Couch Shared With The Costume Wife
Laura y su vecina Carla se rozan en el sofá compartido.
El salón olía a calabazas talladas y a la vela de canela que Laura había encendido sobre la mesa baja. Afuera, alguna risa lejana de niños disfrazados se perdía entre el viento de octubre. Dentro, solo estaban ellas dos. Laura, de veintiocho años, en shorts de algodón y una camiseta holgada que le dejaba ver la curva de las tetas sin sujetador, y Carla, veintisiete, recién llegada del trabajo con aquel traje de látex negro que parecía pintado sobre la piel.
El disfraz era una puta locura: un catsuit de una sola pieza, brillante, que le marcaba los pezones erectos, el talle estrecho y, sobre todo, el culo redondo y firme que se partía en dos cuando se movía. El escote bajaba hasta casi el ombligo y las tetas de Carla, generosas y pesadas, se apretaban juntas con cada respiración. Se había puesto peluca corta y maquillaje oscuro, pero Laura no miraba la cara. Miraba abajo.
—Tu marido tarda una puta eternidad —dijo Carla, dejándose caer en el sofá compartido con un gemido de látex al estirarse—. Bruno dijo que llegaba a las once, ¿no?
—Sí… —murmuró Laura, sentándose a su lado. Demasiado cerca desde el primer segundo. Los muslos se rozaron. El calor del látex contra la piel desnuda de Laura le recorrió la pierna como una descarga—. A veces se queda charlando en la oficina.
Carla no se apartó. Al contrario: abrió un poco más las piernas, dejando que el bulto del coño marcado por el látex rozara la rodilla de Laura. Sus miradas se cruzaron. Laura sintió cómo se le humedecía la braga solo con eso. Carla lo notó; sonrió de lado, lenta, sucia.
—Me estás mirando las tetas, casada —susurró, sin vergüenza.
—Y tú te estás frotando contra mí a propósito —respondió Laura, la voz ya ronca. No apartó la rodilla. Dejó que el roce continuara, suave, deliberado, mientras el corazón le latía en la garganta.
Carla pasó la mano por su propio muslo, subiendo despacio hasta la entrepierna, y el látex crujió. Luego esa misma mano aterrizó en el muslo de Laura, arriba, casi en la ingle, y apretó.
—Joder, qué caliente estás. Se te ve en la cara.
Laura tragó saliva. El salón se había vuelto pequeño, el sofá una trampa perfecta. Oía la respiración de Carla, veía el brillo del material pegado a aquellos pezones duros. No pensó en Bruno. Pensó en lo que haría si le bajara la cremallera de ese traje de puta.
La conversación se torció rápido, sin rodeos.
—Te queda de cojones ese disfraz —dijo Laura, mirándola de arriba abajo sin disimulo—. Me tienes empapada solo de verte así. Se me resbala la coño cada vez que te mueves.
Carla soltó una risa baja, sucia, y acercó más la boca al oído de Laura.
—Llevo meses fantaseando con comerte el coño, Laura. Meses. En la oficina, en el baño, tocándome pensando en cómo te sabría. En cómo te correrías en mi lengua. Y ahora estoy aquí, en tu puto sofá, y tú me confiesas que te mojas por mí…
Laura se mordió el labio. La mano de Carla subió otro centímetro, rozando ya el borde de los shorts. Laura correspondió: deslizó los dedos por el muslo de látex, sintiendo el calor que se filtraba, apretando la carne firme debajo.
—Las dos lo queremos igual de fuerte —susurró Laura—. Bruno no llega todavía. Podemos… dejarnos llevar. Ya.
—Entonces chúpame el coño ahora mismo, casada de mierda —ordenó Carla, con una sonrisa de depredadora—. Arrodíllate y ábreme este traje.
Laura no dudó. Se resbaló al suelo, de rodillas entre las piernas abiertas de Carla. El látex olía a goma y a excitación. Encontró la cremallera larga que bajaba desde el escote hasta casi el culo y la bajó de un tirón. Las tetas pesadas de Carla saltaron libres, pezones oscuros y duros. Más abajo, el coño afeitado, ya brillante de jugos, se abrió cuando Carla levantó las caderas para que Laura le bajara el traje hasta los muslos.
Laura no perdió tiempo. Abrió los labios hinchados con los dedos y hundió la lengua hasta el fondo, lamiendo profundo, saboreando el sabor a sal y a puta cachonda. Carla gimió alto, agarrándole el pelo.
—Así… joder, sí, métemela entera. Chúpame el clítoris, Laura, chúpamelo fuerte.
