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Deseo Cautivo en la Habitación Compartida

Una madura divorciada de 42 años y su hijastro de 22 comparten habitación de hotel y terminan follando como animales toda la noche.

25 min read October 13, 2026New

La cancelación del viaje familiar había sido un desastre de último minuto: el tío de Dante con un ataque de apendicitis, el resto del clan dispersándose a sus casas, y de pronto solo quedaban ellos dos en ese hotel de la costa con una sola habitación doble disponible. Naomi tenía cuarenta y dos años, el divorcio fresco como una herida todavía abierta, y el cuerpo de una mujer que se cuidaba sin volverse loca: pechos pesados y firmes que aún llenaban una copa D, cadera ancha, ese culo redondo que la bata corta de satén azul no hacía ningún esfuerzo por disimular. Dante, veintidós, hijastro suyo desde que tenía quince, estaba de pie junto a la cama más cercana a la ventana, con la mochila todavía al hombro, mirándola como si acabara de descubrir fuego.

—Joder, madrastra… solo hay una cama king y un sofá de mierda —murmuró él, pasando la lengua por el labio inferior—. ¿Quién se queda con qué?

Naomi dejó la maleta junto al armario y tiró del nudo de la bata. El satén se abrió un centímetro de más sobre el escote; notó de inmediato cómo los ojos oscuros de Dante bajaban, se clavaban en la sombra profunda entre sus tetas y no volvían a subir del todo. El aire acondicionado soplaba flojo. Ella sintió el pezón derecho endurecerse contra la tela fina y, maldita sea, le gustó que él lo viera.

—Tú el sofá —dijo con voz más ronca de lo que pretendía—. Eres joven. Aguantas.

Dante soltó una risa baja, esa risa de tío que ya no era un crío. Se quitó la camiseta de un tirón. Abdominales marcados, pecho ancho, un vello fino que bajaba hacia el ombligo y desaparecía bajo el elástico de los joggers grises. Naomi apartó la mirada un segundo demasiado tarde. Cuando volvió a mirar, él la estaba observando otra vez, descarado, y el bulto en la entrepierna de esos pantalones era imposible de ignorar: grueso, semierecto, marcando la tela como una promesa obscena.

«No. No mires eso. Es tu hijastro. El hijo de tu ex.»

Pero lo miró. Y el calor le bajó directo a la coño, un latido traicionero entre los muslos.

—¿Pasa algo, Naomi? —preguntó Dante, usando su nombre de pila con esa mezcla de respeto falso y provocación—. Llevas rato quieta.

Ella se obligó a caminar hacia el baño. La bata le llegaba a mitad del muslo; al girarse sintió la corriente de aire y supo, con certeza animal, que él le estaba clavando la vista en el culo. Las mejillas del ass se movían bajo el satén. No llevaba bragas. Había salido de la ducha hace veinte minutos, el pelo todavía húmedo pegado a la nuca, y se había puesto solo eso porque «estaban en familia» y el cansancio del viaje la había dejado sin ganas de fingir pudor. Ahora el pudor le quemaba entre las piernas.

En el espejo del baño se miró: labios entreabiertos, pechos subiendo y bajando, la bata entreabierta lo suficiente para que se viera la curva interna de una teta. Se mojó la cara con agua fría. No sirvió de nada. Cuando salió, Dante estaba sentado al borde de la cama king, piernas abiertas, codos en las rodillas, todavía sin camiseta. Los joggers se le ceñían peor. El bulto había crecido. Se le marcaba la forma de la polla, la cabeza gruesa empujando hacia un lado.

—Te quedó corta la bata —dijo él, sin sonreír del todo—. Se te ve… casi todo.

Naomi se detuvo a un metro de él. El perfume barato del hotel, el olor a su gel de ducha todavía en la piel de Dante, el silencio espeso de la habitación. Sintió cómo se le humedecía el coño, un hilo traidor de lubricación que le resbaló un poco por el muslo interno.

—Y a ti se te marca todo, listillo —replicó, la voz baja, sucia, más valiente de lo que se sentía—. Deja de mirarme las tetas como si nunca hubieras visto un par.

Dante levantó la vista despacio. No había vergüenza en su cara. Solo hambre.

—Nunca había visto las tuyas así de cerca. Ni ese culo. Joder, Naomi… desde que papá se largó contigo yo… —tragó saliva—. Llevo años fingiendo que no se me pone dura cuando te agachas a recoger algo en la cocina. Años.

