Invitación Compartida en la Granja

Laura, de 32 años, invita a su vecino Hugo, de 38, a follársela en la granja mientras su marido Carlos, de 35, mira y se mastur

35 min read September 08, 2026New

El sol de julio caía a plomo sobre la granja familiar, bañando de luz dorada los campos de trigo y el viejo caserón de piedra. Carlos, de treinta y cinco años, terminaba de ajustar el tractor cuando vio llegar a Hugo, el vecino de treinta y ocho, un tipo robusto de hombros anchos, brazos curtidos por el trabajo y una sonrisa fácil que siempre había inquietado un poco al matrimonio. Llevaba la camisa abierta hasta el pecho, sudor brillándole en el vello oscuro, y se acercó con el paso seguro de quien conoce cada rincón de aquella tierra.

Laura, de treinta y dos, salió a recibirlos con un vestido veraniego blanco tan ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso: las tetas pesadas y redondas, la cintura estrecha, las caderas anchas y el culo redondo que se balanceaba con cada paso. El escote dejaba entrever el valle profundo entre sus pechos y, al agacharse a recoger una herramienta, el vestido se subió lo bastante para enseñar el inicio de sus muslos firmes. Carlos lo notó todo. Notó también cómo los ojos de Hugo se detenían en ella sin disimulo, y cómo a Laura se le humedecían los labios al devolverle la mirada.

Habían hablado de esto semanas atrás, de noche, con las luces apagadas y la polla de Carlos dura entre las manos de su esposa. La fantasía de humillación consentida, de verla gozar con otro hombre mientras él miraba, impotente y excitado. Ahora la tensión real se instalaba entre los tres como el calor del mediodía.

—Gracias por venir, Hugo —dijo Laura con voz ronca, acercándose más de lo necesario—. Carlos siempre dice que eres el único que sabe manejar bien esas balas de heno.

Hugo se rió bajo, la mirada bajando un segundo al escote.

—Lo que haga falta, Laura. Tú solo dime.

Ella se mordió el labio inferior y se giró hacia su marido con una sonrisa pícara. Carlos sintió el nudo en la garganta y, al mismo tiempo, un calor traicionero en la entrepierna. Celos y excitación mezclados, exactamente como habían acordado.

Durante la comida en la terraza, la mesa de madera crujía bajo los platos de tortilla y pan casero. Laura se sentó entre los dos hombres. Su rodilla rozó primero la de Hugo, después su mano bajó, lenta, deliberada, y comenzó a acariciar el muslo grueso del vecino por encima del pantalón vaquero. Los dedos subían y bajaban, rozando cada vez más cerca de la entrepierna. Carlos lo veía todo desde el otro lado. El corazón le latía desbocado. Laura lo miró directamente a los ojos mientras apretaba un poco más el muslo de Hugo, y él notó cómo a ella se le endurecían los pezones bajo la tela fina del vestido.

—Estás mojada, ¿verdad? —susurró Carlos, apenas audible.

Laura se inclinó hacia él, los labios rozándole la oreja, y contestó sin dejar de acariciar a Hugo:

—Empapada. Quiero que me folle esta misma tarde. Aquí, en la granja. Quiero su polla dentro de mí mientras tú miras. ¿Me dejas, cariño?

Carlos tragó saliva. La vergüenza le quemaba las mejillas, pero la polla se le había puesto dura como una piedra. Asintió en silencio, una sola vez, y Laura sonrió como quien obtiene exactamente lo que desea.

Se levantaron sin terminar el postre. El granero olía a heno seco, a madera vieja y a animal. La luz entraba a franjas por las rendijas del techo. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Laura se giró hacia Hugo, le agarró la camisa y lo besó con hambre, lengua profunda, gemidos bajos que Carlos escuchaba desde la silla de madera que acababa de arrastrar hasta un rincón. El beso era obsceno, posesivo. Hugo agarró el culo de Laura con ambas manos y la levantó un poco, frotando su erección ya evidente contra el vientre de ella. Carlos se desabrochó el pantalón con dedos torpes y sacó su propia polla, empezando a masturbarse despacio, la vergüenza y el placer combatiendo en su pecho.

—Míralo —ordenó Laura entre besos, mirando a su marido por encima del hombro de Hugo—. Míralo cómo me toca. Cómo me quiere follar.

Hugo la bajó y Laura se arrodilló de inmediato sobre la paja. Con manos expertas abrió el cinturón del vecino, bajó la bragueta y sacó una polla gruesa, venosa, más larga y ancha que la de Carlos. Se le hizo agua la boca. La lamió de base a glande, saboreando el sabor salado del precum, y después se la metió entera hasta la garganta, chupando con avidez, saliva resbalándole por la barbilla. Hugo gruñó y le sujetó el pelo.

—Joder, qué bien chupas…

Carlos se masturbaba más rápido, los ojos fijos en cómo los labios de su esposa se estiraban alrededor de aquella polla ajena. Laura sacó la boca solo para hablarle, la voz pastosa de saliva:

—Es más gorda que la tuya, amor. Me llena la boca de una forma que la tuya no llega. Y mira cómo me mojo… —se metió dos dedos bajo el vestido, se los mostró brillantes—. Todo esto es por él.

Hugo la levantó, le subió el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas blancas de un tirón. Laura se puso a cuatro patas sobre un montón de heno, el culo en alto, el coño rosado y chorreante a la vista. Hugo se arrodilló detrás, alineó la polla y entró de un embiste profundo y brutal. El gemido de Laura resonó en el granero. Cada embestida hacía temblar sus tetas y sacudía su cuerpo entero. Carlos veía cómo el coño de su mujer se abría y se cerraba alrededor de aquella polla gruesa, cómo el líquido le resbalaba por los muslos.

—Más fuerte —pidió ella—. Fóllame como mi marido no puede. Rómpeme el coño.

Hugo la agarró de las caderas y aceleró, embistiendo hasta el fondo, el sonido húmedo y obsceno llenando el aire. Después la volteó, la tumbó de espaldas sobre el heno y le abrió las piernas en misionero. Le apretó las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones mientras la follaba sin piedad. Laura gritaba de placer, la espalda arqueada.

