Apuesta Perdida, Deseo Entregado

Lucía, una dueña de bar latina de 28 años, pierde una apuesta de billar y se entrega esa misma noche al enorme negro Terrence de 32 para que la folle duro

12 min read September 16, 2026New

La penumbra del bar “El Refugio” envolvía todo como un secreto bien guardado. Lucía, la dueña de veintiocho años, pasó el trapo por la barra de madera oscura por última vez esa noche. Su cuerpo latino, curvas generosas moldeadas por años de bailes y trabajo duro, se movía con esa gracia natural que hacía que los clientes regulares se quedaran más tiempo del necesario. El cabello negro le caía en ondas sobre los hombros, y la blusa ajustada apenas contenía sus pechos llenos. Sabía que la miraban. Especialmente él.

Terrence estaba sentado al final de la barra, con esa presencia que parecía ocupar más espacio del que le correspondía. Treinta y dos años, piel negra profunda, hombros anchos y brazos que tensaban las mangas de su camisa negra. Cliente habitual desde hacía seis meses, venía casi todas las noches después del gimnasio. Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de Lucía con una intensidad que ya no disimulaba. Habían jugado a coquetear durante semanas: roces “accidentales” al pasar, comentarios cargados, risas bajas que terminaban en miradas que prometían más.

—Hoy te ves peligrosa, Lucía —dijo él con esa voz grave que parecía vibrar en el pecho de ella—. ¿O es que ya sabes que te voy a ganar?

Ella levantó una ceja, apoyando las caderas contra la barra. El pulso se le aceleró. Llevaba meses imaginando cómo serían esas manos grandes sobre su piel, cómo se sentiría ser dominada por un hombre como él. El contraste de sus tonos, el tamaño, la forma en que la miraba como si ya la estuviera follando con los ojos.

—Las palabras se las lleva el viento, Terrence. ¿Qué tal si lo demostras en la mesa? Billar. Una partida. Apuesta fuerte.

Los pocos clientes que quedaban pagaron y se fueron entre sonrisas cómplices. Sabían que algo se cocinaba entre la dueña y el grandote negro. Cuando la puerta se cerró por primera vez, Lucía giró la llave con un clic que sonó definitivo. El bar era ahora solo de ellos.

Se dirigieron a la mesa de billar del fondo, bajo la luz verde de la lámpara baja. Terrence cogió un taco, sus dedos gruesos envolviéndolo con facilidad. Lucía sintió un calor líquido entre las piernas solo de verlo. Se inclinó para colocar las bolas, consciente de cómo sus jeans ajustados marcaban su culo redondo y firme. Escuchó la respiración de él hacerse más pesada.

—La apuesta —dijo ella, mirándolo por encima del hombro—. Si gano yo, pagas todas las rondas de la próxima semana. Si ganas tú… —tragó saliva, pero su voz salió firme, cargada de deseo— me entrego esta misma noche. Sin límites. Soy tuya para que me folles como quieras.

Los ojos de Terrence brillaron con hambre pura. Una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—Llevo meses queriendo enterrarme en ese coño latino, Lucía. Acepto.

Empezaron a jugar. El sonido de las bolas chocando resonaba en el local vacío. Lucía se inclinó para tirar. El taco se deslizó entre sus dedos, pero la presencia de Terrence detrás de ella la distraía. Podía sentir su calor, el olor masculino a madera, sudor limpio y algo más primitivo. Falló el tiro por poco.

—Mierda —murmuró.

Terrence se acercó, su pecho casi rozando la espalda de ella mientras se preparaba para su turno. Su mano grande rozó la cadera de Lucía “por accidente”. Ella contuvo un gemido.

—Estás temblando, mamacita —susurró él cerca de su oído—. ¿Ya estás mojada pensando en perder?

—Cállate y juega —respondió ella, pero su voz salió ronca.

Cada tiro era una provocación. Cuando Lucía se inclinaba, Terrence se colocaba justo detrás, dejando que ella sintiera el bulto creciente de su polla contra su culo. Era enorme. Imposible no notarlo. Grueso, largo, presionando contra la tela de sus jeans como si quisiera romperla. El interior de Lucía se contrajo. “Dios, si es así de grande solo frotándose… cuando me la meta voy a gritar”, pensó, mordiéndose el labio.

