Su Vecina Divorciada se Entrega en el Probador
En el probador, mi vecina Marisol se arrodilla y me ruega que le folle duro con mi polla negra.
No sabía que el turno de tarde en el Zara del centro comercial de la Castellana iba a acabar conmigo metiéndole la polla a mi vecina hasta el fondo del coño. Me llamo Emmett, tengo veinticuatro años, soy negro, alto, y llevo ocho meses viviendo en el tercero B del mismo edificio que Marisol. Ella tiene treinta y ocho, es española, rubia oscura, curvas de madre que aún no ha tenido hijos, culo redondo y tetas pesadas que siempre se le marcan bajo las camisetas. Divorciada hace dos años. Desde el día que me mudé me miraba en el ascensor con esa sonrisa ladeada, los ojos bajando a la entrepierna sin disimulo del todo. Yo le devolvía la mirada y me iba a mi piso con la polla semi dura, imaginándome exactamente lo que acabó pasando.
Aquella tarde de jueves la vi entrar. Llevaba vaqueros ajustados y una blusa blanca. En cuanto me reconoció se le iluminó la cara. —Emmett… vaya, no sabía que trabajabas aquí. —Sí, Marisol. ¿Buscas algo en concreto? Ella recogió tres vestidos y dos faldas de talle alto, todas de tela elástica, y se dirigió al probador del fondo. El de la cortina gruesa, el que casi nadie usa a esa hora. Antes de entrar se giró. —¿Me echas una mano con la cremallera de este? Se me atasca siempre en la espalda.
Entré detrás de ella. El cubículo olía a perfume caro y a ella. Marisol se quitó la blusa delante mío sin pedirme que mirara a otro lado. El sujetador negro empujaba las tetas hacia arriba; la piel blanca contrastaba con mis manos oscuras cuando subí la cremallera del vestido rojo. Mis nudillos rozaron la columna. Ella se estremeció y apretó el culo hacia atrás, justo contra mi entrepierna. Noté cómo se me endurecía al instante. —Más arriba… así —susurró—. Qué calor hace aquí dentro, ¿verdad?
La tensión era un cable tirante. Mis dedos terminaron de cerrar y se quedaron un segundo de más en su nuca. Ella se miró al espejo, se giró de lado, y el vestido marcaba cada curva. —¿Qué te parece? ¿Me queda bien o parezco una tía desesperada? —Te queda de puta madre —contesté con la voz ronca—. Se te ve todo lo que hay que ver.
Marisol sonrió con picardía, esa misma sonrisa del ascensor pero más abierta. —Llevo fantaseando contigo desde que te mudaste, Emmett. En serio. Cada vez que te veo bajar las escaleras con esos pantalones deportivos se me moja el coño. Me imaginaba tu polla negra grande, cómo me la meterías… y yo casada todavía, joder. Ahora que estoy libre no me aguanto.
Se giró del todo, me agarró la mano y la puso sobre su culo. Lo apretó contra mi palma y luego frotó deliberadamente las nalgas contra la erección que ya se me marcaba. —Dime la verdad. ¿Tú también has pensado en follarme? Tragué saliva. —Todas las putas noches. —Entonces vamos a follar aquí mismo —dijo ella, y cerró la cortina con un tirón seco, dejándonos a oscuras salvo la luz del plafón—. Nadie viene a esta hora. Y si vienen, que oigan.
Me empujó contra la pared del probador. Sus manos abrieron mi cinturón, bajaron la cremallera y sacaron mi polla. Estaba dura como piedra, gruesa, la cabeza ya brillante de precum. Marisol se le quedó mirando con la boca entreabierta. —Hostia… es aún más gorda de lo que soñaba.
Se arrodilló en el suelo del cubículo, las rodillas sobre la moqueta. Me agarró la base con las dos manos y me lamió desde las pelotas hasta la punta, lenta, saboreando. Después abrió la boca y se la metió entera de un golpe, gimiendo por la nariz. El calor húmedo de su garganta me hizo echar la cabeza atrás. Chupaba con ansia, babas resbalando por la verga negra, los labios estirados alrededor del grosor. —Nunca había probado una verga tan grande —jadeó al sacar la boca, hilillos de saliva colgando—. Me voy a atragantar y me da igual. Fóllame la cara, anda.
Le agarré el pelo y empecé a mover las caderas. Ella se dejó, abriendo más la garganta, tragando hasta que la nariz le rozaba el pubis. Cada vez que llegaba al fondo gemia y se tocaba el coño por encima de las bragas. El sonido de succión llenaba el probador. Sacó la polla, la golpeó contra la lengua y volvió a engullirla. —Me la trago toda… joder, Emmett, te la voy a chupar cada vez que te vea en el edificio.
