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Rendición en la Azotea: Ella lo Mira Mientras su Mejor Amigo la Posee

En la azotea, la voluptuosa Petra de 38 años se deja follar duro por el musculoso constructor Silas de 35 mientras su cornudo marido Emmett de 42 mira excitado

34 min read September 29, 2026New

La azotea del edificio olía a cemento caliente y a noche de verano cuando Emmett empujó la puerta metálica y dejó paso a su esposa Petra y a su mejor amigo Silas. Las luces de la ciudad titilaban abajo como un mar de estrellas falsas. Emmett, ejecutivo de cuarenta y dos años con la corbata ya floja y el traje arrugado por el calor del día, cargaba una botella de whisky y tres vasos. Petra, voluptuosa ama de casa de treinta y ocho, subió detrás de él con el vestido corto de verano pegado a las caderas anchas y a las tetas pesadas que se movían con cada escalón. Silas, el constructor musculoso de treinta y cinco, cerró la puerta tras ellos y dejó las botellas de cerveza sobre la manta que habían extendido cerca del parapeto.

—Menos mal que nadie más sube a estas horas —dijo Emmett, sirviendo los tragos con una sonrisa nerviosa—. Solo nosotros tres y las estrellas.

Petra se sentó entre los dos hombres, las piernas cruzadas, el escote abierto lo suficiente para que se viera el valle profundo entre sus pechos. Silas se acomodó a su derecha, el brazo musculoso rozándole el hombro sin disimulo. Emmett bebió un sorbo largo y miró de reojo cómo su esposa y su amigo se sonreían.

—Tu marido trabaja demasiado, Petra —murmuró Silas, la voz grave, los ojos fijos en la curva de su escote—. Debería dejarte salir más. Una mujer como tú se pudre de ganas entre cuatro paredes.

Petra soltó una risa baja, las mejillas ya sonrosadas. Giró el vaso entre los dedos y miró a Emmett.

—¿Lo oyes, cariño? Tu mejor amigo piensa que me tienes abandonada.

Emmett tragó saliva. La polla se le removió dentro del pantalón al oír el tono coqueto de ella. Había fantaseado con esto durante meses, con la idea de ver a Petra rendirse ante otro hombre, especialmente ante Silas, tan grande, tan duro, tan diferente a él. El alcohol le dio valor.

—A veces… —empezó Emmett en voz baja, la mirada clavada en el suelo de la azotea— a veces pienso en eso. En ver cómo te rindis. Cómo dejas que otro te folle. No cualquiera. Él.

Silas arqueó una ceja, pero no se apartó. Petra se quedó quieta un segundo, luego se pasó la lengua por el labio inferior.

—¿De verdad, Emmett? ¿Quieres que tu mejor amigo me monte delante de ti?

—Sí —admitió él, la voz ronca—. Si los dos queréis. Esta noche. Consentido. Que seas de él mientras yo miro.

El aire se espesó. Silas soltó una risa corta y asentó con la cabeza.

—Joder, Emmett. Si Petra dice que sí, no pienso decir que no. Llevo meses mirándole el culo cuando vienes a la obra a recoger materiales.

Petra se humedeció más solo con oírlo. La tela de las bragas ya se le pegaba al coño. Miró a los dos hombres y asintió despacio.

—Entonces esta noche soy de Silas. Que me folle como le dé la gana y tú mires, cornudo mío. Quiero hacerlo.

El acuerdo quedó sellado con un trago más. Las miradas se volvieron más pesadas. Silas dejó la cerveza y puso la mano grande en el muslo de Petra, subiendo despacio por la carne suave hasta rozar el borde del vestido. Emmett observaba, la polla ya dura y apretada contra la cremallera, la humillación caliente latiéndole en las sienes.

—Estás mojada, ¿verdad? —susurró Silas contra el oído de ella—. Lo noto aunque no te haya tocado todavía.

Petra abrió las piernas un poco más, sin vergüenza, y miró a su marido.

—Estoy empapada. Quiero sentir a Silas dentro de mí. Su polla gorda abriéndome. Emmett… diles que lo hagamos aquí. Ahora.

Emmett tragó saliva y asintió, la voz temblando de excitación y vergüenza.

—Hacedlo. Aquí mismo. Quiero verlo.

Petra se giró hacia Silas y lo besó con hambre, la lengua metiéndose en su boca mientras sus manos grandes le agarraban las tetas por encima del vestido, apretando, pesando, pellizcando los pezones duros a través de la tela. Ella gimió en la boca del constructor y se separó solo lo suficiente para mirar a Emmett con los ojos entornados de lujuria.

—Mírame, cariño. Necesito una polla de verdad. No la tuya. La de él. Gorda, dura, de hombre que trabaja con las manos.

Silas le bajó un poco el escote y sacó una teta pesada, el pezón oscuro y erecto. La chupó con fuerza mientras la otra mano le metía bajo el vestido y le frotaba el coño hinchado por encima de las bragas empapadas. Petra arqueó la espalda y miró fijamente a su marido.

—Siente cómo me toca… joder, Emmett, su mano es tan grande. Me va a destrozar.

Emmett se sobó la polla por encima del pantalón, humillado y excitado a partes iguales, sin atreverse a sacarla todavía. Silas gruñó, levantó a Petra como si no pesara y la puso a cuatro patas sobre la manta. Le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas mojadas hasta los muslos y le dio una nalgada seca que resonó en la azotea.

—Culo de puta casada —dijo Silas, abriéndole los labios del coño con los pulgares—. Emmett, mira cómo chorrea por tu mejor amigo.

Petra miró hacia atrás, a su marido, y abrió la boca cuando sintió la cabeza gruesa de la polla de Silas empujando contra su entrada. Él entró de un solo embiste profundo, estirándola, rellenándola hasta el fondo. Ella gritó un gemido largo, las tetas colgando y rebotando.

—¡Joder! ¡Qué grande! Emmett… mira… su verga es mucho más gruesa y dura que la tuya. Me está abriendo toda. Me está follando como una puta en nuestra azotea.

