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Vendimia Salvaje: La Viuda y los Tres Vendimiadores

La viuda de 42 años, Selena, se folla salvajemente a tres vendimiadores de 28, 31 y 34 años en el granero.

20 min read September 28, 2026New

En las soleadas viñas de La Rioja, Selena, la viuda de 42 años que había tomado las riendas de la bodega familiar con puño de hierro tras la muerte de su marido dos años atrás, observaba con ojos atentos a los tres robustos vendimiadores que acababa de contratar para la cosecha de otoño. Su cuerpo curvilíneo, con unas tetas pesadas que tensaban la blusa ligera de algodón y unas caderas anchas que se balanceaban con cada paso sobre la tierra seca, parecía hecho para tentar. Otto, de 28 años, un joven de músculos duros y marcados por el trabajo constante, se quitó la camiseta casi de inmediato bajo el sol abrasador, dejando que el sudor corriera por su pecho ancho y su abdomen plano. Theo, de 31, más alto y con un torso velludo que brillaba como bronce pulido, hacía lo mismo, sus pantalones ajustados marcando sin piedad el bulto grueso de su polla semierecta. Marco, de 34 años, el más experimentado y corpulento de los tres, trabajaba con la camiseta colgando del bolsillo trasero, sus brazos venosos y su mirada penetrante clavándose en ella sin disimulo.

Desde el primer momento, la tensión sexual crepitaba como el calor del mediodía. Selena daba órdenes con voz firme pero cargada de algo más profundo: «Otto, recoge esa fila con cuidado, no quiero uvas machacadas». Mientras lo decía, sus ojos bajaron sin querer al frente de sus pantalones, donde la tela se tensaba sobre una polla que parecía gruesa y larga incluso en reposo. Sintió un latigazo directo en su coño, un calor húmedo que empezó a empapar sus bragas de encaje. «Joder, hace dos años que no me folla nadie y estos cabrones me están poniendo cachonda solo con mirarme», pensó, mordiéndose el interior de la mejilla para no gemir. Los tres la devoraban con la vista: sus tetas, su culo redondo ceñido por los vaqueros, el escote donde el sudor ya empezaba a brillar entre sus pechos. Marco se pasó la lengua por los labios y murmuró lo suficientemente alto para que ella lo oyera: «Esta viuda tiene unas curvas que hacen que se me ponga dura solo con dar órdenes».

Los roces empezaron como accidentes fingidos. Al pasarle una cesta pesada llena de racimos morados, la mano de Theo rozó con descaro la parte inferior de una de sus tetas, apretando apenas lo suficiente para que el pezón se endureciera al instante bajo la blusa. «Perdona, Selena… pero con esas tetas tan grandes es difícil no tocarlas», dijo con voz ronca, sin apartar la mirada. Ella no se retiró. Sonrió, se mordió el labio inferior con fuerza y sintió cómo su coño se contraía, soltando más jugos calientes que le bajaban por los muslos. «Ten más cuidado, Theo… o no lo tengas», respondió ella, su voz más grave de lo normal. Otto, al pasar por su lado cargando otra cesta, dejó que su cadera rozara el culo de ella, presionando lo justo para que sintiera el calor de su polla dura contra su nalga. «Joder, jefa, llevas todo el día con el culo moviéndose así y yo ya no pienso en uvas, pienso en metértela hasta el fondo», soltó sin filtro. Selena rio bajito, pero por dentro ardía. Su clítoris palpitaba, hinchado, rogando atención.

Marco fue el más sucio durante la pausa del mediodía. Se acercó por detrás mientras ella se inclinaba sobre una cuba, su aliento caliente en la nuca de ella. «Selena, tienes pinta de viuda que necesita tres pollas duras follándola sin piedad. Ese coño debe de estar chorreando ya con solo vernos sudar». Ella se giró lentamente, los pezones marcados como piedras bajo la tela fina, y le sostuvo la mirada. «Tal vez lo esté, Marco. Tal vez lleve todo el día imaginando cómo me llenáis». Las miradas se volvieron más descaradas, los roces más prolongados, los comentarios cada vez más explícitos. Para cuando el sol empezó a bajar, los tres vendimiadores tenían las pollas completamente duras dentro de los pantalones, y Selena sentía las bragas empapadas, el coño hinchado y sensible con cada paso.

