Cruzando Deseos en la Cubierta Atada
Valeria ata a Darius en la cubierta del yate y lo domina con shibari, azotes y un strap-on hasta que se corren juntos.
La luna colgaba baja sobre el Mediterráneo, tiñendo de plata la cubierta del yate anclado a millas de cualquier costa. El único sonido era el roce suave del casco contra el agua y la respiración agitada de Darius. Tenía veintiocho años, el cuerpo de un ejecutivo que pasaba demasiadas horas en trajes caros y, esa noche, la piel desnuda brillando bajo la luz. Había suplicado esta escapada. Había pedido, con voz ronca y rodillas en el suelo de su propio despacho, que Valeria lo llevara lejos y lo despojara de todo control.
Valeria tenía treinta y dos años y las manos de quien ha dedicado media vida a las cuerdas. El shibari era su idioma. Cuerdas rojas, gruesas, olor a yute tratado. Dio la vuelta a Darius con calma de depredadora y lo empujó de espaldas contra la barandilla de popa. Los postes de acero le quedaban a la altura perfecta de las muñecas.
—Mírame —ordenó ella.
Él obedeció. Sus ojos oscuros brillaban de hambre.
—Te he esperado meses para esto —susurró Darius—. Quiero que me ates hasta que no pueda mover ni un puto dedo. Quiero ser tuyo.
Valeria sonrió apenas. Empezó por las muñecas. Vueltas firmes, nudos que apretaban sin cortar la circulación, anclados a los postes a ambos lados. Luego los tobillos, abiertos, forzando las piernas de Darius en una V expuesta. La última cuerda le cruzó el pecho y la cintura, inmovilizándolo contra la barandilla. Cuando terminó, él era una escultura de carne y rojo bajo la luna. Su polla ya estaba dura, gruesa, palpitando contra su vientre, goteando un hilo brillante de precum.
Valeria se acercó y le rozó la mejilla con los labios.
—Mira cómo te pones. Qué puta tan desesperada eres en cuanto te dejo indefenso.
Pasó las uñas por el torso desnudo de Darius, de las clavículas a los pezones, rasgando lo justo para dejar líneas rosadas. Él se arqueó contra las cuerdas y gimió. Ella le mordió el lóbulo de la oreja.
—Te pones empalmado solo con que te ate. Te mojas la polla como una zorra barata. Dime cuánto lo necesitas.
—Lo necesito todo —jadeó Darius—. Azótame. Úsame. Por favor, Valeria…
Ella recogió el flogger pequeño de cuero suave que había dejado sobre la mesa de cubierta. El primer latigazo cayó en el pecho, seco, preciso. Darius gritó un “sí” ahogado. El segundo y el tercero bajaron por los muslos internos, donde la piel es más sensible. La carne se enrojecía en abanicos hermosos. Valeria marcaba ritmo, alternando pecho, abdomen, muslos, hasta que Darius temblaba entero y las cuerdas chirriaban con cada sacudida.
—Más —rogó él—. Joder, más fuerte. Hazme tu puta.
Valeria dejó el flogger y le cerró la mano alrededor de la polla. La masturbó despacio, con la palma resbaladiza de su propio precum, subiendo y bajando el prepucio con tortura deliberada. Cada vez que los muslos de Darius se tensaban y su respiración se volvía entrecortada, ella se detenía, apretaba la base y le susurraba al oído:
—No te corras. No tienes permiso. Eres mío y te corro cuando yo diga.
Darius lloriqueó de pura frustración, la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto. Después de la tercera negación, la voz se le quebró del todo.
—Úsame como tu juguete sexual. Follo, boca, culo, lo que quieras. Soy tu puta atada. Por favor, Valeria, fóllame. Necesito que me uses.
Ella se quitó el tanga negro de un tirón y lo dejó caer sobre la cubierta. Se subió a la barandilla, se plantó a horcajadas sobre la cara de Darius y le agarró el pelo con fuerza.
