Tus Manos Recordándome en el Torno

En el taller, Paulina y Wesley se dejan llevar por el deseo reprimido que surge mientras él la guía en el torno.

18 min read August 25, 2026New

El polvo de madera flotaba en los rayos de sol que se colaban por las ventanas altas del taller. Paulina se detuvo en el umbral, el corazón latiéndole con una fuerza absurda para una mujer de treinta y dos años que solo venía a recoger un regalo de boda. El olor a cedro y aceite de linaza la golpeó como un recuerdo vivo. Wesley estaba de espaldas, inclinándose sobre el torno antiguo, los hombros anchos moviéndose bajo la camisa de franela arremangada. Quince años. Quince jodidos años desde la última vez que lo vio de cerca, y aún así su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: un calor bajo en el vientre, un tirón familiar.

Él se giró. Los ojos grises se abrieron un segundo de más.

—Paulina —dijo, y su voz salió ronca, como si no la hubiera usado en días—. Pensé que no vendrías hasta el ensayo.

—Mi hermana quiere un centro de mesa de madera. Dijo que tú eras el único que sabía hacerlo bien. —Se acercó, consciente de cómo le temblaban las manos—. Hola, Wesley.

Él se limpió las palmas en el delantal de cuero y la miró de arriba abajo, sin disimulo. Ella llevaba un vestido sencillo de verano, demasiado fino para el taller, y notó cómo su mirada se detuvo un instante en el escote antes de subir de nuevo a su cara.

—Pasa. El torno está listo. Si quieres… puedes ayudarme a terminar la pieza. Como antes.

Como antes. Esas dos palabras le removieron algo profundo. Se situó delante de la máquina. Wesley se colocó justo detrás de ella, tan cerca que el calor de su pecho le llegó a la espalda. Sus manos grandes, callosas, cubrieron las de ella sobre la gubia.

—Así —murmuró contra su oreja—. Siente el ritmo. No fuerces. Deja que la madera te diga.

El torno giraba con un zumbido bajo. Las astillas saltaban. El cuerpo de Wesley se pegaba al suyo cada vez que corregía el ángulo. Su polla, ya semidura, se notaba contra el culo de Paulina a través de la tela. Ella contuvo el aliento. Él no se apartó. Al contrario: apretó un poco más, guiándola con una paciencia que contrastaba con la respiración irregular que le rozaba el cuello.

—Nunca se me olvidó cómo olías —confesó él de repente, en voz baja—. A jabón barato y a lluvia de montaña. Todas las noches de esos primeros años… me la jalaba pensando en tus manos. En cómo habrían sido si nos hubiéramos atrevido.

Paulina soltó un gemido ahogado. Cerró los ojos un segundo.

—Tus manos —admitió ella, empujando las caderas hacia atrás de forma deliberada, frotándose contra esa dureza creciente—. Siempre tus manos. En mis noches solitarias me tocaba y fingía que eran las tuyas. Callosas. Grandes. Que me abrían… —Tragá saliva—. Nunca dejé de pensar en la promesa estúpida que nos hicimos a los diecisiete. Que volveríamos. Que nos esperaríamos.

Wesley soltó la gubia. Sus dedos se cerraron en la cintura de ella, apretando con fuerza suficiente para marcar. La hizo girar a medias. Se miraron. El torno seguía dando vueltas, olvidado.

—Ya no somos críos, Paulina. Si te beso ahora, no voy a parar. Dímelo claro.

—Bésame, joder. Ya basta de esperar.

El beso fue hambriento, casi violento de tanto contenido. Bocas abiertas, lenguas buscando, dientes rozando labios. Ella se agarró a su cuello; él la alzó con facilidad y la sentó sobre el banco de trabajo lleno de virutas. Le subió el vestido hasta la cintura de un tirón. Paulina no llevaba bragas —una decisión consciente esa mañana, medio avergonzada, medio esperanzada— y el aire fresco del taller le rozó el coño ya empapado.

—Mírate —gruñó Wesley, arrodillándose entre sus muslos abiertos—. Todo mojado por mí. Llevo quince años soñando con probarte.

