Dare en la pared de escalada: su primer gemido
Cassidy, una ingeniera de 26 años, gime por primera vez mientras el bombero Trent la folla contra la pared de escalada después de un reto sexual que ambos deseaban.
Soy Cassidy, una ingeniera de 26 años que acaba de mudarse sola a la ciudad, y él es Trent, un bombero de 29 años y monitor experimentado del gimnasio de escalada. Llevo tres semanas viniendo casi todas las noches después del trabajo. Al principio era solo para desestresarme, para sentir el quemazón en los antebrazos y olvidar los planos y las reuniones. Pero desde la segunda clase, cuando Trent me corrigió la posición del pie en un overhang y su mano grande y callosa se quedó un segundo de más en mi cadera, supe que algo más se estaba cocinando.
Él lo notó también. Sus ojos verdes me seguían mientras yo trepaba, y en los descansos me explicaba agarres con una voz baja, casi íntima, que me hacía apretar las piernas. Después de la quinta sesión, cuando el rocódromo ya estaba casi vacío, se acercó mientras yo me quitaba el arnés.
—Cassidy —dijo, y el modo en que pronunció mi nombre me recorrió la espalda—. Hay una pared que solo abrimos de noche, cuando cerramos. La más alta. Te reto. Quien llegue primero a la cima sin caerse… puede pedirle al otro cualquier cosa que desee. Sin límites.
Lo miré a los ojos. Ambos sabíamos exactamente de qué hablábamos. No era un reto de escalada. Era el permiso que nos estábamos dando. Asentí, la boca seca.
—Trato hecho.
Esa misma noche, a las once, el gimnasio estaba a oscuras salvo por los focos LED que iluminaban solo esa pared vertical de quince metros. El resto del local olía a magnesio y goma. Yo llevaba leggins negros ajustados y un top deportivo que me dejaba la espalda al aire. Trent, pantalones de escalada y camiseta sin mangas que marcaba cada músculo de sus hombros. Nos atamos los arneses en silencio, pero la tensión crepitaba.
Empezamos casi pegados. La ruta era técnica, con agarres pequeños y un techo a media altura. Cada vez que yo extendía el brazo, mi culo rozaba su muslo. Cada vez que él se impulsaba, su pecho sudado rozaba mi espalda. Sus respiraciones fuertes me golpeaban el cuello, calientes, y yo no podía evitar soltar gemidos cortos de esfuerzo que sonaban demasiado a otra cosa.
—Joder, Cassidy… —susurró contra mi oreja cuando ambos nos agarramos al mismo canto—. Suenas como si ya te estuviera follando.
Sentí el calor subirme a la cara y al coño al mismo tiempo. Estaba mojada, lo notaba en la tela de las bragas. Seguí subiendo, decidida a ganar, a poder pedirle lo que llevaba semanas imaginando: que me desnudara ahí mismo y me follara contra la pared. Faltaban dos metros. Estiré el brazo, casi tocaba el agarre final… y el pie resbaló.
El arnés me retuvo, pero antes de que cayera del todo sus brazos me rodearon. Me aplastó contra la pared con el cuerpo entero, sus manos firmes en mi cintura, nuestras caras a centímetros. Su erección dura y gruesa se clavaba en mi culo a través de la ropa. Los dos jadeábamos.
—Te tengo —dijo, la voz ronca—. No te dejo caer.
Lo miré. Sus pupilas estaban dilatadas. Yo también lo deseaba con una urgencia que me dolía entre las piernas.
—Que se joda el reto —susurré—. Llevo semanas queriendo esto. Tú también.
—Sí —admitió, y me besó. Un beso profundo, con lengua, mientras me sujetaba contra la pared. Sabía a sal y a ganas contenidas. Cuando se separó, sus dedos ya tiraban de la cintura de mis leggins.
Me los bajó de un tirón junto con las bragas, dejándome el culo y el coño al aire, las prendas enredadas en mis tobillos sobre los pies de gato. El aire fresco del rocódromo me rozó los labios hinchados y mojados. Trent se arrodilló en la estrecha plataforma de agarres, me abrió los muslos con las manos y metió la cara entre mis piernas.
