Descubriendo a su Amiga Secreta en la Fiesta
Carlos, un ingeniero de 28 años, descubre en la fiesta que su amiga Brigitte de 26 es una mujer trans y termina follándosela con deseo salvaje.
La música latía contra las paredes de la casa de Everett como un corazón embriagado. Carlos, ingeniero de veintiocho años, se abrió paso entre cuerpos sudorosos y risas altas con una copa de whisky en la mano, buscando un respiro del ruido. Llevaba semanas sin salir; el trabajo lo había engullido entero. Fue entonces cuando la vio.
Brigitte.
Su amiga de siempre, veintiséis años, se movía por el salón con esa gracia imposible de ignorar: vestido negro ceñido que caía justo encima de las rodillas, escote discreto pero letal, tacones de aguja que alargaban sus piernas envueltas en medias de seda oscura. El cabello castaño le caía en ondas suaves sobre los hombros. Sonrió al reconocerlo y se acercó sin prisa, balanceando las caderas.
—Carlos… —su voz era un susurro cálido contra el bullicio—. Pensé que nunca vendrías.
Él la abrazó. El perfume de ella, vainilla y algo más profundo, le subió directo a la cabeza. Siempre había sido coqueta, femenina hasta los huesos, la chica con la que reía en los bares y a la que a veces le confesaba sus líos de cama. Nunca habían cruzado esa línea. Hasta esa noche, algo en la forma en que le miraba la boca le dijo que el aire había cambiado.
—Necesito aire —dijo ella, tomándole la muñeca—. Ven.
Lo guió por el pasillo hasta una habitación de invitados al fondo, lejos de la fiesta. Cerró la puerta con un clic suave. La luz de una lámpara de mesita bañaba la cama matrimonial y las cortinas gruesas. Brigitte se giró hacia él, mordiéndose el labio inferior.
—Hay algo que quiero que sepas. Algo que… he guardado mucho tiempo.
Carlos la miró, el pulso acelerado sin saber por qué. Ella levantó el dobladillo del vestido con dedos temblorosos pero decididos. Debajo no había bragas convencionales. Unas bragas de encaje negro, delicadas, sujetaban un bulto evidente ya semierecto. El corpiño a juego realzaba el pecho suave que se había construido con paciencia. Las medias de seda subían hasta la mitad del muslo, sujetas por una liga fina. Todo ella era mujer: curva, perfume, tacón… y ese miembro que lateaba contra la tela.
Carlos se quedó sin aliento. El shock inicial se disolvió en un calor brutal que le bajó directo a la entrepierna. Su polla se endureció dentro del pantalón al instante.
—Brigitte…
—Siempre he querido que me vieras así —confesó ella, voz suave, ojos fijos en los suyos—. Que me desearas tal como soy ahora. Completamente. Si te asusta, lo entiendo. Podemos volver abajo y fingir que no pasó.
Él dio un paso. Luego otro. Le tomó la cara con las dos manos.
—No finjo nada —admitió, ronco—. Estoy duro solo de mirarte. Ese encaje… esas medias… joder, Brigitte. Quiero tocarte.
Ella soltó un gemido bajo cuando él la besó. Fue un choque de bocas abiertas, lenguas hambrientas, dientes rozando labios. Carlos bajó las manos por su espalda, apretó el culo redondo a través del vestido, sintió la rigidez de la polla de ella rozándole el muslo. Brigitte le desabrochó la camisa con prisa, uñas rozándole el pecho. Entre besos le susurró:
—Tócame. Donde quieras. Como quieras. Estoy empapada de ganas y mi polla duele de lo dura que está solo por ti.
Él metió la mano bajo el vestido. Los dedos rozaron el encaje, sintieron el calor, el grosor, la humedad que ya manchaba la tela. Brigitte jadeó contra su boca.
—Sí… así. Agárrala.