Silas la agarró de las caderas y empezó a embestir fuerte, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el aire nocturno. Cada embestida hacía que las tetas de Petra se sacudieran y que ella mirara a Emmett con la boca abierta, babeando un poco.

—Más duro —rogó ella—. Revientame el coño delante de mi marido. Que vea cómo me usas.

Emmett se arrodilló frente a ella, la cara a la altura de la de Petra, y ella lo miró a los ojos mientras gemía como una zorra. Silas la volteó de pronto, la puso de espaldas sobre la manta y se metió entre sus piernas abiertas. Entró otra vez en misionero, levantándole las piernas hasta los hombros, follándola profundo y rápido. Le chupó las tetas con avidez, mordisqueando los pezones, y le dio nalgadas laterales que dejaban marcas rojas.

—Toma, puta —gruñó Silas—. Trágatela también.

Le sacó la polla brillante de jugos y se la empujó a la boca de Petra. Ella abrió la garganta y chupó con ganas, mirando a Emmett todo el tiempo, saliva escurriéndole por la comisura.

—Mira cómo me destroza la boca tu amigo, cornudo —dijo entre chupadas, la voz ronca—. Después vuelve a mi coño y me va a llenar. ¿Lo ves? ¿Ves lo gruesa que es? La tuya no llega ni a la mitad.

Silas volvió a clavársela en el coño y la folló sin piedad. Petra se corrió la primera vez gritando, el cuerpo convulsionando, el coño apretando la verga gruesa de Silas en espasmos. No paró. Él siguió martilleándola y ella se corrió otra vez, más fuerte, las uñas clavadas en la espalda musculosa del constructor, las piernas temblando alrededor de su cintura.

—¡Mira cómo me está reventando el coño tu amigo, cornudo! —gritó Petra, la voz rota de placer—. ¡Me corre tanto con su polla! ¡Me folla mejor que tú nunca! ¡Llénamela, Silas! ¡Métame toda la leche dentro!

Silas gruñó y se hundió hasta las bolas, disparando chorros calientes y espesos dentro del coño contraído de Petra. Ella lo sintió latir y llenarla, el semen caliente brotando y saliendo un poco por los bordes mientras él seguía empujando despacio, exprimiéndose. Emmett miraba hipnotizado, la polla palpitándole sin haber tocado nada todavía, la humillación y la excitación mezcladas en un nudo doloroso en el pecho.

Silas se quedó dentro un momento más, respirando pesado, y luego sacó la polla todavía semidura. Un hilo de semen espeso escurrió del coño abierto de Petra y cayó sobre la manta. Ella abrió las piernas más, dejándolo ver a Emmett, y se pasó dos dedos por los labios hinchados, recogiendo un poco de la mezcla y llevándosela a la boca.

—Sigue saliendo… todavía me late por dentro —susurró Petra, mirando a su marido con una sonrisa sucia y satisfecha—. No hemos terminado, Emmett. Silas todavía está duro otra vez. Y yo quiero más. Quiero que me folle otra vez mientras tú te corres en tu propia mano como el cornudo que eres. Quédate ahí mirando. Esta noche solo empiezo a ser de él.

Silas se pasó la mano por la polla brillante, ya recuperándose, y le dio una palmada suave en el muslo interno a Petra. La ciudad zumbaba abajo. El aire de la azotea olía a sexo y a whisky. Emmett no se movió. La tensión seguía densa, la noche lejos de acabar, y Petra ya se estaba girando de nuevo hacia el constructor, el vestido hecho un desastre y el coño chorreando semen de su mejor amigo.

Silas se pasó la mano por la verga otra vez, ya dura como una barra de acero, y se arrodilló entre las piernas abiertas de Petra. El semen de la primera corrida le brillaba en los labios hinchados del coño, un hilo espeso que bajaba hacia el culo. Emmett seguía de rodillas frente a ellos, la polla marcando el pantalón como un animal atrapado, sin atreverse a sacar la mano todavía. Petra lo miró fijo, los ojos vidriosos de placer, y se pasó dos dedos otra vez por esa abertura empapada, recogiendo más leche de su mejor amigo.

—Ábrete la cremallera, cornudo —ordenó ella con voz ronca—. Sácala. Quiero ver esa cosita patética mientras Silas me vuelve a reventar. Tócate, pero no te corras hasta que yo diga. Esta noche te jodes mirando.

Emmett obedeció con dedos temblorosos. La polla saltó afuera, más delgada, más rosada, ya goteando por la punta. Silas soltó una risa baja y brutal al verla.

—Joder, Emmett… con esa te conformas todos los días. Mira la mía. Compara. —Le dio un golpe seco con su verga gruesa contra el clítoris hinchado de Petra. Ella gimió y arqueó la espalda—. Esta es de hombre. La tuya es de esposo domesticado.

Petra levantó las caderas y se abrió con las manos, ofreciéndole el agujero baboso.

—Métela otra vez. Quiero sentir cómo me estiras de nuevo. Emmett, mira bien. Mira cómo entra esa polla de constructor en el coño de tu mujer.

Silas no se lo pensó. Empujó de un solo tajo, hundiéndose hasta las bolas. El semen anterior salió a borbotones por los lados, chorreando sobre la manta y el muslo de ella. Petra gritó un gemido gutural, las tetas pesadas rebotando con la embestida. Él la agarró de las caderas anchas y empezó a follarla a martillazos, el sonido húmedo y obsceno llenando la azotea: plap-plap-plap, carne contra carne mojada.

—¡Joder, qué apretado sigue! —gruñó Silas, sudor cayéndole por el pecho musculoso—. Aunque te acabo de llenar, te chupa la polla como si tuviera hambre. Emmett, ¿ves cómo me aprieta? Tu mujer es una puta glotona.

Petra lo miraba a él mientras gemía, la boca abierta, saliva en la comisura. Cada embestida le sacudía las tetas y le hacía rodar los ojos.