—Mírame, Carlos —ordenó ella, la voz quebrada de orgasmo cercano—. Mírame a los ojos. Dile… dile lo mucho mejor que me folla. Dile.

Carlos, con la polla en la mano, la miraba hipnotizado. Laura le sostuvo la mirada y habló claro, cruel y excitada a la vez:

—Folla mejor que tú. Más profundo, más duro, me llena de una forma que tú nunca has conseguido. Su polla me hace correrme como una puta y yo lo quiero. Quiero que me la meta toda. Quiero más. Sigue, Hugo, no pares… humíllalo conmigo. Hazle ver lo que de verdad me pone.

Hugo sonrió, sudoroso, y le dio más duro, las pelotas golpeándole el culo. Laura se corrió con un grito largo, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de la polla del vecino. Hugo no se detuvo; la folló a través del orgasmo hasta que su propio cuerpo se tensó.

—Dentro —suplicó Laura—. Córrete dentro de mí. Lléname el coño delante de mi marido.

Hugo empujó hasta el fondo y se corrió con un gemido grave, chorros espesos y abundantes disparándose dentro del coño de Laura, inundándola. Ella tembló en un segundo orgasmo intenso al sentir el calor de la corrida ajena llenándola, resbalando ya un hilo blanco por el borde de sus labios hinchados mientras seguía mirando a Carlos.

La polla de Hugo seguía semidura dentro de ella, palpitando. Laura no se movió. Con los dedos recogió un poco de semen que le escapaba y se lo llevó a la boca, chupándolos con delicia delante de su marido. Carlos se corrió entonces, salpicando su propia mano y el suelo del granero, la humillación y el placer fundidos en un solo temblor.

Pero Hugo aún no se había retirado del todo. Laura le acarició el pecho sudado y murmuró, la voz ronca de satisfación y de hambre nueva:

—No te vayas todavía. Quiero otra ronda. Quiero que me folles otra vez mientras Carlos limpia con la lengua lo que se nos escape… y después quiero que me la metas en el culo. ¿Te quedas, Hugo? La tarde es larga y mi marido va a mirarlo todo.

El granero quedó en silencio solo roto por la respiración agitada de los tres. La corrida de Hugo seguía saliendo despacio del coño de Laura, manchando el heno. Carlos, todavía con la polla sensible en la mano, comprendió que aquello no había terminado: apenas empezaba, y la vergüenza dulce y excitante le recorría otra vez la espina dorsal mientras Laura sonreía, abierta, invitando a más.

Hugo no se retiró del todo. Su polla, todavía gruesa y semidura, latía dentro del coño dilatado de Laura, empujando el semen espeso hacia fuera en hilos calientes que le resbalaban por el rabo del culo y manchaban el heno. Ella arqueó la espalda, suspiró hondo y miró a Carlos con esa sonrisa perezosa y cruel que le conocía tan bien.

—Ven aquí, cariño —ordenó, la voz ronca—. Arrástrate si hace falta. Quiero que limpies lo que Hugo me ha dejado. Con la lengua. Despacio. Que vea lo bien que sirves.

Carlos sintió un escalofrío que le bajó desde la nuca hasta la base de la polla, todavía sensible y goteando. Se levantó de la silla con las rodillas flojas, el pantalón bajado a medias, y se acercó a cuatro patas sobre la paja. El olor era denso: sexo, sudor de hombre, heno seco y el aroma salado de la corrida ajena mezclada con los jugos de su mujer. Hugo se recostó un poco hacia atrás, pero no sacó del todo la verga; la dejó clavada hasta la mitad, abriendo los labios hinchados de Laura para que el semen saliera más fácil.

—Mira cómo se abre para él —murmuró Hugo, con una carcajada baja—. Y tú vas a lamerlo como un perro bueno.

Carlos tragó saliva. La humillación le quemaba las mejillas, pero la excitación le golpeaba el vientre con fuerza renovada. Acercó la cara. La lengua le salió temblorosa y lamó el primer hilo blanco que bajaba por el muslo interno de Laura. El sabor era amargo, espeso, distinto al suyo. Laura gimió y le agarró el pelo.

—Más adentro. Limpia mi coño. Chupa la polla de Hugo mientras sigue dentro. Hazlo, Carlos. Quiero oírte tragar.

Obedeció. Su lengua se deslizó por los pliegues hinchados, recogiendo semen y lubricante, rozando el tronco grueso de Hugo cada vez que lamía. El vecino empujó un poco más profundo solo para frotarse contra la lengua del marido. Carlos sintió la vena gruesa, el calor, el pulso ajeno. Tragó. Volvió a lamer. El coño de Laura se contraía contra su boca, empujando más corrida hacia fuera. Ella se movía en círculos lentos sobre la cara de su marido y la polla de Hugo a la vez.

—Así… joder, sí. Eres un buen chupapollas de maridos cornudos —dijo Laura, riendo entre gemidos—. Traga todo. No dejes ni una gota.

Carlos lo hizo. Lengua ancha, chupones ruidosos, saliva mezclándose con el semen. Cada lametón le endurecía la propia polla otra vez hasta que le dolía. Hugo empezó a mover las caderas con suavidad, follándola despacio mientras Carlos limpiaba alrededor. El roce era obsceno: labios, lengua, glande grueso entrando y saliendo un centímetro. Laura se corrió otra vez en un temblor corto, el coño apretándose, expulsando más fluido caliente directamente a la boca de Carlos.

Cuando por fin Hugo se retiró del todo, un chorro espeso siguió saliendo. Laura se incorporó sobre los codos, el vestido blanco hecho un trapo subido hasta las tetas, los pezones duros y rojos de tanto pellizco. Miró la polla del vecino, todavía brillante de jugos y semen, y se la llevó a la boca sin dudar. Chupó hondo, saboreando la mezcla de los tres, mirando a Carlos de reojo.

—Ahora te toca a ti ver cómo la dejo lista otra vez —dijo ella, con la voz pastosa—. Quiero ronda dos. Y esta vez quiero que me la metas en el culo, Hugo. Carlos va a sujetarme las nalgas abiertas para ti. ¿Verdad que sí, amor?

