Hall Pass en la Tienda: Su Esposa se Entrega al Dueño del Vinilo

Leilani, de 29 años, acepta el hall pass y se deja follar duro por el dueño de la tienda de vinilos mientras su marido Barrett, de 32, mira y

13 min read September 17, 2026New

Empecé confesándome esto porque si no lo escribo se me va a pudrir por dentro. Yo, Barrett, treinta y dos años, casado con Leilani, veintinueve, entré con ella a aquella tienda de vinilos antiguos un sábado de tarde creyendo que solo íbamos a mirar portadas y a pelearnos por el precio de un disco de soul. El local olía a cartón viejo, a polvo y a madera barnizada. Las estanterías llegaban casi al techo. Al fondo, tras el mostrador de cristal rayado, estaba él: Gideon, cuarenta y ocho años, el dueño. Alto, hombros anchos, barba canosa bien recortada, camisa negra arremangada que dejaba ver antebrazos velludos y venas marcadas. Cuando Leilani se inclinó a hojear una caja de singles, él la miró sin disimulo, de arriba abajo, y sonrió como si ya la conociera.

—Buscáis algo en concreto o solo os dejáis llevar —preguntó con voz grave, sin quitarle los ojos de encima a mi mujer.

Leilani levantó la vista. Llevaba un vestido corto de verano, escote generoso, y se le notó el rubor en el pecho antes que en la cara.

—Algo que suene a pecar un poco —respondió ella, y se rio bajito.

Gideon se acercó. Le pasó por detrás del hombro un ejemplar de un LP con una negra desnuda en la portada y le rozó los dedos al dárselo. Yo estaba a un metro y sentí el golpe en el estómago: celos calientes, absurdos, y debajo de eso una erección que me apretaba el pantalón. Leilani se giró hacia mí cuando él se apartó un segundo a atender el timbre de la puerta. Me susurró al oído, sin rodeos:

—Barrett… siempre he fantaseado con un hall pass. Con que me dejes follar con otro. Y este tío… me genera un deseo inmediato. Se me pone la boca seca. ¿Lo exploramos?

La miré. Tenía las pupilas dilatadas. Le temblaba un poco el labio inferior. Yo tragaba saliva y notaba cómo se me endurecía más solo de imaginarlo. Asentí. Un gesto corto, cobarde y excitado a la vez.

—Explorémoslo —dije—. Pero yo me quedo. Miro.

Ella me besó la comisura de la boca y volvió con Gideon. Yo fingí meterme en la sección de jazz del fondo, aunque oía cada palabra. Se fueron acercando entre las estanterías laterales. Él le hablaba bajo, casi contra el cuello. Ella reía y le respondía sin filtro.

—Quiero que me folles esta misma tarde —le oí decirle, claro, sin vergüenza—. Mi marido está de acuerdo. Está mirando ahora mismo y se le pone dura de los celos.

Gideon soltó una risa grave, sorprendida y caliente.

—Joder, nena. Entonces vamos a hacerlo bien.

Le pasé la vista por el rabillo del ojo: Leilani le había dado la espalda contra una estantería de blues y Gideon le apoyaba la palma entera en el culo, apretando la tela del vestido, subiendo el dobladillo un centímetro. Ella arqueó la espalda. Él le besó el lateral del cuello, lento, abierto, y ella soltó un gemido que me llegó directo a los huevos. Me toqué por encima del pantalón sin poder evitarlo. La tensión era un hilo eléctrico entre los tres. Al rato ella le dijo algo al oído y Gideon asintió, fue a la puerta, giró el cartel a CERRADO, echó el cerrojo y apagó el neón de la fachada. Nos hizo un gesto con la cabeza hacia la trastienda.

El cuarto de atrás olía más fuerte a vinilo caliente y a café viejo. Había una mesa de madera larga llena de cajas, una silla de oficina y una lámpara amarilla. Gideon cerró la puerta interior. Leilani no esperó. Se arrodilló delante de él sobre el suelo de concreto, le abrió el cinturón con las dos manos y le sacó la polla. Era gruesa, pesada, la cabeza ya brillante, más larga y ancha que la mía y ella lo dijo en voz alta, mirándole a los ojos mientras se la metía en la boca:

—La tienes mucho más grande que mi marido. Joder, se me llena toda la garganta.