Se lanzó a su coño como un hombre sediento. Lametones largos desde la entrada hasta el clítoris, chupando el botón hinchado con devoción sucia. Paulina arqueó la espalda, agarrándole el pelo corto con ambas manos.

—Wesley… joder, sí, así… chúpame más fuerte…

Él metió dos dedos callosos dentro de ella mientras lamía, curvándolos exactamente donde la hacía temblar. El sonido obsceno de su lengua y sus dedos follándola llenó el taller. Ella se corrió rápido, con un grito roto, apretándole la cara contra su coño y mojándole la barba de una semana. Wesley no paró hasta que ella forcejeó, hipersensible.

—Ahora yo —jadeó Paulina, resbalando del banco y arrodillándose en el suelo de madera—. Quiero tu polla en la boca. Quiero tragármela entera.

Le abrió el pantalón con dedos torpes. La polla de Wesley saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Ella la lamió de base a glande, saboreando el precum salado, y luego se la embocó de un golpe, relajando la garganta hasta sentirla golpear al fondo. Wesley soltó un gemido gutural y le acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con lo profundo que le follaba la boca.

—Así, mi vida… tómala toda. Qué bien me chupas. He soñado con esto cada puta noche.

Babeaba por la comisura, los ojos llorosos de esfuerzo, pero no se apartó. Chupaba con ansia, una mano apretándole los huevos, la otra agarrándole el muslo. Cuando él tiró suave de su pelo para sacarla, un hilo de saliva unía sus labios a la cabeza enrojecida.

—Si sigues así me corro en tu garganta y todavía no te he follado como mereces.

La levantó, la giró y la pegó de pechos contra el torno aún caliente. Le alzó el vestido por la espalda, le separó las nalgas y empujó dentro de su coño de un solo embiste profundo. Paulina gritó, las manos agarrándose al metal. Él la follaba duro, sin piedad, las caderas golpeando su culo con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida la hacía avanzar un poco; las virutas se le pegaban a los muslos.

—Te amo —le susurró al oído, la voz rota mientras le daba más fuerte—. Siempre te amé. Cada vez que me corría pensaba en ti. En este coño apretado. En volver a llenarte.

—Te amo también —sollozó ella, empujando hacia atrás para encontrarlo—. Más profundo… fóllame como si fueran quince años de una vez…

Se corrió otra vez contra el torno, el orgasmo arrancándole un gemido largo. Wesley salió de ella temblando, la envolvió en una manta vieja que tenía doblada cerca del calentador y se dejó caer al suelo con ella encima. Paulina se montó a horcajadas, guiando su polla de nuevo dentro y empezó a cabalgarlo con pasión desesperada. Se miraban a los ojos. Él le sujetaba las caderas; ella se inclinaba para besarlo entre embestidas, el clítoris rozando la base de su polla en cada bajada.

—Mírame cuando te corras —pidió él—. Quiero verlo.

El ritmo se volvió errático. Paulina apretó alrededor de él, gimiendo su nombre una y otra vez. Wesley empujó hacia arriba con fuerza y se corrieron juntos: ella contrayéndose en oleadas, él llenándola a chorros calientes, gruñendo contra su boca. Se quedaron así, temblando, unidos, el semen empezando a salirle por los bordes cuando ella se movió un poco.

Después se acomodaron envueltos en la manta, sudorosos, el pecho de él sirviéndole de almohada. Afuera empezaba a caer la tarde de montaña. Wesley le besaba el pelo con una calma peligrosa, como si tuviera miedo de que se esfumara.

—La boda es en tres días —murmuró ella contra su piel—. Y después… yo tengo que volver a la ciudad. El trabajo. El piso.

Él apretó el brazo alrededor de su cintura, la polla todavía medio dura dentro de ella, sin querer salir del todo.

—Entonces tenemos tres días —dijo con voz baja, intensa—. Tres días para decidir si esto fue solo un desahogo… o si por fin vamos a cumplir lo que nos debíamos desde hace quince años. Porque yo no pienso dejarte ir tan fácil, Paulina. No esta vez.

Ella no respondió de inmediato. Solo entrelazó sus dedos con los de él sobre su estómago y miró las virutas doradas esparcidas por el suelo, sintiendo cómo el deseo, lejos de apagarse, empezaba a arder de otra manera más peligrosa y profunda bajo la piel.

