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Ascenso Compartido: Su Mejor Amiga Se Abre en lo Alto

Bianca, una ejecutiva de 32 años, y su mejor amiga Imani, arquitecta de 29, se comen los coños mojados con ganas en lo alto de una montaña

12 min read September 29, 2026New

Bianca, la ejecutiva de treinta y dos años que dirigía con mano firme una de las firmas financieras más exigentes de la ciudad, respiraba con dificultad mientras el sendero se empinaba bajo sus botas de senderismo. El sol de la tarde caía oblicuo sobre las crestas rocosas, tiñendo de oro viejo las laderas que se perdían en el valle remoto. A su lado, Imani, su mejor amiga desde hacía casi una década y arquitecta de veintinueve años especializada en estructuras de gran altura, avanzaba con esa elegancia atlética que siempre la había caracterizado. Habían planeado este escape de fin de semana durante meses, entre cafés apresurados y videollamadas nocturnas. Ambas necesitaban alejarse del ruido: Bianca de las cifras que no cerraban, Imani de los plazos imposibles y los clientes insaciables. Ahora, con las mochilas ajustadas y el sudor pegando las camisetas técnicas a sus cuerpos, el mundo parecía reducirse a ese ascenso compartido.

El viento comenzó a azotarlas con más fuerza conforme ganaban altitud. Bianca sentía el pulso en las sienes, una mezcla de esfuerzo físico y algo más primitivo que no lograba identificar. Miraba de reojo a Imani: el cabello negro trenzado que se escapaba del gorro, la curva pronunciada de sus caderas bajo los pantalones ajustados, el modo en que sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada. Habían compartido tantas cosas —risas, lágrimas, secretos—, pero nunca esto que ahora flotaba entre ellas como electricidad estática.

—Esto es más duro de lo que parecía en el mapa —dijo Bianca, deteniéndose un momento para beber agua. Su voz sonó ronca, casi quebrada por el esfuerzo.

Imani se volvió hacia ella con una sonrisa lenta, esa que siempre desarmaba a cualquiera. Sus ojos oscuros brillaban con algo que iba más allá de la simple camaradería.

—Valdrá la pena cuando lleguemos al mirador. Solo un poco más, Bianca. Tú y yo siempre hemos podido con todo juntas.

El tuteo entre ellas era natural, íntimo, pero hoy cada palabra parecía cargada de doble sentido. Continuaron. El sendero se estrechó hasta convertirse en una cornisa que bordeaba un precipicio de varios cientos de metros. El corazón de Bianca latía desbocado, no solo por el miedo a la altura, sino por la cercanía del cuerpo de Imani. Cuando una ráfaga particularmente fuerte las empujó, Imani extendió la mano y la sujetó por la cintura para estabilizarla. El contacto duró apenas dos segundos, pero Bianca sintió el calor de esos dedos atravesando la tela como una marca.

Llegaron al mirador casi una hora después. Era una plataforma natural de roca plana que se proyectaba sobre el vacío, rodeada de nada más que cielo y viento. El paisaje era abrumador: cordilleras que se perdían en el horizonte, un río serpenteando como una vena de plata allá abajo, nubes bajas que rozaban las cimas vecinas. El viento rugía con furia controlada, azotando sus cabellos y pegando la ropa húmeda de sudor contra sus pieles. Bianca se sintió expuesta, vulnerable, viva como nunca. Su coño palpitaba con un latido sordo que no tenía nada que ver con el cansancio de la caminata.

Se quitaron las mochilas y se quedaron de pie al borde, hombro con hombro. Imani estaba más cerca de lo habitual. Bianca podía oler su aroma: sudor limpio, protector solar y esa nota dulce que siempre la acompañaba. El silencio se estiró, roto solo por el aullido del viento.

—Bianca… —empezó Imani, y su voz tenía un temblor que no era del frío—. Llevo años guardándome algo. Años. Desde aquella noche en mi antiguo apartamento, cuando nos emborrachamos con vino barato y nos quedamos dormidas en el mismo sofá. Te vi dormir y… joder, no pude evitar imaginarte de otra forma.

Bianca giró la cabeza lentamente. El corazón le martilleaba contra las costillas. La altura hacía que todo pareciera más intenso, como si un paso en falso pudiera lanzarla al abismo, tanto literal como figurado.

—¿De qué estás hablando, Imani?

La arquitecta respiró hondo. Sus pezones se marcaban claramente bajo la camiseta técnica, endurecidos por el viento y, Bianca empezaba a sospechar, por algo más.

