Cuerdas Cruzadas en la Noche del Ferry
En el ferry nocturno, la arquitecta de 32 años Petra se deja atar y follar duro con cuerdas cruzadas por el dominante Rafael de 38.
El viento salado del estrecho azotaba la cubierta superior del ferry como una mano impaciente. Petra se apoyó en la barandilla, el vestido negro ceñido aleteándole contra los muslos. Treinta y dos años, arquitecta de renombre en la costa, expertísima en la geometría de las cuerdas y el shibari que practicaba en privado desde hacía casi una década. Las marcas sutiles aún le rodeaban las muñecas y el borde superior de los muslos: líneas rosadas, casi invisibles bajo la luz de los faroles, pero lo bastante presentes para que un ojo entrenado las cazara al instante.
Ese ojo pertenecía a Rafael.
Lo vio primero de reojo: treinta y ocho años, hombros anchos, camisa oscura arremangada, el perfil cortado por la sombra de un contenedor. Regentaba un estudio de bondage en el puerto, un local sin letrero donde solo entraban quienes sabían pedir hora. Cuando sus miradas se cruzaron, él no sonrió. Bajó la vista deliberadamente hasta la curva de su cadera, donde el vestido se tensaba sobre una marca que asomaba apenas, y volvió a subir con una lentitud que le puso la piel de gallina.
—Esas no son de aficionado —dijo él, voz grave, sin acercarse del todo—. Alguien te ató hace poco. Y te gustó lo suficiente como para dejarlas verse.
Petra no apartó la mirada. El mar negro chapoteaba abajo.
—Las dejé a propósito —respondió, tuteándolo sin pedirle permiso—. Quería que alguien con ojo las encontrara. Alguien que no se asuste de apretar de verdad.
Rafael dio un paso. El olor a cuero y sal se mezcló con el suyo.
—Yo aprieto hasta que la puta se corre sin tocarse. ¿Eres esa puta, arquitecta?
El corazón le latía en la garganta. La tensión era un cable tendido entre los dos.
—Llevo meses buscándola —susurró ella—. Un hombre que sepa dominarme de verdad. No juegos de salón. Cuerdas que marquen. Órdenes que no dejen espacio para pensar.
El viento les azotó la cara. Rafael se inclinó hasta que su aliento le rozó el oído.
—Entonces deja de hablar y demuéstralo. Quítate las bragas. Aquí. Ahora.
Petra sintió el chorro de calor entre las piernas. Miró a ambos lados: la cubierta casi desierta a esa hora, solo el ruido del motor y las luces lejanas de la otra orilla. Con dedos temblorosos alzó el vestido lo justo, enganchó la tela húmeda de las bragas y se las bajó por los muslos. El aire frío le besó el coño ya empapado. Se las ofreció en la palma.
Rafael las olió sin pudor, los ojos oscuros fijos en ella, y se las guardó en el bolsillo.
—Buenas. Empapadas como una perra en celo. Ven.
La agarró de la muñeca con una fuerza que no pedía permiso y la arrastró hacia la escalerilla que bajaba a la bodega de carga. El olor a metal y diésel los envolvió. Entre contenedores apilados, en un rincón donde la luz de emergencia apenas llegaba, la empujó de espaldas contra el acero frío.
Sacó las cuerdas del interior de la chaqueta: madejas de jute suave pero resistente que siempre llevaba. Petra gimió al verlas.
—Por favor… —jadeó—. Átame. Quiero sentirlas.
Él le cruzó las muñecas delante del cuerpo y empezó a anudar con precisión brutal. Cada vuelta le apretaba la piel, marcando ya el primer ardor. Petra arqueó la espalda, el vestido subido hasta la cintura, el coño goteándole por el muslo.
—Más fuerte —pidió—. Que no pueda soltarme aunque quiera.
Rafael le dio un tirón seco que le hizo soltar un gemido ahogado.
—Calla y abre las piernas. Voy a cruzarte entera.
La atadura subió. Cuerdas que le rodearon el pecho, cruzándose entre los senos para aplastarlos y levantarlos a la vez, pezones duros rozando la tela. Otras bajaron por la cintura, se abrieron en V y le mantuvieron los muslos separados a la fuerza, rodillas flexionadas, coño expuesto y chorreando contra el aire de la bodega. Cada nudo era un punto de presión. Cada tirón le recordaba quién mandaba.
