Su Amiga de la Universidad Se Entrega en el Ferry
Un administrativo de 32 años se folla con ganas a su amiga trans Sonia, de 31, en el camarote de un ferry nocturno.
Félix, un administrativo de 32 años que pasaba sus días enterrado en informes y balances en una oficina gris del centro, se apoyaba en la barandilla del ferry nocturno con una cerveza sin alcohol en la mano. El mar estaba calmado pero vivo, y el vaivén suave del barco le relajaba los hombros por primera vez en meses. Las luces de la costa ya habían desaparecido y solo quedaba la noche abierta, salada, prometedora de sueño y nada más. Eso creía él hasta que una risa familiar cortó el rumor de las olas.
— ¿Félix? ¿En serio eres tú o me está gastando una broma el ferry?
La voz era más grave que antes, pero el tono juguetón seguía siendo el mismo. Se giró y el corazón le dio un salto ridículo. Sonia. Treinta y un años, ahora viviendo abiertamente como la mujer que siempre había sido. Llevaba un vestido negro ceñido que terminaba justo por encima de la rodilla, elegante y provocador al mismo tiempo. Las medias de seda negra brillaban con cada movimiento de las luces del pasillo, y el liguero se adivinaba por la forma en que la tela se tensaba sobre sus muslos. El maquillaje era perfecto: labios rojo cereza, ojos delineados con precisión y una sombra que hacía que su mirada pareciera aún más traviesa. El cabello le caía en ondas sueltas sobre los hombros. Estaba espectacular.
— Sonia… joder — soltó él, y luego se rio de su propia sorpresa—. Perdón, es que… estás impresionante.
Ella se acercó con ese andar seguro que solo da quien ha decidido ser quien es sin pedir permiso. Se abrazaron con la torpeza alegre de los reencuentros. El perfume de Sonia, algo dulce con notas de vainilla y algo más carnal debajo, le llenó la nariz. Cuando se separaron, ella lo miró de arriba abajo y sonrió con picardía.
— Tú tampoco estás mal, administrativo sexy. Treinta y dos años te sientan bien. ¿Sigues contando números hasta que te sangren los ojos?
Se rieron. Caminaron juntos hacia la zona de butacas cubiertas, lejos del viento. Pidieron dos refrescos y se sentaron uno frente al otro. La conversación fluyó fácil, llena de bromas sobre jefes idiotas y sueños aplazados. Entonces Sonia se inclinó hacia delante, cruzando las piernas de manera que la seda de las medias susurró contra sí misma. Félix no pudo evitar mirar.
— Sabes —dijo ella entre risitas, como si estuviera confesando una travesura—, siempre me gustaste mucho en aquellos tiempos. Te miraba en las clases y me imaginaba… vestida así. Medias, tacones, bragas de encaje. Soñaba que me veías como la chica que era por dentro y que te volvías loco. Era mi fantasía más húmeda. Y ahora mírame: aquí estoy, cumpliéndola en un ferry.
Félix sintió que la sangre se le iba directa a la polla. La risa de Sonia era contagiosa, ligera, sin vergüenza ninguna. Él se pasó la mano por la nuca, sonriendo como un idiota.
— ¿Sabes qué es lo más gracioso? Que yo también te miraba. No entendía del todo por qué, pero algo en ti me ponía nervioso. Ahora lo entiendo. Estás preciosa, Sonia. Esa confianza tuya me está matando. No estoy disimulando nada: me pones cachondo perdido.
Los dos se echaron a reír al mismo tiempo, como si hubieran roto un dique invisible. La tensión sexual creció entre las bromas. Ella le rozó la rodilla con la punta del tacón. Él le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Ninguno escondía lo que sentía. El ferry se mecía más fuerte ahora, como si el mar también estuviera excitado.
De pronto Sonia se levantó, le tendió la mano y tiró de él con una mirada traviesa.
— Ven. No aguanto más estar sentada fingiendo que solo charlamos.
Lo arrastró por un pasillo lateral poco transitado, donde la luz era amarilla y tenue. Se detuvieron en un recodo cerca de las escaleras de emergencia. Sin decir nada, Sonia se subió el vestido con ambas manos, revelando el encaje rojo de sus bragas y el liguero de satén negro que sujetaba las medias. El contraste entre la piel suave y la tela fina era obsceno y hermoso al mismo tiempo.
Félix se quedó sin aliento. Su polla presionaba dolorosamente contra los pantalones.
— Hostia, Sonia… Eres una puta obra de arte.
— ¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con una risita ahogada, moviendo las caderas para que el liguero se tensara.
— Siempre te deseé así —confesó él, la voz ronca—. Aunque no tuviera palabras para decirlo entonces. Tu feminidad, tu descaro… me vuelve loco.
Sonia se pegó a él, frotando su vientre contra la erección evidente. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredadas, dientes que se rozaban. Entre beso y beso ella se reía, esa risa traviesa que lo desarmaba todo.
— Llámame tu putita universitaria, Félix. Venga, dímelo mientras me restriego contra ti.
Él la agarró del culo con ambas manos, apretando la carne suave por encima de las medias.
— Eres mi putita universitaria, Sonia. Mi putita caliente y preciosa que se está frotando como una perra en celo.
