Rendición en el Estudio: Tres Voces la Hacen Suya
Laura, fotógrafa de 32 años, se entrega gustosa a una salvaje doble penetración con dos modelos profesionales de 28 y 30 que la follan sin piedad en su
Soy Laura, una fotógrafa de treinta y dos años que ha convertido su estudio privado en un templo de luz y sombras donde capturo la desnudez más cruda y hermosa. Hace semanas que contraté a Rafael, un modelo profesional de treinta años con un cuerpo esculpido por años de sesiones exigentes, y a Callum, de veintiocho, cuya mirada afilada y músculos definidos lo han convertido en uno de los más solicitados del circuito artístico. Desde el primer correo que intercambiamos supe que esto iba más allá del trabajo. Ellos me confesaron sin rodeos que me deseaban con la misma intensidad con la que yo llevaba semanas masturbándome pensando en sus cuerpos. “Quiero follarte hasta que no puedas caminar, Laura”, me escribió Rafael una noche. “Los dos a la vez, si te atreves”, añadió Callum. Sus palabras me empaparon el coño cada vez que las releía.
Llegaron puntuales. El estudio olía a incienso y a mi propio calor. Yo llevaba una blusa ligera de lino que marcaba mis pezones endurecidos y una falda corta que apenas cubría mis muslos. Les pedí que se colocaran bajo la luz cenital. “Desnúdense lentamente, por favor. Quiero capturar cada segundo de la rendición de la tela”. Rafael empezó por los botones de la camisa, mirándome con hambre descarada mientras revelaba su pecho ancho y los abdominales marcados. Callum se quitó la camiseta por la cabeza, flexionando los brazos a propósito para que yo viera cómo se tensaban sus bíceps. Sus pantalones cayeron después, despacio, dejando al descubierto sus pollas ya medio duras, pesadas, colgando entre piernas fuertes. Mi pulso se aceleró. Sentía la humedad creciendo entre mis piernas mientras ajustaba el diafragma de la cámara. Ellos lo sabían. Sus ojos no se apartaban de mis tetas, de mi boca, de la curva de mi culo cuando me agachaba a cambiar el ángulo.
Les indiqué poses. Primero separados, después más cerca. “Rafael, pon la mano en el hombro de Callum… así, como si lo estuvieras reclamando”. Los roces que al principio parecían accidentales se volvieron deliberados. Un dedo de Callum rozó mi cadera al girarse. La polla de Rafael, ya completamente erecta, rozó mi muslo cuando le pedí que se acercara más al objetivo. “Tóquense el pecho, la cintura… quiero ver deseo de verdad”. Sus manos se quedaron más tiempo del necesario. Callum envolvió la polla de Rafael con los dedos y la acarició despacio, fingiendo que era para la composición. La verga de Rafael palpitó visiblemente, gruesa, venosa, con una gota brillante asomando en la punta. Mi coño se contrajo de necesidad. Dejé la cámara sobre la mesa con un golpe seco.
Me acerqué sin decir nada al principio. El aire entre los tres era espeso, caliente. “No puedo seguir fingiendo”, confesé con la voz ronca. “Llevo semanas soñando con vuestras pollas. Quiero que me uséis los dos al mismo tiempo. Ahora. Sin piedad. Quiero que me folléis como la zorra que soy para vosotros”. Las palabras salieron de mí como un gemido liberado. Rafael fue el primero en besarme. Su boca devoró la mía, lengua exigente, dientes mordiendo mi labio inferior mientras sus manos grandes me arrancaban la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. Callum se pegó a mi espalda, besándome el cuello con ferocidad, bajando la cremallera de mi falda y metiendo la mano directamente dentro de mis bragas. Sus dedos encontraron mi coño empapado y gruñó contra mi oreja: “Estás chorreando, Laura. Sabía que eras una puta ansiosa por doble polla”.
Me quitaron todo en segundos. Quedé desnuda entre sus cuerpos ardientes, sus pollas duras presionando mi vientre y mi culo. Mis pezones rozaban el pecho de Rafael mientras Callum me metía dos dedos en el coño sin aviso, curvándolos justo donde más me hacía temblar. Gemí en la boca de Rafael, entregada por completo.
