Rendición Espumosa: La Divorciada se Entrega al Cervecero Frente a Él
Una divorciada de 42 años se folla con gusto al robusto cervecero de 38 mientras su marido pasivo mira atado.
Soy Danielle, cuarenta y dos años, divorciada sobre el papel y todavía casada en la práctica con Wesley, cuarenta y cinco, el hombre con el que compartí dos décadas de cama tibia y silencio. Mi cuerpo sigue firme: pechos pesados que no han bajado del todo, cintura marcada, caderas anchas y un culo redondo que rellena cualquier vaquero. Wesley, en cambio, hace años que apenas me toca. Su deseo se ha ido reduciendo hasta convertirse en algo pasivo, casi espectatorial. Le excita mirar. Eso lo supe mucho antes de admitirlo en voz alta.
Contratamos a Julius para instalar un sistema de cerveza artesanal en el sótano y la barra de la cocina. Treinta y ocho años, hombros anchos, antebrazos tatuados de lúpulos y engranajes, barba recortada y una presencia que ocupaba el espacio sin pedir permiso. El primer día llegó con la camiseta negra ceñida y las herramientas. Yo le abrí la puerta en shorts y una camiseta fina sin sujetador. Nuestros ojos se encontraron y se quedaron un segundo de más. Wesley observaba desde el sofá, las manos inquietas sobre los muslos, sabiendo —yo lo leí en su cara— que algo se había activado.
—¿Cerveza de verdad o solo el adorno? —preguntó Julius, mirándome a la boca.
—De verdad —respondí—. Quiero espuma espesa y amargor que se quede.
Él sonrió. Wesley tragó saliva.
Cada visita fue peor y mejor. Julius rozaba mi cintura “sin querer” al pasar detrás de mí hacia la nevera de fermentación. Un comentario al aire:
—Apostaría a que tu sabor es más complejo que cualquier IPA que haya hecho.
Yo, sin bajar la mirada:
—Mi marido nunca supo sacármelo entero. Se limitaba a chapotear.
Wesley se removió en el sofá, la erección visible bajo el chándal. Una tarde, mientras Julius ajustaba los grifos, Wesley me llamó en voz baja a la salita contigua.
—Quiero ver cómo te rindes a él —confesó, la voz ronca de vergüenza y ganas—. Quiero que me ates y me hagas mirar. Por favor, Danielle. Dile que sí.
Se lo dije a Julius esa misma tarde, sin rodeos, mientras Wesley escuchaba desde el umbral. Julius dejó la llave inglesa sobre la encimera, se limpió las manos en el delantal de cuero y me miró de arriba abajo.
—¿Estáis los tres de acuerdo?
—Sí —contesté yo.
—Sí —repitió Wesley, casi un susurro.
Julius asintió una sola vez. La tensión ya no cabía en la cocina.
La tarde siguiente él llegó sin herramientas. Solo el cuerpo. Wesley ya estaba sentado en la silla del comedor; yo le había atado las muñecas al respaldo con las correas que él mismo había comprado meses atrás “por si acaso”. Los tobillos sujetos a las patas. La polla de mi marido se marcaba dura contra la tela, y sus ojos no sabían dónde ponerse.
Julius me acorraló contra la barra de la cocina. El mármol frío en la espalda baja. Su pecho ancho me empujaba. Olió a malta y a sudor limpio. Me agarró la mandíbula con una mano grande y me obligó a mirarlo.
—Dilo claro —ordenó.
—Te deseo —dije, sin temblar—. Quiero que me folles delante de él. Que me uses. Que él lo vea todo.
—Buenas chicas divorciadas —murmuró, y me besó con hambre, lengua profunda, dientes en el labio inferior. Sus manos bajaron, me subieron la falda de una vez y me encontraron sin bragas, el coño ya resbaladizo. Dos dedos entraron sin preámbulo y yo gemí contra su boca.
—Míralo —me dijo al oído—. Mírale la cara mientras te abro.
Wesley jadeaba, las sillas crujían con cada tirón inútil de las ataduras. Julius sacó su polla: gruesa, pesada, la cabeza morada ya brillante de precum. Me levantó una pierna, me abrió y se hincó de un solo empujón hasta el fondo. El aire se me escapó. Estaba tan llena que me costaba pensar. Empezó a follarme de pie, contra la barra, embestidas cortas y fuertes que hacían golpear mis nalgas en el borde. Me llamaba puta divorciada necesitada, puta de cuarenta y dos que necesitaba una verga de verdad, y yo solo podía agarrarme a sus hombros tatuados y gemir que sí, que más.
—Dile a tu marido cómo se siente —exigió, sin frenar.
