Fingiendo ser su amante en el karaoke
Fiona, una MILF de 46 años, le pide a su camarero de 24 que finja ser su amante en el karaoke y terminan follando duro en el almacén.
Tenía veinticuatro años y llevaba más de un año trabajando como camarero en el bar de karaoke que Fiona regentaba con mano firme y sonrisa peligrosa. Ella tenía cuarenta y seis, estaba divorciada desde hacía dos años y su cuerpo era el sueño húmedo de cualquiera que pisara el local. Sus tetas grandes y pesadas, su cintura todavía estrecha y ese culo redondo y maduro que se movía con cada paso bajo las faldas ajustadas que le gustaba llevar. Yo me llamaba Everett, y hasta esa noche solo había sido el chico que servía copas, el que disimulaba cómo se le ponía dura la polla cada vez que Fiona se inclinaba sobre la barra y me pedía algo con esa voz ronca y baja que parecía prometer pecados.
Aquella noche el ambiente estaba cargado. Fiona me llamó al almacén pequeño que había detrás del escenario con una mirada que no admitía discusión. Cerró la puerta y se quedó frente a mí, respirando un poco más rápido de lo normal. Sus pechos subían y bajaban bajo la blusa negra ceñida que apenas contenía sus curvas.
—Everett, necesito que me hagas un favor grande esta noche —dijo sin preámbulos—. Warrick va a venir. Mi exmarido. Vendrá con su nueva zorra, Colette, esa niñata de veintiocho años que se cree que le ha robado el trono. Quiero que se muera de celos. Quiero que piense que tengo un amante joven, guapo y que me folla como él nunca supo hacerlo. Te pido que finjas ser ese amante. Solo esta noche.
Me quedé mirándola. El corazón me latía en la garganta. Fiona era mi jefa, una mujer que olía a perfume caro y a experiencia, y ahora me estaba pidiendo que fingiera que me la tiraba. Tragué saliva.
—¿Y cómo quieres que lo haga? —pregunté, notando ya cómo mi polla empezaba a despertar solo con imaginarlo.
Ella dio un paso más cerca. Sus tetas rozaron mi pecho.
—Abrazándome, besándome el cuello, mirándome como si te volviera loco mi cuerpo maduro. Como si no pudieras esperar a meterme esa verga joven que tienes en cuanto nos quedemos solos. ¿Puedes hacerlo, Everett? ¿Puedes actuar como si me desearas de verdad?
Antes de que pudiera responder, la puerta del almacén se abrió y oímos las primeras voces en el bar. Warrick acababa de llegar, alto, arrogante, con Colette colgada del brazo como un trofeo. Fiona no perdió tiempo. Me agarró de la mano, entrelazó sus dedos con los míos y salimos juntos.
En cuanto Warrick nos vio, Fiona se pegó a mí posesivamente. Su cuerpo generoso se apretó contra el mío delante de todos. Sentí el calor de sus tetas aplastándose contra mi torso, el olor dulce de su piel, la curva de su cadera pegada a mi entrepierna. Me pasó un brazo por la cintura y levantó la cara hacia mí, sus labios muy cerca de mi oreja.
—Actúa, mi amor —susurró, y su aliento caliente me hizo estremecer—. Tócame como si mi culo maduro te pusiera cachondo perdido. Como si llevaras semanas queriendo doblarme sobre cualquier superficie y metérmela hasta el fondo.
Le rodeé la cintura con un brazo y bajé la mano hasta posarla justo encima de su nalga derecha. La apreté ligeramente. Fiona soltó un gemidito suave que solo yo oí y se mordió el labio. Mi polla ya estaba semierecta contra ella. Warrick nos miraba con la mandíbula tensa. Colette fingía indiferencia, pero sus ojos iban de Fiona a mí con evidente curiosidad.