Su lengua me encontró de lleno. Caliente, experta, lamía desde la entrada hasta el clítoris con presión lenta y luego chupaba. Yo solté un gemido ahogado, el primero de verdad, fuerte y auténtico, que rebotó en las paredes altas. Nunca nadie me había chupado así. Era virgen de boca y de coño; solo me había tocado yo misma, torpe y rápida. Pero Trent sabía exactamente qué hacer. Me clavó dos dedos mientras lamía, curvándolos, y yo me agarré a los holds por encima de la cabeza, las uñas raspando la resina.
—Trent… joder, sí… —gemí, y el sonido me sorprendió a mí misma. Era gutural, necesitado.
Él gruñó contra mi coño, el sonido vibrándome el clítoris, y aceleró. La lengua me follaba el agujero virgen, los labios me chupaban, los dedos me estiraban. Sentí el orgasmo acercándose como una ola desconocida, pero él se detuvo justo antes y se levantó. Me dio la vuelta con firmeza, de frente a la pared otra vez, me colocó las manos en dos agarres altos y me abrió de piernas.
Oí el ruido del cierre de su pantalón. La cabeza gruesa y caliente de su polla rozó mi entrada empapada. Se frotó arriba y abajo, untándose en mis jugos.
—Estás empapada, Cassidy. Tan apretada y mojada… llevo semanas imaginando cómo te iba a abrir —susurró contra mi cuello, y empujó.
Entró despacio, centímetro a centímetro, porque yo era virgen y él era grueso. El ardor se mezcló con un placer profundo que me hizo soltar otro gemido, más largo. Me llenó por completo, hasta que sus caderas tocaron mi culo. Se quedó quieto un segundo, respirando fuerte, dejándome acostumbrarme.
—Tan puta apretada… me vas a matar —dijo, y empezó a moverse.
Embestidas profundas y controladas. No con prisa, pero con fuerza. Cada embestida me empujaba contra la pared, mis pechos aplastados en el top, mis manos aferradas a los holds mientras él me follaba de pie desde atrás. Una de sus manos me sujetaba la cadera, la otra me rodeaba el pecho para mantenerme estable. Su polla entraba y salía, rozándome ese punto interno que me hacía ver estrellas. El sonido de la piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba el rocódromo vacío.
—Mira cómo me chupas la polla con ese coño virgen… tan mojada que goteas por los muslos —susurraba al ritmo de las embestidas—. Dime que lo quieres.
—Lo quiero… fóllame, Trent, no pares —supliqué, y él aceleró un poco, más profundo, más duro, sin perder el control.
Sentí el orgasmo subir de verdad esta vez. Empezó en el clítoris rozado por el ángulo de su polla y se extendió como fuego por el vientre. Grité su nombre cuando me corrí por primera vez en mi vida, las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos fuertes que me sacudieron entera. Seguí gritando mientras las ondas me atravesaban, y él no paró, follándome a través del orgasmo, alargándolo hasta que lloré de placer.
Solo entonces gruñó, ronco y bajo, y se corrió dentro de mí. Sentí los chorros calientes llenándome, pulsando, mientras él me sujetaba con fuerza contra su pecho sudoroso. Seguimos unidos un momento, jadeando, su semen empezando a resbalar por mis muslos cuando él se ablandó un poco y se retiró con cuidado.
Me bajó despacio, desenganchando el arnés lo suficiente para que mis pies tocaran el suelo. Me abrazó contra su pecho, todavía jadeante, y me besó suavemente en la boca, en la frente, mientras yo temblaba de piernas y de emoción. El semen le goteaba a él también, mezclado con mis jugos.
—Llevo semanas imaginando exactamente esto —confesó contra mis labios, la voz aún ronca—. Cada vez que te veía trepar, pensaba en abrirte aquí, en oír ese primer gemido tuyo. Y joder, Cassidy… ha sido mejor. Pero no he terminado contigo. Hay más paredes, más agarres… y yo quiero oírte gemir así otra vez antes de que amanezca.
Sus dedos me acariciaron el coño todavía sensible, recogiendo el semen que se escapaba, y me miró con esa sonrisa de bombero que sabe exactamente lo que quiere. Yo asentí, las piernas flojas, el corazón latiéndome en la garganta, sabiendo que la noche apenas empezaba y que el reto original ya no importaba: ahora el desafío era cuántas veces podía hacerme gritar su nombre antes de que abrieran el rocódromo.
Soy Cassidy y todavía temblaba contra el pecho de Trent cuando sus dedos —esos mismos que me habían abierto hace minutos— recogieron el semen que me resbalaba por el muslo interior y me lo llevaron a la boca. Abrí los labios sin pensarlo. El sabor salado y denso de los dos juntos me golpeó la lengua y solté un gemido ahogado alrededor de sus dedos.
