Reencuentro con la MILF en el vestuario del golf
Un reencuentro con la milf casada en el vestuario.
Me llamo Hassan y tengo veintidós años. Volví al club de golf de mi adolescencia como quien regresa a un sueño húmedo que nunca terminó de borrarse. Había trabajado allí de caddie entre los dieciocho y los veinte: cargaba bolsas, recogía bolas y, sobre todo, me comía con los ojos a Laura. Cuarenta y ocho años ahora, casada, madre de un excompañero del instituto, curvas de revista prohibida y esa manera de inclinarse sobre el tee que dejaba ver el valle profundo de sus tetas. Siempre me ponía cachondo con sus escotes generosos, sus faldas justas después de la clase y esas miradas coquetas que duraban un segundo de más. Hoy, al cruzar el umbral del vestuario masculino vacío —olía a jabón caro, cuero de zapatos de golf y humedad tibia—, la encontré sola. Acababa de terminar su clase particular. El polo blanco le pegaba a la piel por el sudor ligero; el pantalón beige le marcaba el culo firme y redondo. Sonreímos los dos con esa complicidad sucia de quien recuerda exactamente lo mismo.
—Hassan… —murmuró ella, cerrando la puerta tras de sí con el codo—. Cuánto tiempo. Sigues igual de guapo. Más hecho, incluso.
Mi polla dio un tirón traicionero dentro del pantalón. El vestuario estaba en silencio: taquillas metálicas, bancos de madera barnizada, el eco lejano de una ducha goteando. Ningún otro socio. Solo nosotros dos y el aire cargado de años de flirteo a medias.
—Laura. No pensé encontrarte aquí. Sigues… joder, sigues igual de buena —confesé, sin filtro, porque el confesionario de mi cabeza ya no aguantaba más.
Ella se rió bajo, esa risa ronca de mujer que sabe lo que provoca. Se acercó despacio, dejando que sus tetas pesadas y generosas rozasen mi pecho a través de la tela. El roce fue deliberado: pezones duros rozando mi camiseta, calor de piel madura contra la mía joven. Me miró desde abajo, pintalabios ligeramente corrido por el esfuerzo del swing.
—Dime la verdad —preguntó con voz pastosa, casi un ronroneo—. ¿Sigues pensando en mí como antes? Porque yo… yo fantaseaba con tu polla joven. Por las noches, en la cama con mi marido, cerraba los ojos y me imaginaba tu boca en mis tetas, tus manos abriéndome las piernas. Me corría calladita para no despertarlo, repitiendo tu nombre en la almohada.
El corazón me latía en la garganta y más abajo. Cogió mi mano con dedos firmes y la llevó atrás, posándola sobre su culo. La tela del pantalón estaba caliente. Apreté. La carne era tensa, redonda, de mujer que cuida el cuerpo pero no renuncia a las curvas. Ella arqueó la espalda y empujó contra mi palma.
—Así —susurró—. Apretiemlo. Llevo años queriendo que me folles, Hassan. Años. Y ahora estás aquí y yo estoy empapada y no hay nadie. Si tú también lo quieres… elige conmigo.
La dije que sí con la boca antes que con las palabras: la agarré de la nuca y la besé con hambre, lengua profunda, mordiendo su labio inferior. Laura gimió dentro de mi boca, un sonido wet y urgente, y se frotó contra mi erección ya dura como una piedra. No había presión, solo dos adultos eligiendo entregarse al deseo que había estado podrido de tanto guardarlo. Sus manos bajaron a mi cinturón; las mías le subieron el polo y le palpé las tetas por encima del sujetador de encaje negro. Pesaban, calientes, pezones como canicas. La pezuñé un segundo y ella soltó un «joder, sí» ronco.
La guié hasta el banco central. Me senté y la puse de rodillas entre mis piernas. El suelo de baldosas frías contrarrestaba el calor de su aliento cuando me bajó la cremallera y sacó mi polla. Estaba roja, venosa, goteando ya por la punta. Laura la miró como quien ve un postre prohibido y se la metió entera de un golpe, mejillas hundidas, lengua plana contra la vena de abajo. Chupaba con ansia de MILF hambrienta: saliva espesa bajándole por la comisura, glups húmedos, gemidos vibrando en el glande. Me agarró las manos y se las puso en su cabeza, invitándome a guiarla. Empujé despacio, sintiendo la garganta abrirse, y ella babéó más, ojos entornados, una mano metiéndose bajo el pantalón para tocarse el coño.