Esa misma noche, después de una cena sencilla en la finca —carne asada, pan y conversación ligera sobre la cosecha—, la tensión era insoportable. Los cuatro seguían sobrios, el deseo puro y crudo. Selena se levantó de la mesa, desabrochó dos botones más de su blusa y los miró uno a uno, dejando que vieran el encaje negro del sujetador que apenas contenía sus tetas. «Basta de juegos. He estado mojada todo el puto día mirando vuestras pollas marcadas. Quiero sentirlas. Las tres. Quiero que me folléis como animales en el granero. ¿Os quedáis o tengo que irme sola a tocarme pensando en vosotros?».

Otto se levantó primero, la polla ya empujando contra la tela. «Joder, Selena, llevamos todo el día queriendo arrancarte la ropa. Claro que nos quedamos». Theo y Marco lo siguieron con hambre idéntica. Entre risas graves y besos agresivos que sabían a vino y deseo puro, empezaron a desnudarse. Theo le devoró la boca, metiendo la lengua con fuerza mientras sus manos grandes le agarraban las tetas y las apretaban hasta hacerla gemir. Marco le bajó los vaqueros de un tirón, mordiendo su cuello y metiendo una mano entre sus muslos. «Estás empapada, zorra. Este coño está chorreando por tres pollas jóvenes», gruñó, metiendo dos dedos de golpe y arrancándole un gemido ahogado. Otto le quitó la blusa y el sujetador, liberando sus tetas pesadas y chupando un pezón con violencia. Selena jadeaba, agarrando sus cabezas, sintiendo cómo su cuerpo respondía con un deseo salvaje que llevaba años dormido.

«Al granero. Ahora», ordenó ella entre besos.

El granero estaba iluminado solo por faroles que proyectaban luces anaranjadas y sombras largas sobre las paredes de madera vieja y los montones de heno. Olía a tierra, a uva fermentada y a sudor masculino. Selena se arrodilló sobre una manta gruesa que extendieron, completamente desnuda, sus tetas colgando pesadas y su coño brillando de humedad. Los tres se bajaron los pantalones. Sus pollas saltaron libres: la de Otto, larga y curvada con venas gruesas; la de Theo, más corta pero extremadamente gruesa, con un glande hinchado; la de Marco, la más venosa y oscura, palpitando con fuerza.

Selena no esperó. Agarró la de Otto primero y se la metió hasta la garganta de un solo movimiento, tragándosela entera mientras sus ojos se humedecían. «Así, mama bien esa polla, viuda caliente», gruñó él, sujetándole el pelo. Ella la chupaba con hambre, sacándola para lamer desde los huevos hasta la punta, saliva espesa corriendo por su barbilla. Luego pasó a la de Theo, abriendo la boca al máximo para acomodar su grosor, tragando hasta que la nariz tocó su pubis. Mientras tanto, Marco le apretaba las tetas con ambas manos, pellizcando los pezones duros hasta hacerla gemir alrededor de la verga. Otro par de manos —las de Theo— bajaron y le metieron dos dedos gruesos en el coño empapado, follándola con ellos mientras ella alternaba entre las tres pollas, mamando una, lamiendo otra, masturbando la tercera con la mano libre. Su mente era un torbellino: «Me están usando como una puta y lo estoy disfrutando más que en toda mi vida. Quiero que me destrocen».

La tumbaron sobre una pila de balas de heno. Otto se colocó entre sus piernas abiertas y la penetró de golpe en misionero, su polla larga entrando hasta el fondo de su coño mojado. «¡Qué coño tan caliente y apretado, joder!», rugió mientras empezaba a follarla con embestidas brutales, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente. Al mismo tiempo, Theo le agarró la cabeza y le metió su verga gruesa en la boca, follándosela sin piedad, sus huevos golpeando contra su barbilla. Selena gemía ahogada, el placer recorriéndole el cuerpo como descargas eléctricas. Su coño apretaba la polla de Otto con cada embestida, chorreando alrededor de él.