—Mírate —murmuró él, voz todavía ronca—. La ingeniera de planos perfectos chupando lo que te acabo de meter dentro. ¿Te gusta?
Asentí, chupando más fuerte, y él sonrió con esa sonrisa de bombero que promete incendio. Me giró de nuevo hacia la pared. Esta vez no me bajó del todo el arnés; solo aflojó las correas lo justo para poder moverme, y me izó un poco más arriba, hasta una repisa estrecha de agarres donde mis rodillas cabían apenas. Me puso de rodillas en la plataforma, culo hacia afuera, pechos aplastados contra la resina fría. El top deportivo ya estaba empapado de sudor; él me lo subió por encima de los pechos y me los sacó, pezones duros rozando la pared cada vez que respiraba.
—Agárrate fuerte —ordenó—. Voy a follarte la boca primero. Quiero que pruebes cómo sabes tú misma en mi polla.
Se subió a la misma repisa, se plantó delante de mí y me ofreció la verga todavía brillante de nuestros jugos. Yo, que nunca había tenido una polla en la boca, abrí con hambre. La cabeza gruesa me estiró los labios. Sabía a mí, a él, a magnesio y a sexo crudo. Empujó despacio, dejándome acostumbrarme, y yo gocé con el peso en la lengua, con cómo me llenaba la garganta cuando bajó un poco más. Lágrimas me picaron los ojos; no de dolor, de pura necesidad. Mis manos se aferraron a sus muslos musculosos mientras él me follaba la boca con embestidas cortas y controladas.
—Joder, Cassidy… esa boquita virgen me la estás chupando como si llevaras años practicando —gruñó, sujetándome el pelo con una mano—. Respira por la nariz. Así… puta perfecta.
Cada vez que se retiraba, un hilo de saliva y semen anterior unía mis labios a su glande. Yo gemía alrededor de él, el sonido vibrándole la polla, y él respondía empujando más hondo. Mi coño volvía a chorrear; lo sentía bajar por las rodillas hasta los pies de gato. Trent lo notó. Sacó la polla de mi boca con un pop húmedo, se arrodilló detrás de mí otra vez y me separó los glúteos con las dos manos.
—Míralo cómo te gotea. Todavía abierto y lleno de mí —dijo, y metió la lengua de lleno en mi entrada.
Lamió el semen que salía, lo empujó otra vez hacia dentro con la lengua, chupó mi clítoris hinchado hasta que grité contra la pared. Dos dedos me entraron fácil; ahora estaba blanda y resbaladiza por el orgasmo anterior. Curvó los dedos, encontró ese punto y lo frotó sin piedad mientras su lengua me circundaba el ano, húmeda y atrevida. Nunca nadie me había tocado ahí. El contraste me volvió loca.
—Trent… joder, ahí no… o sí… no sé —balbuceé, la frente apoyada en un agarre.
—Dime que sí o me paro —exigió, parando justo en el borde.
—Sí. Haz lo que quieras. Solo no pares.
Él rio bajo, oscuro, y volvió a la carga. Un dedo me empujó despacio el culo mientras los otros dos me follaban el coño. El ardor se mezcló con un placer tan sucio que me hizo soltar un gemido largo, gutural, que rebotó en los quince metros de pared. Me corrí otra vez así, de rodillas, con su lengua y sus dedos, el orgasmo más sucio y profundo que había sentido nunca. Las piernas me fallaron; él me sostuvo con el brazo alrededor de la cintura.
Cuando bajé del pico, me dio la vuelta, me sentó a horcajadas sobre su regazo en la misma repisa estrecha. Su polla —otra vez dura como piedra— se clavó vertical entre mis labios abiertos. Me miró a los ojos verdes.
—Ahora te la montas tú. Quiero ver cómo te follas esa polla con tu coño virgen de ingeniera. Baja despacio. Quiero sentir cada centímetro.
Me levanté un poco, alineé la cabeza gruesa con mi entrada todavía palpitante y me dejé caer. Entró de un solo golpe profundo porque ya estaba destrozada de placer. Grité su nombre. Él agarró mis caderas y me guió, subiendo y bajando, mis pechos rebotándole en la cara. Me chupó un pezón con fuerza, lo mordisqueó, mientras yo me empitonaba una y otra vez. El sonido obsceno de mi coño tragándoselo llenaba el rocódromo vacío. Cada bajada me rozaba el clítoris contra su pubis; cada subida me dejaba hueca y desesperada.