—Qué rica la tienes… —jadeó al separarse un segundo, hilos de saliva uniendo sus labios a mi polla—. Siempre supe que me ibas a llenar la boca así.
La levanté, le bajé el pantalón y el tanga a la vez hasta los tobillos y la giré de espaldas contra las taquillas. El metal frío le arrancó un escalofrío cuando le abrí los muslos y le hundí dos dedos en el coño. Estaba chorreando: labios hinchados, clítoris duro, jugos resbalando por el interior del muslo. La enlacé, la alcé un poco y me enterré de una embestida profunda. Laura gritó ahogado contra mi hombro, uñas clavándose en mi espalda.
—Joder, Hassan… tan gruesa… me parte…
La follé de pie, embestidas largas y hondas que hacían sonar la taquilla a cada empujón. Sus tetas rebotaban fuera del sujetador ya desabrochado; se las chupé mientras le daba caña, saboreando el sudor salado y el perfume caro. Ella rodeó mi cintura con las piernas y se entregó por completo, pidiendo más fuerte, más hondo. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteo de coño empapado, jadeos sincopados.
Sin sacarla del todo la llevé de vuelta al banco. Me tumbé yo y la senté a horcajadas, vaquera invertida al principio para que yo pudiera ver ese culo magnífico bajar y subir engullendo mi polla, y luego de frente. Laura rebotaba con las tetas grandes golpeándome la cara; se las apreté juntas y le lamí los pezones al ritmo de sus caderas. Cada bajada me la tragaba hasta el fondo; cada subida dejaba el tronco brillante de sus jugos. Me agarró del pelo y me obligó a mirarla a los ojos mientras se follaba.
—Mírame corromperme con tu polla de veinteañero —gimió—. Llevo años mojándome pensándolo.
Cuando noté que se acercaba demasiado rápido la puse en cuatro sobre el banco. Rodillas abiertas, espalda arqueada, culo en alto ofreciéndome el coño rojo y el culo perfecto. Me planté detrás y la embestí sin piedad, una mano en su cadera y la otra tirándole del pelo rubio oscuro recogido en coleta. Azotes consentidos en ambas nalgas: el sonido seco, la carne temblando, ella pidiendo otro y otro.
—Más duro… azótame… tírame del pelo… soy tu puta del club, Hassan…
Le di. Cada embestida le sacaba un grito ahogado; el banco crujía. Metí el pulgar en su culo solo hasta la primera falange y ella se vino casi al instante, gritando mi nombre como una plegaria sucia:
—¡Hassan! ¡Me corro, me corro en tu polla!
El coño se le cerró en espasmos violentos, exprimiendo mi verga, chorreando más líquido caliente por mis huevos. No aguanté. Me enterré hasta el fondo y exploté dentro de ella, chorros espesos de leche caliente llenándole el útero, bombeando una y otra vez mientras ella seguía contrayéndose alrededor mío. Nos quedamos así, pegados, jadeando, mi semen empezando a resbalar por el borde de sus labios hinchados cuando por fin aflojé la embestida.
La giré con suavidad y la besé con ternura, despacio, saboreando el sabor a sexo y a su boca. Laura me acarició la mejilla con dedos temblorosos, todavía con mi polla dentro, palpitando los últimos restos.
—No sabes lo que acabas de despertar —susurró contra mis labios, la voz rota de placer—. Mi marido llega en una hora a recogerme… y yo no he terminado contigo. Ni de lejos.
Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos lejanos y una risa masculina. El picaporte del vestuario no se movió, pero el riesgo quedó flotando entre nosotros como una promesa. Laura sonrió con malicia, apretó el coño a propósito alrededor de mi polla aún semidura y me mordió el lóbulo de la oreja.
—La próxima… te voy a pedir cosas peores, caddie. Y vas a decir que sí.
Me quedé clavado dentro de ella, todavía palpitando, sintiendo cómo mi leche le resbalaba por los labios hinchados del coño y le manchaba el muslo interior. Los pasos del pasillo se acercaron un poco más: una risa masculina, el roce de unas bolsas de golf contra el suelo. Laura no se movió. Al contrario, apretó el coño a propósito alrededor de mi polla semidura y me miró con esos ojos oscuros de depredadora.
—Si entran, te muerdo —susurró contra mi oreja, y me mordió el lóbulo justo para subrayarlo—. Pero no van a entrar. Este vestuario es mío ahora. Y tú también.
