Encuentro Atado en el Faro
Camila, ingeniera de 32 años, se deja atar y follar sin piedad por Roman, fotógrafo de 38, en un faro abandonado durante la tormenta.
La tormenta rugía con una ferocidad que hacía temblar los cimientos del viejo faro. Las olas se estrellaban contra las rocas con estruendo, y los relámpagos iluminaban el cielo como latigazos de luz blanca. Camila, ingeniera de 32 años que había salido a inspeccionar la estructura para un posible proyecto de rehabilitación costera, corrió los últimos metros empapada hasta los huesos. Empujó la puerta de hierro oxidado y entró, sacudiéndose el agua del cabello oscuro. El interior olía a sal, a humedad antigua y a metal frío. No esperaba compañía. Pero allí, de pie junto a la base de la escalera de caracol que subía hacia la linterna, estaba Roman.
Roman, fotógrafo de 38 años, había llegado antes. Su mochila descansaba a sus pies y la cámara colgaba de su cuello, aunque en ese momento no parecía interesado en capturar imágenes de la tempestad. Sus ojos se encontraron y el aire se volvió espeso, cargado de todo lo que habían compartido durante meses en chats nocturnos. Mensajes subidos de tono donde Camila, poco a poco, había desnudado su alma: le confesó que fantaseaba con rendirse por completo, con que la ataran, la usaran, la disciplinaran hasta que solo pudiera pensar en complacer. Él había respondido con precisión dominante, describiendo exactamente cómo la follaría cuando llegara el momento. Ahora el momento estaba aquí.
Roman caminó hacia la puerta con pasos lentos y seguros. La cerró de un golpe seco. El hierro retumbó como un veredicto final, aislándolos del mundo. Su voz grave, baja, vibró en el pecho de Camila.
—¿Sigues queriendo ser mi puta atada esta noche, Camila?
Ella sintió que sus rodillas flaqueaban. El pulso le retumbaba en las sienes y, sobre todo, entre las piernas. Su coño se contrajo y un calor líquido la inundó al instante. Recordó todas las noches que había pasado tocándose mientras leía sus mensajes, imaginando sus manos fuertes sujetándola, su polla abriéndola sin piedad. Estaba empapada, las bragas pegadas a sus labios hinchados.
—Sí —respondió con voz temblorosa pero clara, los ojos brillantes de excitación—. Sí, Roman. Quiero ser tu puta atada. Estoy mojada solo de oírte preguntarlo.
Un relámpago iluminó el rostro de él, mostrando la sonrisa lobuna que se dibujó en sus labios. Se acercó hasta que su aliento cálido rozó la oreja de Camila.
—Bien. Porque he traído cuerdas. Y no pienso ser suave.
La tensión sexual creció como la marea fuera del faro. Roman dio un paso atrás y la miró de arriba abajo, devorándola con los ojos.
—Quítate la ropa. Lentamente. Quiero ver cómo tiemblas mientras obedeces.
Camila tragó saliva. Sus dedos, torpes por la excitación, empezaron a desabotonar la blusa empapada. Cada botón que se abría revelaba más piel mojada. Se la quitó y la dejó caer al suelo de piedra. El sujetador negro contrastaba con su carne erizada por el frío y la lujuria. Sus pezones ya estaban duros como guijarros, empujando contra la tela. Se lo desabrochó y sus tetas llenas quedaron expuestas, pesadas, coronadas por aquellos puntos oscuros que suplicaban atención. Roman no apartaba la mirada. Ella se bajó la falda, revelando las piernas tonificadas y las bragas negras que mostraban una mancha evidente de humedad en la entrepierna.
—Más —ordenó él—. Todo. Enséñame ese coño que ya chorreas por mí.
Camila enganchó los pulgares en la cinturilla y se bajó las bragas. El aire frío besó su coño depilado, hinchado y brillante de jugos. Un hilo transparente se estiró entre la tela y sus labios mayores antes de romperse. Estaba completamente desnuda ante él, temblando, respirando agitada. Sus pensamientos eran un torbellino: Dios, me está mirando como si fuera suya de verdad. Mi coño palpita tanto que creo que voy a correrme solo con su mirada.
Roman se acercó de repente y la empujó contra la pared de piedra fría. El contacto helado en su espalda y sus nalgas la hizo jadear. De su mochila sacó cuerdas gruesas de cáñamo. Con movimientos precisos y expertos le juntó las muñecas delante del cuerpo y las ató con fuerza, apretando lo justo para que sintiera la mordida pero sin cortarle la circulación. Luego levantó sus brazos y enganchó la cuerda en un viejo gancho de hierro que sobresalía de la pared.