Ella soltó una carcajada baja y siguió moviéndose, presionando su propia polla endurecida contra el muslo de él. El ferry dio un bandazo y los dos tuvieron que sujetarse, lo que solo aumentó las risas. Estaban a punto de perder el control allí mismo, en el pasillo, cuando Sonia le mordió el labio inferior y susurró:
— Tengo un camarote privado. Reservado para esta noche. ¿Quieres follarme de verdad o seguimos jugando a los adolescentes?
— Llévame ya —gruñó él.
El camarote era pequeño pero tenía una cama grande y una ventana redonda que mostraba la oscuridad del mar. En cuanto cerraron la puerta, Sonia empujó a Félix contra el colchón y se arrodilló entre sus piernas. Le bajó los pantalones con dedos hábiles y liberó su polla gruesa y venosa. Lo miró desde abajo con esos ojos maquillados y una sonrisa juguetona.
— Mira qué rica la tienes… Voy a disfrutarla despacio.
Empezó una mamada lenta, casi burlona. Lamía desde los huevos hasta la punta, girando la lengua alrededor del glande, chupando solo la cabeza con succiones cortas que lo volvían loco. De vez en cuando levantaba la vista y soltaba una risita vibrante que se transmitía directamente a su verga.
Félix le acariciaba el cabello con ternura, apartándole un mechón que se había soltado.
— Dios, Sonia… Estás tan hermosa vestida de chica. Esa boca pintada alrededor de mi polla… Eres perfecta. Me tienes completamente entregado.
Ella ronroneó de placer ante el cumplido y lo tragó más profundo, relajando la garganta, dejando que la saliva le cayera por la barbilla. El vaivén del ferry ayudaba, empujando su cabeza suavemente hacia delante. Félix gemía y reía al mismo tiempo cuando el barco daba un golpe más fuerte y ella casi se atragantaba con una carcajada.
Al cabo de varios minutos Sonia se levantó, se quitó el vestido por la cabeza y quedó solo con el liguero, las medias y las bragas rojas. Se las bajó lo justo, dejando que su propia polla dura saltara libre. Se subió a horcajadas sobre Félix, escupió en su mano, lubricó la polla de él y se la metió en el culo de un solo movimiento lento y decidido.
— ¡Joder, qué gruesa! —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás.
Empezó a cabalgar con ganas, rebotando sobre sus muslos. Sus tetas se movían dentro del sujetador, las medias susurraban contra la piel de Félix y el liguero se tensaba con cada bajada. Él la agarró de las caderas y con la otra mano rodeó la polla de Sonia, masturbándola al mismo ritmo.
— Así, mi putita —jadeaba él—. Monta mi polla mientras te pajeo. Quiero que te corras gritando.
Los gemidos llenaban el camarote. Sonia reía entre jadeos, diciendo tonterías excitadas como «esto es mejor que cualquier examen final» y Félix se reía también, el placer mezclado con una complicidad absurda y maravillosa. El ferry se mecía más fuerte y sus cuerpos seguían el ritmo del mar, golpeando carne contra carne.
— Quiero que me folles como a una perra —pidió ella de pronto, con los ojos brillantes.
Se levantó, se puso a cuatro patas sobre la cama, levantó el culo y miró por encima del hombro con una sonrisa desafiante. Félix se colocó detrás, agarró el elástico de las medias con ambas manos y tiró de ellas mientras empujaba su polla hasta el fondo. Empezó a follarla con fuerza, embestidas profundas y rápidas que hacían que las nalgas de Sonia rebotaran. El sonido húmedo de piel contra piel se mezclaba con sus risas y gemidos.
— ¡Sí, así! Agarra mis medias y rómpeme, Félix —gritaba ella entre carcajadas entrecortadas.
Él tiraba del liguero como si fueran riendas, follándola cada vez más duro. La mano de Sonia voló a su propia polla y se pajeaba furiosamente. Félix sintió cómo el culo de ella se contraía de golpe.
— Me corro… ¡me corro, joder!
Sonia eyaculó primero, chorros espesos que salpicaron las sábanas mientras su esfínter apretaba la polla de Félix como un puño caliente. Eso fue demasiado. Él dio tres embestidas más, brutales, y se vació dentro de ella con un gruñido largo, llenándola de leche caliente pulso tras pulso.
Se derrumbaron juntos sobre la cama. Sonia se giró y se acurrucó contra el pecho de Félix, todavía con las medias puestas, el liguero torcido y el maquillaje ligeramente corrido bajo los ojos, lo que solo la hacía más sexy. Su respiración era cálida contra la piel de él. Le pasó una pierna enfundada en seda por encima del muslo y suspiró satisfecha.
— Mmm… esto ha sido solo el aperitivo, ¿verdad, mi administrativo favorito? —murmuró con voz ronca y divertida, mordisqueándole el pezón—. Porque la noche es muy larga y tengo una maleta llena de lencería que todavía no has visto… y muchas ganas de que me llames tu putita un rato más.
Félix sonrió, le acarició el cabello y sintió que su polla daba un pequeño salto de interés a pesar del orgasmo reciente. El ferry seguía meciéndolos, el mar oscuro golpeaba contra el casco y la tensión entre ellos, lejos de haberse apagado, parecía crecer otra vez como una broma privada que aún no había llegado a su remate.