—Mírame —ordenó él mientras se desabrochaba el pantalón. La polla gruesa y dura le saltó libre, venas marcadas, la cabeza ya brillante—. Di lo que eres.
Petra tragó saliva, temblando de deseo.
—Soy tu puta atada —dijo, voz rota de excitación—. Úsame. Fóllame duro.
Rafael le agarró las caderas, alineó la polla y se empotró de un solo embiste hasta el fondo. El grito de ella se perdió entre el ruido de los motores. Estaba tan mojada que entró entero, estirándola, llenándola hasta el útero. Empezó a follarla contra la pila de contenedores con embestidas profundas y salvajes, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el rincón oscuro.
—Más —suplicó ella, las cuerdas cortándole la piel de los pechos con cada embate—. Azótame. Tira de las cuerdas. Quiero que me marques.
Él le propinó una palmada seca en el culo que resonó como un latigazo. Otra. Otra más. La carne le ardía. Al mismo tiempo tiró de la cuerda que le cruzaba el pecho, apretando hasta que los pezones se pusieron morados de placer y los ojos de Petra se llenaron de lágrimas de puro alivio. La follaba sin piedad, sacándola casi del todo y volviendo a enterrarse hasta que los huevos le golpeaban el culo.
—Otra vez. Di lo que eres mientras te corres.
—Puta atada… soy tu puta atada… ¡fóllame más duro, por favor, úsame!
El primer orgasmo la partió en dos. Se contrajo alrededor de su polla con espasmos violentos, gritando contra el hombro de él, las piernas abiertas a la fuerza por las cuerdas, el coño exprimiéndolo. Rafael no se detuvo. Siguió embistiendo a través de las contracciones, azotándole el culo ya rojo, tirando de los nudos para recordarle que no tenía escape.
—Otra —gruñó—. Te vas a correr otra vez con mi polla dentro y las cuerdas clavándote.
Petra apenas podía pensar. El segundo orgasmo llegó más profundo, más sucio, un temblor que le subió desde el coño hasta la nuca. Gritó su nombre, lo llamó señor, le pidió que la llenara. Rafael le agarró el pelo, le obligó a mirarlo a los ojos y se corrió dentro de ella con un gemido gutural, chorros calientes inundándole el útero mientras las últimas embestidas la aplastaban contra el metal.
Se quedaron así un momento, jadeando, unidos, las cuerdas todavía tensas. Después, con una calma que contrastaba con la violencia anterior, Rafael empezó a desatarla. Nudo a nudo. Masajeó las marcas rojas y profundas que el jute había dejado en muñecas, pechos y muslos internos, besándolas una por una con posesividad feroz. Le besó la boca como si se la estuviera apropiando para siempre.
Petra temblaba todavía, el semen de él resbalándole por el muslo, el vestido hecho un desastre, las piernas flojas.
Se acercó a su oído, la voz ronca de después del placer:
—Quiero repetir la travesía entera… y lo que venga después. No me sueltes esta noche. Átame otra vez cuando atracquemos. Quiero que me lleves a tu estudio y me uses hasta que no pueda caminar.
Rafael le acarició la mejilla marcada, la mirada ya calculando el siguiente nudo, el siguiente azote, la siguiente orden.
—Todavía nos quedan horas de mar —dijo en voz baja—. Y yo todavía no he terminado contigo, puta mía.
Rafael no le dio tiempo a recuperar el aliento. Todavía con el semen resbalándole por el muslo interno y las marcas del jute ardiendo en la piel, Petra sintió cómo él la giraba de golpe y la empujaba de rodillas contra el suelo de metal frío de la bodega. El vestido negro le quedó arremangado en la cintura; el coño hinchado y abierto goteaba una mezcla espesa de sus fluidos y los de él. Rafael sacó otra madeja de cuerda de la chaqueta y le cruzó los tobillos con nudos rápidos y brutales, tirando hasta que los talones le rozaron los glúteos. Luego le pasó la soga por detrás de la espalda, la enlazó a las muñecas ya marcadas y tiró hacia arriba, forzándola a arquearse, pechos aplastados contra sus propias rodillas, culo en alto y expuesto.
—Así te quiero, arquitecta. Doblada y abierta como una puta de puerto. No cierres las piernas aunque te duela.