Terrence jugaba con calma depredadora. Sus tiros eran precisos, poderosos. Cada vez que embocaba una bola, le dedicaba una mirada que decía “te voy a abrir en dos”. La tensión sexual crecía como una tormenta. Lucía sintió sus bragas empapadas. Sus pezones duros rozaban la tela de la blusa. Llevaba meses fantaseando con esto: ser tomada por ese negro enorme, sentir cómo su polla negra la estiraba, cómo la hacía suya.

El juego llegó a su fin. Lucía falló el tiro decisivo. La bola negra quedó peligrosamente cerca pero sin entrar. Terrence embocó la suya con un golpe seco y certero.

—Se acabó —dijo él, dejando el taco sobre el fieltro verde.

Lucía se quedó quieta, respirando agitada, con las manos apoyadas en el borde de la mesa. El corazón le latía en la garganta. Terrence rodeó la mesa lentamente, como un animal acechando. Se detuvo frente a ella, su estatura imponente la hacía sentir pequeña y deliciosamente vulnerable. Le levantó la barbilla con dos dedos.

—Perdiste, Lucía. Esta noche tu cuerpo es mío. Y pienso cobrármelo todo. Cada gemido, cada gota de tu coño, cada vez que grites mi nombre mientras te follo duro.

Ella levantó la mirada. No había miedo, solo un deseo crudo que llevaba demasiado tiempo reprimido.

—Lo sé —susurró—. Lo he querido desde la primera vez que entraste por esa puerta.

El bar ya estaba completamente vacío. Terrence fue hasta la puerta principal, echó el cerrojo y apagó las luces principales, dejando solo la lámpara verde sobre la mesa de billar. La atmósfera se volvió íntima, cargada, casi peligrosa. Cuando volvió, Lucía seguía apoyada contra la mesa, las piernas ligeramente abiertas, el pecho subiendo y bajando.

No hubo más palabras al principio. Terrence la arrinconó contra el borde de la mesa de billar con su cuerpo macizo. Sus manos grandes agarraron la cintura de ella y la levantó un poco, sentándola sobre el fieltro. La besó. No fue un beso suave. Fue hambre pura. Lenguas enredándose, dientes chocando, gemidos ahogados. Lucía enredó los dedos en la camisa de él, tirando para acercarlo más. Sentía el calor de su piel negra a través de la tela, los músculos duros, el tamaño abrumador.

—Terrence… —jadeó contra su boca.

—Dime qué quieres —gruñó él, bajando la boca a su cuello, mordiendo justo donde latía el pulso.

Lucía echó la cabeza hacia atrás. Sus manos bajaron por el torso de él hasta posarse sobre el bulto brutal que presionaba contra sus jeans. Lo apretó. Era grueso, caliente, palpitante.

—Quiero que me folles duro —susurró ella, la voz rota de excitación—. Quiero esa gran polla negra que tienes. La he soñado metiéndose en mi coño, estirándome, rompiéndome. Fóllame como si me hubieras comprado, Terrence. Hazme tuya esta noche.

El gruñido que salió de la garganta de él fue animal. Con un movimiento rápido le abrió la blusa, los botones saltaron. Sus pechos llenos quedaron expuestos, pezones oscuros y duros. Bajó la cabeza y atrapó uno con la boca, chupando fuerte mientras su mano grande se metía entre las piernas de ella. Le desabrochó los jeans con facilidad y los bajó de un tirón junto con las bragas.

Lucía levantó las caderas para ayudarlo. Cuando el aire fresco tocó su coño empapado, gimió. Estaba chorreando. Los labios hinchados, el clítoris palpitante, brillando bajo la luz verde.

Terrence se incorporó. Se bajó la cremallera y sacó su polla. Lucía se quedó sin aliento. Era enorme. Más de veinticinco centímetros de carne negra, gruesa, venosa, con la cabeza ancha y brillante de precum. Pesada. Imponente. Contrastaba obscenamente contra la piel canela de los muslos de ella.

—Esto es lo que querías, ¿verdad? —dijo él, agarrando la base gruesa y frotando la cabeza gruesa contra los labios mojados del coño de Lucía.

Ella se estremeció violentamente. El calor de esa polla negra contra su carne sensible era demasiado bueno. Terrence movió la cadera, deslizando toda la longitud entre sus pliegues sin entrar todavía, solo frotando, presionando el clítoris con cada pasada. El sonido era obsceno: mojado, resbaladizo, obsceno.

