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Rendición Mutua con el Divorciado de al Lado

Dos divorciados vecinos se rinden al deseo y follan sin compromiso.

9 min read November 03, 2026New

Roman clavó la pala en la tierra reseca y se quedó mirando el surco torcido que había abierto. Treinta y cinco años, arquitecto, divorciado desde hacía casi dos, y todavía se sentía ridículo peleándose con un jardín que antes delegaba. Al otro lado de la valla baja, la casa vacía por fin tenía dueño: un hombre alto, de hombros anchos, con la camisa de oficina arremangada y la corbata colgando del bolsillo trasero, empujando una carretilla como si el césped le hubiera insultado.

—Si sigues así vas a enterrar la rueda —dijo Roman.

El otro levantó la cara. Barba de dos días, ojos oscuros, la mandíbula de quien está acostumbrado a que le obedezcan en una sala de juntas.

—Casimir. Cuarenta y dos. Ejecutivo. Me mudé anoche y esta tierra ya me odia. ¿Tú eres el del plano imposible o el del perro que ladra a las tres?

—Arquitecto. Vivo solo. El perro es del de enfrente. Roman.

Se dieron la mano por encima de la valla. El apretón duró un segundo de más. La palma de Casimir estaba caliente, áspera de pala nueva, y a Roman se le tensó el bajo vientre sin pedir permiso. Casimir no retiró la mano enseguida. Lo miró de arriba abajo, sin disimulo, desde el cuello sudado hasta la cintura de los vaqueros manchados.

—Divorciado —soltó Casimir, como quien deja una herramienta sobre la mesa—. Por si te interesa el dato. Ella se quedó el piso del centro. Yo me quedé con esto y con las ganas de no volver a fingir.

—Yo también. Dos años. Ya no finjo nada.

Esa primera tarde no pasó de ahí, pero Roman se duchó pensando en aquella mano y en la forma en que Casimir había dicho fingir, con la boca casi cerrada, como si la palabra le rozara los dientes.

Los días siguientes se cruzaron a propósito. Roman salía a regar cuando oía la puerta del garaje. Casimir aparecía en camiseta gris, el pecho amplio marcándose bajo la tela húmeda, y se apoyaba en la valla con una cerveza que no llegaba a beber. Hablaban de poda, de facturas, de lo absurdo de tener dos casas gemelas y dos camas demasiado grandes. Las miradas se quedaban. Roman notaba cómo Casimir le seguía la boca cuando hablaba. Casimir notaba cómo Roman se le detenía en los antebrazos, en el bulto de los pantalones de trabajo, en la línea de vello que se le escapaba por el cuello de la camiseta.

El jueves, Roman estaba agachado ajustando un aspersor cuando la sombra de Casimir le cubrió la espalda.

—Tienes el culo demasiado bien puesto para estar de rodillas en el barro y que nadie te diga nada.

Roman se incorporó despacio. El pulso le golpeaba en la garganta.

—Y tú tienes una boca muy suelta para ser el vecino nuevo.

—Me divorcié para poder decir lo que quiero. —Casimir no sonrió—. Te miro desde el lunes. Me pones la verga dura cada vez que te agachas. Si eso te molesta, lo cierro aquí.

Roman sintió el calor subirle por el cuello y asentarse, pesado, entre las piernas. No se apartó.

—No me molesta. Yo llevo tres tardes imaginándote sin esa camiseta y con las manos donde no deberían estar en un jardín. También estoy divorciado, también vivo solo, y también tengo ganas de dejar de dar vueltas.

Casimir exhaló, un sonido corto, casi un gruñido.

—Entonces ya está dicho. Los dos queremos. Sin rollos. Sin cenas. Sin explicarle nada a nadie.

—Sin ataduras —confirmó Roman—. Solo esto. Cuando los dos digamos que sí.

Se quedaron un momento con la valla entre los dos, el aire espeso de sol y de tierra mojada. Casimir le rozó la muñeca con dos dedos, un contacto mínimo, y Roman tuvo que apretar los muslos para no gemir ahí mismo, a la vista de la calle.

El sábado Casimir lo llamó desde el patio trasero, donde la valla era más alta y el vecindario no alcanzaba a ver.

—Una cerveza. Si todavía quieres seguir hablando de lo que no vamos a fingir.