El calor de sus cuerpos seguía mezclándose bajo la manta áspera mientras la luz de la tarde se volvía más anaranjada y densa entre las ventanas del taller. Paulina no quería moverse. La polla de Wesley todavía latía suave dentro de ella, medio dura, resbaladiza con el semen que le escapaba a hilos calientes por el muslo cada vez que respiraba hondo. Él le acariciaba la espalda con esas manos callosas que ella había fantaseado mil veces, trazando círculos lentos sobre la piel sudada, deteniéndose en la curva de su culo para apretar con posesión.

—Tres días no son nada —susurró ella contra su pecho, oliendo a madera y a sexo—. Y yo… joder, Wesley, tengo el puto vuelo de vuelta el lunes por la mañana. El despacho. Los clientes. La vida que me inventé para no pensar en esto.

Él la hizo incorporarse un poco, lo bastante para mirarla a los ojos. Sus grises estaban oscuros, serios, pero la boca le temblaba de ganas.

—Entonces vamos a usar cada puto minuto. Ahora. Aquí. No me hables de la ciudad todavía. Háblame de cómo te sientes con mi polla todavía dentro, llena de mi leche.

Paulina se mordió el labio y se movió encima de él, un balanceo lento que hizo que el glande rozara justo ese punto sensible del fondo. Un gemido le subió por la garganta.

—Me siento… completa. Como si esos quince años hubieran sido solo un mal sueño. Tus manos… joder, tus manos me abren y me recuerdan quién era antes de fingir que estaba bien sola.

Wesley gruñó y le agarró las caderas con fuerza, empujando hacia arriba. La polla se le endureció del todo otra vez dentro del coño hinchado y resbaladizo. El sonido húmedo fue obsceno, un chapoteo sucio que llenó el silencio del taller.

—Mira cómo me tragas otra vez —dijo él, voz ronca—. Tu coño me reconoce. Siempre lo hizo. Levántate un poco… así… y baja despacio. Quiero ver cómo se te escapa mi semen por los bordes mientras me cabalgas.

Ella obedeció, levantándose hasta que solo la cabeza gruesa quedó dentro, sintiendo el hilo espeso que bajaba por sus labios y le manchaba los huevos a él. Luego se dejó caer de golpe, embistiéndose hasta el fondo. El impacto le sacó un grito. Wesley le subió el vestido por completo y se lo quitó por la cabeza, dejándola desnuda sobre él salvo por las botas de verano todavía puestas. Sus tetas pesadas se balanceaban con cada movimiento; él se incorporó lo justo para chupar un pezón, mordisqueándolo con hambre mientras ella se follaba a sí misma contra su polla gruesa.

—Más fuerte —exigió él entre lametones—. Quiero oír cómo te mojas. Cuéntame qué te hacías en la cama de la ciudad cuando pensabas en mí.

Paulina aceleró el ritmo, el clítoris golpeando la base de él en cada bajada. Las virutas se le pegaban a las rodillas y a los muslos, pero le daba igual.

—Me metía tres dedos… y fingía que eran los tuyos. Me abría las piernas frente al espejo y me miraba el coño mientras me corría gritando tu nombre. A veces usaba un consolador grueso y me lo empujaba hasta el fondo imaginando que me llenabas… que me dejabas preñada de tanto correrte dentro. Joder, Wesley, siempre quise eso. Que me marcaras.

Él soltó un juramento y la volcó de espaldas sobre la manta, sin salir de ella. Ahora la follaba desde arriba, embestidas largas y profundas que hacían crujir la madera del suelo. Le agarró las muñecas y se las pinó sobre la cabeza, entrelazando sus dedos callosos con los de ella.

—Te voy a follar hasta que no puedas pensar en ninguna ciudad —prometió contra su boca—. Hasta que tu coño solo sepa mi forma. Abre más las piernas… sí, así… déjame llegar más hondo.

Cada embestida era un golpe seco de caderas contra culo, el sonido húmedo y sucio de su polla entrando y saliendo del coño empapado. Paulina arqueaba la espalda, los pezones rozando el pecho peludo de él. El orgasmo le subió rápido, traicionero, un calor que le apretó el vientre.