—Se siente enorme —jadeé, mirando a Wesley—. Me estira. Me llena como tú nunca pudiste. Dios, Julius… no pares.
Julius me sacó, me giró y me empujó hacia la mesa de la cocina. Me subió encima a cuatro patas, las tetas colgando, el culo al aire. Entró otra vez de un tajo y reanudó el ritmo, más profundo, más rápido. Me azotó una nalga y luego la otra, el sonido seco resonando en la cocina abierta. Cada palmada me hacía apretar el coño alrededor de su polla.
—Grita lo que es verdad —ordenó, tirándome del pelo para que mirara a Wesley.
—¡La tiene mejor! —grité, la voz rota—. ¡Folla mejor, es más gruesa, me da más duro! ¡Soy su puta ahora, Wesley, míralo cómo me usa!
Wesley gemía, la cara roja, la polla latiendo contra el chándal mojado de precum. Julius me follaba sin piedad, las bolas golpeándome el clítoris, su mano libre apretándome el cuello lo justo para recordarme quién mandaba en ese momento. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, el orgasmo subiéndome por las piernas como electricidad.
Cuando notó que estaba al borde, me sacó otra vez. Me levantó como si no pesara y me sentó sobre la barra, las piernas abiertas a ambos lados de sus hombros. Se arrodilló. Su barba me rozó los muslos internos. Me abrió los labios del coño con los pulgares y lamió de abajo arriba, lento y largo, saboreando el rastro de los dos. La lengua se clavó en mi clítoris y empezó a comerme con hambre de hombre que lleva semanas oliendo la presa. Chupaba, mordisqueaba suave, metía la lengua dentro y volvía al botón hinchado. Yo me agarraba al borde del mármol, los talones clavados en su espalda, y miraba a Wesley mientras Julius me devoraba.
—Se nota que te gusta la espuma —dijo contra mi coño, la voz vibrándome—. Voy a dejarte empapada y luego voy a volver a metértela hasta que grites el nombre de él y el mío mezclados.
Metió dos dedos curvados mientras chupaba y yo me corrí de golpe, el cuerpo arqueado, un grito largo que hizo temblar a Wesley en su silla. Julius no se detuvo. Siguió lamiendo, bebiéndome, prolongando las sacudidas hasta que me volví hipersensible y tuve que empujarle la cabeza. Él se levantó, la boca brillante, la polla todavía dura y oscura, y me miró con esa media sonrisa de quien sabe que la tarde apenas empieza.
Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, tierno y cruel a la vez.
—Todavía no he terminado contigo, Danielle —dijo en voz baja, lo bastante alta para que Wesley lo oyera—. Tu marido va a ver cómo te lleno. Cómo te dejo marcada. Cómo te pides más después de correrte. ¿Verdad que lo vas a pedir?
Aparté el flequillo sudado de la frente, todavía temblando, el coño latidor y abierto sobre el mármol frío. Miré a Wesley —ojos húmedos, pecho agitado, completamente entregado a su propia humillación placentera— y luego volví la vista a Julius.
—Sí —respondí, clara—. Voy a pedirlo. Y él va a mirar cada segundo.
Julius se acarició la polla despacio, untándose con lo que yo le había dejado en la boca y en los dedos. La cocina olía a sexo, a cerveza derramada de días anteriores y a la rendición que los tres habíamos firmado sin papel. Afuera empezaba a oscurecer. Dentro, el aire estaba demasiado caliente y ninguno de nosotros había terminado de verdad.
Julius me atrajo hacia el borde de la barra otra vez, me abrió las piernas con sus caderas y apoyó la cabeza gruesa justo en mi entrada todavía sensible.
—Entonces respira hondo —murmuró—. Porque ahora vamos a enseñarle lo que es una divorciada que de verdad se entrega.
Sentí cómo empezaba a abrirme de nuevo, centímetro a centímetro, y el gemido que se me escapó no era solo mío: era el de los tres, atrapados en la misma corriente espesa que todavía no había llegado a su final.
Soy Danielle y el momento en que Julius me abrió otra vez, centímetro a centímetro sobre el mármol frío de la barra, me dejó sin aire. Su polla gruesa entraba despacio, deliberada, forzando mis paredes todavía hipersensibles del orgasmo anterior. Sentía cada vena, cada pulso, y el estiramiento me hacía apretar los dientes mientras miraba a Wesley atado a la silla. Él tenía los ojos abiertos de par en par, la respiración entrecortada, la mancha oscura en el chándal cada vez más grande.
—Respira —repitió Julius, más grave—. Quiero que tu marido vea cómo te tragas cada puta pulgada.
