Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Rendición Deliberada en la Casa Flotante

Dos pescadores de 32 y 28 años se entregan a un sexo salvaje y consentido en una casa flotante del Paraná.

12 min read October 01, 2026New

El sol de enero caía a plomo sobre el Paraná, un disco blanco que hacía brillar el agua como si estuviera hirviendo. La casa flotante se mecía apenas contra el ancla, amarrada a unos cuantos metros de la costa de sauce y camalote. Dentro, el aire era espeso, olía a gasoil, a madera caliente y a sudor de hombre.

Marco, de treinta y dos años, pescador de toda la vida, estaba de pie junto a la baranda de la cubierta abierta, camiseta negra pegada al pecho ancho, brazos bronceados y forrados de músculo de tanto tirar redes. Miraba a Diego sin disimulo. Diego tenía veintiocho, mecánico naval, y llevaba tres días subiendo y bajando del motor fuera de borda para dejarlo ronroneando otra vez. En ese momento se enderezó, se limpió la frente con el antebrazo y, sin mirar a nadie, se agarró el bajo de la remera empapada y se la quitó de un tirón.

El torso quedó al descubierto: pecho liso, abdominales marcados por el trabajo, una línea de vello oscuro que bajaba por el centro del vientre y se perdía bajo el elástico de los pantalones cortos. Un hilo de sudor le resbalaba entre los pectorales. Marco tragó saliva. Llevaba meses fantaseando con ese cuerpo cada vez que Diego aparecía en el muelle a revisar motores ajenos. Ahora lo tenía solo, a dos metros, oliendo a grasa y a calor.

Diego notó la mirada. Se pasó la lengua por el labio inferior, lento, y sonrió de lado.

—¿Te gusta el espectáculo, Marco, o solo estás controlando que no te robe una herramienta?

La voz le salió ronca, picante. Marco no apartó los ojos.

—Me gusta más de lo que debería. Hace calor de puta madre y vos te sacás la remera como si no supieras lo que provocás.

Diego dio un paso hacia él. El olor a su piel se mezcló con el del río.

—Y vos me mirás como si quisieras comerme crudo. ¿Cuánto hace que te la reventás pensando en mí?

Marco soltó una risa baja, casi un gruñido.

—Meses. Cada puta noche. Te veo reparando motores y me imagino abriéndote las piernas sobre esta misma cubierta.

El silencio que siguió fue espeso. Diego se acercó otro poco hasta que sus pechos casi se rozaban. El roce de la piel sudada fue eléctrico.

—Decilo claro —murmuró Diego—. Sin vueltas.

Marco inclinó la cabeza, la voz hecha grava:

—Quiero follarte. Quiero metértela entera y sentir cómo te abrís para mí. ¿Eso es suficientemente claro?

Diego exhaló temblando. Sus dedos subieron y rozaron la tela húmeda que cubría el pecho de Marco.

—Llevo semanas pajándome con eso en la cabeza. Me corro pensando en rendirme, en que me uses como se te cante. Quiero que me folles, Marco. Acá. Ahora.

No hizo falta más. Marco lo agarró de la nuca y lo besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labio. Diego respondió igual de voraz, empujando la cadera adelante. Las pollas ya duras se encontraron a través de los pantalones cortos: el bulto grueso de Marco contra la erección tensa de Diego. Se frotaron sin pudor, manos bajando, apretando, midiendo. Marco metió la mano bajo el elástico y palpó la verga de Diego, caliente, húmeda en la punta. Diego gimió dentro de la boca del otro y le devolvió el favor, rodeando con la palma la polla gruesa de Marco por encima de la tela y después dentro, sacándola casi por completo.

—Mierda… —jadeó Marco—. Si seguís así me la voy a acabar en la mano.

—Entonces usame la boca —respondió Diego, y se arrodilló sobre la madera caliente de la cubierta.

Le bajó el short de un tirón. La verga de Marco saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza rojiza y brillante de precum. Diego no perdió tiempo. Abrió la boca y se la tragó hasta el fondo, garganta abierta, nariz contra el vello púbico. El olor a hombre y a sudor le llenó la cabeza. Chupó con glotonería, saliva espesa corriendo por la base, manos en las caderas musculosas de Marco. Este le enredó los dedos en el pelo oscuro y tironeó, no para lastimar, sino para guiar.

