Regreso a Tus Labios en el Stockroom
Chloe, de 32 años, y Trent, de 34, se besan y follan con pasión en el stockroom de la tienda de vestidos cuando ella regresa para la boda de
Chloe empujó la puerta de cristal de la boutique y el timbre de entrada sonó igual que hacía doce años. Treinta y dos años, maleta de fin de semana y un nudo en el pecho que no lograba desatar desde que el avión tocó pista. Había vuelto solo por Aisha, su mejor amiga, cuya boda era en tres días, y porque alguien tenía que recoger el vestido de novia antes de que lo enviaran a la costurera equivocada. No esperaba encontrarlo a él detrás del mostrador.
Trent levantó la vista. Treinta y cuatro años, hombros más anchos, barba de tres días y esa misma mirada oscura que le había robado el aliento a los diecinueve. Dueño del local ahora, según le había contado Aisha en un mensaje apresurado. El aire se espesó entre ellos.
—Chloe —dijo él, y su voz salió ronca, como si no la hubiera usado en meses—. Pensé que vendría tu madre.
—Cambié el vuelo. Quería ver el vestido yo misma.
Se miraron demasiado tiempo. Él rodeó el mostrador y ella notó la forma en que su camisa blanca se ceñía al pecho. El olor a madera y lavanda del stockroom ya se filtraba por la puerta entreabierta del fondo.
—Está en cajas todavía. La última entrega llegó esta mañana y no he terminado de organizar. Si quieres… podemos bajar juntos. Hay que colocar las cajas de tul y el velo antes de que se arruguen.
Chloe asintió. El corazón le golpeaba las costillas. Bajaron la estrecha escalera de metal. El stockroom olía a cartón nuevo y a perfume barato de muestra. Estantes hasta el techo, una mesa de trabajo cubierta de rollos de cinta y una silla vieja. Trent encendió la luz fluorescente y el zumbido llenó el silencio.
—Hace años que no bajo aquí contigo —murmuró ella, y se odió un poco por lo tembloroso que sonó.
Él abrió la primera caja. —Yo tampoco. Después de que te mudaste… dejé de bajar casi. Prefería quedarme arriba.
Sus dedos rozaron al sacar un vestido envuelto en papel de seda. Chloe sintió el calor de su antebrazo. Levantó la vista y se encontraron. Doce años de distancia comprimidos en un segundo.
—Te extrañé —confesó ella en voz baja, casi un soplo—. Cada puto día los primeros meses. Después aprendí a fingir que no.
Trent dejó la caja. Se quedó mirándola, la mandíbula tensa.
—Yo también. Llamaba a tu número viejo a las tres de la mañana solo para oír el buzón. Nunca dejé el mensaje. Tenía miedo de que colgaras.
Organizaron en silencio denso. Ella pasaba cajas; él las apilaba. Cada vez que se inclinaban, sus hombros se rozaban. Chloe sentía el olor de su colonia, el calor que emanaba de su cuerpo. Cuando estiró el brazo para acomodar un rollo de tela, su pecho rozó deliberadamente la mano de Trent apoyada en el estante. Él no se apartó. Sus dedos se cerraron suavemente alrededor de su cintura, apenas un ancla.
—Nunca dejé de desearte —susurró contra su oreja, la voz grave y caliente—. Ni un solo día. Me acostaba pensando en tu boca y me despertaba duro y jodidamente solo.
Chloe giró entre sus brazos. Estaban tan cerca que sentía la respiración de él en los labios.
—Quiero esto —dijo ella, clara, sin temblor ahora—. Te elijo ahora. Sin dramas de juventud, sin “qué dirán”. Solo tú y yo en este puto almacén. ¿Lo quieres también?
—Joder, sí. Más que nada.
La boca de Trent cayó sobre la suya con hambre contenida. Labios abiertos, lengua profunda, un gemido bajo que vibró en la garganta de ella. Chloe se aferró a su camisa y tiró. El beso sabía a café y a años perdidos. Él la empujó contra el estante; cajas temblaron. Sus manos bajaron a su culo, la alzaron un poco y ella enredó una pierna alrededor de su cadera. Se frotó contra la erección dura que ya le tensaba los pantalones.
Se separaron solo para respirar. Chloe bajó la mirada, luego los dedos. Se arrodilló sobre el suelo de concreto frío. Desabrochó el cinturón de Trent con prisa torpe, bajó la cremallera y liberó su polla gruesa, caliente, ya goteando por la punta. Lo miró a los ojos mientras la rodeaba con la mano y se la llevaba a la boca.
