Tormenta de Deseo en la Casa de la Playa

Una tormenta, una sola cama mojada y dos quemados de Tinder follando entre risas y nalgadas.

29 min read August 19, 2026New

La tormenta había empezado como una broma barata del clima: primero un viento que olía a sal y a drama, después rayos que partían el cielo negro sobre la costa, y por último esa lluvia espesa que golpeaba el tejado de la casa de playa como si quisiera cobrar alquiler. Yara, diseñadora gráfica de veintiocho años con el sarcasmo crónico de quien lleva tres años deslizando perfiles de imbéciles, había llegado con una mochila, una botella de vino barato y la convicción de que el fin de semana “relajado” de su amigo común sería un funeral social soportable. Everett, publicista de treinta con ojeras de PowerPoint y el alma quemada por las reuniones de “sinergia”, había aparcado su coche creyendo lo mismo.

Solo estaban ellos dos. El amigo —ese cabrón encantador— había cancelado a última hora con un mensaje de “se me complicó, disfrutad la casa, hay una cama enorme, bla bla”. La casa olía a madera húmeda y a promesas rotas. El salón se inundaba de goteras que caían con una puntualidad ofensiva. Y en el centro del dormitorio principal, como un altar de mala fe, había una cama king-size con sábanas blancas que ya empezaban a mancharse de agua.

—Esto es una trampa de Airbnb mal hecha —masculló Yara, quitándose la chaqueta empapada. El pelo oscuro se le pegaba a la nuca. Llevaba una camiseta fina que se transparentaba lo justo para que Everett, de pie en el umbral con una toalla absurda en la mano, tuviera que mirar al techo como si el yeso fuera fascinante.

—O una broma de mal gusto —respondió él, sacudiéndose el pelo mojado. Sin camiseta ya, porque la suya goteaba como un trapo; el torso marcado de gimnasio a medias y estrés completo brillaba bajo la luz amarilla del pasillo—. Dijo que éramos los únicos huéspedes. Qué detalle.

Fue entonces cuando el móvil de Yara vibró con una notificación atrasada del puto Tinder. Abrió la app por inercia, maldiciendo, y se quedó helada. El match era de hacía dos días. El perfil del tío: “Everett, 30. 1,85. CEO de mis sueños. Me encanta el vino natural, los atardeceres y salvar ballenas los fines de semana. Busco a alguien que no tenga miedo a la intensidad”. La foto era claramente retocada, ángulos heroicos, sonrisa de anuncio de dentífrico.

Everett, que había sacado el suyo para buscar el WiFi, soltó una risa corta y amarga.

—No me jodas. ¿Tú eres…?

—«Yara, 28. Fotógrafa de moda freelance que viaja por el mundo y cocina risotto con los ojos cerrados. 1,70 de pura musa». Mentira podrida. Soy diseñadora de banners de mierda para marcas de calcetines. Y tú no mides un metro ochenta y cinco ni de coña.

—Un setenta y ocho con los calcetines buenos —admitió él, y la vergüenza les subió a los dos como fiebre—. Ese hijo de puta nos hizo match a escondidas. Con perfiles de fantasía. Por eso insistió tanto en que viniéramos “por separado”.

Se miraron. La tormenta rugía. Una gota gorda cayó justo entre ellos, como un director de escena barato. La tensión era un cable pelado: vergüenza, risa nerviosa, y debajo algo caliente que ninguno quería nombrar todavía. Yara notó el pecho de él, las gotas resbalándole por el abdomen hasta el elástico del pantalón. Everett vio la camiseta pegada a sus pezones duros por el frío y pensó, con claridad ofensiva, que llevaba media hora intentando no mirar.

Intentaron ser adultos funcionales. Agarraron toallas, subieron a una silla coja, taparon la gotera principal del salón como si eso fuera a salvar el fin de semana. Otra gotera en el pasillo. Otra sobre la cama, traidora. Yara subió descalza al borde del colchón, estirando los brazos con una toalla enrollada, maldiciendo en voz baja.

—Si me caigo y me parto el culo, le mando la factura a ese cabrón—

El pie resbaló en la sábana ya húmeda. Cayó hacia atrás con un grito ahogado y un insulto incompleto, y aterrizó de lleno sobre Everett, que había intentado sujetarla y solo consiguió recibir su peso entero: pechos contra pecho, muslos abiertos a ambos lados de su cadera, su risa histérica mezclada con la de él.

—¡Joder, Yara!

—¡No me jodas tú a mí, músculo de oficina! —jadeó ella, todavía encima, el culo justo sobre la entrepierna de él—. ¿Tú eres el que pone que mide uno ochenta y cinco y salva ballenas? Fíjate, la ballena eres tú ahora, aguantándome.

Se carcajearon hasta que les dolió el estómago. Él la tenía agarrada por la cintura sin querer soltarla del todo. Ella no se bajaba. Las pullas salieron solas, cada vez más sucias, alimentadas por la lluvia, por el absurdo, por el roce inevitable.

—¿Y tú la musa del risotto? Por favor. Se te ve la etiqueta de la camiseta de Primark.

—Al menos no finjo ser CEO. ¿Qué publicitas, Everett? ¿Cremas para la calvicie prematura de ejecutivos tristes?