Me empujé hacia él. Quería más. Quería que Wesley lo viera todo. Cuando Julius tocó fondo, un gemido largo se me escapó de la garganta y mis uñas se clavaron en sus antebrazos tatuados. Empezó a moverse con embestidas profundas y lentas, sacándola casi por completo y volviendo a hincársela hasta el fondo. Cada golpe hacía temblar mis pechos y el mármol bajo mi culo. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, acompañado del crujido de las ataduras de Wesley cada vez que tiraba de ellas.
—Míralo —me ordenó Julius, agarrándome la cara con una mano grande y girándola hacia mi marido—. Dile cómo te sientes ahora.
—Me destroza —jadeé, la voz rota—. Está tan gruesa… me llena de una forma que tú nunca lograste, Wesley. Me llega donde tú no llegabas. Dios, Julius, más fuerte.
Julius aceleró. Las embestidas se volvieron más brutales, más profundas. Me sujetaba las caderas con fuerza, tirándome hacia su polla mientras empujaba. Mis piernas se engancharon a su cintura y yo solo podía recibir. El calor me subía otra vez por la barriga, ese nudo eléctrico que me hacía apretar el coño alrededor de él.
—Puta divorciada de cuarenta y dos años —gruñó contra mi oído—. Necesitada de una verga de verdad. Tu marido se limita a mirar como un perro manso mientras yo te uso. ¿Le gusta, eh, Wesley? ¿Te gusta ver cómo se te escurre la mujer alrededor de mi polla?
Wesley soltó un gemido ahogado, asintiendo con la cabeza, la cara roja de vergüenza y excitación. Su polla latía visible bajo la tela húmeda. Julius se rió bajo y me sacó de golpe. Me bajó de la barra, me hizo girar y me empujó de rodillas al suelo frío de la cocina. Su polla, brillante de mis jugos, me rozó los labios.
—Ábrela —dijo—. Chúpamela mientras él te mira. Quiero que saborees lo que te acaba de follar.
Abrí la boca sin dudar. Metí la lengua primero, lamiendo desde las bolas hasta la punta, saboreando el sabor amargo y salado de los dos mezclados. Luego la engullí lo más profundo que pude, sintiendo cómo me llenaba la garganta. Julius agarró mi pelo y empezó a follarme la boca con movimientos cortos y controlados. Yo miraba de reojo a Wesley, cuyos ojos no se apartaban. Mis manos subieron a los muslos gruesos de Julius, clavando las uñas mientras babeaba alrededor de su verga.
—Así se chupa una polla de verdad —dijo Julius, la voz espesa—. Tu mujer lo hace mejor de rodillas, Wesley. Fíjate cómo se le derrama la saliva. Cómo se entrega. Dile lo que quiere, Danielle.
Saqué la polla de la boca con un hilo de saliva conectándonos.
—Quiero que me corras dentro —dije mirando a mi marido, la voz ronca—. Quiero sentir cómo me llenas mientras él no puede ni tocarse. Quiero que me marques, Julius. Úsame delante de él hasta que no pueda más.
Julius me levantó del suelo como si no pesara nada. Me llevó hasta la mesa del comedor, más cerca de Wesley, y me tumbó de espaldas sobre la madera. Me abrió las piernas a lo ancho, me colocó los talones en el borde y se colocó entre ellas. Entró de un solo empujón brutal y yo grité. Empezó a follarme sin piedad, la mesa crujiendo bajo nosotros, mis tetas rebotando con cada embestida. La cabeza de Wesley estaba a menos de un metro; podía oír su respiración agitada, ver cómo se le humedecían los ojos.
—Dile lo que siente tu coño —exigió Julius, azotándome un muslo.
—¡Se siente perfecto! —grité—. ¡Me abre, me estira, me hace correr! ¡Tu polla es más gruesa, más dura, más larga! ¡Me folla como una puta y me encanta! ¡Wesley, míralo cómo me usa! ¡Soy suya ahora!
Julius se inclinó, me chupó un pezón duro y luego el otro, mordisqueando mientras seguía embistiendo. Una mano bajó entre nosotros y frotó mi clítoris hinchado en círculos rápidos. El segundo orgasmo me golpeó sin aviso. Me arqueé, gritando el nombre de Julius y el de Wesley mezclados, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de su polla. Él no se detuvo. Siguió follándome a través de las sacudidas, prolongándolas, sacándome más gemidos rotos.
