Última Travesía: Su Mejor Amiga Se Entrega en el Ferry
Dos amigas adultas, Laura de 32 y Carla de 29, se comen los coños con ansia en el último ferry nocturno.
Laura, ejecutiva de treinta y dos años con el traje sastre aún ceñido después de la reunión interminable en la capital, subió al último ferry nocturno con el maletín colgando de un hombro y el corazón latiéndole más rápido de lo que admitiría. El estrecho se extendía negro bajo la luna llena, y el olor a salitre y gasoil le llenó las narices mientras buscaba un sitio en la cubierta casi desierta. Allí estaba Carla, su mejor amiga de toda la vida, fotógrafa de veintinueve años con la cámara colgada al cuello y una falda corta que se movía con el viento. Se habían visto poco en los últimos meses, pero cada encuentro cargaba miradas que duraban demasiado, bromas que rozaban lo prohibido, y esa tensión que ambas fingían ignorar.
—Joder, Laura —dijo Carla acercándose, la voz baja y ronca—. Pensé que te habías perdido el ferry. Otra vez sola en la cubierta a las dos de la mañana.
Laura sonrió, dejando el maletín a un lado y apoyándose en la barandilla. El barco se mecía suave. —No iba a dejar que te fueras sola a casa. Llevo años mirándote como si quisiera comerte entera y esta noche… esta puta noche el aire está demasiado denso para seguir fingiendo.
Carla se quedó mirándola, los labios entreabiertos. El viento le revolvía el pelo oscuro. —Lo sé. Cada vez que te abrazo siento cómo se me moja el coño. He fantaseado con tenerte encima, con lamerte hasta que grites mi nombre. Ya no puedo más, Laura. Quiero follarte esta misma noche. Aquí. Ahora.
Laura sintió un calambrazo directo a la entrepierna. Asintió sin dudar. —Yo también. Deseo meterte la lengua hasta el fondo y oírte gemir como una puta. Vamos a dejarnos de tonterías.
Se besaron ahí mismo, bajo la luna, con hambre acumulada de años. Bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Carla agarró la blusa de Laura y la apretó contra la barandilla; Laura metió las manos bajo la falda de su amiga y le agarró el culo firme. El beso se volvió húmedo, saliva compartida, gemidos ahogados por el ruido del motor. Cuando se separaron un segundo, Carla jadeaba.
—Llevo semanas masturbándome pensando en tu coño —confesó, la voz temblando de ganas—. En lamerte los pliegues, en chuparte el clítoris hasta que te corras en mi boca. Quiero saborearte completa.
Laura no contestó con palabras. Deslizó la mano por debajo de la falda de Carla, empujó la tela de las bragas a un lado y metió dos dedos entre los labios hinchados. Estaba empapada, resbaladiza, caliente. —Mírate… chorreando solo de pensarlo. Qué coño más jodidamente mojado tienes.
Carla arqueó la espalda y soltó un gemido gutural. —Joder, sí… tócame más.
Pero Laura sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó despacio, manteniendo la mirada fija. —Sabe a ganas. Vamos abajo, a la bodega de vehículos. Nadie nos va a ver ahí.
Bajaron las escaleras metálicas con prisa, el corazón martilleándoles en las sienes. La zona de coches estaba en penumbra, apenas unas luces de seguridad y el vaivén del ferry. Entre dos sedanes aparcados encontraron un hueco estrecho. Laura empujó a Carla contra la chapa fría del capó de un coche, le subió la falda de un tirón hasta la cintura y le arrancó las bragas negras, tirándolas al suelo. El coño de Carla quedó expuesto: labios hinchados, brillantes de jugos, el clítoris asomando.
Laura se arrodilló en el suelo metálico, sin importarle las rodillas. Abrió los muslos de su amiga con las manos y enterró la cara ahí. Lengua plana primero, lamiendo de abajo arriba, saboreando el sabor salado y dulce. Luego se concentró en el clítoris, chupándolo con fuerza, metiendo la punta de la lengua en círculos rápidos. Carla se agarró al pelo de Laura, empujándola más contra su coño, y gimió sin contención.