—Qué puta te ves así… arrodillado, tragándomela entera. Mirá cómo se te estiran los labios. Más profundo. Eso… tomala toda.

Diego gorgoteó alrededor de la polla, ojos entrecerrados, la propia erección palpitándole contra el short aún puesto. Cada embestida de cadera de Marco le llenaba la garganta; saliva y precum le resbalaban por la barbilla hasta el pecho. Cuando el ritmo se volvió casi imposible de soportar, Marco lo soltó del pelo y lo levantó.

—En cuatro. Ahora.

Diego obedeció sin dudar. Se puso a cuatro patas sobre la cubierta de madera, short bajado hasta los muslos, culo al aire. El sol le calentaba la espalda. Marco se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y le escupió en el agujero. Dos dedos entraron de golpe, gruñendo de placer al sentir lo apretado y caliente que estaba. Diego arqueó la espalda y empujó hacia atrás.

—Más… abrime bien… quiero sentirla ya.

Marco añadió un tercero, moviéndolos en tijera, lubricando con saliva. Cuando lo sintió lo bastante abierto, alineó la cabeza gruesa de su polla y empujó. Entró crudo, de una sola embestida profunda que arrancó un grito ahogado de Diego. El calor lo envolvió todo: la carne apretada, el temblor de las piernas del otro, el sonido húmedo de la fricción.

—La puta madre… qué estrecho estás —gruñó Marco, y empezó a follarlo en serio.

Embestidas brutales, caderas chocando contra el culo, nalgadas secas que dejaban la piel enrojecida. Alternaba entre folladas hondas y tirones hacia atrás de las caderas de Diego para clavársela hasta las bolas. Diego gemía sin freno, cara contra el antebrazo, pidiendo más.

—Así… más fuerte… usame… rompeme si querés… me estoy por correr…

No se tocó. La fricción de la madera bajo su polla y el ángulo brutal de Marco bastaron. Se corrió con un gemido largo, semen salpicando la cubierta entre sus rodillas, el culo contrayéndose alrededor de la verga que lo llenaba. Marco no se detuvo; lo folló a través del orgasmo, sintiendo cada espasmo, hasta que el cuerpo de Diego se aflojó temblando.

Entonces lo ayudó a darse vuelta y a montarlo. Marco se recostó de espaldas sobre una toalla que había tirado al piso de la cubierta. Diego se sentó a horcajadas, guió la polla todavía dura hacia su agujero y se la embistió de un solo descenso. Ambos gimieron. Diego empezó a cabalgarlo con fuerza, manos apoyadas en el pecho sudado de Marco, culo subiendo y bajando, tragándose la verga entera una y otra vez. El ritmo se volvió salvaje, el sonido de piel contra piel mezclado con el chapoteo lejano del río.

—Mirame mientras te corro adentro —ordenó Marco, manos agarrándole las caderas para empujarlo más abajo.

Diego no apartó la vista. Cabalgó hasta el borde. Marco se tensó, gruñó el nombre de Diego y se vació profundo, chorros calientes llenándolo. El pulso de esa corrida empujó a Diego otra vez: se corrió sin mano, semen blanco salpicando los abdominales de Marco, chorros que le resbalaron por los costados del pecho. Siguieron moviéndose unos segundos más, lentos, exprimiendo cada gota, hasta que el temblor los dejó quietos.

Diego se quedó sentado sobre él, la polla de Marco todavía enterrada, palpitando. El aire olía a sexo y a río. Marco se incorporó un poco, rodeó la cintura del otro con un brazo y le besó los hombros con una ternura que contrastaba con la salvajada de minutos atrás. Labios suaves sobre la piel marcada de sol, besos lentos en la nuca, en la curva del cuello.

—Quedate así un toque —murmuró contra su piel—. Todavía te siento caliente alrededor mío.

Se limpiaron mutuamente con la toalla que tenían a mano: Marco le secó el semen de los muslos y del culo, Diego le limpió el pecho y el vientre. La toalla quedó manchada, el sol seguía pegando. Ninguno se apuró a vestirse. La casa flotante se balanceaba suave. Diego, todavía con la verga de Marco dentro, semi-blanda pero presente, apoyó la frente contra la de él.