Félix sonrió mientras le acariciaba el cabello revuelto a Sonia, sintiendo cómo su polla, aún sensible tras el orgasmo, daba un respingo traicionero contra la cadera de ella. El camarote olía a sexo, a vainilla y a ese sudor limpio que el vaivén del ferry hacía más intenso. Sonia levantó la cara, con el rímel ligeramente corrido bajo los ojos y los labios aún hinchados de tanto chupar, y soltó una risita baja que vibró contra el pecho de él.
—Ay, administrativo, ya te está volviendo a latir esa verga gruesa. ¿No te da vergüenza? Acabamos de corrernos como animales y tu cuerpo ya pide más. Pareces un universitario salido en plena semana de exámenes.
Él se rio con ganas, apretándole una nalga por encima de la media rota que aún colgaba de su liguero torcido. El semen de ambos se había enfriado entre sus cuerpos, pero el calor no había bajado ni un grado.
—Qué culpa tengo yo si mi putita universitaria se acurruca contra mí con esas tetas medio fuera del sujetador y las medias hechas un desastre. Me tienes loco, Sonia. A los treinta y dos años creía que ya no me ponía tan burro por nadie.
Sonia se incorporó sobre un codo, dejando que su polla semierecta rozara el muslo de Félix. El ferry dio un bandazo suave y los dos tuvieron que agarrarse para no rodar. Ella soltó una carcajada ronca.
—Pues si tanto te gusta el desastre, espera a ver lo que traigo en la maleta. Esta noche no vas a dormir ni un minuto, te lo advierto. Y quiero que me sigas llamando tu putita. Me pone cachonda cuando lo dices con esa voz de oficinista serio que se está rompiendo.
Se levantó de la cama con ese andar felino que hacía que las medias susurraran una contra la otra. El liguero negro colgaba suelto de un lado y el semen de Félix le resbalaba lentamente por el interior del muslo. Sonia abrió el pequeño armario empotrado y sacó una maleta roja que colocó sobre la mesita. Félix se incorporó, apoyando la espalda en el cabezal, y la observó mientras ella abría la cremallera con dramatismo exagerado, como si estuviera revelando un tesoro.
—Primero, el clásico que siempre soñaba que me vieras con —anunció ella, sacando un body de encaje blanco casi transparente, con ligueros incorporados y un tanga a juego del mismo color—. A los treinta y un años una ya sabe lo que le queda bien, ¿no?
Se lo puso delante de él con movimientos lentos y teatrales. Primero deslizó el body por sus piernas, subiéndolo con cuidado sobre las medias negras que aún llevaba. El contraste del blanco contra la piel morena y el negro de las medias anteriores era obscenamente hermoso. Ajustó las copas sobre sus pechos pequeños pero firmes, y luego se colocó el tanga, dejando que su polla, que ya volvía a endurecerse, quedara apenas contenida por la tela fina. Se giró, mostrándole el culo donde la tira desaparecía entre las nalgas aún enrojecidas.
—¿Qué te parece, mi administrativo favorito? ¿Tu putita de la universidad se ve lo suficientemente follable?
Félix tragó saliva. Su polla estaba completamente dura otra vez, apuntando hacia arriba con una gota de líquido preseminal brillando en la punta.
—Hostia, Sonia… Pareces un sueño húmedo hecho realidad. Ese encaje te marca cada curva. Ven aquí antes de que me corra solo de mirarte.
Ella se rio y se acercó contoneando las caderas. El ferry eligió ese momento para inclinarse y Sonia tropezó, cayendo de rodillas directamente entre las piernas de Félix. En lugar de levantarse, aprovechó la posición y le miró desde abajo con esa sonrisa traviesa que lo desarmaba.
—Mira qué casualidad. El mar me pone de rodillas delante de tu polla. Debe ser una señal.
Sin esperar respuesta, sacó la lengua y lamió lentamente desde los huevos hasta la cabeza, recogiendo esa gota transparente con un gemido exagerado de placer.
—Mmm… sabe a nosotros dos. Me encanta.
Félix gruñó y le metió los dedos en el pelo, pero sin forzar. Quería disfrutar cada segundo. Sonia lo chupó con más ganas esta vez, tragándoselo hasta la mitad y usando la mano para masturbar la base mientras su lengua hacía círculos viciosos. Cada vez que el barco se movía, ella fingía atragantarse y soltaba risitas vibrantes que subían por la verga de él como pequeñas descargas eléctricas.
—Joder, qué boca tienes… —jadeó Félix—. Eres la mujer más divertida y cachonda que he conocido. Me estás volviendo adicto a esto.
Sonia se apartó un momento, con hilos de saliva conectando sus labios rojos con la polla brillante.
—Pues espera, que esto es solo el segundo plato. Quiero que me pruebes tú también.
Se subió a la cama, se quitó el tanga blanco con un movimiento rápido y se colocó a horcajadas sobre la cara de Félix, pero al revés, dejando su polla dura colgando sobre la boca de él mientras bajaba la cabeza para seguir mamándosela. El 69 fue torpe al principio por el movimiento del ferry, y se rieron como idiotas cuando la polla de Sonia le golpeó a Félix en la nariz.
—Cuidado con el arma, capitana —bromeó él, y ella respondió con una carcajada que se cortó en un gemido cuando Félix le lamió los huevos y luego subió la lengua hasta su polla.