Me sacó despacio. Un hilo grueso de semen y jugos cayó al banco de madera. Se arrodilló otra vez entre mis piernas sin que yo se lo pidiera, agarró mi polla brillante y se la metió entera a la boca. Chupó con hambre limpia, lengua plana recogiendo cada gota, glups húmedos que sonaban obscenos en el silencio. Me miraba hacia arriba mientras lo hacía, pintalabios corrido, mejillas hundidas, y yo no pude evitar agarrarle la coleta y empujar un poco más hondo. Ella gimió de gusto, la vibración me recorrió hasta los huevos.
—Joder, Laura… —jadeé, confesando al aire vacío del vestuario—. Llevo años soñando con esto y ahora me la estás limpiando como si fuera tu postre de siempre.
Se separó con un hilo de saliva y semen uniendo su labio inferior a mi glande.
—Es que lo es —respondió ronca—. Tu leche joven sabe mejor de lo que imaginaba. Ahora tócame. Quiero que me dejes lista otra vez.
La levanté y la giré de espaldas contra las taquillas. El metal frío le arrancó un escalofrío cuando le abrí los muslos con las rodillas. Su coño estaba rojo, abierto, goteando mi corrida mezclada con la suya. Me agaché y le di un lengüetazo largo desde el clítoris hasta el culo. Laura soltó un «joder, sí» ahogado y se agarró a las puertas metálicas. Chupé sus labios hinchados, metí la lengua dentro para saborear el desastre que le había dejado, y luego subí al clítoris duro y lo rodeé con la boca mientras le metía dos dedos otra vez. Estaba tan empapada que entraban sin resistencia. Añadí un tercero y la follé con la mano al ritmo de mi lengua.
—Hassan… más abajo —rogó, empujando el culo hacia mí—. El culo. Quiero que me lo prepares. Llevo meses tocándome ahí pensándote.
Obedecí. Saqué los dedos del coño, los unté bien de jugos y le rodeé el agujero fruncido con el pulgar. Ella jadeó y se abrió más. Empujé despacio hasta la primera falange, luego más. El anillo cedia caliente y apretado. Metí el índice entero, suave, y ella se corrió otra vez solo con eso: un temblor seco que le recorrió las piernas y un chorrito claro que me salpicó la muñeca.
—Puta madre… —gimió contra el metal—. Mírame. Estoy temblando y todavía quiero más.
La giré, la senté en el banco y me puse de rodillas yo esta vez. Le abrí las nalgas con ambas manos y le comí el culo con lengua plana, lamiendo el borde, empujando dentro, saboreando el sabor a sexo y a su perfume caro mezclado con sudor. Laura se agarró el pelo con las dos manos y se movía contra mi cara como si se estuviera follando mi boca.
—Así… joder, así… mi marido nunca me ha hecho esto. Nunca. Eres el primero que me abre el culo con la lengua, caddie.
Me puse duro otra vez en segundos. Me levanté, le escupí en la raja y frotré la cabeza de mi polla contra su ano. No entré del todo todavía: solo presioné, dejé que el glande se abriera paso un centímetro, dos, sintiendo cómo ella se tensaba y luego se rendía.
—Dime que lo quieres —exigí, voz baja, confesando el control que me estaba comiendo por dentro—. Dime exactamente qué quieres que te haga antes de que tu marido llegue.
—Quiero que me la metas entera en el culo —contestó sin dudar, mirándome por encima del hombro—. Quiero que me folles el culo aquí, en el vestuario donde te miraba de reojo cuando eras caddie. Quiero que me dejes el culo lleno de tu leche y que camine así hasta el coche. Hazlo, Hassan. Fóllame el culo como si fuera tu puta del club.
Empujé. Despacio al principio, dejando que se acostumbrara al grosor. El anillo me apretaba como un puño caliente. Laura mordió su propio brazo para no gritar. Cuando estuve hasta la mitad me detuve, le acaricié la espalda, le besé el hombro.
—Respira… eso es… te estoy abriendo.
Ella asintió y empujó hacia atrás ella misma, tragándome el resto de un solo movimiento. Un gemido largo y roto le salió del pecho. Empecé a moverme: embestidas cortas y profundas, agarrándola de las caderas, viendo cómo su culo maduro y firme se comía mi polla. Cada vez que salía casi del todo, el anillo se cerraba y luego se abría de nuevo para recibirme. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteo suave, sus jadeos entrecortados.
—Más duro —pidió—. Azótame otra vez. Tírame del pelo. Quiero sentirte mañana cuando me siente en la cena con él.
