El Último Baile en la Suite 13
La historiadora de 32 años Selena se folla con salvaje deseo al vampiro Victor en la Suite 13 y elige la inmortalidad entre sus brazos.
La noche envolvía la mansión colonial abandonada como un amante posesivo. Selena, historiadora de treinta y dos años, detuvo su vehículo al pie de la colina y respiró hondo antes de bajar. Llevaba meses obsesionada con las crónicas que mencionaban la Suite 13, el lugar donde, según los documentos que había desenterrado en archivos polvorientos, el vampiro Victor había sido condenado a vagar eternamente tras una traición en el siglo XVIII. Su cuerpo, curvilíneo y maduro, se movía con determinación bajo la blusa ceñida y los pantalones oscuros que marcaban sus caderas anchas y sus muslos firmes. Entre sus piernas ya sentía un calor traicionero, una humedad que la avergonzaba y excitaba al mismo tiempo.
Empujó la puerta principal. El interior olía a cera antigua, madera podrida y rosas muertas. Subió las escaleras con la linterna temblando en su mano. Al llegar al pasillo del segundo piso, la puerta de la Suite 13 la esperaba como una boca abierta. La abrió.
Dentro, la oscuridad era absoluta. Entonces, una tras otra, las velas de los candelabros se encendieron solas con una llama azulada que rápidamente se volvió dorada. La suite se reveló en todo su esplendor decadente: cortinajes de terciopelo rojo raído, una cama con dosel enorme, espejos empañados por el tiempo y una chimenea fría. El corazón de Selena latió con fuerza. Un escalofrío le recorrió la espalda y se instaló directamente en su coño, que se contrajo con anticipación.
—Selena… —susurró una voz grave, seductora, que parecía surgir de todas las sombras a la vez. Era como terciopelo negro deslizándose sobre su clítoris.
De la esquina más oscura surgió él. Victor. Imponente, eterno. Medía más de un metro ochenta, con hombros anchos y un torso esculpido que se adivinaba bajo la camisa de lino blanco abierta hasta el ombligo. Su piel era de un pálido lunar, su cabello negro caía en ondas salvajes sobre unos ojos carmesí que brillaban con hambre acumulada durante siglos. La mandíbula marcada, los labios llenos y aquellos colmillos apenas visibles le daban un aspecto aristocrático y brutal al mismo tiempo.
—Llevo más de doscientos años esperando a alguien que no huya —dijo él, dando un paso lento. Su voz resonaba en el pecho de Selena—. Mujeres mortales han entrado aquí temblando de terror. Tú… tú estás mojada. Puedo olerlo desde aquí.
Selena tragó saliva. Sus pezones se habían puesto duros como guijarros y rozaban la tela de la blusa. A sus treinta y dos años había follado lo suficiente para reconocer el deseo crudo cuando la golpeaba en la cara. Y este deseo era antiguo, oscuro y mutuo.
—He soñado contigo —confesó ella con la voz ronca—. No con tu nombre, pero sí con esto. Con un ser que me quite el aliento, que me folle sin piedad y me ofrezca la eternidad. No tengo miedo, Victor. Estoy empapada solo de mirarte.
Él sonrió, una curva lenta y peligrosa de labios. Se acercó hasta quedar a un palmo de ella, pero sin tocarla. El calor de la piel de Selena contrastaba con el frío que emanaba de él.
—Puedo darte placeres que ningún hombre vivo podría siquiera imaginar. Cada caricia será fuego eterno. Cada embestida, una promesa de inmortalidad. Pero debes elegirlo tú, Selena. Bésame. Ofréceme ese cuello suave y ese coño caliente que ya palpita por mí.
Ella no esperó. Dio el paso que los separaba y lo besó con hambre salvaje. Su boca era fría al principio, pero se calentó con el roce de sus lenguas. Selena gimió dentro del beso, metiendo las manos bajo la camisa de él para arañar la piel marmórea de su pecho. Cuando separó sus labios, inclinó la cabeza hacia un lado y expuso la curva de su cuello.