—Esto no se termina acá —dijo en voz baja, casi una promesa—. Hay cosas que todavía no te hice… y cosas que quiero que me hagas otra vez cuando baje el sol.

Marco sonrió contra su boca, las manos todavía firmes en las caderas de Diego, sintiendo el pulso lento del río y el calor que no se había ido del todo entre los dos. El ancla seguía clavada. El resto del día —y lo que viniera después— todavía estaba por escribirse sobre esa misma madera.

El sol ya no pegaba de frente; se había corrido hacia el oeste y teñía el río de un naranja sucio cuando Diego se levantó despacio, dejando que la polla de Marco se deslizara fuera con un sonido húmedo y pesado. El semen le resbaló por el muslo interno y le goteó hasta la rodilla. Se limpió con dos dedos y se los chupó sin avergonzarse, mirando a Marco a los ojos.

—Todavía te saboreo —dijo, voz ronca—. Y todavía me duele el culo de lo bien que me la metiste. Quiero más.

Marco se sentó, el pecho brillante de sudor y de la corrida ajena. Le agarró la muñeca y lo atrajo de nuevo hacia abajo.

—Bajá la persiana del lado de la costa. No quiero que ningún boludo del muelle se asome y se pajee con lo que te voy a hacer.

Diego obedeció. La casa flotante quedó en penumbra dorada, solo el chapoteo del agua contra el casco y el zumbido lejano de un motor fuera de borda. Cuando volvió, Marco ya estaba de pie, la verga otra vez a medio palo, pesada y venosa. Lo empujó contra la pared de madera de la cabina, pecho contra pecho, y le mordió el cuello lo bastante fuerte para dejar marca.

—Me dijiste que hay cosas que todavía no me hiciste. Mostrame.

Diego se arrodilló de nuevo, pero esta vez no fue solo a chupar. Le dio la vuelta a Marco, le separó las nalgas y le pasó la lengua por el culo con una glotonería que hizo que el más grande gruñera alto. Lamió, metió la lengua, baboseó el agujero apretado mientras se manoseaba la propia polla. Marco se arqueó, manos abiertas contra la pared.

—La concha de tu madre… nadie me había… así…

Diego se incorporó, escupió en la palma y se untó los dedos. Le metió dos de una, buscó y encontró ese punto que hizo temblar las piernas de Marco.

—Quiero metértela yo también. ¿Me dejás?

—Sí. Mete. Abrime y follame como un animal.

No hubo más palabras. Diego lo guió hasta el colchón estrecho de la cabina, lo puso a gatas y le escupió otra vez en el culo. La cabeza de su verga, todavía manchada del semen anterior, empujó y entró con un gemido ahogado de los dos. Diego no fue suave. Empezó a embestir fuerte desde el primer segundo, caderas chocando, manos clavadas en las caderas anchas de Marco, follándolo con la misma savajada con la que había sido follado minutos antes.

—Tomala… así te siento por dentro… tan apretado… tan puto para mí…

Marco empujaba hacia atrás, pidiendo más profundo, más bruto. El colchón crujía. El olor a sexo se espesó otra vez: sudor, semen viejo, madera caliente. Diego se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le rodeó el pecho con un brazo mientras lo taladraba sin piedad. La verga de Marco rebotaba contra el abdomen, goteando precum sobre las sábanas.

—Me voy a correr otra vez —jadeó Marco—. Adentro mío. Llename.

Diego aceleró, gruñendo, y se vació profundo, chorros calientes que hicieron que Marco se corriera también, sin tocarse, el orgasmo arrancándole un grito ronco contra la almohada. Quedaron temblando, unidos, el pulso del río entrando por las ventanas abiertas.

Pero no se detuvieron. Todavía con el semen escurriendo, Marco lo volteó, lo montó a horcajadas boca abajo y le metió tres dedos de una, abriéndolo de nuevo mientras le chupaba los huevos. Diego se retorcía, medio riendo, medio gimiendo.

—No puedo más… sí puedo… rompeme otra vez…

Marco le untó el culo con el semen que le salía, alineó su verga ya recuperada y entró de un solo golpe. Esta vez el ritmo fue más lento al principio, casi cruel de tan profundo, cada embestida haciendo que Diego soltara sonidos rotos. Después se volvió salvaje otra vez: nalgadas, tirones de pelo, palabras sucias que salían como gruñidos.