Durante la siguiente media hora fingimos. Yo le traía copas, ella me acariciaba el pecho delante de todos, me susurraba tonterías al oído y se reía con esa risa ronca que me ponía la piel de gallina. Cada roce era electricidad. Cada mirada que me lanzaba parecía más real que fingida. Empecé a preguntarme si realmente estaba actuando o si llevaba tanto tiempo deseándola en silencio que la línea entre mentira y verdad se estaba borrando.
Entonces Fiona anunció que íbamos a cantar un dueto. Eligió una canción lenta y cargada de erotismo, de esas que hablan de deseo y piel. Subimos al pequeño escenario mientras las luces bajaban. El bar entero nos miraba. Warrick estaba sentado en primera fila, con los brazos cruzados.
Empezamos a cantar. Fiona se movía con gracia felina, balanceando las caderas al ritmo. En el segundo estribillo se giró, dándome la espalda, y discretamente empujó su culo contra mi entrepierna. Lo frotó de forma lenta y deliberada, trazando círculos mientras su voz seguía sonando perfecta en el micrófono. Mi polla respondió al instante. Se puso completamente dura, gruesa, presionando contra la tela de mi pantalón y contra la carne madura de su trasero.
Sentí cómo ella contenía el aliento cuando notó mi erección. No se apartó. Al contrario, apretó más, moviéndose apenas, lo suficiente para que yo imaginara que la estaba follando allí mismo, delante de su ex. Cuando me miró por encima del hombro, sus ojos verdes ya no tenían nada de teatro. Había hambre real. Deseo crudo.
Terminamos la canción entre aplausos. Bajamos del escenario y, en vez de volver con los demás, Fiona me arrastró hacia la zona oscura junto a la cortina. Me empujó contra la pared y se pegó a mí, sus tetas aplastadas contra mi pecho.
—Everett… ya no estoy fingiendo —susurró con la voz entrecortada—. Llevo meses tocándome pensando en tu polla joven. Cada vez que te veo agacharte detrás de la barra, imagino cómo sería que me la metieras hasta el fondo. Quiero que me folles de verdad esta noche. No es teatro. Quiero que me uses, que me des fuerte, que me llenes. ¿Tú también lo quieres?
Su mano bajó y me acarició la verga por encima del pantalón. Estaba durísima. Yo ya no podía más.
—Sí, Fiona. Quiero follarte. Quiero metértela hasta que grites. Dejemos de actuar. Te deseo desde la primera semana que empecé a trabajar aquí.
Nos miramos un segundo, excitados, respirando agitados, y sellamos el acuerdo con un beso profundo, su lengua invadiendo mi boca con desesperación. Ya no había vuelta atrás.
Sin decir nada más, me tomó de la mano y me llevó al pequeño almacén que había detrás del escenario. Apenas cabíamos entre las cajas de botellas y los estantes de bebidas. Cerró la puerta con pestillo y se giró hacia mí con los ojos brillantes de lujuria.
Se arrodilló sin perder tiempo. Sus manos temblaban de excitación mientras me bajaba la cremallera y sacaba mi polla gruesa y venosa. Sus ojos se abrieron con genuina sorpresa y placer.
—Joder, Everett… es mucho más grande y dura que la de Warrick. Mira esto… qué verga tan perfecta —gimió, y sin esperar más abrió la boca y se la tragó.
El calor húmedo de su garganta me envolvió. Fiona no fue delicada. Chupó con hambre de verdad, bajando hasta que sus labios tocaron mi pelvis, tragándosela entera mientras gemía alrededor de mi carne. La saliva le chorreaba por la barbilla, goteando sobre sus tetas que se agitaban dentro de la blusa. Me agarró los huevos con una mano y los masajeó mientras subía y bajaba la cabeza con ritmo obsceno, mirándome a los ojos como si llevara años esperando este momento.
—Así, mi amante joven… fóllame la boca —gruñó entre arcadas, y yo le sujeté el cabello castaño y empecé a mover las caderas, follándole la cara con fuerza.
No aguanté mucho. La levanté, la giré y la empujé contra unas cajas apiladas. Fiona se subió la falda hasta la cintura con rapidez. No llevaba bragas. Su coño maduro, hinchado y brillante de jugos, quedó expuesto. Separó las piernas y arqueó la espalda, ofreciéndome ese culo redondo y delicioso.
