Su Mirada Mientras Me Entrega a un Desconocido
Laura, una ejecutiva de 32 años casada, se deja follar salvajemente por Marco en una habitación del hotel mientras su marido la espera en la fiesta.
La gran sala de baile del hotel cinco estrellas vibraba con el murmullo de conversaciones corporativas, copas de cristal tintineando y luces doradas que caían sobre los invitados como una caricia falsa. Laura, una ejecutiva de 32 años que dirigía el departamento de fusiones con mano firme y una ambición que no dejaba espacio para debilidades, permanecía al lado de su esposo Malik. Él pasaba más tiempo en aeropuertos que en su cama, y aquella noche, aunque sonreía y la sujetaba por la cintura con aparente cariño, Laura sentía el peso habitual de la rutina. El vestido rojo que llevaba se adhería a sus curvas maduras, marcando la redondez de sus pechos y el contorno de sus caderas, y bajo la tela fina su piel ya ardía sin motivo aparente.
Hasta que lo vio.
Marco, un atractivo desconocido de 38 años, consultor de élite cuya reputación lo precedía en los círculos más cerrados, estaba de pie junto a la barra con un traje negro que acentuaba sus hombros anchos y su postura dominante. Sus ojos oscuros barrieron la sala y se detuvieron en ella con una intensidad animal. Cuando Malik, ajeno a todo, los presentó —«Laura, este es Marco, el socio que nos va a salvar el contrato de Asia»—, sus manos se encontraron. El apretón fue breve, pero la corriente que subió por el brazo de Laura fue tan fuerte que sintió cómo sus pezones se endurecían contra el sujetador. Marco no disimuló. La miró directamente a los ojos, luego bajó la vista a su boca y después al escote, como si ya estuviera imaginando cómo sabrían sus tetas. Ella le sostuvo la mirada, consciente del juego, y permitió que una sonrisa lenta y cómplice asomara a sus labios.
«Dios mío… ¿qué estoy haciendo?», pensó Laura mientras su coño se humedecía de golpe, un calor líquido que empapó sus bragas en segundos. Malik seguía hablando de números y deadlines, pero entre ella y Marco se había abierto un canal secreto. Cada vez que su marido giraba la cabeza, sus miradas se enredaban. Marco arqueaba una ceja, casi imperceptiblemente, y Laura respondía cruzando las piernas con lentitud, dejando que él imaginara lo que había entre ellas. Era un coqueteo visual descarado, consciente y deliciosamente peligroso. Ella disfrutaba sabiendo que estaba traicionando a su marido delante de sus narices; él parecía endurecerse solo con mirarla. El aire entre ambos crepitaba.
La tensión se volvió insoportable después de una hora. Laura murmuró que necesitaba refrescarse y se escabulló por un pasillo lateral del hotel, poco iluminado y alejado del bullicio. El corazón le golpeaba contra las costillas. Apenas había llegado al fondo cuando oyó pasos firmes. Marco apareció como una sombra poderosa, cerrando la distancia en tres zancadas. Sin decir nada, la acorraló contra la pared, su cuerpo grande presionándola justo donde necesitaba ser presionada. Sus manos grandes bajaron por sus costados, rozando intencionalmente la curva de sus pechos, deteniéndose en sus caderas y apretando con posesión.
—Llevo toda la noche imaginando cómo te voy a abrir de piernas —susurró Marco contra su oído, la voz ronca y grave.
Laura soltó un gemido ahogado. Sentía la polla dura de él clavándose en su vientre a través de la tela.
—Malik está ahí fuera… —jadeó, pero sus dedos ya se clavaban en los hombros de Marco, atrayéndolo.
—Que se quede ahí —respondió él, y la besó.
Fue un beso sucio, hambriento, lenguas enredándose con desesperación mientras sus manos subían por los muslos de Laura por debajo del vestido. Ella le mordió el labio y confesó entre jadeos entrecortados:
—Quiero entregarme a ti esta misma noche, Marco. Quiero que me folles. Ahora.
Él gruñó, metiendo dos dedos bajo sus bragas y encontrándola empapada.
—Te voy a follar como tu marido nunca ha podido, puta. Voy a destrozarte ese coño hasta que solo recuerdes mi nombre cuando te corras.
La lujuria era mutua, explícita y fuera de control. Marco sacó una tarjeta magnética de su bolsillo y la llevó al ascensor privado. Subieron en silencio, devorándose con la mirada. En cuanto la puerta de la suite se cerró, la habitación se convirtió en un campo de batalla de deseo.
Laura cayó de rodillas antes de que él pudiera ordenárselo. Le bajó la cremallera con dedos ansiosos y liberó una polla gruesa, venosa y perfectamente erecta. A sus 32 años, nunca había visto una tan imponente. La tomó con ambas manos y se la metió en la boca hasta el fondo, chupando con ansias profundas, gimiendo mientras la saliva le corría por la barbilla. Marco enredó los dedos en su cabello y tiró con fuerza, follándole la boca sin piedad.
—Así, puta caliente. Trágatela toda. Eres una zorra por chupármela mientras tu marido te espera abajo —gruñó, empujando sus caderas y golpeando su garganta.