—Más… más fuerte… ¡úsame! Quiero que me dejes el coño destrozado. Emmett, ¿ves? ¿Ves cómo me folla? Su verga me llega donde la tuya nunca. Me está abriendo el útero, joder. Tócate más rápido, cornudo. Quiero oír cómo te masturbas de humillación.

Emmett se acariciaba con la mano derecha, lento y torpe, la cara ardiendo. La vergüenza le subía por el pecho como fuego, pero la polla le palpitaba más dura que nunca. Veía la verga gruesa de Silas desaparecer y salir brillante de jugos y semen, los labios del coño de Petra estirados al máximo, rojos e hinchados. El olor a sexo caliente y whisky le llenaba la nariz. Quería mirar hacia otro lado y no podía.

Silas sacó la polla de golpe y le dio la vuelta a Petra otra vez, poniéndola a cuatro patas. Le aplastó la cara contra la manta y le levantó el culo. La nalgada resonó fuerte; la marca roja apareció al instante en la carne blanda.

—Culo de casada puta. Abre bien. Voy a follarte el coño hasta que no puedas caminar mañana. Emmett, acércate. Quiero que veas de cerca cómo se te abre la mujer.

Emmett se arrastró de rodillas hasta quedar a un metro, la mano todavía en su polla. Silas empujó otra vez, profundo, y empezó un ritmo salvaje. Las tetas de Petra colgaban y se sacudían; ella miraba hacia atrás, a su marido, con la cara hecha un desastre de placer.

—¡Sí, así! ¡Revienta a tu puta! Emmett… dile lo que ve. Dile lo gruesa que es, lo profundo que me llega. Quiero oírlo de tu boca, cornudo.

—La… la tiene mucho más gorda —tartamudeó Emmett, la voz rota—. Te está abriendo toda. El coño te chorrea. Se te sale su leche y él sigue metiéndotela… joder, Petra, te está destrozando.

Silas se rió y le agarró el pelo a Petra, tirando hacia atrás para que el arco de su espalda se acentuara. La follaba sin piedad, las bolas golpeándole el clítoris en cada embestida.

—Escucha a tu marido. Está describiendo cómo te conviertes en mi puta. ¿Te gusta, Petra? ¿Te gusta que él vea cómo te uso?

—Me encanta —jadeó ella—. Me gusta ser la puta de su mejor amigo. Me gusta que me llene y que él se toque la pollita miserable. Silas… chúpame las tetas mientras me follas. Muérdemelas. Quiero marcas.

Él se inclinó sin dejar de embestir, le metió una mano bajo el cuerpo y le agarró una teta pesada, pellizcando el pezón duro hasta hacerla gritar. Luego se la llevó a la boca a ratos, chupando con fuerza, dejando moretones rojos alrededor de la areola oscura. Petra se corrió de nuevo, el cuerpo sacudiéndose, el coño contrayéndose en oleadas alrededor de la verga gruesa. Un chorro de jugos le salpicó los muslos a Silas.

—¡Aaah, me corro otra vez! ¡Con su polla, Emmett! ¡Mira cómo me orino de gusto en la verga de tu amigo! ¡Sigue, no pares, folllame a través del orgasmo!

Silas no paró. La mantuvo en esa posición mientras ella temblaba y gemía como una perra en celo. Cuando los espasmos bajaron un poco, la volteó otra vez, la sentó a horcajadas sobre él y se recostó en la manta. Petra se hundió sola, guiando la verga hasta el fondo con un gemido largo y sucio. Empezó a cabalgarlo, las caderas subiendo y bajando con fuerza, el culo golpeándole las bolas. Las tetas le rebotaban frente a la cara de Silas; él las agarró con las dos manos y las apretó, chupando un pezón y luego el otro.

—Así, puta casada. Úsame. Sacúdete en mi polla delante de tu marido. Enséñale cómo se monta una verga de verdad.

Petra se giró la cabeza hacia Emmett, la boca abierta, la saliva cayéndole al pecho. Se tocaba el clítoris con dos dedos mientras cabalgaba, frotándose en círculos rápidos.

—Mírame, cariño. Mira cómo me emborrocho de polla ajena. Tu mejor amigo me llega al fondo cada vez que bajo. Siento sus bolas contra el culo. ¿Notas cómo me tiemblan las piernas? Es porque me está follando mejor que tú en quince años de matrimonio. Tócate más rápido. Quiero verte correrte de la vergüenza mientras yo me corro otra vez en él.

Emmett se masturbaba con la mano izquierda ahora, la derecha apretando el muslo para no explotar todavía. La humillación le sabía amarga y dulce a la vez. Veía el semen anterior salir a espasmos cada vez que Petra bajaba con fuerza, veía la verga de Silas brillar a la luz de las farolas lejanas, veía a su mujer de treinta y ocho años convertida en una zorra sudorosa y jadeante.

Silas le dio una nalgada a cada lado del culo y le agarró las caderas para follarla desde abajo, levantando la pelvis y clavándosela con violencia. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Petra se inclinó hacia adelante, las manos en el pecho ancho de él, y se dejó martillar.

—Voy a correrme otra vez… joder… Emmett, mira mis tetas rebotar… mira mi coño tragar esa polla… ¡Silas, llénamela otra vez! Quiero sentir otra corrida caliente dentro. Quiero que me gotee por las piernas mientras mi marido se corre en el aire como un perro.

Silas gruñó, sudor brillándole en los hombros. Aceleró el ritmo hasta volverse brutal. Petra gritó, se corrió con el cuerpo entero en tensión, el coño ordeñando la verga gruesa en contracciones profundas. Silas la siguió segundos después, hundido hasta las bolas, disparando chorros espesos y calientes otra vez dentro de ella. Petra lo sintió latir, llenarla, rebosar. Un hilo blanco y espeso le bajó por el muslo interno hasta la rodilla.

