Máscara Desconocida que Era Ella
Marisol, de 28 años, y Hugo, de 32, descubren en un baile de máscaras que ambos son vírgenes y deciden perder la virginidad juntos esa misma noche
La luz dorada de las lámparas de cristal titilaba sobre las parejas que giraban en el salón principal del edificio. Era el baile de máscaras anual, un evento al que solo accedían los residentes del exclusivo complejo. Marisol, traductora freelance de veintiocho años que había firmado el contrato de su nuevo apartamento apenas quince días atrás, ajustaba por enésima vez la máscara veneciana de plumas negras que le ocultaba los ojos y la nariz. El vestido ajustado de seda roja se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, realzando sus pechos llenos y la curva generosa de sus caderas. Se sentía otra mujer. Una mujer capaz de decir cualquier barbaridad sin que nadie supiera que era la tímida Marisol del séptimo piso.
Un hombre alto, vestido de negro riguroso con una máscara de lobo plateado que solo dejaba ver una boca firme y una barbilla bien afeitada, se detuvo frente a ella. Hugo, ingeniero de treinta y dos años que se había mudado al octavo piso la misma semana que ella, inclinó la cabeza con una sonrisa lobuna que no revelaba su identidad.
—Parece que ambos huimos de la misma jauría aburrida —dijo él con voz grave, extendiendo la mano enguantada—. ¿Bailamos, desconocida peligrosa?
Marisol sintió un escalofrío delicioso entre las piernas. Aquella voz le resultaba vagamente familiar, pero la máscara y el ambiente cargado de perfume y deseo lo volvían todo irreal. Aceptó la mano y se dejó atraer contra un pecho firme.
—Solo si prometes ser tan sucio como yo estoy dispuesta a ser esta noche —respondió ella, tuteándolo con descaro mientras la orquesta atacaba un vals lento.
Hugo soltó una risa baja que vibró contra el escote de Marisol.
—Vaya, directa al grano. Me gusta. Llevo semanas fantaseando con encontrar a una mujer que no quiera promesas ni nombres, solo una boca caliente alrededor de mi polla virgen y unas caderas que me cabalguen sin piedad.
Marisol tropezó un paso, pero no de torpeza. La palabra «virgen» la había golpeado como un latigazo entre las piernas. Se pegó más a él, sintiendo cómo el bulto creciente bajo los pantalones de Hugo presionaba contra su vientre.
—Pues resulta que la mujer que tienes delante también es virgen a los veintiocho —confesó entre risitas nerviosas, sorprendida de su propia audacia—. Traduzco novelas eróticas todo el día y nunca he tenido huevos para vivir ni una página. Fantaseo con que un extraño me levante el vestido en un rincón oscuro, me lama el coño hasta que tiemble y luego me folle como si el mundo se acabara.
Los dos se miraron a través de las máscaras. Las risas nerviosas se mezclaron con una excitación tan pura que casi dolía. Hugo bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron la oreja de ella.
—Nunca pensé que confesaría esto a una completa desconocida, pero… joder, estoy empalmadísimo. Y aterrado. Y feliz.
—Igual yo —susurró Marisol, sintiendo que sus bragas ya estaban empapadas—. Nunca había mojado tanto solo con palabras.
La música cambió a un ritmo más lento y pegajoso. Sus cuerpos se pegaron sin disimulo. Los pezones de Marisol, duros como guijarros, se frotaban contra el pecho de Hugo con cada giro. Él deslizó las manos más abajo de lo correcto, apretando las nalgas redondas de ella, atrayéndola contra su erección evidente. Marisol soltó una risita ahogada cuando sintió la polla palpitar contra su monte de Venus.
—Dios, nunca había sentido tanta excitación —confesó ella contra el cuello de él, la voz temblorosa de risa y deseo—. Me tiemblan las rodillas, Hugo… digo, lobo.
—Llámame como quieras, pero no pares de frotarte así —respondió él, riendo también, con la respiración entrecortada—. Yo tampoco. Creo que podría correrme solo con este roce. ¿Qué estamos haciendo?
Se detuvieron en medio de la pista, jadeantes, rodeados de otras parejas enmascaradas que no les prestaban atención. Marisol levantó la mano y tocó la máscara de lobo.
—Al mismo tiempo. A la cuenta de tres.