Cuando aflojó un poco, me giró otra vez. Me puso de pie, de espaldas a él, y me inclinó sobre la mesa para que mi cara quedara a la altura de las rodillas de Wesley. Me entró por detrás, profundo, y me agarró las caderas. Empezó un ritmo brutal, las bolas golpeándome el clítoris, su pecho sudado pegado a mi espalda. Cada embestida me empujaba hacia adelante, hacia mi marido atado.
—Míralo a los ojos —ordenó Julius—. Dile que eres mi puta de cerveza. Que te follo mejor. Que te voy a llenar y que después le vas a hacer lamer el desastre.
—¡Soy tu puta! —jadeé, mirando a Wesley fijamente—. ¡Me folla mejor que tú nunca! ¡Me llena y me destroza y me hace venir como tú no podías! ¡Voy a pedirle que me llene, Wesley! ¡Y tú vas a mirar cómo me escurre por los muslos!
Julius me tiró del pelo, obligándome a arquear la espalda. Su otra mano me rodeó el cuello, no apretando del todo, solo recordándome el control. El olor a sexo, a malta y a sudor llenaba la cocina. Mi coño hacía ruidos obscenos cada vez que él entraba y salía. Sentía otro orgasmo construyéndose, más lento, más profundo, como una marea.
—Todavía no —murmuró Julius al oído, frenando de repente, dejándome al borde—. Quiero probarte de otra forma. Quiero que tu marido vea cómo te abro del todo.
Me sacó. Me dio la vuelta y me hizo subir a la mesa a cuatro patas otra vez, pero esta vez de cara a Wesley, a menos de un brazo de distancia. Julius se colocó detrás, me abrió las nalgas con ambas manos y escupió sobre mi entrada. No era saliva cualquiera; era deliberado, obsceno. Luego apoyó la punta gruesa otra vez en mi coño empapado y se hundió hasta las bolas de un solo golpe.
Empezó a follarme con embestidas largas y poderosas que me hacían balancearme. Mis pechos colgaban y se mecían. Cada vez que entraba, mi cara se acercaba más a la de Wesley. Podía oler su excitación, ver la forma en que se le contraía la garganta al tragar saliva.
—Bésalo —dijo Julius de pronto—. Bésalo mientras yo te follo. Que sienta en la boca lo que yo le estoy haciendo a su mujer.
Me incliné y besé a Wesley. Fue un beso húmedo, desesperado, con lengua. Él respondió como pudo, atado, gimiendo contra mi boca mientras Julius me embestía más fuerte. Sentía las lágrimas de humillación y placer en las mejillas de mi marido. Separé los labios solo para gemir:
—Está tan dentro… me llega al fondo… Julius me está follando tan rico, Wesley… no puedo… voy a correrme otra vez mirándote.
Julius metió un dedo en mi boca y me hizo chuparlo, luego bajó esa mano y empezó a rozarme el culo, solo el exterior, provocando, sin entrar todavía. La amenaza del más, del siguiente nivel, me hizo apretar el coño con fuerza.
—Todavía no hemos terminado de enseñarle nada —gruñó Julius, acelerando otra vez—. Voy a correrme dentro de ti, Danielle. Voy a dejarte llena y goteando delante de él. Y después vas a pedirme que te la meta otra vez. ¿Verdad?
—Sí —jadeé, clara, mirando a Wesley mientras el orgasmo me subía por las piernas como fuego—. Sí, Julius. Llénamela. Márcala. Quiero sentirte rebosar mientras él se corre en el chándal sin que nadie lo toque. Fóllame más duro. Úsame. Soy tuya esta noche.
Julius me agarró las caderas con ambas manos y embistió con toda su fuerza. La mesa se movía. Yo gritaba sin control. Wesley gemía mi nombre como una plegaria rota. El aire de la cocina estaba denso, caliente, cargado de la promesa de que esto apenas empezaba a escalar de verdad. Julius no se había corrido aún. Yo tampoco había dicho la última palabra. Y Wesley, atado y temblando, seguía mirando cada segundo de mi rendición espumosa, sabiendo que la noche iba a pedirnos más.
Soy Danielle y el empujón final de Julius contra la mesa me sacó un grito que rebotó en las paredes de la cocina. Su polla gruesa me abría de nuevo, profunda, sin piedad, y yo apretaba las nalgas contra él buscando que me llegara más lejos. Wesley estaba tan cerca que oía cada jadeo mío, cada chapoteo obsceno de mi coño empapado tragándosela entera. La madera crujía bajo mis rodillas y mis pechos pesados se mecían con el ritmo brutal.
—Más fuerte —supliqué, la voz ronca—. Quiero que él lo sienta en la cara. Que vea cómo me destrozas.