Carlos asintió, la garganta seca. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. Se colocó detrás de Laura cuando ella se puso a cuatro patas de nuevo sobre el montón de heno. Le agarró las nalgas redondas y firmes con ambas manos y las separó, mostrando el agujero rosado y apretado, todavía limpio salvo por algún resto que le había bajado del coño. Hugo se arrodilló, escupió sobre el culo de Laura y frotó el glande grueso contra el esfínter.

—Relájate, puta preciosa —gruñó—. Tu marido te está abriendo para mí.

Laura empujó hacia atrás. El glande abrió el anillo con dificultad. Carlos veía cada milímetro: cómo la carne se estiraba, cómo entraba la cabeza ancha, cómo Laura soltaba un gemido largo y gutural al sentirse invadida por detrás. Hugo empujó despacio pero sin piedad hasta clavar media polla. Laura temblaba.

—Tan gordo… joder, me parte el culo. Más que nunca me ha partido el tuyo, Carlos. Siente cómo me abre. Míralo.

Carlos no podía mirar a otra parte. Sus dedos se clavaban en la carne blanda de las nalgas de su mujer mientras Hugo se hundía centímetro a centímetro hasta que las pelotas le golpearon el perineo. Laura gritó de placer puro, la espalda sudada, el pelo pegado a la nuca. Hugo empezó a follársela el culo con embestidas largas y profundas. El sonido era húmedo, obsceno, carne contra carne. Cada embiste sacudía las tetas pesadas de Laura, que colgaban y rebotaban.

—Dile lo que sientes —exigió Hugo, sudor corriéndole por el pecho velludo—. Dile a tu cornudo lo bien que te la meto por el culo.

—Me llena completamente —jadeó Laura, mirando a Carlos por encima del hombro—. Tu polla nunca llega tan hondo ni tan grueso aquí atrás. Me duele rico. Me pone zorra. Quiero que me la destroce delante de ti. Más fuerte, Hugo. Úsame.

Hugo aceleró. Las caderas golpeaban el culo de Laura con fuerza seca. Carlos, todavía sujetándola abierta, acercó la cara otra vez y lamó el punto donde la polla entraba y salía, saboreando el sabor a sexo y a su mujer abierta. Laura se volvió loca con eso. Empujaba el culo hacia atrás contra Hugo y hacia la lengua de Carlos al mismo tiempo.

—Chúpale los huevos mientras me folla —ordenó ella—. Hazlo, Carlos. Sé útil.

Carlos bajó la cabeza y lamió las pelotas pesadas y sudadas del vecino, que se contraían con cada embestida. El olor masculino le subía a la cabeza. Su propia polla goteaba sobre el heno sin que nadie la tocara. La vergüenza y el placer eran una misma cosa ardiente.

Hugo cambió el ángulo, agarró a Laura del pelo y la levantó un poco para follarla más vertical. Carlos tuvo que soltar las nalgas y limitarse a mirar: el culo de su esposa tragándose aquella verga gruesa una y otra vez, el coño vacío todavía goteando restos de la corrida anterior, los pechos rebotando. Laura se masturbaba el clítoris con dos dedos frenéticos.

—Voy a correrme otra vez… solo con el culo… joder, Carlos, míralo… míra cómo me corre solo por él…

Se corrió con un grito ahogado, el esfínter apretando la polla de Hugo en espasmos visibles. Hugo no paró. La folló a través del orgasmo, más bruto, más hondo, hasta que el cuerpo de Laura se volvió blando y tembloroso de placer excesivo. Entonces sacó la polla del culo con un sonido obsceno y se la puso otra vez en la boca a Laura, que chupó con hambre el sabor de su propio culo.

—Otra vez el coño —pidió ella, jadeando—. Quiero las dos. Quiero que me uses los dos agujeros hasta que no pueda caminar. Carlos, acércate. Quiero tu lengua en mi clítoris mientras Hugo me vuelve a follar el coño lleno de su leche.

Hugo la tumbó de espaldas otra vez. Le abrió las piernas en V amplia. Carlos se situó entre ellas, boca sobre el montículo peludo y mojado, y empezó a lamer el clítoris hinchado mientras el vecino volvía a clavar la polla hasta el fondo del coño. El roce era constante: lengua de marido, verga de amante, Laura gritando sin pudor en el granero caliente. Cada embestida empujaba jugos hacia la boca de Carlos. Él tragaba, lamía, chupaba, y la polla se le ponía tan dura que creía que iba a correrse solo con el roce del aire.

—Más… no pares los dos… soy vuestra puta de granja… folladme… humilladme delante de él y que él lo disfrute…

Hugo se inclinó y le mordió un pezón mientras la penetraba sin piedad. Carlos sentía las contracciones del coño de su mujer contra su lengua cada vez que ella se acercaba a otro orgasmo. El calor del mediodía entraba a rachas por las rendijas. El heno se pegaba a la piel sudada. Laura miraba a su marido a los ojos mientras se la follaban y le decía, clara y cruel:

—Nunca me has hecho gritar así. Nunca. Y lo sabes. Y te gusta. Te gusta ser el que limpia y el que mira.

Carlos gimió contra su coño en respuesta. Sí le gustaba. La vergüenza dulce le recorría otra vez la espina dorsal. Hugo aceleró, anunciando con gruñidos que estaba cerca otra vez. Laura se aferró al pelo de Carlos y al hombro de Hugo.

—Dentro otra vez. Lléname. Quiero sentir cómo me bombeas mientras mi marido me chupa el clítoris. Después… después quiero que me la metas otra vez en el culo y que Carlos se corra solo mirándonos, sin tocarse hasta que yo se lo permita.

Hugo empujó hasta el fondo y se corrió con un gemido grave, segunda carga caliente y abundante disparándose dentro del coño ya inundado de Laura. Ella se corrió al mismo tiempo, exprimiendo la polla del vecino, empujando semen nuevo hacia la lengua de Carlos, que lo recibió todo sin apartarse. Cuando Hugo se retiró, un río espeso salió. Carlos lo lamió. Laura se rio, exhausta y hambrienta a la vez, y miró hacia la puerta del granero, donde la luz de la tarde empezaba a cambiar.