—Campañas de apps de citas, irónicamente —gruñó él, y su voz bajó un tono—. Las mismas que nos tienen a los dos fritos. Aunque ahora mismo… joder.

Ella se movió un centímetro, solo para acomodarse, y sintió exactamente lo que él intentaba disimular: la verga dura, gruesa, empujando contra el pantalón y contra el calor de su coño tapado solo por un short empapado. La risa de Yara se volvió más baja, más peligrosa.

—Llevo mojada desde que te vi sin camiseta, imbécil —confesó, riendo contra su cuello, sin vergüenza ya, solo hambre compartida—. Desde que entraste goteando como un perro perdido. El perfil mentiroso no ayuda, pero este pecho sí.

Everett soltó un sonido entre risa y gemido.

—Llevo media hora con una erección ridícula que no se baja ni con rayos. Pensaba en decimales de PowerPoint para calmarme y solo se me pone más dura. Baja… o no bajes. Como quieras. Pero si te quedas ahí te voy a besar como un desesperado.

Ella eligió. Se inclinó y le comió la boca. El beso fue torpe al principio—dientes, risas dentro de la boca, su mano enredándose en el pelo mojado de él—y enseguida hambriento, lenguas profundas, saliva, el sabor a lluvia y a ganas acumuladas. Everett la apretó contra sí, una mano bajándole al culo, apretando fuerte a través de la tela mojada. Yara frotó la cadera, sintiendo cómo le latía la polla debajo.

Terminaron en la cama enorme, las sábanas frías y húmedas por las gotas que seguían colándose, el colchón protestando. Se desnudaron a tirones, riéndose de lo absurdo: el sujetador enganchado, el pantalón de él atascado en un tobillo, una toalla cayéndoles encima como un fantasma imbécil. Cuando estuvieron piel con piel, Yara lo empujó de espaldas y se montó al revés, vaquera inversa, guiando la polla gruesa hasta el coño empapado y bajando despacio, con un gemido largo que se quebró en carcajada.

—Mira esa cara de idiota feliz —se burló, mirándolo por encima del hombro mientras empezaba a cabalgarlo, el culo rebotando, la verga abriéndola deliciosa, profunda—. Pareces un tío que acaba de descubrir que el match falso tenía coño de verdad.

—Y tú aprietas como si quisieras cobrarme el fraude del perfil —jadeó él, manos en sus caderas, levantando la vista al espectáculo de su culo subiéndole y bajándole la polla entera—. Joder, Yara, así… más fuerte.

Ella embistió más rápido, mojada hasta los muslos, chapoteando ligeramente por la lluvia y por su propio jugo. El techo goteaba cerca de la almohada. Se reían entre gemidos. Luego Everett la levantó como si no pesara, la puso en cuatro sobre el colchón húmedo y la penetró de un embiste hondo que le arrancó un grito.

La folló con embestidas profundas y rápidas, el sonido obsceno de piel contra piel mezclado con la tormenta. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Nalgadas —pidió entre risas jadeantes—. Dame nalgadas y llámame la peor cita de Tinder que acabó en la mejor follada. Vamos, publicista, vende la frase.

La mano de él cayó fuerte en su culo, el impacto húmedo, el ardor inmediato. Otra. Otra más. Yara gemía y se reía a la vez.

—La peor cita de Tinder —gruñó él, follándola sin piedad, la polla clavándose hasta el fondo— que acabó en la mejor follada de mi puta vida. Este coño… joder, cómo chupa.

La giró de nuevo, la tumbó de espaldas entre sábanas frías y gotas, le abrió los muslos y se le tiró al coño con la lengua como un hombre poseído. Lamió el clítoris hinchado, metió la lengua dentro, chupó con ruido, dos dedos curvados buscándole el punto exacto mientras ella se arqueaba y le agarraba el pelo.

—Ahí, cabrón, no pares… me corro, me corro como una idiota—

Se corrió gritando insultos cariñosos, el coño palpitándole contra la boca de él, las piernas temblando, un “hijo de puta rico, no pares, lámelo todo” que se quebró en gemido largo. Everett no paró hasta que ella lo empujó riendo, hipersensible, brillando de saliva y de ella misma.

Todavía durísimo, se subió sobre su cuerpo, la polla resbalando entre sus labios hinchados, sin entrar del todo, frotándose lento, mirándola con esa sonrisa de cómplice empapado. Afuera el trueno estalló tan fuerte que la casa vibró. Adentro, la cama era un desastre glorioso de lluvia, semen anticipado y risas jadeantes.

Yara le rodeó la cintura con las piernas, todavía temblando, y le mordió el labio inferior.

—No hemos terminado ni de lejos, mentiroso de uno setenta y ocho —susurró contra su boca, la voz ronca de orgasmo y burla—. Esa gotera sigue cayendo. Y yo quiero que me folles otra vez mientras se nos encharca esta cama de mierda. ¿O el CEO de tus sueños se rinde tan pronto?

Everett rio bajo, la punta de la verga empujando otra vez la entrada caliente, sin hundirse todavía, prolongando el tormento dulce, el deseo subiendo otra vez como la marea.