Julius gruñó y aceleró. Sus manos me agarraban las caderas con fuerza de obrero, los dedos clavándose en la carne blanda, y cada embestida hacía que mi cuerpo se balanceara hacia adelante, casi rozando las rodillas atadas de mi marido. Podía oler el precum que manchaba el chándal de Wesley, ver cómo su polla saltaba inútil bajo la tela mojada. Él no apartaba la mirada. Sus ojos brillaban con esa mezcla de vergüenza y hambre que yo conocía tan bien después de veinte años.
—Dile lo que te está pasando por dentro —ordenó Julius, tirándome del pelo para que mirara a Wesley fijamente—. Sin adornos.
—Me llena hasta el fondo —jadeé, cada palabra entrecortada por un golpe de cadera—. Tu polla nunca me llegó así, Wesley. Nunca me estiró tanto. Julius me folla como si fuera suya, como si yo solo existiera para su verga. Dios, se siente tan gruesa… me abre y me cierra alrededor de él. Voy a correrme otra vez mirándote.
Julius metió la mano por debajo y me frotó el clítoris hinchado con el pulgar, círculos rápidos y precisos mientras seguía embistiéndome. El orgasmo me subió como una ola caliente desde el coño hasta la garganta. Me arqueé, grité su nombre y el de Wesley mezclados, y el coño se me contrajo en espasmos violentos que lo apretaban con fuerza. Él no paró. Siguió follándome a través de las sacudidas, sacándome más gemidos rotos, más jugos que le resbalaban por las bolas y le caían al suelo de la cocina.
Cuando las contracciones aflojaron un poco, me sacó de golpe. El vacío me dejó temblando. Me bajó de la mesa, me hizo arrodillarme otra vez frente a Wesley y se colocó detrás de mí, de rodillas también. Me abrió las nalgas con las manos grandes y volvió a entrar de un solo empujón, esta vez más lento, más profundo, para que Wesley viera de cerca cómo desaparecía su polla entre mis labios hinchados.
—Mira cómo se la traga tu mujer —le dijo a Wesley, la voz espesa de control—. Mírala goteando. Mírala empujando hacia atrás como una puta necesitada. Danielle, chúpale los pezones a tu marido a través de la camiseta mientras yo te uso. Que sienta tu boca aunque no pueda tocarte.
Me incliné y mordisqueé el pezón de Wesley a través de la tela fina. Él gimió alto, la silla crujiendo con el tirón de las correas. Julius me follaba con embestidas largas y pesadas, las bolas golpeándome el clítoris cada vez que tocaba fondo. Yo chupaba y lamía el pecho de mi marido, saboreando su sudor, mientras mi coño hacía ruidos obscenos alrededor de la verga del cervecero.
—Quiero correrme dentro —anunció Julius de pronto, sin frenar—. Quiero llenarte delante de él. Que te vea rebosar. ¿Lo pides, divorciada?
—Sí —respondí contra el pecho de Wesley, clara y sin vergüenza—. Llénamela, Julius. Márcala. Quiero sentir tu leche caliente mientras él se ahoga en su propia excitación. Úsame hasta el final. Soy tuya esta noche. Fóllame y déjame goteando.
Julius me agarró el cuello con una mano y me enderezó un poco, obligándome a mirar a Wesley a los ojos mientras aceleraba. Las embestidas se volvieron cortas, brutales, el sonido de piel contra piel llenando la cocina junto al olor a sexo y malta. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo latía. Con un gruñido profundo se enterró hasta las bolas y se corrió. Chorros calientes y espesos me llenaron el coño, pulso tras pulso, y yo gemí de placer al sentirme rebosar. Parte se me escapó por los laterales, resbalando por mis muslos internos hacia las rodillas.
No me soltó de inmediato. Siguió empujando despacio, exprimiendo hasta la última gota, mientras yo temblaba y miraba la cara roja y húmeda de Wesley. Mi marido respiraba como si hubiera corrido un maratón, la mancha en su chándal ahora enorme, la polla todavía dura y sin alivio.
Julius se salió despacio. Sentí el goteo inmediato, caliente y viscoso, bajándome por las piernas. Me levantó del suelo y me sentó a horcajadas sobre las rodillas de Wesley, de espaldas a él, las piernas abiertas de par en par para que mi marido sintiera el calor de mi coño goteante a milímetros de su polla encarcelada. Julius se puso de pie frente a nosotros, se acarició la verga todavía semidura y brillante de semen y de mis jugos.
—Límpiala —me ordenó—. Con la lengua. Que tu marido sienta cómo te mueves sobre él mientras chupas lo que te acaba de llenar.
