Susurros Prohibidos se Convierten en un Por Favor

Una abogada española de 32 años casada se folla con ganas al ingeniero negro de 38 que vive al lado.

13 min read September 14, 2026New

Renata, una abogada española de treinta y dos años casada con un ejecutivo que apenas pisaba casa, sentía que su cuerpo despertaba cada noche como si la luna misma la llamara. Mi marido llevaba ya tres semanas en Singapur y yo me quedaba en nuestro amplio apartamento del centro, revisando contratos hasta que el cansancio me empujaba al balcón. Allí, el aire de la madrugada olía a jazmín y a asfalto húmedo. El balcón era compartido, separado solo por una celosía de madera que apenas ocultaba nada.

Desmond se mudó al lado un martes de finales de mayo. Tenía treinta y ocho años, era ingeniero de estructuras y su empresa lo había enviado a Madrid para un proyecto de dos años. Alto, de hombros anchos y piel negra profunda que parecía absorber la luz de las farolas, hablaba un español correcto aunque con un acento grave y musical que me erizaba la nuca. La primera noche que coincidimos, yo llevaba una bata de seda blanca que se pegaba a mis muslos por el calor. Él apareció con una cerveza en la mano, sin camiseta, el torso marcado por horas de gimnasio. Nuestras miradas se cruzaron. Ninguno habló al principio. Solo sonreímos, cómplices, como si ya supiéramos lo que vendría.

Aquellas coincidencias se volvieron costumbre. A las once y media, más o menos, yo salía con una copa de vino tinto y él aparecía con su vaso de whisky. Hablábamos de todo y de nada: del tráfico infernal de la Castellana, de la paella que yo preparaba los domingos, de cómo echaba de menos el mar Caribe de su infancia. Pero debajo de las palabras flotaban otras. Sus ojos bajaban sin disimulo hasta el escote de mi bata. Yo no podía dejar de mirar sus manos grandes, venosas, oscuras como la noche misma. Una noche le dije, casi en susurro:

—Tu voz suena diferente cuando hablas en inglés… más ronca.

Él sonrió, se acercó a la barandilla hasta que solo nos separaban treinta centímetros y respondió en voz baja, mezclando los dos idiomas con naturalidad:

—And your accent, Renata… me pone duro cada vez que pronuncias mi nombre.

Sentí un latigazo de calor entre las piernas. Reconocí el deseo en sus pupilas dilatadas y supe que él veía lo mismo en las mías. Nos sonreímos otra vez, sin vergüenza. Esa sonrisa cómplice fue la primera rendición.

Las conversaciones se volvieron más peligrosas noche tras noche. Una madrugada de jueves, el aire estaba cargado de tormenta. Desmond me confesó, inclinándose sobre la barandilla hasta casi rozarme el oído:

—Tu piel tan clara me vuelve loco, Renata. Imagino cómo se vería bajo mis manos… cómo se marcaría si te agarrara fuerte mientras te follo.

El pulso se me disparó. Bebí un sorbo de vino para armarme de valor y admití lo que llevaba fantaseando semanas:

—Sueño con tus manos, Desmond. Son tan grandes… Me imagino esos dedos negros abriéndome, tocándome donde mi marido ya casi ni se acuerda.

Las palabras quedaron flotando entre nosotros, calientes. Ninguno se movió. El silencio era puro voltaje. Entonces, al apoyar las manos en la barandilla, mis dedos rozaron los suyos. Fue accidental, pero ninguno los apartó. Nos miramos. En ese roce lento, consciente, decidimos. Los dos. Sin palabras. Desmond giró la palma y entrelazó sus dedos oscuros con los míos, apretando con suavidad pero con firmeza.

—Ven adentro —murmuró—. Quiero besarte como llevo imaginando desde que te vi.

Mi coño se contrajo de anticipación. Asentí. Crucé la celosía y entré en su apartamento. Olía a madera recién barnizada y a su colonia amaderada. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared con hambre controlada. Su boca cayó sobre la mía. El beso fue profundo, salvaje, lenguas enredándose sin pudor. Sentí su polla ya dura presionando contra mi vientre a través del pantalón fino. Mis manos subieron por su torso desnudo, admirando la dureza de sus pectorales, la textura caliente y tersa de su piel negra. Él gruñó contra mis labios:

—Dime que lo deseas tanto como yo, Renata.

—Lo deseo —jadeé, mordiéndole el labio inferior—. Quiero todo lo que puedas darme.

Sus manos bajaron hasta mis nalgas y me levantó como si no pesara nada. Mis piernas rodearon su cintura mientras me llevaba al dormitorio. La luz era tenue, solo una lámpara de mesilla. Me depositó en el borde de la cama y empezó a desnudarme con deliberada lentitud. Desató el nudo de mi bata, la abrió y la dejó caer. Mis pechos quedaron expuestos, pezones ya duros como guijarros. Desmond los miró con devoción, pasó sus pulgares oscuros sobre ellos y yo gemí. Luego se arrodilló para bajarme las bragas de encaje blanco. Cuando quedé completamente desnuda ante él, me sentí expuesta, deseada, poderosa.