—Tres —dijeron los dos a la vez.
Las máscaras cayeron.
El silencio duró medio segundo.
—¡¿Marisol?! —exclamó Hugo, con los ojos muy abiertos.
—¡¿Hugo, el ingeniero del octavo que me tiene loca desde que lo vi cargando cajas en el ascensor?! —Marisol se tapó la boca, pero los ojos le brillaban de pura alegría y alivio.
Se quedaron mirándose como idiotas felices. Luego estallaron en carcajadas sinceras, nerviosas, liberadoras. Hugo la tomó por la nuca y la besó con hambre. Sus lenguas se enredaron torpemente al principio, dientes chocando, pero ninguno se apartó. Cuando separaron los labios, Marisol tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes.
—Llevo semanas tocándome pensando en ti —confesó ella entre risas—. Y resulta que eres virgen también. Esto es demasiado perfecto.
—Subamos a tu apartamento —propuso Hugo, la voz ronca de deseo—. Ahora. Quiero que mi primera vez sea contigo. Y que la tuya sea conmigo. ¿Sí?
Marisol lo agarró de la mano y prácticamente corrió hacia los ascensores.
Una vez dentro del apartamento de ella, las risas no cesaron. Hugo se enredó con la cremallera del vestido; Marisol casi se cae al quitarse los tacones. Cuando por fin quedaron desnudos frente a la cama, se miraron con una mezcla de lujuria y ternura absurda.
—Eres más guapo sin máscara —dijo ella, recorriendo con la mirada el pecho ancho, el abdomen marcado y la polla gruesa que se alzaba, completamente erecta, con una gota brillante en la punta.
—Y tú estás más mojada de lo que imaginaba —respondió Hugo, señalando el brillo que ya le corría por el interior de los muslos de Marisol.
Ella se arrodilló primero, riendo de los nervios.
—Voy a hacer una mamada desastrosa, te aviso.
—Desastrosa y mía —jadeó él.
Marisol tomó la polla con mano temblorosa. La lamió desde la base hasta la cabeza con torpeza entusiasta, dejando rastros de saliva. Cuando intentó meterla en la boca, los dientes rozaron un poco. Hugo siseó, pero le acarició el pelo con ternura.
—Con más labios, preciosa… así… joder, sí. Aunque me mates, no pares.
Marisol rio con la polla aún en la boca, lo que provocó vibraciones que hicieron gemir a Hugo. Se volvió más valiente, chupando con ganas, lamiendo la punta, probando a meter más. Las risitas y los gemidos se mezclaban en una sinfonía ridícula y excitante.
—Ahora me toca a mí —dijo Hugo, casi sin aliento. La levantó, la tiró sobre la cama y se arrodilló entre sus piernas abiertas.
Su lengua fue torpe al principio, lamiendo demasiado amplio, perdiéndose. Marisol estalló en carcajadas.
—¡Arriba, ingeniero! El botoncito está más arriba… ¡ahí! ¡Sí, joder, ahí!
Hugo rio contra su coño, el aliento caliente enviando escalofríos. Se volvió juguetón: succionó el clítoris, metió la lengua dentro, usó los dedos con torpeza adorable. Marisol arqueó la espalda, las risas convirtiéndose en gemidos agudos hasta que un orgasmo repentino, el primero que no se provocaba ella misma, la atravesó como un rayo. Se corrió entre risas y sollozos, apretando la cabeza de Hugo contra su coño tembloroso.
Sin darle tiempo, Marisol lo empujó, se subió encima y agarró la polla virgen. La frotó contra su entrada, resbaladiza y ansiosa.
—Allá vamos… —dijo, y se dejó caer.
La polla entró solo a medias. Se le escapó. Los dos estallaron en carcajadas.
—¡Esto es más difícil que en las películas! —exclamó ella, lágrimas de risa en los ojos.
Hugo la sujetó por las caderas, guiándola. Esta vez entró del todo. El estiramiento hizo gemir a Marisol. Empezó a cabalgar con movimientos torpes, subiendo y bajando, riendo cada vez que perdía el ritmo. Hugo la miraba fascinado, las manos en sus tetas, pellizcando los pezones.
—Cambiemos —pidió él, rojo de placer y vergüenza.