Me incliné hacia adelante y lamí la polla de Julius de base a punta, saboreando el sabor amargo y salado de los tres mezclados: él, yo y la humillación de Wesley. Mi culo se frotaba contra la erección cubierta de mi marido con cada movimiento. Wesley gemía bajo mí, impotente, y yo empujaba más fuerte a propósito, dejando que el semen que me escurría manchara también su chándal.
—Se siente caliente —murmuré contra la verga de Julius, mirando a Wesley por encima del hombro—. Tu leche me baja por los muslos y le moja a él. Wesley, estás sintiendo cómo me has perdido. Cómo otro hombre me ha marcado por dentro.
Julius se endureció de nuevo en mi boca. Agarró mi cabeza y me folló la garganta con embestidas controladas, babas resbalándome por la barbilla y cayendo sobre el pecho de Wesley. Cuando estuvo completamente dura otra vez, me apartó, me levantó de las rodillas de mi marido y me llevó hasta el sofá del salón contiguo, donde la luz de la lámpara dejaba todo más visible. Me tumbó de lado, me levantó una pierna y se colocó detrás, cuchara. Entró fácil esta vez, mi coño resbaladizo y abierto, y empezó un ritmo profundo y lento que me hacía gemir contra el cojín.
Wesley nos veía desde la silla, a solo unos metros, atado e incapaz de hacer nada más que mirar y latir. Julius me masturbaba el clítoris con dedos expertas mientras me follaba, y yo le contaba a mi marido cada detalle.
—Está otra vez dentro… tan gruesa… me llega al punto exacto. Me frota por dentro y por fuera. Voy a correrme otra vez, Wesley. Voy a mojar el sofá y él va a seguir. No ha terminado conmigo. Ninguno de los tres hemos terminado.
Julius aceleró, las embestidas más fuertes, su pecho sudado pegado a mi espalda. Me mordió el hombro, me chupó el cuello dejando marcas, y me habló al oído lo bastante alto para que Wesley oyera cada palabra.
—Después de esta te voy a abrir el culo. Lento. Con los dedos primero. Quiero que tu marido vea cómo te preparo. Cómo te ríes de placer cuando te lo meta entero. ¿Lo vas a pedir también, Danielle?
El calor me subió otra vez. El orgasmo me golpeó mientras él hablaba, el coño apretándose alrededor de su polla, el cuerpo sacudiéndose. Grité que sí, que lo pediría, que quería todo, que Wesley tenía que mirar cómo me rendía del todo. Julius me folló a través de las contracciones, prolongándolas, y cuando aflojé me sacó, me puso a cuatro patas en el sofá de cara a Wesley y se arrodilló detrás.
Separó mis nalgas. Escupió sobre mi agujero rosado y apretado. Pasó el pulgar alrededor, presionando sin entrar aún, solo amenazando. Yo miraba a Wesley, el semen todavía goteándome del coño, el clítoris palpitando, y sentía cómo la noche se abría a algo más espeso, más completo.
—Respira —me dijo Julius, la voz grave—. Porque ahora tu marido va a ver cómo te entregas de verdad. Cómo te abro donde él nunca se atrevió. Y tú vas a pedírmelo mirándolo a los ojos.
Apoyó la punta gruesa de su polla contra mi entrada trasera, solo rozando, y yo gemí anticipando el estiramiento. Wesley tragó saliva audible. El aire olía a sexo, a cerveza vieja y a la rendición que todavía no había tocado fondo. Julius empujó un milímetro, lo justo para que yo sintiera la presión, y se detuvo.
—Dilo —exigió.
—Métela —jadeé, mirando a mi marido atado—. Ábreme el culo delante de él. Fóllame ahí también. Quiero sentir cómo me llenas los dos agujeros esta noche. Wesley, míralo. Mírame pedirlo. Soy su puta de cerveza y voy a tomármela entera.
Julius sonrió contra mi nuca y empezó a presionar de verdad, centímetro a centímetro, mientras yo respiraba hondo y el placer-dolor me subía por la espalda. La tensión en la habitación era espesa, caliente, inacabada. Él no había terminado de marcarlo todo. Yo no había dicho la última súplica. Y Wesley, temblando en su silla, seguía mirando cada segundo de mi cuerpo abriéndose a otro hombre, sabiendo que la marea espumosa todavía nos arrastraba más lejos.
Soy Danielle y el milímetro se convirtió en tres cuando Julius empujó de verdad. La punta gruesa de su polla forzaba mi agujero apretado, el esfínter ardiendo y resistiendo un segundo antes de ceder con un estiramiento lento y brutal que me robó el aire. Respiré hondo, mirando a Wesley a los ojos, y empujé hacia atrás para tomarla. El placer-dolor subió por mi columna como un cable vivo. Julius gruñó contra mi nuca y siguió entrando, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus bolas pegadas a mi coño todavía goteante de su leche anterior.