Le di un azote seco en la nalga derecha. La carne tembló. Otro en la izquierda. Luego le agarré la coleta y la arqueé hacia atrás mientras la follaba más rápido. Mis huevos le golpeaban el coño empapado a cada embestida. Ella se metió dos dedos en el clítoris y se frotaba en círculos locos.
—Me voy a correr otra vez… joder, Hassan, me estás destrozando el culo y me encanta… soy tu MILF del vestuario, tu puta casada…
Los pasos del pasillo volvieron, más cerca. Una voz masculina dijo algo sobre la clase de las cinco. El picaporte no se movió, pero el miedo y la excitación se me subieron juntos por la espalda. Aceleré. Laura se vino con un grito ahogado contra su propio brazo, el culo contrayéndose en espasmos violentos alrededor de mi polla. No aguanté. Me enterré hasta el fondo y le llené el culo a chorros espesos, bombeando una y otra vez mientras ella seguía temblando y apretando.
Nos quedamos así, pegados, jadeando. Mi semen empezó a salirle por los bordes cuando aflojé un poco. Laura se rio bajito, esa risa ronca y sucia que me volvía loco.
—Mírame… —susurró, girando la cara para besarme torpe y profunda—. Estoy llena por los dos agujeros y todavía no he terminado contigo. Queda media hora. Quiero que me la metas otra vez en el coño mientras se me escurre del culo. Quiero oler a ti cuando él me bese en la mejilla.
Me saqué despacio. Un hilo grueso de leche le bajó por el muslo y manchó el banco. Ella se giró, se tumbó de espaldas con las piernas abiertas y me atrajo hacia sí. Mi polla, todavía dura y brillante de sus jugos y mi corrida, se rozó contra su coño abierto. Entró de un empujón fácil, resbaladizo, y ella arqueó la espalda con un gemido largo.
—Así… fóllame lento ahora. Quiero sentirte latir dentro mientras me cuentas qué más me vas a hacer la próxima vez que nos veamos aquí.
Empecé a moverme despacio, embestidas largas que hacían que mis huevos le rozaran el culo lleno. Le chupé un pezón, luego el otro, mordiendo suave. Ella me agarró la cara y me obligó a mirarla a los ojos.
—Dime —insistió—. Dime las cosas peores.
—Te voy a traer aquí un día que no haya clase —confesé contra su boca, follándola profundo—. Te voy a atar las muñecas con mi cinturón a la taquilla y te voy a comer el coño hasta que ruegues. Luego te voy a follar el culo otra vez y te voy a dejar marca de mis dientes en el cuello, justo donde se vea si te pones el pelo recogido. Y cuando te corras te voy a hacer lamer mi polla limpia delante del espejo para que veas lo puta que te pones conmigo.
Laura se corrió otra vez solo con las palabras, el coño exprimiéndome en oleadas. Yo seguí metiéndosela, sintiendo cómo mi semen anterior le salía del culo con cada embestida y le manchaba el banco. El reloj de la pared marcaba que el tiempo se nos acababa, pero ninguno de los dos paraba. Ella me mordió el hombro para no gritar y me susurró al oído, voz rota de placer:
—Cuando salgamos… si alguien nos mira… quiero que sepas que voy a seguir mojada y con tu leche resbalándome entre las piernas. Y la próxima vez, Hassan, te voy a pedir que me folles en el coche de mi marido en el parking. Con el riesgo de que él aparezca. ¿Vas a decir que sí otra vez?
Empujé hasta el fondo y me quedé quieto dentro de ella, latendo, mirándola a los ojos. Fuera, los pasos se alejaron por fin, pero el eco de una puerta cerrándose nos recordó que el mundo seguía ahí fuera. Laura sonrió con malicia, apretó el coño a propósito y me besó lento, sucio, saboreando todo lo que acabábamos de hacer.
—Todavía no he terminado de corromperte, caddie —murmuró—. Y tú tampoco has terminado de destrozarme. Queda un acto más aquí dentro… y yo quiero que me dejes coja de tanto follarme antes de que suene el teléfono de mi marido.
Mi polla dio otro tirón traicionero dentro de ella. El vestuario olía a sexo, a sudor y a promesa. Y yo, confesándomelo en silencio mientras la miraba, supe que iba a darle exactamente lo que pedía.
Me quedé hondo dentro de ella, sintiendo cómo el coño todavía me estrujaba a pulsos, caliente y resbaladizo de nuestra corrida mezclada. Laura me miraba con esos ojos oscuros, la respiración entrecortada, el pelo suelto ya de la coleta y pegado a la frente por el sudor. El reloj de la pared marcaba que el tiempo se nos escapaba entre los dedos, pero su sonrisa maliciosa me dijo que no iba a soltarme tan fácil.
