Una Noche de Hall Pass en la Panadería
Nadia, una panadera de 32 años casada, y Fiona, su vecina de 28 dueña de una cafetería, se comen el coño con ganas toda la
La panadería olía a levadura y a azúcar quemada cuando el reloj del horno marcó las doce y veinte. Nadia, panadera de treinta y dos años, casada y con las mangas del delantal arremangadas hasta los codos, apagó las luces del escaparate y giró el cartel de cerrado. Fiona, su vecina de veintiocho, dueña de la cafetería de al lado, se había quedado a ayudarla «un rato» y ahora ambas estaban solas entre sacks de harina y bandejas de hojaldre a medio enfriar.
Nadia se pasó la mano por el flequillo pegajoso de sudor. Llevaba meses mirando a Fiona cuando cogía el pan de cada mañana: esos labios carnosos, esa forma de morderse el interior de la mejilla cuando sonreía. Esta noche el marido de Nadia —Wesley— le había soltado el «hall pass» con una palmada en el culo y una risa de «una sola noche, nena, y me cuentas todo». Nadia no se lo pensó dos veces.
—Fiona… —la voz le salió más baja de lo que pretendía mientras contaban monedas en la caja—. Wesley me ha dado permiso. Una noche. Y… llevo meses follándome con la imaginación pensando en ti.
Fiona levantó la vista. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Nadia y la tensión se espeso como la masa madre. No dijo nada al principio. Solo se acercó un paso, luego otro, hasta que el olor a café y vainilla de su ropa se mezcló con el de la panadera. Sus dedos rozaron «sin querer» el dorso de la mano de Nadia al pasar una bandeja. Nadia sintió el roce eléctrico y no apartó la mano. Fiona sonrió de lado, lenta, y le pasó la yema del pulgar por el interior de la muñeca, justo donde latía el pulso.
—Meses, dices —susurró—. Qué puta coincidencia. Yo también.
Cerraron juntos. Cada vez que Nadia se agachaba a recoger un trapo, Fiona se colocaba detrás un segundo de más, el pecho rozándole la espalda. Cuando Nadia estiraba el brazo para apagar un interruptor, Fiona le sujetaba la cintura «para no caerse». Miradas cargadas. Respiraciones que se oían demasiado. Nadia notó cómo se le humedecía el slip solo de sentir esa presencia caliente pegada a ella.
Pasaron a la trastienda a preparar la masa de la mañana. El mármol de la mesa de amasar estaba frío. Nadia vertió harina, Fiona midió agua. Estaban codo con codo cuando Fiona se plantó justo detrás de ella. El aliento le rozó la nuca.
—Me pone de los cojones la idea de follarte esta noche —le susurró Fiona, voz ronca contra la oreja—. De meterte la lengua hasta que grites y de usar ese coño casado como me dé la puta gana.
La mano de Fiona se deslizó por debajo del delantal de Nadia, por encima de la falda de trabajo, y le apretó el coño con la palma abierta. Nadia gimió, un sonido bajo y sucio que se le escapó sin permiso. Estaba empapada; el slip se le pegaba a los labios. Fiona apretó más, frotando el montículo con dedos expertes a través de la tela.
Nadia se giró de golpe. La harina le manchó las muñecas. Agarró a Fiona por la nuca y la besó con hambre, lengua metida hasta el fondo, dientes rozando labio. Fiona respondió igual de bruta, empujándola contra el borde de la mesa.
—Estoy chorreando —confesó Nadia entre besos, la voz rota—. Quiero que me uses como tu puta esta noche. Que me dejes el coño destrozado y que me llames puta mientras me lo haces. Por favor.