—Ahhh… sí, cómeme el coño… así, más profundo… joder, Laura, me estás matando…
Laura metió la lengua dentro, follándola con ella, bebiendo los jugos que le chorreaban por la barbilla. Los muslos de Carla temblaban. El olor a sexo llenaba el aire cerrado entre los coches. Cuando sintió que Carla estaba al borde, se detuvo y se levantó. Se besaron otra vez, Carla lamiéndole la boca para probarse a sí misma.
—Ahora tú —ordenó Carla, casi sin aire—. Siéntate.
Se intercambiaron. Carla trepó al capó del coche, se abrió de piernas y Laura se colocó entre ellas. Le bajó la blusa, le liberó los pechos y se abalanzó a chupar un pezón duro mientras metía dos dedos gordos en el coño empapado de Carla. Los empujó hondo, curvándolos contra ese punto que hacía que Carla se retorciera.
—Más… fóllame con los dedos… chúpame las tetas… voy a correrme…
Laura chupaba un pezón y luego el otro, mordisqueando suave, mientras los dedos entraban y salían con ruido húmedo. Carla se corrió la primera vez así, apretando los dedos de Laura, soltando un grito ahogado y un chorro de jugos que le mojó la muñeca. Pero no pararon. Se bajaron al suelo frío, se quitaron lo que les quedaba de ropa a manotazos y se metieron en un 69 salvaje. Laura se tumbió de espaldas; Carla se montó encima al revés, el coño sobre la boca de su amiga y la cara entre las piernas de Laura.
Se devoraron. Lenguas metidas hasta el fondo, labios chupando clítoris hinchados, dedos ayudando a abrir más. Carla gemía contra el coño de Laura mientras lamiía y tragaba; Laura empujaba las caderas hacia arriba, frotándose la cara de Carla, bebiendo cada gota. El sonido era obsceno: chupidos, gemidos, el chapoteo de lenguas en coños chorreantes. Laura sintió el orgasmo subir como una ola; se corrió fuerte en la boca de Carla, empujándole la cabeza contra su coño y gritando su nombre entre dientes. Carla la siguió segundos después, convulsionando, soltando jugos que Laura lamió y tragó con avidez, sin dejar ni una gota.
Se quedaron un momento jadeando, una encima de la otra, el sudor mezclado con los fluidos. Después se limpiaron mutuamente con la lengua: Laura lamió los muslos de Carla, recogiendo lo que había corrido; Carla le besó el coño a Laura una última vez, saboreando la corrida residual. Se besaron de rodillas, compartiendo el sabor de ambas, lenguas lentas y profundas, repletas de su propio jugo.
El ferry empezó a ralentizar. Se oían las sirenas del puerto acercándose. Se vistieron a medias, las bragas de Carla olvidadas en algún rincón, la blusa de Laura abierta. Se miraron, aún con las mejillas sonrojadas y los labios hinchados.
—No voy a casa sola —dijo Laura, la voz todavía ronca—. Ni tú tampoco. Vamos a reservar una habitación en el primer hotel que veamos. Esta noche no se acaba aquí. Quiero follarte en una cama de verdad, quiero que me montes la cara otra vez, quiero que me dejes el coño destrozado hasta el amanecer.
Carla sonrió, tomándole la mano y llevándosela a la boca para chupar los dedos que aún olían a ella. —La última travesía solo acaba de empezar. Esta noche eres mía completa. Y yo tuya. Vamos a follar hasta que no podamos caminar.
El ferry atracó. Bajaron juntas, el cuerpo aún temblando, la tensión sexual lejos de haberse agotado, sabiendo que la habitación las esperaba y que lo que habían hecho entre los coches solo había sido el aperitivo de una noche que prometía no tener fin.