No les bastó. La pusieron a cuatro patas sobre el heno. Marco escupió en su mano, frotó su polla venosa contra el ano de ella y empujó, abriéndola poco a poco hasta enterrarse completo en su culo. «¡Toma mi verga en el culo, Selena! ¡Qué estrecha estás, puta!», exclamó mientras empezaba a bombear con fuerza, sus caderas chocando contra sus nalgas con golpes húmedos y sonoros. El dolor inicial se transformó rápido en un placer oscuro y profundo que la hizo gritar. Mientras Marco le follaba el culo sin compasión, Otto y Theo se turnaban frente a su cara: uno le metía la polla hasta la garganta, el otro usaba su mano para que lo masturbara con fuerza, tirando de sus tetas colgantes y pellizcando sus pezones.

Selena se corrió dos veces seguidas, su cuerpo convulsionando, el coño y el culo contrayéndose alrededor de las pollas que la penetraban. Los hombres sudaban, gruñían, la llamaban zorra, viuda insaciable, puta de tres pollas. El granero se llenaba de sonidos obscenos: carne golpeando carne, gemidos ahogados, el chapoteo de su coño empapado.

Estaban cerca, muy cerca. Las pollas se hinchaban dentro de ella, sus movimientos se volvían más erráticos y brutales. Selena, con la boca llena y el culo y el coño destrozados de placer, sentía que esto solo acababa de empezar. La noche era larga, la vendimia acababa de comenzar, y su cuerpo aún pedía más, mucho más de aquellos tres vendimiadores que la estaban marcando para siempre.

Selena sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Con la polla venosa de Marco enterrada hasta el fondo en su culo y la gruesa de Theo violando su garganta sin descanso, el orgasmo la golpeó como un latigazo. Sus paredes internas se contrajeron con violencia alrededor del miembro que Otto le follaba el coño con embestidas brutales, y un chorro caliente de sus jugos le empapó los huevos al joven de veintiocho años. «¡Me corro de nuevo, joder…! ¡Me estáis rompiendo!», logró gemir cuando Theo sacó su verga un segundo para dejarla respirar, saliva espesa colgando de sus labios hinchados.

Marco le dio una palmada sonora en la nalga izquierda, dejando la marca roja de su mano grande. «Eso es, viuda de cuarenta y dos años. Córrete en nuestras pollas como la zorra insaciable que eres». Su voz era ronca, cargada de sudor y deseo. Siguió bombeando su culo con golpes secos y profundos, sintiendo cómo el esfínter de ella lo apretaba como un puño caliente. Otto, desde abajo, le sujetaba las caderas con fuerza y la empalaba hacia arriba, haciendo que sus tetas pesadas rebotaran contra su pecho velludo. «Tu coño me está chupando, Selena. Está tan mojado que me resbala hasta los huevos».

Theo no quiso esperar. Le agarró el pelo con una mano y le metió de nuevo su polla gruesa hasta el fondo de la garganta. Los tres la tenían completamente llena, perforándola sin piedad en el granero que olía a heno, sudor y sexo crudo. Selena sentía cada centímetro: la curvatura de Otto rozándole el punto más sensible de su coño, la venosidad de Marco abriéndole el culo con cada embestida, y la anchura de Theo obligándola a abrir la mandíbula al máximo. Su mente era pura niebla de placer: «Hace dos años que solo me tocaba pensando en una polla… ahora tres cabrones de veintiocho, treinta y uno y treinta y cuatro me están usando como un agujero y nunca había estado tan cachonda».

Los gemidos de ella se volvieron más agudos, ahogados por la verga que le follaba la boca. Marco aceleró, sus caderas chocando contra sus nalgas con un sonido húmedo y obsceno. «Voy a correrme en este culo apretado, Selena. ¿Quieres mi leche caliente dentro?». Ella solo pudo asentir con la cabeza, los ojos llorosos de placer. Theo gruñó y sacó su polla, masturbándose rápido frente a su cara. «Yo también, puta. Abre la boca».