La chupó con ganas, saboreando el gusto salado y limpio de ella. Al mismo tiempo metió dos dedos en el culo aún lubricado de Sonia, follándola con ellos mientras succionaba la cabeza de su verga. Sonia gemía alrededor de la polla de él, moviendo las caderas para follarse los dedos. El body blanco se había subido hasta la cintura y las ligas tiraban de las medias negras, creando unas marcas deliciosas en sus muslos.
—Así, Félix… chúpame la polla mientras me metes los dedos. Soy tu putita completa, ¿verdad? Dímelo.
—Eres mi putita completa —gruñó él contra su carne—. La más guapa, la más cachonda y la que mejor se ríe mientras la follo. Me tienes embobado, Sonia.
El camarote se llenó de sonidos húmedos, risas entrecortadas y gemidos. El ferry dio un golpe más fuerte y los dos rodaron de lado sin separarse, convirtiendo el 69 en una posición lateral absurda que solo aumentó las carcajadas. Sonia se corrió primero esta vez, sin avisar. Su polla palpitó en la boca de Félix y soltó chorros calientes que él tragó con gusto, sin dejar de mover los dedos dentro de ella. El orgasmo hizo que el culo de Sonia se contrajera con fuerza alrededor de sus dedos.
—Tu turno —jadeó ella, girándose con rapidez.
Se colocó de espaldas sobre la cama, levantó las piernas enfundadas en las medias y las abrió en una V perfecta. El body blanco enmarcaba su polla aún goteante y su agujero rosado que se abría y cerraba invitando.
—Fóllame otra vez. Quiero sentirte profundo mientras me miras vestida así.
Félix no se hizo rogar. Se arrodilló, escupió en su mano y lubricó su polla gruesa antes de empujar lentamente dentro de ella. El calor era increíble. Sonia soltó un gemido largo y luego se rio.
—Qué gruesa, joder… me partes en dos cada vez. Pero no pares, administrativo. Quiero que me uses.
Él empezó a bombear con ritmo constante, agarrando las ligas del body como si fueran asas. Cada embestida hacía que las tetas de Sonia rebotaran dentro del encaje blanco y que su polla, ya medio dura otra vez, se moviera sobre su vientre. Félix la masturbaba con una mano mientras follaba, alternando miradas entre sus ojos maquillados y el punto donde su verga desaparecía dentro de ese culo perfecto.
—Eres preciosa, Sonia. Me encanta cómo te entregas. Cómo me dejas verte y desearte exactamente como eres.
Ella arqueó la espalda y soltó una risita entrecortada.
—Y a mí me encanta que un administrativo serio de treinta y dos años me esté partiendo el culo en un ferry mientras me llama su putita. La vida es maravillosa.
El ritmo aumentó. Félix la follaba más fuerte, usando el vaivén del barco para meterse hasta el fondo con cada ola. El sudor les corría por la piel. Sonia se agarraba a las sábanas, con el body blanco ya manchado de semen y saliva. Le pidió que la pusiera de lado, luego de rodillas otra vez, cambiando de posición cada vez que el placer amenazaba con acabar demasiado pronto. En una de las vueltas, Félix tiró del body con demasiada fuerza y se oyó un pequeño rasgón. Los dos se detuvieron un segundo y estallaron en carcajadas.
—Se rompió el encaje de los sueños —dijo ella entre risas—. Ahora sí que parezco una puta de verdad.
—Mi puta favorita —corrigió él, y la penetró otra vez desde atrás, agarrando las ligas rotas como riendas.
Follaban con más intensidad ahora. Félix sentía que el segundo orgasmo se acercaba como una ola grande. Sonia se pajeaba rápido, sincronizada con las embestidas. El camarote resonaba con el sonido húmedo de piel contra piel, gemidos y alguna risa ocasional cuando el ferry los hacía perder el ritmo.
—Quiero correrme dentro otra vez —gruñó Félix—. Y que te corras tú en mi mano.
—Hazlo —suplicó ella con voz ronca pero aún juguetona—. Lléname, mi administrativo. Haz que tu putita universitaria se corra gritando tu nombre.
Félix aceleró, tirando de las ligas, sintiendo cómo el culo de Sonia lo apretaba cada vez más. Ella eyaculó primero otra vez, chorros que salpicaron el body blanco y las sábanas. El esfínter se contrajo con tanta fuerza que Félix no pudo aguantar. Se hundió hasta el fondo y se corrió con un gemido largo, llenándola de leche caliente en pulsos profundos que parecían no acabar nunca.
Se derrumbaron de lado, todavía unidos, respirando agitados. Sonia giró la cabeza y le dio un beso torpe en la mandíbula, riendo bajito.
—Esto sigue sin ser el plato principal, ¿sabes? Aún me quedan dos conjuntos más en la maleta… uno de látex rojo que te va a volver completamente loco y unas botas hasta el muslo que hacen que mis piernas parezcan infinitas. Y todavía no te he hecho suplicar.