Empezó a chupársela con ganas, saliva abundante, mejillas hundidas, una mano en la base y la otra en sus propios pechos, apretándolos. Gideon le agarró el pelo con cuidado al principio y luego con más fuerza, empujándole la cabeza. Yo me senté en la silla como un idiota, el corazón martilleándome las sienes, y me saqué la polla. Estaba dura, humillada, goteando. Me masturbé despacio, sin atreverme a acercarme, solo mirando cómo mi mujer de veintinueve años se atiborraba de la verga de un tipo de cuarenta y ocho como si le debiera la vida.

Cuando ella se apartó, con un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta, Gideon la levantó, le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas negras de un tirón y la tumbó de espaldas sobre la mesa. Le abrió las piernas. Leilani estaba empapada; se le veía el coño hinchado y brillante. Él se alineó y entró de un solo empujón, hondo. Ella gritó.

—Ay, sí… así, duro.

La folló en misionero con embestidas largas y pesadas, la mesa crujiendo, las cajas temblando. Le agarraba los muslos y se los abría más. Leilani miraba hacia mí a ratos, con la boca abierta, y luego volvía la cara hacia él y le pedía más. Después Gideon la hizo girar. La puso a cuatro patas encima de la mesa, le agarró el pelo con un puño y le entró por detrás, profundo, pegándole la pelvis al culo con cada embestida. El sonido era obsceno: piel contra piel, humedad, jadeos.

—Puta del vinilo —le gruñó al oído—. La putita que viene a la tienda a que le rellene el coño delante del marido. Di que te gusta.

—Me gusta… me encanta que me folles, Gideon… más fuerte… soy tu puta del vinilo… joder, sí—

Yo me corría casi sin tocarme solo de oírla. Me contuve. Me masturbaba con la mano temblorosa, los ojos fijos en cómo la polla gruesa de él entraba y salía brillante de mi mujer, en cómo le temblaban las tetas colgando, en cómo ella empujaba el culo hacia atrás pidiendo más. Leilani se corrió gritando su nombre, no el mío. Un grito largo, roto, el cuerpo convulso sobre la mesa, el coño apretándole la verga en espasmos visibles. Gideon no paró. La siguió follando a través del orgasmo hasta que él mismo se tensó, le clavó los dedos en las caderas y se vino dentro, profundo, con un gemido gutural. Se quedó un segundo enterrado, respirando contra su espalda, y cuando salió se le vio el semen espeso bajarle por el muslo interior a ella.

Leilani se quedó un momento echada, temblando, con una sonrisa idiota y luminosa. Se limpió con un pañuelo que él le ofreció, se subió las bragas sin mucho cuidado y se ajustó el vestido. Gideon le dio un beso en la frente, casi tierno después de todo lo anterior, y nos abrió la puerta trasera hacia el callejón. Nos despedimos con esa sonrisa cómplice de tres personas que acaban de cruzar una línea y aún no saben dónde cae el otro lado. Él nos guiñó un ojo.

—Volved cuando queráis. Siempre hay discos nuevos.

En el coche, de camino a casa, el aire acondicionado no bastaba para secarme el sudor de la nuca. Leilani iba en el asiento del copiloto con las piernas entreabiertas y todavía se le notaba la humedad en la parte interna del muslo. Me miró de reojo y me puso la mano en la entrepierna, encima del pantalón, acariciándome la polla todavía sensible y medio dura.

—Ha sido increíble, Barrett —dijo con voz ronca, confesional, como si me estuviera contando un secreto sucio al oído—. Sentir cómo me follaba un hombre de verdad… esa polla gruesa abriéndome, llenándome, corriéndose dentro mientras tú mirabas… me he corrido como nunca. Todavía lo siento goteándome. Y lo mejor es que no se ha acabado. Sé que tú también estás hecho un lío de celos y de leche aguantada. Cuando lleguemos a casa quiero que me mires otra vez mientras me toco y te cuento cada detalle: cómo me sabía la boca, cómo me dolía rico el coño, cómo me llamó puta del vinilo y me hicieron falta más embestidas. Y después… después vamos a decidir si le pedimos a Gideon que nos deje volver mañana. Porque yo ya quiero repetir. ¿Tú también, verdad? Dime que sí mientras te acaricio así…

Su mano seguía moviéndose, lenta, poseedora, y yo conducía con los nudillos blancos, la cabeza llena de imágenes de la trastienda y de la certeza de que el hall pass no había sido una tarde: había sido la puerta que acabábamos de abrir de par en par, y lo que venía detrás todavía nos estaba esperando con la polla dura y la tienda cerrada otra vez.