—Fantaseo contigo. Con tu boca. Con tus tetas. Con tu coño. Me he corrido pensando en ti más veces de las que puedo contar. Te imagino abierta para mí, mojada, gimiendo mi nombre mientras te como entera. No es solo cariño de amigas. Es deseo. Crudo. Llevo años mojándome cada vez que te veo cruzar las piernas en una reunión o cuando te quitas el saco y se te marca el sujetador. Y ahora, aquí arriba, con este viento que parece que quiere arrancarnos la ropa… ya no puedo seguir fingiendo.

Las palabras cayeron entre ellas como piedras en un estanque quieto. Bianca sintió un calor líquido que se extendía desde su vientre hasta entre sus muslos. Su clítoris latió con fuerza, hinchándose contra la costura de sus pantalones. Nunca había imaginado que escuchar a su mejor amiga hablar así la excitaría tanto. El vértigo de la altura se mezclaba con el vértigo de la confesión. Miró los labios llenos de Imani, ligeramente entreabiertos, y se dio cuenta de que llevaba meses —quizá años— evitando mirar demasiado tiempo.

—Joder, Imani… —susurró Bianca. Su voz era grave, cargada de excitación—. No tenía idea. O tal vez sí la tenía y me daba miedo admitirlo. Porque yo también… te he mirado. Más de lo que debería.

El viento las golpeó de nuevo, haciendo que sus cuerpos se tambalearan ligeramente hacia el otro. Imani dio un paso adelante. Ya no había distancia segura. Su mano subió despacio y se posó en la cintura de Bianca, justo donde la camiseta se separaba del pantalón. Los dedos quemaban. Acarició la piel desnuda con el pulgar, trazando círculos lentos que enviaban descargas directas al coño de Bianca.

—Quiero probar tu boca —susurró Imani contra su oído, tan cerca que sus labios rozaron el lóbulo—. Quiero meterte la lengua hasta el fondo y que me la chupes como si llevaras toda la vida deseándolo. Quiero que nos comamos enteras aquí arriba, donde nadie puede vernos. ¿Me dejas, Bianca? Dime que sí.

Bianca sintió que le fallaban las rodillas. El pulso le retumbaba en los oídos, más fuerte que el viento. Su mente era un torbellino de pensamientos: Esto es una locura. Estamos a dos mil metros de altura. Es mi mejor amiga. Y sin embargo mi coño está empapado, latiendo, suplicando. No respondió con palabras. En cambio, tomó el rostro de Imani entre sus manos —manos que temblaban de pura necesidad— y la besó.

El beso no fue suave. Fue hambre pura. Sus bocas chocaron con urgencia, labios que se abrían, lenguas que se buscaban con avidez. Imani gimió dentro de la boca de Bianca, un sonido gutural que vibró directamente en su clítoris. Se devoraron mutuamente, inclinando las cabezas para profundizar más, mordiendo, succionando, lamiendo. El viento azotaba sus cabellos alrededor de ellas como si celebrara el momento. Bianca sintió las manos de Imani bajar hasta su culo, apretando las nalgas firmes con fuerza posesiva, pegándola contra su cuerpo. Los pechos de ambas se aplastaron, pezones duros rozándose a través de las telas.

—Dios, qué bien sabes —jadeó Imani cuando se separaron apenas para respirar. Un hilo de saliva unía sus labios—. Llevo tanto tiempo queriendo esto… Tu boca es mejor de lo que imaginaba.

Bianca no contestó con palabras. Volvió a besarla, esta vez deslizando una mano bajo la camiseta de Imani, subiendo por la piel caliente y sudorosa hasta encontrar un seno firme y pesado. Lo apretó, pellizcó el pezón erecto entre sus dedos y sonrió al oír el gemido ahogado que arrancó de la garganta de su amiga. Imani respondió del mismo modo, metiendo la mano por la cinturilla del pantalón de Bianca, rozando apenas el borde de sus bragas empapadas.

—Estás mojada —gruñó Imani contra su boca—. Muy mojada. Quiero bajarte los pantalones y hundir mi cara entre tus piernas. Quiero lamerte el coño hasta que tiembles y te corras en mi lengua mientras el viento nos azota.

Bianca sintió que su interior se contraía de puro deseo. Empujó a Imani contra una roca plana que servía de respaldo natural, presionando su muslo entre las piernas de la arquitecta. Podía sentir el calor del sexo de Imani incluso a través de la ropa. Se frotaron así, besándose con furia renovada, manos que exploraban, pellizcaban, arañaban con deliciosa desesperación. El riesgo de la altura, la posibilidad de que alguien apareciera por el sendero, el viento que parecía querer desnudarlas… todo amplificaba cada sensación.