Laura succionó el clítoris hinchado entre los labios, tirando con la boca mientras la lengua daba vueltas rápidas. Con las manos le agarró el culo, las nalgas firmes y redondas aún medio cubiertas de látex, y las apretó, separándolas, metiendo la cara más hondo. Bebía los jugos que le chorreaban por la barbilla. Carla se movía contra su boca, frotándose, gemiendo sin control.
—Me voy a correr… no pares, no pares, cómeme ese coño sucio…
Laura metió la lengua otra vez, profunda, y succionó el clítoris con fuerza. Carla se arqueó, gritó, y se corrió empapándole la cara, contrayéndose a oleadas. Laura siguió lamiendo hasta que Carla la empujó suavemente hacia atrás, jadeando.
—Ahora tú. A cuatro patas en el sofá. Quiero lamerte el culo y el coño a la vez.
Laura se subió al sofá, de rodillas, culo en alto, y se bajó los shorts y la braga de un tirón. Estaba chorreando. Carla se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua primero por el ano, lenta, húmeda, empujando la punta dentro. Laura soltó un gemido gutural.
—Joder, Carla…
Carla lamió de arriba abajo, del ano al coño y otra vez, sin parar, mientras metía dos dedos gruesos de golpe en el coño caliente y empapado de Laura. Los movió rápido, curvados, buscando ese punto. La lengua seguía en el culo, revolviendo, humedeciendo todo.
—Vas a correrte gritando en mi mano —murmuró contra su carne—. Dime lo puta que eres.
—Soy tu puta… me estás abriendo el culo con la lengua… más fuerte, fóllame con los dedos…
Carla aceleró. Dos dedos entrando y saliendo mojados, lengua en el ano, y la otra mano alcanzando por debajo para pellizcarle el clítoris. Laura se corrió gritando, el cuerpo sacudido, el coño apretando los dedos con fuerza, un chorro caliente que le mojó la muñeca a Carla. Las piernas le temblaban.
Pero Carla no paró. Se subió al sofá, se sentó directo sobre la cara de Laura, el coño aún goteando de su propio orgasmo anterior, y se frotó contra su boca abierta.
—Lámeme mientras me corro otra vez. Come mi coño hasta que te ahogues.
Laura abrió la boca y recibió todo. Carla se movía arriba y abajo, frotando los labios hinchados y el clítoris por la lengua y la nariz de Laura. Se inclinó hacia adelante, le agarró las tetas a Laura y le pellizcó los pezones duros con fuerza, tirando. Laura respondió igual: levantó las manos, encontró las tetas pesadas de Carla y le apretó los pezones entre los dedos, retorciéndolos mientras la lengua se la comía sin piedad.
Carla gemía, cabalgándole la cara cada vez más rápido.
—Me corro… me corro en tu puta lengua… trágatelo todo…
Se vino con un grito ahogado, empapándole la boca a Laura, los jugos resbalándole por la barbilla y el cuello. Laura tragar y lamió hasta el final, chupando cada gota. Luego Carla se bajó, se giró y se besaron. El sabor a coño de las dos mezclado, lenguas profundas, sucias, lamidas lentas que compartían todo lo que se habían corrido.
Se tocaron otra vez. Dedos dentro, tetas en la boca, muslos abiertos. Se corrieron juntas dos veces más: una con Laura montada a horcajadas frotando coño contra coño, clítoris contra clítoris, resbaladizas y rápidas; otra con las dos de lado en el sofá, dedos entrelazados metidos en los coños ajenos, besándose mientras se corrían a la vez, gritando contra la boca de la otra.
Al final quedaron hechas un desastre brillante de sudor, saliva y jugos, desnudas del todo (el traje de látex tirado en el suelo como una segunda piel abandonada). Laura acariciaba el culo de Carla con dedos perezosos. Carla le besaba el hombro.
—Esto… —dijo Laura, aún jadeando— esto es nuestro secreto. Cada vez que Bruno se vaya de viaje, vienes. Te follo el coño hasta que no puedas caminar y luego te duermes aquí, conmigo.
Carla sonrió contra su piel, satisfecha, y se acurrucó más, pecho contra pecho, piernas enredadas en el mismo sofá donde todo había empezado. Desnudas, calientes, olorosas a sexo.
—Me quedo esta noche. No me sueltes.
Se abrazaron. Laura le acarició el pelo húmedo. El reloj marcaba casi medianoche y Bruno aún no había llamado. No les importaba.
Carla levantó la cabeza un poco, mirándola a los ojos con esa sonrisa sucia todavía encendida, y le susurró contra los labios:
—La próxima vez que se vaya, ¿me dejas follarte el culo con la lengua hasta que me pidas que te meta los dedos también?
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