Félix sintió que su polla, aún dentro de ella, daba un pequeño latido de interés renovado. El ferry seguía meciéndolos en la oscuridad, el mar parecía reírse con ellos. Sonia apretó las nalgas alrededor de él y susurró con esa voz traviesa que prometía más locura:
—Descansa cinco minutos, cariño. Porque en cuanto recuperes el aliento, voy a ponerme el siguiente modelito y vas a tener que follarme contra la pared del camarote hasta que los vecinos se quejen. ¿Estás preparado para que tu putita te destroce la noche entera?
Él sonrió contra su nuca, oliendo el perfume mezclado con sudor y sexo, sabiendo que la noche apenas empezaba a ponerse realmente interesante. Su mano bajó hasta acariciar la media rota y el liguero destrozado, y pensó que nunca había estado tan feliz de que un reencuentro universitario se hubiera convertido en esto: risas, lencería rota y un deseo que no parecía tener fin.
Sonia se giró entre sus brazos con esa sonrisa torcida que siempre precedía a una de sus locuras y le mordió el labio inferior con cariño juguetón. El camarote olía a semen, a látex por estrenar y a ese perfume de vainilla que ya se había mezclado con el sudor de ambos. Félix sintió cómo su polla, todavía semierecta y enterrada en el calor pegajoso del culo de ella, daba otro latido traidor.
—Cinco minutos, dices… —murmuró él contra su cuello, riendo por lo bajo—. Contigo, Sonia, ni siquiera sé si voy a poder recuperarme antes de que me mates de un infarto. Treinta y dos años y ya me tienes jadeando como un chaval.
Ella soltó una carcajada ronca, se levantó con lentitud deliberada y dejó que la polla de Félix saliera de su interior con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo espeso de semen blanco resbaló por el interior de su muslo, contrastando con la media negra rota. Caminó hasta la maleta roja como si estuviera desfilando en una pasarela invisible, contoneando las caderas de forma exagerada solo para provocarlo.
—Pues prepárate, administrativo. Porque esto —dijo sacando un vestido de látex rojo brillante que parecía capaz de estrangular a quien lo llevara— es el siguiente nivel. Y las botas… ay, las botas van a hacer que se te caiga la baba hasta el suelo.
Félix se incorporó sobre los codos, la polla ya endureciéndose de nuevo al ver cómo Sonia se untaba con cuidado un poco de lubricante para poder deslizar el látex sobre su piel sudorosa. El ferry eligió ese preciso momento para inclinarse en una ola más fuerte y ella tuvo que agarrarse al borde de la mesita, riendo a carcajadas mientras el vestido se le pegaba a las tetas y al vientre.
—Joder, el mar está de mi parte —dijo ella entre risitas—. Quiere que me quede con el culo en pompa mientras me visto para ti.
El látex rojo se adhería a su cuerpo como una segunda piel brillante. Se ajustaba a sus curvas con un brillo obsceno, marcando sus pezones endurecidos y apretando su polla semierecta de tal manera que la tela parecía a punto de reventar. Luego sacó las botas: negras, de charol, hasta el muslo, con tacones de aguja que la obligaban a arquear la espalda de forma ridículamente sexy. Se las puso sentada en el borde de la cama, estirando cada pierna con teatralidad, subiendo la cremallera lentamente mientras miraba a Félix a los ojos.
—Treinta y un años y todavía me pongo cachonda como una universitaria cuando me miras así —confesó ella con una risita—. Dime, mi putita universitaria favorita… ¿te gusta cómo me queda? ¿Te pone que tu amiga de la uni se haya convertido en esta zorra de látex que solo quiere que la follen contra la pared?
Félix tragó saliva. Su polla estaba completamente dura otra vez, palpitando contra su vientre. Se levantó, cruzó los dos pasos que los separaban y la agarró por la cintura. El látex estaba frío al tacto pero se calentaba rápidamente bajo sus palmas.
—Estás demencial, Sonia. Pareces sacada de una de mis fantasías más guarras. Ese rojo… joder, brilla como si ya estuvieras mojada por todas partes. Y esas botas… voy a follarte hasta que los tacones dejen marcas en el suelo.
Ella soltó una carcajada gutural y lo empujó hacia atrás hasta que la espalda de Félix chocó contra la pared del camarote, justo al lado de la ventana redonda que solo mostraba oscuridad marina. Luego se dio la vuelta, apoyó las manos en la pared y empujó el culo hacia él, separando las piernas todo lo que las botas le permitían. El látex se tensaba sobre sus nalgas, marcando la hendidura de forma pecaminosa.
—Pues no esperes más, administrativo. Quiero que me des fuerte. Quiero oír cómo este látex cruje cada vez que me la metas hasta el fondo. Y no pares de llamarme tu putita… me corre que lo digas mientras sudas encima de mí.
Félix escupió en su mano, lubricó su polla gruesa y la frotó contra el látex antes de apartar la tira del tanga que apenas cubría el agujero ya abierto y enrojecido. Empujó de una sola vez, profundo, y el gemido que soltó Sonia vibró en todo el camarote. El ferry dio otro bandazo y los dos se tambalearon; él tuvo que agarrarla por las caderas con fuerza para no salir de ella. La risa de ambos se mezcló con los gemidos.
—Hostia… casi te la saco con la ola —jadeó él, riendo mientras empezaba a bombear con ritmo brutal.
—Sigue, joder… ¡sigue! —gritaba ella entre carcajadas entrecortadas—. Agarra las botas, tira de ellas como si fueran riendas. Quiero sentir que me estás usando de verdad.