—Ni de coña. Agárrate, musa del banner de calcetines. La noche y la tormenta apenas empiezan… y pienso hacer que grites más fuerte que el puto trueno.

—Ni de coña —repitió Everett, y empujó de una vez, hundiendo la polla entera hasta el fondo con un gemido gutural que se le escapó contra la boca de ella—. Agárrate fuerte, musa de mierda.

Yara arqueó la espalda y soltó una carcajada rota en gemido cuando la sintió llenarla otra vez, gruesa, caliente, resbalando fácil por lo empapada que seguía. Las sábanas ya no estaban frías: el calor de sus cuerpos las había convertido en un charco tibio y sucio. Una gota del techo le cayó justo en la frente a Everett mientras embestía, y él ni se inmutó; solo lamió el agua de la piel de ella y siguió follándola con embestidas largas y profundas que hacían crujir el colchón.

—Joder, sí… así, publicista de pacotilla —jadeó Yara, clavándole las uñas en la espalda—. Más hondo. Quiero sentir cómo me abres mientras esta casa se hunde. ¿Eso también lo pusiste en el perfil? “Salvo ballenas y destrozo coños bajo tormentas de tercera”?

—Mentí en todo menos en lo de la intensidad —gruñó él, acelerando el ritmo. El sonido obsceno de su polla entrando y saliendo, chapoteando en el jugo de ella mezclado con la lluvia, llenaba la habitación junto al trueno—. Este coño me está chupando la verga como si quisiera cobrarme daños y perjuicios. Aprieta más. Vamos, Yara, aprieta esa puta polla mentirosa.

Ella lo hizo. Apretó los músculos internos con fuerza deliberada y lo vio poner los ojos en blanco un segundo. Se rio contra su cuello, mordiéndole la clavícula.

—Mira quién habla de mentiras. Uno setenta y ocho con calcetines y una verga de casi veinte que no cabe entera sin que me tiemble la voz. Eres un fraude delicioso.

Everett se rió también, bajo y sucio, y le agarró los muslos para abrirla más. Cambió el ángulo y empezó a follarla en circular, rozándole el clítoris hinchado con cada embestida. Yara soltó un “ah, hijo de puta” que se convirtió en risa cuando otra gotera les cayó justo en el pecho a los dos, como si el techo quisiera unirse a la fiesta.

—Esta cama es un desastre —dijo él, sin parar—. Estamos follando en un lago. Me voy a correr y se va a mezclar todo: tu leche, la mía, el agua de la tormenta… un cóctel de Tinder fallido.

—Pues no te corras todavía, imbécil —ordenó ella, empujándolo para girarlo. Lo montó otra vez, esta vez de frente, clavándose la polla de un solo movimiento y empezando a cabalgarlo con las manos en su pecho mojado—. Quiero usarte. Quiero rebotar en esta verga hasta que se me olviden los banners de calcetines y tus putos PowerPoints.

Se movía con ganas, el culo golpeándole los muslos, los pechos saltándole delante de la cara de Everett. Él se incorporó a medias para chuparle un pezón, mordiéndolo con los dientes justo lo bastante para hacerla gritar de placer. Las manos le bajaron a las nalgas y las apretó fuerte, abriéndolas, metiendo un dedo tentativo por el culo mientras ella subía y bajaba.

Yara se tensó y luego se rio, empujando hacia atrás contra el dedo.

—Oh, mira al CEO de mis sueños experimentando. ¿También salvabas ballenas por detrás, Everett?

—Solo las que me lo piden entre risas y me llaman mentiroso —respondió él, metiendo el dedo un poco más, follándola por los dos sitios con ritmo torpe al principio y luego seguro—. Joder, qué apretado. Te voy a llenar los dos agujeros antes de que amanezca, te lo juro. Esta noche no hay sinergia corporativa, solo nalgadas y corridas.

La mano libre le cayó en el culo con un chasquido húmedo. Yara gimió alto y aceleró el cabalgar, el clítoris frotándose contra el vello de él cada vez que bajaba. El dedo en su culo y la polla en el coño la tenían temblando otra vez, el orgasmo subiendo rápido, absurdo, perfecto.

—Otra —pidió—. Nalgada más fuerte. Y dile al techo que deje de follarnos también, que ya estamos ocupados.

Everett le propinó tres nalgadas seguidas, cada una más dura, dejando la marca rosa en la piel mojada. El ardor se mezcló con el placer y Yara se corrió de nuevo, contrayéndose alrededor de su polla y de su dedo, gritando un “joder, sí, me corro en tu mentira de uno ochenta y cinco” que se quebró en carcajada temblorosa. El coño le palpitaba, echando más líquido que se sumaba al charco de la cama.

No le dio tiempo a bajar del subidón. Everett la levantó, la puso de lado, le enganchó una pierna sobre su hombro y la penetró de nuevo en esa posición, profundo, lento al principio para torturarla y luego rápido, salvaje. La lluvia arreciaba. Un rayo iluminó la habitación y por un segundo se vieron: pelo pegado, bocas abiertas, cuerpos brillantes de sudor y agua, la polla de él desapareciendo entre los labios hinchados de ella.