Yo, a mi vez, le quité la camiseta que se había puesto antes de salir al balcón. Mis manos recorrieron ese torso esculpido, contrastando con mi propia palidez. La diferencia de color era hipnótica. Me incliné y besé su pecho, bajando la lengua por el centro de sus abdominales hasta llegar al borde del pantalón. Desmond me detuvo con suavidad.

—Primero quiero tu boca en otro sitio.

Me puso de rodillas con firmeza pero mirándome a los ojos, preguntando sin palabras. Asentí con entusiasmo, lamiéndome los labios.

—Sí. Quiero chupártela.

Bajó la cremallera. Su polla saltó libre: gruesa, larga, de un tono negro profundo con venas marcadas y un glande hinchado que brillaba ya de precum. Era magnífica. La tomé con ambas manos, sintiendo su calor y peso, y la llevé a mi boca sin dudar. Empecé a chupar con ganas, lamiendo desde la base hasta la punta, girando la lengua alrededor del glande. Desmond gruñó, enredó sus dedos en mi cabello oscuro pero sin forzarme, solo sujetándome mientras yo lo devoraba con avidez. Me metí más profundo, sintiendo cómo me abría la garganta, las lágrimas de esfuerzo brillando en mis ojos, pero sin dejar de gemir de placer. El sabor salado y masculino me volvía loca.

—Así, Renata… Joder, qué boca tan caliente tienes.

Me dejó saborearlo varios minutos, alabando mi entusiasmo, hasta que me levantó y me tiró sobre la cama. Primero me folló en misionero. Se colocó entre mis piernas abiertas, frotó su verga gruesa contra mi coño empapado y empujó lento pero profundo. Sentí cada centímetro abriéndome. Sus ojos no dejaron los míos ni un segundo. Era íntimo, crudo, interracial. Mis uñas se clavaron en su espalda negra mientras él entraba y salía con ritmo creciente.

—Estás tan apretada… —susurró.

Luego me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas y me penetró con fuerza en perrito. Sus manos grandes agarraron mis caderas blancas y me folló más duro, haciendo que mis tetas se balancearan. Sus palabras sucias llenaron la habitación:

—Tu coño blanco aprieta tan rico mi verga negra, Renata. Mira cómo te abre… cómo te llena. Eres una puta maravilla.

Cada embestida me hacía gritar de placer. El contraste visual, el sonido húmedo de piel contra piel, su olor, todo me llevaba al borde. Finalmente me hizo subirme encima en vaquera inversa. Me senté de espaldas a él, agarré su polla y la introduje yo misma hasta el fondo. Empecé a cabalgarlo con desesperación, moviendo las caderas en círculos y arriba y abajo. Desmond me agarró las nalgas con esas manos enormes, separándolas, clavando los dedos mientras me susurraba lo apretada que estaba, lo mojada, lo mucho que le gustaba ver su polla oscura desapareciendo dentro de mi coño español.

El orgasmo me llegó como un tren. Empecé a correrme gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él, temblando entera. Desmond me siguió casi al instante, empujando hacia arriba con fuerza mientras explotaba dentro de mí con un gemido ronco y largo. Sentí cada pulsación caliente llenándome. Nos corrimos juntos, intenso, sincronizado, hasta que los dos caímos exhaustos sobre las sábanas revueltas.

Después de varios minutos recuperando el aliento, Desmond me besó con ternura en la frente, un gesto sorprendentemente dulce después de la brutalidad compartida. Se levantó, fue a la cocina y preparó dos vasos de agua fría con rodajas de limón. Regresó, me tendió uno y se acostó a mi lado, acariciando perezosamente mi espalda desnuda. Bebimos en silencio, mirándonos. Mi mente ya estaba traicionándome: pensaba en que Carlos regresaba en cinco días, en que esto no podía repetirse… y, al mismo tiempo, en que ya estaba contando las horas para volver a sentir esa verga negra abriéndome otra vez. Desmond pareció leerlo en mis ojos. Sonrió de medio lado, pasó un dedo por mi labio inferior y murmuró:

—Esto no ha terminado, Renata. Ni de lejos.

Yo no respondí. Solo me acurruqué contra su pecho oscuro, sintiendo cómo el deseo prohibido volvía a crecer ya dentro de mí, sabiendo que la próxima vez sería aún más arriesgado, más intenso, y que ya no podría parar aunque quisiera. El balcón seguía esperando fuera, testigo silencioso de susurros que ahora se habían convertido en un “por favor” que repetiríamos muchas veces más.