Él obedeció. Sus manos bajaron hasta las botas de charol, agarrando la parte superior de los muslos y tirando de ellas hacia atrás mientras la follaba con embestidas secas y profundas. El sonido del látex crujiendo contra su pelvis se mezclaba con el chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo del culo lleno de semen anterior. Sonia tenía una mano en la pared y la otra entre sus piernas, pajeándose dentro del vestido de látex que apenas le dejaba espacio.
—Eres preciosa así, Sonia —gruñó Félix entre dientes, sin dejar de follarla—. Tan mujer, tan entregada, tan puta y tan mía en este momento. Me encanta cómo tu polla se mueve dentro de ese látex apretado mientras te parto el culo.
—Sigue diciéndolo… —suplicó ella con voz rota pero aún juguetona—. Dime que soy tu trans perfecta, tu putita de látex que se corre en un ferry porque no puede esperar ni un segundo más.
El vaivén del barco los obligaba a follar de forma irregular, casi violenta. Cada ola empujaba a Félix más adentro y Sonia soltaba carcajadas ahogadas que se convertían en gemidos largos cuando él le daba especialmente fuerte. El sudor les corría por la piel; el látex brillaba más con cada gota. Félix sentía cómo el orgasmo se acercaba otra vez pero no quería terminar aún. Salió de ella de golpe, la giró y la levantó en brazos. Las botas de tacón alto se cruzaron detrás de su espalda mientras la empotraba contra la pared con fuerza.
—Ahora mírame a la cara mientras te follo —le ordenó con una sonrisa traviesa.
Sonia rodeó su cuello con los brazos y dejó escapar un gemido agudo cuando él volvió a enterrarse hasta el fondo. Estaban cara a cara. Los ojos maquillados de ella, con el rímel aún más corrido, brillaban de puro deseo y diversión. Se besaron con hambre, lenguas enredadas, mientras él la follaba con embestidas cortas y brutales que hacían que sus tetas rebotaran dentro del látex.
—Dios, Félix… me estás rompiendo —jadeó ella contra su boca, riendo—. Y me encanta. Nunca nadie me había follado con tantas ganas y tantas risas al mismo tiempo. Eres el administrativo más guarro del mundo.
Él la bajó un poco para cambiar el ángulo y empezó a rozarle la próstata con cada embestida. La polla de Sonia, atrapada dentro del látex rojo, dejó una mancha húmeda visible en la tela brillante. Ella se corrió primero, gritando su nombre entre carcajadas entrecortadas mientras su esfínter apretaba como un puño caliente y chorros de semen salpicaban el interior del vestido. El orgasmo fue tan fuerte que las piernas le temblaron dentro de las botas.
Félix aguantó todo lo que pudo, disfrutando de las contracciones, pero al final no resistió más. Con un gruñido animal se hundió hasta el fondo y se vació por tercera vez esa noche, llenándola con más leche caliente que empezó a escaparse alrededor de su polla y a resbalar por las botas de charol.
Se quedaron así un rato, pegados a la pared, respirando agitados y riendo por lo bajo cada vez que el ferry daba un golpe y los hacía tambalearse. Sonia le besó la frente sudorosa y susurró con esa voz ronca y traviesa que lo desarmaba todo:
—Esto sigue sin ser el final, cariño. Aún tengo otro conjunto en la maleta… uno de encaje negro con corsé y unas medias con costura que me hacen las piernas imposibles. Y he traído también un plug grande que pensaba ponerme mientras te chupo otra vez. Quiero que me veas caminar por el camarote con el culo lleno, moviendo las caderas solo para ti.
Félix sintió que su polla, aún dentro de ella, daba un nuevo latido de interés. La noche seguía avanzando, el mar golpeaba el casco con ritmo constante y Sonia, con el látex rojo cubierto de huellas de manos y semen, lo miraba con esa promesa sucia y divertida en los ojos. Todavía quedaba mucho ferry por delante, mucho más deseo por gastar y muchas formas distintas de llamarla su putita mientras el barco los mecía hacia el amanecer.
Ella se bajó lentamente de sus brazos, el látex crujiendo con cada movimiento, y caminó hacia la maleta contoneándose de forma deliberada. Las botas dejaban marcas húmedas en el suelo. Se giró a medias, le guiñó un ojo y sacó el siguiente conjunto con dos dedos, agitándolo como una bandera de rendición que en realidad era todo lo contrario.
—Descansa lo que puedas, administrativo de treinta y dos años. Porque cuando me ponga esto y me meta ese plug delante de ti… vas a tener que follarme otra vez como si el mundo se acabara al amanecer. Y esta vez quiero que me hagas suplicar un poco antes de darme lo que quiero.
Félix se dejó caer en la cama, riendo con esa risa cansada pero feliz, sabiendo que su polla no iba a darle tregua. La noche era larga, Sonia estaba más entregada y cachonda que nunca, y el ferry parecía conspirar para que cada balanceo los empujara a seguir follando sin parar. El deseo entre ellos no hacía más que crecer, como una broma privada que se volvía más grande y más sucia con cada minuto que pasaba.