Laura se excitaba más con cada insulto. Sus ojos lagrimeaban, pero no se detenía; succionaba, lamía, adoraba esa polla como si fuera lo único que importara en el mundo.
Marco la levantó de golpe, la estrelló contra la pared y le subió el vestido hasta la cintura. Le arrancó las bragas de un tirón seco y, sin preámbulos, la penetró de un solo golpe brutal. Laura gritó de placer cuando su coño se abrió alrededor de esa verga gruesa. Las embestidas fueron salvajes, profundas, haciendo que sus talones se levantaran del suelo con cada golpe. Sus tetas saltaban dentro del vestido, los pezones rozando la tela. Él la sujetaba por las nalgas, abriéndola más, follándola como un animal.
—Joder, qué coño más apretado tienes —jadeaba contra su cuello.
Luego la arrojó sobre la cama, la puso a cuatro patas y volvió a entrar en ella desde atrás con fuerza demoledora. Las nalgadas resonaban en la suite, fuertes y precisas, dejando la piel de su culo enrojecida.
—Mira cómo chorreas por un desconocido —le decía mientras la azotaba y la taladraba—. Tu marido no te pone así, ¿verdad? Este coño está hecho para mi polla.
Laura gemía como una perra en celo, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro. El orgasmo la estaba subiendo rápido, pero Marco no quería terminar aún. Se tumbó en la cama y la jaló encima. Laura se sentó sobre esa polla gruesa y empezó a cabalgarlo salvajemente, moviendo las caderas en círculos furiosos, clavándose hasta el fondo. Sus tetas rebotaban con violencia. Marco las agarraba, pellizcaba sus pezones y la llamaba puta, zorra, caliente infiel. El clímax los alcanzó al mismo tiempo: ella se corrió gritando, contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos; Marco rugió y le llenó el coño con chorros espesos y calientes de leche, corriéndose tan profundo que Laura sintió cada pulsación.
Durante unos segundos solo se oyó la respiración agitada.
Laura se levantó con lentitud, sintiendo cómo el semen espeso empezaba a escaparse de su coño bien follado y bajaba por el interior de sus muslos. Se vistió sin prisa, ajustando el vestido sobre sus pechos enrojecidos y su culo marcado por las nalgadas. Miró a Marco, que seguía desnudo y sudoroso sobre la cama, y le dedicó una sonrisa satisfecha, casi perversa.
—Volveré a buscarte cada vez que mi marido se ausente —dijo con voz ronca y prometedora.
Salió de la habitación con las piernas temblorosas, cada paso un recordatorio del brutal encuentro. El coño le palpitaba, lleno aún de la leche caliente del desconocido, y un hilo traidor se deslizaba por su piel bajo el vestido. Regresó al salón de la fiesta y se acercó a Malik, que la recibió con una sonrisa confiada y le preguntó si se encontraba mejor. Laura le devolvió el beso en la mejilla, oliendo todavía el aroma de Marco en su propia piel, y sintió una excitación traicionera que le recorría las venas como fuego. Se sentía más viva, más sucia y más poderosa que en años.
Pero cuando levantó la vista, Marco estaba de nuevo en la sala, observándola desde lejos con esa misma mirada oscura y posesiva. El juego no había terminado. Apenas había comenzado. Y Laura ya sabía que volvería a buscarlo mucho antes de que su marido volviera a marcharse de viaje.
Laura sintió cómo el semen de Marco seguía escapándose de su coño palpitante, un hilo caliente y espeso que bajaba por el interior de sus muslos y se pegaba al vestido rojo mientras cruzaba la mirada con él desde el otro extremo de la sala. A sus 32 años, como ejecutiva implacable de fusiones empresariales, el contraste entre su imagen pública y esta suciedad secreta la encendía más que nunca. Malik seguía charlando con sus socios, ajeno, con esa sonrisa confiada que ahora le parecía patética. “Mi marido está ahí, esperándome como un idiota, y yo tengo el coño destrozado y lleno de leche de un desconocido. Y quiero más. Quiero que me destroce otra vez antes de que se dé cuenta”, pensó Laura, notando cómo su clítoris hinchado latía con cada paso.
Se excusó con un murmullo sobre una llamada urgente y se alejó entre la multitud. Marco la siguió sin prisa, como un cazador. Apenas entraron en el pasillo lateral, él la empujó hacia una sala de reuniones vacía cuya puerta cedió sin resistencia. Cerró con llave, giró y la acorraló contra la larga mesa de caoba. Sus manos grandes subieron el vestido hasta la cintura de golpe, exponiendo el desastre: su coño enrojecido, hinchado, con los labios entreabiertos y chorreando la mezcla blanca y viscosa de su corrida anterior.
—Sigues goteando mi leche como una puta barata —gruñó Marco, de 38 años, consultor de élite cuya polla ya volvía a endurecerse visiblemente bajo el pantalón—. Acabo de follarte como un animal y vuelves arrastrándote. ¿Tanto te gustó traicionar a tu marido delante de sus narices?