—Fóllame duro por detrás, Everett. Méteme esa polla joven hasta el fondo. Soy tu puta esta noche, mi amante joven. Dame lo que Warrick nunca pudo darme.
No me hice rogar. Coloqué la punta gruesa contra su entrada y empujé de un solo golpe. Su coño estaba empapado, caliente, apretado a pesar de su edad. Fiona soltó un gemido largo y gutural cuando la penetré hasta los huevos. Empecé a follarla con fuerza, golpeando su culo maduro con mis caderas, haciendo que las cajas se tambalearan. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño llenaba el pequeño almacén.
—Más fuerte… ¡así! ¡Así me gusta, joder! —gritaba ella, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
La cambié de posición. La levanté, la puse contra la pared y le subí una pierna, abriéndola completamente. Volví a penetrarla profundamente, sintiendo cómo su coño me apretaba la verga con cada golpe. Con la mano libre le abrí la blusa, saqué sus tetas grandes y maduras y las apreté con fuerza, pellizcando sus pezones duros mientras la follaba sin piedad.
—Estas tetas… llevan meses volviéndome loco, Fiona —gruñí contra su cuello, mordiéndoselo.
Ella temblaba. Su coño empezó a contraerse alrededor de mi polla.
—Me voy a correr… ¡Everett, me corro contigo dentro!
Yo también estaba al límite. Aumenté el ritmo, follándola como un animal, apretando sus tetas con saña mientras sentía que mis huevos se tensaban. Los dos nos corrimos al mismo tiempo, gritando sin control. Su coño me ordeñó la verga con espasmos violentos mientras yo le llenaba las entrañas de leche caliente, chorro tras chorro, hasta que nos quedamos temblando, pegados a la pared, sudados y jadeantes.
Cuando por fin recuperamos el aliento, Fiona me besó con una ternura que me sorprendió. Sus labios suaves se movieron despacio contra los míos, su lengua acariciándome con lentitud. Me miró a los ojos, todavía con mi polla semierecta dentro de ella, y susurró:
—Ya no quiero fingir más, Everett. Esto ha sido demasiado real. Deseo que sigamos viéndonos en secreto… como amantes de verdad. Quiero que me folles así muchas más noches.
Le devolví el beso, pero justo entonces oímos la voz de Warrick llamándola desde el bar, cada vez más cerca. Nuestros cuerpos seguían unidos, su coño todavía palpitando alrededor de mi verga, y supe que la noche apenas acababa de empezar. Teníamos que volver ahí fuera, actuar como si nada, pero ahora con un secreto mucho más grande y peligroso entre nosotros. Y yo ya no sabía si podría fingir que no la deseaba con cada parte de mí.
La voz de Warrick se oía cada vez más cerca, llamándola con ese tono posesivo que ya no le pertenecía. «¿Fiona? Sal de una puta vez, quiero hablar contigo». Mi polla todavía estaba semidura dentro de ella, bañada en la mezcla caliente de nuestros orgasmos, y el coño de Fiona seguía contrayéndose alrededor de mí como si no quisiera dejarme escapar. Ella tenía cuarenta y seis años, un cuerpo que olía a perfume caro y a sexo recién follado, y en lugar de apartarse, me clavó las uñas en los hombros y empezó a mover las caderas en círculos cortos y deliberados, frotando su clítoris hinchado contra mi pelvis.
—Shhh… no pares ahora —susurró con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina—. Quiero que me folles otra vez, Everett. Rápido, profundo y sin piedad. Que me llene ese coño maduro mientras él está ahí fuera buscándome como un idiota.