El primero en explotar fue Otto. Con un rugido animal empujó hasta el fondo de su coño y se corrió con chorros potentes que ella sintió golpear contra su cervix. «¡Toma toda mi leche, jefa!». El calor la inundó y provocó otro orgasmo en ella, más intenso, casi doloroso. Sus piernas temblaron. Marco no tardó. Le clavó las uñas en las caderas y descargó dentro de su culo, llenándola con semen espeso que empezó a escaparse alrededor de su polla aún dura. «¡Qué culo tan bueno, coño! Te estoy marcando por dentro».

Theo la sujetó por la barbilla y le pintó la cara con su corrida. Hilos blancos y calientes le cayeron en las mejillas, en los labios y entre sus tetas pesadas. Selena sacó la lengua para recoger lo que pudo, tragando con avidez mientras su cuerpo convulsionaba entre los tres vendimiadores. El granero se llenó de sus respiraciones agitadas y del olor acre del semen.

Pero no habían terminado. Ni mucho menos.

Selena se dejó caer de lado sobre el heno, con el coño y el culo chorreando semen mezclado con sus propios jugos. Tenía la cara y las tetas brillantes de corrida, el pelo pegado a la frente por el sudor. Sin embargo, sus ojos seguían ardiendo. Se pasó dos dedos por el coño, recogió la mezcla espesa y se la metió en la boca, mirándolos uno a uno. «Esto no se acaba aquí, cabrones. Tengo cuarenta y dos años y llevo dos sin que me follen como merezco. Quiero más. Quiero que me destrocéis hasta que no pueda caminar mañana».

Otto, aún con la polla semierecta y brillante de sus fluidos, sonrió con hambre. Se tumbó de espaldas sobre una bala de heno más alta y se agarró la base de su verga larga y curvada. «Entonces súbete, viuda. Quiero sentir cómo ese coño lleno de mi leche me aprieta otra vez». Selena no se hizo rogar. Se colocó encima de él a horcajadas, de espaldas, y bajó lentamente, dejando que la polla del joven de veintiocho años volviera a abrirla. El semen de antes facilitó la entrada y ella soltó un gemido largo cuando lo tuvo entero dentro. «Joder… todavía estás duro. Me estás removiendo toda la leche que me dejaste».

Marco, el más corpulento de los tres, se acercó por detrás. Su polla de treinta y cuatro años ya volvía a endurecerse viendo cómo la viuda se follaba a su compañero. Escupió en su mano, frotó el glande contra el ano aún abierto y empujó. Esta vez entró de un solo golpe, profundo, hasta que sus huevos chocaron contra los de Otto. Selena gritó de placer. Doble penetración completa. Dos pollas jóvenes y duras separadas solo por una fina pared dentro de ella. «¡Me estáis partiendo! ¡Dos pollas a la vez en mi coño y culo… sois unos animales!».

Theo se puso delante, de pie sobre el heno, y le ofreció su verga gruesa. Selena la devoró con ansia, mamándola con sonidos húmedos y obscenos mientras Marco y Otto empezaban a follarla coordinados. Cuando uno salía, el otro entraba. El ritmo era brutal. Sus tetas rebotaban con cada embestida doble, los pezones duros como piedras. Otto le pellizcaba uno desde abajo mientras Marco le daba cachetadas en el culo con la mano abierta. «Mírala, cómo traga polla mientras la rellenamos los dos. Eres una puta de vendimia, Selena. Una viuda que necesita tres vergas cada noche».

El placer era tan intenso que Selena sintió que iba a desmayarse. Su clítoris rozaba el pubis de Otto con cada movimiento y cada roce le enviaba descargas eléctricas. Se corrió por cuarta vez, su coño y culo contrayéndose con tanta fuerza alrededor de las dos pollas que ambos hombres gruñeron. «¡Me está exprimiendo la polla!», jadeó Otto. Marco le tiró del pelo hacia atrás, obligándola a arquear la espalda mientras Theo le follaba la boca sin piedad, sus huevos golpeándole la barbilla mojada de saliva y semen seco.