Petra gimió, el frío del acero contra las rodillas y el calor humillante que le subía por la cara. Podía olerse a sí misma, a sexo y a salitre. Rafael se agachó detrás de ella, le separó los labios del coño con dos dedos gruesos y escupió directamente sobre el agujero hinchado. El hilo caliente le recorrió el clítoris y se mezcló con el corrido que aún le salía. Después le metió tres dedos de golpe, curvándolos hasta rozarle ese punto que la hacía ver estrellas.
—Todavía estás chorreando mi leche. Qué asquerosa. Y te encanta.
—Sí… me encanta, señor —jadeó ella, la voz rota—. Úsame más. Quiero que me destroces.
Él le sacó los dedos, se los metió en la boca a ella sin pedir permiso y le obligó a chuparlos limpios mientras con la otra mano le daba una serie de azotes secos en el culo ya rojo. Cada palmada hacía que las cuerdas de los tobillos le cortaran un poco más. Petra chupaba con ganas, saboreando su propio coño y el semen de él, la lengua lamiendo entre los nudillos. Cuando Rafael se los quitó, le agarró el pelo y le empujó la cara hacia su polla, que ya volvía a ponerse dura, gruesa, brillante de restos de ella.
—Ábrela. Hasta el fondo. Y no me mires con esos ojos de perra sumisa si no vas a tragártela entera.
Petra abrió la boca y él se la empotró de un solo empujón. La cabeza le golpeó la garganta; las lágrimas le saltaron al instante. Respiró por la nariz y se dejó usar, dejando que Rafael le follara la boca con embestidas profundas y rítmicas. Las cuerdas le mantenían los brazos y las piernas inmóviles; solo podía recibir. El sonido húmedo de su garganta llenándose y vaciándose se mezclaba con el ruido sordo de los motores del ferry. Cada vez que él tiraba de su pelo, el ardor en el cuero cabelludo se sumaba al de las marcas en pechos y muslos. Pensó, borrosa de placer: esto es lo que buscaba meses. Un hombre que no parara, que la tratara como carne atada y agradecida.
Rafael se retiró de golpe, un hilo de saliva y precum colgándole de la comisura. La levantó a medias, todavía maniatada, y la arrastró unos metros hasta un contenedor más bajo. La tumbó de espaldas sobre la superficie fría, le descruzó solo lo suficiente las piernas para abrirla en ángulo forzado y le volvió a pasar cuerda nueva por debajo de las rodillas, tirando hacia los hombros. El resultado la dejó completamente expuesta: coño y culo al aire, rodillas casi tocándole las orejas, pechos aplastados por las cruces de jute que ya le habían dejado surcos rosados profundos.
—Mira cómo te dejas. Treinta y dos años y te pones como una zorra de dieciocho cuando te atan de verdad.
Le dio una torta suave pero humillante en la mejilla y acto seguido le clavó la polla otra vez hasta el fondo. Petra gritó, el sonido ahogado por el metal. Estaba tan sensible del primer orgasmo que cada centímetro le quemaba de placer. Rafael no fue suave. Empezó a martillarla con embestidas largas y salvajes, las caderas golpeándole el culo con un ruido húmedo y obsceno. Cada embate hacía que las cuerdas le cortaran un poco más los muslos internos y le aplastaran los pezones contra el pecho. Él le agarró las tetas por encima de las sogas y las apretó hasta que ella soltó un gemido agudo.
—Dime qué sientes —ordenó, sin aflojar el ritmo—. Dime cómo te destroza mi polla mientras no puedes ni cerrar las putas piernas.
—Me… me parte… —balbuceó Petra, los ojos vidriosos—. Me llena tanto… las cuerdas me marcan… no puedo moverme… soy tu puta, fóllame más duro, por favor, azótame otra vez…
Rafael le soltó una serie de palmadas en el culo y en los muslos abiertos, cada una dejando la huella roja de su mano. Después le tiró de la cuerda que le cruzaba el pecho, apretando hasta que los pezones se pusieron morados y el aire se le escapó en un sollozo de puro alivio. El segundo orgasmo de esta ronda la pilló de sorpresa: un espasmo violento que le contrajo el coño alrededor de la polla de él y le hizo orinar un poco de excitación pura sobre el metal. Rafael gruñó al sentirla exprimirlo y no se detuvo; siguió follándola a través de las contracciones, usando su cuerpo como un agujero atado y caliente.