Me arrodillé sobre el suelo de madera cálida del estudio. Ellos se colocaron a ambos lados. Primero sentí la lengua de Rafael abriéndose paso entre mis nalgas, lamiendo mi culo con hambre voraz mientras Callum se agachaba y atacaba mi coño con la boca, chupando mi clítoris hinchado como si quisiera tragárselo. Yo alternaba sus vergas: metía la polla gruesa de Rafael hasta el fondo de mi garganta, babeando copiosamente, y luego la de Callum, más larga, que me llegaba casi a la campanilla. Los ruidos eran obscenos: mis gemidos ahogados, el sonido mojado de sus lenguas follándome los dos agujeros, sus gruñidos de placer. “Así, traga mi verga, Laura. Mira cómo te comemos el coño y el culo como se merece una puta fotógrafa cachonda”, jadeaba Callum mientras me agarraba del pelo.
Cuando ya no pude esperar más, me levantaron entre los dos. Rafael se tumbó primero en el amplio diván y me empaló en su polla gruesa, metiéndomela hasta el fondo del coño de un solo golpe. Grité de placer. Luego Callum se colocó detrás, escupió sobre mi ano y empezó a empujar. Sentí cómo mi culo se abría centímetro a centímetro para su verga dura. El dolor y el placer se mezclaron hasta que estuve completamente llena, doblemente penetrada, sus pollas separadas solo por una fina membrana dentro de mí. Empezaron a follarme sin piedad, coordinados, sujetándome entre sus cuerpos sudorosos. Mis tetas rebotaban contra el pecho de Rafael mientras Callum me mordía el hombro y me metía la polla hasta las pelotas en el culo.
Me giraron sin salir de mí. Ahora me follaban de pie contra la pared fría del estudio, en posición de sándwich. Rafael me sostenía una pierna, embistiendo mi coño con fuerza brutal. Callum me taladraba el culo desde atrás, sus huevos golpeando contra los míos. “¿Esto es lo que querías, zorra? Dos pollas rompiéndote los agujeros a la vez”, gruñía Rafael. Yo solo podía gritar sí, sí, más fuerte, usadme. El orgasmo me atravesó como un rayo. Me corrí gritando, mi coño y mi culo contrayéndose alrededor de sus vergas, ordeñándolas.
Me bajaron al suelo. Callum se tumbó y me colocó encima de él, empalándome otra vez en su polla en mi coño empapado. Rafael se arrodilló frente a mi cara y me metió su verga hasta el fondo de la garganta. Me follaron así, sin descanso: Callum levantando las caderas para reventarme el coño, Rafael follándome la boca como si fuera otro agujero. Mis lágrimas de placer corrían por mis mejillas. Cuando sentí que se tensaban, el primero en correrse fue Callum, inundando mi coño con chorros calientes y espesos de leche. Rafael sacó su polla de mi boca y me pintó la cara y las tetas con su semen abundante mientras yo abría la boca para recibir lo que pudiera. Tragué, jadeé, me corrí otra vez solo con la sensación de estar completamente marcada por ellos.
Los tres quedamos tirados en el suelo, respirando agitados, cuerpos brillantes de sudor y fluidos. Después de unos minutos de risas bajas y besos suaves, nos metimos juntos en la ducha del estudio. El agua caliente caía sobre nosotros mientras nos enjabonábamos mutuamente, manos que ya no eran solo lujuriosas sino también cariñosas. Rafael me besó despacio bajo el chorro. Callum me abrazó por detrás y susurró contra mi cuello: “Esto no puede ser la última sesión, Laura. Quiero volver a tenerte así… y más”. Yo sonreí, sintiendo aún sus leches escapando de mi coño y mi culo, el delicioso dolor latiendo en ambos agujeros mientras el agua resbalaba por mi piel.
Salí del estudio con las piernas temblorosas, la falda arrugada y el sabor de los dos todavía en mi boca. El coño y el culo me palpitaban con un dolor exquisito que me hacía sonreír a cada paso. Sabía que apenas había empezado a rendirme. Mañana volverían. Y yo ya estaba planeando cómo dejar que me llevaran aún más lejos la próxima vez.