—Me corro… joder, me corro otra vez… Wesley—

Él no aflojó. La folló a través del orgasmo, sintiendo cómo ella se contraía a su alrededor en oleadas fuertes, exprimiendo su polla. Cuando ella empezó a forcejear por la hipersensibilidad, él salió solo un segundo, le dio la vuelta a cuatro patas y volvió a entrar de un solo empujón salvaje. La agarró del pelo corto, tirando lo justo para hacerle arquear el cuello, y le metió dos dedos en la boca.

—Chúpamelos. Prueba lo mojada que estás por mí.

Ella los lamió con lengua larga y sucia mientras él la embestía sin piedad, las bolas golpeándole el clítoris. El semen anterior le salía a espuma blanca alrededor de la polla gruesa. Wesley se inclinó sobre su espalda y le mordió el hombro.

—Esta noche te llevo a casa. Te voy a atar a mi cama con una de mis correas de cuero y te voy a lamer el coño hasta que me ruegues que te folle otra vez. Y mañana… mañana te voy a follar despacio contra la ventana del taller, con la luz de la mañana en tus tetas, para que cualquiera que pase por el camino te vea cómo te corres en mi polla. ¿Quieres eso? ¿Quieres que te use esos tres días como si fueras mía otra vez?

—Sí —jadeó ella alrededor de sus dedos—. Úsame. Fóllame. No pares. Quiero despertarme con tu leche resbalándome por los muslos. Quiero que me duela sentarme en el ensayo de la boda porque me has destrozado el coño.

Wesley soltó un gemido animal y aceleró. La mano libre le bajó al clítoris y lo frotó en círculos rápidos y firmes. Paulina se deshizo otra vez, gritando su nombre contra el suelo, el cuerpo entero temblando. Él la siguió segundos después, empujando hasta el fondo y llenándola a chorros calientes y gruesos, gruñendo su amor contra la nuca de ella mientras se vaciaba.

Se quedaron así un rato, él todavía dentro, respirando agitados. Cuando por fin se separó, el semen le bajó en un hilo espeso desde el coño abierto hasta la rodilla. Wesley se lo recogió con dos dedos y se lo metió otra vez dentro, empujándolo profundo.

—Esto se queda aquí —dijo en voz baja, casi feroz—. Es mío. Tú eres mía estos tres días. Y después… hablamos. Pero ahora no te voy a dejar pensar. Levántate.

La ayudó a ponerse en pie. Las piernas le temblaban. Él le limpió un poco con un trapo limpio del banco, pero a propósito dejó la mayor parte del desastre entre sus muslos. Le puso el vestido de nuevo, sin bragas, y notó cómo ella se estremecía al sentir la tela rozarle el coño sensible y lleno.

—Ven —ordenó, tomándola de la mano—. Cierro el taller. Te llevo a casa. Quiero comerte la cena entre las piernas y después follarte en la ducha hasta que el agua se acabe.

Paulina lo siguió, el corazón latiéndole desbocado. Afuera el aire de montaña era fresco y olía a pino. Mientras él echaba el candado a la puerta del taller, ella se pasó una mano por debajo del vestido y se tocó el coño hinchado, metiéndose un poco más del semen que se le escapaba. Wesley la vio, se le oscurecieron los ojos y la empujó contra la pared exterior de madera.

—Puta golosa —murmuró, metiéndole la mano debajo del vestido también, dos dedos hundiéndose sin esfuerzo en el desastre caliente—. No puedes esperar ni hasta llegar a casa, ¿eh?

La besó con lengua profunda mientras le follaba el coño con los dedos allí mismo, a la vista de cualquiera que bajara el camino de tierra. Ella se corrió otra vez, callada, mordiéndole el hombro de la camisa, las piernas abriéndose más para él. Cuando retiró la mano, se chupó los dedos con calma, saboreándolos.

—Casa. Ahora. Y esta noche no vas a dormir. Te voy a follar hasta que me digas que te quedas. Aunque solo sea una mentira por unas horas.