Laura jadeó cuando dos dedos gruesos de él se hundieron sin piedad en su coño, removiendo el semen con un sonido chapoteante y obsceno. El placer fue inmediato y brutal.
—Sí, joder… No puedo parar. Malik está ahí fuera con su copa, sonriendo a todos, y yo solo quiero que me folles más duro. Úsame, Marco. Soy tu zorra esta noche. Destrózame ese coño que acabas de llenar.
Él sonrió con crueldad, sacó los dedos y se los metió en la boca a Laura, obligándola a saborear la mezcla salada y cremosa de sus propios jugos y la leche de él. Ella chupó con avidez, gimiendo alrededor de los dedos, sintiendo que su dignidad de ejecutiva se deshacía en pura lujuria animal. Marco se abrió el pantalón y liberó esa polla venosa, gruesa y completamente erecta otra vez. Sin darle tiempo, la agarró por el pelo y la empujó de rodillas sobre la alfombra.
—Chúpala, puta infiel. Limpia con la boca la polla que acaba de correrme dentro mientras tu marido te espera. Trágatela hasta el fondo como la guarra que eres.
Laura abrió la boca ansiosa y la engulló hasta que la punta golpeó su garganta. La saliva le corría por la barbilla en hilos largos mientras él le follaba la cara con embestidas cortas y profundas, tirándole del cabello con fuerza. Sus ojos lagrimeaban, pero el coño se le mojaba más con cada insulto. “Estoy arrodillada en un hotel de lujo, con la polla de un desconocido hasta la garganta, y mi marido ni siquiera sospecha. Me encanta esta suciedad”, pensó, succionando con más fuerza, lamiendo las bolas pesadas y sudadas de Marco.
Después de varios minutos de garganta profunda, él la levantó de un tirón, la dobló sobre la mesa y le abrió las nalgas con las manos. La polla entró de un solo golpe brutal en su coño empapado, desplazando el semen anterior que salió expulsado en goterones blancos alrededor de la base. Laura gritó de placer, sintiendo cada vena de esa verga gruesa frotando sus paredes sensibles.
—Escucha cómo chapotea tu coño lleno de corrida, zorra —jadeó Marco, comenzando un ritmo salvaje que hacía temblar la mesa—. Estás tan resbaladiza que parece que te han follado una docena de veces. Tu marido nunca te ha puesto así, ¿verdad? Este coño de ejecutiva está hecho para que lo abuse un desconocido como yo.
—Nunca… Malik no me folla así. Es un inútil comparado contigo —gemía Laura, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro, sintiendo cómo sus tetas se aplastaban contra la madera fría y sus pezones rozaban dolorosamente—. Azótame. Más fuerte. Quiero que me dejes el culo marcado para que lo vea mañana cuando me duche.
Las nalgadas resonaron secas y fuertes, una tras otra, tiñendo la piel madura de su culo de un rojo intenso. Cada golpe coincidía con una embestida que levantaba a Laura casi de puntillas. El sudor les corría por la piel, el olor a sexo crudo llenaba la habitación. Marco cambió de agujero sin avisar: escupió sobre su ano y empujó la cabeza bulbosa de su polla contra el apretado esfínter.
Laura soltó un gemido largo y gutural cuando la polla la abrió por detrás. El estiramiento era intenso, casi doloroso, pero ella lo quería todo.
—Fóllame el culo… Métemela entera. Quiero sentirte rompiéndome mientras Malik pregunta por mí en la fiesta. Soy tu puta anal también.
Marco gruñó satisfecho y empezó a taladrarla con fuerza creciente, sus bolas golpeando contra el coño chorreante de ella. El doble estímulo hizo que Laura se corriera violentamente, contrayendo el ano alrededor de la polla invasora, gritando sin control mientras olas de placer oscuro la atravesaban. Sus jugos salpicaban el suelo con cada embestida. Marco no tuvo piedad: siguió follándole el culo sin reducir el ritmo, tirándole del pelo hacia atrás para arquearla como un animal.
—Ap aprieta ese culo de casada, zorra. Apriétame la polla mientras te lleno el intestino. Tu marido es un cornudo y tú eres la puta que le pone los cuernos con semen en los dos agujeros.
Laura se corrió otra vez, más fuerte, casi sollozando de placer. Sus piernas temblaban, el coño y el ano contraídos en espasmos. Marco rugió finalmente, empujando hasta el fondo y descargando chorros espesos y calientes directamente en sus entrañas. Ella sintió cada pulsación, cada latido de esa polla inundándola.
Cuando él se retiró, un torrente de semen blanco y espeso salió de su ano y de su coño, bajando por sus muslos en regueros obscenos. Laura quedó jadeando sobre la mesa, el vestido arrugado, las tetas fuera, el maquillaje corrido y el cuerpo marcado por nalgadas, mordiscos y semen.
Marco se limpió la polla en una de sus nalgas y le dio una última palmada fuerte.
—Ahora vuelve con tu marido, siéntate a su lado con el culo y el coño chorreando mi leche espesa y finge que no eres una zorra anal llena de corrida ajena.
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