Me costaba creer que solo hubieran pasado veinticuatro horas desde que salí de aquí con las piernas temblorosas y el semen de ambos escapando de mis agujeros. Aquella noche apenas dormí; cada vez que cerraba los ojos sentía de nuevo la presión brutal de sus pollas separadas solo por aquella fina pared de carne dentro de mí. Me desperté empapada, con el coño hinchado y el ano latiendo con un dolor dulce que me hacía sonreír como una idiota. A las diez de la mañana ya estaba en el estudio, moviendo muebles, ajustando luces, preparando el espacio como quien prepara un altar para un sacrificio voluntario.
Cuando llamaron a la puerta, mi pulso se volvió loco. Abrí descalza, vestida únicamente con una bata de seda negra que apenas me cubría el culo. Rafael entró primero, treinta años de puro músculo tallado por sesiones fotográficas exigentes, la camisa ya medio desabotonada. Detrás venía Callum, veintiocho, con esa mirada de depredador joven que me ponía el vello de punta. No hubo saludos educados. Rafael me empujó suavemente contra la pared nada más cerrar la puerta, me abrió la bata de un tirón y metió dos dedos gruesos en mi coño sin preguntar.
— Joder, Laura… ya estás chorreando. ¿Has estado tocándote pensando en nuestras vergas? — gruñó contra mi boca antes de besarme con violencia.
— Toda la noche — confesé entre jadeos, mordiéndole el labio—. No puedo pensar en otra cosa. Quiero que hoy me folléis más duro. Quiero que me rompáis.
Callum se rio bajo, ya quitándose la camiseta. Su torso definido brillaba bajo las luces cenitales que yo misma había colocado. Se acercó por detrás, me agarró las tetas con fuerza y me pellizcó los pezones hasta que gemí dentro de la boca de Rafael.
— Ayer solo calentamos — susurró Callum en mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Hoy vamos a usar cada centímetro de ti, fotógrafa. Vamos a follarte hasta que no sepas dónde termina tu coño y dónde empieza tu culo.
Me llevaron al centro del estudio casi en volandas. Habían traído una correa de cuero suave que usaban en algunas sesiones de moda. Me la pasaron por el cuello, no apretando, solo lo suficiente para recordarme que hoy yo era suya. Me arrodillé sobre la alfombra gruesa que había colocado bajo la gran ventana. El sol de mediodía entraba caliente sobre mi piel. Rafael se bajó los pantalones y su polla gruesa, venosa, saltó pesada y completamente dura. Callum hizo lo mismo; la suya era más larga, con una curva pronunciada que sabía que iba a golpearme en lugares perfectos.
Primero me alimentaron de verga. Rafael me sujetó del pelo y me folló la boca con embestidas profundas, obligándome a abrir la garganta. Las lágrimas me corrían por las mejillas mientras babeaba sin control, el sonido obsceno de mi garganta llenando el estudio. Callum estaba detrás, separándome las nalgas y escupiendo directamente sobre mi ano antes de meter la lengua con hambre. Me comía el culo como si estuviera famélico, empujando la lengua dentro mientras sus dedos jugaban con mi clítoris hinchado. Yo solo podía gemir alrededor de la polla de Rafael, el cuerpo entero temblando.
— Mira cómo traga, tío — rio Rafael—. Esta zorra de treinta y dos años nació para tener la boca llena de polla.
Me levantaron entre los dos. Callum se tumbó en el diván ancho y me colocó encima a horcajadas, pero esta vez me empaló directamente en el culo. Su verga larga me abrió centímetro a centímetro hasta que mis nalgas tocaron sus huevos. El estiramiento era brutal. Grité, pero era un grito de puro placer vicioso. Luego Rafael se colocó entre mis piernas abiertas y, sin darme tiempo a acostumbrarme, empujó su polla gruesa dentro de mi coño. Doble penetración completa, otra vez, pero ahora con la correa alrededor de mi cuello y sus manos sujetándome las caderas con fuerza salvaje.
Empezaron a moverse. Primero despacio, disfrutando cómo mis agujeros se contraían alrededor de ellos. Luego más rápido. Más brutal. Mis tetas rebotaban contra el pecho de Callum mientras Rafael me follaba el coño como si quisiera partirme en dos. El sonido era húmedo, sucio, delicioso: piel contra piel, mis jugos chorreando sobre sus huevos, el olor a sexo puro inundándolo todo.
