El Beso del Ex en la Nieve Ardiente

La viuda bruja Petra invoca sin querer al vampiro Nikolai y terminan follando como animales contra la chimenea en un polvo helado y brutal.

17 min read August 25, 2026New

La nieve caía sin piedad sobre los tejados de pizarra de la mansión Blackthorn, aislada entre picos helados que parecían querer clavarse en el cielo negro. Dentro, el salón principal olía a cera quemada, a mirra y a la humedad antigua de las piedras. Petra, de veintiocho años, arrodillada en el círculo de sal y ceniza, llevaba solo un camisón de lino delgado que se le pegaba a los muslos por el calor de las velas. Viuda desde hacía tres inviernos, bruja de sangre y de libro, había preparado el ritual para invocar la sombra de su difunto marido y pedirle una última verdad. No para él. Nunca para él.

Las palabras latinas salieron de su boca como humo helado. El aire se densificó. Las llamas de las velas se inclinaron hacia el centro del círculo y, de pronto, el frío que entró no era el de la noche. Era más antiguo. Más personal.

La figura se materializó entre los charcos de cera derretida: alta, pálida, con el cabello negro cayéndole sobre la frente y esos ojos del color de la medianoche sin luna. Nikolai. No el espíritu de su marido. Nikolai, el vampiro al que había amado en secreto antes de la boda, al que había jurado olvidar la noche en que lo desterró con hierro y sal. Llevaba la misma camisa abierta de entonces, el mismo pantalón oscuro, y la boca que ella recordaba demasiado bien se curvó en una sonrisa lenta, casi cruel de tan hermosa.

—Petra —dijo, y su voz era el roce de seda sobre hielo—. Qué ritual tan torpe. Me has llamado a mí.

Ella no se movió. El pecho le subía y bajaba con fuerza bajo el camisón. El deseo que creía enterrado trepó por su garganta como una llama viva.

—No eras tú a quien buscaba.

—Mentira. El cuerpo no miente, bruja. Hueles a necesidad. Hueles a mí.

Nikolai dio un paso fuera del círculo. La sal crujió bajo sus botas, pero no lo detuvo; el ritual ya estaba roto, o quizá nunca había estado cerrado del todo. Se acercó hasta quedar tan cerca que el frío de su piel le rozó las mejillas a ella. Fuera, la nieve golpeaba los cristales emplomados. Dentro, la chimenea crepitaba, lanzando sombras rojizas sobre los muebles cubiertos de sábanas blancas.

Petra levantó la barbilla. No iba a huir. Había elegido este camino la misma noche en que escribió su nombre junto al de él en el grimorio prohibido, años atrás.

—Te desterré por una razón —susurró ella.

—Y yo volví porque tú me abriste la puerta —replicó él, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja—. Recuerdas cómo te follaba contra estas mismas piedras. Cómo te hacías la digna por el día y por la noche me pedías que te rompiera. Dime que no lo quieres ahora. Dímelo y me voy.

Ella no dijo nada. Solo cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo el camisón se le pegaba a los pezones endurecidos. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada: el horror erótico, la maldición, el frío de un muerto que aún deseaba. Lo quería. Lo quería con una violencia que le quemaba las entrañas.

—Quédate —dijo, clara, sin temblor—. Quiero tu toque maldito. Lo he querido cada noche desde que te eché.

Nikolai soltó un sonido bajo, casi un gruñido de satisfacción. Sus dedos fríos —helados de verdad, de cripta y de siglos— se deslizaron bajo el escote del camisón. Recorrieron la curva caliente de un pecho, atraparon el pezón entre dos dedos y lo apretaron lo bastante para arrancarle un jadeo. La piel de Petra ardía contra la suya; el contraste la hizo arquearse hacia adelante.

—Así —murmuró él contra su cuello—. Ábrete al monstruo, Petra. Yo no te voy a forzar. Tú me vas a rogar.