Renata se acurrucó más contra el pecho ancho y oscuro de Desmond, sintiendo cómo el sudor de ambos se mezclaba y cómo su semen caliente seguía escapando de mi coño, deslizándose lento por la curva de mi culo hasta mojar las sábanas revueltas. Tenía treinta y dos años, era una abogada especializada en derecho mercantil que facturaba seis cifras al año, casada con un ejecutivo que vivía más en aviones que en casa, y sin embargo allí estaba, desnuda y temblando después de haberme dejado follar como una cualquiera por el ingeniero negro de treinta y ocho que vivía al otro lado de la celosía. Mi respiración aún no se calmaba. Cada latido de su corazón retumbaba contra mi mejilla, grave y poderoso, y mi mente traicionera ya no pensaba en Carlos ni en el riesgo. Solo pensaba en la pesadez deliciosa que sentía entre las piernas, en cómo me había abierto, en cómo esa verga gruesa y negra me había marcado por dentro.

Desmond pasó sus dedos grandes por mi columna vertebral, bajando hasta la base de mi espalda con una lentitud que erizaba cada centímetro de mi piel clara. No dijo nada durante un rato. Solo respiraba, profundo, como si estuviera guardando fuerzas. Yo levanté la mirada y vi sus ojos entrecerrados, todavía brillantes de deseo. Mi mano, casi por voluntad propia, bajó por su abdomen marcado, rozando los surcos de sus abdominales hasta encontrar su polla. Estaba semierecta, pesada, pegajosa de nuestra corrida mezclada. La rodeé con los dedos y empecé a acariciarla con suavidad, sintiendo cómo recuperaba vida, cómo se hinchaba y endurecía contra mi palma pálida. El contraste era obsceno y hermoso: mi piel de leche contra esa carne oscura, venosa, que parecía absorber toda la luz de la lámpara.

—Renata… —murmuró con esa voz ronca que mezclaba inglés y español—. ¿No has tenido suficiente, abogada?

Sonreí contra su pecho y apreté más la mano, masturbándolo con movimientos largos y lentos.

—No. Quiero más. Quiero que me folles otra vez, Desmond. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar derecho mañana.

Él gruñó y me besó el pelo. Su polla ya estaba completamente dura, palpitando en mi puño. Me incorporé sobre un codo y bajé la cabeza hasta tenerla a la altura de la boca. El olor a sexo era intenso, salado, masculino. Saqué la lengua y lamí despacio desde la base gruesa hasta el glande hinchado, recogiendo los restos de semen y de mis propios jugos. Desmond enredó los dedos en mi melena castaña y suspiró.

—Joder, qué boca tan caliente tienes. Chúpamela, sí. Métetela toda como la puta hambrienta que eres.

Sus palabras sucias me encendieron. Abrí los labios y lo engullí despacio, sintiendo cómo me estiraba la mandíbula. Bajé hasta que el glande tocó el fondo de mi garganta y me quedé allí, respirando por la nariz, con los ojos llorosos pero sin apartarme. Empecé a mover la cabeza con ritmo, succionando fuerte, girando la lengua alrededor del tronco mientras mi mano le masajeaba los huevos pesados. Cada vez que subía, lamía el precum que brotaba de la punta. Me sentía poderosa y degradada al mismo tiempo, de rodillas para este hombre que no era mi marido, devorando una polla negra que mi coño español ya había reclamado como suya. Mi clítoris palpitaba sin que nadie lo tocara. Estaba empapada otra vez.

Desmond me dejó disfrutarlo varios minutos, gruñendo elogios en voz baja: «Así, trágatela entera», «Mírate, abogada de lujo con la boca llena de verga negra». Luego me levantó de repente, me tumbó de espaldas y se colocó entre mis muslos abiertos. No hubo preliminares suaves. Hundió la cara en mi coño con hambre salvaje. Su lengua ancha lamió desde el perineo hasta el clítoris, saboreando el desastre que habíamos dejado. Chupó mis labios hinchados, introdujo dos dedos gruesos y los curvó exactamente donde necesitaba. El sonido era húmedo, obsceno, chapoteante. Yo arqueé la espalda y agarré las sábanas con fuerza.

—Desmond… hostia, tu lengua… no pares, por favor, no pares…

Me comió como si estuviera muerto de hambre. Succionaba mi clítoris con los labios mientras sus dedos entraban y salían rápido, frotando ese punto rugoso que me volvía loca. El orgasmo me golpeó de repente, sin aviso. Empecé a correrme gritando su nombre, apretando su cabeza entre mis muslos, inundándole la boca con un chorro caliente. Él no se apartó. Siguió lamiendo hasta que el placer se volvió casi doloroso y yo temblaba como una hoja.