Ella subió al camión viejo sin decir nada, el vestido pegado a los muslos con el semen. Mientras el motor arrancaba y el taller se quedaba atrás entre los árboles, Paulina miró por la ventanilla el paisaje que conocía de adolescente y sintió el miedo y el deseo pelearse en el pecho. Tres días. Tres putos días para decidir si volvía a la ciudad con el coño vacío otra vez o si por fin se atrevía a quedarse con las manos que siempre la habían recordado. Wesley le puso una mano en el muslo, subiendo despacio hasta rozarle de nuevo el coño sin bragas, y ella abrió las piernas en el asiento, dejándolo tocarla mientras conducía, el corazón latiéndole como si ya estuviera eligiendo… y a la vez como si todavía no pudiera.

El camión subió la última cuesta y se detuvo frente a la cabaña de madera que Wesley había construido con sus propias manos. Paulina bajó con las piernas temblando, el semen frío ya pegándole los muslos. Él no le dio tiempo a mirar alrededor: la levantó en brazos, cruzó el umbral y la llevó directo a la ducha grande de piedra. El agua caliente cayó sobre ellos mientras él le quitaba el vestido empapado y la empujaba contra los azulejos.

—Ábrete —ordenó, arrodillándose bajo el chorro—. Quiero cenar.

Se le comió el coño como un hombre famélico. Lengua plana, ancha, lamiendo su propio semen mezclado con el jugo de ella, chupando el clítoris hinchado hasta que Paulina se agarró a la grifería y se corrió con las rodillas flojas, gritando su nombre contra el vapor. Wesley se levantó, la giró de espaldas, le separó las nalgas y le metió la polla de un solo embiste profundo. El agua resbalaba entre sus cuerpos. Él la follaba lento al principio, sacándola casi entera para volver a enterrarse hasta los huevos, murmurándole al oído:

—Siente cómo te abro otra vez. Cómo te lleno. Dime que eres mía estos tres días.

—Tuya —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás—. Fóllame más fuerte. Déjame marca.

La mano de él le bajó al clítoris y frotó en círculos firmes mientras aceleraba. El sonido de carne mojada chocando llenó el baño. Paulina se corrió otra vez, apretándolo tan fuerte que Wesley gruñó y se vació dentro, chorros calientes que el agua no lograba lavar del todo. Cuando salieron, él la secó con una toalla gruesa, la cargó hasta el dormitorio y la ató a la cabecera con una correa de cuero vieja del taller. Las muñecas juntas sobre la cabeza, las piernas abiertas porque él se las separó con las rodillas.

—Te dije que no ibas a dormir —susurró, bajando a lamerla otra vez, lenta, torturadora, hasta que ella lloriqueaba de sobreestimulación—. Ruega.

—Fóllame, Wesley. Por favor. Métela. Necesito tu polla.

Él se arrodilló entre sus muslos y la penetró despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Cada embestida era profunda, posesiva. Le chupó los pezones, le mordió el cuello, le habló sucio:

—Tu coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca. Voy a correrme tan adentro que mañana todavía me sientas goteando mientras te sientas en el ensayo de tu hermana. ¿Te gusta la idea? ¿Que todos huelan a sexo en ti y no sepan por qué caminas cojeando?

—Sí… joder, sí… lléname otra vez…

Se corrieron juntos, ella tirando de las ataduras, él derramándose a pulsos largos mientras le besaba la boca abierta. Después la desató, la abrazó contra su pecho y se quedaron callados un rato, solo el sonido de la lluvia empezando afuera.

La noche fue una sucesión de folladas. En la cocina, sobre la mesa de madera, con Paulina sentada al borde y Wesley de pie embistiéndola mientras le daba de comer trozos de pan con queso entre gemidos. En el sofá, ella a horcajadas, cabalgándolo con las tetas en su cara, contándole entre jadeos cómo se tocaba en la ciudad imaginando exactamente esa polla gruesa abriéndola. En la cama otra vez, de ladito, él entrando desde atrás con una mano en su pecho y la otra en su clítoris, follándola despacio hasta que ella lloró de lo bueno que se sentía y le confesó:

—Tengo miedo de volver. Miedo de que esto se quede solo en tres días y yo me muera otra vez de ganas de tus manos.

Wesley la giró, la miró a los ojos grises oscuros y le dijo con voz ronca:

—Entonces no vuelvas. Quédate. O déjame ir contigo. O inventamos una puta excusa cada fin de semana. Pero no me mires como si ya te estuvieras despidiendo, Paulina. Todavía no.