—Todavía me debes otra —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Quiero que me uses hasta que no pueda cerrar las piernas. Dime que sí, caddie.
Le dije que sí con un empujón lento y profundo que le sacó un gemido ahogado. Saqué casi toda la polla y volví a enterrármela de un solo golpe, sintiendo cómo el semen que le había dejado en el culo se le escapaba un poco más con el movimiento y me untaba los huevos. El banco crujía bajo nosotros. El olor a sexo era espeso, a sudor de piel madura y a mi leche joven. Fuera, en el pasillo, se oía el eco lejano de alguien arrastrando una bolsa, pero el picaporte seguía quieto. El riesgo me ponía más duro todavía.
La giré sin sacarla del todo. La puse de lado en el banco estrecho, le levanté una pierna y se la apoyé en mi hombro. Así la follé de costado, embestidas largas que hacían que sus tetas pesadas se mecieran y el metal de las taquillas temblara cada vez que su culo chocaba contra mí. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó con ganas, lengua caliente, saliva espesa bajándome por la muñeca.
—Así me gusta… —jadeó cuando le saqué los dedos y se los bajé al clítoris—. Fóllame como si fueras a dejármelo abierto. Quiero sentir tu polla mañana cuando me siente a cenar con él y me pregunte por qué cojeo un poco.
Le froté el clítoris en círculos rápidos mientras le daba caña. El chapoteo era obsceno, jugos y semen salpicando el barniz del banco. Laura arqueó la espalda y se corrió otra vez, un temblor seco que le recorrió el cuerpo entero y le cerró el coño alrededor de mi verga como un puño mojado. No paré. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, sintiendo cómo me exprimía y cómo un chorrito claro le salía y me manchaba el bajo vientre.
—Joder, Laura… te estás corriendo otra vez y yo todavía no he terminado de llenarte —confesé en voz baja, la frente pegada a la suya—. Llevo años aguantándome y ahora no pienso parar hasta que me lo pidas tú.
Ella se rio ronca, agarrándome del culo para clavármela más hondo.
—No te lo voy a pedir. Te lo voy a exigir. Sácala… ahora. Quiero chupártela otra vez mientras se me escurre todo de los dos agujeros. Quiero saborear lo que me has hecho.
Obedecí. Me saqué despacio y un hilo grueso de leche le bajó por la raja, manchándole el muslo y el banco. Laura se arrodilló entre mis piernas sin que se lo pidiera, se agarró a mis muslos y se tragó la polla entera de un golpe. Estaba brillante de sus jugos y de mi corrida anterior; ella lamió todo con hambre, lengua plana recogiendo cada gota, glups húmedos que sonaban demasiado altos en el silencio del vestuario. Me agarró las manos y se las puso en la cabeza otra vez, invitándome a usar su boca.
Empujé despacio al principio, luego más hondo, sintiendo la garganta abrirse y el calor de su aliento contra mi pubis. Ella babéó sin vergüenza, saliva espesa cayéndole por la barbilla hasta las tetas. Una de sus manos bajó entre sus propias piernas y se metió tres dedos en el coño mientras se tocaba el culo con el meñique, empujando dentro del agujero todavía abierto y lleno. Se corría otra vez solo con eso, gimiendo alrededor de mi polla, la vibración subiéndome por la columna hasta el cogote.
—Qué puta te pones… —jadeé, tirándole del pelo para sacarla un segundo—. Mírame. Estás empapada y llena y todavía te tocas como si no hubieras tenido suficiente.
Laura me miró desde abajo, labios hinchados y brillantes, pintalabios corrido del todo.
—Es que no he tenido suficiente, Hassan. Llevo años fantaseando con que me destroces en este puto vestuario. Ahora tócame el culo otra vez. Préparamelo. Quiero que me la metas entera otra vez ahí antes de que suene el teléfono.
La levanté, la giré de espaldas contra las taquillas y le abrí las nalgas con ambas manos. El ano estaba rojizo, un poco abierto, con restos de semen blancos que le resbalaban hacia el coño. Le escupí encima y frotté con el pulgar, empujando suave hasta que el anillo cedió. Luego me agaché y le comí el culo otra vez, lengua plana, profunda, saboreando el sabor a sexo y a lo que le había dejado dentro. Laura se agarró a las puertas metálicas y empujó el culo contra mi cara, frotándose descarada.
—Así… joder, así… mi marido ni siquiera se atreve a mirármelo. Tú me lo abres con la lengua como si fuera tuyo. Hazlo tuyo, caddie. Márcalo.