Ella debió cortarlo ahí. Debió decirle que era suficiente, que se fuera al sofá, que mañana buscaban otra habitación. En lugar de eso dio un paso más. La bata se abrió otro poco. Dante no apartó la mirada del valle entre sus pechos ni del trozo de muslo que se le ofrecía.

—Eres un crío —susurró ella, aunque los veintidós años de él eran cualquier cosa menos infancia. Trabajaba en un taller de mecánica, tenía brazos de hombre, olía a hombre.

—Tengo veintidós. Y se me está poniendo la polla como una piedra de mirarte. ¿Vas a fingir que no lo notas?

Naomi bajó la vista a propósito. El bulto palpitaba visible bajo la tela gris. Imaginar cómo se sentiría esa verga caliente y gruesa empujando dentro de ella le hizo apretar los muslos. El divorcio la había dejado meses sin que nadie la follara bien; las noches con el vibrador no contaban. Y ahora este chaval —su hijastro, la sangre de su ex marido corriendo por esas venas— la miraba como si quisiera montársela contra la pared hasta dejarla coja.

—Dante… —empezó, y el nombre le salió roto—. Esto es una puta locura.

—Entonces dile a tu coño que deje de mojarse —contestó él, y su voz había bajado a un gruñido—. Se te está transparentando un poco la bata ahí abajo. ¿No llevas bragas, madrastra?

El título familiar dicho así, ensuciado, le recorrió la espalda como una corriente. Naomi sintió el rubor subiéndole al pecho, a las mejillas, y al mismo tiempo un latigazo de deseo tan intenso que le fallaron un segundo las rodillas. Dio media vuelta hacia el minibar solo para no saltarle encima. Abrió una botella de agua con dedos torpes. Bebió. El agua le resbaló por la comisura de los labios y le cayó al escote. Dante se levantó. Ella lo oyó acercarse por detrás; el calor de su pecho casi tocándole la espalda.

—No me toques —dijo ella sin girarse, pero no se movió.

—No te estoy tocando. Todavía. —Su aliento le rozó la oreja—. Solo te estoy oliendo. Hueles a jabón y a puta ganas de que te la metan.

Naomi cerró los ojos. El bulto de Dante, duro como hierro, le rozó sin querer—o queriendo—la curva baja del culo a través del satén. Un contacto mínimo, electrizante. Ella apretó la botella hasta que el plástico crujió.

—Si sigues así —advirtió, la voz hecha un hilo de saliva y lujuria—, esta noche no voy a poder dormir en esa cama sin… sin pensar en lo que me estás provocando.

Dante no retrocedió. Su mano derecha se posó en el marco de la ventana, atrapándola sin atraparla, dejando el espacio justo para que ella pudiera escapar si quisiera. No quiso.

—Entonces no duermas —murmuró contra su cuello—. Quédate despierta mirándome la polla mientras yo me la casco pensando en tus tetas. O… déjame verlas de verdad. Un segundo. Solo un segundo, Naomi. Te lo pido. Por favor.

Ella giró la cabeza. Sus bocas quedaron a un palmo. El aliento de él olía a menta de chicle barato y a deseo crudo. Naomi sintió cómo se le abría la boca sin permiso, cómo el coño le latía pidiendo dedos, lengua, verga. La bata se le había abierto lo bastante para que se viera casi todo el pecho izquierdo: areola oscura, pezón erecto, la pesadez de la teta lista para que alguien la agarrara con ganas.

—Un segundo —repitió ella, y no sabía si era permiso o súplica.

Dante bajó la mirada al escote como un hombre hambriento frente a un banquete. No tocó. Todavía no. Solo miró, respiró hondo, y el bulto en sus joggers dio un salto visible, una contracción involuntaria de la polla que Naomi sintió como si se la hubiera clavado ya entre las piernas.

—Joder… están más buenas de lo que soñé. Quiero chupártelas hasta dejártelas moradas. Quiero correrme entre ellas. Quiero…

—Cállate —jadeó Naomi, pero se giró del todo hacia él, pechos casi rozándole el pecho desnudo—. Si sigues hablando así me voy a correr solo de oírte, y entonces sí que estamos jodidos.