No aguanté más. La levanté, le di la vuelta y la pegué contra el espejo de cuerpo entero. Le subí el vestido hasta la cintura, le bajé las bragas negras hasta los tobillos y le separé los muslos. Su coño estaba empapado, los labios hinchados, el clítoris asomando. Me froté la cabeza contra la entrada y empujé de un solo embiste. Entró entera. Marisol soltó un grito ahogado y abrió las manos contra el cristal. —¡Ah, joder, qué gorda…! Dámela toda, no te cortes.
La sujeté por las caderas y empecé a follarla de pie, fuerte, el sonido de piel contra piel ecoando. Cada embestida le aplastaba las tetas contra el espejo; se le marcaban los pezones duros. Yo miraba su cara reflejada: boca abierta, ojos entornados, mejillas ya rojas. —Más duro —pidió—. Fóllame como si fuera tu puta. Quiero sentir esa polla negra hasta el útero.
Obedecí. Le agarré el cuello por detrás sin apretar de más, solo para controlarla, y aceleré. El coño se le contraía alrededor de mí, chupándome. El vestido le caía por un hombro. Sudor en la espalda blanca. Yo gemía bajo, diciéndole lo apretada que estaba, lo bien que me la chupaba por dentro. —Voy a correrme si sigues así —avisé. —Aún no. Ponme a cuatro patas.
Saqué la polla, reluciente de sus jugos. Marisol se arrodilló sobre el banquito del probador, codos en el asiento, culo en alto, las tetas colgando y rebotando en cuanto volví a clavársela de un golpe. La embestí salvajemente, agarrándola de las caderas con fuerza, viendo cómo se le movía todo el cuerpo. Cada embiste le sacaba un gemido más alto. —Así… así, destroza ese coño… es tuyo, Emmett. Fóllame más fuerte, por favor, te lo ruego. Quiero que me dejes coja.
Le di una palmada en una nalga y luego en la otra. Se le puso la piel rosa. Metí el pulgar en su culo mientras la polla le entraba y salía del coño, y ella se vino la primera vez con un temblor que le recorrió las piernas. El coño le ordeñaba, caliente, empapado. Seguí follándola sin parar, usando su orgasmo para ir más hondo. —Otra —ordené—. Corrídete otra vez en mi polla.
Marisol se masturbó el clítoris con dos dedos mientras yo la embestía. En menos de un minuto volvió a correrse, esta vez mordiéndose el labio para no gritar demasiado. Yo no aguanté. Noté cómo se me subía la leche, le clavé las manos en la cintura y me corrí dentro, chorros gruesos llenándole el coño apretado. Ella lo sintió y empujó el culo hacia atrás para no perder ni una gota. —Dentro… déjamelo todo dentro…
Nos quedamos quietos un momento, jadeando. Mi polla aún latía dentro de ella. Cuando salí, un hilo de semen me resbaló por la verga y le cayó por el muslo interior. Marisol se giró, se arrodilló otra vez y me limpió con la lengua, lamiendo su propio jugo mezclado con mi corrida, chupando hasta dejarme brillante. Después se puso de pie, me besó con la boca sabiendo a sexo, lengua profunda, manos en mi cara. —Esto solo es el principio, cariño —me susurró al oído—. Esta noche te mando un mensaje. Y la próxima vez ven a mi piso. Quiero que me folles en mi cama, en la ducha, contra la nevera… donde sea.
Se limpió a medias con un pañuelo de papel del probador, se subió las bragas —ya empapadas y con mi leche resbalándole—, se ajustó el vestido y salió con las mejillas sonrojadas y una sonrisa de gata que se ha bebido la nata. Yo me abroché los pantalones con las manos temblorosas, el corazón a mil. Ella se llevó las prendas a caja, las pagó todas como si de verdad las necesitara, me guiñó un ojo desde el mostrador y se fue.
Esa misma noche, a las once y pico, me llegó un WhatsApp suyo. Abrí el móvil todavía oliendo su perfume en la camisa. El mensaje decía: «Ya me he puesto el vestido rojo otra vez… y nada más. Ven cuando bajes la basura. Trae esa polla negra que me has dejado el coño hecho un desastre. PD: si mi ex pregunta por qué cojeo, le digo que me caí en el Ikea. Aunque la verdad es que me has follado como un toro en un Zara. ¿Crees que puedo devolver el vestido si viene con semen incluido o eso anula la garantía?».
Me reí solo en la cocina, la polla ya otra vez media dura, y contesté que en cinco minutos estaba ahí.
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