Se rieron, un sonido nervioso y caliente, mientras se arrancaban la ropa. El delantal de Nadia cayó al suelo enharinado. Fiona le bajó la falda y el slip de un tirón; Nadia le abrió la camisa a botones y le mordió un pezón a través del sujetador antes de quitárselo del todo. Se quedaron desnudas, tetas contra tetas, coños rozándose mientras se besaban y se manoseaban sin pudor. Fiona le pellizcó un pezón a Nadia hasta hacerla jadear; Nadia le agarró el culo con las dos manos y lo apretó contra su cadera.
—Mesa. Ahora —ordenó Fiona.
Nadia se tumbó de espaldas sobre el mármol frío de amasar, las piernas abiertas de par en par, los pies apoyados en el borde. La harina se le pegó a la espalda sudada. Fiona se arrodilló entre sus muslos, le abrió los labios del coño con los pulgares y la miró un segundo: rosado, hinchado, goteando hacia el culo.
—Qué coño tan puto rico —murmuró, y se lanzó.
La lengua de Fiona era experta y sin piedad. Lamió de abajo arriba, aplanada, recogiendo jugos, luego se concentró en el clítoris: chupones cortos, la punta de la lengua golpeando el capuchón, labios sellados alrededor para succionar. Nadia arqueó la espalda y agarró la cabeza de Fiona, empujándola más contra su coño.
—Joder… así… chúpame el clítoris, puta… —gimió Nadia.
Fiona metió dos dedos de golpe, curvados hacia arriba, buscando ese punto esponjoso mientras seguía chupando. Los dedos entraban y salían chapoteando. Nadia empujaba las caderas contra la cara de Fiona, follándose la boca sin vergüenza. El orgasmo le subió rápido, caliente, desde el vientre. Gritó cuando se corrió, el coño apretando los dedos de Fiona en espasmos, los muslos temblando alrededor de su cabeza. Fiona no paró: siguió lamiendo los jugos que le salían a chorros, bebiéndoselos, hasta que Nadia forcejeó suavemente porque estaba hipersensible.
—Ahora tú —jadeó Nadia—. Súbete a mi cara. Quiero lamerte el coño y el culo. Fóllame la boca.
Fiona obedeció. Se subió a horcajadas sobre la cara de Nadia, de espaldas primero un momento para que Nadia le viera el culo abierto, luego se acomodó con el coño justo sobre la boca. Nadia levantó la cabeza y lamió. El sabor era ácido y dulce a la vez. Metió la lengua dentro del agujero, la sacó, la pasó por los labios hinchados y subió hasta el clítoris. Fiona se balanceó, frotándose contra la cara de Nadia, follándole la boca con movimientos bruscos de cadera. Nadia le agarró las nalgas y le separó los glúteos para lamerle también el culo: la lengua plana sobre el anillo apretado, empujando un poco dentro. Fiona gemía alto, «sí, lámame el culo, puta de panadería, cómeme toda».
Cuando las dos estaban al borde otra vez, Fiona se giró sin bajarse y se acomodaron en un 69 salvaje sobre la mesa. Nadia con la cara entre las piernas de Fiona, Fiona con la cara entre las de Nadia. Se comían el coño con voracidad, chupando, metiendo dedos, lamiendo culos cuando podían alcanzarlos. Fiona le metía tres dedos a Nadia y le chupaba el clítoris a la vez; Nadia le abría el coño con las manos y le follaba el agujero con la lengua. El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos ahogados contra carne mojada, respiraciones entrecortadas.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Nadia gritó contra el coño de Fiona mientras le salían los jugos a chorros directamente a la boca de la otra. Fiona se vino con un gemido largo, el cuerpo temblando, y le mojó la barbilla y la lengua a Nadia. Se tragaron mutuamente lo que pudieron, lamiendo los restos, limpiándose el uno al otro con la lengua hasta que solo quedó el sabor a sexo y un poco de harina.
Se quedaron un rato jadeando, desnudas sobre la mesa manchada, riendo bajito entre besos perezosos. Se limpiaron una vez más: Fiona le lamió un hilo de semen de coño que le bajaba por el muslo a Nadia; Nadia le limpió el culo a Fiona con la lengua una última vez solo porque podía. Después se vistieron despacio, sonriendo, aún con las piernas flojas. Nadia se puso el delantal sin slip debajo; se notaba el coño aún sensible y abierto.