—Más rápido —supliqué—. Quiero correrme otra vez contigo dentro.
Él tomó el control. Me levantó y me bajó con fuerza de bombero, embistiendo hacia arriba al mismo tiempo. La repisa crujía. Mis uñas se le clavaron en los hombros. El orgasmo llegó como una descarga eléctrica: me contraje alrededor de él en espasmos violentos, gritando sin control, el eco de mi primer verdadero aullido de puta feliz rebotando en las paredes altas. Trent gruñó, me clavó hasta el fondo y se corrió otra vez, chorros calientes bombeándome el útero mientras yo todavía temblaba.
Nos quedamos así, unidos, sudorosos, su semen mezclándose otra vez con mis jugos y resbalando por donde estábamos unidos. Él me besó el cuello, la clavícula, la boca.
—Todavía no he terminado —susurró contra mis labios—. Hay un techo horizontal más arriba. Te voy a colgar del arnés, abrirte de piernas y follarte colgada mientras miras hacia abajo los quince metros. Quiero que grites mi nombre sabiendo que solo yo te sostengo. ¿Aceptas el siguiente reto, Cassidy?
Mi coño se contrajo alrededor de su polla ablandándose solo un poco. Asentí, la voz rota de tanto gemir.
—Llévame. Quiero que me uses en cada puta pared de este sitio antes de que amanezca.
Él sonrió, me levantó todavía empalado, y empezó a trepar conmigo en brazos hacia el techo, sus músculos tensándose bajo mi peso, su polla moviéndose dentro de mí con cada agarre. Yo gemía con cada movimiento, ya mojada otra vez, el corazón latiéndome loco, sabiendo que la noche era larga y que Trent el bombero todavía tenía muchas formas de hacerme descubrir lo que mi cuerpo podía dar.
Soy Cassidy y el mundo se redujo al vaivén de su polla dentro de mí mientras Trent trepaba conmigo empalada, mis piernas rodeándole la cintura, los brazos aferrados a sus hombros sudorosos. Cada vez que él alargaba el brazo hacia un agarre nuevo, su verga se hundía más profundo y yo soltaba un gemido ahogado contra su cuello. El arnés me apretaba las caderas; él lo había ajustado de modo que yo quedara suspendida, abierta, disponible. El aire fresco del rocódromo me rozaba el culo expuesto y el semen que todavía goteaba de mi coño resbalaba por su bajo vientre.
—Mira abajo —ordenó, voz ronca, cuando alcanzamos el techo horizontal a doce metros del suelo—. Quince metros de caída. Solo yo te sostengo. ¿Sientes cómo te agarro?
Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Él me giró con fuerza de bombero, me soltó lo justo para enganchar mi arnés a dos puntos de seguridad del techo y me abrió de piernas hasta que quedé colgada, culo al aire, coño mirando al vacío. Mis manos se aferraron a los holds del techo. Trent se posicionó entre mis muslos, la polla otra vez dura y brillante de nuestros jugos, y me empujó de un solo golpe hasta el fondo.
Grité. El eco rebotó en las paredes altas. Estaba tan abierta, tan llena, y la sensación de flotar mientras él me follaba me volvió loca. Cada embestida me hacía balancearme un poco; él controlaba el balanceo con las manos firmes en mis caderas, entrando y saliendo con fuerza controlada, la cabeza gruesa rozándome ese punto interno que me hacía ver estrellas.
—Joder, Cassidy… estás chorreando sobre el vacío —gruñó, acelerando—. Dime qué sientes.
—Que me estás destrozando… y que quiero más —confesé, la voz rota—. Fóllame más duro. Quiero sentir que solo tú me impides caer.
Él rio bajo y obedeció. Embestidas profundas, húmedas, el sonido obsceno de mi coño tragándoselo llenaba el espacio. Una de sus manos me subió al pecho, pellizcó un pezón duro, lo torció hasta que gemí más alto. La otra bajó y me frotó el clítoris hinchado al ritmo de las embestidas. Yo miraba hacia abajo entre mis piernas abiertas: su polla entrando y saliendo, brillante, y más abajo el suelo lejano. El vértigo se mezcló con el placer y me corrí de golpe, gritando su nombre, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él mientras el semen anterior salía a chorros con cada contracción.