La colocó debajo en misionero. Cuando empujó de nuevo, ambos soltaron un gemido ridículo al unísono. Hugo empezó a follarla con fuerza creciente, sus caderas chocando con sonidos húmedos y obscenos. Cada vez que uno gemía demasiado alto, el otro se reía.
—Sueno como un puto animal —jadeó Hugo.
—Suenas perfecto —respondió Marisol entre risas y besos—. Más fuerte… así… ¡ay, sí!
Los tropiezos, los choques de pelvis, las risas y los gemidos se fundieron. Hugo sintió que no aguantaba más.
—Me voy a correr dentro… ¿puedo?
—Lléname, vecino —rio ella, clavándole las uñas en la espalda.
Hugo se corrió con un rugido mezclado con carcajadas, bombeando chorros calientes mientras Marisol lo abrazaba y lo besaba, riendo también de pura felicidad.
Sudados, pegajosos y aún riendo, se separaron. Hugo trajo una toalla del baño. Se limpiaron entre bromas.
—Fuimos un desastre absoluto —dijo Marisol, limpiando el semen que le corría por el muslo.
—Un desastre maravilloso —corrigió Hugo, besándole la nariz.
Desnudos, se acurrucaron en la cama. Marisol sacó un pote de helado de chocolate del congelador. Comieron directamente con la misma cuchara, riendo cuando una gota cayó sobre el pecho de Hugo y ella la lamió.
—Tenemos que repetir esto —murmuró él, pasando la cuchara por los labios de ella.
—Claro que sí —respondió Marisol, lamiendo la cuchara con lentitud deliberada—. Pero la próxima vez… quiero que me cuentes todas esas fantasías que mencionaste en el baile. Todas. Y yo te contaré las mías. Porque esto apenas empieza, vecino.
Hugo sonrió, pero en sus ojos brilló una chispa de curiosidad y algo más, un secreto que aún no había revelado. Marisol notó esa mirada justo cuando él se inclinaba para besarla de nuevo, y el helado quedó olvidado sobre la mesita mientras sus manos empezaban a explorarse otra vez con menos torpeza… pero con muchas más preguntas por responder.
La exploración se volvió más urgente y segura, las manos de Hugo deslizándose por la curva sudorosa de la espalda de Marisol mientras el beso se convertía en un enredo de lenguas y dientes que ya no chocaban por torpeza sino por hambre pura. Ella, la traductora freelance de veintiocho años que había fantaseado con esto durante meses, sentía cómo su coño palpitaba de nuevo, todavía lleno del semen de su primer encuentro pero ansioso por más. Hugo, el ingeniero de treinta y dos años cuyo pecho ancho subía y bajaba con respiraciones agitadas, la empujó suavemente contra las almohadas y descendió por su cuerpo, besando el valle entre sus tetas generosas antes de capturar un pezón endurecido entre sus labios. Lo succionó con fuerza, tirando de él mientras su mano amasaba el otro pecho, pellizcando el pezón hasta que Marisol arqueó la espalda y soltó una risa entrecortada que se transformó en gemido.
—Joder, Hugo, chúpame más fuerte… así, como si quisieras sacarme leche —jadeó ella, enredando los dedos en su cabello oscuro. En su mente bullía el pensamiento de que esto era mil veces mejor que cualquier escena de las novelas eróticas que traducía a diario; la saliva caliente de él, el leve dolor placentero de sus dientes, la forma en que su polla gruesa ya se frotaba contra su muslo, dejando rastros pegajosos de precum.
Hugo levantó la mirada con esa sonrisa lobuna que le arrugaba los ojos y bajó más, abriendo sus piernas con manos firmes. El coño de Marisol brillaba obscenamente, los labios hinchados y rojos, una mezcla de sus jugos y el semen anterior corriéndole por el perineo. Él lamió despacio al principio, recorriendo toda la longitud con la lengua plana, saboreando el gusto salado y dulce que los identificaba como uno solo. Luego se concentró en el clítoris, succionándolo con ritmo preciso mientras introducía dos dedos gruesos, curvándolos para frotar ese punto rugoso que la hacía temblar.
Marisol apretó los muslos alrededor de su cabeza, riendo y gimiendo al mismo tiempo. —¡Arriba, ingeniero! No tan ancho… sí, ahí, joder, no pares o te mato. —Su orgasmo llegó rápido y brutal, un espasmo que la hizo apretar los dedos de él con fuerza mientras un chorrito caliente salpicaba la barbilla de Hugo. Él levantó la cara, riendo con los labios brillantes.