Empecé a conducir como un autómata, con la mano de Leilani aún encima de mi polla, apretando despacio a través de la tela, recordándome con cada roce que acababa de verla tragarse y pedirle a gritos a un hombre casi veinte años mayor que yo. El tráfico de la tarde me dio tiempo de sobra para olerla: olor a sexo ajeno, a semen seco en el muslo, a la tienda de vinilos impregnada en su piel. Cuando aparqué frente a casa mis nudillos dolían de lo fuerte que había agarrado el volante.

Subimos sin hablar. Ella se quitó los zapatos en el recibidor y el vestido corto se le pegaba todavía a la sudor de la espalda baja. En el salón se dejó caer en el sofá, se abrió las piernas sin pudor y metió dos dedos bajo la braga negra, ya torcida y húmeda.

—Siéntate ahí —dijo, señalando el sillón de enfrente—. Quiero que me mires mientras te lo cuento todo otra vez. Cada detalle. Porque todavía lo siento dentro y si no lo digo se me va a escapar.

Yo me senté, me bajé la cremallera y saqué la polla, que ya volvía a ponerse dura solo de oírla. Leilani, veintinueve años bien cumplidos, casada conmigo desde hacía seis, empezó a masturbarse despacio, los labios del coño brillantes, abiertos, y la voz ronca de confesión:

—Su polla me llenaba la boca hasta la garganta. Más gruesa que la tuya, Barrett. La cabeza me rozaba el paladar y yo solo pensaba en chupársela más profundo mientras tú te tocabas como un pobre diablo en esa silla. Cuando me la metió en la mesa sentí que me abría de verdad, que me estiraba… joder, todavía arde un poco. Me folló como si yo fuera la puta del vinilo que él dijo, y me corrí gritando su nombre. No el tuyo. El suyo. Y cuando se vino dentro me dejaste ahí goteando, y me gustó. Me gustó humillarte así.

Se corrió con los dedos, temblando, mirándome fijamente, y yo me corrí también, sucio y rápido, manchándome la camisa, sin tocarla. El silencio después fue corto. Ella se limpió la mano en mi pecho y susurró:

—Mañana volvemos. Quiero que me folle otra vez delante de ti. Más duro. Y quiero que tú le pidas permiso para quedarte mirando. Como el marido que se deja.

Asentí. La voz me salió rota:

—Sí. Volvemos.

Dormimos mal. Yo soñé con el cerrojo de la tienda y con el sonido de la mesa crujiendo. A la mañana siguiente Leilani se vistió otra vez de verano: vestido blanco esta vez, sin bragas, pezones marcados bajo la tela fina. Yo iba con la boca seca y la polla ya medio dura dentro de los vaqueros. Llegamos a la tienda a las once. El neón estaba apagado, pero la puerta abierta. Gideon, cuarenta y ocho años, nos vio entrar y sonrió con esa calma de quien ya sabe lo que va a pasar. Cerró otra vez, echó el cerrojo, apagó las luces de la fachada.

—Os esperaba —dijo, voz grave—. La putita del vinilo y su marido mirón. Venid.

La trastienda olía igual: vinilo caliente, café viejo, madera. Esta vez no hubo preámbulos largos. Leilani se acercó a él, le besó la boca abierta, le metió la lengua, y yo me quedé de pie junto a la pared, el corazón martilleándome las costillas. Gideon le subió el vestido hasta la cintura, le palpó el coño ya mojado y gruñó:

—Sin bragas. Qué ganas tenías, nena.

La puso de rodillas otra vez. Leilani le abrió el pantalón, le sacó la polla gruesa, pesada, ya dura, y me miró a mí mientras se la metía entera hasta la garganta. Babeaba, los ojos llorosos de placer, y hablaba entre chupadas:

—Mira, Barrett… mira cómo me la como. Más grande que la tuya. Me encanta. Dile tú que te gusta verlo.

Yo tragué saliva y dije, la voz humillada y caliente:

—Me gusta… ver cómo te chupas la polla de Gideon. Cómo te follas la boca con ella.