—Qué zorra más obediente —le susurró al oído mientras su mano grande bajaba por el vientre de ella hasta posarse sobre su coño empapado—. Mira cómo estás. Chorreando como una puta en celo. Llevas meses confesándome que quieres que te use, que te discipline, que te convierta en mi agujero personal. Y aquí estás, atada, mojada y rogando con todo el cuerpo.
Camila gimió, frotando sin permiso su clítoris hinchado contra el muslo duro de él. La fricción era deliciosa, desesperada. Roman se rio bajito, oscuro.
—¿Sin permiso, puta? Eso te va a costar.
Pero no la detuvo. Dejó que se restregara mientras le mordía el lóbulo de la oreja y le susurraba más guarradas:
—Eres una sumisa de mierda. Una ingeniera respetable de día y una perra atada de noche. Tu coño está tan abierto que podría follarte ya mismo sin preliminares. ¿Quieres disciplina, verdad? Suplícamelo.
—Por favor… —jadeó Camila, la voz rota de necesidad—. Disciplíname, Roman. Azótame. Úsame. Soy tu puta. Tu zorra atada. Necesito que me hagas llorar de placer.
La escalada de tensión los tenía a ambos al borde. Roman la desató del gancho solo para llevarla más adentro del faro, donde una estructura metálica antigua —restos de una plataforma de mantenimiento— ofrecía puntos perfectos de anclaje. La colocó en posición de águila abierta: brazos y piernas extendidos al máximo, cuerdas gruesas asegurando cada muñeca y tobillo a los hierros fríos. Camila quedó totalmente expuesta, vulnerable, su coño y su culo abiertos a su mirada y a su voluntad. Los relámpagos seguían iluminando la escena, haciendo brillar los jugos que corrían por el interior de sus muslos.
Roman sacó dos pinzas metálicas de su mochila. Sin aviso, las cerró sobre sus pezones erectos. El dolor agudo la atravesó como un relámpago propio, arrancándole un grito que se transformó en gemido largo cuando el placer lo siguió. Sus tetas se veían hinchadas, los pezones atrapados y enrojecidos.
—Qué bonita te ves así, puta atada —gruñó él, desabrochándose el cinturón de cuero.
El primer azote cayó sobre su culo con un chasquido seco. Camila se arqueó, gritando. El segundo, en el muslo izquierdo. El tercero, más fuerte, justo donde se unía la nalga con el muslo. Cada golpe dejaba una franja roja brillante. Roman no paraba: alternaba nalgas, muslos, incluso algún azote ligero en los labios de su coño que la hacía convulsionar. Las lágrimas corrían por las mejillas de Camila, pero su coño chorrea más con cada impacto. Me duele tanto y me gusta tanto… soy suya, completamente suya.
—Lloriquea más fuerte, zorra. Quiero oír cómo te rompes para mí —dijo él, azotando de nuevo.
Cuando su culo y sus muslos estuvieron de un rojo intenso, Roman se plantó frente a ella. Bajó la cremallera y sacó su polla gruesa, venosa y completamente dura. Agarró el cabello de Camila con fuerza y le metió la verga en la boca sin piedad.
—Trágatela. Hasta el fondo. Quiero follarte la garganta como a una puta atada que eres.
La obligó a deepthroat, empujando hasta que la nariz de ella tocó su vientre. Camila gorgoteó, saliva espesa cayendo en hilos largos sobre sus tetas y las pinzas. Las arcadas la hacían llorar más, pero sus ojos brillaban de placer sumiso. Roman follaba su boca con embestidas brutales, tirándole del pelo, llamándola de todo:
—Así, puta. Toda mi polla en esa garganta de sumisa barata. Te voy a usar los tres agujeros hasta que no puedas caminar.
Después de varios minutos brutales, sacó la polla brillante de saliva y se colocó entre sus piernas abiertas. De un solo empujón brutal la penetró por el coño. Camila gritó de placer cuando la llenó por completo. Roman la follaba de pie, con fuerza animal, haciendo que las cuerdas crujieran. Cada embestida golpeaba fondo, sus bolas chocando contra el culo enrojecido de ella. Le tiraba de las pinzas de los pezones mientras la penetraba, aumentando el dolor-placer.