— ¿Esto es lo que querías, puta? — jadeaba Rafael, sudando, embistiendo tan fuerte que el diván crujía—. Dos pollas reventándote los agujeros a la vez. Siente cómo te abrimos, Laura. Siente cómo te hacemos nuestra.
Yo solo podía gritar sí. Sí. Más fuerte. Usadme. Rompedme. Mi mente estaba borrada; solo existían sus vergas separando mis entrañas, el roce constante de sus pollas a través de esa fina membrana, el calor, la presión, el placer que dolía de tan intenso. Me corrí por primera vez así, sin aviso, un chorro caliente que salpicó el vientre de Rafael mientras mi ano y mi coño ordeñaban sus vergas con contracciones violentas.
No me dejaron bajar. Me giraron sin salir de mí. Ahora Rafael estaba debajo, su polla gruesa clavada en mi coño, y Callum me taladraba el culo desde atrás en posición de sándwich de pie. Me sostenían entre sus cuerpos sudorosos, mis pies apenas tocando el suelo. Rafael me mordía las tetas, Callum me tiraba del pelo y me susurraba las guarradas más bajas al oído:
— Eres nuestra puta particular, ¿verdad? La fotógrafa elegante que en realidad solo quiere que le llenen el culo de leche. Dilo.
— Soy vuestra puta — gemí, la voz rota—. Solo quiero vuestras pollas. Usad todos mis agujeros. Por favor…
Me bajaron al suelo sin sacarlas. Me pusieron a cuatro patas sobre la madera cálida. Esta vez alternaron: Rafael me folló el culo con embestidas cortas y brutales mientras Callum me metía su verga larga hasta el fondo de la garganta, follándome la boca como si fuera otro coño. Luego cambiaron. Y otra vez. Y otra. Perdí la cuenta de los orgasmos. Me corrí con la polla de Rafael en el culo y la de Callum en la boca. Me corrí cuando me pusieron de lado y me metieron las dos pollas en el coño al mismo tiempo, estirándome hasta el límite, un dolor exquisito que me hizo ver estrellas. Me corrí cuando Callum me levantó en brazos, me empaló en su verga y Rafael me penetró el ano desde atrás mientras caminaban conmigo en el aire por todo el estudio, follándome contra las paredes, contra la mesa de trabajo, contra el respaldo del diván.
El sudor nos cubría a los tres. Mi pelo estaba pegado a la cara. Tenía marcas rojas de dedos en las caderas, en los muslos, en las tetas. El semen y mis jugos me corrían por las piernas. Y aun así quería más.
Rafael me puso boca arriba sobre la mesa de luces, me abrió las piernas como si fuera a fotografiarme y me escupió directamente en el coño antes de metérmela otra vez. Callum se subió a la mesa y me dio su polla para que la chupara mientras Rafael me follaba con tanta fuerza que la mesa se movía.
— La próxima vez vamos a atarte de verdad — dijo Rafael entre dientes, acelerando—. Vamos a colgarte de las vigas del techo con cuerdas de bondage y vamos a follarte hasta que no puedas ni hablar. ¿Te gusta la idea, zorra?
Asentí con la boca llena de la verga de Callum, corriéndome otra vez solo de imaginarlo. Sentí cómo se tensaban. Callum fue el primero; me inundó la garganta con chorros espesos y calientes que tragué con avidez, tosiendo, babeando. Rafael salió de mi coño y me pintó las tetas, el vientre y el clítoris con su semen abundante, masturbándose encima de mí como si me estuviera marcando.
Quedamos los tres tirados sobre las mantas que había extendido en el suelo, respirando como animales. Sus manos todavía me tocaban, suaves ahora, recorriendo mis curvas con cariño posesivo. Rafael me besó la sien. Callum me limpió el semen de los labios con el pulgar y me lo metió en la boca para que lo chupara.
— Esto solo ha sido el segundo acto, Laura — murmuró Callum contra mi cuello, la voz aún ronca—. Mañana volvemos. Y la próxima vez no vamos a parar hasta que supliques que paremos… aunque los dos sabemos que no lo harás.
Cerré los ojos, sintiendo sus leches escapando de mi coño y de mi ano, el cuerpo dolorido, usado, completamente vivo. Sonreí. Sabía que apenas habían empezado a llevarme al límite. Y yo ya estaba contando las horas para volver a rendirme.