Todavía quedaba mucho día. Hugo se pasó la mano por el pecho sudado, la polla brillante y todavía interesada, y sonrió a la pareja.

—La tarde es larga, como dijiste. Tengo más. Mucho más. Y tú, Carlos… vas a seguir mirando y lamiendo hasta que ella diga basta.

Laura se estiró sobre el heno, las piernas abiertas, el semen bajándole por el culo y los muslos, y extendió la mano hacia su marido para que le besara los dedos manchados.

—Exacto. Todavía no hemos terminado ni de lejos. Quiero que me follen de pie contra la pared del granero. Quiero que me la metas en el culo otra vez mientras Carlos me sujeta las piernas. Y después… después veremos si le dejo correrme en la boca o en el suelo, como el buen cornudo que es.

El aire olía a sexo crudo. Los tres respiraban agitados. La polla de Carlos latía abandonada, morada, necesitada. La de Hugo ya empezaba a recuperar dureza al mirar el cuerpo abierto y disponible de Laura. Ella se pasó dos dedos por el coño, los chupó ruidosamente y les sonrió a los dos con hambre nueva.

—Preparados para la siguiente. Porque esta granja va a oír cómo me corroe el culo otra vez… y cómo mi marido agradece cada gota.

Hugo se puso en pie con la polla ya semierecta, pesada y brillante de jugos, y extendió la mano a Laura. Ella se agarró, se irguió temblando un poco de las piernas abiertas y todavía chorreantes, y se estiró como una gata satisfecha y voraz. El vestido blanco colgaba hecho jirones sobre un solo pecho; el otro quedaba al aire, pezón rojo y duro. Carlos se levantó también, la polla morada y goteando sin que nadie la hubiese tocado, y sintió el peso de la humillación dulce otra vez en el pecho cuando Laura le indicó con la barbilla.

—Llévame hasta la pared. Quiero que me follen de pie. Sujétame las piernas cuando él me la meta por el culo. Y no te atrevas a correrte todavía, cariño. Eso es mío decidirlo.

El granero olía a sexo crudo, a heno machacado y a sudor de tres cuerpos. Laura caminó descalza sobre la paja hasta el muro de piedra vieja, se giró de espaldas y apoyó las palmas abiertas contra la superficie fría y rugosa. Arqueó la espalda, ofreciendo el culo redondo y todavía abierto, el agujero rosado contrayéndose lentamente, con restos blancos resbalándole por el perineo hasta el coño hinchado. Hugo se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y escupió de nuevo sobre el esfínter. Carlos se situó al lado, el corazón martilleándole las sienes, y obedeció cuando ella ordenó:

—Ábreme bien. Quiero que él vea cómo me entra todo.

Carlos agarró las nalgas de su mujer, las abrió hasta el límite, los pulgares rozando el borde dilatado. Hugo alineó el glande grueso y empujó. Laura soltó un gemido largo, gutural, la frente apoyada en la piedra. La cabeza ancha abrió el anillo con un sonido húmedo y obsceno; centímetro a centímetro la verga de Hugo desapareció dentro del culo de Laura hasta que las pelotas le golpearon la carne. Ella tembló entera.

—Joder… tan gordo… me parte otra vez. Carlos, míralo. Mírame cómo me lo trago entero. Tu polla nunca me ha abierto así. Nunca.

Carlos miraba hipnotizado: el tronco venoso entrando y saliendo, la carne de su esposa estirándose alrededor de aquella polla ajena, más gruesa, más larga. Su propia erección latía abandonada, gota tras gota cayendo sobre la paja. Hugo empezó a embestir con ritmo profundo y brutal, cada embestida haciendo rebotar las tetas pesadas de Laura contra el aire. El sonido de carne contra carne llenaba el granero. Laura giró la cabeza y miró a su marido con los ojos vidriosos de placer.

—Sujétame las piernas. Levántamelas. Quiero que me la meta más hondo mientras me tienes abierta para él.

Carlos se arrodilló un poco, le agarró los muslos firmes y se los levantó, abriéndola en V forzada contra la pared. El peso de Laura recayó sobre las manos de su marido y sobre la polla de Hugo. El ángulo cambió; Hugo se hundió hasta el fondo con un gruñido, las caderas golpeando el culo de Laura sin piedad. Ella gritó de placer puro, la voz ronca reverberando en las vigas.

—Así… fóllame el culo como una puta de granja… más fuerte, Hugo. Usa lo que mi cornudo te está ofreciendo. Dile, Carlos. Dile lo que ves.

Carlos tragó saliva. La vergüenza le quemaba la cara, pero la excitación le subía por la espalda como fuego. Habló con la voz entrecortada, las manos clavadas en la carne caliente de los muslos de su mujer:

—Te la estás metiendo entera… se le abre el culo rodeándote… está chorreando todavía tu leche del coño… y se corre solo con eso. Me gusta… joder, me gusta ver cómo la destrozas.

Hugo sonrió, sudor brillándole en el pecho velludo, y aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más secas, el glande rozando puntos profundos que hacían a Laura sollozar de gozo. Ella se masturbaba el clítoris con dos dedos frenéticos, el coño vacío contrayéndose al vacío, empujando más semen hacia fuera que le resbalaba por los muslos hasta las manos de Carlos.

—Voy a correrme… solo con el culo… Carlos, lame… lame donde él entra… chúpale la base mientras me folla…

Carlos acercó la cara sin dudar. La lengua le salió ancha y lamió el punto obsceno donde la polla gruesa entraba y salía del esfínter de su esposa. Saboreó el sabor a sexo, a culo y a la corrida anterior. Hugo empujó más profundo solo para frotarse contra esa lengua sumisa. Las pelotas pesadas golpeaban la barbilla de Carlos. Laura se deshizo en un orgasmo violento, el anillo apretando la verga del vecino en espasmos visibles, un grito largo y quebrado que hizo temblar el polvo de las vigas. Hugo no paró; la folló a través del clímax, más bruto, hasta que el cuerpo de ella se volvió blando y tembloroso.