—¡Me corro! —aulló Camila, y el orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla, eyaculando jugos que salpicaron los muslos de ambos.
Roman no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, luego salió y presionó la cabeza gruesa de su polla contra el ano fruncido de ella.
—Ahora te voy a romper el culo, puta. En total sumisión. Quiero que sientas cada centímetro mientras te marco como mía.
Escupió sobre su agujero y empujó. El culo de Camila cedió poco a poco, tragándose la polla gruesa hasta la base. El ardor era intenso, pero el placer era aún mayor. Roman empezó a bombear con fuerza, alternando azotes en sus nalgas ya marcadas, tirones de pelo y humillación verbal constante:
—Qué culo más apretado y sucio tienes. Mira cómo te abre, zorra. Eres solo tres agujeros para mi placer. Córrete otra vez, vamos. Córrete con mi polla en el culo como la puta sumisa que confesaste ser.
Camila se corrió por segunda vez, gritando tan fuerte que su voz se quebró. El tercer orgasmo llegó rápido después, sus paredes anales ordeñando la polla de Roman sin control. Sus jugos seguían goteando de su coño vacío. Roman aceleró, gruñendo, y finalmente se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de su culo con chorros calientes y abundantes. El semen la llenó, caliente, espeso.
Cuando terminó, sacó la polla lentamente, dejando que parte del semen blanco y cremoso empezara a escapar de su ano dilatado y a correr por sus muslos rojos. Con la mano manchada de su propia corrida, Roman le untó el rostro y las tetas, marcándola visiblemente como su puta usada. Camila jadeaba, temblaba, colgada de las cuerdas, el cuerpo marcado, el culo palpitando, el semen goteando.
Pero Roman no la desató. Se quedó mirándola con esa misma sonrisa oscura mientras afuera la tormenta parecía redoblar su furia. Recogió el cinturón del suelo y lo dobló entre sus manos, observando cómo el semen continuaba escapando de ella, cómo sus pezones seguían atrapados en las pinzas y cómo sus ojos brillaban con la promesa de mucho más.
—Esto no ha terminado, puta —susurró, la voz ronca de satisfacción y nuevas intenciones—. Apenas acabo de empezar a disciplinarte como mereces. La noche es muy larga… y tengo planes para cada uno de tus agujeros.
Camila, todavía atada en posición de águila, sintió un nuevo latigazo de excitación atravesarla a pesar del agotamiento. El semen caliente seguía saliendo de su culo, marcándola, recordándole su lugar. Y supo, con un escalofrío de anticipación sumisa, que lo que venía después sería aún más intenso.
Roman se acercó más, el cinturón de cuero aún doblado entre sus manos grandes y venosas. La luz de un relámpago bañó el interior del faro, revelando el cuerpo tembloroso de Camila, con el semen espeso y blanco escapando lentamente de su ano dilatado, resbalando por la curva de sus nalgas marcadas y mezclándose con los jugos que no dejaban de brotar de su coño hinchado. Tenía treinta y dos años, era una ingeniera respetada que había venido a inspeccionar la estructura costera, pero en ese momento solo era una zorra atada que palpitaba de necesidad. Roman, el fotógrafo de treinta y ocho, respiraba con controlado deseo, su polla todavía semierecta y brillante por los restos de su corrida anterior.
—Esto no ha terminado, puta —repitió en un susurro ronco, pasando el cuero frío del cinturón por la cara interna de uno de sus muslos enrojecidos—. Apenas acabo de empezar a disciplinarte como mereces. La noche es muy larga… y tengo planes para cada uno de tus agujeros.
Camila sintió un nuevo latigazo de excitación atravesarla a pesar del agotamiento. El semen caliente seguía saliendo de su culo en hilos lentos y obscenos, recordándole con cada contracción que ya la había marcado por dentro. «Dios, todavía me duele el ano de cómo me lo reventó, pero mi coño no deja de contraerse pidiendo más. Soy una adicta a su crueldad. Quiero que me rompa del todo», pensó, mordiéndose el labio inferior mientras tiraba instintivamente de las cuerdas que mantenían sus brazos y piernas abiertos como un águila expuesta.
Roman soltó el cinturón y tomó las pinzas metálicas que aún colgaban sueltas de sus pezones. En lugar de quitárselas con cuidado, las apretó un poco más, girándolas. El dolor fresco y agudo hizo que Camila arqueara la espalda con un grito gutural que reverberó contra las paredes de piedra húmeda.