Dante sonrió, torcido, salvaje. El sofá seguía vacío al otro lado de la habitación. La cama king ocupaba el centro como un escenario. Afuera, el pasillo del hotel permanecía en silencio. Adentro, el aire olía a sexo que todavía no había ocurrido pero que ya manchaba la ropa interior que ella no llevaba y los pantalones que a él se le hacían cada vez más estrechos.

Naomi dio un paso atrás hacia la cama. Se sentó al borde. La bata subió hasta casi enseñar el coño afeitado y brillante de lubricación. Dante se quedó de pie frente a ella, a la altura perfecta para que ella solo tuviera que estirar la mano y sacar esa polla gruesa, venosa, que le marcaba la tela como una ofensa personal.

—Todavía podemos parar —dijo ella, mintiendo con la boca y confesando con los ojos dilatados—. Todavía.

—Podemos —concedió Dante, y se bajó un centímetro el elástico de los joggers, lo bastante para que se viera la base gruesa y el vello oscuro—. ¿Quieres parar, madrastra?

Naomi miró esa franja de piel, el comienzo de la verga que le pertenecía a este chico que llamaba hijastro, y sintió cómo se le hacía agua la boca. El deseo prohibido le quemaba el pecho, le empapaba los muslos, le nublaba cualquier resto de juicio. No contestó con palabras. Solo abrió un poco más las piernas sobre el borde del colchón, dejó que la bata se abriera del todo por delante, y sostuvo la mirada de Dante mientras el reloj digital de la mesita marcaba la una de la madrugada y la noche entera todavía esperaba, densa, cargada, lista para romperlos a los dos.

Naomi no contestó. Se levantó del borde de la cama con la bata abierta del todo por delante, los pechos pesados balanceándose al movimiento, el coño afeitado brillando entre los muslos. Dante no se apartó. Ella pasó a su lado rozándole apenas el pecho desnudo con un pezón duro y se agachó delante de él, de espaldas, fingiendo buscar algo en la maleta abierta junto al armario. El satén subió hasta la cintura. El culo redondo, blanco, jugoso, se le ofreció a la altura exacta de la polla marcada de Dante. Se inclinó más, las rodillas abiertas, la espalda arqueada, y metió la mano entre la ropa como si buscara el cargador del móvil. Sintió la mirada de él clavada entre sus nalgas, el calor de su respiración en la piel desnuda.

—Joder, madrastra… —la voz de Dante salió gruesa, rota—. Ese culo… te lo estás poniendo en bandeja. Se te ve el coño mojado desde aquí. Está chorreando, Naomi. Llevas el labio hinchado y brillante. ¿Sabes lo buena que estás? Tetas de puta cara, culo de milf que pide que le partan en dos. Me estás matando.

Ella se quedó agachada un segundo más, moviendo las caderas apenas, suficiente para que las mejillas del ass se abrieran y se cerraran. El hilo de lubricación le resbaló por el muslo interno hasta la rodilla. El olor a coño caliente llenó el aire entre ellos. Se enderezó despacio, se giró y lo miró a los ojos. La bata colgaba abierta, inútil. Dante tenía el elástico de los joggers todavía bajado ese centímetro; la base gruesa de la verga palpitaba a la vista, el bulto empujando hacia un lado como si quisiera romper la tela.

—Llevo semanas —confesó ella, la voz baja, sucia, sin vergüenza ya—. Semanas mojándome en la cama pensando en tu polla joven. En cómo sería meterla en la boca, en el coño, en el culo. Me tocaba por las noches imaginando que eras tú el que me partía. Que me follabas sin piedad. Que me usabas. Cada vez que te veía salir de la ducha en casa… se me empapaban las bragas. Soy una puta, Dante. Tu puta madrastra de cuarenta y dos años que se corre pensando en el hijo de su ex.

Dante soltó un gemido ronco. Se bajó un poco más los joggers; la polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada y ya brillante de precum. Veinte centímetros fáciles, pesada, de chaval que follaba fuerte. Naomi se le hizo agua la boca. Él la agarró de la cadera con una mano y la acercó hasta que la verga le rozó el vientre suave.

—Quiero follártela como la puta caliente que eres —le escupió al oído, sin filtro—. Quiero montarte contra esa cama hasta que grites mi nombre y se te olvide que soy tu hijastro. Quiero llenarte el coño, la garganta, las tetas. Quiero que salgas de aquí cojeando y con mi leche resbalándote por los muslos. Llevo años soñando con esto. Con agarrarte del pelo y embestir hasta que me pidas que pare… y no parar. Dime que me dejas. Dime que quieres que te destroce esa concha madura.