Entonces sacó la polla del culo con un pop húmedo. Un hilo de semen y lubricante la siguió. Laura jadeaba contra la pared, las piernas todavía sujetas por Carlos. Hugo se la puso en la boca de inmediato; ella chupó con hambre, limpiando el sabor de su propio culo, mirando a su marido de reojo mientras saliveaba alrededor del glande.

—Ahora el coño otra vez —pidió, la voz pastosa—. Quiero las dos. Quiero que me uses los dos agujeros hasta que no pueda tenerse en pie. Carlos, sujétame todavía. Y tu lengua en el clítoris. No pares.

Hugo la giró un poco, le levantó un muslo más alto con ayuda de Carlos y clavó la polla de un solo embiste en el coño dilatado y lleno. Laura gritó de nuevo. El roce era constante: la verga gruesa entrando hasta el fondo, la lengua de Carlos lamiendo el clítoris hinchado y resbaladizo justo encima, los jugos y el semen saliendo a rachas hacia su boca. Carlos tragaba, chupaba, gemía contra la carne de su mujer. Su polla dolía de necesidad, abandonada, morada, goteando sin tregua. El interior de su cabeza era un torbellino de celos calientes y placer sumiso: ella gozaba como nunca con él, y él lo quería, lo necesitaba, lo pedía con cada lametón.

—Más… no pares los dos… soy vuestra puta… folladme… humilladme y que él lo disfrute —jadeaba Laura, la espalda arqueada, el sudor corriendo entre sus tetas—. Nunca me has hecho gritar así, Carlos. Nunca. Y te gusta. Te gusta ser el que limpia y el que mira y el que aguanta sin correrte.

Hugo se inclinó, le mordió un pezón con fuerza y aceleró las embestidas. El granero se llenó del sonido húmedo y rítmico, de gemidos, de la respiración agitada. Laura se corrió otra vez, el coño contrayéndose alrededor de la polla del vecino, empujando chorros calientes directamente a la lengua de su marido. Carlos lo recibió todo, tragó, siguió lamiendo el clítoris palpitante. Hugo gruñó, avisando:

—Dentro otra vez… te voy a llenar…

—Sí… bombeame… quiero sentirlo mientras él me chupa —suplicó ella.

Hugo empujó hasta el fondo y se vació con un gemido grave, tercera carga espesa y abundante disparándose dentro del coño ya inundado de Laura. Ella se retorció en otro orgasmo simultáneo, exprimiendo la verga ajena, el semen nuevo saliendo a borbotones alrededor del tronco y cayendo sobre la cara y la lengua de Carlos. Él lo lamió sin apartarse, la humillación y el placer fundidos en un temblor que le recorría hasta los huevos. Cuando Hugo se retiró, un río blanco espeso bajó por el perineo de Laura hasta el culo todavía abierto. Carlos lo siguió con la lengua, limpiando, tragando, sirviendo.

Laura se soltó de las manos de su marido y se dejó resbalar un poco por la pared, las piernas temblorosas, el semen bajándole por los muslos en hilos gruesos. Miró a los dos hombres con la sonrisa perezosa y cruel, el pecho subiendo y bajando.

—Todavía no. La tarde sigue siendo larga. Quiero que me la metas otra vez en el culo, Hugo, pero esta vez de pie del todo, contra la pared, y que Carlos me sujete las piernas en el aire como si me estuvieras empalando. Y después… después quiero ver a mi cornudo correrme solo cuando yo se lo diga, en el suelo, mirándonos. O quizá en mi boca. Aún no lo decido.

Hugo se pasó la mano por la polla brillante, ya recuperando dureza otra vez al mirar el cuerpo abierto, disponible, marcado de su semen. Carlos se quedó de rodillas un segundo, la cara manchada, la polla latiente y abandonada, el nudo dulce de la vergüenza y la excitación apretándole la garganta. Laura se pasó dos dedos por el coño, los chupó ruidosamente y les tendió la mano manchada a los dos.

—Venid. La pared me espera. Y esta granja va a oír cómo me vuelvo a correr solo por el culo de mi vecino mientras mi marido agradece cada gota y cada embestida. Preparados. Porque lo que viene ahora va a ser peor… y mejor.

Laura se apoyó contra la pared de piedra con las palmas abiertas, el vestido blanco ya irreconocible, colgando de un solo hombro. El aire del granero pesaba a sexo, a heno aplastado y al olor espeso de las corridas de Hugo que aún le resbalaban por los muslos. Carlos, de treinta y cinco años, se colocó a su lado con la polla morada y abandonada, goteando sin tregua. Hugo, de treinta y ocho, se pasó la mano por el pecho velludo y sudoroso, la verga ya recuperando dureza, brillante de jugos y semen.

—Sujétame las piernas, cariño —ordenó Laura con voz ronca—. Quiero que me empale contra la pared. Que me la meta entera por el culo mientras tú me tienes abierta en el aire.

Carlos obedeció. Se agachó, le agarró los muslos firmes y los levantó, abriéndola en V forzada. El peso de Laura recayó sobre sus antebrazos y sobre el cuerpo de Hugo, que se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y escupió de nuevo sobre el esfínter todavía dilatado. El glande grueso empujó. Laura soltó un gemido largo y gutural, la frente apoyada en la piedra fría. Centímetro a centímetro la polla de Hugo desapareció dentro de su culo hasta que las pelotas le golpearon la carne.

—Joder… tan gordo… me parte otra vez —jadeó ella, mirando a Carlos por encima del hombro—. Míralo. Mírame cómo me lo trago entero. Tu polla nunca me ha abierto así. Nunca. Dile lo que ves.

Carlos tragó saliva. La vergüenza le quemaba las mejillas, pero la excitación le subía por la espalda como fuego. Habló con la voz entrecortada, los dedos clavados en la carne caliente de los muslos de su mujer:

—Te la estás metiendo toda… se le estira el culo rodeándote… chorrea todavía tu leche del coño… y se corre solo con eso. Me gusta… joder, me gusta ver cómo la destrozas.

Hugo sonrió y aceleró. Las embestidas se volvieron profundas y brutales, cada una haciendo rebotar las tetas pesadas de Laura contra el aire. El sonido de carne contra carne llenaba el granero. Laura se masturbaba el clítoris con dos dedos frenéticos, el coño vacío contrayéndose al vacío, empujando más semen hacia fuera que le resbalaba por los muslos hasta las manos de Carlos.