Me puse duro otra vez en segundos. Me incorporé, le escupí en la raja una vez más y apoyé el glande contra el agujero. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo me apretaba caliente y cómo ella se tensaba y luego se rendía. Cuando estuve hasta la mitad me detuve, le acaricié la espalda y le besé la nuca.
—Respira… te estoy abriendo otra vez. Dime que lo quieres entero.
—Lo quiero entero —gimió ella, empujando hacia atrás ella misma hasta tragármela del todo—. Fóllame el culo hasta que no pueda sentarme. Azótame. Tírame del pelo. Quiero que me dejes coja de verdad.
Empecé a moverme. Embestidas cortas y profundas al principio, luego más largas, viendo cómo su culo maduro y firme se comía mi polla hasta el fondo. Cada vez que salía casi del todo, el anillo se cerraba y después se abría de nuevo para recibirme. El sonido era sucio: piel contra piel, chapoteo suave de semen y saliva, sus jadeos entrecortados. Le di un azote seco en la nalga derecha. La carne tembló y ella pidió otro. Otro en la izquierda. Luego le agarré la coleta y la arqueé hacia atrás mientras la follaba más rápido. Mis huevos le golpeaban el coño empapado a cada embestida.
—Más duro… joder, Hassan… me estás destrozando y me encanta… soy tu puta del club, tu MILF casada… lléname otra vez…
Los pasos del pasillo volvieron, más cerca esta vez. Una voz masculina habló de la reserva de las seis. El picaporte no se movió, pero el miedo y la excitación se me subieron juntos por la espalda como un calambre. Aceleré. Laura se metió la mano entre las piernas y se frotó el clítoris en círculos locos mientras yo le daba caña en el culo. Se vino con un grito ahogado contra su propio brazo, el anillo contrayéndose en espasmos violentos alrededor de mi polla. No aguanté. Me enterré hasta el fondo y le llené el culo a chorros espesos otra vez, bombeando una y otra vez mientras ella seguía temblando y apretando.
Nos quedamos pegados, jadeando. Mi semen empezó a salirle por los bordes cuando aflojé un poco. Laura se rio bajito, esa risa ronca que me volvía loco, y giró la cara para besarme torpe y profunda.
—Sácala… despacio. Quiero sentir cómo se me escurre mientras me la metes otra vez en el coño. Queda un cuarto de hora. Úsame. Déjame oler a ti por dentro y por fuera.
Me saqué. Un hilo grueso le bajó por el muslo interior y manchó el suelo de baldosas. Ella se tumbó de espaldas en el banco con las piernas abiertas, el coño rojo e hinchado, el culo todavía goteando. Me atrajo hacia sí y mi polla, brillante y dura otra vez, se rozó contra sus labios abiertos. Entró de un empujón fácil, resbaladizo, y ella arqueó la espalda con un gemido largo.
Empecé a follarla despacio, embestidas profundas que hacían que mis huevos le rozaran el culo lleno. Cada movimiento sacaba un poco más de semen del ano y se lo untaba por el interior de los muslos. Le chupé un pezón, luego el otro, mordiendo suave mientras ella me agarraba la cara y me obligaba a mirarla a los ojos.
—Dime más —insistió, voz rota—. Dime las cosas peores que me vas a hacer la próxima vez. Quiero correrme oyendo tu confesión.
—Te voy a traer aquí un martes a las tres, cuando no hay casi nadie —le confesé contra su boca, clavándomela hondo—. Te voy a atar las muñecas con mi cinturón a la taquilla del fondo y te voy a comer el coño y el culo hasta que ruegues en voz alta. Luego te voy a follar el culo otra vez y te voy a dejar marcas de dientes en el cuello y en las tetas, justo donde se vean si te pones el pelo recogido o un escote. Y cuando te corras te voy a hacer arrodillarte delante del espejo y lamer mi polla limpia mientras te miras a ti misma y ves lo puta que te pones conmigo. Después te voy a llevar al parking y te voy a follar en el asiento trasero del coche de tu marido, con las ventanillas medio bajadas, arriesgándonos a que él aparezca o a que pase alguien. ¿Vas a decir que sí otra vez, Laura?
Ella se corrió solo con las palabras, el coño exprimiéndome en oleadas calientes. Yo seguí metiéndosela, sintiendo cómo mi leche anterior le salía del culo con cada embestida y le manchaba el banco. El reloj marcaba que el tiempo se nos acababa de verdad. Fuera se oyeron pasos más firmes y el sonido de un teléfono vibrando a lo lejos.