—Mírala tragársela entera por el culo —le dijo a Wesley, la voz espesa—. Tu mujer de cuarenta y dos años abriéndose como una puta de cervecería. Danielle, dilo.
—Me la está metiendo entera en el culo —jadeé, clara, sin temblar—. Me abre donde tú nunca te atreviste, Wesley. Está gruesa… me quema y me llena y me encanta. Fóllame el culo, Julius. Más.
Julius empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, dejando que me acostumbrara al grosor, luego más largas, más profundas. Cada entrada hacía que mi coño vaciara otro hilo de semen sobre el sofá. Mis pechos colgaban y rebotaban. Wesley estaba a menos de un metro, atado, la cara roja, la polla latiendo inútil bajo el chándal empapado. Yo gemía con cada embestida y le contaba todo sin filtro.
—Se siente enorme por detrás —dije, la voz rota—. Me estira el culo hasta el límite. Tu polla nunca me hubiera llegado así. Julius me folla el culo como si fuera mío solo para él. Dios, más duro. Quiero que me lo destroce delante de ti.
Julius aceleró. Sus manos me agarraban las caderas con fuerza de obrero, los dedos clavados en la carne, y cada golpe hacía chapotear el semen que aún me bajaba del coño. Metió dos dedos en mi coño empapado y los curvó, follándome los dos agujeros a la vez mientras me empujaba contra el respaldo del sofá. El doble relleno me hizo gritar. El orgasmo me subió sin aviso, violento, el culo contrayéndose alrededor de su verga y el coño apretando sus dedos. Grité su nombre y el de Wesley mezclados, el cuerpo sacudiéndose, jugos salpicando.
No paró. Siguió embistiéndome a través de las contracciones, sacándome más gemidos rotos, más temblores. Cuando aflojó un segundo, me sacó casi del todo y volvió a hincársela de un solo empujón hasta las bolas. Yo empujaba hacia atrás como una perra en celo, buscando que me llegara más lejos.
—Puta divorciada necesitada de culo lleno —gruñó Julius—. Tu marido manso solo puede mirar cómo te abro. Wesley, ¿te gusta ver cómo se te escurre la mujer alrededor de mi polla por detrás? Dile lo que quieres ahora, Danielle.
—Quiero que me corras en el culo —respondí mirando a Wesley, la saliva cayéndome por la comisura—. Quiero sentir tu leche caliente ahí dentro mientras él se ahoga sin poder tocarse. Úsame los dos agujeros. Márcala del todo. Fóllame más bruto. Soy tu puta de espuma y voy a tomármela entera.
Julius me tiró del pelo, obligándome a arquear la espalda hasta que mi cara quedó casi pegada a la de Wesley. Me besó la boca con lengua sucia y luego me empujó para que besara a mi marido otra vez. Fue un beso húmedo, desesperado, con mi saliva y la de Julius mezcladas. Wesley gemía contra mis labios mientras Julius me follaba el culo sin piedad, las bolas golpeándome el coño abierto. Separé la boca solo para jadear:
—Está tan adentro… me llena el culo y me frota por dentro… voy a correrme otra vez mirándote, Wesley. Mírame. Soy suya. Me está follando el culo mejor de lo que tú me follaste nunca el coño.
Julius metió la mano libre y me frotó el clítoris hinchado con el pulgar, círculos rápidos y brutales. El segundo orgasmo anal me destrozó. Me arqueé, grité sin control, el culo apretándose en espasmos que lo exprimían. Él gruñó y aceleró todavía más, embestidas cortas y salvajes, el sofá crujiendo, el olor a sexo y malta y semen llenando el salón. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí.
—Ahí voy —anunció—. Te lleno el culo delante de tu marido castrado. Trágatela.
Se enterró hasta el fondo y se corrió. Chorros espesos y calientes me inundaron el agujero, pulso tras pulso, y yo gemí de placer puro al sentirme rebosar por detrás. Parte se me escapó al instante, resbalando por el perineo hasta mezclarse con la leche que ya me manchaba los muslos. Julius siguió empujando despacio, exprimiendo hasta la última gota, mientras yo temblaba y miraba la cara humillada y excitada de Wesley.
Se salió con un sonido obsceno. El vacío me dejó goteando a chorros. Me giró, me puso de rodillas en el suelo frente a la silla de Wesley y se colocó delante de mi cara. Su polla brillaba de semen y de mis jugos del culo.