Me costaba creer la profundidad de mi propia hambre. Aquella sonrisa que se me había quedado grabada en los labios mientras sentía sus leches escapando de mí se convirtió en una necesidad constante. Al amanecer del tercer día ya estaba en el estudio, desnuda bajo la luz que entraba por los ventanales altos, instalando las cuerdas de algodón suave pero resistente que había comprado expresamente. Las vigas del techo, viejas y sólidas, ahora sostenían poleas y nudos preparados. Toqué la tela áspera y me imaginé colgando de ella, abierta, ofrecida. Mi coño se contrajo solo con la idea. Tenía treinta y dos años, llevaba media vida capturando cuerpos ajenos y ahora solo quería que dos hombres me convirtieran en carne para su placer.
Cuando llamaron a la puerta, abrí sin bata, solo con los tacones negros que alargaban mis piernas y un arnés de cuero fino alrededor de las tetas que me había puesto yo misma. Rafael entró primero. Sus treinta años de modelo profesional se notaban en cada músculo tenso bajo la camisa que ya se estaba quitando. Callum, de veintiocho, venía detrás con esa sonrisa de depredador que me ponía el vello de punta. No hablaron. Rafael me empujó contra la pared del fondo, me levantó una pierna y metió dos dedos gruesos en mi coño de un solo movimiento.
— Joder, Laura… estás empapada antes de que te toquemos — gruñó contra mi boca, mordiéndome el labio inferior mientras sus dedos me abrían con rudeza experta.
— Llevo así desde anoche — confesé entre jadeos, mirándolo a los ojos—. Soñé que me colgabais de las vigas y me follabais hasta que solo supiera gemir vuestros nombres.
Callum se rio bajo, ya desnudo de cintura para arriba. Su torso definido brillaba bajo las luces cenitales que yo misma había ajustado. Se colocó a mi espalda, me separó las nalgas y escupió directamente sobre mi ano antes de meter la lengua con voracidad. El contraste era brutal: los dedos de Rafael follándome el coño y la lengua de Callum abriéndome el culo. Mis rodillas temblaron. Me sujeté a los hombros anchos de Rafael mientras el placer subía como una marea caliente.
— Hoy no vas a tocar el suelo casi nada, fotógrafa — susurró Callum contra mi piel, mordiendo la curva de mi nalga—. Vamos a colgarte como la zorra de estudio que eres.
Me llevaron al centro. Las cuerdas esperaban. Rafael fue meticuloso. Primero pasó una bajo mis tetas, apretando hasta que se hincharon, los pezones duros y rojos asomando como frutas maduras. Ató mis muñecas a la espalda con nudos perfectos, luego pasó otra cuerda por mis muslos y cintura creando un arnés que sostenía todo mi peso sin cortar la circulación. Tiraron de las poleas. Mis pies se despegaron del suelo lentamente. El tirón de las cuerdas me arrancó un gemido largo. Quedé suspendida a un metro del suelo, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, las piernas abiertas por las ataduras, el coño y el culo completamente expuestos. El peso de mis tetas tiraba de la cuerda que las rodeaba y cada respiración hacía que la fricción me quemara de placer.
Rafael se plantó delante de mí, su polla gruesa y venosa ya completamente dura. Me agarró del pelo y me metió la verga hasta el fondo de la garganta sin aviso. El balanceo de mi cuerpo suspendido hacía que entrara más profundo con cada vaivén. Babeeaba sin control, las lágrimas corrían por mis mejillas mientras tragaba alrededor de su grosor. Callum, detrás, me separó más las nalgas con las manos y atacó mi ano con la lengua otra vez, empujando dentro, mojándome, preparándome.
— Mira cómo cuelga, tío — jadeó Rafael, follándome la boca con embestidas cortas y profundas—. Treinta y dos años de mujer elegante convertida en un puto columpio para pollas. Traga, Laura. Traga toda mi verga.