Sonia se giró entre sus brazos con esa sonrisa torcida que siempre precedía a una de sus locuras y le mordió el labio inferior con cariño juguetón. Félix, todavía recuperando el aliento, la vio sacar el corsé de encaje negro con dedos expertamente teatrales, como si estuviera abriendo un regalo para ambos. El ferry dio un leve balanceo y ella fingió tropezar, cayendo de rodillas sobre la cama con una carcajada ronca que hizo vibrar sus tetas aún marcadas por el látex anterior.
—Venga, administrativo de treinta y dos años, ayúdame a meterme en esto —dijo ella, dándole la espalda y levantando el corsé contra su torso—. Apriétalo fuerte. Quiero que me sientas como una puta de corsé bien ceñida, de esas que solo existen en las fantasías de un oficinista reprimido.
Félix se arrodilló detrás de ella, el olor a sexo y vainilla llenando el camarote pequeño. Sus dedos, todavía torpes por el placer reciente, tiraron de los cordones. El encaje negro se cerró alrededor de la cintura de Sonia, estrechándola hasta marcarle una curva exagerada que le subía los pechos pequeños pero firmes, casi haciéndolos desbordar. Cada tirón arrancaba un gemidito juguetón de ella, mezclado con risitas.
—Joder, Sonia… treinta y uno y sigues teniendo un cuerpo que parece diseñado para volverme loco —murmuró él, besándole la nuca mientras ajustaba el lazo final—. Pareces una muñeca cara y guarra al mismo tiempo.
Ella se rio, se giró y le plantó un beso húmedo en la boca. Luego sacó las medias negras con costura trasera, esas que subían con un hilo recto perfecto que invitaba a seguirlo con la lengua. Se las puso sentada en el borde de la cama, estirando cada pierna con lentitud deliberada, dejando que Félix viera cómo la seda se pegaba a sus muslos aún marcados por las embestidas anteriores. El contraste del negro contra su piel morena era hipnótico. Félix sintió que su polla, exhausta hacía solo minutos, empezaba a endurecerse otra vez contra su muslo.
—Ahora el plug, mi putita —susurró ella con esa voz grave y traviesa, sacando un consolador grueso de silicona negra, fácilmente del tamaño de una cerveza pequeña—. Quiero que me veas metérmelo. Quiero que sepas lo llena que voy a estar cuando me folles después.
Se colocó a cuatro patas sobre la cama, el corsé apretándole el torso y obligándola a arquear la espalda de forma obscena. El culo, todavía rojo y brillante de semen seco, se abrió ligeramente cuando ella separó las rodillas. Félix se sentó frente a ella, la polla ya tiesa, y observó cómo Sonia escupía generosamente sobre el plug, lo untaba con lubricante del botecito que sacó de la maleta y lo presionaba contra su agujero.
—Hostia… mírame, Félix —jadeó ella, empujando. El plug era grande; el esfínter se resistió un segundo antes de tragárselo con un sonido húmedo y obsceno. Sonia soltó un gemido largo que terminó en carcajada—. ¡Qué lleno me deja, joder! Siento que me va a partir, pero en el buen sentido. ¿Te gusta ver a tu amiga de la universidad convertida en esto? ¿En una zorra de treinta y uno con corsé y el culo tapado para ti?
Félix tragó saliva, la mano yendo automáticamente a su polla para masturbarse despacio. El humor de ella era contagioso; no podía dejar de sonreír incluso con la verga palpitando.
—Eres la cosa más cachonda que he visto en mi puta vida, Sonia. Ese corsé te hace la cintura de avispa y el plug… joder, se te ve el borde asomando. Ven aquí antes de que me corra solo mirándote.
Ella se levantó con dificultad, el plug obligándola a caminar con pasos cortos y contoneantes que hacían que las medias susurraran y el corsé crujiera suavemente. Cada movimiento desplazaba el juguete dentro de ella y Sonia soltaba risitas entrecortadas, como si el ferry entero fuera una broma privada. Se acercó, se arrodilló entre las piernas de Félix y le apartó la mano para reemplazarla con su boca pintada de rojo corrido.
La mamada fue lenta y burlona al principio. Sonia lamía la base, subía la lengua por la vena gruesa y succionaba solo el glande, todo mientras el plug la mantenía abierta y llena. El corsé le impedía inclinarse demasiado, lo que la obligaba a arquearse de forma ridículamente sexy. Félix le metió los dedos en el pelo ondulado y gemía, riendo cuando el barco daba un bandazo y ella se atragantaba con una carcajada vibrante que le recorría toda la polla.
—Dios, qué boca tienes… Mi putita universitaria con el culo lleno. Chúpame más profundo, venga. Quiero sentir cómo te cuesta por culpa de ese plug.
Sonia obedeció, tragándoselo hasta la garganta, las lágrimas de esfuerzo mezclándose con el rímel ya destrozado. Pero no aguantó mucho; se apartó con un hilo de saliva colgando y se subió a la cama, colocándose a horcajadas sobre la cara de él en un 69 invertido. Su polla, dura y goteante, quedó colgando sobre la boca de Félix mientras ella seguía mamando.
—Chúpame tú también —pidió entre risas ahogadas—. Y juega con el plug. Quiero que lo muevas mientras me la comes.