Bajaron del ferry todavía con las piernas temblorosas y el olor a sexo pegado a la piel. Laura apretó la mano de Carla con fuerza mientras buscaban el primer hotel de mala muerte cerca del puerto; las luces de neón parpadeaban sobre la fachada desgastada y el recepcionista ni levantó la vista cuando pidieron una habitación doble por una noche. La llave crujió en la cerradura del segundo piso. Apenas cerraron la puerta, Carla empujó a Laura contra la pared y le arrancó lo que quedaba de la blusa. Los pechos de Laura saltaron libres, pezones ya duros otra vez, y Carla se abalanzó a chuparlos con ansia, mordisqueando la carne blanda mientras le bajaba la falda del traje de un tirón.
—Quiero montarte la cara hasta que te ahogues con mi coño —jadeó Carla, la voz ronca, desnudándose completa. Su falda cayó al suelo. Estaba sin bragas, el coño hinchado y brillante todavía de lo que habían hecho en la bodega—. Tú también, quítatelo todo. Ahora.
Laura obedeció, tirando la ropa al rincón. Se tumbaron en la cama estrecha, el colchón crujiendo. Carla se subió de inmediato a horcajadas sobre el rostro de Laura, abriéndose de muslos y bajando su coño empapado directo a la boca abierta. Laura gimió al sentir el peso, la humedad caliente cubriéndole labios y nariz. Sacó la lengua y la clavó hondo, lamiendo los pliegues hinchados, chupando el clítoris que ya latía contra su lengua. Carla se frotó sin pudor, balanceando las caderas, frotándose la cara de su amiga como si fuera un cojín.
—Cómeme, puta… trágate todo… ahhh, joder, así… mete la lengua más adentro…
Laura agarró el culo firme de Carla con ambas manos y la apretó contra su boca, bebiendo los jugos que le chorreaban por la barbilla y el cuello. El sabor era más intenso ahora, salado y espeso, y el olor llenaba la habitación pequeña. Carla se inclinó hacia adelante, se agachó y abrió las piernas de Laura de un manotazo. Se lanzó a su coño a cuatro patas, en un 69 brutal otra vez, pero más salvaje. Lengua plana, chupones fuertes en el clítoris hinchado de Laura, dos dedos metiéndose de golpe hasta el fondo y curvándose contra ese punto esponjoso.
—Me voy a correr en tu puta cara —gruñó Carla contra el coño de Laura, la voz vibrando—. Y tú en la mía. Fóllame la boca con ese coño.
Laura empujó las caderas hacia arriba, frotándose desesperada mientras chupaba y lamía sin parar. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos ahogados, el crujido de la cama. Carla se corrió primero, convulsionando encima de la cara de Laura, soltando un chorro caliente que Laura tragó y lamió hasta la última gota, sin dejar de follarla con la lengua. El orgasmo la sacudió entera; gritó el nombre de Laura contra su coño y apretó los muslos alrededor de su cabeza. Laura la siguió segundos después, el orgasmo subiéndole desde el vientre como una descarga, contrayéndose alrededor de los dedos de Carla y chorreando jugos que Carla lamió con avidez, chupando y bebiendo como si se estuviera muriendo de sed.
No pararon. Se separaron solo lo justo para girarse. Laura empujó a Carla de espaldas, le abrió las piernas de par en par y se metió entre ellas. Esta vez usó toda la mano: tres dedos gordos entrando y saliendo con fuerza, el pulgar frotando el clítoris hinchado mientras le chupaba un pezón y luego el otro. Carla se retorcía, las uñas clavándose en la espalda de Laura, gritando sin contención.