Cuando ella empezó a temblar sin control, él se salió, le dio la vuelta otra vez —las cuerdas crujieron pero aguantaron— y le abrió el culo con los pulgares. Escupió sobre el agujero rosado y apretado y le empujó la cabeza de la polla contra él.
—Vas a tomármela aquí también. Dilo.
—Sí… métela en el culo… úsame el culo, señor —suplicó Petra, la voz ronca—. Quiero sentirla toda. Quiero que me marques por dentro.
Él empujó despacio al principio, abriéndola milímetro a milímetro. Petra gritó contra el contenedor, el ardor del estiramiento mezclado con un placer sucio y profundo. Cuando estuvo enterrado hasta los huevos, se quedó quieto un segundo, dejándola adaptarse, y después empezó a embestir. Corto y duro. Las cuerdas le mantenían las piernas abiertas y los brazos inmovilizados; solo podía recibir cada embate que le llenaba el culo hasta el fondo. Rafael le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros, y le gruñó al oído:
—Te voy a llenar el culo también. Y después te voy a dejar así, atada y goteando, para que cualquiera que baje a la bodega te vea. ¿Quieres eso, puta mía?
—Sí… déjame así… llena… tuya…
El orgasmo siguiente le subió desde el culo hasta la nuca. Se contrajo alrededor de él con fuerza, gritando su nombre y “señor” sin parar. Rafael le agarró las caderas con ambas manos, le clavó los dedos y se corrió dentro del agujero apretado con un gemido gutural, chorros calientes inundándola mientras las últimas embestidas la aplastaban contra el metal. Se quedó enterrado un rato, jadeando, sintiendo cómo el corrido le salía alrededor de la polla y le bajaba por el coño y los muslos.
Después, con la misma calma posesiva de antes, empezó a aflojar solo algunos nudos, los justos para que ella pudiera enderezarse un poco sin poder escapar del todo. Le dejó las muñecas cruzadas a la espalda y una soga corta entre los tobillos que le obligaba a dar pasitos cortos. Le limpió el semen del muslo con dos dedos y se los metió otra vez en la boca.
—Chupa. Todo.
Petra obedeció, saboreando la mezcla de culo, coño y leche. Rafael le subió el vestido lo suficiente para cubrirla a medias, pero las cuerdas seguían visibles bajo la tela, y las marcas rojas le asomaban en el pecho y el cuello. La agarró del brazo y la sacó de entre los contenedores, subiendo de nuevo hacia la cubierta superior. El viento salado les pegó en la cara. A esa hora la cubierta seguía casi vacía; solo se oía el chapoteo del mar negro y el ronroneo lejano del motor.
La llevó hasta la barandilla más alejada de las luces, la puso de frente al mar y se pegó a su espalda. Le levantó el vestido por detrás, le separó un poco las nalgas y le metió de nuevo la polla —todavía semidura— en el coño empapado y usado. Empezó a follarla despacio, profundo, mientras le hablaba al oído con voz baja y controlada:
—Mira el agua. Piensa en cómo te voy a tener cuando atracquemos. En el estudio te voy a colgar de las vigas. Te voy a azotar hasta que llores de verdad y después te voy a follar otra vez sin quitarte las cuerdas. Horas. Hasta que no puedas ni decir tu nombre, solo “gracias, señor”.
Petra se arqueó contra él, las muñecas aún atadas a la espalda, el coño recibiendo cada embestida lenta y pesada. El aire frío le rozaba los pezones duros a través de la tela. Sentía el semen anterior resbalarle por dentro y el nuevo placer construyéndose otra vez, más sucio, más hondo. Rafael le mordió el hombro, le tiró del pelo y le aceleró el ritmo, follándola contra la barandilla con sonidos húmedos y obscenos que el viento no acababa de llevarse.
—Córrete otra vez. Aquí. Con el mar mirándote y las cuerdas clavándote. Y después te voy a atar de otra forma antes de que amanezca. Todavía no he terminado contigo, Petra. Ni de lejos.
Ella apretó los ojos, el orgasmo subiéndole como una marea. Se corrió callando el grito contra el hombro de él, el cuerpo sacudido, el coño exprimiendo la polla gruesa mientras las luces de la otra orilla se acercaban despacio en la oscuridad. Rafael no se corrió esta vez; se quedó dentro, duro, respirando contra su cuello, calculando ya el siguiente nudo, el siguiente castigo, la siguiente forma de partirla en dos antes de que el ferry atracara.