Se quedó montada un momento, respirando entrecortado, el coño todavía espasmódico. Luego se levantó despacio. La polla de Silas salió con un sonido sucio y un chorro de semen le cayó sobre la manta. Petra se puso a gatas delante de Emmett, le abrió las piernas de par en par y se pasó los dedos por el agujero destrozado, sacando más leche y ofreciéndosela a la vista de su marido.

—Mira. Todavía late. Todavía me sale la leche de tu mejor amigo. No te corras todavía, cornudo. Quiero que veas lo que viene. Silas… todavía no has probado mi culo. Quiero que me lo abras. Quiero que mi marido vea cómo me metes esa polla gruesa por detrás mientras yo le chupo la punta a él sin dejarlo correrme. ¿Quieres, Silas? ¿Me rompes el culo en nuestra azotea?

Silas se pasó la mano por la verga todavía goteando y ya recuperando dureza. Sonrió, los ojos oscuros de hambre.

—Claro que sí, puta. Emmett, prepárate. Vas a ver cómo tu mujer se convierte del todo en mía esta noche. Y tú te vas a quedar con la polla dura y la cara de idiota mientras yo le revento el culo a tu esposa.

Petra se pasó saliva por los dedos y se los metió en el culo, abriéndose un poco, mirando a Emmett todo el tiempo con esa sonrisa sucia y satisfecha. El aire de la azotea olía a semen, a sudor y a sumisión. Abajo la ciudad seguía zumbando, ajena. Arriba, la noche apenas empezaba a mostrarle a Emmett hasta dónde podía llegar la rendición de su mujer.

Petra se pasó más saliva por los dedos y los hundió más hondo en su propio culo, abriéndose con movimientos lentos y obscenos mientras miraba fijamente a Emmett. El anillo apretado cedía poco a poco, brillando con la mezcla de saliva y el semen que todavía le escurría del coño hinchado. Silas se arrodilló detrás de ella, la verga ya dura otra vez, gruesa y roja, goteando el resto de su segunda corrida. Le dio un par de palmadas en las nalgas y las separó con las manos grandes, dejando el agujero rosado y contrayéndose a la vista de los tres.

—Míralo bien, cornudo —gruñó Silas, escupiendo directamente sobre el culo de Petra y frotando la saliva con el pulgar—. Tu mujer me lo está ofreciendo. Quiere que se lo rompa. Emmett, acércate más. Quiero que veas cómo entra centímetro a centímetro.

Emmett se arrastró de rodillas hasta quedar a menos de medio metro, la polla delgada y goteante en la mano, el pecho ardiéndole de vergüenza y de una excitación tan densa que le costaba respirar. Veía el dedo de Silas empujando, entrando, abriendo ese agujero que él mismo apenas había tocado en años de matrimonio. Petra gimió bajo, las tetas pesadas colgando y rozando la manta, y se giró lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Saca la lengua, cariño. Quiero que lamas lo que se me escurre mientras él me prepara. Prueba la leche de tu mejor amigo que me sale del coño. Hazlo. Ahora.

Emmett dudó un segundo, el corazón martilleándole, y luego se inclinó. La lengua le rozó los labios hinchados y saboreó el semen espeso y salado de Silas mezclado con los jugos de Petra. Ella se empujó hacia atrás contra su boca y soltó una risa ronca.

—Así, cornudo. Lame la puta de tu mujer. Silas… métela ya. Quiero sentir esa barra de constructor abriéndome el culo mientras mi marido me lame.

Silas alineó la cabeza gruesa contra el agujero lubricado y empujó. El glande se hundió con un pop húmedo. Petra gritó un gemido largo, las uñas clavándose en la manta, el cuerpo temblando. Silas no se detuvo: siguió empujando, lento pero inexorable, hasta que la mitad de su polla gruesa desapareció dentro del culo apretado. Emmett veía todo de cerca: cómo el anillo se estiraba hasta el límite, cómo la carne se adaptaba a la invasión, cómo un hilo de semen del coño le resbalaba por el periné hasta la lengua.

—Joder… qué estrecho —jadeó Silas, sudor brillándole en el pecho musculoso—. Emmett, mira cómo me traga el culo tu esposa. Está temblando. Se le está abriendo para mí.

Petra jadeaba con la boca abierta, babeando un poco sobre la manta. Cada centímetro más la hacía arquear la espalda y empujar el culo hacia atrás.

—Más… dámela toda… ¡ah, joder, qué gorda! Emmett, ¿lo ves? ¿Ves cómo me estira? Tu pollita nunca me llegó así. Silas me está convirtiendo el culo en suyo. Sigue lamiendo. Chupa mi coño mientras él me folla por detrás.

Emmett obedeció, la lengua trabajando entre los labios hinchados, saboreando la mezcla caliente que le salía a borbotones cada vez que Silas empujaba más hondo. Finalmente el constructor se hundió hasta las bolas. Las caderas de Silas chocaron contra las nalgas anchas de Petra con un sonido húmedo y final. Ella gritó, el cuerpo entero en tensión, el coño contrayéndose contra la boca de su marido.

—¡Toda dentro! ¡Me la ha metido toda por el culo, cornudo! ¡Mira… mira cómo me late! Ahora fóllame. Úsame el culo como una puta barata en esta azotea.

Silas agarró las caderas de Petra con fuerza y empezó a moverse. Primero salidas cortas, luego embestidas más largas y profundas. El sonido era obsceno: plap-plap-plap húmedo, el culo de ella chapoteando contra su pelvis, el coño goteando sobre la cara de Emmett. Cada embestida hacía que las tetas de Petra se sacudieran violentamente y que un chorro fresco de semen y jugos le salpicara la barbilla a su marido.

—Habla, Emmett —ordenó Petra entre gemidos rotos—. Dime lo que ves. Dime lo gruesa que se ve dentro de mí. Quiero oírlo de tu boca de cornudo mientras me destroza el culo.