—Sos mío esta tarde. Este culo es mío. Esta boca. Todo. Decilo.

—Es tuyo… usame… follame hasta que no pueda caminar…

Diego se corrió por tercera vez contra el colchón, el cuerpo sacudido, el culo contrayéndose alrededor de la verga gruesa que lo llenaba. Marco lo siguió segundos después, vaciándose otra vez adentro, empujando hasta las bolas, quedándose enterrado mientras el último temblor los atravesaba.

Cayeron de costado, pegados, respirando como si hubieran corrido kilómetros. El sol ya se había ido del todo; solo quedaba la luz azul del atardecer filtrándose. Se limpiaron a medias con la misma toalla manchada, se pasaron las manos por la piel, se besaron lento, casi tierno, contrastando con la brutalidad de antes. Diego apoyó la cabeza en el pecho de Marco y escuchó el corazón todavía acelerado.

—Quedate la noche —murmuró Marco—. El ancla está bien. Hay cerveza fría y un par de milanesas en la heladera. Después te vuelvo a abrir cuando quieras.

Diego no contestó de inmediato. Pasó la palma por el abdomen de Marco, sintiendo el semen secándose, el calor compartido. Afuera un pez saltó y el chapoteo sonó demasiado nítido. Se incorporó un poco, se pasó una mano por la cara y miró hacia la ventana, hacia la costa de sauce que ya se veía negra.

—No sé si puedo —dijo al fin, la voz más baja, casi rocosa—. Esto… fue demasiado bueno. Demasiado real. Mañana tengo que bajar al muelle, arreglar el motor del viejo Ramírez y hacer como si no te hubiera tenido adentro tres veces. Como si no me hubieras dejado las piernas blandas y la cabeza hecha un lío.

Marco frunció el ceño, todavía con la mano en la cintura de Diego.

—¿De qué hablás? Hace meses que nos miramos. Hoy lo hicimos. Nadie se muere por cogerse a un amigo.

Diego se rió sin ganas, se sacó la mano de encima y se sentó al borde del colchón. Semen le corría todavía por el muslo. Se limpió con un gesto brusco.

—No es eso. Es que yo… no sé si quiero solo esto. Y vos me mirás como si yo fuera la puta perfecta de la cubierta y nada más. Cuando baje el sol me pedís que te folle y que te deje lleno, y está bien, me encanta, pero después de correme adentro tres veces me das ganas de quedarme y eso me asusta. Porque mañana vas a querer redes y yo voy a querer algo que vos capaz no tenés para dar.

El silencio se hizo denso otra vez, pero ya no era el de antes. Marco se incorporó, la verga blanda contra el muslo, y buscó las palabras. No las encontró del todo.

—Diego…

—No digas nada —cortó él, poniéndose de pie y buscando el short por el suelo—. Fue lo que queríamos. Me rendí como te pedí. Vos también. Ahora me duele el culo, me sabés en la boca y me queda la duda de si mañana voy a poder mirarte sin querer que me vuelvas a abrir o sin querer que me digas algo que no vas a decir. Mejor me voy antes de que se haga de noche del todo.

Se vistió en silencio. Marco se quedó sentado en el colchón, sintiendo el vacío del semen secándosele en la piel y algo más pesado en el pecho. Diego se agachó un segundo, le besó la boca una última vez —lento, con lengua, con arrepentimiento ya metido en el beso— y se separó.

—Si algún día querés más que solo follarme salvaje en esta casa, sabés dónde encontrarme. Si no… fue un puto buen atardecer.

Salió a la cubierta. El motor del zodiac que había traído arrancó con un ronroneo familiar. Marco lo escuchó alejarse sobre el agua negra, el ancla todavía clavada, la toalla manchada tirada a sus pies y la sensación de que algo se había abierto más que un cuerpo y ahora no sabía cómo cerrarlo. El río seguía meciendo la casa. Él se quedó quieto, con el sabor de Diego todavía en la lengua y la duda creciendo como el calor que ya no calentaba.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged blowjob doggy-style anal creampie cowgirl

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.