Las cuerdas seguían tensas. El mar seguía negro. Y las horas de travesía aún no se habían acabado.
Rafael no se retiró. Seguía enterrado en ella, duro otra vez, las caderas pegadas al culo de Petra mientras el viento del estrecho les azotaba la cara. Ella temblaba todavía del orgasmo, el coño contrayéndose a intervalos irregulares alrededor de su polla, el semen anterior mezclado con el nuevo jugo que le resbalaba por los muslos atados. Las muñecas le dolían a la espalda; la soga corta entre los tobillos le obligaba a mantener los pies juntos, inestable contra la barandilla.
—No te muevas —gruñó él al oído—. Voy a atarte mejor antes de que llegue nadie.
Sacó otra madeja de jute de la chaqueta. Con movimientos precisos y sin sacar la polla del todo, le pasó la cuerda por debajo de los pechos, cruzándola sobre las marcas ya profundas que el jute anterior había dejado. Tiró hacia atrás hasta que los senos se le hincharon, pezones morados y duros rozando la tela fría del vestido. Otra vuelta le rodeó el cuello lo justo para sentir la presión sin cortarle el aire, un collar de sumisión que le recordaba de quién era. Petra jadeó, arqueándose contra él.
—Más… aprieta más, señor —susurró, la voz ronca—. Quiero sentir que no puedo escapar ni aunque grite.
Rafael le dio un tirón seco que le arrancó un gemido. Después empezó a follarla de nuevo, profundo y lento al principio, cada embestida empujándola contra el metal de la barandilla. El mar negro se extendía delante, las luces de la otra orilla aún lejanas. Él le levantó el vestido hasta la cintura por completo, exponiendo el culo rojo de palmadas y el coño hinchado que le tragaba la polla con sonidos húmedos y obscenos. Cada embate hacía crujir las cuerdas de los tobillos y le cortaba un poco más la piel de las muñecas.
—Míralo —ordenó, agarrándole el pelo y obligándola a mirar el agua—. Mientras te destrozo aquí, piensa en cómo te voy a colgar en el estudio. Te voy a dejar colgada de las vigas con las piernas abiertas toda la noche. Te voy a azotar hasta que la piel te arda y después te voy a follar el culo otra vez sin parar. Horas, Petra. Hasta que solo sepas decir “gracias, señor” y “más duro”.
Ella apretó los ojos, el placer subiéndole otra vez como una marea sucia. Rafael aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza salvaje, los huevos golpeándole el clítoris hinchado. Le metió dos dedos en la boca y le obligó a chuparlos mientras la follaba, la saliva resbalándole por la barbilla.
—Chupa. Y córrete. Ahora. Con mi polla partiendo tu coño usado y las cuerdas clavándote los pechos.
Petra se corrió con un grito ahogado contra sus dedos, el cuerpo sacudiéndose, el coño exprimiendo la polla gruesa en espasmos violentos. Orinó un poco de excitación pura otra vez, el chorrito caliente resbalando por la barandilla y cayendo hacia el mar. Rafael gruñó de satisfacción y no se detuvo; siguió martillándola a través de las contracciones, usando su cuerpo flácido de placer como un agujero atado y agradecido.
Cuando ella empezó a sollozar de sobreestimulación, él se salió de golpe. El vacío la dejó gimiendo. La giró de cara a él, la empujó de rodillas sobre la cubierta fría y le abrió la boca con el pulgar.
—Límpiame. Toda. Cada gota de tu coño asqueroso y mi leche.
Petra obedeció al instante, la lengua lamiendo desde la base hasta la cabeza brillante, saboreando la mezcla espesa de semen, jugos y salitre. Él le agarró la cabeza con ambas manos y se la empotró hasta la garganta, follándole la boca con embestidas cortas y brutales. Las lágrimas le saltaron; babas le corrían por el pecho marcado. Las cuerdas del cuello le apretaban con cada movimiento; el collar de jute le recordaba que no tenía control. Pensó, borrosa de deseo: esto es exactamente lo que buscaba. Un hombre de treinta y ocho años que no se detuviera, que la tratara como la puta atada de treinta y dos que era, arquitecta de día y carne de cuerdas de noche.