Ella lo agarró por la camisa y lo atrajo. Sus bocas se encontraron con hambre cruda, dientes y lengua, el sabor metálico apenas disimulado de él mezclado con el vino que ella había bebido antes del ritual. Se besaron como si el tiempo se estuviera acabando, como si la nieve fuera a sepultarlos en cualquier momento. Las manos de Nikolai bajaron por su espalda, agarraron su culo con fuerza y la levantaron. Petra enredó las piernas alrededor de su cintura sin pensarlo. El camisón se le subió hasta la cintura; él no llevaba ropa interior y la dureza helada de su polla ya presionaba contra la tela fina de las bragas de ella.

—Joder, estás mojada —dijo él, voz ronca, mientras caminaba con ella hacia la chimenea—. Tres años y sigues chorreando por el muerto que te follaba en la cripta.

—Cállate y tócame —exigió ella, clavándole las uñas en los hombros—. No vine aquí a oírte hablar.

La espalda de Petra chocó contra la piedra caliente del muro junto a la chimenea. El calor del fuego le lamía un lado del cuerpo; el frío de Nikolai le devoraba el otro. Él rasgó el camisón de un tirón. El lino cedió con un sonido seco y sus pechos quedaron al aire, pesados, con los pezones duros y oscuros. Nikolai se agachó y le mordió uno, no lo bastante para romper la piel —aún—, pero sí para marcar. Petra gritó, un sonido gutural, y le hundió los dedos en el cabello negro.

Él bajó más. Con las manos le bajó las bragas hasta los tobillos y se las quitó de una patada. El aire frío le golpeó el coño expuesto, ya brillante de deseo. Nikolai se arrodilló un segundo, solo para mirar, y luego se puso de pie otra vez, abriéndole los muslos con las caderas.

—Dime que me quieres dentro —ordenó, frotando la cabeza gruesa y helada de su polla entre los labios hinchados de ella—. Dímelo claro.

—Te quiero dentro —jadeó Petra, mirándolo a los ojos sin parpadear—. Te quiero follándome como el animal que eres. Te he echado de menos cada puta noche. Métela.

Nikolai sonrió, enseñando apenas la punta de los colmillos, y empujó. Entró de un solo golpe seco, hasta el fondo. El frío de su carne dentro del calor abrasador de ella arrancó un grito a los dos. Petra se aferró a él, uñas clavadas en la espalda, mientras él empezaba a moverse con embestidas profundas, brutales, sin piedad ni delicadeza. Cada embestida la empujaba contra la piedra caliente; el contraste de temperaturas la estaba volviendo loca. El fuego crepitaba a su lado. La nieve seguía cayendo afuera, invisible ya tras el vaho que empañaba los cristales.

—Más fuerte —pidió ella entre dientes—. Rompeme.

Él obedeció. La agarró por los muslos, la levantó un poco más y la embistió con una fuerza sobrenatural que hacía crujir la madera del suelo. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó el salón. Petra gemía sin control, la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto. Nikolai lamió esa piel palpitante, rozó los colmillos sin morder todavía, y susurró contra su garganta:

—Esta noche no me voy. Te voy a follar hasta que no puedas recordar el nombre de tu marido muerto. Te voy a llenar y después te voy a chupar hasta que me ruegues otra vez. Y tú vas a decir que sí. ¿Verdad, bruja?

—Sí —soltó ella, rota de placer, sintiendo ya el orgasmo treparle por la columna—. Sí, joder, sí. No pares. No te atrevas a parar.

La chimenea escupió una lengua de chispas. Nikolai la embistió más hondo, más rápido, una mano bajando entre los dos para frotar el clítoris hinchado de Petra con el pulgar frío. Ella se corrió con un grito ahogado, el coño apretándose alrededor de esa polla helada en oleadas violentas. Él no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, sosteniéndola cuando las piernas le flaquearon, mordiéndole el hombro lo bastante para dejar marca pero no para beber todavía.

Cuando el temblor de ella empezó a calmarse, Nikolai la bajó un poco, sin salir de su cuerpo, y le sujetó la cara entre las manos heladas. Sus ojos brillaban con un hambre que no era solo de sangre.