—Joder, estás empapada —gruñó él—. Este coñito latino está rogando por polla negra.

Lucía agarró los hombros de él, las uñas clavándose en la tela. Su mente era un torbellino. “Es tan grande… me va a partir cuando entre. Pero lo quiero. Lo quiero todo. Quiero que me use sobre esta mesa hasta que no pueda caminar”. Movió las caderas buscando más fricción, gimiendo sin vergüenza.

— métemela ya, Terrence… por favor… quiero sentir cómo me abres…

Él sonrió con esa sonrisa peligrosa, siguió frotando la cabeza gruesa contra la entrada apretada, presionando apenas, estirando los labios hinchados sin llegar a penetrarla del todo. El borde estaba allí, tan cerca que ambos temblaban. El aire entre ellos era puro fuego, la promesa de una follada brutal que apenas comenzaba.

Y ninguno de los dos quería que terminara pronto.

Con un gruñido gutural que retumbó en el pecho de Terrence, el hombre empujó sus caderas hacia adelante con fuerza controlada. La cabeza gruesa de su verga negra, brillante de precum y de los jugos de Lucía, forzó la entrada apretada de su coño. Ella sintió cómo la abría centímetro a centímetro, una presión ardiente que le robó el aliento. Sus paredes internas se estiraron al límite alrededor de esa carne oscura y venosa, tan gruesa que Lucía pensó que se partiría en dos.

—Joder… Terrence… es enorme —jadeó ella, clavando las uñas en los hombros anchos del hombre mientras su cuerpo se arqueaba sobre el fieltro verde de la mesa de billar.

Él no se detuvo. Sujetándola firmemente por las caderas con sus manos grandes y oscuras, Terrence embistió hasta el fondo, enterrando más de veinte centímetros de polla negra en el interior caliente y mojado de la dueña del bar. El contraste de su piel canela contra la de él era obsceno bajo la luz verde de la lámpara. Lucía gritó, un sonido ronco y lleno de placer que rebotó en las paredes vacías del local.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más profundo, por favor! —suplicó, abriendo más las piernas para recibirlo.

Terrence comenzó a follarla con embestidas brutales y precisas. Cada vez que salía casi por completo, la gruesa cabeza de su verga rozaba ese punto sensible dentro de ella, solo para volver a clavarse hasta el fondo con un golpe seco que hacía temblar sus tetas pesadas. El sonido de carne contra carne era húmedo, sucio, acompasado por el chapoteo de lo empapada que estaba Lucía. Sus jugos le corrían por el culo y manchaban el fieltro.

—Mírate, mamacita… tu coño latino tragándose toda esta verga negra —gruñó Terrence, sus dedos hundidos en la carne suave de sus caderas mientras la follaba sin piedad—. Llevo meses imaginando cómo te iba a romper. Y estás más apretada de lo que soñé.

Lucía echó la cabeza hacia atrás, su melena negra desparramada sobre la mesa. Cada embestida le arrancaba un grito agudo. Sentía el peso de él, el calor de esa piel oscura, el modo en que su polla la llenaba por completo, rozando cada nervio. “Dios mío, me está follando como un animal… y lo quiero todo. Quiero que me deje marcada por dentro”, pensó mientras su clítoris palpitaba con cada choque de sus pelvis.

—¡Más fuerte, Terrence! ¡Fóllame como si me hubieras ganado en esa apuesta! ¡Quiero sentirte mañana cuando camine! —gritó ella, las tetas rebotando con violencia.

Él aceleró el ritmo, inclinándose sobre ella para morderle el cuello y lamer el sudor entre sus pechos. La mesa crujía bajo el peso de sus cuerpos. Lucía se corrió por primera vez con un alarido gutural, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la gruesa verga negra, ordeñándola mientras chorros calientes de placer le empapaban los muslos. Pero Terrence no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella sollozaba de placer.

De pronto, él salió de su interior con un sonido obsceno. Lucía protestó con un gemido, pero Terrence ya la estaba agarrando por el cabello con firmeza posesiva. La bajó de la mesa y la puso de rodillas sobre el suelo frío del bar. Su polla, reluciente con los jugos de ella, quedó frente a su cara: enorme, venosa, palpitante, con la cabeza morada hinchada.