—Tómame —suplicó, y su voz sonó desesperada y feliz—. Bebe. Fóllame. Quiero sentirte dentro de cada parte de mí. Mi cuello, mi coño, mi garganta… todo es tuyo si me das la eternidad.
El control de Victor se quebró como cristal. Con un gruñido animal la empujó contra la pared. Sus manos rasgaron la blusa con facilidad inhumana; los botones saltaron y los pechos pesados de Selena quedaron expuestos, pezones oscuros y erectos. Bajó los pantalones de un tirón junto con las bragas, dejando su coño completamente desnudo, los labios hinchados y brillantes de excitación. La verga de Victor saltó libre: gruesa, venosa, con una cabeza morada y brillante que goteaba. Medía más de veintidós centímetros y palpitaba con necesidad acumulada durante décadas.
La levantó como si no pesara nada, le abrió las piernas y la empaló contra la pared en un solo golpe brutal. La polla de Victor la abrió por completo, estirando sus paredes hasta el límite. Selena gritó de placer puro.
—¡Sí! ¡Joder, qué gruesa! —jadeó, clavándole las uñas en los hombros.
Él comenzó a follarla con embestidas salvajes, profundas, haciendo que sus bolas pesadas golpearan contra su culo con cada subida. Las velas parpadeaban, proyectando sus sombras retorcidas y obscenas en las paredes. Victor hundió los colmillos en el cuello de ella. En lugar de dolor, un placer cegador la atravesó. Era como si cada terminación nerviosa explotara en orgasmos simultáneos. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga invasora y se corrió con un chillido largo y gutural, empapando la polla y los muslos de ambos.
—Tu sangre sabe a pecado y deseo —gruñó Victor contra su cuello, lamiendo la herida que ya no dolía, solo ardía de placer—. Has elegido esto, Selena. Una mortal que se moja por un monstruo. Me vuelves loco.
Sin salir de ella, la llevó hasta la cama antigua y la arrojó sobre el colchón. La puso a cuatro patas, levantó su culo redondo y la montó como un animal. Las embestidas eran brutales, rápidas, haciendo que la cama crujiera y que los pechos de Selena se bambolearan con cada golpe. Él le dio una palmada sonora en una nalga, luego en la otra, no para castigar sino para hacerla gritar más fuerte de gusto.
—¡Más duro, Victor! ¡Rómpeme el coño! —suplicaba ella, empujando hacia atrás como una puta desesperada—. ¡Quiero sentirte mañana todavía!
Victor gruñó, le agarró el cabello y tiró de su cabeza hacia atrás mientras la taladraba sin piedad. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo de aquel coño empapado llenaba la suite. Selena se corrió otra vez, chillando su nombre, las paredes vaginales ordeñando la polla gruesa.
Él se retiró, se sentó en el borde de la cama y la miró con ojos llameantes.
—Chúpamela. Hasta el fondo. Quiero follar esa garganta bonita que tanto habla de deseo.
Selena se arrodilló entre sus piernas abiertas, tomó aquella verga brillante con ambas manos y la lamió desde las bolas pesadas hasta la punta, saboreando su propia corrida mezclada con el sabor almizclado de él. Luego abrió la boca al máximo y se la tragó. La cabeza gruesa entró en su garganta, cortándole el aire. Victor le sujetó la cabeza con ambas manos y comenzó a follarle la boca con movimientos controlados pero profundos. Las lágrimas corrían por las mejillas de Selena, pero sus ojos brillaban de placer. Su mano derecha bajó entre sus propios muslos y se frotó el clítoris hinchado mientras él le follaba la garganta con golpes cada vez más salvajes.
—Así… buena puta inmortal —jadeaba él—. Trágatela toda. Siente cómo palpita para ti.