—La… la tiene enterrada hasta el fondo —tartamudeó Emmett, la voz temblorosa, la lengua todavía lamiendo—. Tu culo se le abre… se estira tanto… se le sale su leche del coño y él te la sigue metiendo por detrás… joder, Petra, te está follando el culo como si fueras suya…

Silas se rió y aceleró el ritmo. Ahora embestía con fuerza, las bolas golpeándole el coño a Petra en cada embestida. Le dio una nalgada seca que dejó la marca roja ardiendo y le agarró el pelo, tirando de la cabeza hacia atrás para que el arco de su espalda se acentuara todavía más.

—Escúchalo, puta casada. Tu marido describe cómo te convierto en mi agujero. ¿Te gusta que te abra el culo delante de él? ¿Te gusta que él te lama mientras yo te uso?

—Me encanta —jadeó Petra, los ojos vidriosos, la saliva escurriéndole por la comisura—. Me gusta ser la puta de culo de su mejor amigo. Me gusta que me llene los dos agujeros con su leche. Emmett… ahora chúpame solo la punta. No te corras. Quiero sentir tu boca inútil en esa cosita mientras Silas me revienta el culo. Si te corres antes de que yo diga, te dejo sin nada más esta noche.

Emmett se incorporó lo justo para llevar la punta de su polla goteante a los labios de Petra. Ella la envolvió con la lengua y chupó solo el glande, succionando con ganas pero sin dejarlo empujar más. La humillación le subía por la garganta a Emmett como fuego líquido: su mujer le chupaba apenas la punta mientras el culo se le llenaba de la verga gruesa de Silas, el sonido de carne contra carne llenando la azotea nocturna.

Silas cambió el ángulo, inclinándose más sobre ella, y empezó a follarla con embestidas cortas y brutales que le hacían gritar contra la polla de Emmett. Las tetas de Petra rebotaban sin control; él le agarró una con la mano libre y le pellizcó el pezón hasta dejarlo rojo y marcado.

—Voy a correrme otra vez dentro de este culo —gruñó Silas—. Voy a llenártelo hasta que te rebose y le caiga a tu marido en la cara. ¿Quieres eso, Petra? ¿Quieres que te deje el culo chorreando delante de él?

—¡Sí! ¡Llénamelo! ¡Métame toda la leche por el culo! Emmett, lámelo cuando salga… chupa lo que se me escape… ¡aaah, me corro! ¡Me corro con la polla en el culo!

El orgasmo la sacudió con violencia. El cuerpo de Petra se contrajo entero, el culo apretando la verga de Silas en espasmos rítmicos, el coño chorreando jugos calientes sobre la manta y la cara de Emmett. Ella chupó más fuerte la punta de la polla de su marido sin dejarlo llegar, la lengua girando solo alrededor del glande mientras gemía y se sacudía. Silas no aguantó. Se hundió hasta el fondo, gruñó como un animal y disparó chorros espesos y calientes directamente en el intestino de Petra. Ella lo sintió latir, llenarla, rebosar; un hilo blanco y espeso le salió por los bordes del anillo estirado y le cayó sobre la lengua a Emmett.

Silas se quedó clavado un momento más, respirando pesado, exprimiéndose con empujones cortos. Luego sacó la polla despacio. El agujero de Petra quedó abierto, redondo, goteando semen a borbotones. Ella se mantuvo a cuatro patas, temblando, y miró a Emmett con esa sonrisa sucia y satisfecha.

—Lame. Ahora. Chupa la leche de mi culo. Quiero verte tragar lo que tu mejor amigo me ha metido dentro.

Emmett, la polla a punto de explotar y la cara ardiendo, se inclinó y lamió. El sabor era intenso, salado, caliente. Petra empujó el culo hacia su boca y se pasó los dedos por el coño al mismo tiempo, recogiendo más mezcla y ofreciéndosela.

—Traga todo, cornudo. Esta noche soy de Silas. Él me usa el coño, me usa el culo, me marca las tetas… y tú te quedas con la polla dura y la boca llena de su leche. Silas… todavía no has terminado conmigo. Quiero que me pongas de espaldas otra vez. Quiero que me folles el coño mientras le hago una paja lenta a Emmett sin dejarlo correrme. Quiero verlo llorar de ganas. Y después… después quiero que me la metas otra vez por el culo y me dejes sentada encima de él, chorreando sobre su pollita inútil. ¿Puedes, constructor? ¿Me folllas hasta que no me quede voz?

Silas se pasó la mano por la verga todavía brillante y ya recuperando dureza, la mirada oscura de hambre. Le dio una palmada suave pero posesiva en el muslo interno a Petra y miró a Emmett con una sonrisa brutal.

—Claro que sí. Emmett, prepárate. Vas a ver cómo tu mujer se corre otra vez y otra vez en mi polla mientras tú te mueres de ganas. Esta azotea todavía no ha visto lo peor. Petra… ábrete. Vamos a seguir destrozándote delante de tu cornudo hasta que el sol salga o hasta que tú digas basta. Y por lo que veo… todavía no has dicho basta.

Petra se giró de espaldas sobre la manta, las piernas abiertas de par en par, el culo y el coño chorreando semen espeso bajo la luz de las farolas lejanas. Se pasó dos dedos por ambos agujeros, abriéndolos para que Emmett lo viera todo, y le hizo un gesto con la cabeza.

—Acércate más, cariño. Quiero que sientas el calor de lo que me sale mientras Silas me vuelve a montar. Tócate despacio. No te corras. Esta noche apenas estoy empezando a ser completamente de él… y tú vas a mirar cada segundo.

Petra yacía de espaldas sobre la manta, las piernas abiertas de par en par, el coño y el culo todavía abiertos y chorreando la leche espesa de Silas bajo la luz amarillenta de las farolas lejanas. Emmett se arrastró hasta quedar entre sus muslos, la polla delgada y goteante en la mano, el pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. El olor a semen caliente y a sexo le llenaba la nariz; veía los labios hinchados de su mujer, el anillo del culo todavía contraído y abierto a la vez, un hilo blanco resbalando hacia la manta. Silas se arrodilló entre esas piernas anchas, la verga ya dura otra vez, gruesa y brillante, y se la restregó despacio por el clítoris hinchado de Petra.