—Quiero entregarme completamente —confesó Bianca entre beso y beso, mordiendo el labio inferior de Imani—. Aquí. Contigo. Ahora. Pero no quiero que sea rápido. Quiero saborearte despacio, Imani. Quiero que nos comamos los coños mojados con ganas, como tú dices… hasta que no podamos más.

Imani sonrió con los ojos nublados de lujuria, la respiración entrecortada. Bajó la cabeza y lamió el cuello de Bianca, succionando la piel sensible justo donde latía el pulso.

—Entonces empecemos —susurró, deslizando ya los dedos más abajo, rozando el borde del clítoris hinchado por encima de la tela empapada—. Porque llevo demasiado tiempo esperando para follarte como mereces.

Sus cuerpos seguían pegados, bocas hambrientas, manos cada vez más atrevidas. El sol descendía y el viento no cesaba. Ninguna de las dos quería parar, pero ambas sabían que esto apenas empezaba. El verdadero ascenso, el que las llevaría a lamerse y correrse sin control, aún estaba por llegar. Y en lo alto de aquella montaña remota, con el corazón acelerado por la altura y el deseo, Bianca e Imani se prometieron en silencio que no bajarían de allí sin haberse devorado por completo.

Bianca no pudo contenerse más. El deseo que había ardido entre ellas durante años explotó en el mirador azotado por el viento, y fue Imani quien tomó el control primero. Con un gruñido ronco, la arquitecta de veintinueve años se dejó caer de rodillas sobre la roca plana y fría del suelo, ignorando cómo las aristas irregulares se clavaban en su piel. Agarró las caderas de Bianca con ambas manos, los dedos fuertes hundidos en la carne firme de la ejecutiva de treinta y dos años, y le bajó los pantalones y las bragas de un tirón brusco. El viento helado golpeó el coño empapado de Bianca como una bofetada, haciendo que sus labios hinchados palpitara visiblemente, brillando con sus jugos espesos.

—Arrodíllate y devórame, zorra —ordenó Bianca, la voz rota por la lujuria, abriendo más las piernas mientras se apoyaba contra la roca que les servía de respaldo—. Quiero tu lengua bien adentro de mi coño mojado. Lámeme como si te murieras de hambre por mí.

Imani no necesitó que se lo repitiera. Hundió la cara entre los muslos temblorosos de su amiga y lanzó una lamida larga, profunda, desde el ano fruncido hasta el clítoris hinchado y rojo. El sabor salado y dulce de Bianca le inundó la boca, espeso, caliente, y gimió contra la carne abierta como si estuviera probando el néctar más adictivo del mundo. Su lengua se abrió paso entre los labios hinchados, follándola con lentas penetraciones que llegaban hasta donde podía, curvándose dentro de las paredes apretadas y resbaladizas. Luego subió y atrapó el clítoris entre los labios, succionando con fuerza brutal mientras sus dedos se clavaban más en las caderas de Bianca para mantenerla inmóvil.

—Joder, sí… así, puta, chúpame el clítoris más fuerte —jadeó Bianca, una mano enredada en las trenzas de Imani, tirando de ella para pegarla más contra su sexo—. Tu boca se siente tan bien en mi coño… Llevo años mojándome pensando en esto y ahora me estás comiendo como una perra en celo. No pares, trágatelo todo.

El viento rugía a su alrededor, azotando sus cuerpos semidesnudos, pero el frío solo hacía que el calor entre las piernas de Bianca se sintiera más intenso. Pensaba, mientras gemía sin control, que nunca había sentido algo tan sucio y perfecto: su mejor amiga de rodillas en lo alto de una montaña, devorándole el coño con lamidas obscenas que producían sonidos húmedos y obscenos que se perdían en el vacío. Imani succionaba el clítoris con avidez, tirando de él, lamiéndolo en círculos rápidos y luego volviendo a hundir la lengua en el interior, follándola sin piedad. Los jugos de Bianca le corrían por la barbilla, goteando sobre la roca.

Pero Bianca quería dominar también. Con un empujón repentino, tumbó a Imani de espaldas sobre el suelo del mirador. La arquitecta cayó con las piernas abiertas, la camiseta subida hasta el cuello, los pechos pesados expuestos al viento. Bianca se lanzó sobre ella como una depredadora, le arrancó los pantalones del todo y le abrió los muslos de un manotazo.