Cuando ya no pudo más, Victor la levantó, la tiró de espaldas sobre la cama y se colocó entre sus piernas abiertas. La penetró en misionero intenso, mirándola directamente a los ojos. Sus cuerpos se pegaron, sudorosos y febriles. Él bajó la cabeza y chupó con fuerza uno de sus pezones mientras sus caderas golpeaban sin descanso. El coño de Selena producía sonidos mojados y obscenos con cada embestida.
—Córrete dentro de mí —le rogó ella, rodeándole la cintura con las piernas—. Lléname. Dame tu semen eterno.
Ambos llegaron al clímax al mismo tiempo. El grito de Selena fue sobrenatural, largo, desgarrado. Su coño convulsionó con tanta fuerza que Victor rugió, enterrándose hasta el fondo y descargando chorros espesos y fríos dentro de ella. El placer fue tan intenso que las velas temblaron y varias se apagaron.
El amanecer comenzaba a filtrarse débilmente por las cortinas cuando Selena abrió los ojos. La mordida en su cuello latía con un placer constante, como un segundo corazón. Se sentía más fuerte, más viva. Sus sentidos eran afilados; podía oír el latido de un ratón en las paredes. La inmortalidad ya corría por sus venas.
—Elijo quedarme —dijo, mirándolo con ojos brillantes—. Para siempre. Como tu compañera. Como tu puta eterna si eso es lo que quieres.
Victor la levantó con ternura y posesión. Una melodía lenta, un vals antiguo y melancólico, comenzó a sonar desde ninguna parte. Desnudos, con los fluidos de ambos todavía brillando en sus muslos y en la verga semierecta de él, empezaron a bailar en el centro de la Suite 13. Los pechos de Selena se aplastaban contra el torso frío de Victor. Su polla rozaba el vientre de ella con cada giro, endureciéndose de nuevo. Las manos de él bajaron hasta sus nalgas, apretándolas mientras giraban lentamente.
El placer de la transformación era constante, pero bajo ese placer Selena sintió algo más: un hambre nueva, oscura, que despertaba en su garganta y en su estómago. Victor lo notó. Sus ojos carmesí se ensombrecieron mientras seguían bailando, cuerpos pegados, respiraciones mezcladas aunque él no necesitara respirar.
—Has elegido la inmortalidad entre mis brazos, mi Selena —susurró contra su oído, mordisqueando el lóbulo—. Pero la eternidad no es solo placer. Esta mansión guarda otras sombras que no desean que te quedes a mi lado. Mañana, cuando caiga la noche otra vez, esa hambre pedirá ser saciada… y no todo lo que vive aquí te dejará hacerlo fácilmente.
Sus cuerpos continuaron girando en el baile lento, la verga de Victor ya completamente dura y presionando contra el monte de Venus de ella, el coño de Selena dejando un rastro húmedo en el muslo de él. El placer y la amenaza se entrelazaban en cada paso. Las últimas velas parpadeaban, amenazando con dejarlos en completa oscuridad mientras el pacto quedaba suspendido en el aire, incompleto, cargado de promesas y peligros que aún estaban por llegar.
La melodía del vals se enredaba alrededor de sus cuerpos desnudos como hilos de seda negra, y Selena apretó sus pechos pesados contra el torso marmóreo de Victor, sintiendo cómo la cabeza gruesa de su polla se deslizaba entre los labios hinchados de su coño con cada giro lento. A sus treinta y dos años, como historiadora que había dedicado su vida a desenterrar secretos prohibidos, nunca imaginó que la eternidad comenzaría así: empapada, jadeante y dispuesta a que un vampiro la partiera en dos mientras bailaban. El frío de la piel de él contrastaba con el fuego que la mordida había encendido en sus venas; cada roce hacía que su clítoris palpitara como un segundo corazón.