—¡Joder, Roman! ¡Me arden! —aulló, pero sus caderas se movieron solas, buscando fricción inexistente en el aire frío del faro.
—Ese es el punto, zorra. Quiero que sientas cómo te hinchas para mí —gruñó él, y por fin liberó una pinza. La sangre regresó al pezón izquierdo como un torrente de fuego líquido. Camila sollozó, las lágrimas frescas rodando por sus mejillas sonrojadas. Antes de que pudiera recuperarse, Roman repitió el proceso con la otra, succionando luego el pezón torturado entre sus labios para calmarlo solo un segundo antes de morderlo con fuerza.
El contraste entre el dolor punzante y la boca caliente lo volvió todo borroso. Camila sintió que su coño se contraía violentamente, expulsando un hilo claro que cayó al suelo de piedra con un sonido húmedo. «Estoy chorreando como una perra en celo. Cada mordisco me acerca más al siguiente orgasmo y ni siquiera me ha tocado el clítoris todavía».
Sin darle respiro, Roman recogió el cinturón y lo descargó con precisión sobre sus tetas ya marcadas. El chasquido seco resonó más fuerte que el trueno lejano. Una franja roja brillante apareció sobre la curva superior de su seno derecho. Camila se sacudió en las ataduras, las cuerdas crujiendo contra el hierro oxidado.
—Cuenta, puta. Y agradece cada golpe como la sumisa barata que eres.
—Uno… ¡gracias, señor! —jadeó ella, la voz rota.
El segundo golpe cayó sobre el izquierdo, más fuerte. Sus tetas pesadas rebotaron, los pezones enrojecidos y erectos suplicando atención. Roman alternaba: pecho, vientre, la cara interna de los muslos. Cada impacto hacía que el semen acumulado en su ano se moviera, recordándole la corrida anterior. Cuando el cinturón besó directamente sus labios vaginales con un golpe controlado pero feroz, Camila gritó y se corrió sin permiso, un squirt caliente salpicando los tobillos de Roman.
—¡Me corro! ¡Perdón, no pude evitarlo! —sollozó, el orgasmo sacudiéndola como una descarga eléctrica mientras las lágrimas caían sin control.
Roman se rio oscuro, dejando el cinturón a un lado. —Esa falta de control te va a costar, Camila. Pero primero voy a sacarte más leche de ese coño de ingeniera pervertida.
Se arrodilló y enterró la cara entre sus piernas abiertas. Su lengua ancha lamió desde el ano goteante hasta el clítoris hinchado, saboreando su propia corrida mezclada con los jugos dulces de ella. Dos dedos gruesos invadieron su coño, follándola con fuerza mientras succionaba el clítoris como si quisiera arrancárselo. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos ahogados de Camila y el rugido constante de la tormenta que hacía vibrar los cristales rotos de la linterna superior.
«Su lengua es brutal. Me está comiendo como si fuera su última comida. Siento que voy a desmayarme de tanto placer. Mi clítoris está tan sensible que cada lametazo duele y me encanta al mismo tiempo», pensó ella, tirando de las cuerdas hasta que las muñecas le ardieron.
Roman introdujo un tercer dedo, estirándola, curvándolos para golpear ese punto rugoso dentro de su coño. Al mismo tiempo, presionó el pulgar contra su ano, empujando los restos de semen más adentro. Camila explotó otra vez, gritando tan fuerte que su voz se quebró. El squirt le bañó la barba incipiente y el pecho. Él bebió todo lo que pudo, gruñendo contra su carne.
—Buena zorra. Chorreas como una fuente. Ahora vas a cambiar de posición para que pueda follarte como Dios manda.
La desató con movimientos rápidos y expertos, sosteniéndola cuando sus piernas flaquearon. Camila apenas podía mantenerse en pie, el cuerpo cubierto de sudor, marcas rojas y fluidos. Roman la llevó hasta una plataforma metálica antigua a mitad de la escalera de caracol. Allí había hierros perfectos para anclajes. La colocó de rodillas sobre el metal frío, el pecho presionado contra la barandilla oxidada. Le juntó los brazos detrás de la espalda, atándolos con una cuerda nueva más gruesa que mordía su piel suave. Luego separó sus rodillas al máximo, atando cada tobillo a los barrotes inferiores, obligándola a mantener el culo elevado y ambos agujeros completamente expuestos y accesibles.