—Voy a correrme… solo con el culo… Carlos, lame… lame donde él entra… chúpale la base mientras me folla…

Carlos acercó la cara sin dudar. La lengua le salió ancha y lamió el punto obsceno donde la polla gruesa entraba y salía del esfínter de su esposa. Saboreó el sabor a sexo, a culo y a la corrida anterior. Hugo empujó más profundo solo para frotarse contra esa lengua sumisa. Las pelotas pesadas golpeaban la barbilla de Carlos. Laura se deshizo en un orgasmo violento, el anillo apretando la verga del vecino en espasmos visibles, un grito largo y quebrado que hizo temblar el polvo de las vigas. Hugo no paró; la folló a través del clímax, más bruto, hasta que el cuerpo de ella se volvió blando y tembloroso.

Entonces sacó la polla del culo con un pop húmedo. Un hilo de semen y lubricante la siguió. Laura jadeaba contra la pared, las piernas todavía sujetas por Carlos. Hugo se la puso en la boca de inmediato; ella chupó con hambre, limpiando el sabor de su propio culo, mirando a su marido de reojo mientras saliveaba alrededor del glande.

—Ahora el coño otra vez —pidió, la voz pastosa—. Quiero las dos. Quiero que me uses los dos agujeros hasta que no pueda tenerse en pie. Carlos, sujétame todavía. Y tu lengua en el clítoris. No pares.

Hugo la giró un poco, le levantó un muslo más alto con ayuda de Carlos y clavó la polla de un solo embiste en el coño dilatado y lleno. Laura gritó de nuevo. El roce era constante: la verga gruesa entrando hasta el fondo, la lengua de Carlos lamiendo el clítoris hinchado y resbaladizo justo encima, los jugos y el semen saliendo a rachas hacia su boca. Carlos tragaba, chupaba, gemía contra la carne de su mujer. Su polla dolía de necesidad, abandonada, morada, goteando sin tregua. El interior de su cabeza era un torbellino de celos calientes y placer sumiso: ella gozaba como nunca con él, y él lo quería, lo necesitaba, lo pedía con cada lametón.

—Más… no pares los dos… soy vuestra puta de granja… folladme… humilladme y que él lo disfrute —jadeaba Laura, la espalda arqueada, el sudor corriendo entre sus tetas—. Nunca me has hecho gritar así, Carlos. Nunca. Y te gusta. Te gusta ser el que limpia y el que mira y el que aguanta sin correrte.

Hugo se inclinó, le mordió un pezón con fuerza y aceleró las embestidas. El granero se llenó del sonido húmedo y rítmico, de gemidos, de la respiración agitada. Laura se corrió otra vez, el coño contrayéndose alrededor de la polla del vecino, empujando chorros calientes directamente a la lengua de su marido. Carlos lo recibió todo, tragó, siguió lamiendo el clítoris palpitante. Hugo gruñó, avisando:

—Dentro otra vez… te voy a llenar…

—Sí… bombeame… quiero sentirlo mientras él me chupa —suplicó ella.

Hugo empujó hasta el fondo y se vació con un gemido grave, otra carga espesa y abundante disparándose dentro del coño ya inundado de Laura. Ella se retorció en otro orgasmo simultáneo, exprimiendo la verga ajena, el semen nuevo saliendo a borbotones alrededor del tronco y cayendo sobre la cara y la lengua de Carlos. Él lo lamió sin apartarse, la humillación y el placer fundidos en un temblor que le recorría hasta los huevos. Cuando Hugo se retiró, un río blanco espeso bajó por el perineo de Laura hasta el culo todavía abierto. Carlos lo siguió con la lengua, limpiando, tragando, sirviendo.

Laura se soltó de las manos de su marido y se dejó resbalar un poco por la pared, las piernas temblorosas, el semen bajándole por los muslos en hilos gruesos. Miró a los dos hombres con la sonrisa perezosa y cruel, el pecho subiendo y bajando.

—Todavía no. La tarde sigue siendo larga. Quiero que me la metas otra vez en el culo, Hugo, pero esta vez de pie del todo, contra la pared, y que Carlos me sujete las piernas en el aire como si me estuvieras empalando. Y después… después quiero ver a mi cornudo correrme solo cuando yo se lo diga, en el suelo, mirándonos. O quizá en mi boca. Aún no lo decido.

Hugo se pasó la mano por la polla brillante, ya recuperando dureza otra vez al mirar el cuerpo abierto, disponible, marcado de su semen. Carlos se quedó de rodillas un segundo, la cara manchada, la polla latiente y abandonada, el nudo dulce de la vergüenza y la excitación apretándole la garganta. Laura se pasó dos dedos por el coño, los chupó ruidosamente y les tendió la mano manchada a los dos.

—Venid. La pared me espera. Y esta granja va a oír cómo me vuelvo a correr solo por el culo de mi vecino mientras mi marido agradece cada gota y cada embestida. Preparados. Porque lo que viene ahora va a ser peor… y mejor.

Hugo la levantó del todo. Carlos le sujetó las piernas bajo las corvas, abriéndola completamente, el culo expuesto y el coño goteando. Laura quedó suspendida entre los dos hombres, la espalda contra la piedra, las tetas al aire. Hugo alineó de nuevo el glande grueso contra el esfínter dilatado y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Laura gritó, la voz rota de placer puro. Cada embestida la sacudía entera; Carlos sentía el peso, el calor, el temblor de su mujer cada vez que la polla ajena desaparecía dentro de ella.

—Dile, Carlos —exigió Laura entre gemidos—. Dile lo bien que me folla el culo. Dile que eres un cornudo que limpia y aguanta.

—Te la mete más hondo que yo nunca… se le abre… se corre… y yo lamo… —jadeó Carlos, la voz quebrada—. Me gusta… joder, me gusta.