Cambió la posición de nuevo. La levantaron entre los tres como si no pesara nada. Theo se tumbó y ella se sentó sobre su polla gruesa, esta vez de frente, empalándose en su coño con un gemido gutural. Marco se colocó detrás otra vez y volvió a meterse en su culo, completando la doble penetración mientras Otto se ponía de rodillas a un lado. Selena giró la cabeza y se metió la polla larga y curvada del más joven en la boca, mamándola con desesperación. Estaba completamente llena. Tres pollas de veintiocho, treinta y uno y treinta y cuatro años follándola al mismo tiempo en el granero iluminado por faroles anaranjados.

El sudor les corría por los cuerpos. Las tetas de Selena se bamboleaban salvajemente mientras los tres la taladraban. Sus jugos y el semen anterior chorreaban por los muslos de los hombres, goteando sobre el heno. «¡Más fuerte! ¡Folladme más fuerte, joder! Quiero sentirme usada, rota, llena de vuestra leche toda la noche», suplicó entre mamada y mamada.

Marco le rodeó la cintura con un brazo poderoso y aceleró sus embestidas anales, gruñendo palabras sucias en su oído: «Este culo es nuestro ahora, zorra. Mañana vas a vendimiar con el coño y el culo doloridos recordando cómo te reventamos». Theo desde abajo le chupaba las tetas con violencia, mordiendo los pezones hasta hacerla gritar alrededor de la polla de Otto.

Selena perdió la cuenta de los orgasmos. Su cuerpo era un temblor continuo. Cada vez que creía que no podía más, uno de ellos cambiaba el ritmo o le metía los dedos en el clítoris hinchado y la lanzaba de nuevo al abismo. El semen de la primera ronda ya se había mezclado completamente con sus fluidos, creando un lubricante obsceno que facilitaba cada penetración.

Cuando los tres estuvieron otra vez al borde, se retiraron de golpe. La pusieron de rodillas en el centro del granero. Selena, con la cara manchada, el pelo revuelto y el cuerpo brillante de sudor y fluidos, abrió la boca y sacó la lengua como una puta bien entrenada. Los tres vendimiadores se masturbaron frente a ella, gruñendo.

«Esto solo es el principio de la noche, viuda», dijo Marco con voz grave mientras su polla palpitaba. «Vamos a follarte de todas las formas posibles hasta que salga el sol. Después seguiremos en las viñas si hace falta».

Selena se tocaba el coño hinchado con dos dedos, mirándolos con ojos vidriosos de lujuria. «No quiero que paréis. Quiero que me uséis hasta que no pueda ni hablar. Soy vuestra zorra de vendimia… llenadme otra vez».

Las pollas se hincharon más. Los gemidos masculinos llenaron el granero. Selena sonrió con la boca abierta, sabiendo que la noche aún guardaba muchas horas y que su cuerpo, a sus cuarenta y dos años, estaba más vivo y hambriento que nunca. Los tres jóvenes vendimiadores la rodeaban, duros de nuevo, listos para la siguiente ronda de salvaje follada que solo acababa de escalar.

Selena se tocaba el coño hinchado con dos dedos, mirándolos con ojos vidriosos de lujuria. «No quiero que paréis. Quiero que me uséis hasta que no pueda ni hablar. Soy vuestra zorra de vendimia… llenadme otra vez».

Las pollas se hincharon más. Los gemidos masculinos llenaron el granero. Marco, el corpulento vendimiador de treinta y cuatro años, fue el primero en explotar. Se masturbaba con la mano venosa cerrada alrededor de su verga oscura y gruesa, apuntando directo a la cara de la viuda. El primer chorro salió con fuerza, impactando contra la lengua extendida de Selena y salpicando hasta su ceja izquierda. «Toma, puta de cuarenta y dos. Esto es lo que te mereces por ponernos duros todo el puto día», gruñó mientras seguía disparando, llenándole la boca hasta que la leche espesa le rebosó por las comisuras y cayó en gruesos hilos sobre sus tetas pesadas.