—Más duro… fóllame el coño como una perra… destrozamelo… quiero que me duela mañana…
Laura metió un cuarto dedo, estirándola, sintiendo cómo el coño de Carla se cerraba caliente y resbaladizo alrededor de su mano. La follaba con golpes secos, el ruido húmedo llenando la habitación junto con los gemidos guturales de Carla. Se inclinó y le lamió el clítoris al mismo tiempo, chupándolo entre los labios mientras los dedos entraban hasta el fondo. Carla se corrió otra vez, más fuerte, arqueando la espalda y soltando un grito largo mientras un nuevo chorro mojaba la muñeca y la sábana de Laura. El cuerpo le temblaba sin control.
Se intercambiaron de nuevo. Carla hizo que Laura se pusiera a cuatro patas, le abrió los labios del coño con los pulgares y le enterró la cara desde atrás. Lengua metida hasta el fondo, nariz rozando el culo, chupando y lamiendo sin piedad. Metió la lengua en círculos dentro, luego salió para chupar el clítoris hinchado desde atrás, dos dedos follándola al mismo tiempo. Laura empujaba el culo hacia atrás, contra la cara de su amiga, gimiendo como una puta.
—Sí… cómeme el coño así… más profundo… joder, Carla, me estás matando… voy a correrme otra vez…
Carla no paró. Le metió la lengua y los dedos a la vez, bebiendo cada gota, hasta que Laura se corrió gritando, las piernas fallándole, el orgasmo sacudiéndola tan fuerte que se derrumbó de cara al colchón, el cuerpo convulsionando mientras Carla seguía lamiendo y chupando los restos. Se quedaron un momento así, jadeando, sudorosas, el coño de ambas palpitando y abierto.
Pero no bastaba. Carla se subió encima otra vez, esta vez cara a cara, y juntó sus coños hinchados. Empezó a frotarse contra Laura, labios contra labios, clítoris rozando clítoris en un vaivén húmedo y desesperado. Los jugos se mezclaban, el roce era eléctrico, resbaladizo. Laura agarró las caderas de Carla y la ayudó a moverse más rápido, más fuerte, frotándose hasta que el calor les subía otra vez por el vientre.
—Mírame —ordenó Laura, la voz rota—. Quiero verte correrte en mi coño.
Carla aceleró, gimiendo, los pechos rebotando, el pelo pegado a la cara por el sudor. Se corrieron juntas, el roce volviéndose frenesí, los cuerpos tensándose y soltándose en oleadas de placer que las dejaron temblando y sin aire. Se besaron después, lentas, compartiendo el sabor de ambas otra vez, lenguas pesadas de jugos y saliva.
Se desplomaron una al lado de la otra, pechos subiendo y bajando, el colchón empapado debajo. Laura extendió una mano y acarició el muslo de Carla, todavía resbaladizo. El silencio de la habitación se llenó solo del ruido lejano del puerto y de sus respiraciones. Habían follado hasta que los músculos les dolían, hasta que los coños les palpitaban sensibles y abiertos, hasta que no quedaba más jugo que lamer.
Carla se giró y apoyó la cabeza en el pecho de Laura, pero la sonrisa se le había ido. Laura miraba el techo agrietado, el corazón todavía acelerado, y de pronto algo se le asentó en el pecho como una piedra fría. El placer se desvanecía y dejaba un hueco raro. Pensó en el ferry, en los años de amistad, en las risas, en las confidencias… y en cómo acababan de romperlo todo por unas horas de coño y lengua. Carla habló bajo, casi sin voz:
—Laura… ¿qué coño hemos hecho?
Laura no respondió de inmediato. Sintió el ardor todavía entre las piernas, el sabor de Carla en la boca, pero también una duda que le subía por la garganta como bilis. La miró de reojo. Los labios hinchados de Carla, las marcas de dedos en las caderas, el coño todavía abierto y brillante… todo eso había sido perfecto. Y sin embargo algo estaba mal. Muy mal. Como si al entregarse así hubieran perdido algo que ya no podrían recuperar. El amanecer empezaba a filtrarse por la cortina barata y Laura solo pensó, con un nudo frío en el estómago, que quizás la última travesía no había valido la pena.
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