Naomi le rodeó la nuca con una mano, los dedos enredados en el pelo corto, y lo miró con los ojos vidriosos de lujuria pura. El pecho le subía y bajaba. El coño le latía, abierto, pidiendo. Se frotó contra la polla dura, dejando un rastro húmedo en el vientre de él.

—Te deseo —admitió ella, sin rodeos—. Te deseo desde hace demasiado. Quiero esa polla dentro. Quiero que me la metas entera y me uses toda la noche. No somos familia de sangre. Eres un hombre de veintidós años con una verga de bestia y yo soy una divorciada cachonda que necesita que la follen bien. Ya basta de mirarnos. Ya basta de roces.

Dante apretó más las manos en sus caderas, los dedos clavándose en la carne blanda del culo. La polla le latía contra ella, caliente, exigente. Naomi sintió el precum untarle la piel del abdomen. El aire de la habitación olía a sexo crudo, a sudor joven y a coño necado. Ella lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él se sentó en el borde de la cama king. Se plantó entre sus piernas abiertas, pechos a la altura de su cara, y le agarró la muñeca.

Con mirada lujuriosa, labios entreabiertos, voz de orden clara y hambrienta:

—Tócame. Ahora. Métete los dedos donde te dé la gana. Ábreme el coño con la mano. Tócame las tetas, el culo, lo que quieras. Pero tócame ya, Dante. Quiero sentir tus manos de mecánico en mi piel. Quiero que compruebes lo empapada que estoy por ti.

Él no esperó. Las manos grandes y callosas subieron por los muslos exteriores, se clavaron en las nalgas y las abrieron. Un dedo grueso se deslizó por la hendidura mojada, de arriba abajo, recogiendo el jugo que le corría. Naomi jadeó alto cuando el dedo se hundió de golpe hasta el nudillo dentro de su coño caliente y apretado. Dante metió un segundo. Empezó a bombear lento, sucio, sacando el dedo brillante y volviéndolo a clavar. Con la otra mano le agarró una teta, el pezón entre los dedos, y apretó.

—Estás hecha una laguna —gruñó él, la cara enterrada un segundo entre los pechos, lamiendo el valle—. Tu coño me chupa los dedos como si quisiera tragárselos. Hueles a puta en celo. Voy a follarte hasta que no puedas cerrar las piernas. Voy a correrme tan adentro que mañana todavía sientas mi leche.

Naomi se arqueó, empujando las caderas contra la mano de él. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno. Ella le agarró la polla con la mano libre, la envolvió, y empezó a bombearla despacio, sintiendo cada vena, el peso, el calor. La cabeza le resbalaba contra la palma. Dante soltó un tajo de aire por los dientes.

—Más fuerte —ordenó ella, la voz hecha un hilo de saliva—. Ábreme más. Quiero tres dedos. Quiero que me dejes lista para esa verga. Mírame mientras me tocas. Dime lo que vas a hacerme.

Dante metió el tercero. El coño de Naomi cedió con un gemido largo, las paredes apretándole los nudillos. Él la miró a los ojos mientras le follaba el agujero con la mano, el pulgar frotándole el clítoris hinchado en círculos rápidos. Ella se corría ya un poco, los muslos temblando, el jugo chorreándole por la muñeca a él. Con la mano que le masturbaba la polla aceleró el ritmo, el pulgar untando el precum por la ranura.

—Te voy a poner a cuatro patas en esa cama —le dijo Dante contra el pecho, mordiéndole el pezón hasta dejarlo rojo—. Te voy a abrir el culo con la lengua y después te voy a clavar la polla hasta los huevos. Voy a follarte el coño hasta que grites que eres mi puta. Y cuando te corras en mi verga voy a sacártela y metértela en la boca para que te tragues tu propio gusto. Y después otra vez. Toda la noche. Hasta que amanezca y todavía te esté embistiendo.

Naomi le soltó la polla solo para agarrarle la cara con las dos manos y besarlo. Fue un beso sucio, de lenguas, de dientes, de saliva compartida. Ella cabalgó los dedos de él, frotándose, empapándolo hasta el antebrazo. El reloj de la mesita marcaba casi la una y media. Afuera seguía el silencio del pasillo. Adentro solo se oían los chapoteos de los dedos dentro de ella, los gemidos ahogados, el roce de piel contra piel.