Amanecieron enredados. Él la despertó con la lengua entre las piernas, lamiéndola hasta un orgasmo perezoso y húmedo, y después la folló de lado bajo las sábanas, lento, profundo, llenándola otra vez mientras la luz de la mañana entraba por la ventana. Después del desayuno —café y tostadas que comieron desnudos— la llevó de vuelta al taller. Cumplió la promesa: la puso de pechos contra el cristal de la ventana grande, le levantó la camisa flanel que le había prestado y la embistió desde atrás con la luz del sol bañándole las tetas. Cualquiera que pasara por el camino de tierra podía verla. A Paulina le importó una mierda. Gritó cuando se corrió, las manos empañando el cristal, el semen de Wesley bajándole otra vez por el muslo interior.

Los tres días se convirtieron en una borrachera de cuerpos y confesiones. La segunda noche la ató otra vez, esta vez con las piernas abiertas a los postes de la cama, y le folló el coño con los dedos y la lengua hasta que ella perdió la cuenta de los orgasmos. Después se la folló despacio, mirándola, repitiéndole que la amaba desde los diecisiete y que cada tabla que había torneado en quince años llevaba escondido el recuerdo de sus manos juntas sobre la gubia. Ella le contó del piso vacío en la ciudad, de las noches en que se metía el consolador y se grababa a sí misma gritando su nombre solo para borrarlo después, de cómo ninguna pareja le había durado porque ninguno tenía esas manos callosas ni esa forma de mirarla como si fuera madera preciosa que había que cuidar y al mismo tiempo usar hasta el fondo.

El día del ensayo de la boda ella llegó tarde, el coño sensible, andando con cuidado, la ropa interior empapada porque Wesley la había follado contra la pared del taller media hora antes “para que no se te olvide de quién eres mientras sonríes a los primos”. Por la noche volvieron a la cabaña y se hicieron el amor en la ducha otra vez, después en el suelo frente a la chimenea, ella montándolo mientras las llamas les pintaban la piel de naranja. Se corrieron mirándose, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

La última mañana Paulina despertó antes que él. Se quedó mirando el techo de madera, sintiendo el semen de la noche anterior todavía resbalándole un poco, el olor a sexo y a cedro impregnándole la piel. El vuelo salía en cinco horas. Podía coger el camión, llegar al aeropuerto y volver a fingir. O…

Se levantó despacio, se puso solo la camisa de él y bajó al taller. Encendió el torno. El zumbido familiar le llenó el pecho. Cuando Wesley apareció en el umbral, descalzo y con el pelo revuelto, ella ya tenía la gubia en la mano y una sonrisa sucia y decidida en la boca.

—No me voy el lunes —dijo sin girarse del todo—. Llamé al despacho. Les dije que necesito una semana más “por temas familiares”. La semana que viene tengo una reunión importante en la ciudad… pero tú vas a venir conmigo. Vas a follarme en mi cama estrecha de soltera hasta que huela a ti. Y después vamos a buscar un piso más grande. O una cabaña cerca. O lo que sea. Pero esta vez no te suelto, Wesley. Ni tú a mí.

Él se le acercó por detrás, le rodeó la cintura con esas manos grandes y le besó el cuello.

—Entonces empieza a tornear —murmuró contra su piel—. Porque esta noche, después de la boda de tu hermana, te voy a follar otra vez aquí mismo, contra este torno, y mientras te corro dentro voy a hacerte prometer que el mes que viene volvemos a esta misma posición. Y al siguiente. Y al otro. Hasta que se nos acaben los años.

Paulina sonrió, empujó las caderas hacia atrás hasta sentir la polla de él endureciéndose otra vez contra su culo desnudo, y ya estaba calculando en silencio cómo mover la reunión del martes, cómo decirle a la casera que no renovaba el contrato del piso pequeño, cómo esconder en la maleta la correa de cuero que él había usado para atarla… porque la próxima vez pensaba ser ella quien lo atara a él y le chupara la polla hasta dejarlo seco antes de montarlo despacio y obligarlo a mirarla mientras le decía que por fin se quedaba para siempre.

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