—Mírame —rogó él, voz rota.
Ella chupó despacio primero, saboreando la sal, la textura. Luego se la tragó más profundo, mejillas hundidas, lengua trabajando la vena inferior. Trent gruñó y le sujetó el pelo con suavidad, sin forzar. Chloe gemía alrededor de su longitud, saliva corriendo por la comisura, mirándolo sin parpadear. Quería que viera lo mucho que lo había echado de menos con cada lamida.
Él la levantó de pronto, la sentó en la mesa de trabajo y le levantó la falda. Le bajó las bragas negras de un tirón y se arrodilló entre sus muslos. La primera lengüetada en su coño ya mojado la hizo arquearse.
—Trent… joder…
Él comió con devoción: lengua ancha lamiendo de abajo arriba, chupando el clítoris, dos dedos curvados dentro de ella mientras ella se agitaba y sujetaba su cabeza. Las piernas de Chloe temblaban. El orgasmo la golpeó rápido, húmedo, un grito ahogado contra su propio brazo. Él no paró hasta que ella lo empujó, temblando.
Trent se puso de pie, se limpio la boca con el dorso de la mano y la besó para que ella saboreara su propio sabor. Alineó la polla y entró de un solo empujón profundo. Chloe gimió contra su boca. Estaba tan mojada que se deslizó hasta el fondo de inmediato. Él folló despacio al principio, embestidas largas y profundas, frente con frente, besándola sin parar: labios, mandíbula, cuello.
—Te quiero —confesó él contra su piel—. Siempre te quise. Nunca se me fue.
—Yo también —jadeó ella—. Te quiero, Trent. No pares.
La giró. Chloe se apoyó en los antebrazos sobre la mesa, culo en alto. Él entró por detrás de un solo movimiento y le sujetó el pelo con esa suavidad consentida que ella amaba: tirón justo lo bastante firme para arquearle el cuello, nunca doloroso. La folló más duro, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el stockroom, cajas crujiendo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.
—Dime que eres mía —gruñó él.
—Soy tuya. Siempre lo fui. Córrete dentro, por favor…
Las confesiones se mezclaron con gemidos. Trent metió la mano por delante y le frotó el clítoris al ritmo de las embestidas. Chloe se corrió otra vez, apretándolo con fuerza, y él la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella con un gemido largo y roto que sonó casi a sollozo. Se quedaron unidos, temblando, sudorosos, respirando el mismo aire denso.
Después del orgasmo, Trent se retiró con cuidado, la giró y la abrazó contra su pecho desnudo —se había quitado la camisa en algún momento del frenesí—. Le besó los labios con una ternura que contrastaba con la fuerza de minutos atrás. Le acarició el pelo húmedo de sudor.
—Esta vez no pienso dejarte ir —dijo contra su boca—. Ni mañana ni el día de la boda ni cuando te subas al avión. Quédate. Sé mi pareja. Oficialmente. Quiero despertar contigo y pelear por tonterías y follarte en cada rincón de esta tienda si hace falta.
Chloe sonrió, todavía con las piernas flojas, el corazón latiéndole desbocado contra el suyo. Asintió, le besó el pecho justo encima del pezón y susurró:
—Acepto. Soy tuya. Pero hay una cosa… Aisha no sabe nada de esto. Y el ensayo de la boda es mañana por la noche. Si entramos juntos, si nos miramos así delante de todo el mundo…
Trent le sujetó la cara entre las manos, la miró con esa intensidad que siempre la había desarmado.
—Entonces mañana por la noche decidimos cómo lo contamos. O cómo lo escondemos un poco más. Pero esta noche… esta noche solo somos tú y yo. Y no he terminado de demostrarte cuánto te eché de menos.
La volvió a besar, lento, profundo, mientras afuera la campanilla de la tienda sonaba de nuevo y alguien gritaba su nombre desde arriba. Ninguno de los dos se movió. El reencuentro apenas empezaba, y el stockroom todavía olía a sexo y a segunda oportunidad.
La campanilla de arriba sonó otra vez y la voz de una clienta gritaba el nombre de Trent con impaciencia. Ninguno se movió. Chloe tenía la mejilla pegada al pecho sudoroso de él, escuchando el latido irregular, y la polla de Trent, todavía semidura y resbaladiza de semen y de ella, rozaba su muslo. Él le besó la sien.