Laura me mordió el hombro para no gritar y me susurró al oído, la voz temblando de placer:
—Cuando salgamos… si alguien nos mira… quiero que sepas que voy a caminar con tu leche resbalándome entre las piernas y el culo todavía abierto. Y la próxima vez, Hassan, te voy a pedir que me folles en el coche de mi marido en el parking. Con el riesgo real de que él aparezca. Y vas a decir que sí. Pero ahora… ahora córrete otra vez dentro. Lléname el coño hasta que no quepa más. Quiero que me dejes coja de tanto follarme antes de que suene su puto teléfono.
Empujé hasta el fondo y me quedé quieto un segundo, latiendo dentro de ella, mirándola a los ojos. Luego empecé a embestir más rápido, más duro, el banco crujiendo, sus tetas rebotando, el sonido de piel contra piel llenando el vestuario. El semen del culo le seguía saliendo y me untaba. El olor a sexo era tan fuerte que casi se podía morder. Fuera, el teléfono vibró otra vez, más cerca. Laura apretó el coño a propósito y me clavó las uñas en la espalda.
—Ahora, Hassan… ahora…
Me enterré hondo y exploté otra vez, chorros espesos llenándole el útero, bombeando mientras ella se corría conmigo, el cuerpo entero temblando. Nos quedamos así, pegados, jadeando, mi polla todavía palpitando dentro, el semen empezando a salirle por los bordes del coño y del culo a la vez. El teléfono del pasillo dejó de vibrar, pero el eco de una puerta abriéndose nos recordó que el mundo seguía ahí fuera.
Laura me besó lento, sucio, saboreando todo, y apretó el coño una vez más alrededor de mi verga semidura.
—Todavía no he terminado de corromperte, caddie —murmuró contra mis labios, la voz ronca y satisfecha pero hambrienta—. Y tú tampoco has terminado de destrozarme. Queda un último rato aquí dentro… y yo quiero que me dejes caminando rara de verdad antes de que él llame otra vez. Dime que sí. Dime que me vas a follar una vez más antes de que salgamos.
Mi polla dio otro tirón traicionero dentro de ella. El vestuario olía a sexo, a sudor y a promesa rota. Y yo, confesándomelo en silencio mientras la miraba a los ojos y sentía cómo me volvía a endurecer, supe que iba a darle exactamente lo que pedía… y más.
Me endurecí del todo otra vez dentro de ella, latido a latido, y Laura soltó un gemido bajo que me vibró en el pecho. No hizo falta hablar. La agarré de las caderas, la levanté sin sacarme y la empujé contra las taquillas de nuevo. El metal frío le arrancó un escalofrío que le puso los pezones como piedras. Entré más hondo, embestida lenta al principio, sintiendo cómo el semen anterior le salía del culo y me untaba los huevos con cada movimiento. El chapoteo era espeso, sucio, el sonido de dos cuerpos que ya no fingían nada.
—Más… —jadeó ella contra mi cuello—. Úsame hasta que duela rico. Quiero salir de aquí y que cada paso me recuerde tu polla.
La follé de pie, piernas de ella abiertas y enredadas a mi cintura. Sus tetas pesadas rebotaban contra mi pecho; se las apreté juntas y le mordí un pezón mientras le daba caña. El banco quedó atrás, olvidado. Solo importaba el calor de su coño hinchado tragándome hasta el fondo, el anillo de su culo todavía abierto y goteando contra mis muslos. Fuera, el teléfono vibró otra vez, más cerca. Laura apretó a propósito y me clavó las uñas en la espalda.
—Si contesta… —susurró con malicia—, voy a tener que hablarle con tu verga dentro. Haz que me cueste.
Aceleré. Embestidas cortas y brutales que hacían crujir las puertas metálicas. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó con hambre, saliva espesa cayéndole por la barbilla hasta el valle de las tetas. Saqué los dedos, se los bajé al clítoris y froté en círculos rápidos al ritmo de mis caderas. Laura se corrió con un grito ahogado contra mi hombro, el coño cerrándose en espasmos que me exprimían la polla como un puño mojado. No paré. Seguí a través del orgasmo, sintiendo el chorrito caliente que me salpicó el bajo vientre.
La giré sin sacarla. La puse de rodillas en el banco, pecho pegado a la madera barnizada, culo en alto. El semen le resbalaba por la raja en hilos blancos y espesos. Le abrí las nalgas con ambas manos y le escupí directo en el ano. Empujé el glande contra el agujero todavía suave y abierto. Entró fácil esta vez, de un solo golpe hasta el fondo. Laura mordió su propio antebrazo para no gritar. El calor me apretó como un guante vivo.