Roman cruzó con una botella fría en la mano y se sentó en la silla de hierro, frente a él. Una cerveza cada uno, abierta, apenas empezada. Ninguno iba a emborracharse; los dos querían la cabeza clara para lo que ya sabían que iba a pasar si seguían empujando. Casimir tenía las piernas abiertas, el pantalón de chándal bajo en las caderas, y Roman no pudo dejar de mirarle el bulto grueso que se marcaba contra la tela.

—Anoche me masturbé pensando en tu boca —dijo Casimir, sin preámbulo—. En cómo te la abriría. En lo hondo que te la metería hasta que se te saltaran las lágrimas y aun así me pidieras más.

Roman sintió la verga palpitarle contra la bragueta. Apoyó el botellín y no bebió.

—Yo me corrí imaginándote detrás de mí. Abriéndome con los dedos. Follándome tan fuerte que se me olvidara cómo me llamo. Quiero tu polla. Esta noche. Aquí. Sin romance y sin después bonito.

Casimir dejó la cerveza en el suelo. Se inclinó. Su mano no fue casual: le puso la palma abierta en el muslo, alta, cerca de la ingle, y apretó.

—Dilo claro, arquitecto.

—Quiero que me folles esta noche. —Roman le sostuvo la mirada—. Y quiero comerte la verga antes. Duro. Con consentimiento, con ganas, y sin que ninguno de los dos se arrepienta a mitad.

—Yo también quiero follarte. Ahora. En mi cama. Hasta correrme dentro si me lo pides.

—Te lo pido.

Casimir lo agarró de la nuca y lo besó. No fue un beso de prueba. Fue hambre: boca abierta, lengua entrando, dientes rozando el labio inferior de Roman hasta arrancarle un gemido. Roman le devolvió el mordisco, le metió la mano bajo la camiseta y le clavó las uñas en el costado. Sabían a cerveza apenas probada y a saliva caliente. Casimir le mordió la mandíbula, le lamió el cuello, le apretó la verga por encima del pantalón hasta que Roman se arqueó en la silla.

—Arriba —ordenó Casimir, la voz rota—. Antes de que te folle contra esta mesa y se entere todo el puto barrio.

Subieron sin soltarse. En el pasillo Roman lo empujó contra la pared y le bajó el chándal lo justo para sacar la polla: gruesa, pesada, venas marcadas a lo largo del tronco, el glande ya húmedo. Casimir tenía cuarenta y dos años y una verga que llenaba la mano. Roman se arrodilló en el dormitorio, sobre la alfombra, y se la metió en la boca de una vez, hasta donde la garganta le permitió.

La saliva le chorreó por la barbilla enseguida. Lamió el tronco de abajo arriba, se detuvo en cada vena, le chupó los huevos con la boca abierta y volvió a tragársela, obsceno, ruidoso, dejando hilos de baba que le colgaban de los labios hasta la alfombra. Casimir le sujetó la cabeza con las dos manos, los dedos hundidos en el pelo.

—Así. Trágatela. Eres un vecino guarro de mierda y me encanta.

Roman gimió alrededor de la polla y aflojó la garganta. Casimir empezó a follarle la boca de verdad: embestidas cortas y profundas, el glande golpeándole el fondo, la saliva espumando en las comisuras. Roman se agarró a sus muslos y aguantó, los ojos llorosos, la verga propia dura y olvidada dentro del pantalón, disfrutando cada empujón porque lo había pedido y lo quería más hondo.

—Para —jadeó Casimir, retirándose con un chasquido húmedo—. Si sigues me corro en tu lengua y quiero tu culo primero. Quítate todo.

Roman se desnudó de pie, sin prisa fingida. Treinta y cinco, cuerpo trabajado de obra y de gimnasio, el culo firme, la polla erecta contra el vientre. Casimir se quitó la camiseta y el pantalón. El pecho ancho, el vello oscuro, la verga brillando de saliva. Lo empujó a la cama, boca abajo, y le separó las nalgas con las dos manos.

—Mírate. Abierto y pidiendo. —Le escupió entre las nalgas y le metió un dedo, lento, hasta el nudillo—. ¿Sí?

—Sí. Más. No pares.

Dos dedos. Los movió, los abrió, los curvó hasta que Roman soltó un grito ahogado contra la almohada y empujó hacia atrás. Tres, un momento, estirándolo, escuchando cómo pedía que no fuera delicado. Casimir se embadurnó la polla con lubricante del cajón y con lo que quedaba de saliva, le alineó el glande y empujó.