Trent no paró. Me folló a través del orgasmo, alargándolo hasta que lloré de puro exceso, las piernas temblando en el aire. Solo entonces se retiró un segundo, me desenganchó de un punto y me giró otra vez, ahora de frente a él, todavía colgada, y me volvió a empalar. Mis pechos aplastados contra su pecho sudoroso, mis labios buscando los suyos. Nos besamos con lengua mientras él me usaba colgada, subiendo y bajando mi cuerpo con los brazos potentes como si yo no pesara nada.
—Llevo semanas imaginando esto —susurró contra mi boca—. La ingeniera perfecta hecha un desastre, goteando mi leche a quince metros del suelo. Chúpame la lengua. Así… puta mía.
Lo hice. Chupé su lengua como había chupado su polla minutos antes, y él gruñó, embistiendo más profundo. Sentí otro orgasmo subir rápido, demasiado rápido; el ángulo, el balanceo, la presión de su pubis contra mi clítoris… grité otra vez cuando me vine, y esta vez él me siguió, clavándome hasta el fondo y bombeando chorros calientes dentro de mí. El calor me llenó, rebosó, y gotas calientes cayeron al vacío.
Nos quedamos así, jadeando, unidos, su polla todavía palpitando. Él me besó la frente, el cuello, mientras me desenganchaba con cuidado y me bajaba un poco, hasta una repisa más ancha a media altura. Me sentó a horcajadas sobre sus muslos, todavía empalada, y me acarició la espalda con dedos callosos.
—Todavía no —dijo, sonrisa oscura—. Hay una fisura lateral, estrecha, donde apenas cabemos los dos. Te voy a poner de lado, una pierna arriba, y te voy a follar tan lento que vas a llorar pidiendo que te destroce. Y después… el suelo. Quiero montarte en las colchonetas, abrirte las piernas hasta que duelan y correrme en tu cara para que te lami todo. ¿Aceptas, Cassidy?
Mi coño se apretó alrededor de él solo de oírlo. Asentí, la voz hecha un hilo.
—Sí. Úsame. Enséñame todo lo que mi cuerpo puede aguantar antes de que amanezca.
Él me levantó otra vez, todavía dentro, y empezó a desplazarse lateralmente por la pared, cada movimiento haciéndome gemir. La noche era larga, el rocódromo nuestro, y yo —la ingeniera de planos perfectos— solo quería que me follara hasta no poder trepar más.
Soy Cassidy y el roce de su polla todavía dura dentro de mí me volvía loca mientras Trent se desplazaba de lado por la pared, músculos tensos bajo mi peso, cada agarre haciéndole hundirse un poco más y sacándome gemidos ahogados contra su cuello. El arnés me sujetaba las caderas abiertas; el aire fresco del rocódromo me rozaba el culo expuesto y el semen que ya resbalaba de mi coño le manchaba el bajo vientre. Llegamos a la fisura lateral: una grieta estrecha de resina y agarres donde apenas cabíamos los dos. Él me bajó con cuidado, todavía empalada, y me colocó de lado sobre una repisa apenas más ancha que mis hombros. Una pierna me la subió hasta el pecho, abriéndome del todo; la otra quedó flexionada contra la pared. Su pecho sudoroso pegado a mi espalda, su aliento caliente en mi oreja.
—Así —susurró, voz ronca de bombero que no se cansa—. Te voy a follar tan lento que vas a llorar pidiendo que te destroce. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —confesé, la voz hecha un hilo—. Úsame. Enséñame.
Empujó. No con prisa: centímetro a centímetro, la cabeza gruesa abriéndome otra vez, el glande rozando ese punto interno con una tortura deliberada. Me llenó hasta el fondo y se quedó quieto, respirando fuerte, dejándome sentir cada latido de su polla dentro. Yo apreté los holds con los dedos, el coño contrayéndose solo de tenerlo así de profundo. Empezó a moverse. Embestidas largas, lentas, casi crueles. Cada salida me dejaba hueca y desesperada; cada entrada me empujaba el aire de los pulmones. El sonido húmedo de mi coño tragándoselo llenaba la fisura. Su mano me sujetaba el muslo elevado, los dedos callosos marcándome la carne; la otra me rodeaba el pecho y pellizcaba un pezón duro hasta que gemí más alto.