—Joder, caddie… me la tienes entera otra vez —gimió, voz rota—. Fóllame el culo como si fuera la última. Azótame. Quiero marcas.
Le di un azote seco en la nalga derecha. La carne madura tembló y se puso rosa al instante. Otro en la izquierda. Luego le agarré el pelo suelto, ya sin coleta, y la arqueé hacia atrás mientras embestía más fuerte. Mis huevos le golpeaban el coño empapado a cada embestida. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteo de leche y jugos, sus jadeos entrecortados llenando el vestuario. Ella se metió la mano entre las piernas y se metió tres dedos en el coño, follándose a sí misma al mismo tiempo que yo le destrozaba el culo.
—Mírame… —exigió, girando la cara sudorosa—. Confiesa. Dime lo que sientes.
—Que llevo años soñando con tenerte así —jadeé, clavándomela hondo—. Que tu coño y tu culo me tienen loco. Que cuando te vea en el club la próxima vez voy a saber que todavía llevas mi leche dentro. Que eres mía aquí, aunque vuelvas a su cama.
Laura se vino otra vez solo con las palabras. El ano se le contrajo en oleadas violentas, exprimiéndome, y un gemido largo y roto le salió del pecho. No aguanté. Me enterré hasta el fondo y le llené el culo a chorros espesos por tercera vez, bombeando una y otra vez mientras ella seguía temblando y apretando. El semen le salía por los bordes y le bajaba por el muslo interior hasta la rodilla.
Me saqué despacio. Un hilo grueso cayó al suelo de baldosas. Ella se giró, se tumbó de espaldas con las piernas abiertas de par en par y me atrajo hacia sí. Mi polla, brillante y todavía dura, se rozó contra su coño rojo e hinchado. Entró de un empujón resbaladizo. Empecé a follarla lento, profundo, sintiendo cómo el semen del culo se le escapaba un poco más con cada movimiento y me untaba. Le chupé un pezón, luego el otro, mordiendo suave. Ella me agarró la cara y me obligó a mirarla a los ojos.
—Una más —rogó, voz pastosa—. Córrete en mi coño. Quiero salir caminando rara, llena por los dos lados, oliendo a ti cuando él me bese en la mejilla en el parking.
Obedecí. Embestidas largas que hacían crujir el banco. El reloj de la pared marcaba que el tiempo se nos había acabado de verdad. Fuera, pasos firmes y el sonido claro de un teléfono que dejaba de vibrar. Aceleré. Laura me rodeó con las piernas, me clavó los talones en el culo y se corrió conmigo esta vez: el cuerpo entero en un arco tenso, el coño exprimiéndome en espasmos calientes. Me enterré hondo y exploté otra vez, chorros espesos llenándole el útero hasta que ya no cabía más y empezaba a salirle por los labios hinchados mezclado con lo que le corría del culo.
Nos quedamos pegados, jadeando, mi polla todavía palpitando dentro, el sudor resbalándonos entre los pechos. El olor a sexo era tan denso que casi se masticaba. Laura me besó lento, sucio, saboreando la sal de mi piel, y apretó el coño una última vez alrededor de mi verga que empezaba a ablandarse.
Me saqué con cuidado. El semen le bajó en un hilo grueso por la raja, manchándole el muslo y el banco. Ella se sentó despacio, con las piernas temblando, y me miró con esa sonrisa ronca y satisfecha que me había vuelto loco desde el primer día.
Nos vestimos en silencio. Ella se subió el tanga y el pantalón beige sin limpiarse del todo; el pantalón se le pegó a la piel húmeda. Yo me abroché el cinturón con dedos torpes. El polo blanco le marcaba todavía los pezones duros. Se alisó el pelo con las manos, se miró un segundo en el espejo empañado y se rio bajito al ver el pintalabios corrido y las marcas rojas en el cuello.
El teléfono sonó de verdad esta vez, en el pasillo. La voz de un hombre llamándola por su nombre. Laura me miró, se acercó y me besó una última vez, suave, casi tierna, con sabor a todo lo que habíamos hecho.
—Hasta la próxima clase, caddie —susurró contra mi boca.
Abrió la puerta del vestuario y salió. Yo me quedé solo entre las taquillas, oliendo a jabón caro, a cuero y a sexo. El eco de sus pasos se perdió. El goteo lejano de la ducha fue lo único que quedó.
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