Carlos se arrodilló frente a ella sin perder tiempo. Levantó el vestido hasta la cintura y se lo dejó ahí, amontonado. Bajó las bragas de encaje con cuidado reverente. La polla de Brigitte saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de líquido preseminal, perfectamente afeitada. Él la envolvió con la mano y la acercó a los labios.
—Eres hermosa —murmuró antes de abrir la boca y chupar.
La tomó profunda, lengua girando alrededor del glande, bajando hasta casi la base. Brigitte soltó un gemido largo, una mano enterrada en el cabello de Carlos, la otra apoyada en su hombro para no caerse con los tacones. Él chupaba con ansia, saliva resbalando por la longitud, ojos alzados hacia ella. El sabor salado, el olor a mujer y deseo lo volvían loco. Brigitte movía las caderas con suavidad, follándole la boca con control, gimiendo:
—Joder, Carlos… se siente tan bien… no pares… mírame mientras me chupas…
Cuando ella empezó a temblar demasiado, él se puso de pie. La giró contra la pared. Le levantó el vestido otra vez, le bajó las bragas hasta las rodillas y abrió su propio pantalón. Su polla salió gruesa y palpitante. Escupió en la mano, se humedeció el glande y se posicionó entre los glúteos abiertos de ella.
—Dime que lo quieres —exigió, voz quebrada de deseo.
—Métela. Fóllame. Quiero sentirte dentro hasta el fondo —rogó Brigitte, mirándolo por encima del hombro, mejillas encendidas.
Carlos empujó. La entrada se abrió con resistencia caliente y luego lo engulló. Entró centímetro a centímetro hasta hincársela completa. Ambos gemeron al unísono. Él empezó a embestir con fuerza, posesivo, agarrándole las caderas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Brigitte se masturbaba con la mano libre, subiendo y bajando por su propia polla al ritmo de las embestidas.
—Más duro… por favor… tócame más profundo… soy tuya así… —suplicaba ella, voz rota, frente apoyada en la pared.
Él la follaba sin piedad, cada embestida haciendo rebotar el culo de ella, las medias brillando bajo la luz, los tacones crujiendo. El calor interno la apretaba como un puño. Carlos le mordió el hombro a través del vestido, le agarró una teta por encima del corpiño.
—Estás tan puta estrecha… y tan jodidamente perfecta —gruñó.
Cuando las piernas de ella flaquearon, la cargó hasta la cama. Se tumbó de espaldas. Brigitte no esperó: se subió a horcajadas, acomodó la polla de él contra su entrada y se sentó de un solo movimiento. Empezó a cabalgarlo con movimientos sensuales y profundos, caderas en círculos, pechos rebotando dentro del corpiño. Carlos le sujetaba la cintura, la miraba montarlo, la polla de ella rebotando entre ambos, goteando sobre su abdomen.
—Mírame —pidió ella, jadeando—. Mírame mientras te monto. Quiero correrme sabiendo que me deseas así.
Él se incorporó a medias, la abrazó por la espalda y la besó con voracidad mientras ella aceleraba. El roce de sus cuerpos, el chapoteo, los gemidos cada vez más agudos. Brigitte se masturbaba sin parar. Carlos sentía el orgasmo subir como una marea.
—Voy a correrme… dentro… —avisó.
—Hazlo. Lléname. Yo también… joder, Carlos, ahora—
Ella se corrió primero: un chorro caliente salió de su polla y salpicó el pecho de él mientras su culo se contraía alrededor de la verga de Carlos en espasmos violentos. Él la siguió al instante, embistiéndola hacia arriba, vaciándose en lo profundo con gemidos guturales, inundándola. Se aferraron el uno al otro temblando, sudados, sin poder hablar durante largos segundos.
Cuando el mundo dejó de girar, Carlos la abrazó contra su pecho, todavía dentro de ella, todavía semiblando. Le acarició el cabello húmedo y le besó la sien.
—Eres hermosa —le susurró contra la piel—. Deseable exactamente como eres. No quiero que nada de esto se quede solo en esta habitación.