Cuando se separaron, un hilo de saliva unió sus bocas un segundo. Naomi le sacó los dedos del coño con un sonido obsceno, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, saboreando su propia lubricación mezclada con el sabor a sal de la piel de Dante. Él la miraba como un animal a punto de saltar.

Ella se apartó un paso, la bata ya en el suelo, completamente desnuda, pechos pesados, culo al aire, muslos brillantes. Señaló la polla erecta de Dante, que palpitaba sola, una gota gruesa de precum colgando del glande.

—Quítate eso del todo —ordenó, la voz ronca de deseo—. Quiero verte desnudo. Quiero esa polla libre para lo que viene. Y no te la toques. Esa es mía ahora. Vas a esperarme como yo diga.

Dante se levantó, se bajó los joggers de un tirón y los pateó a un lado. Se quedó en pelotas, polla apuntando al techo, huevos pesados, abdominales tensos. Naomi se acercó otra vez, le rozó la verga con los pezones, la deslizó entre las tetas un momento solo para sentir el calor, y después se apartó hacia la cama. Se tumbó de espaldas, las piernas abiertas de par en par, los pies apoyados en el colchón, el coño abierto y rosa y chorreante a la vista. Se pasó dos dedos por los labios hinchados, se abrió más y lo miró.

—Ven. Pero despacio. Quiero que me mires bien mientras te acercas. Quiero que me digas exactamente cómo vas a metérmela la primera vez. Y después… después me la metes. Entera. De un tajo. Como la puta caliente que soy.

Dante dio un paso. Luego otro. La polla le rebotaba con cada movimiento. El precum le caía en hilos al suelo de la habitación. Naomi sintió el coño contraerse solo de verlo acercarse, vacío, ansioso, listo para ser destrozado. El aire acondicionado soplaba flojo sobre su piel sudada. La noche apenas empezaba y ya sabía que no iba a salir de esa cama hasta que los dos estuvieran destrozados, llenos, rotos de tanto follar.

Él se plantó entre sus piernas abiertas, la verga rozándole la entrada mojada sin entrar todavía. Naomi levantó las caderas, buscándolo. Dante le agarró los muslos y los abrió más.

—Te la voy a clavar hasta que se te marque en la barriga —prometió, la voz un gruñido animal—. Y cuando te corras me voy a quedar dentro, duro, y te voy a follar otra vez sin sacarla. Toda la puta noche, madrastra. Hasta que no quede leche en mis huevos.

Naomi le rodeó la cintura con las piernas, lo atrajo, y sintió la cabeza gruesa separarle los labios. El contacto la hizo gemir alto. Todavía no había entrado del todo. El reloj seguía avanzando. La cama king crujió bajo el peso de los dos. Ella lo miró a los ojos, llena de hambre, y empujó un poco más las caderas, invitando, exigiendo, abierta para lo que viniera.

Naomi empujó las caderas otra vez y la cabeza gruesa de Dante separó del todo sus labios hinchados. Un gemido largo se le escapó de la garganta cuando notó cómo aquella verga gruesa le abría el coño empapado milímetro a milímetro. Todavía no estaba entera. Él se contuvo, sudando, los abdominales tensos, mirándola fijamente mientras el precum se mezclaba con el jugo que ya le chorreaba a ella por el culo.

—Más… —jadeó Naomi, clavándole las uñas en la espalda—. Métemela ya, joder. Toda.

Dante embistió de un solo tajo. La polla se le hundió hasta los huevos, pesada, caliente, abriéndola de golpe. Naomi gritó, la espalda arqueada, los pechos pesados rebotando. El coño maduro se le cerró alrededor de aquella verga de veintidós años como si quisiera tragarla entera. Él se quedó quieto un segundo, respirando contra su cuello, sintiendo las paredes húmedas latirle.

—Estás tan putamente apretada… —gruñó—. Tu coño me está ordeñando ya.

Empezó a moverse. Embestidas largas y profundas que hacían crujir la cama king. Cada vez que sacaba la verga hasta la cabeza y la volvía a clavar, un chapoteo obsceno llenaba la habitación. Naomi le rodeó la cintura con las piernas, abriéndose más, empujando hacia arriba para que le llegara al fondo. El roce contra el clítoris la tenía al borde. Se corrió la primera vez así, apretando la polla de su hijastro con espasmos violentos, gritando su nombre sin pudor.