Rafael se retiró antes de corrérsele en la garganta. Un hilo grueso de saliva y precum le colgaba de los labios hinchados. La levantó a medias, todavía maniatada, y la arrastró unos metros hacia la sombra de un bote salvavidas. Allí la tumbó de costado sobre la lona áspera, le deshizo solo lo necesario las sogas de los tobillos y le forzó una pierna hacia arriba, casi hasta el hombro. Volvió a cruzar cuerda nueva: alrededor del muslo, tirando hacia la muñeca opuesta, abriéndola en un ángulo imposible. El coño y el culo le quedaron completamente expuestos al aire frío de la noche, goteando, usados, rojos.
—Así —dijo él, voz baja y controlada—. Abierta como un puticlub de puerto. Treinta y dos años y te pones más zorra que una de dieciocho cuando te atan de verdad.
Le dio una torta en la mejilla, suave pero humillante, y acto seguido le escupió directamente sobre el agujero del culo. El hilo caliente le recorrió el perineo y se mezcló con el corrido que aún le salía. Después alineó la polla y empujó. Petra gritó contra la lona, el ardor del estiramiento mezclado con un placer profundo y sucio. Entró milímetro a milímetro hasta que los huevos le rozaron la piel. Se quedó quieto un segundo, dejándola sentir cada vena, cada pulso.
—Dilo —ordenó.
—Métela… úsame el culo, señor… fóllame el culo hasta que no pueda sentarme mañana —jadeó ella, la voz rota—. Quiero que me marques por dentro otra vez. Quiero que me dejes goteando tu leche por las dos mierdas de agujeros.
Rafael empezó a embestir. Corto, duro, brutal. Cada embate hacía que las cuerdas le cortaran los muslos y le aplastaran los pechos. Él le metió tres dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros con ritmo sádico, los nudillos rozándole el clítoris hinchado. Petra se retorcía lo poco que las sogas le permitían, los ojos en blanco, babas resbalándole por la comisura.
—Te voy a llenar el culo otra vez —gruñó él—. Y después te voy a dejar aquí un rato, atada y abierta, para que el viento te seque la leche en los muslos. Si alguien baja, que te vea. Que sepa lo que eres. ¿Quieres eso, puta mía?
—Sí… déjame… tuya… llena y atada… por favor, señor…
El orgasmo le subió desde el culo hasta la nuca como una descarga. Se contrajo alrededor de él con fuerza convulsiva, gritando su nombre y “señor” sin parar, el cuerpo entero sacudido. Rafael le agarró la cadera libre con una mano, le tiró del pelo con la otra y se corrió dentro del agujero apretado con un gemido gutural, chorros calientes inundándola mientras las últimas embestidas la aplastaban contra la lona. Se quedó enterrado, jadeando, sintiendo cómo el semen le salía alrededor de la polla y le bajaba por el coño y los muslos ya brillantes.
Después, con esa calma posesiva que la volvía loca, empezó a aflojar solo algunos nudos. Los justos para que ella pudiera sentarse un poco sin poder cerrar las piernas del todo. Le dejó las muñecas cruzadas a la espalda y una soga que le unía los tobillos a las rodillas, obligándola a permanecer abierta. Le limpió el corrido del muslo con dos dedos y se los metió en la boca.
—Chupa todo. No dejes ni una gota.
Petra chupó con ganas, saboreando culo, coño y leche espesa. Rafael le subió el vestido a medias, pero las cuerdas seguían visibles, las marcas rojas y profundas asomando en pechos, cuello y muslos internos. La agarró del brazo y la obligó a ponerse de pie a duras penas. El ferry seguía avanzando; las luces de la costa se veían ya más claras, pero aún quedaban horas.
La llevó de vuelta a la barandilla, la puso de frente al mar otra vez y se pegó a su espalda. Le separó las nalgas y le metió dos dedos en el culo todavía abierto y lleno, removiendo el semen, mientras con la otra mano le pellizcaba los pezones a través de las sogas.
—Escúchame bien, arquitecta —dijo al oído, voz ronca—. Cuando atracquemos te voy a sacar así, medio atada, y te voy a meter en el coche. En el estudio te voy a colgar de verdad. Te voy a azotar con la fusta hasta que llores de verdad, no de placer. Te voy a dejar marcas que te duren semanas. Y después te voy a follar otra vez sin quitarte ni un nudo, horas y horas, hasta que no puedas ni recordar tu nombre. Solo “gracias, señor” y “más, por favor”. ¿Entiendes?