—Mírate, ingeniera —gruñó contra mi cuello—. De planos perfectos a este desastre chorreando mi leche por la pared. Tan puta apretada… ¿sientes cómo te abro despacio?
—Sí… joder, Trent, más… —supliqué, pero él no aceleró. Al contrario: sacó casi toda la polla y entró otra vez con una lentitud que me hizo ver estrellas. El clítoris me latía sin que nadie lo tocara; el roce interno me tenía al borde. Lágrimas de puro exceso me picaron los ojos. Nunca había sentido algo tan intenso, tan controlado. Cada embestida me recordaba que solo él me sostenía a metros del suelo, que mi cuerpo virgen de hace pocas horas ahora se abría para él como si hubiera nacido para esto.
—Dime qué necesitas —exigió, parando justo cuando yo iba a correrme.
—Que me destroces —solté, la voz rota—. Fóllame duro. Quiero llorar de lo bien que me la metes.
Él rio bajo, oscuro, y por fin soltó la rienda. Embestidas profundas, potentes, el cuerpo entero empujándome contra la resina. Mi pecho aplastado, la pierna temblando en el aire, el coño haciendo ruidos obscenos cada vez que me lo enterraba hasta las bolas. El orgasmo llegó como una ola sucia: me contraje alrededor de él en espasmos violentos, gritando su nombre contra la pared, el eco rebotando en la fisura. Él no paró. Me folló a través del orgasmo, alargándolo hasta que las piernas me fallaron y lloré de placer, semen anterior saliendo a chorros con cada contracción. Solo entonces gruñó, se clavó hasta el fondo y se corrió otra vez, chorros calientes bombeándome el útero mientras yo todavía temblaba.
Nos quedamos así un momento, jadeando, unidos, su polla palpitando dentro. Él me besó el hombro, la nuca, mientras me bajaba despacio hacia las colchonetas del suelo. El arnés crujió al desengancharnos. Mis pies tocaron el suelo blando y yo casi me caigo; las piernas no respondían. Trent me sostuvo, me tumbió de espaldas en las colchonetas grises que olían a goma y magnesio, y se arrodilló entre mis muslos. Me abrió las piernas hasta que duelen, rodillas casi tocándome los hombros, coño expuesto, rojo, hinchado, goteando su leche mezclada con mis jugos.
—Mira qué destrozado te tengo —dijo, pasando dos dedos por mis labios abiertos y metiéndomelos en la boca para que chupara—. Ahora te monto aquí abajo. Quiero verte la cara cuando te corras otra vez. Y después… me corro en tu cara para que te lamas todo. ¿Aceptas, Cassidy?
Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Él se alineó y me empujó de un solo golpe. Grité. Estaba tan sensible que cada centímetro me quemaba de placer. Empezó a follarme con fuerza de bombero, caderas golpeando, la polla entrando y saliendo brillante, el sonido de piel contra piel húmedo y obsceno llenando el rocódromo vacío. Mis pechos rebotaban; él me los agarró, pellizcó los pezones, los torció al ritmo de las embestidas. Yo me aferraba a las colchonetas, uñas clavadas, mirándole los ojos verdes dilatados.
—Así… fóllame, Trent… más profundo —gemí, y él obedeció, cambiando el ángulo para rozarme el clítoris con el pubis cada vez. El orgasmo subió rápido, demasiado; grité sin control cuando me vine, el coño exprimiéndole la polla en espasmos fuertes, piernas temblando en el aire. Él me folló a través de él, alargándolo hasta que lloré otra vez, y solo entonces se retiró, se puso a horcajadas sobre mi pecho y se corrió en mi cara.
Chorros calientes me salpicaron los labios, las mejillas, la lengua. Abrí la boca y tragué lo que pude, el sabor denso y salado de los dos juntos. Él se frotó el glande por mis labios, untándome más, y yo lamí como una puta hambrienta, chupando hasta la última gota mientras él gruñía de placer. Cuando terminó, se bajó, se tumbó a mi lado y me besó la boca sucia, compartiendo el sabor.
—Todavía no he terminado contigo —susurró contra mis labios, la mano bajando otra vez a mi coño sensible, recogiendo semen y metiéndome dos dedos con suavidad—. Hay un overhang al otro lado, donde te puedo atar el arnés de modo que quedes completamente suspendida, sin pies en ningún lado. Te voy a lamer hasta que ruegues, y después te voy a follar colgada de verdad, sin suelo, solo yo y el vacío. Y cuando amanezca… quiero que te vengas una vez más mirándome a los ojos mientras te lo meto tan despacio que sientas cada vena. ¿Aceptas el siguiente reto, Cassidy?