Tenía el corazón en la garganta. Con veinticuatro años, nunca había vivido algo tan arriesgado ni tan excitante. Su coño estaba empapado, resbaladizo por mi semen anterior, y cada pequeño movimiento que hacía succionaba mi verga, que volvía a endurecerse como acero. La agarré por ese culo redondo y pesado que tanto había admirado detrás de la barra durante meses y la empotré contra las cajas. El almacén olía a alcohol y a nosotros. Empecé a bombear con fuerza contenida, sintiendo cómo sus paredes internas me apretaban con esa experiencia que solo una mujer de su edad podía tener. Sus tetas grandes se salían de la blusa abierta y rebotaban contra mi pecho; bajé la cabeza y capturé un pezón oscuro entre mis dientes, tirando de él mientras la taladraba.
—Joder, Everett… esa polla joven me está rompiendo —gimió bajito, casi sin aliento—. Warrick nunca me folló así. Nunca me dejó el coño tan lleno, tan usado. Más fuerte, mi amante… métemela hasta el fondo.
Cada embestida hacía que las cajas se tambalearan. El sonido húmedo y obsceno de mi verga entrando y saliendo de su coño maduro llenaba el pequeño espacio. Pensaba en lo surrealista que era todo: había pasado de fingir que la deseaba a estar corriéndome dentro de mi jefa por segunda vez en menos de media hora, con su exmarido a solo unos metros. Fiona temblaba. Sus muslos se apretaban contra mis caderas, y de repente su coño se cerró como un puño alrededor de mi polla. Se corrió mordiéndose el antebrazo para no gritar, los espasmos tan violentos que me arrastraron con ella. Me vacié por segunda vez, disparando chorros espesos que se mezclaban con los anteriores y empezaban a chorrear por sus muslos.
Nos quedamos pegados, jadeando, mi frente contra la suya. Sus ojos verdes brillaban con algo más que lujuria: había complicidad, hambre real. Nos arreglamos la ropa a toda prisa. Fiona se pasó los dedos por el cabello castaño revuelto, se limpió los restos de saliva y semen de la barbilla y me dedicó una sonrisa peligrosa antes de abrir la puerta.
Salimos como si nada. Warrick estaba allí, con los brazos cruzados y la cara roja de rabia. Colette, su nueva zorra de veintiocho años, fingía mirar el teléfono pero no perdía detalle. Fiona se pegó a mí inmediatamente, pasando un brazo por mi cintura y dejando que mi mano descansara posesivamente sobre su nalga derecha, justo donde había estado follándola minutos antes.
—¿Qué coño hacías encerrada con el camarero? —gruñó Warrick.
Fiona levantó la barbilla, sus tetas aún marcadas por mis dedos presionando contra mi costado. —Everett no es solo mi camarero, Warrick. Es mi amante. El hombre que me folla como tú nunca supiste. ¿Verdad, cariño?
Me miró. Yo, con la polla todavía sensible dentro del pantalón, le apreté el culo con descaro y le besé el cuello justo delante de él, oliendo el sudor y el sexo que aún emanaba de su piel. —Verdad. No puedo mantener las manos lejos de ella. Ese cuerpo maduro me vuelve loco cada noche.
Warrick se quedó mudo. Colette apretó los labios, claramente incómoda. Durante la siguiente hora la tensión fue deliciosa. Cada vez que me acercaba a servirles, Fiona me acariciaba el pecho, me pasaba la mano por la entrepierna disimuladamente o me susurraba al oído guarradas que solo yo podía oír: «Todavía siento tu leche caliente corriéndome por las piernas. Mi coño de cuarenta y seis años está pidiendo más». Yo respondía apretándole la cintura, rozándole el culo al pasar, mirándola como si estuviera a punto de doblarla sobre la barra y follármela delante de todos.
El deseo no bajaba. Al contrario, crecía. Cada roce era una promesa. Cada mirada compartida era un recordatorio de que ya no fingíamos. Mi mente no paraba de reproducir imágenes: sus labios estirados alrededor de mi verga gruesa, su culo rebotando contra mis caderas, el modo en que su coño experto me había ordeñado hasta dejarme seco.