Fiona se abrochó la camisa y se acercó. Le pasó un dedo por el labio inferior de Nadia, todavía hinchado de tanto chupar.
—La próxima vez traigo un strap-on —dijo, voz baja y segura—. Te voy a follar contra el horno caliente. Te voy a llenar el coño hasta que no puedas caminar y te voy a dejar marcada. ¿Te parece bien, puta casada?
Nadia la besó una última vez, profunda, saboreando todavía su propio jugo en la boca de Fiona.
—Ya estoy contando los días —respondió—. Cierra tú la puerta de atrás. Yo apago el horno. Y la próxima noche… no me voy a andar con miramientos.
Apagaron las luces de la trastienda. El olor a sexo y a pan se mezcló en el aire quieto. Nadia sintió el slip (que no se había puesto) en el bolsillo y la promesa de Fiona pegada a la piel como un segundo orgasmo aplazado. Afuera la calle estaba vacía. Dentro, la panadería guardaba todavía el calor de lo que acababa de pasar y de lo que vendría cuando Fiona volviera con el arnés.
La puerta trasera quedó a medias. Nadia había apagado el horno y el silencio de la trastienda se volvió denso, solo roto por la respiración aún agitada de las dos. Fiona no se movió hacia la calle. Se quedó mirando a Nadia con la camisa apenas abotonada, los pezones marcando la tela y la entrepierna todavía brillante de saliva y jugos. Nadia notó el calor subirle otra vez desde el vientre; el delantal le rozaba el coño desnudo y sensible, y cada paso le recordaba lo abierta que seguía.
—No te vayas todavía —dijo Fiona, voz baja, casi un gruñido—. Me dejaste el gusto en la lengua y quiero más. Quiero follarte de verdad esta noche, puta casada. Ahora.
Nadia tragó saliva. El permiso de Wesley latía en su cabeza como un segundo pulso, pero lo que la empapaba otra vez era la mirada de Fiona. Asintió sin palabras. Fiona se acercó, la agarró de la nuca y la besó con lengua profunda, saboreando todavía el rastro de coño que compartían. Las manos de Fiona bajaron, levantaron el delantal y le metieron dos dedos de golpe en el coño hinchado. Nadia gimió contra su boca; estaba tan mojada que los dedos entraron chapoteando.
—Mira cómo chorreas otra vez —murmuró Fiona, curvando los dedos y frotándole el punto esponjoso—. Este coño no ha tenido suficiente. Voy a por el arnés. No te muevas. Quédate aquí con las piernas abiertas pensándome.
Fiona salió corriendo por la puerta que daba al callejón. Nadia se quedó temblando junto a la mesa de mármol, el delantal subido hasta la cintura, los muslos brillantes. Se pasó dos dedos por los labios del coño, se los llevó a la boca y se chupó el sabor a sexo y harina. Pensó en Wesley, en la risa con la que le había dado el hall pass, y en cómo le iba a contar cada detalle: cómo le habían comido el culo, cómo iba a dejarse follar con un dildo por la vecina. El clítoris le latía. Se frota con la palma abierta, despacio, manteniéndose al borde, esperando.
Volvió Fiona en menos de diez minutos, con una bolsa de tela y la camisa abierta del todo. Sacó el arnés negro, el dildo grueso de silicona color carne, venas marcadas, y un bote de lubricante. Se lo puso delante de Nadia sin prisa, ajustando las correas alrededor de las caderas, el juguete saliendo erecto y amenazante desde su coño. Nadia se arrodilló al instante, se le acercó y le lamió la base, chupó la punta como si fuera una polla de verdad, babeando hasta dejarlo brillante.