Mi mente era pura niebla roja. Pensaba que nunca había estado tan expuesta, tan usada, tan feliz. Cada vez que Rafael se retiraba para dejarme respirar, yo suplicaba con la voz rota:
— Más… colgándome así… folladme los dos a la vez… por favor…
Callum se levantó. Su polla larga, curvada hacia arriba, rozó mi entrada trasera. Escupió generosamente y empujó. El estiramiento fue feroz. Colgada como estaba, no podía moverme; solo recibir. Centímetro a centímetro me abrió el ano hasta que sus huevos tocaron mi piel. Luego Rafael se agachó un poco, alineó su polla gruesa con mi coño chorreante y entró de un golpe seco. El doble empalamiento me arrancó un grito que rebotó en las paredes del estudio. Estaban dentro de mí hasta el fondo, separados solo por esa fina membrana que parecía a punto de romperse. Mis pensamientos se disolvieron: solo existía la presión, el ardor, el placer tan intenso que dolía.
Empezaron a moverse. Primero despacio, disfrutando cómo mi cuerpo suspendido se balanceaba entre sus embestidas. Luego más fuerte. Más salvaje. Cada empujón me hacía oscilar como un péndulo sexual. Mis tetas rebotaban pesadamente, los pezones rozando el pecho sudoroso de Rafael cuando se inclinaba. Callum me agarraba de las caderas desde atrás, tirando de las cuerdas para clavarse más profundo en mi culo.
— ¿Sientes cómo te reventamos, puta? — gruñó Callum, de veintiocho años, acelerando el ritmo—. Tu culo y tu coño son nuestros. Solo agujeros para que dos modelos te llenen de leche.
— Sí… soy vuestra puta… usadme… rompedme… — gemía yo cada vez que me dejaban hablar.
El primer orgasmo me atravesó sin piedad. Mi coño se contrajo con tanta fuerza alrededor de la polla de Rafael que casi lo expulsa. Chorros calientes salpicaron sus abdominales y el suelo de madera. No pararon. Siguieron follándome mientras yo temblaba y gritaba, prolongando el clímax hasta que otro empezó a formarse justo detrás.
Me bajaron ligeramente las cuerdas sin salir de mí. Ahora estaba casi horizontal, suspendida como en una hamaca carnal. Rafael se tumbó sobre una colchoneta debajo de mí y Callum ajustó las poleas para que yo cayera directamente sobre su polla gruesa, empalándome el coño hasta el útero. Luego Callum se colocó encima, entre mis piernas abiertas por las cuerdas, y volvió a meterme su verga larga en el ano. La nueva posición permitía que entraran aún más profundo. Sentía sus pollas rozándose dentro de mí con cada movimiento, hinchándome, abriéndome como nunca.
Mis gemidos se volvieron roncos. El sudor me corría por la espalda, entre las tetas, por los muslos. Las cuerdas mordían mis muñecas y mis muslos de forma deliciosa. Rafael me pellizcaba los pezones con fuerza mientras embestía hacia arriba. Callum me tiraba del pelo desde atrás y me susurraba guarradas al oído:
— Mañana vamos a traerte un collar con cadena y te vamos a follar contra el ventanal para que toda la ciudad pueda verte si miran. ¿Te gustaría eso, Laura? ¿Que te vean convertida en nuestra puta colgada?
La sola imagen me hizo correrme otra vez. Mi cuerpo se tensó entero, el ano y el coño ordeñando sus vergas con contracciones violentas. Callum fue el primero en correrse. Sentí los chorros calientes inundando mi culo, tan abundantes que se escapaban alrededor de su polla y corrían por mis muslos. Rafael aguantó un poco más, follándome con brutalidad hasta que sacó su verga y se corrió sobre mis tetas suspendidas, pintando mis pezones y mi cuello con gruesos hilos blancos.
Aun así no me bajaron. Me mantuvieron colgada mientras recuperaban el aliento, pasando las manos por mi piel enrojecida, metiendo dedos en mis agujeros aún abiertos para jugar con el semen que salía. Mi mente flotaba en un lugar donde solo existía rendición. Pensaba que podía quedarme así horas, que mi cuerpo de fotógrafa ya no me pertenecía. Era de ellos.
Rafael me besó la frente con una ternura posesiva que contrastaba con lo salvaje que acababa de ser.
— Esto todavía no ha terminado hoy — murmuró, tirando suavemente de una cuerda para hacerme balancear—. Vamos a bajarte un rato, a ponerte a cuatro patas con las manos aún atadas y vamos a follarte la boca y el coño hasta que nos supliques que te dejemos descansar… aunque sabemos que no lo harás.