Félix no se hizo de rogar. Lamió los huevos de Sonia, subió por su polla y la engulló con ganas, saboreando el gusto salado y limpio de ella. Al mismo tiempo agarró la base del plug y lo giró, lo sacó un par de centímetros y lo volvió a meter. Cada movimiento hacía que Sonia gimiera alrededor de su verga, el corsé crujiendo con cada contracción de su cuerpo. El ferry se movía más fuerte ahora, como si el mar estuviera aplaudiendo su locura. Rodaron de lado sin separarse, riendo como idiotas cuando el plug casi se sale por un golpe de ola.
—Basta —jadeó ella al fin, girándose con ojos brillantes—. Sácalo y fóllame. Quiero que me des como si mañana no existiera.
Félix tiró del plug con cuidado. Salió con un pop húmedo y un chorro de lubricante mezclado con semen anterior. El agujero de Sonia quedó abierto, rosado y palpitante, invitándolo. La puso de rodillas contra la pared del camarote, justo al lado de la ventana redonda que solo mostraba negrura marina. El corsé negro le marcaba la espalda, las medias con costura recta subían perfectas hasta los ligueros. Félix escupió en su mano, lubricó su polla gruesa y la metió de un empujón brutal.
—Joder, Sonia… estás ardiendo por dentro —gruñó, agarrando los cordones del corsé como si fueran riendas.
Empezó a follarla con fuerza, cada embestida haciendo que el encaje crujiera y que las nalgas de ella rebotaran contra su pelvis. Sonia tenía una mano apoyada en la pared y la otra entre sus piernas, pajeándose furiosamente dentro del corsé que apenas le dejaba espacio. Las risas se mezclaban con los gemidos: «Esto es mejor que cualquier reunión de balances de mierda», decía él entre jadeos, y ella respondía con carcajadas entrecortadas: «¡Y tú eres el administrativo más guarro del mundo, follándome con corbata mental puesta!»
Cambió de postura. La tumbó de espaldas sobre la cama, le levantó las piernas enfundadas en las medias y se las puso sobre los hombros. Así podía mirarla a los ojos mientras la penetraba profundo. El corsé le apretaba las tetas, que se movían con cada golpe. Félix la masturbaba al ritmo de sus embestidas, apretando su polla dura contra el encaje negro.
—Eres mi putita perfecta, Sonia. Treinta y uno, trans, preciosa y entregada. Me tienes loco. Quiero que te corras gritando mi nombre mientras te lleno otra vez.
Ella arqueó la espalda dentro del corsé, el sudor corriendo entre sus pechos.
—Entonces llámame más fuerte. Dime que soy tu zorra del ferry, tu trans que se deja romper en un camarote.
—Eres mi zorra del ferry —gruñó él, acelerando—. Mi trans preciosa que se corre para mí.
El orgasmo de Sonia llegó primero, violento. Su polla palpitó en la mano de Félix y soltó chorros espesos que salpicaron el corsé negro y sus propios pechos. El esfínter se cerró como un puño caliente alrededor de la verga de él, ordeñándolo. Félix aguantó tres embestidas más, brutales, antes de hundirse hasta el fondo y correrse con un rugido largo. Pulsos calientes llenaron el culo de Sonia, desbordando alrededor de su polla y manchando las medias con costura. Se quedaron unidos, temblando, el ferry meciéndolos como si quisiera prolongar el momento.
Poco a poco las respiraciones se calmaron. Sonia soltó una risita débil, le acarició la mejilla y susurró:
—Joder, Félix… ha sido la noche más divertida y sucia de mi vida. Me has follado como nadie.
Pero entonces el altavoz del ferry crepitó. Una voz metálica anunció que atracarían en menos de cuarenta minutos. El silencio que siguió fue raro, pesado. Sonia se quitó el corsé con dedos lentos, el encaje cayendo arrugado sobre las sábanas manchadas. Miró a Félix con una sonrisa que ya no llegaba del todo a sus ojos.
—Esto ha sido mágico, de verdad. Pero… no sé. Mañana tú vuelves a tu oficina gris y tus balances, y yo a mi piso vacío en otra ciudad. Me da un poco de miedo pensar que todo esto se quede en una anécdota loca de ferry. ¿Y si en tierra firme te arrepientes de haberte follado con tantas ganas a tu amiga trans? ¿Y si esto es solo el mar y la noche y mañana nos damos cuenta de que no encajamos en la vida real?
Félix sintió un nudo frío en el estómago. Su polla, aún medio dura y pegajosa, descansaba sobre su muslo. La risa fácil de hacía solo minutos había desaparecido. Miró el maquillaje corrido de Sonia, las medias rotas, el semen secándose entre ellos, y por primera vez esa noche sintió un peso real. La había deseado con todo su cuerpo, la había aceptado completamente, pero ahora la duda se colaba como agua fría entre las grietas: ¿y si esta entrega salvaje solo había sido posible porque el ferry los aislaba del mundo? ¿Y si al bajar a tierra él no era capaz de seguir siendo el hombre que ella merecía, con su vida monótona y sus miedos de administrativo de treinta y dos años?
Se quedó callado, acariciándole el muslo con la yema de los dedos, mientras el ferry seguía avanzando hacia el puerto. La noche terminaba, el placer se desvanecía y algo estaba mal. Algo que ninguna risa ni lencería rota podía arreglar ya.
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