—Qué ganas de que me destroces con esto —jadeó Nadia, mirándola desde abajo—. Métemela entera. Quiero sentirla en el fondo del coño mientras me llamas puta.
Fiona la levantó de un tirón, la hizo girar y la empujó contra la puerta del horno todavía tibia. El metal calentaba la piel de Nadia a través del delantal. Fiona le alzó una pierna, le abrió el coño con los dedos y alineó la cabeza del dildo. Empujó despacio al principio, dejando que Nadia sintiera cada centímetro abriéndola, estirándola. Nadia soltó un gemido largo y sucio cuando la tuvo hasta la base; el arnés le rozaba el clítoris a cada embestida.
—Joder, qué apretada estás para ser una puta casada que se deja follar por la vecina —dijo Fiona, voz ronca contra su oreja, empezando a follarla con estocadas firmes—. Este coño es mío esta noche. Lo voy a usar hasta que chorrees por las piernas y no puedas cerrar las piernas mañana.
Nadia se arqueó, las manos aplastadas contra el metal caliente. Cada embestida le sacaba un sonido obsceno, chapoteos mojados, el dildo entrando y saliendo brillante de sus jugos. Fiona le agarró las tetas por debajo del delantal, le pellizcó los pezones duros y le mordió el hombro. Nadia empujaba las caderas hacia atrás, buscando más profundidad, follándose la silicona con desespero.
—Más fuerte… fóllame como una perra… —suplicó—. Quiero que me dejes el coño abierto y rojo. Cuéntame cómo me vas a usar.
Fiona obedeció. Aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la trastienda. Le soltó una nalga y le dio una palmada seca, luego otra, dejando la marca caliente. Nadia gritaba sin cuidado, el orgasmo subiendo rápido otra vez. Fiona le alcanzó el clítoris con los dedos y se lo frotó en círculos apretados mientras la follaba sin piedad.
—Córrete en mi polla, puta de panadería. Mójame el arnés. Quiero sentir cómo te aprietas.
Nadia se vino con un alarido, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor del dildo, los jugos chorreando por los muslos y goteando al suelo enharinado. Las piernas le temblaban; Fiona la sostuvo por la cintura y siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo, sacándole gemidos rotos hasta que Nadia forcejeó suavemente por la hipersensibilidad.
No pararon. Fiona la hizo bajar a cuatro patas sobre un saco de harina, el culo en alto, el delantal todavía puesto y manchado. Se arrodilló detrás y se la volvió a meter de un solo empujón. Nadia gritó de placer puro, la cara apoyada en la tela rugosa, la harina pegándosele a las mejillas sudadas. Fiona le agarró las caderas y la usó a fondo, el dildo desapareciendo entero una y otra vez, las bolas del arnés golpeándole el clítoris.
—Mira qué bien te lo comes… qué puta más hambrienta —jadeaba Fiona—. Wesley te dio permiso para una noche y yo te voy a dejar el coño destrozado. Te voy a follar hasta que no puedas pensar en otra cosa que en mi lengua y mi polla.
Nadia metió una mano entre sus piernas y se frotó el clítoris con desespero mientras la embestían. El segundo orgasmo la pilló por sorpresa, más profundo, sacudiéndole el vientre entero. Gritó el nombre de Fiona, el cuerpo temblando, el culo empujando hacia atrás para no perder ni un centímetro. Fiona se corrió también a su manera, frotándose el clítoris contra la base del arnés hasta venirse con un gemido largo y tembloroso, el cuerpo pegado a la espalda de Nadia.
Se separaron jadeando. Fiona se quitó el arnés, se lo puso a Nadia en la cara y le ordenó que lo limpiara con la lengua. Nadia obedeció de rodillas, chupando su propio sabor de la silicona, lamiendo hasta la base, metiéndose el dildo en la garganta lo más que pudo mientras Fiona le acariciaba el pelo y le decía lo bien que chupaba.