Hugo aceleró, las caderas golpeando sin piedad. Laura se masturbaba el clítoris frenéticamente, el coño contrayéndose al vacío. Se corrió otra vez con un grito ahogado, el esfínter apretando la verga del vecino en espasmos visibles. Hugo no se detuvo; la folló a través del orgasmo, más bruto, más hondo, hasta que el cuerpo de ella se volvió blando y tembloroso de placer excesivo. Entonces sacó la polla del culo con un sonido obsceno y se la puso otra vez en la boca a Laura, que chupó con hambre el sabor de su propio culo.

—Otra vez el coño —pidió ella, jadeando—. Quiero las dos. Quiero que me uses los dos agujeros hasta que no pueda caminar. Carlos, acércate. Quiero tu lengua en mi clítoris mientras Hugo me vuelve a follar el coño lleno de su leche.

Hugo la tumbó de espaldas otra vez sobre un montón de heno más limpio. Le abrió las piernas en V amplia. Carlos se situó entre ellas, boca sobre el montículo peludo y mojado, y empezó a lamer el clítoris hinchado mientras el vecino volvía a clavar la polla hasta el fondo del coño. El roce era constante: lengua de marido, verga de amante, Laura gritando sin pudor en el granero caliente. Cada embestida empujaba jugos hacia la boca de Carlos. Él tragaba, lamía, chupaba, y la polla se le ponía tan dura que creía que iba a correrse solo con el roce del aire.

—Más… no pares los dos… soy vuestra puta de granja… folladme… humilladme delante de él y que él lo disfrute…

Hugo se inclinó y le mordió un pezón mientras la penetraba sin piedad. Carlos sentía las contracciones del coño de su mujer contra su lengua cada vez que ella se acercaba a otro orgasmo. El calor de la tarde entraba a rachas por las rendijas. El heno se pegaba a la piel sudada. Laura miraba a su marido a los ojos mientras se la follaban y le decía, clara y cruel:

—Nunca me has hecho gritar así. Nunca. Y lo sabes. Y te gusta. Te gusta ser el que limpia y el que mira.

Carlos gimió contra su coño en respuesta. Sí le gustaba. La vergüenza dulce le recorría otra vez la espina dorsal. Hugo aceleró, anunciando con gruñidos que estaba cerca otra vez. Laura se aferró al pelo de Carlos y al hombro de Hugo.

—Dentro otra vez. Lléname. Quiero sentir cómo me bombeas mientras mi marido me chupa el clítoris. Después… después quiero que me la metas otra vez en el culo y que Carlos se corra solo mirándonos, sin tocarse hasta que yo se lo permita.

Hugo empujó hasta el fondo y se corrió con un gemido grave, nueva carga caliente y abundante disparándose dentro del coño ya inundado de Laura. Ella se corrió al mismo tiempo, exprimiendo la polla del vecino, empujando semen nuevo hacia la lengua de Carlos, que lo recibió todo sin apartarse. Cuando Hugo se retiró, un río espeso salió. Carlos lo lamió. Laura se rio, exhausta y hambrienta a la vez, y miró hacia la puerta del granero, donde la luz de la tarde empezaba a cambiar de tono.

Todavía quedaba mucho día. Hugo se pasó la mano por el pecho sudado, la polla brillante y todavía interesada, y sonrió a la pareja.

—La tarde es larga, como dijiste. Tengo más. Mucho más. Y tú, Carlos… vas a seguir mirando y lamiendo hasta que ella diga basta.

Laura se estiró sobre el heno, las piernas abiertas, el semen bajándole por el culo y los muslos, y extendió la mano hacia su marido para que le besara los dedos manchados.

—Exacto. Todavía no hemos terminado ni de lejos. Quiero que me follen de pie contra la pared del granero otra vez. Quiero que me la metas en el culo mientras Carlos me sujeta las piernas. Y después… después veremos si le dejo correrme en la boca o en el suelo, como el buen cornudo que es.

El aire olía a sexo crudo. Los tres respiraban agitados. La polla de Carlos latía abandonada, morada, necesitada. La de Hugo ya empezaba a recuperar dureza al mirar el cuerpo abierto y disponible de Laura. Ella se pasó dos dedos por el coño, los chupó ruidosamente y les sonrió a los dos con hambre nueva.

—Preparados para la siguiente. Porque esta granja va a oír cómo me corroe el culo otra vez… y cómo mi marido agradece cada gota.

Hugo la levantó del todo contra la pared de piedra. Carlos le sujetó las piernas bajo las corvas con los antebrazos temblorosos, abriéndola por completo, el culo expuesto y el coño todavía goteando hilos blancos y espesos. Laura quedó suspendida entre los dos, la espalda rozando la superficie fría y rugosa, las tetas pesadas al aire, pezones rojos y duros. El vecino alineó el glande grueso, todavía brillante de jugos y saliva, contra el esfínter dilatado y empujó de un solo golpe hasta el fondo. El gemido de Laura fue largo, gutural, roto de placer puro. Cada embestida la sacudía entera; Carlos sentía el peso de su mujer, el calor de su carne, el temblor que le recorría los muslos cada vez que la polla ajena desaparecía dentro de ella hasta las pelotas.

—Dile, Carlos —exigió Laura entre jadeos, la voz ronca y urgente—. Dile lo bien que me folla el culo. Dile que eres un cornudo que limpia y aguanta y se corre solo de mirar.

—Te la mete más hondo que yo nunca… se le abre rodeándote… chorrea tu leche… y yo lamo… —jadeó Carlos, la cara manchada, la voz quebrada de vergüenza y excitación—. Me gusta… joder, me gusta ver cómo la destrozas delante de mí.

Hugo sonrió, sudor corriendo por el pecho velludo, y aceleró. Las caderas golpeaban el culo de Laura sin piedad, el sonido húmedo y obsceno llenando el granero caliente. Ella se masturbaba el clítoris con dos dedos frenéticos, el coño vacío contrayéndose al aire, empujando más semen hacia fuera que le resbalaba por el perineo hasta las manos de su marido. Carlos acercó la cara otra vez, la lengua ancha lamiendo el punto exacto donde la verga gruesa entraba y salía. Saboreó el sabor a culo abierto, a corridas anteriores, a sudor de hombre. Las pelotas pesadas de Hugo le golpeaban la barbilla con cada embiste. Laura se deshizo en un orgasmo violento, el anillo apretando la polla del vecino en espasmos visibles, un grito largo que hizo caer polvo de las vigas. Hugo no paró; la folló a través del clímax, más bruto, más hondo, hasta que el cuerpo de ella se volvió blando y tembloroso de placer excesivo.

