Lidia susurra por favor en el festival

Simone susurra por favor mientras Otto la ata en el festival.

4 min read August 31, 2026New

Simone tenía veintidós años y el corazón le latía desbocado bajo la blusa fina cuando entró al festival fetish nocturno de la mano de Otto. Él, rigger experimentado de veintiocho, conocía cada rincón de aquel recinto semiabierto donde la música grave se mezclaba con gemidos lejanos y el olor a cuero y cuerda. Lidia, una amiga sumisa que habían saludado en la entrada, les había guiñado un ojo antes de desaparecer entre la gente; Simone apenas lo registró. Solo sentía la presión de los dedos de Otto en su cintura.

Él se inclinó hasta su oreja mientras avanzaban entre cuerpos medio desnudos y collares brillantes.

—Esta noche te quiero completamente atada y expuesta en uno de los rincones discretos —susurró, la voz ronca—. Piernas abiertas. Todo el mundo que pase podrá verte si se acerca lo suficiente. ¿Lo quieres?

A Simone se le humedeció el coño al instante. Tragó saliva y respondió con un temblor que le subía por las rodillas:

—Por favor…

La palabra salió baja, casi rota, y selló el trato. Otto sonrió contra su cuello y la guió más adentro.

Mientras caminaban, su mano se deslizó bajo la falda corta de Simone. Los dedos le apartaron la braga empapada y encontraron el clítoris hinchado. Empezó a frotarlo despacio, circulares precisos, sin prisa. Simone se mordió el labio y apretó el paso para no cojear.

—Recuerda las reglas —murmuró él sin dejar de acariciarla—. No te corres hasta que yo lo diga. Si lo intentas, paro. Disciplina, mi niña.

Ella asintió con la cabeza, las piernas ya temblorosas. El dedo de Otto seguía resbalando entre sus labios hinchados, recogiendo lubricación y volviendo al botón sensible. Cada vez que el placer subía demasiado, él aflojaba la presión y solo la rozaba. Simone jadearon entre dientes.

En un momento en que la multitud los rozó de cerca, Otto sacó del bolsillo unas pinzas pequeñas de metal con tornillo. Con disimulo levantó la blusa lo justo, pellizcó un pezón ya duro y colocó la primera pinza. El dolor agudo hizo que Simone se arqueara.

—Susurra «por favor, Amo» cada vez que sientas el dolor —ordenó.

—Por favor, Amo… —gimió ella apenas audible.

La segunda pinza cerró sobre el otro pezón. El ardor se irradió directo al coño. Otto le dio un tirón suave a la cadenita que las unía y Simone volvió a susurrar:

—Por favor, Amo…

Ya no aguantaba. El roce constante en el clítoris, el peso de las pinzas, la mirada dueña de Otto… Empujó la cadera contra su mano y rogó en voz baja pero clara:

—Por favor, llévame ya. Necesito que me ates. Por favor, Amo, más…

Otto retiró la mano, se limpió los dedos en el muslo de ella y la condujo hacia un rincón semioculto detrás de unas telas oscuras y un biombo de cuerda. Allí la luz era roja y tenue. Sacó las cuerdas de shibari del bolso y empezó a trabajar con precisión brutal y cariñosa a la vez.

Le ató los pechos primero, enmarcándolos, haciendo que las pinzas tiraran más. Luego las piernas, muslos separados, tobillos y muñecas conectados a un punto de suspensión improvisado pero seguro. Cuando terminó, Simone quedaba semi-suspendida, el coño expuesto, abierto, goteando sobre el suelo. Las cuerdas le marcaban la carne y ella respiraba agitada.

—Preciosa —dijo Otto, tomando el flogger—. Ahora sientes de verdad.

Los primeros latigazos cayeron sobre los pechos. El cuero rozó las pinzas y el dolor se volvió placer eléctrico. Simone gritó un «por favor, Amo» ahogado. Él bajó el flogger al coño abierto: golpes secos, rítmicos, contra los labios y el clítoris. Cada impacto la hacía balancearse en las cuerdas. Las lágrimas le saltaron no de sufrimiento, sino de ese placer que la desbordaba.

—Por favor… por favor, Amo, más… me voy a correr…

—Todavía no.

Otto dejó el flogger, se bajó la bragueta y sacó la polla gruesa, ya dura y venosa. Se posicionó entre sus piernas abiertas y empujó de un solo tajo hasta el fondo. Simone se ahogó en un gemido. Él tiró de las cuerdas principales y la balanceó hacia delante y atrás, follándola en el aire con embestidas profundas y salvajes. La polla le estiraba las paredes, le golpeaba el punto dulce una y otra vez.

Cuando ella empezó a apretarse a su alrededor, Otto la bajó lo suficiente para ponerla de rodillas sin deshacer del todo la suspensión. La polla brillante de sus jugos le rozó los labios.

—Chúpamela. Limpia lo que me has mojado.

Simone abrió la boca y se la tragó hasta la garganta, babeando, mientras las cuerdas le mantenían los brazos atrás. Otto le agarró el pelo y la usó con control total, empujando hasta que ella tosió y lloró de gusto. Después la levantó otra vez y volvió a follarla en el aire, más duro, tirando de las cuerdas para que cada embestida la atravesara completa.

—Córrete —ordenó al fin—. Ahora.

Simone se vino con un grito ahogado, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla de Otto. Él no paró. La siguió cogiendo mientras ella temblaba en el segundo orgasmo, y luego en el tercero, hasta que sus propias caderas se tensaron y se corrió dentro de ella a chorros calientes, llenándola. Sacó la polla, le dio un azote seco con la mano abierta en cada nalga hasta dejar la marca roja de sus dedos, y solo entonces empezó a desatarla con cuidado, nudo a nudo.

La envolvió en una manta suave que había traído, la levantó en brazos y la llevó a la zona de aftercare cercana, más silenciosa. Allí la sentó entre sus piernas, le dio sorbos de agua y le acarició el pelo húmedo de sudor. Le susurró al oído lo orgulloso que estaba de su sumisión, de cómo había pedido y aguantado y gozado. Simone, aún temblando, le tomó las manos y las besó una y otra vez, los labios suaves contra los nudillos marcados por la cuerda, mientras el semen le resbalaba despacio entre los muslos y el calor del afterglow la envolvía.

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