—Mira cómo te la froto, puta casada —gruñó el constructor, la voz grave—. Tu cornudo está tan cerca que puede olerla. Emmett, acércate más. Quiero que sientas el calor cuando entre.

Emmett obedeció, la cara a menos de un palmo del coño de su esposa. Silas alineó la cabeza y empujó de un solo embiste profundo. El semen anterior salió a borbotones por los lados, salpicando la mejilla de Emmett. Petra arqueó la espalda y gritó un gemido largo, las tetas pesadas sacudiéndose.

—¡Joder, sí! ¡Métela toda otra vez! Emmett… ¿lo sientes? ¿Sientes cómo me abre? Su polla es un puto tronco. Me llega donde la tuya nunca llegó en quince años. Tócate despacio, cornudo. Quiero oír el sonido de tu mano patética.

Emmett se masturbaba con movimientos torpes y lentos, la cara ardiéndole. Veía la verga gruesa de Silas desaparecer hasta las bolas, salir brillante de jugos y leche, volver a hundirse con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida hacía que las caderas de Petra temblaran y que un chorro fresco le cayera cerca de la boca. Silas se inclinó, le agarró las tetas con las dos manos grandes y las apretó mientras follaba, chupando un pezón oscuro hasta dejarlo marcado de rojo.

—Estas tetas de ama de casa de treinta y ocho… las muerdo y siguen rebotando. Emmett, tu mujer es una zorra construida para ser usada. ¿Ves cómo me aprieta? Aunque le acabo de reventar el culo, el coño me chupa como si tuviera hambre.

Petra se pasó los dedos por el clítoris, frotándose en círculos rápidos mientras lo miraba a los ojos a su marido. La saliva le caía por la comisura.

—Habla, Emmett. Dime lo que ves. Dime lo gruesa que se ve entrando en mí. Quiero oírlo de tu boca de cornudo mientras me corro otra vez en su polla.

—La… la tiene enterrada hasta el fondo —tartamudeó Emmett, la voz rota de humillación y excitación—. Te estira… se te sale su leche y él sigue metiéndotela… joder, Petra, te está follando como una puta barata… el coño te chorrea encima de mí…

Silas aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza, el sonido plap-plap-plap llenando la azotea. Las bolas le golpeaban el culo de Petra en cada embestida. Ella se corrió con un grito ahogado, el cuerpo convulsionando, el coño ordeñando la verga gruesa en espasmos profundos. Un chorro de jugos le salpicó el pecho a Silas y la cara a Emmett. No paró. Silas la mantuvo abierta y la siguió martilleando a través del orgasmo, gruñendo contra su cuello.

—Así se corre una puta de verdad. Emmett, lame lo que le sale. Ahora. Prueba cómo le gotea el coño por mi polla.

Emmett se inclinó sin dudar ya, la lengua sacando la mezcla caliente de semen y jugos de los labios hinchados de su mujer mientras Silas seguía embistiendo. El sabor era intenso, salado, propio de su mejor amigo. Petra se empujó hacia su boca y soltó una risa ronca.

—Así, cornudo mío. Lame mientras él me usa. Silas… sácamela y métela otra vez por el culo. Quiero que me folles los dos agujeros sin parar. Quiero que Emmett vea cómo me los intercambias.

Silas sacó la polla con un sonido sucio y la alineó contra el culo todavía abierto y resbaladizo. Empujó. El glande se hundió de golpe y Petra gritó, las uñas clavándose en los hombros musculosos del constructor. Él no se detuvo: se clavó hasta las bolas de un solo tajo, el anillo estirándose al máximo alrededor de esa barra gruesa. Emmett veía todo de cerca: cómo la carne se adaptaba, cómo un hilo blanco salía del coño y le resbalaba por el periné hasta la lengua otra vez.

—¡Toda por el culo otra vez! —jadeó Petra, los ojos vidriosos—. Emmett, ¿lo ves? ¿Ves cómo me late por dentro? Tu mejor amigo me está convirtiendo el culo en su agujero personal. Chúpame el coño mientras me folla por detrás. No te corras. Si te corres te dejo sin nada.

Silas empezó a moverse con embestidas largas y profundas, las caderas golpeando las nalgas anchas de Petra con fuerza. Cada embestida hacía que las tetas se sacudieran violentamente y que más semen le saliera del coño a borbotones sobre la cara de Emmett. Él lamió, chupó, tragó, la polla palpitándole en la mano sin permiso de explotar. La humillación le sabía dulce y amarga a la vez; su mujer de treinta y ocho años, la voluptuosa Petra que él creía conocer, se había convertido en la puta sudorosa y gemidora de Silas frente a él.

—Más duro —rogó ella—. Revienta mi culo. Quiero que me dejes caminar raro mañana. Emmett… ahora sube. Ponme la punta de tu cosita en la boca. Solo la punta. Voy a chupártela despacio mientras Silas me destroza. No empujes. No te corras. Quiero verte llorar de ganas.

Emmett se arrodilló junto a la cabeza de Petra. Ella abrió la boca y envolvió solo el glande con los labios, succionando con ganas, la lengua girando alrededor de la ranura mientras gemía contra él cada vez que Silas la embestía. El constructor se rió y le agarró el pelo a Petra, tirando hacia atrás para que el arco de su espalda se acentuara.

—Mira a tu marido, puta. Tiene la cara de idiota mientras le chupas la punta miserable y yo te abro el culo. ¿Te gusta? ¿Te gusta ser mía delante de él?

—Me encanta —jadeó ella entre chupadas—. Me gusta que me uses los dos agujeros. Me gusta que él se muera de vergüenza con la polla dura. Silas… llénamelo otra vez. Métame la leche por el culo. Quiero que me rebose y le caiga a Emmett en la cara.