Dante no paró. La folló a través del orgasmo, más fuerte, más sucio, hasta que ella lo empujó del pecho con las manos temblorosas.

—Espera… déjame… —Jadeó, los ojos vidriosos—. Quiero chupártela. Quiero saborearme en tu verga.

Se deslizó de la cama y se arrodilló en la alfombra delante de él. Dante se puso de pie al borde del colchón, la polla brillante de jugos de ella, venosa, gruesa, palpitando a centímetros de su boca. Naomi la agarró con las dos manos, la olió, pasó la lengua plana desde los huevos hasta la ranura del glande. El sabor a coño y a precum le hizo gemir. Abrió la boca y se la tragó de un golpe, empujando hasta que la cabeza le golpeó la garganta y las bolas le rozaron la barbilla.

—Fóllame la boca —pidió, sacándola un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios al glande—. Úsame la garganta. Quiero que me la metas hasta las bolas, Dante. Trágamela.

Él le agarró el pelo húmedo con las dos manos y embistió. La verga gruesa entró y salió de aquella boca ansiosa, haciendo ruidos húmedos y asfixados. Naomi se ahogaba a propósito, relajando la garganta, tragando cada centímetro mientras las lágrimas le salían de los ojos de puro placer. Se masturbaba el clítoris con dos dedos mientras él le follaba la cara, los pechos pesados colgando y balanceándose. Dante gruñía encima, llamándola puta, madrastra zorra, diciéndole lo bien que chupaba para tener cuarenta y dos años.

—Mira cómo te la comes… hasta las putas bolas. Eres una mamadora nata. Traga, zorra. Traga mi polla.

Ella lo hizo. Se la tragó entera otra vez, la nariz aplastada contra el vello, la lengua saliendo a lamerle los huevos. Cuando Dante tiró de su pelo para sacársela, un hilo grueso de saliva y precum le colgaba de la comisura. Naomi miró hacia arriba, la boca abierta, la lengua fuera.

—Ponme a cuatro —ordenó ella, la voz ronca—. Fóllame como animal. Azótame el culo. Quiero sentirte salvaje.

Dante la levantó como si no pesara y la tiró de bruces sobre la cama. Naomi se puso en cuatro al instante, la espalda arqueada, el culo redondo y jugoso en alto, el coño chorreante abierto entre las nalgas. Él se plantó detrás, le agarró las caderas con fuerza y le clavó la verga de un solo empujón hasta el fondo. El golpe de carne contra carne resonó. Empezó a follarla salvajemente, embestidas cortas y brutales que hacían rebotar las tetas de ella contra el colchón. Cada embestida iba acompañada de un azote seco en una nalga. La piel se le ponía roja al instante.

—Zorra madura —le escupió, azotándola otra vez—. Puta de cuarenta y dos años que se deja partir el coño por el hijo de su ex. Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te traten así.

—Sí… joder, sí —gritaba Naomi, empujando el culo hacia atrás para recibir cada golpe de polla—. Más fuerte. Azótame y fóllame. Soy tu zorra madura. Úsame.

Los azotes seguían. La mano grande de Dante le marcaba las nalgas mientras la verga le entraba y salía a un ritmo animal. El coño de Naomi hacía ruidos obscenos, empapado, tragándosela. Ella se corrió otra vez así, gritando contra la almohada, los muslos temblando, el jugo salpicándole el vientre a él. Dante no aflojó. La folló a través del segundo orgasmo, las bolas golpeándole el clítoris, hasta que sintió que ella no aguantaba más en esa postura.

La giró de un manotazo. Naomi quedó de espaldas, jadeando, el pelo pegado a la cara. Él le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las abrió en V, sujetándoselas abiertas con fuerza, los tobillos casi a la altura de sus hombros. La polla volvió a clavar de lleno en el coño empapado. Posición de misionero profundo, sin piedad. Cada embestida le aplastaba el clítoris y le llegaba al útero. Dante se inclinó y le metió una teta grande en la boca, chupando el pezón duro, mordisqueando, mamando como si quisiera sacarle leche. La otra mano le apretaba la otra teta, el pulgar frotando el pezón.

—Tetas de puta… —murmuró contra la carne—. Voy a correrme dentro. Voy a llenarte el coño de leche joven.