Mi coño se apretó alrededor de sus dedos solo de oírlo. Estaba agotada, temblando, llena de él por dentro y por fuera, pero el deseo no se apagaba. Asentí, la voz ronca de tanto gritar.
—Sí. Llévame. Quiero que me uses en cada puta esquina de este sitio. Enséñame todo lo que mi cuerpo puede dar antes de que abran las luces.
Él sonrió esa sonrisa de bombero que promete incendio, me levantó en brazos otra vez —semen resbalándome por los muslos, pechos al aire, piernas flojas— y empezó a caminar hacia el overhang, sus músculos tensándose, su polla ya endureciéndose de nuevo contra mi cadera. Yo gemía con cada paso, el corazón latiéndome loco, sabiendo que la noche seguía siendo nuestra y que Trent todavía tenía muchas formas de hacerme descubrir gemidos que ni sabía que podía soltar. El rocódromo olía a sexo y magnesio; afuera el cielo empezaba a clarear apenas, pero dentro solo existíamos él, yo y las paredes que todavía nos quedaban por conquistar.
Soy Cassidy y el pecho de Trent olía a magnesio, sudor y sexo mientras me llevaba hacia el overhang del otro lado del rocódromo. Mis piernas colgaban flojas, el semen le resbalaba por los muslos y me manchaba a él también, y yo todavía sentía los latidos de su polla medio dura contra mi cadera. El cielo por las ventanas altas empezaba a teñirse de un gris azulado; faltaba poco para el amanecer y yo solo quería que me destrozara una vez más antes de que el mundo real volviera.
Llegamos al techo inclinado. Trent me enganchó el arnés a tres puntos de anclaje con movimientos rápidos y seguros de bombero. Me soltó. Quedé completamente suspendida, sin pies en ningún lado, las piernas abiertas por las correas, el culo al aire, el coño hinchado y goteando mirando al vacío de doce metros. El arnés me apretaba las caderas y me mantenía abierta como una ofrenda. Él se colgó delante de mí, se bajó un poco y metió la cara entre mis muslos sin avisar.
Su lengua me encontró caliente y voraz. Lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada lenta, recogiendo el semen que todavía salía, y después se concentró en chuparme el clítoris hinchado con una presión rítmica que me hizo arquear la espalda en el aire. Grité. El eco rebotó en las paredes. Nunca nadie me había comido así, colgada, sin poder escapar ni cerrar las piernas. Sus manos me abrían más los glúteos; la lengua se clavó dentro de mi entrada, follándome con ella, empujando el resto de su leche hacia dentro otra vez.
—Trent… joder, no pares… —supliqué, la voz ya rota—. Me voy a correr otra vez solo con tu boca…
Él gruñó contra mi coño y aceleró. Dos dedos entraron fácil, curvados, frotando ese punto mientras la lengua me circundaba el ano y después lo empujaba también, húmeda y atrevida. El contraste me volvió loca. Estaba flotando, solo sujetada por el arnés y por él, y el orgasmo subió como una descarga. Me contraje alrededor de sus dedos, gritando su nombre, las piernas temblando en el aire, el coño chorreando sobre su cara. Él no paró. Me lamió a través del orgasmo hasta que lloré de puro exceso, hasta que le rogué.
—Fóllame… por favor, métela… no aguanto más…
Se levantó entre mis muslos suspendidos, la polla otra vez gruesa y dura, brillante de saliva y de mis jugos. Me miró a los ojos verdes mientras alineaba la cabeza con mi entrada y empujaba de un solo golpe hasta el fondo. Grité más alto. Estaba tan abierta, tan sensible, y la sensación de colgar mientras él me follaba me partió por dentro. Cada embestida me hacía balancearme; él controlaba el vaivén con las manos firmes en mis caderas, entrando y saliendo con fuerza de bombero, la cabeza gruesa rozándome ese punto interno una y otra vez.
—Mírate, ingeniera —gruñó, voz ronca—. Completamente colgada, sin suelo, solo mi polla sosteniéndote. Dime qué sientes.
—Que me estás destrozando… y que quiero que me uses hasta que no pueda gritar más —confesé, aferrada a las correas—. Más duro, Trent. Quiero sentir que solo tú me impides caer.