Después Fiona la tumbó de nuevo en la mesa de mármol, le abrió las piernas y le comió el coño otra vez, despacio, saboreando el desastre que había dejado: labios hinchados, rojos, el agujero abierto y goteando. Le metió la lengua, le chupó el clítoris hinchado, le lamó el culo con detenimiento mientras Nadia se retorcía y le agarraba la cabeza.
—Todavía no he terminado contigo —susurró Fiona entre lametones—. Quiero que me montes la cara otra vez. Quiero ahogarme en tu coño mientras me follas la boca hasta correrte otra vez.
Nadia se subió. Se sentó sobre la cara de Fiona con las piernas abiertas de par en par, el culo apoyado en su pecho, y se frotó sin vergüenza. Fiona la agarró de las nalgas, le separó los glúteos y le metió la lengua en el culo al mismo tiempo que le chupaba el coño. Nadia se balanceaba, usándola, follándole la cara con movimientos cada vez más bruscos, mojándola entera. El tercer orgasmo le subió caliente y sucio; se corrió a chorros directamente en la boca de Fiona, que se lo tragó todo, gimiendo de placer debajo de ella.
Cuando bajó, las dos estaban hechas un desastre brillante: saliva, jugos, harina y marcas de dientes. Fiona la besó, compartiendo el sabor, y le metió tres dedos otra vez solo para sentirla apretar. Nadia se rio, rota de placer, y le mordió el pezón.
—La noche no ha acabado —dijo Fiona, mirándola a los ojos, la mano todavía dentro—. Todavía me quedan ganas de follarte contra el escaparate a oscuras, de hacerte gritar mi nombre otra vez, de dejarte el culo tan usado como el coño. ¿Aguantas más, puta casada?
Nadia le agarró la muñeca y se empujó contra los dedos, todavía hambrienta.
—Aguanto todo lo que me quieras dar. Usa ese hall pass hasta el último segundo. Quiero despertarme mañana cojeando y con tu saliva seca en los muslos. Sigue. No pares.
Fiona sonrió, esa sonrisa lenta y sucia, y la levantó de la mesa. Las llevó a ambas hacia la zona del mostrador, todavía a oscuras, el olor a pan y a sexo espeso en el aire. Nadia sintió el dildo del arnés —que Fiona se había vuelto a poner— rozarle el muslo otra vez, duro y listo. El calor del horno lejano y la promesa de más embestidas le hicieron el coño latir otra vez. Afuera la calle seguía vacía. Dentro, la noche de hall pass apenas empezaba a ponerse realmente salvaje, y ninguna de las dos tenía prisa por terminar.
Fiona la empujó contra el cristal del escaparate a oscuras. El frío del vidrio le pegó a las tetas desnudas a Nadia a través del delantal subido; afuera la calle seguía vacía, solo farolas y sombra. El dildo del arnés le rozó el muslo interior otra vez, todavía brillante de sus jugos anteriores. Fiona le separó las piernas a patadas, le alzó una hasta la cadera y se la clavó de un solo empujón hasta la base. Nadia soltó un grito ahogado que se estrelló contra el cristal.
—Joder, sí… así, fóllame contra la puta vitrina —jadeó Nadia, las tetas aplastadas, el coño abriéndose de nuevo alrededor de la silicona gruesa—. Que cualquiera que pase vea cómo me usas, puta. Métemela entera.
Fiona embistió con fuerza, el arnés golpeándole el clítoris a cada estocada. El sonido era obsceno: chapoteos mojados, piel contra piel, el delantal crujiendo. Le mordió el cuello, le chupó la marca y le susurró al oído mientras la follaba sin piedad:
—Mira ese coño casado tragándose mi polla. Wesley te dio una noche y yo te voy a dejar cojeando. Te voy a llenar hasta que chorrees por las rodillas y mañana te duela sentarte. Dime que eres mi puta de panadería.