—Abre esa boca de zorra y lami. Todo. Coño y culo. No pares hasta que te diga.
Darius obedeció con hambre animal. Su lengua se hundió entre los labios hinchados de Valeria, lamiendo el clítoris hinchado, chupando, luego bajando hasta el ano y volviendo a subir. Ella tiraba de las cuerdas de las muñecas al mismo tiempo, apretándolas más, y se frotaba la cara contra su boca con movimientos circulares. El sabor salado de ella, el olor a excitación y mar, el calor de la lengua de Darius… Valeria gimeó alto, sin vergüenza.
—Así, puta. Más profundo. Mete esa lengua en mi coño.
Cuando estuvo a punto de corrersi, se bajó. Desató parcialmente las muñecas y los tobillos solo lo suficiente para girarlo. Lo puso de rodillas en la cubierta, pecho apoyado en un cojín de solárium, culo en alto. Se abrochó el arnés con el dildo grueso y realista, lubrificó generosamente y se colocó detrás.
Primero se lo metió en la boca. Darius abrió con ganas, dejando que el silicona le llenara la garganta. Valeria le agarró el pelo y le folló la boca con embestidas profundas, salivando, con el sonido obsceno de la garganta trabajando. Lágrimas le saltaron a los ojos a él, pero no se apartó; al contrario, gemia alrededor del dildo y empujaba la cabeza hacia adelante.
—Buen chico —ronroneó ella—. Ahora el culo.
Lo sacó de la boca, le separó las nalgas y empujó despacio. La cabeza del dildo abrió el anillo apretado de Darius. Él aulló de placer-dolor cuando el tronco entero se hundió hasta la base. Valeria empezó a follarlo en posición de perrito, fuerte, profunda, el arnés golpeándole las nalgas con cada embestida. Alternaba azotes secos con la mano abierta y tirones brutales del pelo, obligándolo a arquear la espalda.
—Más fuerte —suplicaba Darius, la voz rota—. Domíname más. Rómpeme. Soy tu puta, tu juguete, fóllame el culo hasta que no pueda caminar…
Valeria aceleró. El sonido de piel contra piel llenaba la noche. Ella se tocaba el clítoris con la mano libre mientras embestía, sintiendo el orgasmo treparle por las piernas. Darius temblaba, la polla dura y sin tocar, rebotando contra su vientre con cada embestida.
—Ahora —ordenó ella—. Córrete sin tocarte. Córrete como la puta que eres.
El cuerpo de Darius se tensó como un arco. Gritó el nombre de Valeria y eyaculó a chorros gruesos sobre la cubierta, contracciones violentas del culo apretando el dildo. Eso empujó a Valeria al borde. Se corrió con un gemido largo y gutural, el coño palpitando, chorreando jugos calientes que le resbalaron por el arnés y le cayeron en la espalda sudorosa a Darius.
Se quedó un momento montada sobre él, jadeando, antes de sacar el dildo con cuidado. Desató las cuerdas con la misma precisión con la que las había puesto, masajeando las muñecas y los tobillos enrojecidos. Lo atrajo contra su pecho, lo abrazó fuerte, le besó la sien húmeda.
—Has sido un sumiso perfecto —susurró contra su pelo—. Tan hermoso atado. Tan bueno entregándote. Estoy orgullosa de ti.
Darius, exhausto, se acurrucó contra ella, la respiración todavía entrecortada, la sonrisa tonta de quien ha sido usado hasta el tuétano. El yate se balanceaba suave. El silencio volvió, roto solo por el agua y sus corazones desacelerando.
Valeria le pasó los dedos por la espalda marcada y soltó una risita baja contra su oído.
—La próxima vez aviso al capitán de que ponga lonas… porque si mañana el marinero ve este mapa de semen en la cubierta, va a pensar que hemos pescado un calamar gigante y lo hemos exprimido a mano.
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