—Sigue bailando… y fóllame al mismo tiempo —susurró ella contra su cuello, mordisqueando la piel pálida sin miedo—. Quiero sentirte dentro mientras giramos. Mi coño ya chorrea por ti, Victor. ¿Lo hueles?
Él respondió con un gruñido gutural que vibró en el pecho de Selena. Sus manos grandes bajaron hasta sus nalgas anchas, las separaron y la levantó apenas lo suficiente para alinear su verga venosa de más de veintidós centímetros. Sin romper el compás del vals, la bajó sobre sí mismo. La polla entró de golpe, abriéndola hasta el fondo, estirando sus paredes calientes y resbaladizas con una presión brutal que la hizo gritar de puro gusto.
—Joder, Selena… tu coño inmortal ya me aprieta como si quisiera ordeñarme —jadeó él, girando con ella empalada, sus bolas pesadas balanceándose y golpeando contra la curva de su culo con cada paso—. Estás hecha para esto. Para mí.
Selena echó la cabeza hacia atrás, sus pezones oscuros rozando el pecho frío de Victor mientras la melodía los hacía girar más rápido. Sentía cada centímetro de aquella verga gruesa frotando su punto más sensible por dentro. El placer de la transformación multiplicaba todo: el roce de sus muslos contra los de él, el olor almizclado de su propia corrida que ya les bajaba por las piernas, el latido de su clítoris hinchado aplastado contra la base de la polla. «Esto es lo que elegí —pensó ella, clavándole las uñas en los hombros anchos—. No una vida mortal y vacía. Quiero que me destroce el coño por toda la eternidad.»
El baile se volvió obsceno. Victor dejó de fingir elegancia y empezó a embestir hacia arriba con fuerza inhumana mientras seguían girando. Cada golpe levantaba a Selena del suelo por un segundo, solo para bajarla con violencia sobre su polla. Los sonidos húmedos, carnales, llenaban la Suite 13: el chapoteo de su coño empapado tragándose aquella verga gruesa, los gemidos roncos de ella, el crujido de la madera antigua bajo sus pies descalzos. Las últimas velas parpadeaban, proyectando sombras de sus cuerpos entrelazados que parecían follar también en las paredes.
—Más fuerte… ¡rómpeme mientras bailamos! —suplicó Selena, rodeándole el cuello con los brazos. Sus tetas rebotaban con cada impacto, sudorosas y pesadas—. Quiero correrme así, colgada de tu polla como tu puta eterna.
Victor aceleró, convirtiendo el vals en un ritmo brutal y sincopado. La levantó completamente, sin salir de ella, y la llevó hasta la cama sin dejar de penetrarla. La arrojó de espaldas sobre el colchón deshecho, pero no se separó. Sus caderas no dejaron de bombear, follando con salvajismo ahora que el baile había terminado. El dosel de la cama temblaba. Selena abrió las piernas al máximo, ofreciéndole todo: su coño rojo e hinchado, su culo que se contraía con cada embestida, su cuello marcado por los colmillos que aún latía de placer.
Él bajó la cabeza y lamió la herida de la mordida, enviando nuevas oleadas de éxtasis directo a su clítoris. Luego le chupó un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes mientras su polla la taladraba sin piedad.
—Eres mía, Selena. Tu coño, tu sangre, tu alma inmortal… todo mío —gruñó contra su piel, acelerando hasta que el sonido de sus cuerpos chocando se volvió ensordecedor.
Ella se corrió con un alarido que hizo temblar los cristales empañados de los espejos. Su coño convulsionó violentamente, ordeñando la verga gruesa con espasmos tan intensos que Victor rugió. Pero él no se corrió todavía. Se retiró de golpe, dejando su coño abierto y goteando, y la puso de rodillas al borde de la cama. La penetró desde atrás con un solo golpe brutal, agarrándola del cabello oscuro y tirando de su cabeza hacia atrás como si fueran las riendas de una yegua salvaje.