—Míranos —jadeó Yara, mirándolo a los ojos mientras la follaba—. Dos quemados de app, perfiles falsos, casa robada, cama inundada… y yo dejándote que me destroces el coño como si no hubiera un mañana laboral el lunes.

—El lunes me la suda —dijo él, voz ronca—. Ahora mismo solo existes tú, este coño glotón y la puta tormenta. Voy a correrme dentro. ¿Quieres que te llene? ¿Quieres sentir cómo me vacío mientras te nalgueo otra vez?

—Sí. Lléname. Márcalo como “match consumado con creampie bajo gotera”. Vamos, Everett, dame esa corrida de publicista estresado.

Él embistió más duro, más desesperado. La mano le volvió al culo, nalgada tras nalgada al ritmo de las embestidas. Yara empujaba hacia atrás, pidiendo más, el segundo orgasmo pisándole los talones al primero. Cuando él se corrió, lo hizo con un gruñido largo, la polla latiendo dentro, echando chorros calientes que ella sintió con claridad obscena. Se corrió otra vez con él, el coño ordeñándole la verga, las piernas temblando, la risa mezclada con gemidos.

Se quedaron así un momento, jadeando, unidos, el semen de él empezando a salirle por los bordes y mezclarse con el agua de la cama. Everett le besó la frente sudada, todavía dentro, todavía medio duro.

—Esto es lo más ridículo y lo más bueno que me ha pasado en años —admitió, riendo bajo—. Nuestro amigo es un genio del mal. O un cabrón. O las dos cosas.

Yara se rio contra su pecho, moviendo las caderas solo un poco para sentirlo resbalar.

—Todavía no hemos terminado de explotarlo. Mira… —señaló con la barbilla hacia el techo, donde la gotera principal había empeorado y ahora caía un hilillo constante cerca de sus cabezas—. La cama se está convirtiendo en piscina. Propongo que me pongas a cuatro patas otra vez, me folles la boca hasta ahogarme un poco en tu polla semidura y luego me la metas otra vez por detrás mientras nos reímos de lo idiota que es todo esto. ¿Trato?

Everett sintió cómo se le endurecía de nuevo solo con oírla. Sacó la polla despacio, viendo el hilo de semen que los unía un segundo, y se incorporó sobre las rodillas en el colchón empapado. La verga le brillaba, sucia de los dos, y la señaló con una sonrisa de lado.

—Trato cerrado, diseñadora de banners. Pero primero chúpamela limpia. Quiero ver esa boca de musa mentirosa llena de mi corrida y de tu jugo. Y si te atragantas, mejor. Después te doy por el culo si me lo pides con esa voz de “peor cita de Tinder”.

Yara se lamió los labios, se puso a cuatro patas entre las sábanas convertidas en trapo mojado y miró hacia atrás por encima del hombro, el culo en alto, el coño rojo y goteando mezcla de semen y excitación.

—Ven aquí, ballenero de mentira. Y no te contengas. Quiero que me uses hasta que la tormenta pare… o hasta que se nos hunda la puta casa. Lo que ocurra primero.

Él se acercó por detrás, le agarró el pelo mojado con una mano y con la otra se guió hasta su boca cuando ella giró la cabeza. Yara abrió, se la tragó hasta casi la base de un movimiento, saboreando el sabor de los dos, y Emerson —Everett— soltó un “joder, sí” que se perdió en el siguiente trueno. Empezó a mover las caderas, follándole la boca con cuidado al principio y luego más profundo cuando ella le apretó el muslo en señal de que aguantaba.

El agua seguía cayendo. La cama crujía. Yara gorgoteaba alrededor de su polla, saliva y restos de corrida chorreándole por la barbilla, y con una mano se tocaba el clítoris hinchado mientras lo chupaba. Everett la miraba, hipnotizado, la tensión volviendo a subir como la marea, sabiendo que esto solo era el principio de una noche que iba a dejarlos cojos, empapados y sin voz.

Cuando la sacó de la boca con un pop obsceno, hilos de saliva uniendo sus labios a la punta, Yara jadeó y se rio.

—Ahora por detrás. Y esta vez… pruébame el culo. Despacio al principio. Quiero sentirte abrirme ahí también mientras esta gotera nos bautiza como la pareja más patética y sortuda de la costa.

Everett pasó la polla por su coño una vez más, recogiendo lubricante natural y semen, y luego la apoyó contra el agujero más estrecho. Empujó despacio, millímetro a millímetro, mientras Yara respiraba hondo y soltaba risas entrecortadas de “joder, qué gorda, vas a partirme en dos, sigue”. Cuando la cabeza entró del todo, los dos gimieron al unísono. Él se detuvo, dejándola acostumbrarse, una mano acariciándole la espalda mojada, la otra dándole una nalgada suave que contrastaba con la invasión.

—Dime si paro.

—Ni se te ocurra parar, mentiroso. Fóllame el culo como si fuera el match del siglo. Y no te corras todavía. Quiero que me la saques y me la vuelvas a meter en el coño cuando esté a punto. Quiero el desastre completo.

Él empezó a moverse, embestidas cortas y profundas en su culo, el agarre imposible, el calor salvaje. Yara empujaba hacia atrás, pidiendo más, tocándose el coño con dos dedos mientras la follaban por detrás. El humor no se había ido: entre gemidos se lanzaban pullas—”¿así salvabas las ballenas, cabrón?” “Cállate y aprieta ese culo de Primark”—y se reían incluso cuando el placer les cortaba la respiración.