—Soy tu puta… tu puta casada que se deja destrozar el coño… —Nadia empujaba las caderas hacia atrás, buscando más profundidad, los pezones duros rozando el cristal frío—. Más fuerte. Quiero que me dejes abierta. Usa ese hall pass hasta que no pueda cerrar las piernas.
Fiona aceleró. Le agarró el culo con las dos manos, le separó las nalgas y le metió un dedo en el culo mientras la follaba. Nadia gritó, el placer subiendo caliente y sucio desde el vientre. El dedo entraba y salía al mismo ritmo que el dildo; el coño le apretaba, el anillo se aflojaba rodeando el nudillo. Fiona le frotó el clítoris con la otra mano, círculos rápidos y brutales.
—Córrete. Mójame el arnés otra vez. Quiero sentir cómo te vienes en mi polla, puta.
Nadia se vino con un alarido que le destrozó la garganta. El coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de la silicona, los jugos saliendo a chorros por los muslos, goteando al suelo de baldosas. Las piernas le fallaron; Fiona la sostuvo por la cintura y siguió embistiendo a través del orgasmo, alargándolo hasta que Nadia temblaba y forcejeaba por la hipersensibilidad.
No pararon. Fiona la giró, la sentó en el borde del mostrador de madera y se arrodilló un segundo solo para lamerle el desastre: labios hinchados, agujero abierto y rojo, jugos y saliva mezclados. Le chupó el clítoris hinchado hasta que Nadia jadeó otra vez, luego se puso de pie, le levantó las dos piernas contra el pecho y se la volvió a clavar. Desde esa posición el dildo llegaba más hondo; Nadia veía cómo desaparecía entero entre sus labios cada vez, brillante, y se corría de solo mirarlo.
—Háblame sucio —suplicó, la voz rota—. Dime cómo me vas a dejar.
—Te voy a follar el culo también esta noche —gruñó Fiona, embistiendo fuerte, el arnés rozándole el propio clítoris a ella—. Primero este coño hasta que chorrees otra vez, luego te abro el culo con la lengua y te lo destrozo despacio. Quiero que mañana Wesley te pregunte por qué cojeas y tú le cuentes que su puta se dejó follar por la vecina hasta no poder más. ¿Te gusta, eh? ¿Te pone que te llame puta casada mientras te abro?
—Sí… joder, sí… fóllame el culo después… quiero las dos cosas —Nadia se masturbó el clítoris con dos dedos rápidos, desesperada—. Me voy a correr otra vez. No pares.
El segundo orgasmo de esta ronda la pilló de lleno. Gritó el nombre de Fiona, el cuerpo arqueado sobre el mostrador, el coño exprimiendo el dildo en oleadas. Fiona se frotó contra la base del arnés hasta venirse también, un gemido largo y tembloroso, el clítoris latiendo contra la correa, el cuerpo pegado al de Nadia.
Se separaron jadeando. Fiona se quitó el arnés con manos torpes, se lo puso en la cara a Nadia y le ordenó con voz ronca:
—Límpialo. Chupa tu mierda de coño. Quiero verte tragar.
Nadia se arrodilló en el suelo enharinado, abrió la boca y se metió el dildo hasta la garganta. Chupó, lamió la base, babé hasta dejarlo limpio otra vez mientras Fiona le agarraba el pelo y le decía lo bien que chupaba, qué puta más obediente. Cuando terminó, Fiona la tumbó de espaldas sobre el mostrador otra vez, le abrió las piernas de par en par y le comió el coño despacio, saboreando el desastre: lengua plana recogiendo jugos, chupones en el clítoris hinchado, lengua empujando dentro del agujero abierto. Luego le bajó la boca al culo. Lamió el anillo apretado, lo empujó, lo folló con la lengua hasta que Nadia se retorcía y le agarraba la cabeza.
—Ahora el culo —susurró Fiona—. Relájate. Voy a abrirte.