Callum sonrió, ajustando las poleas para bajarme lentamente al suelo. Mis rodillas tocaron la madera cálida. Con las muñecas todavía atadas a la espalda, me colocaron la cabeza sobre un cojín y me abrieron las piernas. Rafael se arrodilló delante de mi cara y me metió su polla aún semidura para que la limpiara con la lengua. Callum se colocó detrás y, sin darme tiempo, empujó su verga otra vez en mi coño sensible.
El tercer acto apenas estaba en su mitad. Sentí cómo mi cuerpo, dolorido y lleno de semen, volvía a encenderse. Mientras me follaban sin piedad sobre la alfombra, supe que al día siguiente cruzaríamos otro límite. Ya estaba imaginando cuerdas más complejas, posiciones más imposibles, horas enteras en las que no me dejarían bajar del todo. Y yo ya estaba contando los minutos para volver a colgarme y dejar que me hicieran suya de formas que ni siquiera había soñado todavía.
Me corrí con tanta fuerza que las cuerdas crujieron sobre las vigas mientras mi coño y mi ano se contraían alrededor de sus dos pollas como si quisieran estrangularlas. El chorro caliente me salpicó los muslos y el pecho de Rafael, que seguía embistiendo desde abajo con golpes cortos y brutales. Callum, encima de mí, me tiraba del pelo con una mano y me mordía el cuello con la otra, gruñendo como un animal. «Eso es, Laura, córrete otra vez, zorra. Ordeña nuestras vergas con esos agujeros de fotógrafa viciosa». Tenía treinta y dos años y nunca había sentido el cuerpo tan completamente poseído, tan abierto, tan vivo. El dolor de las ataduras en mis muslos y muñecas solo avivaba el fuego.
No me bajaron. Ajustaron las poleas con precisión experta y me giraron hasta dejarme casi horizontal, suspendida como carne en un gancho. Rafael se colocó entre mis piernas abiertas por la cuerda y metió su polla gruesa otra vez en mi coño, empujando tan profundo que creí que me tocaría el útero. Callum escupió sobre su propia verga y volvió a clavarse en mi ano sin darme respiro. El roce constante de ambas pollas a través de la fina pared de carne me borraba el pensamiento. Solo existía la presión, el calor, el sonido obsceno de mi carne mojada tragándoselos una y otra vez. Mis tetas colgaban pesadas, balanceándose con cada embestida, los pezones hinchados y rojos por los pellizcos anteriores.
«Mírate, puta», jadeó Rafael, señalando el espejo grande que yo misma había colocado esa mañana. «Treinta y dos años, elegante, con tu estudio lleno de luces perfectas… y aquí estás, colgada como un juguete sexual para dos modelos que te van a reventar». Callum se rio y aceleró, sus huevos golpeando contra los míos con un chasquido húmedo. «Y lo pide, tío. Esta guarra de coño chorreante nos suplicó que la colgáramos. ¿Verdad, Laura?». «Sí…», gemí, la voz rota. «Sí, soy vuestra puta. Folladme más fuerte. Quiero que me duela mañana al caminar».
El siguiente orgasmo me atravesó sin aviso. Mi cuerpo entero se tensó dentro del arnés, las cuerdas mordiéndome los pechos y la cintura mientras chorros de corrida salían disparados alrededor de la polla de Rafael. Ellos siguieron moviéndose, usando mi clímax para follarme aún más salvajemente, prolongando el placer hasta que otro orgasmo se solapó con el primero. Perdí la noción del tiempo. Solo sabía que mis agujeros ardían, que el sudor me corría por la espalda y entre las nalgas, y que el olor a sexo puro inundaba todo el estudio.
Me bajaron por fin, pero solo para colocarme de rodillas sobre la alfombra gruesa, con las muñecas todavía atadas a la espalda y una cuerda que me mantenía los hombros abiertos. Rafael se sentó en el diván y me arrastró sobre su regazo. Su polla gruesa y venosa se deslizó otra vez en mi coño empapado mientras Callum se arrodillaba detrás y me abrió el ano con tres dedos primero, preparándome para volver a entrar. Cuando lo hizo, los dos quedaron dentro de mí al mismo tiempo, Rafael debajo y Callum encima, follándome en un sándwich brutal sobre el diván. Mis tetas se aplastaban contra el pecho sudoroso de Rafael, que me mordía los pezones con fuerza mientras levantaba las caderas para reventarme.