La posición era humillante y perfecta. Sus tetas colgaban entre los hierros, los pezones rozando el metal helado. El culo y el coño quedaban abiertos hacia la escalera, vulnerables a cualquier cosa que Roman quisiera hacer. Un relámpago iluminó la escena, mostrando las marcas de azotes que decoraban sus nalgas como un mapa de propiedad.
—Qué vista más bonita —comentó él, pasando la mano por su columna vertebral hasta llegar al culo. Le dio una palmada fuerte que hizo rebotar la carne enrojecida—. Mira cómo palpita tu ano todavía. Sigue goteando mi leche, puta. Eres un desastre usado y eso me pone la polla como el acero.
Camila giró la cabeza lo poco que las ataduras permitían. —Por favor… úsame más. Mi coño y mi culo están vacíos sin ti. Disciplíname, Roman. Hazme llorar otra vez.
Él sacó de la mochila un vibrador grueso de color negro, grueso como su muñeca. Lo encendió y el zumbido grave llenó el espacio entre los truenos. Sin piedad, lo presionó contra su clítoris mientras alineaba su polla recuperada con su coño. Entró de un solo empujón brutal, llenándola hasta el fondo. El vibrador vibraba contra su clítoris hinchado mientras él empezaba a bombear con fuerza animal.
Cada embestida hacía que las cuerdas crujieran y que las tetas de Camila se estrellaran contra la barandilla. El metal frío contra sus pezones sensibles era otra capa de tormento delicioso. Roman la follaba sin compasión, tirándole del pelo para arquearle la espalda, obligándola a mirar hacia la tormenta a través de las ventanas rotas.
—Siente cada centímetro, zorra. Esta polla es lo único que mereces. Confesaste en los chats que querías que te convirtiera en mi agujero personal, ¿recuerdas? Pues aquí estás, atada en un faro, corriéndote como una perra mientras te parto el coño.
Camila se corrió por tercera vez, el orgasmo tan intenso que eyaculó alrededor de la polla gruesa, salpicando los muslos de ambos. Sus paredes internas ordeñaban la verga de Roman con espasmos violentos. Él no se detuvo. Sacó la polla chorreante y la colocó en su ano, empujando hasta la base en un solo movimiento. El ardor fue inmediato, pero el placer lo superó todo.
—Ahora te voy a reventar el culo otra vez. Apriétame, puta. Quiero sentir cómo me ordeñas mientras te corro por cuarta vez.
El vibrador seguía pegado a su clítoris, implacable. Roman la sodomizaba con embestidas profundas y rápidas, alternando con azotes fuertes en las nalgas ya moradas. El sonido de carne contra carne se mezclaba con los gemidos quebrados de Camila y el aullido del viento. Ella se corrió de nuevo, el ano contrayéndose tan fuerte alrededor de la polla que Roman tuvo que ralentizar para no terminar.
—Eres una sumisa de mierda —le susurró al oído, tirándole del pelo con fuerza—. Una ingeniera de treinta y dos años que de día lleva casco y de noche ruega que le rompan los tres agujeros. Dilo. Dime qué eres.
—Soy tu puta atada… tu zorra anal… tu agujero para follar cuando quieras —sollozó ella, la voz completamente rota, el cuerpo temblando en la hogtie improvisada.
Roman siguió follándola sin piedad durante largos minutos, cambiando de coño a culo y viceversa, manteniéndola al borde constante. El vibrador no dejaba de zumbar. Camila perdió la cuenta de los orgasmos; el cuarto, el quinto, se fundieron en una ola continua de placer doloroso que la dejó babeando contra la barandilla, los ojos vidriosos, el semen y sus propios fluidos formando un charco debajo de ella.
Finalmente, Roman apagó el vibrador y lo dejó a un lado. Su polla seguía dura, venosa, palpitando cerca de la cara de Camila. La desató lo suficiente para cambiarla de nuevo: la puso de pie, tambaleante, y la ató contra uno de los pilares centrales del faro, brazos arriba, piernas abiertas, el cuerpo completamente accesible una vez más. El semen fresco y viejo le corría por los muslos en riachuelos obscenos.
Recogió una cuerda más fina y comenzó a atarle los pechos con fuerza, haciendo que se hincharan y los pezones se pusieran morados. Luego tomó el cinturón otra vez.