Cuando por fin levantó la cara, tenía la barbilla brillante de mí. Sonreía con esa media sonrisa peligrosa.

—Ahora te voy a follar hasta que grites.

Me puso a cuatro patas con firmeza, de cara a la ventana que daba al balcón compartido. La celosía de madera apenas ocultaba nada. La idea de que alguien pudiera oírnos o entrever nuestras siluetas hizo que mi coño se contrajera de anticipación. Desmond se arrodilló detrás, agarró mis caderas blancas con esas manos enormes y negras y empujó de golpe. Entró hasta el fondo de un solo movimiento. Grité de placer. Empezó a follarme con fuerza, embestidas profundas y rápidas que hacían que mis tetas se balancearan como péndulos. El sonido de sus huevos golpeando mi clítoris era constante, mojado, adictivo.

—Esto es lo que querías, ¿verdad? —gruñó, dándome un cachete fuerte en el culo que dejó una marca roja—. Una polla de verdad. Una verga negra que te abra ese coñito de esposa aburrida.

—Sí… joder, sí. Fóllame más fuerte. Soy tu puta blanca, Desmond. Úsame.

Cada embestida me empujaba hacia delante. Mis uñas se clavaban en el colchón. Él me agarró del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás, arqueándome como a una yegua. El ritmo se volvió brutal. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, sentía cómo me llenaba por completo, cómo tocaba fondo y aún pedía más. Otro orgasmo me atravesó. Me corrí con violencia, apretándolo dentro de mí, ordeñándolo mientras gemía sin control.

No me dejó recuperarme. Me giró, me levantó como si no pesara nada y me empotró contra la pared. Mis piernas rodearon su cintura. Entró otra vez, sujetándome el culo con las dos manos, separando mis nalgas mientras me follaba de pie. Sus labios negros devoraban mis pezones rosados, mordiéndolos justo en el límite entre placer y dolor. Yo le arañaba la espalda, dejando surcos rojos en esa piel oscura y perfecta.

—Míranos —susurró contra mi cuello—. Mira cómo te abre mi polla negra. Cómo desaparece dentro de tu coño español tan apretado.

Bajé la mirada y lo vi: el contraste hipnótico de su verga oscura entrando y saliendo, brillante de mis jugos, estirándome los labios hinchados. Fue demasiado. Me corrí por tercera vez, clavándole las uñas en los hombros, gritando su nombre entre sollozos de placer.

Desmond me llevó de nuevo a la cama, se tumbó y me colocó encima en vaquera. Yo estaba exhausta pero no quería parar. Agarré su polla empapada y la introduje yo misma, bajando centímetro a centímetro hasta que mis labios besaron su pelvis. Empecé a cabalgarlo con desesperación, moviendo las caderas en círculos apretados, luego subiendo y bajando con fuerza. Mis tetas rebotaban. Él las agarró, pellizcándome los pezones mientras me miraba con los ojos entornados.

—Así, Renata. Monta esa polla. Enséñame cómo te gusta que te follen.

Aceleré. El sudor corría entre mis pechos y caía sobre su torso negro. Sentía cómo su verga me llegaba al fondo con cada bajada. Desmond empezó a empujar hacia arriba, encontrándose conmigo. El orgasmo final nos pilló casi al mismo tiempo. Yo me contraje violentamente alrededor de él, gritando mientras olas de placer me recorrían entera. Él rugió, me clavó los dedos en las caderas y explotó. Sentí cada pulsación gruesa, cada chorro caliente que me llenaba otra vez, desbordándose y saliendo alrededor de su polla.

Caímos exhaustos, jadeando, pegados. Su polla aún palpitaba dentro de mí cuando me besó en la frente con esa ternura sorprendente. El silencio era cómodo, cargado de olor a sexo y a jazmín que entraba por la ventana abierta.

Después de un rato largo, Desmond acarició mi mejilla y murmuró:

—Mañana por la noche te quiero aquí otra vez. En el balcón. Y después en mi cama. Esto no ha terminado, Renata.

Sonreí, besé su pecho y me acurruqué contra él fingiendo que todo seguía igual. Pero guardaba un secreto que él no sabía. Esa misma tarde, mientras revisaba contratos, había recibido un mensaje de Carlos: su vuelo llegaba mañana a las nueve de la mañana, no en cinco días. El proyecto se había cerrado antes. Mañana por la mañana mi marido volvería a casa, a esta misma cama, a esta misma vida. No se lo había dicho a Desmond. Quería que esta noche siguiera siendo solo nuestra un rato más, sin que la realidad la ensuciara todavía. Mañana decidiría si confesaba, si mentía o si simplemente volvía a cruzar la celosía en cuanto pudiera. Por ahora, el «por favor» seguía latiendo entre mis piernas, lleno de su semen y de promesas peligrosas que ya no podía ni quería detener.

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