—Esto no ha terminado —dijo, voz baja, peligrosa, llena de promesa—. Acabo de empezar contigo, Petra. Hay habitaciones enteras en esta casa que aún no hemos manchado. Y afuera la nieve sigue cayendo. Nadie va a interrumpir.

Petra, todavía temblando, con el camisón hecho jirones y el coño palpitándole alrededor de él, sonrió con los labios hinchados y la mirada oscura de bruja que ha elegido su monstruo.

—Entonces muéstrame —susurró—. Muéstrame todo lo que juramos olvidar.

Nikolai la alzó de nuevo, todavía enterrado en ella, y se alejó de la chimenea hacia la escalera de caracol que subía a los dormitorios abandonados. Cada peldaño hacía que se moviera dentro de Petra. Ella gemía contra su cuello, ya sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse, más profundo, más sucio. La nieve seguía cayendo. Las velas se apagaban una a una. Y el vampiro que había invocado por error —o por destino— no tenía ninguna intención de soltarla antes del amanecer.

Nikolai subió los peldaños de caracol sin soltarla, todavía hincado hasta el fondo en el calor resbaladizo de Petra. Cada escalón la hacía rebotar sobre esa verga helada; ella gemía contra su cuello, los pezones rozándole la camisa abierta, el camisón hecho jirones colgándole de un hombro. El aire de la planta alta olía a polvo, a madera vieja y a la nieve que se filtraba por las rendijas de las ventanas emplomadas. Llegaron a un corredor estrecho donde los retratos de ojos vacíos los miraban pasar. Él la bajó al fin, saliendo de ella con un sonido húmedo que le arrancó un quejido de protesta.

—De rodillas —ordenó, voz baja y ronca—. Quiero ver esa boca de bruja tragándome entero.

Petra no dudó. Las rodillas le tocaron la fría piedra del suelo; el contraste le recorrió la espalda como un latigazo. Frente a ella, Nikolai se abrió el pantalón del todo. Su polla surgió gruesa, pálida, brillante aún de los jugos de ella, la cabeza ancha y oscura, las venas marcadas bajo la piel fría como mármol. Ella la agarró con las dos manos, sintiendo el peso, el frío sobrenatural que le quemaba las palmas. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando su propio sabor mezclado con ese metal antiguo que era él. Luego abrió la boca y se la metió de un solo impulso, tragando hasta que la cabeza le golpeó la garganta.

Nikolai gruñó, un sonido animal que vibró en el pecho de ella. Le enredó los dedos en el cabello y empujó más hondo. Petra se atragantó un segundo, lágrimas de esfuerzo saltándole a los ojos, pero no retrocedió. Chupó con avidez, lengua aplanada contra la parte inferior, mejillas hundidas, saliva escurriéndole por la barbilla mientras subía y bajaba la cabeza con un ritmo desesperado. El frío de esa carne le entumecía la boca; el calor de su propia saliva lo envolvía. Pensó en las noches en que lo había soñado así, en la cripta, de rodillas sobre la losa, y el recuerdo la empapó aún más entre las piernas.

—Joder, Petra… así… trágatela toda —gruñó él, caderas empujando en leves embestidas que le llenaban la garganta—. Tres años sin esa boca puta… te eché de menos chupándome como una perra en celo.

Ella gimió alrededor de su polla, el sonido vibrando contra la carne fría. Una mano le bajó a los huevos, pesados y tensos, acariciándolos mientras lo tragaba más profundo, la nariz rozándole el vello oscuro. Nikolai tiró de su cabello para sacarla un momento; un hilo de saliva unió sus labios hinchados a la punta brillante. Ella jadeó, mirándolo desde abajo con los ojos oscuros de necesidad.

—Métela otra vez —pidió ella, voz ronca—. Quiero sentirla en la garganta hasta que me duela.