La tormenta no amainaba. La cama era ya un pantano glorioso. Y Everett, enterrado hasta las pelotas en el culo de Yara, sintiendo cómo ella se corría otra vez solo con los dedos y la invasión, sabía que la noche apenas llevaba un par de horas. Todavía quedaba semen para más. Todavía quedaban posiciones. Todavía quedaba la promesa de gritar más fuerte que el trueno, de follar hasta que el sol saliera o hasta que la casa se cayera encima.

Sacó la polla del culo con cuidado, la repositionó en el coño empapado y se hundió de un embiste que los hizo gritar a los dos. Empezó a follarla de nuevo con fuerza renovada, nalgadas incluidas, la tensión sexual otra vez en su punto máximo, el deseo lejos de resolverse.

—Aguanta, Yara —jadeó contra su oído, embistiéndola sin piedad—. Esto no se acaba hasta que yo diga. Y yo no he terminado ni de lejos de destrozarte.

Everett embistió sin piedad, la polla clavándose hasta el fondo del coño empapado de Yara mientras el colchón chapoteaba bajo ellos como un barco a punto de hundirse. Ella empujaba el culo hacia atrás, pidiendo más con cada gemido roto en risa, los dedos todavía metidos entre sus propios labios hinchados, frotándose el clítoris hinchado al ritmo de las embestidas.

—Así, mentiroso de mierda —jadeó ella, la voz ahogada contra la sábana mojada—. Destroza ese coño como si fuera el banner más feo de calcetines que te haya tocado diseñar. Joder, qué gorda la tienes todavía… ¿no se te baja ni con el diluvio universal?

—Ni con un PowerPoint de trescientas diapositivas —gruñó él, dándole otra nalgada sonora que dejó la marca roja brillando en la piel empapada—. Este culo me está volviendo loco. Mírate, Yara: perfil falso de musa viajera y aquí estás, a cuatro patas en un pantano, chorreando mi corrida anterior y pidiendo que te abra más. Eres la peor cita de Tinder y la mejor puta improvisada que me ha caído encima.

Ella se rio tan fuerte que el coño se le contrajo alrededor de la verga, ordeñándola. Everett casi se corre otra vez solo con eso, pero se contuvo, sacándola casi del todo solo para volver a hundirse de un embiste que les arrancó un grito sincronizado. Una gota gorda del techo le cayó justo en la rabadilla a Yara y resbaló entre sus nalgas abiertas, mezclándose con el semen que ya le escurría muslo abajo. Él lo vio, se lamió los labios y pasó el pulgar por ahí, recogiendo el desastre y metiéndoselo en la boca.

—Sabe a tormenta y a fraude —murmuró, sucio, antes de volver a poner la polla en su entrada y follarla con giros de cadera que le rozaban el punto exacto cada vez—. Aprieta. Quiero sentir cómo me castigas por mentir con la altura.

Yara apretó. Apretó como si quisiera cobrarse los dos días de match falso, los perfiles ridículos, el amigo cabrón y hasta los banners de calcetines. El placer le subió otra vez, absurdo y caliente, y se corrió con un aullido que compitió con el trueno, el cuerpo temblando, el coño palpitando en oleadas que casi echan a Everett fuera. Él no paró. La folló a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella se rio llorando de lo hipersensible que estaba.

—Para… no pares… joder, no sé —balbuceó ella, la risa entrecortada—. Sácala y métela en el culo otra vez. Quiero el combo completo antes de que esta cama se convierta en piscina olímpica. Y esta vez más hondo, ballenero de pacotilla. Quiero sentir las pelotas pegándome el coño mientras me abres por detrás.

Everett obedeció como un hombre poseído. Sacó la polla brillante de jugos, la alineó contra el agujero más estrecho —ya un poco más abierto de la ronda anterior— y empujó despacio, millímetro a millímetro, mientras Yara respiraba hondo y soltaba pullas entre gemidos.

—Joder, qué apretado… ¿así presentabas las campañas de apps de citas, Everett? “Deslice a la derecha para que le partan el culo bajo una gotera”? Sigue, no te detengas. Me estás partiendo en dos y me encanta.

Cuando la cabeza entró del todo, los dos gimieron. Él se detuvo un segundo, acariciándole la espalda mojada, dándole tiempo, pero Yara empujó hacia atrás ella misma, tragándose más centímetros con un sonido obsceno.

—Muévete, publicista. Fóllame el culo como si fuera el cierre de trimestre. Y nalgadas. Muchas nalgadas. Quiero que me arda mañana en la silla de la oficina mientras diseño mierdas.

Él empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, luego más largas, más profundas, el agarre imposible del culo de ella devorándole la verga. Cada vez que llegaba al fondo le propinaba una nalgada, el chasquido húmedo mezclado con el chapoteo de la cama y el rugido de la tormenta. Yara se tocaba el coño con tres dedos ahora, metiéndoselos mientras la follaban por detrás, el doble estímulo volviéndola loca. Se corrió otra vez así, solo con los dedos y la polla en el culo, gritando un “hijo de puta del uno setenta y ocho” que se quebró en carcajada temblorosa.

Everett sintió que se le iba la fuerza de voluntad. Sacó la verga del culo con un pop obsceno, la repositionó en el coño chorreante y se hundió de un solo embiste salvaje. La diferencia de textura los hizo gritar a los dos. Folló sin control durante un minuto entero, nalgadas incluidas, hasta que se corrió con un gruñido largo, llenándola otra vez, chorros calientes que ella sintió con claridad deliciosa. Se quedó enterrado, pulsando, mientras el semen le salía por los bordes y se mezclaba con el agua de la gotera que ahora caía en hilillo constante sobre el culo de Yara.

—Mierda… —jadeó él, riéndose contra su espalda—. Acabo de correrme como un adolescente y ya se me está poniendo dura otra vez dentro de ti. Esto no es normal. Es la tormenta. O el Tinder. O tu coño de diseñadora mentirosa.

Yara se movió despacio, sintiéndolo endurecerse de nuevo, y miró por encima del hombro con una sonrisa sucia y agotada.

—Entonces sácamela, limpia un poco el desastre con la boca y después te monto al revés otra vez. Quiero rebotar en esa polla semidura hasta que se ponga de piedra otra vez. Y mientras lo hago, cuéntame la peor campaña que hayas tenido que vender. Quiero reírme con tu verga dentro.

Él se rio, salió despacio —un hilo grueso de corrida los unió un segundo— y se tumbó de espaldas en el charco que era ya la cama. El agua les llegaba casi a los riñones. Yara se giró, se puso a horcajadas sobre su cara primero y se le sentó en la boca sin aviso.

—Lame, CEO de mis sueños. Limpia tu desastre. Quiero esa lengua de publicista trabajando horas extra.

Everett obedeció con gusto. Lamió el coño hinchado, chupó su propia corrida mezclada con el jugo de ella, metió la lengua lo más hondo que pudo mientras ella se frotaba contra su cara, riéndose y gimiendo a la vez. El sabor era salado, torrencial, perfecto. Cuando ella estuvo limpia y otra vez temblando al borde, se deslizó hacia abajo, agarró la polla —ya dura otra vez, traidora— y se la clavó de un movimiento, montándolo al revés, vaquera inversa, el culo rebotándole delante de la cara de él.

—Cuenta —ordenó ella, cabalgándolo con ganas, el chapoteo obsceno llenando la habitación—. La peor campaña. Y si te ríes demasiado te aprieto hasta que te salgan lágrimas.

—Una app de citas para ejecutivos tristes —jadeó él, manos en sus caderas, mirando hipnotizado cómo su polla desaparecía entre las nalgas de ella—. El eslogan era “Sinergia en la cama”. Tuve que grabar a un tío de traje follándose una hojas de cálculo gigante. Casi me despiden cuando me reí en la sala de reuniones. Joder, Yara, más lento… no, más rápido. Como quieras, pero no pares.

Ella aceleró. El culo le golpeaba los muslos de él, los pechos le saltaban, el clítoris se le frotaba delicioso cada vez que bajaba. Everett le metió un dedo en el culo otra vez, follándola por los dos sitios, y ella se corrió casi al instante, apretando tan fuerte que él tuvo que morderse el labio para no seguirla. Pero no se detuvo. Siguió rebotando, usándolo, riéndose entre gemidos.

—Tu turno de inventar —dijo ella, sin bajar el ritmo—. Inventa el perfil de Tinder más ridículo para los dos juntos. Ya que el cabrón de nuestro amigo nos emparejó, que sea épico.

Everett pensó entre embestidas hacia arriba, clavándosela hondo.

—«Pareja de quemados de app. Ella diseña banners de calcetines y miente con el risotto. Él mide uno setenta y ocho, publicita mierdas y se pone duro con las goteras. Buscamos tormenta, cama king-size inundada y alguien que nos nalguee mientras nos reímos. Match solo si traes toalla y ganas de creampie múltiple».

Yara se rio tan fuerte que casi se le sale la polla. Se giró sin sacársela del todo, ahora de frente, y lo besó con lengua y dientes y saliva, cabalgándolo más lento, más profundo, mirándolo a los ojos.

—Acepto el match —susurró contra su boca—. Ahora fóllame de pie. Contra la pared. Quiero que me levantes y me uses como si la casa se estuviera cayendo de verdad. Y si se nos resbala el pie en el agua, mejor. Más material para reírnos después.

Everett no necesitaba que se lo dijeran dos veces. La levantó como si no pesara —el gimnasio a medias por fin servía para algo—, ella le rodeó la cintura con las piernas y él la embistió contra la pared del dormitorio, justo debajo de otra gotera menor que les caía en los hombros. La polla entraba y salía chapoteando, el sonido obsceno, el ángulo perfectos para rozarle el clítoris. Yara le clavó las uñas en la espalda, mordiéndole el cuello, soltando pullas entre jadeos.

—Más fuerte, músculo de oficina. ¿Así presentabas las sinergias? ¿Con la polla dentro y la tormenta de fondo? Joder, sí… ahí… me voy a correr otra vez y vas a tener que aguantarme porque no pienso bajarme hasta que me llenes otra vez.

Él aceleró, las pelotas golpeándole el culo, el agua resbalándoles por los cuerpos unidos. La tensión subía otra vez, caliente, absurda, perfecta. Un rayo iluminó la habitación y se vieron: pelo pegado a la cara, bocas abiertas, la verga de él desapareciendo en el coño rojo y usado de ella. Se rieron los dos al mismo tiempo, el sonido mezclado con gemidos.

—La noche no ha hecho más que empezar —jadeó Everett contra su oído, embistiéndola sin piedad—. Todavía me quedan corridas. Todavía te quedan agujeros. Y esa gotera del salón… creo que merece que la estrenemos también. ¿O te rinde la musa de los banners?

Yara apretó las piernas alrededor de él, el orgasmo construyéndose otra vez, lento y pesado como la lluvia.

—Ni de coña —respondió, la voz ronca de placer y burla—. Llévame al salón. Fóllame sobre la mesa del comedor mientras el techo nos escup. Y después… después quiero que me ate las muñecas con esa toalla absurda y me uses hasta que el sol salga o hasta que se nos hunda la puta casa. Lo que ocurra primero. Pero no te corras todavía. Quiero sentir esta polla mentirosa latiéndome dentro un rato más.

Everett salió de ella solo lo justo para cargar con su peso hacia el pasillo, la verga rozándole el muslo a cada paso, el agua goteándoles por las piernas, la risa compartida resonando más fuerte que el siguiente trueno. La cama quedó atrás convertida en un desastre glorioso. Delante solo quedaba más tormenta, más piel y la certeza de que ninguno de los dos pensaba rendirse.

Everett la cargó a trompicones por el pasillo encharcado, la verga todavía dura y resbaladiza rozándole el muslo interior a cada paso torpe. Yara se reía contra su cuello, goteando una mezcla obscena de semen y jugo por las piernas, los brazos aferrados a sus hombros mojados.

—Si nos resbalamos y nos partimos el culo, le mando la radiografía a ese cabrón del match falso —jadeó ella, mordiéndole la oreja—. Aunque prefiero que me la partas tú otra vez.

Llegaron al salón. La mesa del comedor era de madera oscura, ya salpicada por la gotera que caía con ritmo de metrónomo borracho justo encima. Everett la sentó en el borde, le abrió los muslos con las manos y se hundió de un embiste que los hizo gritar a los dos. El ángulo era brutal: ella recostada hacia atrás sobre los codos, pechos arriba, el coño engulléndole la polla entera mientras el agua del techo les caía en el pecho y resbalaba hasta el punto donde se unían.

—Joder, la mesa cruje más que mi carrera —gruñó él, embistiendo hondo, las pelotas chapoteando contra su culo—. Mírate, Yara: musa del risotto de mentira, patas abiertas en un comedor robado, chorreando mi corrida anterior mientras el techo nos escupe. Eres un anuncio de «así no se usan las apps de citas».

Ella se rio y apretó los músculos internos, ordeñándole la verga con deliberada maldad.

—Y tú el publicista que iba a salvar ballenas y ahora solo salva mi coño de la sequía laboral. Más fuerte, imbécil. Quiero que la mesa recuerde nuestras nalgas mañana. Y nalgadas. Ya.

La mano de él cayó sonora en su culo. Otra. Otra más, el ardor mezclándose con el frío del agua y el calor de las embestidas. Yara arqueó la espalda, los pezones duros brillando bajo las gotas, y se tocó el clítoris con dos dedos rápidos mientras él la follaba sin piedad. El sonido era un escándalo: piel contra piel, chapoteo de jugos y lluvia, risas rotas en gemidos, truenos afuera. Se corrió gritando un «hijo de puta del uno setenta y ocho» que hizo temblar la madera. El coño le palpitaba en oleadas, empujando semen viejo y nuevo hacia fuera, y Everett tuvo que morderse el labio para no seguirla.

No se corrió. Sacó la polla brillante, la restregó entre sus labios hinchados y luego la subió hasta su boca.

—Limpia, diseñadora de banners. Quiero esa lengua trabajando overtime antes de atarte.

Yara se incorporó, se la tragó hasta casi la base de un movimiento hambriento, saboreando el desastre de los dos: salado, torrencial, perfecto. Gorgeó alrededor, saliva y restos de corrida chorreándole por la barbilla, una mano apretándole las pelotas mientras él le agarraba el pelo mojado y le follaba la boca con embestidas controladas. Ella miraba hacia arriba, ojos brillantes de burla y lujuria, y cuando se atragantó un poco solo apretó más el muslo de él en señal de «sigue, cabrón».

Cuando la sacó con un pop obsceno, hilos de saliva uniendo sus labios a la punta morada, Everett agarró la toalla absurda que había traído horas atrás —ya empapada y ridícula— y le ató las muñecas juntas delante del pecho con un nudo flojo pero firme. Yara tiró un poco, comprobó que aguantaba, y soltó una carcajada baja.

—Mira al CEO de mis sueños improvisando bondage de toalla de playa. ¿Esto también lo ponías en el perfil? «Salvo ballenas y ato musas mentirosas bajo goteras». Fóllame así. Quiero sentir las muñecas atrapadas mientras me abres otra vez.

La giró, la puso de pecho sobre la mesa, culo en alto, brazos atados estirados hacia delante. La gotera les caía justo en la rabadilla a ella. Everett pasó la verga por su coño una vez, recogió lubricante natural y semen, y luego presionó contra el agujero más estrecho. Empujó despacio, millímetro a millímetro, mientras Yara respiraba hondo y soltaba pullas entrecortadas.

—Joder, qué gorda… ¿así cerrabas los trimestres, publicista? «Deslice a la derecha para que le partan el culo en una casa robada». Sigue. No pares. Me estás abriendo y me encanta, mentiroso.

Cuando la cabeza entró del todo los dos gimieron al unísono. Él se detuvo, acariciándole la espalda mojada, dándole tiempo, pero ella empujó hacia atrás ella misma, tragándose más centímetros con un sonido obsceno y una risa temblorosa. Entonces empezó a moverse: embestidas cortas al principio, luego más largas, más profundas, el agarre imposible del culo de Yara devorándole la polla. Cada vez que llegaba al fondo le propinaba una nalgada húmeda, el chasquido mezclado con el chapoteo de la mesa y el rugido de la tormenta. Yara se tocaba el coño con los dedos de las manos atadas como podía, el doble estímulo volviéndola loca. Se corrió así, solo con los dedos y la invasión anal, gritando un improperio cariñoso que se quebró en carcajada.

Everett sintió que se le iba la cordura. Sacó la verga del culo con un pop sucio, la repositionó en el coño chorreante y se hundió de un embiste salvaje. La diferencia de textura los hizo gritar. Folló sin control, nalgadas incluidas, las manos atadas de ella apretando la madera, hasta que se corrió con un gruñido largo, llenándola otra vez, chorros calientes que ella sintió con claridad deliciosa. Se quedó enterrado, pulsando, el semen saliéndole por los bordes y mezclándose con el agua de la gotera que ahora caía en hilillo constante sobre el culo rojo de Yara.

—Mierda… —jadeó él, riéndose contra su espalda, todavía dentro, todavía medio duro—. Acabo de vaciarme como un adolescente y ya se me está poniendo otra vez. Esto no es normal. Es la tormenta. O el Tinder. O tu coño de Primark que me tiene hipnotizado.

Yara se movió despacio, sintiéndolo endurecerse de nuevo, y miró por encima del hombro con una sonrisa sucia y agotada, el pelo pegado a la cara, las muñecas todavía atadas.

—Entonces sácame, desátame un segundo y llévame al sofá. Quiero montarte al revés otra vez mientras inventamos el mensaje de venganza para nuestro amigo. Y si se nos hunde el sofá también, perfecto. Más material.

Él salió despacio —un hilo grueso de corrida los unió un segundo—, desató la toalla con dedos torpes y la cargó hasta el sofá del salón, que ya tenía su propia goterita traidora. Se tumbó de espaldas en los cojines empapados. Yara se puso a horcajadas, se le clavó la polla de un movimiento y empezó a cabalgarlo al revés, culo rebotando delante de su cara, chapoteo obsceno llenando la habitación.

—El mensaje —ordenó ella entre embestidas, riéndose—. Escribe mentalmente. «Gracias por el match falso, cabrón. La casa está hecha una piscina de semen y lluvia, mi coño está destrozado y su polla de uno setenta y ocho me ha dejado coja. 10/10, repetiría la estafa. P.D.: las ballenas están a salvo, mi culo no».

Everett se rio tan fuerte que casi se le sale. Le metió un dedo en el culo otra vez, follándola por los dos sitios mientras ella rebotaba, y la tensión subió otra vez, caliente, absurda, perfecta. Yara aceleró, el clítoris frotándose delicioso, los pechos saltándole, hasta que se corrió con un aullido que compitió con el trueno, apretando tan fuerte que lo arrastró con ella. Él se vació por última vez esa ronda con un gemido gutural, llenándola otra vez, las manos clavadas en sus caderas mojadas.

Se quedaron así un rato, jadeando, unidos, el agua cayendo, la risa baja y compartida. Fuera la tormenta empezaba a amainar un poco, como si por fin se diera por vencida. Dentro, la casa olía a sexo, a madera húmeda y a victoria ridícula. Everett le acarició la espalda, todavía dentro, todavía suave, y Yara se giró sin sacársela del todo para besarlo con lengua perezosa y dientes suaves.

—Esto ha sido lo más estúpido y lo más bueno que me ha pasado desde que dejé de contestar mensajes de tíos que ponen «vivo la vida al máximo» —admitió ella contra su boca, la voz ronca de tanto gritar—. Nuestro amigo es un genio del mal. O un santo. O las dos cosas.

Él sonrió, la besó otra vez, y le dio una última nalgada suave que hizo eco en la habitación encharcada.

—Mañana limpiamos este desastre, pedimos pizza y le mandamos el mensaje juntos. Pero ahora… —la miró a los ojos, la verga dando un último latido traicionero dentro de ella— ¿me dejas follarte despacio una vez más cuando amanezca, o te rindes ya, peor y mejor cita de Tinder de mi puta vida?

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