Sacó la polla del culo con un pop húmedo. Un hilo espeso la siguió. Laura jadeaba, las piernas todavía sujetas. Hugo se la metió en la boca de inmediato; ella chupó con hambre, limpiando el sabor de su propio culo, mirando a Carlos de reojo mientras la saliva le resbalaba por la barbilla.

—Ahora el coño —pidió, la voz pastosa de saliva y deseo—. Las dos. Úsame los dos agujeros hasta que no pueda tenerse. Carlos, lengua en el clítoris. No pares ni un segundo.

Hugo la giró con ayuda de Carlos, le levantó un muslo más alto y clavó la polla de un embiste profundo en el coño dilatado e inundado. Laura gritó de nuevo. El roce era constante y obsceno: la verga gruesa entrando hasta el fondo, la lengua del marido lamiendo el clítoris hinchado justo encima, los jugos y el semen saliendo a rachas hacia la boca de Carlos. Él tragaba, chupaba, gemía contra la carne de su esposa. Su propia polla dolía de necesidad, abandonada, morada, goteando sin tregua sobre la paja. El interior de su cabeza era un torbellino: celos calientes, placer sumiso, la certeza de que ella gozaba como nunca lo había hecho con él… y de que él lo necesitaba.

—Más… no pares los dos… soy vuestra puta de granja… folladme… humilladme y que él lo disfrute —jadeaba Laura, la espalda arqueada, el sudor corriendo entre sus tetas—. Nunca me has hecho gritar así, Carlos. Nunca. Y te gusta. Te gusta ser el que limpia, el que mira y el que aguanta sin correrte hasta que yo diga.

Hugo se inclinó, le mordió un pezón con fuerza y aceleró las embestidas. El granero se llenó del sonido rítmico y húmedo, de gemidos, de respiraciones agitadas. Laura se corrió otra vez, el coño contrayéndose alrededor de la polla del vecino, empujando chorros calientes directamente a la lengua de su marido. Carlos lo recibió todo, tragó, siguió lamiendo el clítoris palpitante. Hugo gruñó, avisando con la voz grave:

—Dentro… te lleno otra vez…

—Sí… bombeame… quiero sentirlo mientras él me chupa —suplicó ella.

Hugo empujó hasta el fondo y se vació con un gemido profundo, nueva carga espesa y abundante disparándose dentro del coño ya anegado de Laura. Ella se retorció en un orgasmo simultáneo, exprimiendo la verga ajena, el semen nuevo saliendo a borbotones alrededor del tronco y cayendo sobre la cara y la lengua de Carlos. Él lo lamió sin apartarse, la humillación y el placer fundidos en un temblor que le recorría hasta los huevos. Cuando Hugo se retiró, un río blanco bajó por el perineo hasta el culo todavía abierto. Carlos lo siguió con la lengua, limpiando, tragando, sirviendo como el cornudo que era.

Laura se soltó de las manos de su marido y se dejó resbalar un poco por la pared, las piernas temblorosas, el semen bajándole por los muslos en hilos gruesos. Miró a los dos hombres con esa sonrisa perezosa y cruel, el pecho subiendo y bajando con fuerza. La luz de la tarde entraba más dorada por las rendijas. El aire olía a sexo crudo, a heno machacado, a tres cuerpos sudados.

—Ahora sí, cariño —dijo, la voz ronca de satisfación y de poder—. Te dejo correrte. Pero en el suelo. De rodillas. Mirándonos. Sin tocarme. Solo con lo que has visto y lo que has lamiendo. Muéstrame lo buen cornudo que eres.

Carlos se arrodilló al instante, la polla latiente y abandonada en la mano por fin. Se masturbó rápido, torpe, los ojos fijos en el cuerpo abierto de su mujer, en la polla de Hugo todavía semidura y brillante, en los hilos blancos que le resbalaban a Laura por el culo y el coño. La vergüenza le quemaba las mejillas, pero el placer era una ola irresistible. Hugo se pasó la mano por el pecho, observando con esa sonrisa fácil, y Laura se tocó el clítoris despacio, mostrándole a su marido cómo aún se contraía.

—Así… córrete para nosotros… mira cómo me ha dejado… mira lo que te falta…

Carlos se corrió con un gemido ahogado, chorros espesos salpicando la paja y el suelo del granero, el cuerpo entero temblando de la liberación y de la humillación dulce. Laura sonrió, satisfecha, y le tendió los dedos manchados para que los besara. Él lo hizo, lamiendo residuales de semen ajeno y de sus propios jugos.

Se quedaron un rato así, respirando, el calor del julio entrando a rachas. Hugo se limpió la polla con un paño viejo que encontró cerca, pero no se vistió del todo. Laura se estiró sobre el heno, las piernas aún abiertas, el vestido hecho jirones, y miró a su marido con ternura cruel y complicidad.

—Esto no acaba aquí —murmuró, acariciándole el pelo sudado—. La semana que viene, el sábado. Cuando termines con el tractor temprano. Voy a invitar a Hugo otra vez… y esta vez quiero que traiga a su hermano, el de cuarenta y dos, el alto. Quiero que me follen los dos a la vez mientras tú miras desde esa misma silla. Uno en el coño, otro en el culo. Y tú limpiando lo que se escape. Ya les he hablado un poco. Están interesados. ¿Me dejas, amor? ¿Me dejas ser la puta de la granja para los dos vecinos mientras tú te corres solo de verlo?

Carlos asintió, la garganta seca, la polla todavía sensible, el nudo dulce de la excitación apretándole el pecho otra vez. Laura se rio bajo, se incorporó y le besó la boca con lengua lenta, saboreando su propia corrida mezclada.

—Perfecto. Entonces empieza a prepararte. Porque la próxima vez va a ser peor… y mucho mejor. Y esta granja va a oír cómo grito con dos pollas dentro mientras mi marido agradece cada gota.

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