—Que espere —murmuró contra su pelo—. No he terminado contigo.
Chloe levantó la cara. Los labios hinchados, las pupilas dilatadas. Doce años y seguía mirándola como si fuera la única persona capaz de respirar. Se puso de puntillas y le mordió el labio inferior, suave al principio, luego con ganas de marcar.
—Entonces demuéstramelo otra vez. Aquí. Ahora. Antes de que suba esa mujer y nos encuentre con tu leche escurriéndome por las piernas.
Trent gruñó. La levantó como si no pesara y la sentó otra vez en la mesa de trabajo. El metal frío le contrajo la piel del culo. Él se abrió paso entre sus rodillas, la camisa ya tirada en el suelo, el pantalón aún abierto y caído a media cadera. Chloe le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo. La punta de la polla se deslizó por su coño hinchado, empujando apenas, y ella gimió bajo.
—Estás empapada de mí —dijo él, voz ronca—. Me encanta. Quiero metértela otra vez y sentirte temblar.
—Métela. Joder, Trent, no juegues.
Entró de un solo empujón profundo. Chloe arqueó la espalda y clavó las uñas en sus hombros. Estaba tan sensible después del primer orgasmo que cada centímetro se sentía enorme, caliente, inevitable. Trent no se movió al principio. Se quedó enterrado hasta las bolas, frente con frente, respirando el mismo aire denso a cartón y sexo. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Te soñé así mil veces. Con las piernas abiertas en esta puta mesa, mirándome como si no hubiera pasado ni un día. Cada vez que bajaba a organizar cajas me tocaba solo y pensaba en tu coño apretándome.
—Cállate y fóllame —jadeó ella, pero la voz le tembló de emoción—. Dímelo mientras me la metes. Quiero oírlo.
Empezó a moverse. Embestidas largas, lentas, sacando casi toda la longitud y volviendo a hundirse hasta el fondo. El sonido húmedo llenó el stockroom. Chloe se agarró al borde de la mesa. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. Él le levantó la camiseta y se la sacó por la cabeza, luego le bajó el sujetador y se inclinó a chupar un pezón. Lengua caliente, dientes suaves. Chloe se arqueó más, empujando el pecho contra su boca.
—Más duro —pidió—. Quiero sentirte mañana cuando camine en el ensayo.
Trent obedeció. Aceleró el ritmo. Manos en su cintura, dedos hundidos en la carne blanda de sus caderas. La mesa crujía. Una caja de tul cayó al suelo con un ruido sordo. Él no paró. Chloe rodeó su cuello con los brazos y lo besó con lengua profunda, saboreando el café y el resto de ella en su boca. Se frotaba el clítoris contra el hueso de la pelvis de él cada vez que entraba del todo.
—Te quiero dentro —susurró contra sus labios—. Quiero que me dejes llena otra vez. Que se me escurra mientras Aisha prueba el vestido y yo sonrío como si no me hubieras destrozado el coño hace diez minutos.
—Joder, Chloe…
La giró sin sacarla del todo. Chloe quedó de pie, inclinada sobre la mesa, culo en alto, mejillas abiertas por las manos grandes de Trent. Él entró de nuevo de un solo golpe y empezó a follarla con fuerza. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, rápido. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, los pechos aplastados contra la madera, el pelo pegado a la nuca sudorosa.
—Dime que me extrañaste tanto como yo a ti —gruñó él, tirándole del pelo con esa suavidad exacta que ella amaba, arqueándole el cuello.
—Más —jadeó Chloe—. Me corrí pensando en ti durante años. Con los dedos, con juguetes, con el recuerdo de cómo me follabas a los diecinueve. Nunca se me fue. Nunca.
Trent metió la mano por delante y le frotó el clítoris con dos dedos firmes, al ritmo de las embestidas. Chloe se corrió de golpe, un grito roto que intentó ahogar contra el antebrazo. El coño le palpitaba alrededor de la polla de él, apretando, succionando. Trent maldijo y siguió follándola a través del orgasmo, más lento ahora, profundo, sintiendo cada contracción.
Cuando ella dejó de temblar, él se retiró. Chloe se giró, jadeante, las piernas flojas. Se arrodilló otra vez sobre el concreto frío sin que él se lo pidiera. Le rodeó la polla brillante de sus jugos con las dos manos y se la llevó a la boca. Chupó con hambre, saboreando el sabor mezclado, lengua plana lamiendo desde las bolas hasta la punta, metiéndose la cabeza gorda hasta la garganta. Trent le sujetó el pelo con ambas manos, sin forzar, solo anclándola.