—Vaya, vecina, acabas de mojarme entero. Creo que acabo de descubrir mi nuevo hobby favorito.
Sin darle respiro, Marisol lo empujó de espaldas y se colocó a horcajadas sobre su cara, bajando su coño directamente sobre la boca de él mientras se inclinaba hacia adelante para tomar su polla erecta. El sesenta y nueve fue torpe solo los primeros segundos; pronto encontraron el ritmo. Ella chupaba con ganas, hundiendo la cabeza hasta que la polla gruesa le rozaba la garganta, dejando hilos gruesos de saliva que corrían por los huevos pesados de Hugo. Él, debajo, lamía y follaba su coño con la lengua, gruñendo contra su carne sensible, el vibración enviando descargas directas a su clítoris.
—Sabe a nosotros dos —murmuró él entre lametones, y Marisol rio con la polla aún en la boca, las vibraciones haciendo que Hugo arqueara las caderas y empujara más profundo. El sonido era húmedo, obsceno, lleno de sorbidos y gemidos ahogados. Ella sentía las venas palpitantes en su lengua, el sabor almizclado que la volvía loca. Cuando él metió dos dedos junto con la lengua, Marisol se corrió de nuevo, apretando los muslos y tragando más de su polla hasta casi atragantarse.
Se separaron jadeando, cuerpos resbaladizos de sudor. Hugo la colocó de rodillas, admirando el culo redondo y generoso que se ofrecía. Dio una palmada juguetona que resonó en la habitación y provocó una carcajada compartida.
—¿Demasiado fuerte, traductora sucia?
—Más fuerte, lobo. Marca ese culo mientras me follas —respondió ella, empujando hacia atrás.
Hugo guió su polla gruesa y la enterró de un solo empujón hasta los huevos. El estiramiento la hizo gemir alto, las paredes de su coño aún sensibles abrazándolo como un puño caliente y mojado. Empezó a embestir con fuerza, las caderas chocando contra sus nalgas con sonidos húmedos y constantes. Cada golpe enviaba ondas por la carne de Marisol, sus tetas colgando y balanceándose. Él la agarró del cabello con suavidad, arqueándole la espalda, y aceleró.
—Este coño es mío ahora, Marisol. Tan apretado, tan mojado… te estoy follando como en tus novelas, ¿verdad? —gruñó, una mano bajando para frotar su clítoris hinchado.
—Sí… joder, sí… más profundo, quiero sentirte en la garganta —suplicó ella entre risas que se quebraban en gemidos agudos. El sudor les corría por la espalda, el olor a sexo era denso, animal. Hugo cambió el ángulo, inclinándose más sobre ella, casi aplastándola contra el colchón mientras la penetraba con embestidas cortas y brutales que tocaban ese punto perfecto cada vez.
Marisol se corrió por tercera vez, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla, ordeñándola. Eso fue suficiente para Hugo. Con un rugido mezclado con una risa ronca, se clavó hasta el fondo y explotó, bombeando chorros calientes y espesos que la llenaron hasta rebosar. Se quedaron unidos, temblando, mientras los últimos espasmos los recorrían.
Cuando por fin se separaron, cayeron de lado, mirándose con ojos brillantes y cuerpos pegajosos. Hugo trajo una toalla limpia y la pasó con ternura entre los muslos de ella, limpiando el desastre que habían hecho. Compartieron besos perezosos, dedos entrelazados, riendo bajito cuando recordaban los tropiezos de la primera vez.
—Esto no puede ser solo una noche —murmuró él, acariciándole la mejilla—. Quiero repetirlo todos los días, aprender más, contarnos todas las fantasías…
Marisol sonrió, pero algo en su mirada se oscureció por un segundo. Había visto la chispa de antes, esa que él aún no había explicado del todo. Lo besó para silenciarlo, montándolo suavemente una vez más en un último round lento y profundo donde sus caderas rodaron con languidez, susurrándose promesas sucias entre jadeos. Cuando terminaron, exhaustos y felices, Hugo se durmió con la cabeza en su pecho.
Nunca le confesaría que había perdido su virginidad años atrás y que su inocencia había sido solo una máscara más.
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