Brigitte levantó la cara, sonrisa cansada y brillante.
—Fuera de la fiesta, entonces. Cuando quieras. Hay más cosas que quiero mostrarte… y que quiero que me hagas.
Él sonrió, el pulso todavía disparado, la mente ya anticipando puertas que aún no habían abierto. Afuera la música seguía, pero dentro de aquella habitación la noche apenas empezaba a revelar lo que venían.
Carlos no se retiró. Siguió dentro de ella, todavía semiduro, sintiendo cómo los espasmos residuales de Brigitte lo apretaban con suavidad perezosa. Le acarició la espalda desnuda por debajo del vestido arrugado, trazando la curva de su cintura hasta el arranque de las nalgas. El calor de su semen se filtraba despacio entre ellos, resbalando por el muslo interno de ella y manchando las medias de seda.
—No te muevas todavía —murmuró él contra su cuello—. Quiero sentirte así un rato más.
Brigitte se rio bajito, un sonido ronco y satisfecho, y se acomodó mejor sobre su pecho. Su polla, aún sensible, descansaba entre ambos cuerpos, blanda y húmeda de su propio corrimiento. Carlos la rodeó con los dedos, acariciándola con lentitud deliberada, subiendo y bajando la piel fina hasta que volvió a engrosarse en su palma.
—Otra vez… —susurró ella, mordiéndole el hombro—. Joder, Carlos, me tienes adicta en una sola follada.
Él la giró con cuidado hasta dejarla de espaldas sobre las sábanas revueltas. El vestido negro quedó hecho un amasijo bajo su cintura; el corpiño se había desplazado lo suficiente para dejar al aire un pezón rosado y duro. Carlos se inclinó y lo chupó, tirando con los labios mientras su mano seguía masturbándola. Brigitte arqueó la espalda, abriendo las piernas de par en par. Las ligas tensaron las medias contra la carne suave de sus muslos. Él bajó besos por el pecho, el vientre plano, hasta el arranque de aquella polla gruesa que ya volvía a latir.
—Quiero saborearte otra vez —dijo, voz baja—. Quiero tragarme todo lo que me des.
Se metió la cabeza entre las piernas de ella y la engulló de un solo movimiento. La lengua giraba alrededor del glande, lamiendo el rastro de semen anterior mezclado con el líquido nuevo que empezaba a brotar. Brigitte gimió alto, una mano enredada en el cabello de Carlos, empujándolo más abajo. Él chupaba con hambre, garganta relajada, dejando que la polla le golpeara el fondo de la boca una y otra vez. Saliva y pre-semen le resbalaban por la barbilla. Cada vez que ella se movía, las medias crujían y los tacones se hundían en el colchón.
—Así… joder, sí… úsame la boca —rogó Brigitte—. Mírame. Quiero verte con mi verga hasta el fondo.
Carlos alzó la vista. Los ojos de ella brillaban, las mejillas encendidas, el labio inferior atrapado entre los dientes. Él sacó la polla solo lo suficiente para hablar, la lengua todavía rozando la ranura:
—Eres la mujer más deseable que he tocado en mi puta vida. Esta polla… estas tetas… este culo que me aprieta como un puto puño… todo tú.
Volvió a tragarla. Brigitte empezó a embestir su boca con más fuerza, follándole la garganta con movimientos cortos y profundos. Carlos se masturbaba a sí mismo con la mano libre, la polla ya otra vez rígida y goteando sobre las sábanas. Cuando sintió que ella estaba al borde, se apartó, se subió sobre ella y le separó las nalgas con las dos manos.
—Ahora te voy a abrir de verdad —prometió—. Dime cómo lo quieres.
—De lado. Quiero que me folles mientras me masturbas. Quiero sentir tu mano en mi polla y tu verga reventándome el culo al mismo tiempo.