—Esto solo es el segundo acto, Camila. La tormenta sigue rugiendo y yo también. Todavía no he decidido si te voy a colgar de la linterna o si te voy a follar la garganta hasta que te desmayes. Pero una cosa sí te prometo: cuando termine contigo, no vas a poder sentarte ni caminar derecho durante días.
Camila, atada al pilar, con las tetas atadas, el coño y el culo palpitando y goteando, levantó la mirada vidriosa llena de adoración sumisa. Un escalofrío de anticipación la recorrió entera. «Quiero más. Necesito que me lleve más lejos. Que me use hasta que solo quede su puta», pensó, mientras Roman levantaba el cinturón de nuevo y la tormenta redoblaba su furia fuera del faro, como si aplaudiera lo que estaba por venir.
Roman levantó el cinturón y lo descargó con fuerza precisa sobre los pechos hinchados y atados de Camila. El cuero mordió la carne tensa, dejando una franja carmesí que cruzó ambos senos como un relámpago rojo. La ingeniera de treinta y dos años arqueó la espalda contra el pilar frío del faro, un grito gutural escapando de su garganta mientras el dolor se convertía en fuego líquido que bajaba directo a su coño palpitante.
—Dos… ¡gracias, señor! —logró jadear, las lágrimas corriendo por sus mejillas sonrojadas. Su mente era un remolino: «Tengo treinta y dos años, dirijo proyectos de ingeniería costera con mano firme, y aquí estoy, convertida en un pedazo de carne atada que solo quiere que le duelan las tetas para correrse otra vez. Mi coño chorrea tanto que siento los muslos pegajosos».
El cinturón cayó de nuevo, esta vez en la cara interna de sus muslos, tan cerca de los labios hinchados que el impacto hizo vibrar su clítoris. Camila tiró de las cuerdas que le mantenían los brazos arriba y las piernas abiertas, el hierro oxidado crujiendo bajo la tensión. Roman, el fotógrafo de treinta y ocho, respiraba pesado pero controlado, su polla gruesa y venosa completamente erecta, goteando precum mientras observaba cómo el semen de su corrida anterior seguía escapando del ano dilatado de ella en hilos espesos y obscenos.
—Eres patética, puta. Mírate… una profesional respetada reducida a esto: tetas moradas, culo lleno de mi leche, coño abierto como una puta barata. Suplícamelo más fuerte.
—Azótame más fuerte, Roman… por favor —sollozó ella, la voz quebrada pero llena de hambre real—. Quiero sentir que me marcas hasta mañana. Mi culo todavía arde de cómo me reventaste antes, pero necesito más. Necesito que me disciplines hasta que solo pueda pensar en tu polla.
El siguiente golpe fue directo en su coño expuesto. El cuero chasqueó contra los labios hinchados y el clítoris sensible, y Camila explotó. Un squirt caliente salió disparado, salpicando el suelo de piedra y los tobillos de Roman mientras su cuerpo se convulsionaba en las ataduras. Las cuerdas mordían sus muñecas y tobillos, pero el orgasmo fue tan brutal que olvidó el dolor. «Me corro con un azote en el coño… soy una zorra sin remedio. Cada latigazo me abre más».
Roman no le dio tregua. Dejó el cinturón y tomó la cuerda fina otra vez, apretando aún más los nudos alrededor de sus tetas ya moradas. Los pezones sobresalían, oscuros y hinchados como cerezas maduras. Sacó las pinzas metálicas de su mochila y las cerró con un clic cruel sobre cada uno. Camila aulló, el dolor fresco mezclándose con el placer residual del orgasmo. Él giró las pinzas lentamente, tirando de ellas mientras su otra mano se cerraba alrededor de su garganta, apretando lo justo para que sintiera la dominación sin cortarle el aire.
—Respira, zorra. Respira mientras te uso. Confesaste en cada chat que querías que te rompiera los tres agujeros. Esta noche vas a recibir exactamente eso.
La desató del pilar solo para girarla y empujarla contra la barandilla de la escalera de caracol. Ahora Camila quedaba inclinada hacia adelante, tetas colgando pesadas entre los barrotes, las pinzas tirando de sus pezones con cada movimiento. Roman le separó las nalgas marcadas con las manos grandes y escupió directamente sobre su ano todavía abierto. Sin aviso, metió tres dedos gruesos en su coño, follándola con fuerza mientras su pulgar invadía el culo, empujando los restos de semen más adentro.
—Siente cómo chapotea mi corrida dentro de ti. Estás hecha un desastre, Camila. Una ingeniera de treinta y dos años convertida en mi agujero personal para correrme.
