, y se quedó quieta, guardando la leche, tragando solo un poco para no ahogarse. Bruno se retiró con un hilo de semen uniendo aún su polla a los labios hinchados de ella. Fiona miró a Carlos con la boca llena, los ojos brillantes de puta satisfecha, y abrió un poco para que viera el blanco viscoso en su lengua.
—No te lo tragues del todo todavía —dijo Carlos, la voz ronca—. Quiero más.
Bruno se dejó caer de espaldas sobre el suelo del túnel, la polla todavía semi-dura y resbaladiza. Fiona no necesitaba órdenes: se subió a horcajadas, recogió el vestido hasta la cintura y se guió la verga otra vez al coño goteante. Se la clavó de un golpe y empezó a cabalgar salvaje, rebotando el culo, las tetas saltándole fuera del escote. Carlos se puso detrás de ella, le sujetó las caderas con fuerza y la empujó hacia abajo cada vez que ella bajaba, haciéndola tragar aquella polla hasta el fondo.
—Eso, mi puta caliente —le siseó al oído mientras la rebotaba sobre Bruno—. Mírate montando la polla de otro delante de tu marido. Se te ve el coño tragándosela. Eres una zorra de acuario, Fi. Una casada que se deja llenar mientras yo te digo lo puta que eres. Cabálgalo más fuerte. Quiero oír cómo te chapotea el coño.
Fiona cabalgaba como poseída, el semen de la boca aún pesándole en la lengua, el coño haciendo ruidos obscenos cada vez que bajaba hasta aplastar los huevos de Bruno. Carlos le pellizcó los pezones, le mordió el hombro y le habló sucio sin parar:
—Tómatela toda. Quiero que se te salga la leche por los muslos después. Eres mía y le dejo usarte porque me pone vergonzosamente dura verte convertida en puta de alquiler. Más profundo, joder… siento cómo te tiembla el culo cuando te llega al fondo.
Bruno agarró las caderas de Fiona por delante y empezó a empujar hacia arriba, coincidiendo con las bajadas de ella. El choque era brutal. Fiona se corrió otra vez, gritando contra el pecho de su marido, el coño contrayéndose en espasmos que exprimían la polla de Bruno. Carlos le sujetaba la cintura, la mantenía clavada, obligándola a sentir cada pulso.
—Dentro —jadeó Bruno—. Me corro dentro de tu mujer, Carlos.
—Llénala —ordenó el marido—. Márquale el coño.
Bruno se arqueó con un gemido gutural y se vació a chorros profundos dentro de Fiona, la polla latiendo mientras le bombeaba la leche caliente al fondo del útero. Fiona lo sintió todo: el calor, el volumen, el goteo que ya empezaba a escurrirle por los muslos cuando se movió un poco. Se quedó un segundo clavada, temblando, el coño lleno.
Después se bajó despacio. El semen de Bruno le resbaló por la entrepierna en un hilo grueso y blanco. Se giró hacia Carlos, se le echó encima de rodillas y lo besó con la boca todavía llena del primer corrido. La lengua de Carlos entró de inmediato, lamiendo y compartiendo el sabor a sal y a puta de su esposa. Fiona le pasó el semen a la boca de su marido en un beso sucio y baboso, y cuando se separaron un hilo blanco los unía aún.
—Esto es solo el comienzo —le susurró ella contra los labios, la voz ronca y cargada de leche ajena—. Nuestras nuevas aventuras de hotwife. Quiero que me follen más. Quiero que me mires mientras me usan. Quiero volver a casa con el coño goteando de otros tíos y que me lo limpies tú con la lengua.
Carlos se corrió en ese mismo instante, sin tocarse casi, la polla soltando chorros calientes sobre el suelo del túnel y sobre el muslo de Fiona. Bruno se rio bajo, todavía tumbado, recuperando el aliento.
Los tres se levantaron. Fiona se subió las bragas sin limpiarse, dejándose el semen resbalarle entre los labios del coño y por los muslos. Se ajustó el vestido. Carlos se abrochó la bragueta con la mano aún pringosa. Bruno se metió la polla dentro del pantalón del personal, la camisa desordenada. Sonreían los tres, el aire espeso a sexo y a sal.
Los peces nadaban indiferentes al otro lado del cristal. Fiona se limpió un resto de leche de la comisura con el dedo, se lo chupó mirando a los dos hombres y soltó, voz baja y filosa:
—La próxima vez quiero las dos pollas a la vez: una en el coño y otra hasta la garganta, y que me dejen la cara y el culo chorreando como la puta casada que soy.
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