Silas gruñó, sudor brillándole en el pecho y los hombros. Aceleró hasta volverse brutal, las bolas golpeándole el coño a Petra en cada embestida corta y salvaje. Ella se corrió otra vez, el cuerpo entero en tensión, el culo apretando la verga gruesa en contracciones rítmicas, la boca todavía chupando solo la punta de Emmett sin dejarlo llegar. Silas se hundió hasta el fondo, gruñó como un animal y disparó chorros espesos y calientes directamente dentro del intestino de ella. Petra lo sintió latir, llenarla, rebosar; un hilo blanco y espeso le salió por los bordes del anillo estirado y le cayó sobre la lengua y la mejilla a Emmett.

Silas se quedó clavado un momento, respirando pesado, exprimiéndose con empujones cortos. Luego sacó la polla despacio. El agujero de Petra quedó abierto, redondo, goteando a borbotones. Ella se mantuvo con las piernas abiertas, temblando, y miró a su marido con esa sonrisa sucia y satisfecha mientras todavía le chupaba apenas el glande.

—Lame otra vez, cornudo. Chupa lo que se me escapa del culo. Traga la leche de tu mejor amigo. Silas… todavía no has terminado. Quiero que me pongas a horcajadas encima de Emmett. Quiero sentarme sobre su pollita inútil sin dejarla entrar, solo restregándome, chorreando tu semen sobre ella mientras tú me follas el coño desde atrás. Quiero que él sienta el calor de lo que me sale y se muera de ganas. ¿Puedes, constructor? ¿Me usas así hasta que yo diga?

Silas se pasó la mano por la verga todavía goteando y ya recuperando dureza, la mirada oscura de hambre pura. Le dio una palmada posesiva en el muslo interno a Petra y miró a Emmett con una sonrisa brutal.

—Claro que sí. Emmett, túmbate. Vas a sentir cómo tu mujer te empapa con mi leche mientras yo se la vuelvo a meter. Esta azotea todavía no ha visto lo peor. Petra… súbete. Vamos a seguir destrozándote delante de tu cornudo hasta que no te quede voz para gritar. Y por lo que veo… todavía te queda mucha puta dentro.

Petra se giró, se puso a horcajadas sobre el vientre de Emmett sin tocarle la polla, el coño y el culo chorreando semen espeso directamente sobre la verga delgada y palpitante de su marido. Silas se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas y empujó otra vez en el coño hinchado de un solo tajo. Petra gimió largo, las tetas colgando sobre la cara de Emmett, y empezó a restregarse contra la polla de él sin dejarla entrar, solo mojándola, manchándola, humillándola con cada movimiento mientras Silas la follaba desde atrás con fuerza renovada. El aire olía a sexo, a whisky y a sumisión. Abajo la ciudad zumbaba. Arriba, la noche seguía lejos de acabar, y Petra ya se inclinaba hacia adelante para que Emmett le chupara las tetas marcadas mientras el constructor la usaba otra vez, el ritmo húmedo y obsceno llenando la azotea, la tensión densa y sin resolver, la rendición apenas empezando a mostrar hasta dónde podía llegar.

Petra se inclinaba más sobre el pecho de Emmett, las tetas marcadas y pesadas rozándole la cara mientras se restregaba el coño y el culo chorreantes contra la polla delgada de su marido sin dejarla entrar ni un milímetro. Silas embestía desde atrás con fuerza renovada, la verga gruesa entrando y saliendo del coño hinchado de ella con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la azotea. Cada embestida hacía que más semen espeso de las corridas anteriores le resbalara por los labios abiertos y le cayera directamente sobre la verga y los huevos de Emmett, manchándolo, humillándolo.

—Siente eso, cornudo —jadeó Petra, la voz ronca de tanto gemir—. Siente cómo me sale la leche de tu mejor amigo encima de tu cosita inútil. No entra. No te dejo. Solo te empapo. Silas… más hondo. Quiero que me llegues al útero otra vez mientras él se muere debajo.

Silas gruñó, le agarró las caderas anchas con las manos grandes de constructor y aceleró el ritmo. Las bolas le golpeaban el clítoris a Petra en cada embestida; el plap-plap-plap resonaba contra el cemento caliente. Emmett tenía la cara ardiendo, la polla palpitándole tan dura que dolía, cubierta de la mezcla caliente que le goteaba de su mujer. Olió el semen de Silas, el sudor de Petra, el whisky que todavía flotaba en el aire. Quiso empujar hacia arriba, buscar entrada, pero ella se levantó un poco cada vez que él lo intentaba, dejándolo solo con la fricción miserable y resbaladiza.

—Mírame los ojos, Emmett —ordenó ella, inclinándose hasta que sus pezones duros y mordidos le rozaron los labios—. Chúpamelas. Muérdemelas como él. Quiero marcas de los dos mientras me folla. Y tócate despacio. Si te corres antes de que yo diga, te dejo aquí con la polla dura y te vas a casa solo.

Emmett abrió la boca y chupó el pezón izquierdo con desesperación, saboreando el sudor y la marca roja que Silas le había dejado antes. La lengua le daba vueltas a la areola oscura mientras su mano derecha se movía torpe por su propia verga empapada. Petra gimió largo cuando Silas cambió el ángulo y le rozó ese punto profundo que la hacía arquear la espalda. Ella se corrió de golpe, el coño contrayéndose en oleadas alrededor de la polla gruesa, un chorro de jugos calientes salpicándole el vientre a Emmett y la cara.

—¡Aaah, me corro otra vez en él! ¡Mira, cornudo, mira cómo me orino de gusto encima de ti! Silas no pares… sácamela y métela por el culo ahora mismo. Quiero sentirlo grueso ahí mientras me resto contra la pollita de mi marido.

Silas sacó la verga brillante de un tirón. El coño de Petra quedó abierto, goteando, y él alineó la cabeza gruesa contra el anillo todavía flojo y resbaladizo del culo. Empujó de un solo tajo profundo. Petra gritó, las uñas clavándose en los hombros de Emmett, el cuerpo temblando encima de él. Silas se hundió hasta las bolas; las caderas chocaron contra las nalgas anchas con un sonido final y húmedo. Emmett veía de cerca cómo el culo de su mujer se estiraba alrededor de esa barra de acero, cómo un hilo blanco le salía del coño y le caía directo a la boca de su estómago.