Él sonrió, colmillos apenas visibles, y volvió a empujar. Petra lo recibió con hambre, chupando, lamiendo, dejando que la follara la boca con embestidas controladas pero brutales. El salón de abajo aún olía a cera y mirra; aquí arriba solo quedaba el sonido húmedo de su garganta y los gruñidos de él. Cuando sintió que se tensaba, listo para corrérsele dentro, Nikolai la apartó de golpe.

La levantó como si no pesara nada. La espalda de Petra chocó contra la pared de piedra del corredor; el frío de la roca le mordió la piel desnuda. Él le abrió las piernas, la alzó por los muslos y la empaló de un solo empujón brutal. La verga fría se hundió hasta el fondo otra vez, abriéndola, estirándola. Petra gritó, uñas clavadas en sus hombros.

—Ahí… joder, ahí —jadeó ella.

Nikolai la folló en vertical contra la pared, embestidas profundas y salvajes que hacían crujir la piedra bajo su espalda. Cada embate la levantaba y la dejaba caer sobre su polla; el sonido de piel contra piel llenaba el pasillo. El calor de ella contrastaba con el hielo de él hasta volverla loca. Él le mordió el cuello —colmillos rozando la yugular, presión suficiente para marcar, para doler delicioso— pero no bebió. Solo mordió, lamió la marca, gruñó contra su piel:

—No todavía. Primero te voy a destrozar el coño. Después, si me lo pides bien, te chupo.

—Muérdeme más —exigió ella, arqueándose—. Fóllame más fuerte. No te contengas, monstruo.

Él obedeció. Las caderas martilleaban, la polla helada golpeándole el fondo del útero con cada embestida. Petra se corría casi, el clítoris rozando el vientre duro de él, pero Nikolai la bajó antes de que terminara. La giró, la puso de rodillas y manos sobre la alfombra polvorienta del corredor. Se arrodilló detrás, le abrió las nalgas con las manos frías y la penetro de nuevo de un golpe seco.

Cabalgó sobre ella en cuatro, embistiendo con fuerza dominante. Una mano le agarró el pelo, tirando hacia atrás; la otra le cayó en una nalgada seca que resonó. Petra gritó de placer.

—Otra —pidió, voz rota—. Más duro. Nalgéame mientras me follas.

Nikolai le propinó otra palmada, y otra, dejando la piel ardiendo y roja. Cada nalgada coincidía con una embestida que la empujaba hacia adelante. Ella empujaba las caderas hacia atrás, buscando más, el coño chorreando alrededor de esa verga fría, el clítoris hinchado y palpitante. El contraste —el fuego de las nalgadas, el hielo dentro de ella, el calor de su propia sangre— la estaba destrozando.

—Más… joder, Nikolai, no pares… fóllame como el animal que eres… lléname…

Él gruñó, acelerando. Las embestidas se volvieron más cortas, más brutales. Le rodeó la cintura con un brazo, le encontró el clítoris con los dedos helados y lo frotó en círculos rápidos mientras la cabalgaba sin piedad. Petra gritó, el orgasmo subiendo como una ola de hielo y fuego.

—Me corro… joder, me corro contigo dentro…

—Juntos —ordenó él, voz guttural—. Quiero sentir cómo me aprietas cuando te llenas de mí.

El climax los golpeó al mismo tiempo. El coño de Petra se contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla de Nikolai; él se corrió con un gruñido profundo, chorros fríos y espesos bombeando dentro de ella, mezclándose con el calor líquido de ella. Los fluidos se desbordaron, escurriendo por los muslos de Petra en un hilo gélido y ardiente a la vez, goteando sobre la alfombra. Ella tembló, brazos flaqueando, el orgasmo prolongándose en oleadas mientras él seguía moviéndose lento, exprimiendo cada gota.

Cuando al fin se detuvo, todavía enterrado, Nikolai se inclinó sobre su espalda, labios rozándole la oreja marcada por su mordisco.

—Todavía no hemos llegado al dormitorio —susurró—. Hay una cama con doseles donde te amarré una vez. Recuerdas. Esta noche la vamos a usar otra vez. Y después… la nieve del jardín. Quiero follarte ahí fuera, donde el frío te muerda la piel mientras yo te muerdo el cuello de verdad.