—Mírame mientras me la chupas —rogó—. Quiero grabarme esta imagen para siempre.
Ella lo miró. Ojos húmedos, labios estirados alrededor de su grosor, saliva corriendo por la barbilla. Movía la cabeza adelante y atrás, mejillas hundidas, gimiendo alrededor de la carne caliente. Trent le acarició la mandíbula con el pulgar.
—Voy a correrme otra vez. ¿Dónde lo quieres?
Chloe se la sacó de la boca con un pop húmedo.
—Dentro. Otra vez. Quiero sentirte gotearme todo el puto día.
Él la levantó, la sentó de nuevo en la mesa y entró de un empujón. Esta vez folló con urgencia, casi desesperado. Chloe le mordió el hombro para no gritar. Las confesiones salían entre jadeos:
—Quédate después de la boda.
—Sí.
—Vente a vivir conmigo. Arriba hay un piso.
—Sí, joder, sí.
—Quiero despertarme y metértela antes de abrir la tienda.
—Hazlo. Hazlo siempre.
El segundo orgasmo de Chloe llegó más lento, más profundo, una ola que le recorrió desde el coño hasta la nuca. Se aferró a él y se corrió con un gemido largo y roto contra su cuello. Trent la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo, las caderas temblando mientras se derramaba dentro de ella otra vez. Gemido bajo, casi un sollozo. Se quedaron abrazados, unidos, sudorosos, el corazón latiéndoles a destiempo.
La clienta de arriba volvió a gritar. Trent soltó una risa ronca contra el pelo de Chloe.
—Voy a tener que subir antes de que baje.
—Cinco minutos más —pidió ella, besándole el pecho, lamiendo el sudor salado—. Solo cinco. Quiero que me limpies con la lengua otra vez. Quiero sentir tu boca en mi coño lleno de ti.
Él se arrodilló sin dudar. Le abrió las piernas y lamió despacio, lengua ancha recogiendo el semen que se le escapaba, chupando el clítoris hinchado hasta que Chloe se retorció y le sujetó la cabeza con las dos manos. Ella se corrió una tercera vez, más suave, temblando, lágrimas de alivio en las comisuras de los ojos. Trent se levantó, le besó la boca para que ella saboreara la mezcla, y le acarició la cara.
—Esta noche vuelvo a tu hotel —dijo—. O tú te quedas aquí. No me importa. Pero no pienso dejarte sola con todo esto dando vueltas en la cabeza. Mañana el ensayo. Aisha. El vestido. Todo el mundo mirándonos. Y yo quiero tocarte debajo de la mesa si hace falta.
Chloe sonrió, exhausta, feliz de una forma que le dolía el pecho.
—Entonces ven al hotel. Trae vino. Y no te pongas ropa interior. Quiero chupártela otra vez antes de dormirme.
Se vistieron con torpeza, riendo bajito cada vez que se tropezaban. Chloe se subió las bragas sin limpiarse del todo; sentía el semen resbalarle por el muslo interno y le gustaba. Trent le abrochó el sujetador por detrás y le besó la nuca.
—Te quiero —repitió, más bajo, más serio—. No como a los diecinueve. Como ahora. Como un puto adulto que sabe lo que pierde si te deja subir a ese avión.
Ella se giró entre sus brazos y le acarició la barba de tres días.
—Yo también. Y eso me aterra un poco. Porque Aisha va a flipar. Porque mi madre. Porque la vida que dejé. Pero te elijo igual.
La campanilla sonó por tercera vez. Trent le dio un último beso lento, profundo, y le apretó el culo con posesión.
—Subo. Tú espérame aquí cinco minutos más. Cuando baje… quiero verte otra vez con las piernas abiertas. Solo un poco más. Antes de que el mundo de arriba nos reclame.
Chloe asintió, el corazón desbocado, las piernas aún flojas, el stockroom oliendo a ellos dos y a segunda oportunidad a medio empezar. Escuchó los pasos de Trent subir la escalera de metal y la voz educada que usaba con las clientas. Se quedó sentada en la mesa, falda todavía arremangada, dedos trazando círculos lentos sobre su propio muslo marcado por las manos de él. Mañana el ensayo. Mañana Aisha. Mañana tendrían que mirarse a la cara delante de todo el mundo y decidir cuánto esconder y cuánto mostrar.