Naomi le clavó las uñas en los hombros, las piernas temblando en el aire, abiertas del todo por las manos de él.

—Dámela… córrete dentro… lléname… quiero tu leche… más leche… fóllame y lléname, Dante… ¡hazlo!

Él embistió más rápido, más profundo, los huevos apretándose. Con un gruñido animal se corrió. La verga latía dentro del coño de Naomi, disparando chorros espesos y calientes que le llenaron el interior. Ella lo sintió todo: la pulsación, el calor de la leche inundándola, el desbordarse por los labios hinchados mientras él seguía empujando. Gritó de placer puro, otro orgasmo arrancándosele del vientre al sentir aquella creampie profunda.

—Más… dame más leche… no pares… —suplicaba ella, las piernas todavía abiertas en sus manos, el coño contrayéndose alrededor de la polla que seguía soltando los últimos chorros—. Quédate dentro. Fóllame otra vez con tu leche saliendo. Quiero más.

Dante no sacó la verga. Se quedó hundido hasta el fondo, todavía semi-duro, respirando agitado contra su pecho, lamiéndole el pezón hinchado. La leche empezaba a resbalar por el culo de Naomi hasta las sábanas. El reloj de la mesita marcaba casi las tres. Afuera seguía el silencio del hotel. Adentro, el olor a sexo crudo era espeso. Ella movió las caderas, sintiendo la verga de su hijastro latir otra vez dentro, recuperándose, y le miró a los ojos con hambre renovada.

—Toda la noche, dijiste —susurró Naomi, la voz rota de gemidos—. Todavía no has acabado conmigo. Quiero que me la metas por el culo después. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar mañana. Sigue. Fóllame otra vez mientras tu leche me chorrea. No me dejes vacía ni un segundo.

Dante sonrió torcido, salvaje, y empezó a moverse de nuevo dentro de aquel coño lleno y resbaladizo, la polla engrosándose otra vez contra las paredes calientes. La cama crujió. Naomi abrió más las piernas, invitando, y la noche siguió densa, cargada, lejos de terminar.

Dante embistió de nuevo con la polla engrosándose otra vez dentro del coño rebosante de Naomi. La leche anterior salía a borbotones con cada embestida, chapoteando obsceno entre sus cuerpos, resbalándole a ella por el culo y empapando las sábanas ya hechas un desastre. Ella abrió más las piernas, los tobillos todavía en sus manos, y jadeó contra su oreja.

—Así… más profundo, hijastro… métemela hasta que se me salga por la garganta —suplicó, la voz rota, las uñas clavándose en su espalda sudada—. Siento tu leche caliente saliendo mientras me follas otra vez. No pares. Quiero que me destroces.

Él gruñó y aceleró el ritmo, salvaje, las bolas golpeándole el culo con fuerza. El pecho de Dante brillaba de sudor, los abdominales contrayéndose con cada embestida profunda que aplastaba el clítoris hinchado de Naomi. Ella se corrió otra vez así, el coño apretándose en espasmos violentos alrededor de aquella verga joven y gruesa, gritando su nombre sin vergüenza mientras el orgasmo le sacudía las tetas y le hacía arquear la espalda.

Dante no se detuvo. La sacó de golpe, la leche espesa chorreándole a Naomi por los labios hinchados del coño, y la giró a cuatro patas otra vez. Le abrió las nalgas con las dos manos callosas y le escupió directo en el culo apretado.

—Ahora este agujero, madrastra puta —gruñó—. Te lo voy a abrir con la polla llena de tu jugo y mi leche. Empuja hacia atrás.

Naomi arqueó la espalda, presentándole el culo redondo y marcado de azotes anteriores. Sintió la cabeza gruesa presionar contra el anillo tenso. —Métemela… joder, ábreme el culo, Dante. Quiero sentirla entera ahí dentro. Úsame como la zorra madura que soy.

Él empujó lento al principio, la polla resbaladiza de creampie anterior abriéndola milímetro a milímetro. Naomi gimió alto, el esfínter cediéndole, quemando delicioso mientras aquella verga de veintidós años le llenaba el culo hasta los huevos. Cuando estuvo hincada del todo, Dante le dio un azote seco en la nalga y empezó a follársela con embestidas cortas y brutales.