Él le agarró el pelo con las dos manos y le embistió la cara con calma brutal, follándole la garganta hasta que ella tosió y salió un hilo de saliva espesa. Después la levantó, la sentó en el borde de la mesa y le abrió las piernas de par en par. Se alineó y entró de un solo golpe hondo. Leilani gritó, se agarró a sus antebrazos velludos y arqueó la espalda.

—Así… joder, así, duro… lléname otra vez…

Gideon la folló en misionero primero, embestidas largas que hacían crujir la mesa, las cajas temblando al borde. Le agarró las tetas por encima del vestido, se lo bajó del pecho y se las chupó mientras la empalaba. Yo me saqué la polla y me masturbé despacio, los ojos fijos en el sitio donde su verga gruesa entraba y salía brillante del coño de mi mujer. Ella me miraba entre gemidos:

—Más celoso, Barrett… tócate más fuerte… quiero verte sufrir de gusto mientras él me parte…

Después la giró. La puso a cuatro patas otra vez, pero esta vez le hizo bajar la cabeza hasta casi tocar la madera y le levantó el culo. Entró por detrás profundo, pegándole la pelvis con cada embestida obscena, el sonido húmedo y rítmico llenando el cuarto. Le dio una palmada en la nalga, luego otra, y Leilani jadeó:

—Otra… llámame puta otra vez…

—Puta del vinilo —gruñó él contra su oreja—. La casada que viene a que le rellene el coño delante del marido. Di que te gusta más mi polla.

—Me gusta más… joder, sí, me gusta más la tuya, Gideon… más gruesa, más dura… fóllame como a tu puta… Barrett está mirando y se le moja la polla de humillación…

Yo me corrí en ese momento, sin avisar, manchando el suelo de concreto, temblando, y aún así seguí duro, como si el cuerpo no pudiera parar. Gideon no se detuvo. La folló a través de mi orgasmo, más rápido, más profundo, hasta que Leilani se corrió gritando su nombre otra vez, el cuerpo convulso, el coño apretándole la verga en espasmos visibles. Él la siguió embistiendo, le clavó los dedos en las caderas y se vino dentro con un gemido largo, gutural, enterrado hasta el fondo. Cuando salió, el semen le bajó por el muslo interior a ella en un hilo espeso y blanco.

Se quedaron así un segundo: ella derrumbada sobre la mesa, respirando a bocanadas; él de pie detrás, la polla todavía semi dura y brillante de los dos. Después Gideon le ofreció un paño limpio. Leilani se limpió despacio, se bajó el vestido, se pasó los dedos por el pelo revuelto. Me miró a mí, que seguía contra la pared con la camisa manchada y la polla sensible colgando.

—Ven —me dijo suave.

Me acerqué. Ella me besó la boca, me dejó saborear un poco el rastro de él, y después se arrodilló un instante solo para limpiarme con la lengua lo que me quedaba. No fue sexo ya; fue un gesto quieto, casi tierno después de la brutalidad. Gideon nos abrió la puerta del callejón otra vez. Nos dio una palmada en el hombro a mí, complicidad de tres, y le besó la frente a ella.

—Cuando queráis. Siempre hay discos nuevos.

Salimos al sol de mediodía. El callejón olía a basura y a asfalto caliente. En el coche Leilani se sentó con las piernas juntas, el semen todavía notándosele al moverse, y yo arranqué sin decir nada. Conducimos en silencio por calles conocidas. En casa aparqué, apagué el motor. Ninguno abrió la puerta de inmediato. El aire acondicionado se apagó solo y el calor empezó a subir despacio. Ella puso la mano sobre la mía, en el freno de mano, sin apretar, solo apoyada. Yo miré por el parabrisas el portón del garaje, la grieta de siempre en la pared, una hoja seca pegada al cristal.

No hablamos del mañana. No hablamos de la tienda ni de la polla de Gideon ni de lo que yo había sentido al correrme solo de verla. El reloj del salpicadero marcaba minutos que no sonaban. Un perro ladró lejos y se calló. El viento movió la hoja seca un centímetro y la dejó quieta otra vez.

Leilani respiró hondo una sola vez. Yo también. Las manos se nos quedaron juntas, inmóviles, y el silencio se hizo denso, completo, sin necesidad de más palabras ni de más puertas cerradas ni de más gritos. Solo el tic suave del motor al enfriarse y el vacío limpio que queda cuando todo lo intenso ya ha pasado y no queda nada que añadir.

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