Pero ahora, en la penumbra del almacén, Chloe solo pensaba en la puerta, en los pasos que volverían a bajar, y en cómo iba a abrirse otra vez para él sin vergüenza ninguna.
Chloe se quedó sentada en la mesa de trabajo con las piernas abiertas, exactamente como él le había pedido. La falda arremangada hasta la cintura, las bragas negras tiradas a un lado, el semen de Trent todavía caliente resbalándole por el muslo interno hasta el borde de la mesa. Cada gota le recordaba que lo había elegido otra vez, que doce años no habían borrado nada. Escuchaba los pasos de él arriba, la voz educada y profesional que usaba con las clientas, el tintineo de la campanilla cuando la mujer se iba por fin. El corazón le latía en la garganta. Quería más. Quería que bajara y la destrozara otra vez antes de que el mundo de arriba los reclamara del todo.
Los pasos metálicos de la escalera la hicieron arquearse solo de oírlos. Trent apareció en el umbral sin camisa, el pantalón abrochado a medias, la boca todavía roja de sus besos. La miró y se le endureció la polla al instante al verla así: abierta, marcada, esperándolo.
—Joder, Chloe —gruñó, cerrando la puerta del stockroom y echando el pestillo por dentro—. Así. Exactamente así. No te muevas.
Se acercó entre sus rodillas abiertas. Le agarró los muslos con las dos manos y los abrió más, mirando su coño hinchado, brillante de jugos y semen. Se arrodilló sin dudar y le pasó la lengua de abajo arriba, lenta, recolectando todo lo que se le escapaba. Chloe se arqueó y le clavó los dedos en el pelo.
—Trent… puta madre…
—Sabe a nosotros —murmuró él contra su coño—. A ti y a mí. No voy a dejar ni una gota. Quiero que bajes al ensayo mañana sintiéndote vacía y llena a la vez, sabiendo que te he chupado limpia y luego te he vuelto a llenar.
Lamió con hambre, lengua ancha, chupando el clítoris hinchado hasta que ella tembló. Metió dos dedos y los curvó, buscó ese punto exacto y lo frotó mientras chupaba. Chloe se corrió en su boca con un grito ahogado, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza, el coño palpitándole contra su lengua. Él no paró. Siguió lamiendo a través del orgasmo, saboreándola, empujándola a un segundo temblor más suave que le sacó lágrimas de los ojos.
Cuando se levantó, la cara brillaba. Se limpió la boca con el dorso de la mano y la besó para que ella saboreara la mezcla. Chloe le mordió el labio inferior con ganas.
—Métela otra vez —pidió, voz rota—. Quiero sentirte gorda y caliente dentro. Ahora.
Trent bajó el pantalón de un tirón. La polla saltó gruesa, venosa, la punta ya goteando. La alineó y empujó despacio, centímetro a centímetro, viéndola tragarlo. Chloe gimió y le rodeó la cintura con las piernas, tirando de él hasta que las bolas le golpearon el culo. Se quedaron quietos un segundo, frente con frente, respirando el mismo aire denso a cartón y sexo y segunda oportunidad.
—Te quiero —dijo él, embistiendo lento y profundo—. Te quiero tanto que me duele el pecho. Cada vez que te miro pienso en lo estúpido que fui por dejarte ir. No otra vez. Nunca más.
—Entonces fóllame como si fuera verdad —jadeó ella—. Más duro. Quiero que me duelan las piernas mañana cuando Aisha me abrace y yo sonría como si no tuviera tu polla todavía laténdome dentro.
Trent obedeció. Aceleró. Manos en su cintura, dedos hundidos en la carne. La mesa crujía. Chloe se agarró a sus hombros y lo besó con lengua profunda, saboreando el café y el resto de ella. Cada embestida le sacaba un gemido. Él le levantó la camiseta y se la sacó, luego le bajó el sujetador y se inclinó a morderle un pezón, chuparlo, marcarle la piel con los dientes suaves.
—Más —pidió ella—. Quiero que me dejes moretones. Quiero mirarme mañana en el espejo del hotel y ver que eres mío.
La giró sin sacarla. Chloe quedó de pie, inclinada sobre la mesa, pechos aplastados contra la madera, culo en alto. Trent le abrió las mejillas y entró de un solo golpe. Empezó a follarla con fuerza, el sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenando el almacén. Le tiró del pelo con esa suavidad exacta que ella amaba, arqueándole el cuello, y le mordió el hombro.