—Sí, señor —susurró Petra, temblando, el coño volviendo a mojarse solo con las palabras—. Quiero eso. Quiero que me uses hasta romperme. No me sueltes. Átame más fuerte todavía antes de que amanezca.
Rafael sonrió contra su cuello. Sacó otra madeja. Empezó a enrollársela por el pecho otra vez, cruzando nuevas diagonales sobre las marcas existentes, tirando hasta que ella soltó un gemido agudo de puro alivio. Le pasó la soga entre las piernas, presionando el clítoris hinchado con un nudo grueso, y la sujetó a la barandilla misma. Petra quedó inmovilizada de pie, culo y coño expuestos al viento salado, pechos aplastados y levantados, imposibilitada de cerrar las piernas.
Él se puso detrás, le alineó la polla —ya dura otra vez— y se la empotró de un solo embiste hasta el fondo del coño. Empezó a follarla despacio, profundo, cada embestida haciendo que el nudo le frotara el clítoris con precisión cruel.
—Córrete otra vez —ordenó—. Aquí. Atada a la barandilla como la puta de puerto que eres. Y después te voy a cambiar las cuerdas otra vez. Todavía nos queda mar. Y yo todavía no he terminado contigo, Petra. Ni de lejos. Cuando el sol empiece a subir te voy a tener goteando por los tres agujeros y pidiendo que no pare nunca.
Ella apretó los ojos, el placer construyéndose otra vez, más sucio, más hondo, las cuerdas clavándose en cada centímetro de piel. El motor del ferry ronroneaba abajo. El mar seguía negro. Y las horas de travesía aún no se habían acabado.
Rafael no aflojó el ritmo. Seguía embistiendo a Petra contra la barandilla, la polla gruesa hundiéndose hasta el fondo de su coño hinchado y usado mientras el nudo de jute le frotaba el clítoris con cada embate. Ella jadeaba, las muñecas cruzadas a la espalda, los pechos aplastados y levantados por las cuerdas nuevas que ya le dejaban surcos morados. El viento salado le azotaba la cara y le secaba la saliva en la barbilla. Treinta y dos años y aquí estaba, arquitecta de renombre convertida en carne atada y abierta al mar negro.
—Más fuerte, señor —suplicó, la voz rota—. Quiero que me partas. Que las cuerdas me claven hasta que grite de verdad.
Él tiró de la soga que le cruzaba el pecho hasta que los pezones se le pusieron casi negros de presión y placer. Aceleró, los huevos golpeándole el culo rojo de palmadas anteriores. Petra se corrió otra vez, un espasmo sucio que le hizo orinar un chorrito caliente sobre el metal; el líquido le resbaló por los muslos atados y cayó hacia el agua. Rafael gruñó, se salió de golpe y le abrió el culo con los pulgares. Escupió grueso sobre el agujero todavía abierto y lleno de semen anterior, alineó la polla y se la empotró de un solo empujón brutal.
Petra gritó contra el viento. El ardor del estiramiento se mezcló con el placer profundo y sucio de sentirse invadida otra vez. Él la folló el culo sin piedad, corto y duro, las caderas golpeándole con ruido obsceno de carne mojada. Le metió cuatro dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros hasta que ella solo podía balbucear “señor” y “usa mi culo, fóllame más”. El orgasmo le subió desde el recto hasta la nuca; se contrajo alrededor de él con fuerza convulsiva, el cuerpo entero sacudido, babas cayéndole sobre los pechos marcados.
Rafael se corrió dentro con un gemido gutural, chorros calientes inundándole el culo mientras las últimas embestidas la aplastaban contra la barandilla. Se quedó enterrado, removiendo, sintiendo cómo la leche le salía alrededor de la polla y le bajaba por el perineo hasta el coño. Después la desató solo lo justo para arrastrarla de nuevo a la sombra del bote salvavidas. Allí la tumbó de espaldas sobre la lona, le forzó las rodillas hasta las orejas con cuerdas frescas y le cruzó los tobillos a las muñecas. Quedó completamente expuesta: coño y culo goteando, pechos morados, cuello todavía con el collar de jute.