Él rio bajo y obedeció. Embestidas profundas, potentes, el sonido húmedo y obsceno de mi coño tragándoselo llenaba el rocódromo vacío. Una mano me subió al pecho, pellizcó un pezón, lo torció; la otra me frotó el clítoris al ritmo. Yo miraba hacia abajo entre mis piernas: su verga entrando y saliendo brillante, y más abajo las colchonetas lejanas. El vértigo se mezcló con el placer y me corrí de golpe, gritando sin control, el coño exprimiéndole la polla en espasmos violentos mientras el semen anterior salía a chorros con cada contracción. Él me folló a través del orgasmo, alargándolo hasta que las lágrimas me corrían por la cara, y solo entonces se clavó hasta el fondo y se corrió otra vez, chorros calientes bombeándome el útero, rebosando, gotas cayendo al vacío.
Me desenganchó con cuidado, me bajó a una repisa más ancha cerca de las ventanas. El cielo ya tenía un tono rosa pálido. Me sentó a horcajadas sobre sus muslos, todavía empalada, y me acarició la cara con dedos callosos.
—Ahora despacio —susurró—. Quiero que te vengas mirándome a los ojos mientras sientes cada vena. Sin prisa. Solo nosotros y el amanecer.
Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Él me levantó un poco y me bajó centímetro a centímetro, tan lento que sentí cada pulso de su polla, cada vena, cómo me abría otra vez aunque ya estuviera destrozada de placer. Me miró a los ojos todo el tiempo. Yo también. Mis manos en sus hombros sudorosos, mis pechos rozándole el pecho, el clítoris aplastado contra su pubis en cada bajada. El movimiento era casi cruel de lo deliberado. Cada subida me dejaba hueca y desesperada; cada bajada me llenaba hasta el fondo y me sacaba un gemido largo, gutural.
—Cassidy… —murmuró, voz baja—. Llevo semanas soñando con este primer gemido tuyo. Y joder… has gemido como nunca imaginé. Baja más despacio. Siente cómo te lleno.
Lo hice. Me empitoné con una lentitud que me hacía temblar, el coño contrayéndose solo de tenerlo así de profundo. Él me sujetaba las caderas, guiándome, pero sin acelerar. El rocódromo olía a sexo crudo y magnesio; afuera el sol empezaba a rozar los edificios. Yo sentía cada latido dentro, el ardor dulce de tanto uso, el placer acumulándose otra vez en el bajo vientre como lava. Lágrimas de intensidad me picaron los ojos.
—Voy a correrme… mirándote —susurré—. No pares… así…
Él empujó un poco más profundo desde abajo, todavía lento, y el orgasmo llegó como una ola gruesa y profunda. Me contraje alrededor de él en espasmos largos, mirándole a los ojos verdes dilatados, gritando su nombre en un gemido que salió de lo más hondo del pecho. Él me sostuvo contra su pecho mientras me venía, besándome la boca, y después gruñó y se corrió también, llenándome otra vez con chorros calientes que me rebosaron y resbalaron por donde estábamos unidos. Nos quedamos así, jadeando, sudorosos, su polla palpitando dentro de mí, el semen mezclándose con mis jugos y goteando sobre la resina.
Él me besó la frente, la nariz, los labios suavemente. Me acarició la espalda con esas manos grandes y callosas.
—Ha sido mejor de lo que soñé —confesó contra mi piel—. Cada puta pared. Cada gemido. Eres mía ahora, Cassidy. Cuando abran… vamos a ducharnos juntos aquí y después te llevo a mi casa. Quiero follarte en una cama de verdad también.
Yo asentí, todavía temblando, el coño sensible y lleno, las piernas hechas gelatina. Me abrazó más fuerte, me desenganchó del todo y me bajó con cuidado hasta las colchonetas. Nos tumbamos de lado, todavía medio unidos, su semen resbalándome por el muslo, mi cara contra su pecho. El silencio del rocódromo era solo nuestro jadeo y el latido de su corazón. Por primera vez en la noche sentí paz. El reto original ya no existía; solo existíamos nosotros y lo que mi cuerpo acababa de descubrir.
Entonces oímos el ruido metálico de llaves en la puerta principal del gimnasio. Una voz masculina desconocida gritó desde abajo, alegre y demasiado cercana:
—¡Trent, tío! ¿Sigues aquí? Traje el café y las claves del almacén. ¿Abrimos ya o qué?
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