Desayuno a medianoche con la guía

La guía y la turista lésbica se devoran en la suite.

5 min read August 19, 2026New

La suite del ático olía a jazmín y a la tormenta lejana que no acababa de romper sobre Madrid. Eran las doce y diecisiete cuando Gwen, en camisón de algodón fino y con el pelo rubio todavía húmedo de la ducha, abrió la puerta al golpe suave. Yvonne estaba al otro lado, la guía de veintiocho años que le había enseñado el Retiro y el barrio de las Letras con una boca descarada y unas caderas que pedían pecado. Llevaba solo una bata corta de seda negra, mal atada, y debajo se adivinaba la curva pesada de las tetas y el triángulo oscuro del pubis.

—No podías dormir —dijo Yvonne, sin preguntar—. Yo tampoco. Pensé en prepararte un desayuno a medianoche. En mi suite. Más privada. Más… mía.

Gwen sonrió con esa hambre atlética que no disimulaba. Treinta y dos años, piernas largas de corredora, pezones ya duros contra la tela fina.

—Llévame.

El ascensor subió en silencio cargado. En la cocina abierta de la suite de Yvonne, la luz baja de los bajos dejaba brillar el mármol y el acero. Yvonne sacó fresas, melocotón, nata montada, una cafetera italiana. Se movía a propósito despacio, la bata subiendo cada vez que se estiraba, enseñando el culo redondo y el borde de los labios hinchados. Gwen cortaba fruta a su lado; sus codos se rozaban, luego el dorso de la mano, luego el muslo desnudo de Yvonne contra la cadera de la rubia.

—Desde el primer tour me mirabas el culo —murmuró Yvonne, dejando caer una fresa en la tabla.

—Y tú me mirabas la boca cuando hablaba de Goya —respondió Gwen—. No finjas.

El jugo rojo resbaló por el dedo índice de Gwen. Yvonne no dudó: tomó esa mano, acercó el dedo a su boca y lamió despacio, de la base a la yema, chupando el dulzor con un sonido obsceno. La lengua caliente, el labio inferior brillando. Gwen sintió el tirón directo en el clítoris.

—Joder…

Gwen le devolvió el gesto. Agarró el pulgar de Yvonne, se lo metió entero y lo chupó con intención, mirándola a los ojos, la lengua girando. Yvonne soltó un gemido bajo.

—Me gusta follarme a las turistas listas —confesó la morena, voz ronca—. Pero tú… llevas tres días empapándome la braga solo con tus preguntas.

—Llevo fantaseando con comerte el coño desde que me señalaste el Palacio Real con ese dedo —admitió Gwen sin vergüenza—. Quiero que me destroces. Ahora.

Se lanzaron. El beso fue lengua y dientes, manos ansiosas agarrando tetas y culos. Yvonne empujó a Gwen contra la encimera, la bata abierta del todo, las tetas pesadas y los pezones oscuros rozando el camisón de la rubia. Se frotaron el pubis, húmedo contra húmedo, mientras se comían la boca. Gwen metió la mano entre los muslos de Yvonne y encontró el coño afeitado, resbaladizo, ya abierto.

—Estás chorreando, guapa.

—Por ti, puta americana.

Se bajaron la ropa a empujones. Gwen se arrodilló en el suelo frío de mármol, abrió las piernas de Yvonne y hundió la cara en ese coño moreno. Lamió de abajo arriba, separó los labios con los pulgares y chupó el clítoris hinchado como si fuera fruta madura. Metió dos dedos de golpe, curvándolos contra el punto esponjoso, y folló con la mano mientras la lengua no paraba. Yvonne se agarró al borde de la encimera, las tetas temblando, gimiendo alto.

—Así… más duro… chúpame esa polla de carne… joder, Gwen, me voy a correr en tu boca…

Gwen metió un tercer dedo, estirándola, y succionó el clítoris sin piedad. Yvonne se corrió gritando, el coño palpitando, chorreando jugos dulces y calientes directamente en la lengua de la rubia. Gwen se lo bebió todo, lamiendo hasta el último espasmo, la barbilla brillante.

Apenas Yvonne recuperó el aliento, agarró a Gwen por el pelo y la subió a la mesa del comedor. Le abrió las piernas en V, le miró el coño rosado y afeitado, los labios hinchados, el agujero del culo apretado y tentador.

—Ahora te toca, guarra. Voy a follarte con la lengua hasta que me ruegues.

Se arrodilló y atacó. Lengua ancha lamiendo todo el coño, luego punta rápida en el clítoris, tres dedos gruesos entrando de una, follando fuerte, el sonido chapoteante llenando la suite. Cuando Gwen empezó a temblar, Yvonne bajó la lengua al ano y lo lamió con hambre, circulares lentos, empujando un poco dentro mientras los dedos no paraban de machacar el coño. Gwen gritaba, las uñas en la madera, las tetas rebotando.

—Me corro… Yvonne, me corro, no pares, lámame el culo y fóllame…

Se corrió con las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de los dedos, un chorro caliente mojando la muñeca de Yvonne. La guía se lo lamió todo, de coño a culo y vuelta.

No terminaron ahí. Bajaron al suelo grueso de la alfombra. Se pusieron en 69 salvaje, Yvonne encima, el culo en la cara de Gwen, el coño chorreante sobre su boca. Se comieron mutuamente sin piedad: lenguas profundas, dedos metidos hasta el nudillo, chupadas fuertes al clítoris, lametones al ano. Gwen le metió dos dedos en el culo a Yvonne mientras le chupaba el coño; Yvonne le devolvió el favor, tres dedos en el coño de Gwen y la lengua empujando su culo. Se corrían una tras otra, gimiendo como putas, los jugos chorreando por barbillas y pechos, los cuerpos sacudiéndose. El olor a sexo mojado llenaba el aire. Se follaron con las manos y las bocas hasta que las piernas no aguantaron más, hasta que ambas estuvieron rojas, hinchadas, brillantes de saliva y crema.

Cuando por fin se detuvieron, jadeando, se limpiaron mutuamente con la lengua. Yvonne lamió despacio los muslos internos de Gwen, recogiendo cada hilo de jugo, chupando el coño sensible hasta que la rubia se retorció otra vez. Gwen hizo lo mismo: se arrodilló entre las piernas abiertas de la guía y lamió limpio el pubis moreno, el perineo, el culo todavía abierto y brilloso, saboreando el sabor a ambas mezclado. Se besaron después, compartiendo el gusto salado y dulce, las lenguas perezosas.

Se quedaron enredadas en el sofá de la suite, desnudas, la nata olvidada y las fresas aplastadas en la tabla. Yvonne trazaba círculos en el pezón de Gwen.

—Mañana tienes el tour del Prado a las diez —murmuró—. Yo soy tu guía privada otra vez.

Gwen sonrió contra su cuello, ya pensando.

—Entonces después del museo te traigo aquí otra vez. Quiero que me folles con ese consolador grueso que vi en tu maleta al pasar. Y quiero grabar cómo me comes el culo mientras me metes los dedos, solo para nosotras. La noche siguiente alquila la suite de al lado también; vamos a manchar las dos camas. Y si te portas bien, te dejo que me ates las muñecas a la cabecera y me uses hasta que no pueda caminar al día siguiente.

Yvonne rió bajo, la mano ya bajando otra vez entre las piernas de Gwen, encontrándola otra vez mojada.

—Trato hecho, turista. Prepárate. Porque esta guía no te va a soltar hasta que te hayas corrido tanto que olvides tu propio nombre… y el mío te lo grites en cada habitación de este puto hotel.

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