—Chúpamela, Lucía. Hasta el fondo. Quiero ver cómo esa boquita latina se traga mi verga negra —ordenó con voz ronca.

Ella no dudó. Con las rodillas abiertas y el coño todavía palpitando, Lucía abrió la boca todo lo que pudo y engulló la cabeza. El sabor salado y almizclado de ambos la hizo gemir. Terrence empujó con las caderas, metiéndole más de la mitad en la garganta. Lucía tuvo arcadas, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Quería esto. Quería sentir cómo esa polla le violaba la boca.

—Así… buena puta… trágatela toda —gruñó él, sujetándole la cabeza con ambas manos mientras empezaba a follarle la cara con movimientos profundos y controlados.

La saliva le corría por la barbilla y goteaba sobre sus tetas desnudas. Lucía lo miraba desde abajo, los ojos vidriosos de placer, mientras su nariz rozaba el pubis recortado de él. Cada vez que la verga le llegaba al fondo de la garganta, sentía cómo su propio coño se contraía de excitación. “Es tan grande que apenas respiro… pero me encanta ser usada así por él”, pensó, succionando con más fuerza, lamiendo las venas gruesas con la lengua.

Terrence jadeaba, los músculos de su abdomen negro tensos. Después de varios minutos de follarla brutalmente por la boca, la levantó como si no pesara nada. La giró y la empujó contra la pared cercana, justo al lado de la mesa de billar. Lucía apoyó las palmas de las manos en el ladrillo frío, arqueando la espalda y ofreciéndole el culo redondo.

—Ahora te voy a follar como te mereces —dijo él, separándole las nalgas con las manos grandes.

Colocó la cabeza de su polla en la entrada chorreante y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Lucía gritó contra la pared, el placer mezclado con esa deliciosa sensación de ser completamente dominada. Terrence la follaba de pie con fuerza interracial, sus caderas chocando contra el culo canela de ella con golpes secos y profundos. Una mano grande le sujetaba el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás, mientras la otra le apretaba un pecho, pellizcándole el pezón duro.

—¡Sí! ¡Así, Terrence! ¡Rómpeme el coño! ¡Soy tuya! —gritaba Lucía, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.

El sonido de sus cuerpos era ensordecedor: piel contra piel, el chapoteo constante de su coño empapado, los gruñidos bajos de él y los gemidos agudos de ella. Terrence aceleró, follándola con furia animal, su polla negra entrando y saliendo de ese coño latino que lo apretaba como un puño caliente. Lucía sintió el segundo orgasmo subir como una ola imparable.

—Me voy a correr… ¡me corro en tu polla negra! —aulló.

Su cuerpo se convulsionó. El coño se contrajo con fuerza alrededor de él, ordeñándolo mientras chorros de placer le salían entre los muslos. Terrence rugió, embistiendo tres veces más antes de hundirse hasta el fondo y quedarse allí. Su verga palpitó violentamente, soltando chorros calientes y espesos de semen negro directamente contra el fondo de su útero. La llenó hasta rebosar. Lucía sintió cada pulsación, cada disparo caliente que la marcaba por dentro, y eso prolongó su orgasmo hasta que las piernas le fallaron.

Ambos se quedaron jadeando contra la pared. El semen espeso de Terrence empezó a escaparse del coño dilatado de Lucía, corriendo en hilos blancos por sus muslos canela. Ella temblaba todavía de placer, apoyada en la pared, con una sonrisa satisfecha y exhausta en los labios.

Lucía giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Sus ojos brillaban con pura satisfacción.

—Esta apuesta perdida… ha sido la mejor decisión de mi vida, Terrence —susurró con voz ronca, aún sintiendo cómo su semen le bajaba por las piernas.

Él la giró con posesión, la pegó contra su pecho sudoroso y la besó profundamente, devorándole la boca como si ya fuera suya para siempre. Cuando separó sus labios, le mordió el inferior con suavidad y gruñó contra ella:

—Esto solo es la primera noche, mamacita. Vendrán muchas más. Te voy a follar hasta que no recuerdes cómo era tu vida antes de que esta verga negra te reclamara por completo.

Lucía se estremeció de anticipación en sus brazos, el cuerpo todavía vibrando por el placer, el semen caliente siguiéndole por los muslos mientras la lámpara verde los bañaba en su luz íntima.

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