—Mírate, puta de treinta y dos años —dijo él, voz baja—. Abierta como un puticlub barato. Y te encanta.
Le dio una torta en la mejilla y le escupió en la cara. Petra abrió la boca y lamió lo que pudo. Él se arrodilló, le clavó la polla otra vez en el coño hasta el útero y empezó a martillarla sin control. Cada embate hacía crujir las sogas y le cortaba más la piel de los muslos internos. Le pellizcó los pezones hasta que ella sollozó de puro alivio y le ordenó:
—Dilo mientras te destrozo. Di lo que eres.
—Soy tu puta atada… tu agujero de puerto… fóllame más duro, señor, lléname otra vez, azótame…
Rafael le propinó una serie de palmadas brutales en el culo y en los muslos abiertos. El sonido seco se mezcló con el chapoteo del mar. Petra se corrió gritando, el coño exprimiéndolo en espasmos violentos, un poco más de orina de excitación saliéndole otra vez. Él no paró; se salió, le giró la cabeza y se la empotró en la garganta hasta que la nariz le rozó el vello. La folló la boca con embestidas profundas, las lágrimas y babas corriéndole por el pecho marcado. Cuando sintió que iba a corrérsele, se retiró, le abrió el culo otra vez y se vació dentro con gemidos guturales, llenándola hasta que el semen le salía a borbotones.
Las luces de la costa se acercaban. Rafael aflojó solo lo necesario, le dejó las muñecas a la espalda y una soga corta entre los tobillos que la obligaba a dar pasos ridículos. Le subió el vestido a medias, las cuerdas y las marcas rojas asomando por todas partes, y la arrastró hacia la escalerilla cuando el ferry atracó. Nadie los miró en la oscuridad. La metió en el coche, la tumbó de lado en el asiento trasero y le metió tres dedos en el culo todavía abierto mientras conducía hacia el puerto.
En el estudio sin letrero la sacó a empujones. El local olía a cuero, a jute y a sexo viejo. La colgó de las vigas altas con cuerdas nuevas: muñecas juntas sobre la cabeza, tobillos separados por una barra de metal que la dejaba con las piernas abiertas en V imposible. El cuerpo de Petra colgaba, pechos caídos y marcados, coño y culo goteando semen mezclado hacia el suelo de cemento. Rafael cogió la fusta.
—Ahora sí, arquitecta. Vas a llorar de verdad.
Empezó a azotarla. Primero el culo, latigazos secos que dejaban rayas rojas al instante. Después los muslos internos, los pechos, incluso el coño hinchado. Petra gritaba, se retorcía lo poco que podía, el dolor ardiendo y convirtiéndose en placer sucio. Cada latigazo le hacía chorrear más. Él no paraba hasta que la piel le ardió y las lágrimas le corrieron de verdad, no solo de excitación.
—Gracias, señor… más… azótame más… soy tu puta…
Cuando la carne estuvo al rojo vivo, Rafael se desnudó del todo, se puso detrás y le empotró la polla en el culo de un solo embiste salvaje. La folló colgada, las caderas golpeándole, la fusta todavía en la mano dándole latigazos ocasionales en los pechos. Le metió el puño casi entero en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros hasta que ella solo gorgoteaba. Se corrió dentro del culo otra vez, llenándola, y sin sacar la polla le cambió de agujero y se la clavó en el coño hasta el fondo. La usó horas. La bajó, la ató de rodillas, le folló la garganta hasta que babas y semen le cubrieron el pecho. La colgó de nuevo boca abajo, le abrió el culo con un dilator de metal y se la folló así mientras le azotaba las tetas. Petra se corría sin parar, el cuerpo flácido de placer y dolor, orinando de excitación pura sobre el suelo, pidiendo más, pidiendo que no parara nunca.
Al final la dejó en el suelo, todavía atada con las piernas abiertas a la fuerza, el culo y el coño destrozados y goteando leche espesa por los tres agujeros. Rafael se arrodilló, le agarró el pelo y le miró a los ojos vidriosos.
—Mañana te voy a atar otra vez y te voy a follar hasta que no te quede ni un agujero que no chorree mi corrida. Di lo que eres.
—Soy tu puta de cuerdas… tu agujero de mierda para usar… fóllame el culo otra vez ahora mismo, señor, lléname hasta que me salga por la puta boca.
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