Ella empujaba hacia atrás, desesperada, las caderas moviéndose solas. «Mi ano está tan sensible que cada roce duele delicioso. Quiero que me folle el culo otra vez, que me estire hasta que no pueda cerrar las piernas en una semana». Roman alineó su polla gruesa y empujó de un solo golpe brutal hasta el fondo de su coño. El impacto hizo que las pinzas se balancearan, enviando descargas de dolor-placer a través de sus pechos atados. Empezó a bombear con ritmo salvaje, sus bolas chocando contra el clítoris hinchado de ella con cada embestida.
El faro entero parecía vibrar con la fuerza de sus folladas y los truenos afuera. Camila se corrió por quinta vez, su squirt saliendo a chorros alrededor de la polla que la partía. Roman sacó la verga chorreante y la clavó directamente en su ano sin piedad, el ardor intenso haciendo que ella gritara con la cara pegada al metal frío.
—Así, puta. Aprieta ese culo sucio. Ordeña mi polla mientras te parto el recto.
Cambió de agujero sin parar: coño, culo, coño, culo. Cada cambio era más brutal que el anterior. El vibrador negro volvió a aparecer en su mano. Lo encendió al máximo y lo presionó contra el clítoris de Camila mientras la sodomizaba con embestidas profundas que hacían temblar sus piernas. Ella perdió completamente el control. Orgasmo tras orgasmo la atravesaban, uno fundiéndose con el siguiente en una ola interminable de placer agonizante. Babeaba contra la barandilla, los ojos en blanco, el cuerpo cubierto de sudor, marcas rojas, semen y sus propios fluidos.
—Soy tu puta… tu zorra atada… tu ingeniera pervertida que solo quiere que le llenes los agujeros —repetía entre sollozos, completamente rota y feliz de estarlo.
Roman la levantó en brazos cuando sus piernas ya no respondían. La llevó hasta la base misma de la linterna, donde las cadenas antiguas colgaban del mecanismo. La ató allí de pie, brazos estirados hacia arriba, piernas abiertas al máximo con cuerdas que mordían sus tobillos. La posición la dejaba casi suspendida, todo su peso tirando de las ataduras mientras él se colocaba frente a ella. Agarró su cabello oscuro con fuerza y le metió la polla hasta el fondo de la garganta. Folló su cara sin misericordia, las arcadas de Camila produciendo hilos gruesos de saliva que caían sobre sus tetas atadas y las pinzas que aún mordían sus pezones.
—Trágala toda, puta. Quiero que te ahogues con mi verga mientras te corres por sexta vez.
Y lo hizo. El vibrador seguía pegado a su clítoris, implacable. Camila convulsionó, eyaculando mientras gorgoteaba alrededor de la polla que le follaba la garganta sin descanso. Roman gruñó, acelerando hasta que finalmente se enterró hasta los huevos y explotó. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su boca y garganta. La obligó a tragarlo todo, sin dejar que escapara ni una gota.
Cuando por fin sacó la polla, brillante de saliva y restos de corrida, Camila colgaba laxa de las cadenas, el cuerpo temblando, el ano dilatado goteando, el coño rojo e hinchado, las tetas moradas y marcadas, el rostro cubierto de lágrimas, saliva y semen. Roman la miró con esa sonrisa lobuna, respirando agitado, pero sus ojos brillaban con algo más profundo.
Desató lentamente cada cuerda, cada nudo, sosteniéndola cuando sus piernas cedieron. La bajó con cuidado al suelo de piedra, envolviéndola en sus brazos fuertes mientras la tormenta comenzaba a amainar afuera. Le quitó las pinzas con ternura, masajeando sus pezones torturados. Camila sollozaba suavemente contra su pecho, el cuerpo exhausto pero vibrando de satisfacción.
Él besó su frente sudorosa, apartando el cabello oscuro pegado a su rostro.
—Has estado increíble, mi amor —susurró con voz ronca pero llena de cariño—. Cada azote, cada embestida, cada palabra sucia… todo perfecto.
Camila levantó la mirada vidriosa, una sonrisa lenta y satisfecha curvando sus labios hinchados. Con voz débil pero clara, pronunció la frase que lo reescribía todo:
—Y pensar que solo vine a inspeccionar el faro de mi marido para nuestro aniversario… gracias por cumplir cada una de mis fantasías, Roman. Te amo.
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