«¿Sientes cómo te abrimos, Laura? Dos pollas de verdad partiéndote en dos», gruñó Callum contra mi oído. «Treinta y dos años chorreando como una adolescente en celo». «Sí… partídme… usadme…», supliqué, y ellos obedecieron. Me follaron sin ritmo, solo con hambre salvaje. El diván crujía debajo de nosotros. Mis jugos y el semen anterior corrían por mis muslos y mojaban los cojines. Me corrí por cuarta vez, gritando hasta quedarme ronca, el ano contrayéndose tan fuerte alrededor de Callum que lo oí maldecir de placer.
Cambiamos otra vez. Me pusieron boca arriba sobre la mesa de luces, las piernas abiertas y atadas a los bordes con cuerdas cortas. Rafael se subió y me metió la polla hasta el fondo del coño, follándome con embestidas tan fuertes que la mesa se movía. Callum se colocó a mi lado y me obligó a girar la cabeza para chuparle la verga, que aún sabía a mi culo. «Límpiala bien, fotógrafa guarra. Sabe a lo que eres». La metí hasta la garganta, babeando sin control, las lágrimas mezclándose con la saliva mientras Rafael me pellizcaba el clítoris hinchado y me hacía correrme otra vez alrededor de su grosor.
Cuando sentí que se acercaban, me bajaron al suelo y se colocaron frente a mí. «Abre la boca y saca la lengua, Laura», ordenó Rafael, de treinta años, masturbándose con furia. Callum, de veintiocho, hizo lo mismo. El primero en correrse fue Rafael, soltando chorros espesos y calientes que me pintaron la lengua, las mejillas y las tetas. Callum lo siguió, inundándome la boca hasta que tuve que tragar para no ahogarme. El exceso me corría por la barbilla y goteaba sobre mis pezones. Me corrí una última vez solo con la sensación de estar completamente marcada, humillada y satisfecha.
Quedamos los tres tirados sobre las mantas, respirando agitados, cuerpos brillantes de sudor, semen y mis propios fluidos. Sus manos ya no eran rudas. Rafael me besó la frente con ternura posesiva mientras me desataba las cuerdas con cuidado. Callum me limpió el rostro con una toalla húmeda y me dio agua. «Has sido perfecta hoy», murmuró. «Pero esto sigue sin ser suficiente, ¿verdad?». Sonreí, sintiendo el delicioso dolor latiendo en mi coño y mi ano, el semen escapando lentamente de ambos agujeros mientras el sol de la tarde entraba por los ventanales.
Cuando se fueron, cerré la puerta y me quedé desnuda en medio del estudio, las marcas rojas de las cuerdas aún visibles en mi piel. Me costaba caminar, pero cada paso enviaba una descarga de placer recordado. Me miré en el espejo grande: el pelo revuelto, los labios hinchados, las tetas cubiertas de semen seco. Y entonces empecé a planear.
Mañana mismo encargaría una barra separadora más ancha, de acero, con argollas para tobillos y muñecas. Prepararía el estudio para una sesión de ocho horas seguidas: poleas dobles, un columpio sexual colgando del techo, mordazas de bola y antifaces. Les escribiría esta misma noche pidiéndoles que vinieran con las pilas cargadas, porque pensaba dejarme atada desde el mediodía hasta la medianoche. Imaginaba cómo me suspenderían con las piernas completamente abiertas, cómo me follarían por turnos mientras yo no pudiera hacer otra cosa que gemir y correrse. Quería que me llenaran el coño y el culo hasta que me rebosara, que me hicieran chupar sus pollas entre ronda y ronda, que me susurraran todas las guarradas que se les ocurrieran mientras yo colgaba como su puta personal.
Ya estaba mojándome otra vez solo de pensarlo. Mi mano bajó entre mis piernas, tocando la carne sensible y llena de su semen. Sonreí al espejo. Esto no terminaría nunca. La próxima vez iba a rendirme más profundo, más tiempo, más salvajemente. Ya estaba contando las horas para volver a colgarme y dejar que aquellos dos machos de veintiocho y treinta años me convirtieran en el centro de su placer sin límites. El estudio era mío, pero mi cuerpo… mi cuerpo ya les pertenecía por completo.
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