Se volvió a poner el arnés. Nadia se puso a cuatro patas sobre el mostrador, el culo en alto, el delantal manchado todavía puesto. Fiona le echó lubricante, le metió primero un dedo, luego dos, abriéndola despacio. Nadia gemía, empujando hacia atrás.
—Métemela. Quiero sentirla.
Fiona alineó la cabeza del dildo contra el culo de Nadia y empujó. Entró centímetro a centímetro. Nadia soltó un gemido largo, sucio, el ardor mezclándose con el placer. Cuando lo tuvo hasta la base, Fiona empezó a follárselo con estocadas cortas y firmes, una mano en la cadera, la otra frotándole el clítoris. El sonido era más profundo, más obsceno. Nadia se masturbaba el coño al mismo tiempo, tres dedos dentro, y se vino otra vez con el culo lleno, gritando, los jugos chorreando por la mano.
Fiona la folló el culo hasta que ella misma se corrió frotándose contra el arnés, el cuerpo temblando pegado a la espalda de Nadia. Después se lo sacó despacio, se arrodilló y le lamió el culo abierto, limpiando, saboreando. Nadia se derrumbó de lado sobre el mostrador, las piernas abiertas, el coño y el culo destrozados y goteando, la respiración a trompicones.
Se quedaron así un rato largo. Fiona se subió al mostrador junto a ella, las dos desnudas y brillantes de sudor, saliva y jugos. Se besaron con lengua perezosa, compartiendo el sabor a sexo y a harina. Fiona le acarició el coño hinchado con dos dedos suaves, solo para sentir cómo aún se contraía. Nadia le chupó un pezón y se rio, rota.
—Wesley se va a correr solo de oír esto —susurró Nadia, la voz ronca—. Le voy a contar cada embestida. Cómo me abriste el culo. Cómo me corrí en tu cara tres veces. Cómo me dejaste el coño tan usado que mañana voy a caminar raro.
—Que te pregunte los detalles —respondió Fiona, sonriendo sucio, la mano todavía entre las piernas de Nadia—. Y la próxima vez traigo dos dildos. Uno para cada agujero. Te voy a llenar como una puta de verdad mientras me chupas los pezones. ¿Te parece bien, casada?
Nadia asintió, todavía hambrienta a pesar de todo. Se giraron una última vez en un 69 lento sobre el mostrador estrecho. Fiona le lamió el coño y el culo con calma, saboreando el final; Nadia le chupó el clítoris y le metió la lengua dentro, bebiéndola. Se corrieron una última vez juntas, más suaves, más profundas, los cuerpos temblando, los gemidos ahogados contra carne mojada. Después se quedaron abrazadas, piernas enredadas, el olor a pan, a sexo y a sudor espeso en el aire quieto de la panadería a oscuras.
Nadia apoyó la cabeza en el pecho de Fiona, escuchándole el corazón. El delantal le colgaba de un hombro. El arnés yacía en el suelo junto a un saco de harina. Se sentían vacías y llenas a la vez, el coño y el culo de Nadia todavía abiertos y sensibles, la saliva de Fiona secándosele en los muslos. Fiona le besó la frente, luego la boca, y le susurró:
—Esta noche fue solo el principio. La próxima te follaré hasta que no recuerdes tu nombre.
Nadia sonrió contra sus labios, ya pensando en cómo contárselo a Wesley al llegar a casa, en la risa de él, en cómo se pondría duro oyendo cada detalle. Se levantaron despacio, se limpiaron con un trapo de cocina, se rieron bajito de las marcas rojas, de la harina pegada al culo, de lo jodidas que estaban. Fiona se abrochó la camisa a medias. Nadia se puso el delantal otra vez sin nada debajo, el coño latiéndole todavía. Se besaron una última vez junto a la puerta trasera, profundas, lentas, el gusto a jugos todavía en la lengua.
Entonces la puerta del callejón se abrió de golpe con un chirrido. La luz del pasillo exterior cayó sobre ellas. Una silueta alta se detuvo en el umbral.
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