La penetración fue profunda y lenta al principio, centímetro a centímetro, hasta que las caderas de Casimir chocaron contra el culo de Roman y los dos se quedaron temblando. Roman tenía la cara hundida en la sábana, la boca abierta, el cuerpo cediendo alrededor de aquella verga gruesa.

—Fóllame —exigió—. Duro. No me trates como si fuera a romperme.

Casimir le agarró las caderas y empezó. Embestidas brutales, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto, los huevos golpeándole. Luego frenó, se enterró hasta la base y se quedó ahí, molido, moviéndose apenas, dejando que Roman sintiera cada vena.

—Puta —le dijo al oído, la voz baja, solo para él—. Te encanta que te abra así. Dilo.

—Me encanta. Soy tu puta esta noche. Métemela. Más fuerte, joder.

Casimir obedeció y volvió a clavársela, alternando rachas salvajes con embestidas lentas que le rozaban el fondo y le arrancaban gemidos sin control. Roman se masturbó un momento y Casimir le apartó la mano de un manotazo.

—No. Te corres en mi polla o no te corres. Sube.

Lo puso de espaldas un segundo, lo besó con la misma hambre de antes, mordiéndole la boca, y luego se tumbó y lo guio encima. Roman se sentó sobre la verga y se la tragó de una vez, hasta el fondo, las manos apoyadas en el pecho de Casimir. Empezó a cabalgarlo sin ritmo bonito: subía casi hasta sacar el glande y se dejaba caer, una y otra vez, el culo chocando contra la pelvis, la polla propia botando, intacta, goteando sobre el vientre de Casimir.

—Mírame —ordenó Casimir, agarrándole la cintura—. Cabálgame como el guarro que eres. Quiero ver cómo te corres sin tocarte.

Roman aceleró. El ángulo le daba de lleno por dentro, una presión blanca y continua que le subía por la columna. Insultos y súplicas se le mezclaban en la boca. Casimir le pellizcó los pezones, le abrió más las nalgas con los pulgares, lo obligó a bajar más hondo.

—Córrete —gruñó—. Córrete en mi verga, vecino. Enséñame lo zorra que estás.

Roman se corrió así, sin una mano en la polla, un orgasmo que le dobló el cuerpo hacia delante. El semen le salpicó el pecho a Casimir, el cuello, la barbilla, chorro tras chorro, mientras el culo se le contraía alrededor de la verga enterrada. Siguió moviéndose, temblando, ordeñándolo, hasta que Casimir perdió el control.

—Dentro —jadeó Roman—. Córrete dentro. Lléname. Quiero sentirlo.

Casimir lo sujetó por las caderas y embistió hacia arriba, tres, cuatro veces, brutal, y se corrió con un gruñido ronco, descargando hondo, llenándole el culo de semen caliente mientras Roman seguía apretándolo, los dos rendidos, sudados, sin una frase limpia entre los dientes.

Se quedaron unidos un momento, respirando como animales, la polla de Casimir aún dentro, el semen de Roman enfriándose entre los dos. No hubo caricia suave. Casimir le agarró la mandíbula y le metió la lengua en la boca, un beso sucio, de quien todavía quiere morder.

—Esto no se acaba aquí —dijo contra sus labios—. Vecinos. Sin compromiso. Cuando uno llame a la puerta del otro, se folla. Igual de duro. ¿Trato?

—Trato. —Roman se apretó hacia abajo, sintiendo cómo el semen le resbalaba alrededor de la verga—. La próxima vez te la como en tu cocina y me la metes contra la encimera hasta que no pueda andar.

Se ducharon juntos sin apagar el deseo. El agua les corría por el pecho y por los muslos. Casimir lo giró contra los azulejos, le separó las nalgas y vio su propio semen escapándosele del culo. Se rio, una risa baja y oscura, y le metió dos dedos para empujárselo de nuevo adentro.

—Mañana llamo yo —dijo Roman, la frente contra la pared, ya medio duro otra vez—. Y cuando abras, quiero esta verga en la garganta antes de que cierres la puerta.

Casimir le escupió en la nuca, le mordió el hombro y le susurró, sucio, definitivo:

—Abre ese culo, vecino, que todavía tengo semen de sobra para volverte a llenar hasta que te chorree por los muslos.

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