Petra, jadeante, con el culo en alto y el semen frío goteándole por las piernas, sonrió contra el polvo de la alfombra. El deseo no se había apagado; solo se había vuelto más oscuro, más profundo.

—Llévame —dijo, voz ronca de gritar—. Llévame y no me sueltes hasta que el sol nos obligue.

Nikolai no esperó respuesta. La alzó otra vez, la polla todavía dura y resbaladiza rozándole el muslo interno mientras subía los últimos peldaños hacia el dormitorio principal. Petra se aferraba a su cuello, respirando el olor a tierra húmeda y hierro antiguo que siempre había llevado él. La puerta de roble cedió con un chirrido; dentro, el dosel de terciopelo negro caía como una tumba abierta sobre la cama ancha. Las sábanas olían a lavanda reseca y a polvo de años. Él la tiró sobre el colchón y ella rebotó, las piernas abiertas, el semen frío ya escurriéndole entre los pliegues hinchados del coño.

—Muñecas arriba —ordenó. De un cajón sacó las mismas cintas de seda negra que ella recordaba. Petra las ofreció sin dudar, las muñecas juntas sobre la cabeza. Él las anudó al cabecero tallado, apretando lo justo para que ardera la piel. Después le abrió más las piernas, le dobló las rodillas hacia el pecho y se arrodilló entre ellas. La miró un segundo, ojos de medianoche clavados en el coño rosado y brilloso, antes de inclinarse y lamerla de un solo trazo largo, desde el ano hasta el clítoris.

Petra se arqueó, tirando de las ataduras. La lengua de él era fría como mármol de cripta, pero se movía con una precisión cruel: rodeaba el botón hinchado, lo chupaba, lo apretaba entre los labios mientras dos dedos helados se hundían en su interior, buscando ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gimió alto, las caderas empujando contra su boca.

—Joder, Nikolai… así, más… chúpame el coño hasta que me corra en tu cara.

Él gruñó contra su carne y obedeció. Los dedos follaban rápido, el pulgar rozándole el culo sin entrar del todo. Petra se tensó, el orgasmo subiendo como un grito ahogado. Se corrió contra su lengua, los muslos temblando, el coño palpitando y empujando jugos calientes que él bebió con avidez. Antes de que bajara del todo, Nikolai se incorporó, se alineó y la empaló de un solo embate brutal. La verga fría abrió camino entre las contracciones aún vivas; ella gritó, uñas clavándose en las palmas.

La folló sin piedad, el dosel balanceándose con cada embestida. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación: nalgas contra caderas, la cama crujiendo, los jadeos rotos de Petra. Él le mordió un pezón, lo estiró entre los dientes, y luego el otro, dejando marcas moradas. Cuando sintió que ella volvía a apretarse, se retiró de golpe, la desató y la giró de un tirón. Petra quedó a cuatro patas sobre las sábanas, el culo en alto, el semen y sus propios fluidos brillando entre los muslos.

—Ahora te la meto por aquí —dijo él, frotando la punta gruesa contra su entrada trasera—. Dime que lo quieres.

—Métela en el culo —jadeó ella, mirando por encima del hombro—. Quiero sentir cómo me abres, monstruo. Fóllame el culo como me follaste el coño.

Nikolai escupió sobre la hendidura, trabajó un dedo, luego dos, y después empujó. La cabeza ancha cedió el anillo apretado; Petra gritó, un sonido gutural de dolor dulce que se convirtió en gemido cuando él siguió entrando centímetro a centímetro hasta que los huevos le rozaron la piel. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse al estiramiento helado, y después empezó a moverse. Embistes largos y profundos, una mano en su nuca empujándola contra el colchón, la otra rodeándole la cintura para frotarle el clítoris empapado.