—Joder, qué apretado sigue —jadeó Silas, sudor brillándole en el pecho musculoso—. Emmett, tu esposa me traga el culo como si naciera para esto. Siente cómo le late por dentro. Se le sale mi leche del coño y yo se la sigo metiendo por detrás.

Petra se restregaba más fuerte contra la polla de Emmett, el clítoris hinchado frotándose por el glande sin dejarlo entrar, manchándolo todo de semen fresco. Se inclinó y le besó la boca con lengua sucia, haciéndole saborear lo que ella había chupado antes.

—Habla, cariño. Dime lo que sientes. Dime lo gruesa que se ve dentro de mi culo. Quiero oírlo mientras me destroza.

—La… la tiene enterrada hasta el fondo —tartamudeó Emmett, la voz rota—. Tu culo se le abre… se estira tanto… me estás mojando toda la polla con su corrida… joder, Petra, te está follando el culo como si fueras solo suya…

Silas se rió y empezó a embestir con fuerza brutal, las bolas golpeándole el coño a Petra en cada embestida corta y salvaje. Ella se sacudía encima de Emmett, las tetas rebotando contra su cara, la saliva cayéndole al pecho. Emmett chupaba un pezón y luego el otro, la mano acelerando un poco en su propia verga a pesar de la orden. La humillación le subía por la garganta como fuego dulce; quince años de matrimonio y nunca la había visto así, sudorosa, gemidora, convertida en la puta completa de su mejor amigo.

—Más… más duro —rogó Petra—. Revienta este culo. Quiero caminar raro mañana y que Emmett lo sepa cada vez que me mire. Silas… llénamelo. Métame otra corrida caliente por detrás. Quiero que me rebose y le caiga a él en la polla y en la cara.

Silas aceleró hasta volverse un martillo. Petra se corrió otra vez con un grito ahogado, el culo apretando la verga gruesa en espasmos rítmicos, el coño chorreando sobre Emmett. Silas se hundió hasta el límite, gruñó como un animal y disparó chorros espesos y calientes directamente dentro del intestino de ella. Petra lo sintió latir, llenarla, rebosar; un hilo blanco y espeso le salió por los bordes del anillo estirado y le cayó a borbotones sobre la verga y el vientre de su marido.

Silas se quedó clavado un momento, respirando pesado, exprimiéndose con empujones cortos. Luego sacó la polla despacio. El agujero de Petra quedó abierto, redondo, goteando semen a chorros sobre Emmett. Ella se mantuvo a horcajadas, temblando, y se pasó dos dedos por el culo destrozado, recogiendo más leche y ofreciéndosela a la boca de su marido.

—Traga. Ahora. Chupa lo que tu mejor amigo me ha metido en el culo. Toda. Quiero verte tragar su corrida mientras yo todavía te tengo debajo.

Emmett obedeció, la lengua sacando el semen caliente y salado, tragando con la cara ardiendo. Petra se rió ronca y se levantó un poco, guiando la polla todavía dura de Silas hacia su coño otra vez. Se hundió sola, cabalgándolo de espaldas a él, de frente a Emmett, las piernas abiertas para que su marido viera todo: cómo la verga gruesa desaparecía, cómo el semen anterior salía a borbotones, cómo ella se tocaba el clítoris con dos dedos rápidos.

—Así, constructor. Úsame el coño otra vez. Emmett… ahora sí. Tócate rápido. Quiero que te corras mirándome. Quiero ver esa cosita patética disparar al aire mientras yo me corro en la polla de tu amigo. Pero no me toques. No me limpies. Quédate con la leche de él seca en la cara.

Silas la agarró de las caderas desde abajo y la folló hacia arriba con violencia renovada. Petra cabalgaba, las tetas sacudiéndose, la boca abierta, mirando fijo a Emmett. Él se masturbaba con desesperación, la polla goteando, la vergüenza y el placer mezclados en un nudo doloroso. Silas gruñó, aceleró y se corrió otra vez dentro del coño de Petra, llenándola hasta que rebosó por los lados y le cayó a Emmett en el pecho. Ella gritó, se corrió con él, el cuerpo entero en tensión, el coño ordeñando la verga gruesa.

Petra se quedó montada un segundo más, respirando entrecortado, luego se levantó. La polla de Silas salió con un sonido sucio; un chorro espeso le bajó por el muslo hasta la rodilla. Ella se arrodilló frente a Emmett, le abrió la boca con los dedos y escupió un poco de la mezcla que todavía le salía dentro.

—Traga esto también, cornudo. Toda la noche he sido de Silas. Me ha follado el coño, me ha roto el culo, me ha llenado hasta que no puedo más… y tú te has quedado mirando como el marido que siempre quisiste ser. Ahora córrete. Dispara esa pollita sobre mi pecho. Quiero sentirla caliente y miserable mientras él todavía está duro detrás de mí.

Emmett no aguantó. La mano se movió en un borrón y disparó chorros delgados y salados sobre las tetas pesadas de Petra, manchándole los pezones ya marcados. Ella se rió, se pasó los dedos por su propia leche y la de Silas mezclada, y se la ofreció a la boca de su marido otra vez. Silas se arrodilló detrás, la verga todavía semidura y brillante, y le dio una nalgada suave pero posesiva.

Petra se giró hacia los dos, el vestido hecho jirones, el cuerpo sudoroso y chorreante, la sonrisa sucia y satisfecha iluminada por las farolas lejanas. Se pasó la lengua por el labio inferior, miró a Emmett a los ojos y luego a Silas, y dejó caer la última pregunta con la voz ronca de quien ya no tiene prisa por bajar de la azotea:

—¿Mañana volvemos a subir los tres… o prefieres que Silas me recoja solo en la obra y me folle en la caseta mientras tú te quedas en la oficina imaginándotelo, cornudo mío?

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