—Límpiamela —ordenó—. Con la lengua. Que tu marido vea cómo chupas lo que te acaba de llenar el culo.
Abrí la boca y lamí desde las bolas hasta la punta, saboreando el amargor espeso de los tres. Engullí la cabeza, chupé fuerte, babeé alrededor mientras mi culo seguía goteando sobre el suelo. Wesley gemía mi nombre, la silla crujiendo con cada tirón inútil. Julius agarró mi cabeza y me folló la garganta un rato, babas cayéndome sobre las tetas y salpicando las rodillas de mi marido.
Cuando estuvo dura otra vez, me levantó, me sentó a horcajadas sobre las piernas abiertas de Wesley —espalda contra su pecho atado— y se arrodilló entre mis muslos. Me abrió el coño con los pulgares y se hincó de un solo golpe. Empezó a follarme otra vez mientras mi culo goteaba semen sobre la polla encarcelada de Wesley. Cada embestida me hacía frotar el desastre contra mi marido.
—Siente cómo me escurro sobre ti —le dije a Wesley, la voz ronca—. Su leche me baja del culo y te moja la polla que no puedes usar. Julius me folla el coño otra vez y yo solo puedo mojar más. Dios, se siente tan gruesa… me llena y me usa y me deja hecha una puta sucia delante de ti.
Julius me masturbaba el clítoris mientras embestía. Me corrí otra vez, gritando, el coño contrayéndose, más jugos salpicando el chándal de Wesley. Julius no se detuvo. Me sacó, me giró de frente a Wesley, me hizo poner las manos en los muslos de mi marido y me entró por el culo otra vez de un empujón brutal. Empezó un ritmo salvaje, follándome el agujero ya abierto y resbaladizo de su propia leche, mientras yo miraba a Wesley a centímetros de distancia.
—Dile que eres mía —exigió Julius, azotándome una nalga y luego la otra—. Dile que te voy a dejar el culo abierto y goteando y que mañana todavía vas a sentirme.
—¡Soy tuya! —grité—. ¡Me folla el culo como una puta barata y me encanta! ¡Tu polla nunca me abrió así, Wesley! ¡Me llena, me destroza, me corre dentro y yo pido más! ¡Mírame goteando tu humillación! ¡Úsame, Julius, fóllame el culo hasta que no pueda cerrarlo!
Julius embistió más fuerte. La piel contra piel sonaba obscena. Me agarró el cuello por detrás, me obligó a arquearme y se corrió por segunda vez en mi culo, gruñendo, llenándome otra vez a chorros calientes. Yo me corrí con él, el clítoris frotado contra nada, solo el estiramiento y la degradación bastando. Cuando se salió, el semen me cayó a chorros gruesos sobre las piernas de Wesley, manchándolo todo.
Julius me empujó la cara hacia la polla hinchada y sin alivio de mi marido.
—Lámpele el desastre que le has hecho —dijo—. Chúpale el chándal. Que pruebe cómo huele una mujer que se ha entregado a otra verga.
Lamí la tela mojada de precum y de mi semen mezclado, saboreando la humillación de Wesley. Él se corrió entonces, sin que nadie lo tocara, soltando un gemido roto mientras el chándal se empapaba todavía más bajo mi lengua. Julius se rió bajo, se acarició la polla semidura y me la metió otra vez en la boca para que la limpiara del todo.
Me tumbó de espaldas en el suelo, me abrió las piernas en V y se arrodilló entre ellas. Metió cuatro dedos en mi coño y el pulgar en el culo al mismo tiempo, follándome con la mano mientras Wesley miraba desde la silla, temblando y gastado. Yo empujaba contra sus dedos, pedía más, le decía a mi marido que me sentía abierta y usada y llena de otro hombre.
Julius sacó la mano, se untó la polla con el desastre y me la metió otra vez en el culo, esta vez más fácil, más profundo. Me folló hasta que se corrió una tercera vez, grueso y caliente, y me dejó allí, en el suelo de mi propia casa, el culo abierto y goteando a chorros, el coño hinchado y vacío, las tetas marcadas de chupetones, mirando a Wesley atado mientras el semen de Julius me bajaba por la raja y me formaba un charco sucio entre las nalgas.
—Míralo bien, Wesley —dije, la voz ronca de puta satisfecha, abriéndome los labios del coño y del culo con los dedos para que viera el desastre cremoso que me salía—. Así se ve una divorciada de cuarenta y dos cuando se entrega de verdad al cervecero: el culo rebosando leche ajena, el coño destrozado y pidiendo que le metan otra ronda mientras tú te comes la humillación sin poder ni limpiarte la polla mojada de mi puta rendición espumosa.
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