—Ahora te follo yo, mi puta favorita —gruñó, metiendo dos dedos gruesos y curvados directamente en el coño chorreante de Imani. Los movió con precisión, buscando ese punto rugoso dentro que sabía que la volvería loca, follándola con embestidas rápidas y profundas mientras su boca se cerraba sobre un pezón oscuro y erecto. Lo chupó con fuerza salvaje, mordiendo después, tirando de él con los dientes hasta que Imani arqueó la espalda y gritó.

—Más fuerte, Bianca… méteme los dedos hasta el fondo, fóllame como la zorra que soy —suplicó Imani entre gemidos, las caderas moviéndose para encontrarse con cada penetración. Sentía los dedos de su amiga curvados perfectamente, frotando su punto G sin descanso, mientras los dientes y la lengua castigaban sus tetas sensibles. El dolor y el placer se mezclaban, y su coño apretaba los dedos invasores, soltando más jugos que le corrían por el culo y manchaban el suelo de roca.

Bianca no dejaba de hablarle sucio, alternando entre dominar y rendirse al deseo mutuo.

—Tu coño está tragándose mis dedos, Imani. Estás empapada como una perra. Quiero que te corras en mi mano mientras te muerdo las tetas.

Pero pronto el hambre de probarse mutuamente fue demasiado. Bianca sacó los dedos, los lamió con mirada lasciva y ordenó:

—Date la vuelta. Vamos a la 69. Quiero frotar mi coño mojado contra tu boca mientras tú haces lo mismo con el mío.

Se colocaron con urgencia en el suelo del mirador, Bianca encima, bajando su sexo empapado directamente sobre la cara de Imani al mismo tiempo que hundía la suya entre las piernas abiertas de su amiga. Sus coños se restregaron contra las bocas con ganas brutales: labios hinchados frotándose contra lenguas ansiosas, clítoris resbalando sobre narices y barbillas, jugos mezclándose en un desastre caliente y resbaladizo. Se lamían con desesperación, succionando clítoris, follándose las bocas con movimientos de cadera sucios y rápidos. El viento las golpeaba, el riesgo de la altura las volvía más salvajes.

—Frota ese coño en mi cara, Bianca… úsame de asiento, zorra —masculló Imani desde abajo, la voz ahogada por la carne caliente que la cubría. Su lengua entraba y salía del agujero de Bianca mientras esta molía su clítoris contra su nariz.

Bianca respondió hundiendo la cara más profundo, lamiendo el ano de Imani antes de volver al clítoris, succionándolo con fuerza mientras sus propias caderas se movían en círculos obscenos.

—Te estoy follando la boca con mi coño, Imani. Cómetelo todo, traga mis jugos como la puta que eres. Me voy a correr en tu cara…

Los gemidos se volvieron gritos. Los cuerpos se tensaron al unísono, dominando y sometiéndose por turnos en un frenesí consentido y sucio. El orgasmo las golpeó al mismo tiempo, intenso, devastador. Bianca gritó contra el coño de Imani mientras su propio sexo convulsionaba, soltando un chorro caliente de placer que inundó la boca de su amiga. Imani arqueó las caderas y chilló también, el orgasmo sacudiéndola con violencia, sus paredes contrayéndose alrededor de la lengua de Bianca mientras ambas temblaban sin control, los gritos perdidos en el viento de la montaña.

Jadeando, todavía con las bocas pegadas a los coños palpitantes, se separaron lo justo para girar y unirse en un beso lento y profundo, saboreando sus propios jugos mezclados en las lenguas. Se miraron con complicidad renovada y pura lujuria, sin una gota de ternura.

—Esto solo es el principio de lo que vamos a hacer a escondidas —dijo Bianca, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—. Bajaremos de esta puta montaña de la mano y en cuanto lleguemos a la ciudad te voy a follar en cada rincón de mi apartamento hasta que no puedas caminar.

Se vistieron deprisa, todavía oliendo a sexo y sudor, y comenzaron el descenso agarradas de la mano. Mientras el sendero descendía, planeaban ya el siguiente encuentro: ataduras improvisadas con corbatas de seda, horas con la cara enterrada entre las piernas de la otra, vibradores que comprarían esa misma noche. El sol se hundía tras las crestas cuando Imani miró a Bianca con una sonrisa sucia y soltó la última frase, ronca y sin ninguna suavidad:

—Cuando te tenga en mi cama te voy a abrir el culo con la lengua hasta que me ruegues que te meta los dedos en los dos agujeros a la vez, guarra.

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