Carlos se acomodó detrás de ella. Brigitte levantó la pierna superior; él le sujetó el muslo envuelto en seda y alineó el glande contra la entrada todavía resbaladiza de semen. Empujó. Entró de un solo tajo profundo, hasta las bolas. Ambos soltaron un gemido gutural. Empezó a moverse con embestidas largas y pesadas, sacándola casi completa antes de volver a hincársela hasta el fondo. Su mano rodeó la polla de Brigitte y la masturbó al mismo ritmo, el pulgar frotando la cabeza brillante en cada subida.
El sonido era obsceno: el chapoteo húmedo de su verga entrando y saliendo, el roce de la mano sobre la carne dura de ella, los gemidos ahogados contra la almohada. Carlos le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró:
—Mira cómo te follo. Mira cómo tu culo me chupa entero. Eres mía así, Brigitte. Con esta polla dura y este vestido subido y estas medias… joder, me voy a correr otra vez solo de pensarlo.
Ella empujaba las caderas hacia atrás, encontrando cada embestida, follándose a sí misma contra él. El pecho le rebotaba con cada golpe. Carlos aceleró, el pulgar ahora presionando con más fuerza la ranura de ella, exprimiendo más líquido que manchaba las sábanas.
—Más… más duro… lléname otra vez —suplicó Brigitte—. Quiero sentirte rebosándome mientras me corro en tu mano.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron brutales, el sonido de piel contra piel llenando la habitación junto con los gemidos cada vez más rotos de ella. Cuando Brigitte se tensó y empezó a correrse, un chorro caliente salió a borbotones sobre los dedos de Carlos y el colchón. Su culo se contrajo en oleadas violentas alrededor de la polla de él. Carlos no resistió: se enterró hasta el tope y se vació otra vez, profundísimo, gruñendo su nombre contra la nuca sudada de ella mientras los chorros calientes la llenaban por segunda vez.
Se quedaron unidos, temblando, respirando a bocanadas. Carlos le besó el hombro, la nuca, la curva del cuello. Todavía dentro, todavía palpitando, le acarició el vientre plano y luego la polla ahora blanda y sensible.
—No quiero que esta noche termine aquí —dijo al fin, voz ronca—. Quiero más de ti. Quiero despertarme con tu olor en las sábanas y tu polla contra mi muslo.
Brigitte se giró lo suficiente para mirarlo. La sonrisa era lenta, satisfecha, peligrosa.
—Entonces ven a mi piso el viernes. Tengo un cajón lleno de lencería que todavía no has visto. Tangas de encaje, bodys transparentes, ligueros más finos… y un plug que quiero que me metas mientras me chupas. Quiero que me vistas, que me mires, que me folles en cada habitación hasta que no pueda caminar sin sentir tu semen.
Carlos sintió la sangre volver a subirle. Ya estaba imaginando la puerta de su edificio, el pasillo, la cama grande de ella, el espejo frente al que la haría montarlo para que se viera exactamente cómo él la veía: mujer, deseada, perfecta.
—El viernes —confirmó, besándole la boca con hambre renovada—. Llevaré vino. Y cuerdas suaves, si me dejas atarte las muñecas a la cabecera mientras te abro las piernas y te chupo hasta que grites. Y después te voy a follar despacio, horas, hasta que me ruegues que te deje correrte.
Brigitte se rio contra sus labios, la mano ya bajando otra vez a la polla de él, acariciándola con promesa.
—Hazlo. Quiero que me uses exactamente como soy. Y el sábado por la mañana… desayuno desnudos, y otra ronda antes de que el sol suba del todo.
Carlos la abrazó más fuerte, la mente ya trazando el camino hasta su piso, el ascensor, la llave bajo el felpudo que ella le había mencionado una vez de broma. Afuera la fiesta seguía, lejana e irrelevante. Dentro de aquella habitación, y en todas las que vendrían, solo existía el plan que ya estaba tejiendo: el viernes por la noche, la lencería nueva, el plug, las cuerdas, y Brigitte abriéndose para él una y otra vez, exactamente como era, sin nada que esconder.
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