Petra empujaba hacia atrás, buscando más. El contraste la destrozaba: el frío de la polla abriéndole el culo, el calor de su propia sangre latiendo, los dedos de él torturándole el botón. Se corrió otra vez, el esfínter apretándose en espasmos alrededor de él, y Nikolai soltó un gruñido animal antes de vaciarse dentro. Chorros fríos y espesos llenaron su interior; ella los sintió, calientes y helados a la vez, mientras él seguía moviéndose lento, exprimiendo cada gota.

Cuando salió, un hilo de semen blanco le bajó por el muslo. Petra temblaba, sonriendo contra la sábana. Nikolai la alzó una vez más.

—Afuera —susurró—. Quiero la nieve en tu piel mientras te muerdo de verdad.

La envolvió en la capa negra que había dejado en una silla y bajaron. La puerta del jardín crujió. Fuera, la nieve caía espesa, tapizando los setos muertos y las estatuas de ángeles rotos. El frío le cortó la respiración a Petra, le endureció los pezones hasta doler, le marcó la carne desnuda bajo la capa. Nikolai la llevó hasta el centro del jardín, donde la luna llena bañaba un banco de piedra. La tendió allí, la capa abierta como alas negras, la nieve crujiendo bajo sus rodillas cuando él se arrodilló entre sus piernas.

La folló de nuevo, esta vez de cara, la polla volviendo a entrar en su coño ya destrozado y resbaladizo. Cada embestida hacía que la nieve se le pegara a la espalda, al culo, al cabello. El frío mordía; el calor de él —o la falta de él— la quemaba por dentro. Petra lo miró a los ojos, las manos en su cara pálida.

—Muérdeme ahora —pidió, clara, sin miedo—. Quiero tu maldición. Quiero sentirte en la sangre.

Nikolai sonrió, colmillos largos al fin. Se inclinó, lamió el cuello donde el pulso martilleaba, y clavó. El dolor fue un relámpago blanco que se transformó en placer puro; ella se corrió al instante, el coño contrayéndose alrededor de su verga mientras él bebía. Tragó profundo, el sabor de ella llenándole la boca, y ella sintió cómo algo se sellaba entre los dos: un hilo invisible, caliente, eterno. Cuando levantó la cabeza, labios rojos de su sangre, se inclinó y la besó.

El beso fue hambre y hierro y nieve. Sus bocas se abrieron, lenguas enredadas, dientes rozando. Algo ardiente nació en los labios de Petra, una marca que quemaba sin consumir, un sello de fuego bajo la piel. Cuando se separaron, ella sabía que estaba ahí: un brillo rojizo apenas visible, eterno.

—Cada luna llena —prometió él, voz ronca contra su boca—. Volveré. Te follaré en esta nieve, en esa cama, contra cualquier pared. Y tú me llamarás cuando te arda esta marca.

Petra sonrió, satisfecha, los labios hinchados y marcados, la sangre todavía tibia en el cuello. Eligió. Eligió la maldición del placer eterno, el frío de su cuerpo, la sed que ahora compartían. Afuera, bajo la luna, la nieve que caía empezó a teñirse de un rojo sobrenatural, como si el jardín mismo sangrara de deseo. Gotas carmesí se posaban en su pecho desnudo, en el cabello de él, en la piedra.

Nikolai la folló una última vez hasta corrérsele otra vez dentro, hasta que ella gritó su nombre al cielo negro. Después la envolvió otra vez en la capa y la llevó dentro, justo cuando el horizonte empezaba a grisar. El sol lo empujaría pronto a la oscuridad de la cripta, pero no importaba.

Petra se quedó en el umbral, mirando la nieve roja que aún caía. Tocó la marca ardiente de sus labios con la yema del dedo y sonrió más oscuro. Ya estaba planeando. La próxima luna llena no bastaría. Prepararía un ritual más fuerte, uno que lo atara más horas, que le permitiera invocar su sombra incluso en noches sin luna. Buscaría en el grimorio la página que había sellado años atrás. Haría que la casa entera oliera a mirra y a su semen. Y cuando él apareciera, lo esperaría desnuda en la nieve, con las piernas abiertas y la marca brillando, lista para que la destrozara otra vez.

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