—Qué culo más puto… me está chupando la polla —jadeó él, sudando a chorros, las manos apretándole las caderas con fuerza—. Escucha cómo te la comes por detrás, madrastra. Eres una puta de cuarenta y dos años que se deja partir el culo por el hijo de su ex. Te gusta, ¿verdad? Dilo.

—Sí… me encanta… fóllame el culo más fuerte —gritó Naomi, empujando hacia atrás para recibir cada embestida, los pechos pesados colgando y rebotando—. Azótame… lléname el culo también… soy tu zorra, Dante. Ordéñame. Úsame hasta secarme.

Los azotes llovieron mientras la verga entraba y salía del culo apretado, haciendo ruidos sucios de carne contra carne. Naomi se masturbaba el clítoris con dedos torpes, empapada, y se corrió otra vez con la polla enterrada hasta el fondo en su culo, los muslos temblando, el coño vaciándose de más jugo sobre las sábanas. Dante sintió sus propias bolas apretarse. Sacó la verga del culo con un pop obsceno, la giró de un manotazo y se la clavó otra vez en el coño de un solo tajo.

—En la concha otra vez… voy a llenarte de nuevo —anunció, embistiendo como animal, el sudor goteándole de la frente a las tetas de ella—. Traga mi leche, puta madura. Ábrete.

Naomi le rodeó la cintura con las piernas temblorosas, los talones clavándose en su culo. —Dámela… córrete… lléname otra vez… ¡sí, así, más leche joven en mi coño!

Dante rugió y se corrió profundo, la polla latiendo con fuerza, disparando chorros calientes y espesos que se mezclaron con la carga anterior. Naomi lo sintió todo: el calor inundándola, el desborde, las pulsaciones. Se corrió con él, el coño ordeñándole hasta la última gota, gritando y retorciéndose debajo de su cuerpo sudado.

Todavía embistió unas cuantas veces más, lento, exprimiéndose dentro de ella mientras los dos jadeaban. Por fin se desplomó a su lado, la polla saliendo con un hilo grueso de leche que le resbaló a Naomi por el muslo hasta el culo. Quedaron tendidos en la cama king destrozada, cubiertos de sudor, el pecho subiendo y bajando a trompicones, el aire de la habitación denso a sexo crudo, a semen y a coño follado.

Naomi se giró hacia él con una sonrisa satisfecha, los ojos brillantes de cansancio y lujuria. Se arrastró un poco hacia abajo por el colchón, el pelo pegado a la cara sudada, y le tomó la polla todavía dura y brillante de sus jugos mezclados. La besó despacio en la cabeza hinchada, lamiendo una gota residual de leche, saboreándola.

—Esto será nuestro secreto, Dante —le susurró contra el glande, la voz ronca y sucia, los labios rozándole la carne caliente—. Nadie se va a enterar. Cada noche de este puto viaje pienso ordeñarte las pelotas hasta dejarte seco. Quiero tu leche en mi coño, en mi culo, en mi boca, entre mis tetas… hasta que no te quede ni una gota. Voy a chupártela por las mañanas y a montártela por las noches. Eres mío ahora, hijastro. Mi polla joven personal para follarme como animal.

Dante soltó una risa baja y exhausta, todavía jadeando. Su mano grande bajó y le apretó el culo marcado de palmadas, los dedos clavándose en la carne blanda y resbaladiza de sudor y semen. Le masajeó una nalga con posesión, separándola un poco para que se viera el coño y el culo rojos y usados.

—Aún no he terminado contigo, madrastra cachonda —prometió él, la voz gruesa, apretándole más el culo mientras la polla daba un latido débil pero vivo contra los labios de ella—. Ni de coña. Mañana te voy a despertar con la verga en la garganta. Te voy a follar en la ducha hasta que grites. Te voy a llenar otra vez y otra. Esa concha madura es mía ahora. Ese culo también. Toda la noche que queda… y las que vengan. Prepárate, Naomi. Voy a secarte yo a ti también.

Ella le dio otro beso lento a la polla todavía dura, lamiendo la ranura, y se acurrucó contra su muslo sudado, el aliento caliente en su piel. Los dos seguían jadeando, cubiertos de sudor, el reloj de la mesita marcando casi las cinco, la habitación oliendo a follada salvaje. La cama crujió bajo sus pesos mientras él le daba otro apretón posesivo al culo y ella sonreía contra su ingle, sabiendo que el secreto ya los tenía atrapados, calientes, listos para más en cuanto el aire acondicionado secará un poco el sudor.

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