Cuando el local empezó a vaciarse, Fiona decidió cerrar antes. Despidió al resto del personal con una excusa cualquiera y se aseguró de que Warrick y Colette se marcharan. En cuanto la puerta principal se cerró con llave, se giró hacia mí con los ojos ardiendo. No dijo nada. Solo me tomó de la mano y me arrastró de nuevo al almacén, esta vez encendiendo la luz tenue que dejaba todo en sombras cálidas.
Se quitó la blusa con un solo movimiento. Sus tetas grandes y pesadas quedaron libres, marcadas por mis mordiscos anteriores. Se subió la falda hasta la cintura, sin bragas, el coño hinchado, rojo y brillante de semen y jugos. Se apoyó contra los estantes y separó las piernas.
—Ven aquí y fóllame como si fuera la última vez, Everett. Quiero sentir cada centímetro de esa verga de veinticuatro años.
Me bajé los pantalones y me hundí en ella de un solo golpe. Estaba resbaladiza, caliente, tan abierta que entré hasta los huevos sin esfuerzo. Fiona soltó un gemido largo y gutural. Empecé a follarla con fuerza, sujetándola por las caderas, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente. Le chupé los pezones mientras la penetraba, mordiéndolos, tirando de ellos. Ella me agarraba del pelo y me susurraba obscenidades.
—Así, destroza este coño maduro… soy tu puta, tu MILF particular. Más fuerte. Quiero que me duela mañana cuando me siente.
La saqué, la giré y la puse de rodillas sobre unas cajas. La penetré desde atrás, agarrándole el cabello castaño como riendas. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo redondo y maduro era brutal. Le metía la mano entre las piernas y le frotaba el clítoris hinchado mientras la taladraba. Fiona se corrió por tercera vez, gritando mi nombre sin control, las paredes de su coño contrayéndose tan fuerte que casi me saca de ella.
La levanté, la senté sobre una mesa baja y le abrí las piernas al máximo. Quería mirarla a los ojos mientras la follaba. Entré de nuevo, lento primero, profundo después, sintiendo cada pliegue de su interior. Sus tetas se movían con cada embestida. Le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello, le decía lo que llevaba meses callando.
—Llevo más de un año imaginando esto, Fiona. Cada vez que te inclinabas sobre la barra pensaba en doblarte y llenarte. Ahora eres mía.
Nos corrimos juntos otra vez. Mi semen salió en chorros potentes, inundándola hasta que rebosó y cayó al suelo del almacén. Nos quedamos abrazados, sudados, temblando, respirando el mismo aire cargado de sexo.
Cuando por fin pudimos hablar, Fiona me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con lo salvaje que acababa de ser.
—Esto ya no es teatro, Everett. Quiero que vengas a mi casa mañana por la noche. Nada de fingir. Quiero que me folles en mi cama, en la ducha, en la cocina… donde quieras. Toda la noche.
Le besé los labios hinchados y asentí. Pero mientras recogíamos la ropa y nos preparábamos para salir, mi mente ya estaba maquinando. Mañana iría a su casa con una botella de vino caro y condones que no pensaba usar. La follaría primero en el salón, de pie contra la ventana para que cualquier vecino curioso viera cómo un chico de veinticuatro años se follaba sin piedad a una MILF de cuarenta y seis. Luego la llevaría a la cama que compartió con Warrick y la haría gritar mi nombre mientras la ponía en cuatro patas, corriéndome en su cara y en sus tetas. Le comería el coño hasta que me rogara que parara y después la follaría en la encimera de la cocina, haciendo que se corriera con mi lengua y mi polla hasta que no pudiera caminar derecho. Ya estaba planeando las siguientes semanas: encuentros en el bar después de cerrar, escapadas a un hotel, incluso follarla en el coche en el aparcamiento trasero. Fiona era adictiva. Su cuerpo maduro, su hambre, su forma de gemir… no pensaba parar. La noche que empezó como una farsa había terminado convertida en el comienzo de una relación secreta y salvaje. Y yo ya estaba contando las horas para la próxima vez que pudiera enterrarme en ella y hacerla mía de verdad.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories