Lluvia y Confesiones en la Tienda de Campaña

Dos amigas adultas, una mecánica de 28 y una bombera de 32, se comen el coño con ganas dentro de una tienda de campaña mientras cae un temporal.

24 min read September 15, 2026New

El viento aullaba contra la lona de la tienda como si quisiera arrancarla de las estacas. Petra, de veintiocho años, mecánica de taller en el valle, apretó la cremallera del saco de dormir con dedos todavía manchados de grasa vieja bajo las uñas. Afuera el temporal descargaba litros de agua fría sobre la ladera; los rayos iluminaban a intervalos el interior estrecho, y cada tronido hacía vibrar el suelo bajo el isolante.

Gwen, treinta y dos, bombera de la brigada de montaña, entró gateando con el pelo empapado pegado a la nuca y la chaqueta impermeable goteando. Cerró la solapa tras de sí y soltó un jadeo.

—Joder, Petra… esto no para. El sendero ya es un río de barro. Nos quedamos aquí hasta que amanezca, mínimo.

Petra asintió, apartando su mochila para hacer hueco. Solo había un saco de dormir doble, el que compartían en los campings de verano, y ahora, empapadas y tiritando, no quedaba otra. Gwen se quitó la chaqueta y el forro polar, quedándose en camiseta térmica negra que se le pegaba a los pechos firmes y al abdomen marcado por años de tren y mangueras. Petra, en sudadera gruesa y leggins, notó cómo el frío le endurecía los pezones al mismo tiempo que la cercanía de Gwen le subía un calor distinto por la entrepierna.

—Entra —murmuró Petra, abriendo el saco—. Si no, te vas a congelar el culo.

Gwen se metió. El espacio era ridículo: caderas contra caderas, rodillas enredadas, el aliento de una chocando con la mejilla de la otra cada vez que hablaban. La lluvia tamborileaba sin piedad. Cada vez que Gwen se movía para acomodarse, su muslo rozaba el de Petra y el roce se convertía en una fricción lenta, involuntaria, que mandaba un tiro directo al clítoris de ambas.

Petra tragó saliva. Llevaba meses imaginando exactamente esto: el cuerpo de Gwen pegado al suyo, el olor a humo y jabón de ducha de cuartel mezclado con sudor limpio. En el taller, mientras cambiaba pastillas de freno, se pillaba fantaseando con la lengua de su amiga entre las piernas. Ahora, con la tormenta como cómplice, la fantasía se estaba volviendo demasiado real.

Gwen giró un poco la cabeza. Sus labios quedaron a centímetros de la oreja de Petra.

—Hostia… qué apretado. Siento hasta tu respiración en el pecho.

La mano de Gwen, buscando calor, aterrizó por accidente sobre el vientre de Petra, justo encima del elástico de los leggins. No la retiró de inmediato. Los dedos se quedaron ahí, extendidos, sintiendo el calor de la piel a través de la tela. Petra contuvo un gemido y, sin pensarlo, empujó un poco las caderas hacia adelante. El roce fue delicioso y vergonzoso a la vez: el pubis de Gwen, aún vestido con el pantalón térmico, se encontró con el muslo interno de Petra.

—Gwen… —la voz de Petra salió ronca, apenas un susurro por encima del diluvio—. Si sigues moviéndote así…

—¿Qué? —Gwen sonrió en la oscuridad, pero la sonrisa temblaba. Ella también llevaba meses masturbándose pensando en las manos callosas de Petra, en cómo le abriría los labios con los dedos manchados de aceite y le lamería el coño hasta hacerla gritar—. Dime qué. Porque yo también lo siento. Cada puto roce me está poniendo perdida.

Un relámpago iluminó el interior. Petra vio los ojos de Gwen oscuros, las pupilas dilatadas, la boca entreabierta. Sin pedir permiso —pero sin encontrar resistencia— deslizó una mano bajo la camiseta de Gwen y encontró la piel caliente de la cintura, subiendo hasta la curva inferior de un pecho. El pezón se le puso duro contra la palma.

Gwen jadeó y arqueó la espalda, empujando el pecho contra la mano de Petra.

—Joder, sí… tócalo. Llevo… llevo meses fantaseando con esto, Petra. Contigo. En la ducha del parque de bomberos me meto los dedos imaginando que eres tú quien me abre las piernas. Que me comes el coño con esa boca sucia de taller.

Petra sintió que se le empapaban las bragas. El confesión le golpeó como un segundo trueno. Apretó el pezón de Gwen entre dos dedos y lo torció suavemente, ganándose un gemido ahogado.

—Yo también —admitió Petra contra la boca de Gwen, casi rozándola—. Cada vez que vienes al taller a por el todoterreno de la brigada, me quedo mirándote el culo cuando te agachas. Me voy al baño y me corro pensando en tu lengua. En cómo me follarías con la boca hasta que se me doblaran las piernas. Meses, Gwen. Meses tocando mi coño y diciendo tu nombre en voz baja.

Gwen no esperó más. Giró el cuerpo por completo dentro del saco estrecho, quedando de frente, pechos contra pechos, y besó a Petra con hambre. Fue un beso húmedo, profundo, lenguas enredándose, dientes rozando labios. Petra abrió las piernas todo lo que el saco permitía y Gwen se acomodó entre ellas, frotando su pubis contra el de Petra a través de las capas de ropa. El roce rítmico, torpe por el espacio, era una promesa obscena: caderas empujando, clítoris hinchados buscándose aunque la tela los separara.

—Quítame esto —susurró Gwen, tirando de la sudadera de Petra—. Quiero sentir tus tetas contra las mías. Quiero lamerte los pezones mientras me cuentas exactamente cómo te masturbas pensando en mí.

Petra se incorporó a medias, chocando la cabeza con el techo de la tienda, y se sacó la sudadera y la camiseta de un tirón. Los pechos le cayeron libres, pesados, pezones oscuros y duros. Gwen se lanzó a uno de inmediato, chupándolo con fuerza, lamiendo en círculos, mordisqueando apenas. Su mano bajó por la barriga de Petra, metió los dedos bajo el elástico de los leggins y de las bragas, y encontró el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris latente.

—Estás chorreando… —gimió Gwen contra el pecho—. Todo esto por mí. Por mis confesiones.

Dos dedos se deslizaron entre los pliegues y subieron y bajaron, untando jugos, rozando el clítoris con la yema. Petra abrió más las piernas, empujando contra la mano, y a su vez metió la suya por el pantalón de Gwen. Encontró el mismo desastre: calor, humedad espesa, labios carnosos. Se metió un dedo hasta el nudillo y Gwen se sacudió, mordiendo el pezón de Petra para no gritar demasiado alto.

La lluvia arreciaba. El saco se había convertido en un nido de respiraciones entrecortadas, de manos explorando, de confesiones que salían entre gemidos.

—Cuando te veo en el cuartel… —Petra hablaba contra el pelo húmedo de Gwen, moviendo el dedo dentro de ella con lentitud tortuosa—… imagino que te bajo los pantalones ahí mismo, contra el camión, y te como el coño hasta que se te doblen las rodillas. Que me llenas la boca de tu leche y me tiras del pelo para que no pare.

Gwen soltó un gemido gutural y añadió un segundo dedo dentro de Petra, curvándolos hacia adelante, buscando ese punto que hacía temblar los muslos.

—Y yo… yo te imagino en el elevador del taller, con la grasa en las manos, abriéndome de piernas sobre el capó y metiéndome la lengua hasta el fondo. Me corro casi siempre pensando en tus dedos callosos estirándome el coño mientras me dices puta, tuya, lo que sea.

Se besaron otra vez, más sucio, saliva compartida, mientras se masturbaban mutuamente dentro del saco, el espacio tan reducido que cada movimiento era un frote completo de cuerpos. Petra sentía el pecho de Gwen aplastado contra el suyo, el olor a sexo empezando a mezclarse con el de la lluvia y la tierra mojada. El clítoris le latía contra los dedos de Gwen; ella misma sentía cómo las paredes internas de su amiga se contraían alrededor de sus nudillos.

Aún no se habían quitado del todo la ropa de abajo. Aún no se habían bajado a lamerme el coño con la lengua, aunque las dos lo sabían, lo querían, lo pedían con cada empujón de cadera. La tormenta las tenía atrapadas, el saco las obligaba a estar pegadas, y las confesiones habían abierto una puerta que ya no se cerraría esa noche.

Gwen retiró un poco la cara, jadeando, los labios hinchados, los ojos brillantes en la penumbra.

—Petra… si sigues así me voy a correr solo con tus dedos. Y no quiero. Quiero tu boca. Quiero que me comas el coño como dices que fantasías. Aquí, ahora, con la puta lluvia cayendo y nadie para oírnos gritar.

Petra le sacó el dedo despacio, se lo llevó a la boca y lo chupó, saboreando a Gwen por primera vez de verdad. El sabor salado y dulce le revolvió las tripas de deseo.

—Entonces bájate los pantalones —ordenó en un susurro ronco—. Y abre bien las piernas dentro de este saco de mierda. Que te voy a lamer hasta que me ruegues que pare… o que no pare nunca.

Gwen sonrió, salvaje, y empezó a forcejear con el elástico de su ropa mientras el viento sacudía la tienda y el agua seguía castigando la lona. El temporal no daba tregua. Tampoco ellas.

Gwen forcejeaba con el elástico del pantalón térmico dentro del saco estrecho, las caderas alzadas a medias, el culo rozando las rodillas de Petra cada vez que tiraba hacia abajo. La tela empapada se pegaba a la piel como una segunda capa rebelde; el agua de la lluvia se había filtrado hasta los muslos y ahora brillaba en la penumbra cada vez que un relámpago cruzaba la lona. Petra no esperó. Su mano callosa —la misma que apretaba llaves y desmontaba motores— se posó sobre el muslo interno de Gwen y lo acarició con una lentitud deliberada, subiendo centímetro a centímetro desde la rodilla hasta el pliegue de la ingle. Los dedos trazaban círculos perezosos, sintiendo el temblor de los músculos debajo de la piel húmeda.

—Mira cómo te abres para mí —susurró Petra contra la oreja de Gwen, la voz ronca, pastosa de ganas—. Llevo meses mojándome la braga en el taller pensando exactamente en esto: tu coño caliente, tus tetas pesadas, esa cara de bombera seria que se te descompone cuando te tocan. Quiero follarte, Gwen. Quiero meterte los dedos hasta el fondo, chuparte el clítoris hasta que grites, y después montarte la cara y correrme en tu boca. Todo. Aquí. Con esta puta tormenta de testigo.

Gwen soltó un jadeo que se perdió entre el tamborileo del agua. La confesión le encendió algo visceral; el calor le bajó directo al coño ya empapado y se le endurecieron más los pezones contra la camiseta térmica. Giró el torso con torpeza dentro del saco, pechos contra pechos, y besó a Petra con una hambre cruda. Fue un choque de bocas abiertas, lenguas enredándose de inmediato, saliva compartida, dientes rozando el labio inferior. Empujó sus tetas firmes contra las de Petra —aún desnudas, pesadas, pezones oscuros y duros— y las frotó con deliberación, piel contra piel, el roce enviando descargas directas al clítoris de ambas. La mano de Gwen buscó la de Petra y la apretó más fuerte contra su muslo.

—Más fuerte —rogó contra la boca de Petra, la voz quebrada, casi un gemido—. Tócame más fuerte, joder. No me trates como si me fuera a romper. Quiero sentir tus dedos de mecánica marcándome. Quiero que me dejes moretones en los muslos de lo fuerte que me agarras mientras me follas con la mano. Por favor, Petra… me estás volviendo loca.

Petra sonrió contra sus labios y obedeció. La caricia se volvió más decidida: los dedos se clavaron en la carne blanda del muslo interno, subieron hasta rozar el borde de las bragas empapadas y bajaron otra vez, dejando un rastro de presión que hacía arquear la espalda a Gwen. Con la otra mano tiró del pantalón térmico y de la ropa interior a la vez. La tela cedió con un sonido húmedo, resbaladizo; Gwen levantó las caderas y entre risas entrecortadas y gemidos de anticipación lograron bajarlo hasta las rodillas. El aire frío de la tienda golpeó el coño descubierto de Gwen y ella soltó una risa nerviosa, baja, que se transformó en un gemido cuando Petra volvió a acariciarle el muslo desnudo, esta vez sin tela de por medio, la yema de los dedos rozando los labios hinchados casi por accidente.

—Joder, qué risa me da… —jadeó Gwen, ayudando a Petra a sacarse los leggins a su vez—. Estamos hechas un puto desastre de barro y agua y coño mojado. Mira cómo goteo. Todo esto por tus confesiones de mierda, por cómo me dices que quieres follarme.

Petra se rió también, un sonido gutural, mientras forcejeaban juntas con la ropa empapada. El saco se convirtió en un nudo de codos, rodillas y risas ahogadas cada vez que un trueno sacudía la lona. Consiguieron quitarse los leggins y las bragas de Petra; la sudadera ya estaba fuera, la camiseta de Gwen salió del tirón siguiente. Quedaron completamente desnudas, piel contra piel, el pecho de una aplastado contra el de la otra, el vello del pubis rozándose cada vez que movían las caderas. El olor a sexo se mezcló con el de la tierra mojada y la lluvia. Petra volvió a deslizar la mano por el muslo de Gwen, esta vez más alto, más lento, abriéndole las piernas todo lo que el espacio permitía. Susurró otra vez, los labios rozando el cuello sudado:

—Quiero follarte hasta que no puedas caminar mañana. Quiero que cuando vuelvas al cuartel sientas todavía mis dedos dentro y te acuerdes de cómo te abrí en esta tienda de mierda. Dime que lo quieres. Dime que me dejas comerte el coño ahora mismo.

Gwen no respondió con palabras al principio. Empujó otra vez sus tetas contra las de Petra, frotando los pezones duros uno contra otro en un movimiento deliberado, circular, mientras la besaba con más hambre todavía. La lengua de Gwen exploró la boca de Petra como si quisiera memorizar el sabor; una mano se enredó en el pelo corto de la mecánica y tiró suavemente para mantenerla cerca. Cuando se separaron lo suficiente para respirar, Gwen estaba sonrojada, los ojos oscuros, la boca hinchada.

—Te lo ruego —gimió—. Tócame más fuerte. Mételos. Hazlo. Me estás matando con esa lentitud. Quiero tus putos dedos callosos abriéndome ahora, quiero que me digas puta tuya mientras me follas la mano, y después quiero tu lengua. Todo lo que me confesaste. Dámelo.

Petra obedeció con una lentitud cruel al principio. La mano que acariciaba el muslo subió de una vez y se posó plana sobre el coño de Gwen, sintiendo el calor, la humedad espesa que ya le manchaba la palma. Dos dedos se separaron los labios hinchados y se deslizaron de arriba abajo, untando jugos, rozando el clítoris hinchado con la yema una y otra vez. Gwen arqueó la espalda y empujó las caderas hacia adelante, buscando más presión. Petra se la dio: los dedos se hundieron hasta el nudillo de un solo empuje húmedo, curvándose hacia adentro, buscando ese punto esponjoso que hizo que Gwen soltara un grito ahogado contra su hombro.

—Así… joder, así —jadeó Gwen, las uñas clavándose en la espalda de Petra—. Más fuerte. Fóllame con la mano como prometiste. No pares.

Petra movió los dedos con ritmo constante, entrando y saliendo, el pulgar presionando el clítoris en círculos apretados. Al mismo tiempo bajó la cabeza y atrapó un pezón de Gwen entre los labios, chupándolo con fuerza, lamiendo en espirales, mordisqueando apenas lo suficiente para arrancar otro gemido. El pecho de Gwen se alzaba y bajaba con respiraciones entrecortadas; cada vez que Petra curvaba los dedos, las paredes internas se contraían alrededor de ellos como si quisieran chuparlos más adentro. El saco se había vuelto un horno de cuerpos sudados, de piel resbaladiza, de gemidos que competían con el diluvio exterior.

Gwen no se quedó pasiva. Su propia mano bajó entre los cuerpos y encontró el coño de Petra —igual de empapado, los labios abiertos, el clítoris latente—. Se metió dos dedos de golpe y empezó a follarla al mismo ritmo, torpe por el espacio pero desesperado. Se besaron otra vez, más sucio todavía, compartiendo saliva y gemidos, las tetas aplastadas una contra otra, los pezones rozándose con cada embestida de cadera. Petra sentía el orgasmo acercándose como un trueno lejano, pero lo contuvo; no quería correrce todavía. Quería alargar esto, saborear cada confesión convertida en carne.

—Cuando termine de follarte con los dedos —susurró Petra contra la boca de Gwen, sin dejar de mover la mano— voy a bajar y te voy a comer el coño como te mereces. Te voy a abrir con la lengua, te voy a chupar el clítoris hasta que me tires del pelo, y después te voy a pedir que me lo hagas tú a mí. ¿Lo oyes? Quiero tu boca en mi coño mientras la lluvia sigue cayendo. Quiero correrme en tu cara.

Gwen gimió una afirmación incoherente y aceleró el ritmo de sus propios dedos dentro de Petra. El espacio era ridículo: rodillas enredadas, codos chocando con la lona, el saco de dormir hecho un nudo a sus pies. Pero ninguna quería más espacio. El roce constante de pieles, el olor a coño y lluvia, las confesiones que seguían saliendo entre jadeos… todo las empujaba más lejos. Petra retiró los dedos un segundo solo para chuparlos delante de Gwen, saboreando otra vez ese gusto salado y dulce, y después los volvió a meter, esta vez tres, estirándola un poco más. Gwen abrió la boca en un grito silencioso y empujó las tetas con más fuerza contra las de Petra, rogándole sin palabras que no parara.

La tormenta arreciaba. Un rayo iluminó el interior justo cuando Petra bajó la cabeza y empezó a besar el camino desde el pecho de Gwen hacia abajo, la lengua trazando una línea húmeda por el abdomen tembloroso, deteniéndose un segundo en el ombligo para chupar. Gwen levantó las caderas lo más que pudo, ofreciéndose, las piernas abiertas dentro del saco, el coño expuesto y goteando. Petra se acomodó entre ellas con dificultad, el aliento caliente rozando ya los labios hinchados, pero no bajó del todo todavía. En su lugar volvió a acariciar el muslo interno con esa misma lentitud del principio, susurrando sucio, dominante, mientras los dedos de Gwen seguían moviéndose dentro de ella:

—Vas a sentir mi lengua en un momento. Vas a mojarme toda la cara. Y vas a pedirme más. ¿Entendido?

Gwen asintió, casi llorando de ganas, las manos en el pelo de Petra empujándola hacia abajo. El deseo las tenía atrapadas igual que el temporal. Aún no se habían corrido. Aún no se habían comido el coño del todo. Solo estaban al borde, desnudas, empapadas, confesándolo todo con el cuerpo, y la noche apenas empezaba a tragarlas.

Petra no esperó más. Con un empujón decidido y torpe dentro del saco estrecho tumbió a Gwen de espaldas, las rodillas de la bombera abriéndose de golpe contra la lona empapada. El aire frío de la tienda le rozó el coño descubierto un segundo antes de que la boca caliente de Petra lo cubriera por completo. Gwen arqueó la espalda y soltó un gemido largo, ronco, las manos ya buscando el pelo corto y grasiento de la mecánica.

—Joder, Petra… así, así…

Petra lamió con devoción, la lengua ancha y plana subiendo desde la entrada hasta el clítoris hinchado, chupándolo con fuerza, soltándolo con un sonido húmedo y volviendo a atraparlo entre los labios. El sabor salado y dulce de Gwen le llenó la boca; llevaba meses imaginándolo en el taller y ahora lo tenía goteándole por la barbilla. Metió dos dedos de una embestida, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso mientras el pulgar no dejaba de frotar el clítoris en círculos apretados. Gwen se sacudía, los muslos temblando a ambos lados de la cabeza de Petra, los dedos enredados en su pelo tirando con ganas, empujándola más abajo.

—Cómeme… cómeme el coño como me prometiste, puta mecánica de mierda —jadeó Gwen, la voz rota entre el diluvio—. Más fuerte. Chúpame ese clítoris hasta que me corra en tu cara.

Petra obedeció. Chupó con más hambre, la lengua vibrando contra el botón hinchado mientras los dos dedos entraban y salían con ritmo constante, el sonido obsceno de la humedad mezclándose con los truenos. Sentía las paredes internas de Gwen contrayéndose alrededor de sus nudillos callosos, el jugo resbalándole por la muñeca hasta el codo. Cada vez que un rayo iluminaba la tienda veía el vientre de Gwen tensarse, los pechos pesados subiendo y bajando, los pezones oscuros y duros apuntando al techo de lona. Petra se frotó el propio coño contra el muslo de Gwen sin querer, el clítoris latiéndole como loco, empapada solo de lamerla.

Gwen tiró más fuerte del pelo.

—No pares… joder, no pares. Me voy a correr… me voy…

Pero Petra se apartó justo cuando las piernas de Gwen empezaban a cerrarse. Se lamió los labios, la barbilla brillante de jugos, y trepó encima de ella con torpeza, rodillas resbalando en el saco. Giró el cuerpo, acomodó una pierna por encima del hombro de Gwen y otra bajo la cadera, y juntó sus coños mojados en un roce directo, labios hinchados contra labios hinchados, clítoris buscando clítoris.

—Ahora te follo yo como quiero —gruñó Petra, la voz pastosa—. Tijera, Gwen. Fóllame el coño con el tuyo. Quiero sentir lo puta y mojada que estás para mí.

Empezaron a frotar. Fuerte. Rápido. Las caderas chocaban con fuerza y velocidad, el roce resbaladizo y caliente enviando descargas directas a los clítoris de las dos. El sonido era sucio, húmedo, piel contra piel chapoteando. Petra se inclinó y la besó con salvajismo, lenguas enredándose, dientes rozando, saliva y jugos de coño compartidos. Gwen respondió con la misma hambre, las manos agarrándole las tetas, apretando, pellizcando los pezones mientras empujaba las caderas hacia arriba para frotar más duro.

—Estás chorreando en mi coño —jadeó Petra contra su boca—. Toda esa leche tuya resbalándome por los labios. Qué puta estás, Gwen. Qué puta mojada para tu amiga la mecánica.

Gwen gimió y aceleró el ritmo, frotando en círculos cortos y violentos. Petra sintió el clítoris de la bombera latirle contra el suyo, el calor creciendo, el orgasmo acercándose otra vez como un segundo temporal. Pero no quería correrce todavía. Quería alargar la tortura. Agarró las muñecas de Gwen de un manotazo y se las sujetó por encima de la cabeza, contra el isolante frío, inmovilizándola. Las tetas de Gwen quedaron expuestas, pechos al aire, pezones duros rozando el pecho de Petra cada vez que bajaban las caderas.

—Mira cómo te abro —susurró Petra, sin dejar de frotar con fuerza y velocidad—. Coños pegados, chorreando juntas, y yo sujetándote para que no escapes. Estás hecha un desastre, bombera. Toda mojada, toda abierta, toda mía esta noche. Dime lo puta que estás. Dímelo mientras te froto el clítoris con el mío.

—Estoy… joder… estoy puta perdida por ti —gimió Gwen, forcejeando un poco solo para sentir la presión de las manos de Petra en sus muñecas—. Mójame más. Fóllame el coño con el tuyo hasta que no pueda más. Dime cosas sucias. Llámame puta otra vez.

Petra sonrió salvaje y obedeció, el roce volviéndose más brutal, clítoris contra clítoris golpeándose, labios abiertos resbalando uno sobre el otro. Cada embestida de cadera hacía que el jugo salpicara entre ellas. Se besaron otra vez, salvajes, bocas abiertas, lenguas lamiendo dientes y labios hinchados, mientras Petra seguía sujetando las muñecas de Gwen por encima de la cabeza y le hablaba al oído entre jadeos:

—Puta. Puta mojada. Llevas meses tocándote el coño en la ducha del cuartel pensando en mis dedos de grasa y ahora los tienes… no, ahora tienes mi coño frotándote el tuyo hasta dejarte temblando. Cuando vuelvas a la brigada vas a sentir todavía este roce. Vas a apretar los muslos y vas a mojarte los pantalones recordando cómo te follé en tijera dentro de esta tienda de mierda mientras el temporal nos caía encima.

Gwen arqueó la espalda todo lo que pudo, empujando el pubis contra el de Petra con desesperación. El saco de dormir se había convertido en un nudo a sus pies, la lona de la tienda vibraba con cada trueno, y el olor a sexo denso y caliente llenaba el espacio reducido. Petra soltó una de las muñecas solo un segundo para meter la mano entre ellas, separar un poco los labios y frotar ambos clítoris con los dedos al mismo tiempo que seguía el movimiento de caderas. Gwen gritó, un sonido ahogado que se perdió en el diluvio, y volvió a agarrar el pelo de Petra con la mano libre.

—Más… así… joder, Petra, me estás matando…

Petra recuperó la muñeca, las sujetó de nuevo por encima de la cabeza y aceleró el frote. Besos salvajes se intercalaban con mordiscos en el cuello, con lametones en los pezones cuando podía bajar la cabeza. El roce era brutal, constante, los coños mojados chapoteando, los clítoris hinchados y rojos rozándose sin piedad. Petra sentía el orgasmo de Gwen acercándose otra vez en las contracciones de sus muslos, en la forma en que el aire le faltaba, en cómo le clavaba las uñas en las muñecas aunque estuviera sujeta.

Pero ella misma estaba al borde. El calor le subía por la barriga, el clítoris le latía como loco cada vez que chocaba contra el de Gwen. Se obligó a frenar un segundo, solo lo suficiente para susurrar contra la boca abierta de la bombera:

—No te corras todavía. Quiero más. Quiero que me montes la cara después. Quiero tu lengua donde ahora tengo el coño. Y quiero follarte otra vez en tijera hasta que la tienda se caiga encima de nosotras.

Gwen asintió, casi llorando de ganas, las caderas todavía moviéndose en círculos cortos aunque Petra hubiera ralentizado. El temporal no daba tregua afuera. Adentro tampoco. Petra volvió a frotar con fuerza y velocidad, sujetando las muñecas, besándola salvaje, diciéndole puta y mojada y suya entre cada embestida de cadera, mientras el coño de ambas seguía chorreando y el orgasmo se quedaba otra vez al borde, temblando, esperando el siguiente trueno para romperlo del todo.

Petra no frenó. Aceleró el frote con una violencia hambrienta, el clítoris hinchado golpeando el de Gwen una y otra vez, labios abiertos chapoteando, jugos salpicando entre los muslos temblorosos. Las muñecas de la bombera seguían clavadas contra el isolante, los pechos rebotando con cada embestida, pezones duros rozando el pecho sudado de Petra. El saco era un nudo inútil a sus pies; la lona vibraba con los truenos y con los golpes de cadera.

—Córrete conmigo —gruñó Petra contra su boca abierta—. Quiero sentir tu coño contrayéndose contra el mío. Quiero que me empapes hasta la puta rodilla.

Gwen arqueó la espalda con un grito ronco que se mezcló con el diluvio. Las paredes internas le latían como un segundo corazón; el clítoris le ardía cada vez que rozaba el de Petra. Las piernas se le cerraron solas alrededor de las caderas de la mecánica, los talones clavándose en el culo firme, empujándola más adentro del roce. Petra sintió el orgasmo subir como un trueno dentro de la barriga: calor blanco, contracciones brutales, el coño abriéndose y cerrándose contra el de Gwen en espasmos húmedos.

—Joder… me corro… me estoy corriendo en tu coño —aulló Gwen, la voz rota, las uñas clavándose en las muñecas sujetas aunque no pudiera moverlas—. Tómalo todo, puta mecánica, tómame el squirt…

El primer chorro le salió caliente y espeso, salpicando el pubis de Petra, resbalando entre los labios hinchados, mojando el isolante. Petra gritó también, un sonido gutural y salvaje, y se corrió encima de ella: el clítoris latiéndole a golpes, el coño contrayéndose en oleadas que le sacudían los muslos, el jugo propio mezclándose con el de Gwen en un charco caliente y resbaladizo. Seguían frotando incluso mientras se corrían, torpes, desesperadas, los cuerpos sacudiéndose juntos, pechos aplastados, bocas abiertas compartiendo saliva y gemidos. Cada trueno exterior parecía empujar otra contracción; Petra sentía las paredes de Gwen apretarle el clítoris una y otra vez, el calor espeso goteándole por el culo hasta el saco.

Cuando las oleadas empezaron a aflojar, Petra soltó las muñecas y se derrumbó encima de ella. Quedaron abrazadas, pechos pegados, vello del pubis enredado y empapado, las piernas aún abiertas y temblando. El aire dentro de la tienda olía a coño corrido, a sudor y a tierra mojada. Afuera el temporal seguía castigando la lona, un tamborileo constante que ahora sonaba casi suave comparado con los gritos que acababan de soltar. Petra enterró la cara en el cuello de Gwen y respiró el olor a sexo y a jabón de cuartel. Los latidos le golpeaban en las sienes y en el clítoris todavía sensible.

Se quedaron así un rato largo, sin hablar, solo escuchando la lluvia y sintiendo cómo el líquido les enfriaba entre los muslos. Petra levantó la cabeza lo justo para besar suavemente los labios hinchados de Gwen. Fue un roce lento, casi tierno después de la salvajada, la lengua apenas rozando. Gwen abrió la boca y la dejó entrar, sin prisa.

—Esto no va a ser solo una noche —susurró Petra contra sus labios, la voz todavía ronca—. Lo sabes, ¿verdad? No puedo volver al taller y fingir que no te he tenido el coño chorreándome la cara. Quiero más. Quiero esto cada puta vez que podamos.

Gwen sonrió en la penumbra, los ojos oscuros brillando con el siguiente relámpago. Le pasó una mano callosa por el culo a Petra y le apretó un cachete con ganas, los dedos resbalando por el jugo que todavía les unía.

—Ya lo sabía —respondió, la sonrisa sucia y segura—. Desde que me metiste la lengua entre las piernas lo supe. Pienso follarte todas las noches del resto del camping. Todas. Te voy a despertar con la boca en el coño, te voy a montar la cara hasta que te ahogues en mi squirt, y cuando estemos demasiado jodidas de cansancio te voy a meter los dedos mientras dormimos para que te corras soñando conmigo. El día que bajemos de esta puta montaña vas a volver al taller cojeando y oliendo a mi coño, y yo voy a volver al cuartel con tus marcas en los muslos. Así que prepárate, mecánica. Te voy a usar hasta que se te acaben los gemidos.

Petra sintió que el clítoris le volvía a latir solo de oírla. Se frotó un poco contra el muslo de Gwen, el roce todavía resbaladizo, y bajó la mano entre los cuerpos. Encontró el coño de la bombera abierto, sensible, goteando el resto del orgasmo. Se metió dos dedos sin pedir permiso —no hacía falta— y los movió despacio, sintiendo las paredes aún contraídas.

—Entonces empieza ya —gruñó Petra, chupándole el lóbulo de la oreja—. Ábreme las piernas otra vez. Quiero que me comas el coño mientras la lluvia sigue cayendo y me dejes la cara llena de tu saliva y de lo que me queda de corrida. Quiero que me folles con la lengua hasta que se me doblen otra vez las rodillas y te llene la boca. Y después te monto yo a ti y te dejo el culo marcado con mis dientes. Todas las noches, ¿eh? Pues esta noche todavía no ha terminado, bombera de mierda. Todavía te falta chupar.

Gwen soltó una risa baja y sucia, abrió más las piernas dentro del saco estrecho y empujó la cabeza de Petra hacia abajo con las dos manos en el pelo grasiento. El coño de Petra quedó a centímetros de su boca; el olor denso y caliente le subió directo a la garganta. Sacó la lengua y lamió de abajo arriba, lenta, saboreando el desastre de jugos mezclados, el clítoris todavía hinchado y sensible. Petra gimió y se sentó del todo sobre su cara, frotándose, mojándole la nariz, la barbilla, las mejillas.

—Así… cómeme el coño como si fuera la última puta noche del camping —jadeó Petra, moviendo las caderas en círculos cortos, el clítoris rozando la lengua de Gwen una y otra vez—. Trágatelo todo. Quiero verte con la cara brillante de mi leche cuando amanezca.

Gwen obedeció, chupando con hambre, la lengua entrando y saliendo, los labios sellados alrededor del clítoris mientras Petra se follaba la boca. El temporal no paraba. Ellas tampoco. El coño de Petra empezó a contrarse otra vez contra la lengua caliente, el segundo orgasmo subiendo rápido y sucio, y lo último que pensó antes de correrce en la cara de su amiga fue que iba a follar ese coño todas las noches que les quedaran, hasta que la tienda oliera solo a ellas dos y al puto diluvio.

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