Theo, el de treinta y uno, apretó los dientes y se colocó más cerca, frotando el glande hinchado contra una de sus mejillas. Su polla extremadamente gruesa palpitó y soltó tres chorros potentes que le pintaron el pómulo, la nariz y el labio inferior. «Abre más esa boca, viuda. Quiero verte tragando como la cerda que eres». Selena obedeció, girando la cabeza para recibirlo, tragando con sonidos húmedos y obscenos mientras sus dedos seguían hundidos en su coño, removiendo la mezcla de semen anterior y sus propios jugos. El sabor salado y caliente le inundaba la garganta, y pensó: «Joder, me están usando de verdad, cubriéndome como a una guarra cualquiera y yo solo quiero más, más polla, más leche, más que me rompan».

Otto, el más joven con sus veintiocho años, no aguantó la visión de la madura viuda arrodillada y babeando semen. Se acercó por el otro lado y le metió la punta curvada entre los labios justo cuando empezaba a correrse. «Mama, jefa. Chupa hasta la última gota». La polla larga le llegó casi hasta la garganta y Selena sintió los pulsos calientes directamente en su paladar. Tragó con avidez, succionando mientras sus ojos lagrimeaban de placer. Cuando los tres terminaron, su cara era una máscara brillante de corridas blancas que le resbalaban por el mentón, se pegaban a sus pestañas y goteaban desde sus pezones endurecidos hasta el valle profundo entre sus tetas. Se pasó las manos por el cuerpo, recogiendo la mezcla y metiéndosela en la boca con dedos pringosos, mirándolos con hambre renovada.

«No hemos ni empezado», dijo ella con voz rota pero firme, levantándose del heno con las piernas temblorosas. El semen le corría por los muslos internos, mezclándose con sus flujos. «Quiero que me folléis de verdad. Doble en el coño y culo al mismo tiempo, y la tercera en la boca hasta que me ahogue. Y no paréis hasta que yo lo diga». Los tres vendimiadores se miraron con una sonrisa sucia. Marco la agarró primero, levantándola como si no pesara nada con sus brazos musculosos. La colocó sobre una bala de heno más alta, de espaldas a Otto, que ya se había tumbado y se sujetaba la base de su verga curvada. Selena bajó lentamente, empalándose en la polla del joven de veintiocho años hasta que sus nalgas tocaron el abdomen plano y sudoroso de él. «Dios… todavía estás más duro. Me estás removiendo toda esa leche dentro del coño», jadeó ella, sintiendo cómo la curvatura le presionaba justo en el punto más sensible.

Marco escupió en su mano grande, frotó el glande venoso contra el ano ya abierto y empujó de un solo golpe hasta el fondo. El doble empalamiento fue brutal. Selena gritó, un sonido gutural que reverberó entre las vigas del granero. Las dos pollas, separadas solo por una fina pared de carne, se frotaban con cada movimiento, estirándola al límite. «¡Me estáis partiendo en dos, cabrones! ¡Dos vergas jóvenes reventándome los agujeros a la vez!», exclamó, pero sus caderas ya empezaban a moverse por voluntad propia, buscando más profundidad. Otto desde abajo le sujetaba las caderas anchas y empujaba hacia arriba, haciendo que sus tetas pesadas rebotaran salvajemente. Marco le daba fuertes palmadas en las nalgas, dejando huellas rojas que ardían. «Este culo de viuda está hecho para pollas grandes. Aprieta más, zorra, quiero sentir cómo me exprimes».

Theo se subió al heno frente a ella, de pie, y le agarró el pelo revuelto con las dos manos. Le metió la polla gruesa hasta el fondo de la garganta sin piedad, follándole la boca con embestidas cortas y profundas que le hacían golpear los huevos contra su barbilla mojada. Selena estaba completamente llena: coño, culo y boca ocupados por tres pollas duras de veintiocho, treinta y uno y treinta y cuatro años. Su mente era pura niebla de placer animal: «Hace dos años que solo me masturbaba pensando en una polla decente. Ahora tres vendimiadores me están usando como un agujero múltiple y nunca había sentido tanto placer. Mi clítoris roza el pubis de Otto con cada golpe y voy a correrme otra vez».

El orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño y su ano se contrajeron con violencia alrededor de las dos pollas que la taladraban, y un chorro caliente de squirt salió disparado, empapando el abdomen de Otto y el heno debajo. Gritó alrededor de la verga de Theo, las vibraciones haciendo que él gruñera y empujara más profundo. Los tres aceleraron, coordinando sus embestidas: cuando Marco salía del culo, Otto entraba en el coño con fuerza, y viceversa. El chapoteo era obsceno, húmedo, constante. El sudor les corría por los cuerpos. Las gotas caían desde la frente de Marco sobre la espalda arqueada de Selena. Sus tetas se bamboleaban sin control, los pezones tan duros que dolían.

Cambió la posición sin sacar ninguna polla. La giraron en el aire como a una muñeca de carne. Ahora Selena quedó de frente sobre Otto, cabalgándolo cara a cara mientras Marco seguía enterrado en su culo. Theo se arrodilló a un lado y ella giraba la cabeza para mamarlo, alternando entre su polla y la de Otto cuando este se la ofrecía. «Mírala, cómo traga verga mientras la rellenamos los dos», se rio Theo, tirándole del pelo. «Eres una viuda insaciable de cuarenta y dos años. Mañana vas a vendimiar con el coño y el culo hechos un desastre y vas a sonreír recordando esto».

Selena se corrió por cuarta vez, luego por quinta. Cada orgasmo era más largo, más profundo. Sus jugos y el semen de antes creaban un lubricante espeso que chorreaba sin parar por los huevos de los hombres. Marco le metió dos dedos junto a su polla en el ano, estirándola aún más. «Quiero que sientas que te rompo de verdad, puta». El dolor se mezclaba con un placer tan intenso que Selena veía estrellas. Su interior thought era constante: «Me están destruyendo y yo solo pido más. Quiero que me dejen coja, que me llenen hasta que me salga por la boca».

La follada se volvió más salvaje. La pusieron de pie, sostenida entre los tres. Theo la penetró por el coño levantándola por las piernas abiertas, Marco entró de nuevo en su culo desde atrás y Otto le follaba la boca mientras le pellizcaba los pezones con fuerza. El sudor hacía que sus cuerpos resbalaran. El granero olía a sexo crudo, a heno aplastado, a semen y a coño empapado. Los sonidos eran brutales: carne golpeando carne, gruñidos animales, los gemidos ahogados de Selena.

Cuando los tres estuvieron al borde otra vez, la bajaron al suelo y la pusieron de rodillas en el centro. «Esta vez os quiero dentro y fuera. Llenad cada agujero y lo que sobre, en mi cara», suplicó ella, abriendo la boca y sacando la lengua como una verdadera zorra de vendimia. Marco le metió la polla en el coño desde atrás y se corrió con un rugido, inundándola de semen caliente. Otto le folló el culo durante unos segundos más y descargó también, tan profundo que Selena sintió los pulsos contra su intestino. Theo le sujetó la cabeza y le vació la garganta, obligándola a tragar hasta la última gota antes de sacar y pintarle los labios y las tetas con los restos.

Los cuatro cuerpos cayeron exhaustos sobre el heno, respiraciones agitadas, músculos temblando. El amanecer empezaba a filtrarse por las rendijas de la puerta del granero. Selena, con el cuerpo completamente cubierto de semen, sudor y marcas de manos y dientes, se incorporó con dificultad. Miró a los tres vendimiadores rendidos a su alrededor, sonrió con superioridad y dijo con voz clara y dueña: «Todo esto fue idea mía desde que os vi sudar en las viñas. Yo soy la que os contrató, la que os ha usado como juguetes y la que decide si repetimos mañana».

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