—Otra vez —ordenó—. Córrete en mi polla mientras te lleno.
Selena empujaba hacia atrás como una desesperada, sus nalgas chocando contra las caderas pálidas de él. Sentía cómo la verga llegaba más profundo en esta posición, golpeando su cervix con cada embestida. El placer era casi doloroso, magnificado por la sangre vampírica que corría por sus venas. Su clítoris palpitaba sin que nadie lo tocara. Se corrió por segunda vez, chillando su nombre, los jugos salpicando los muslos de Victor y el suelo de madera.
Él la levantó de nuevo, sentándose en el borde de la cama y colocándola encima a horcajadas. Selena no esperó. Agarró aquella polla brillante, empapada de su propia corrida, y se empaló hasta el fondo con un gemido largo y gutural. Empezó a cabalgarlo con furia, sus tetas bamboleándose delante de la cara de Victor, quien las atrapó con la boca y las chupó con avidez, mordiendo los pezones erectos mientras ella subía y bajaba como poseída.
—Así… móntame, mi historiadora convertida en zorra inmortal —jadeó él, agarrando sus caderas anchas y ayudándola a bajar con más fuerza—. Siente cómo te parto en dos. Este coño ya no pertenece al mundo mortal.
Selena sentía que su mente se deshacía. El hambre nueva en su garganta crecía, pero el placer la ahogaba. Cabalgaba más rápido, girando las caderas para que la cabeza gruesa frotara cada rincón sensible dentro de ella. Sus jugos caían por la polla de Victor, mojando sus bolas pesadas. «Nunca volveré atrás —pensó, perdida en el éxtasis—. Que vengan las sombras. Que vengan todos. Mientras pueda follarme a este monstruo cada noche, acepto la oscuridad.»
Victor sintió que ya no podía contenerse. La tomó por la cintura, la levantó y la dejó caer con fuerza brutal una y otra vez, follándola desde abajo con embestidas salvajes. Sus miradas se encontraron: ojos carmesí contra los de ella, ahora con un brillo rojizo naciente. Llegaron juntos. Selena gritó su orgasmo final, un sonido sobrenatural que hizo que las últimas velas se apagaran de golpe. Su coño se contrajo con tanta fuerza que Victor rugió, enterrándose hasta los huevos y descargando chorros espesos, fríos y abundantes de semen vampírico dentro de ella. El placer fue tan intenso que las cortinas se agitaron como si manos invisibles las sacudieran.
Se derrumbaron sobre la cama, todavía unidos, la polla de Victor palpitando dentro del coño rebosante de Selena. Los fluidos de ambos se mezclaban y goteaban sobre las sábanas antiguas. Durante largos minutos solo se oyó su respiración agitada —la de ella— y el silencio eterno de él. La Suite 13 quedó en completa oscuridad, salvo por la débil luz del amanecer que se filtraba como un intruso.
Victor la abrazó con posesión tierna, besando la mordida de su cuello.
—Ahora eres mía para siempre, mi Selena. Juntos enfrentaremos las sombras que acechan esta mansión.
Selena sonrió en la penumbra, acariciando el pecho frío de él con dedos perezosos. Su cuerpo se sentía más poderoso, más vivo que nunca. El hambre crecía, sí, pero también un conocimiento secreto que no compartiría todavía. Victor ignoraba que ella, desde el principio, había descubierto en aquellos archivos polvorientos algo que él mismo había olvidado: su linaje. Selena era la última descendiente directa de la amante que lo traicionó en el siglo XVIII. Había llegado a la Suite 13 no solo por deseo, sino para cerrar un ciclo de venganza. Sin embargo, al probar su sangre y su polla, había elegido el placer y la eternidad en sus brazos. Guardaría ese secreto en lo más profundo de su nueva naturaleza inmortal… al menos hasta que las sombras decidieran cobrar su precio. El último baile había terminado, pero la verdadera noche apenas comenzaba.
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