—Dime que eres mía —gruñó—. Dímelo mientras te la meto hasta el fondo.
—Soy tuya —jadeó Chloe, empujando hacia atrás—. Siempre lo fui. Me corrí pensando en esta polla durante doce putos años. Con los dedos, con juguetes, con el recuerdo de cómo me abrías a los diecinueve. Nunca se me fue. Nunca.
Trent metió la mano por delante y le frotó el clítoris con dos dedos firmes, al ritmo de las embestidas. Chloe se corrió otra vez, un grito roto que intentó ahogar contra el antebrazo. El coño le apretó alrededor de él con fuerza, succionándolo. Trent maldijo y siguió follándola a través del orgasmo, más lento ahora, profundo, sintiendo cada contracción.
Cuando ella dejó de temblar, él se retiró. Chloe se giró, jadeante, las piernas flojas. Se arrodilló otra vez sobre el concreto frío. Le rodeó la polla brillante de sus jugos con las dos manos y se la llevó a la boca. Chupó con hambre, lengua plana lamiendo desde las bolas hasta la punta, metiéndose la cabeza gorda hasta la garganta. Trent le sujetó el pelo con ambas manos, sin forzar, solo anclándola.
—Mírame —rogó—. Quiero grabarme esta imagen. Chloe de treinta y dos años de rodillas en mi stockroom, chupándome la polla llena de ella misma, mirándome como si no hubiera pasado ni un día.
Ella lo miró. Ojos húmedos, labios estirados, saliva corriendo por la barbilla. Movía la cabeza adelante y atrás, mejillas hundidas, gimiendo alrededor de la carne caliente. Trent le acarició la mandíbula con el pulgar.
—Voy a correrme otra vez. ¿Dónde lo quieres esta vez?
Chloe se la sacó con un pop húmedo.
—En la cara. Quiero bajar al hotel con tu leche en la mejilla y el olor a ti en la piel. Quiero que Aisha me huela y no sepa por qué sonrío.
Él la levantó, la sentó otra vez en la mesa y entró de un empujón desesperado. Folló con urgencia, casi salvaje. Chloe le mordió el hombro para no gritar. Las confesiones salían entre jadeos:
—Quédate después de la boda.
—Sí. Joder, sí.
—Vente a vivir conmigo. Arriba hay un piso. Quiero despertarme y metértela antes de abrir.
—Hazlo. Hazlo siempre. Quiero pelear por tonterías y follarte en cada rincón.
El orgasmo de Chloe llegó más lento, más profundo, una ola que le recorrió desde el coño hasta la nuca. Se aferró a él y se corrió con un gemido largo y roto contra su cuello. Trent se retiró en el último segundo, se corrió en su cara, chorros calientes que le pintaron la mejilla, los labios, la barbilla. Chloe abrió la boca y recogió lo que pudo, chupando la punta mientras él temblaba.
Se quedaron así, respirando, sudorosos. Trent le limpió la cara con el dorso de la mano y luego lamió sus propios dedos. La besó lento, profundo, saboreando la mezcla.
—Esta noche voy a tu hotel —dijo contra su boca—. Traigo vino. No me pongo ropa interior. Y te chupo el coño hasta que te duermas con mi nombre en la lengua. Mañana el ensayo. Aisha. Todo el mundo mirándonos. Y yo quiero tocarte debajo de la mesa si hace falta. Quiero que sepas que eres mía aunque tengamos que esconderlo un rato más.
Chloe sonrió, exhausta, feliz de una forma que le dolía el pecho. Le acarició la barba de tres días.
—Entonces ven. Pero ten cuidado. Si Aisha se entera antes del sí quiero… se va a enfadar. Y mi madre. Y la vida que dejé. Pero te elijo igual. Esta noche. Mañana. Siempre.
Se vistieron con torpeza, riendo bajito cada vez que se tropezaban. Chloe se subió las bragas sin limpiarse del todo; sentía el semen resbalarle y le gustaba. Trent le abrochó el sujetador y le besó la nuca con posesión.
—Subo primero. Tú espera dos minutos. Cuando salgas… no te laves. Quiero olerte mañana y saber que todavía llevas trozos de mí.
Chloe asintió, el corazón desbocado, las piernas flojas, el stockroom oliendo a ellos dos y a segunda oportunidad a medio empezar. Escuchó los pasos de Trent subir la escalera. Se quedó un momento más, dedos trazando círculos sobre el moretón que le había dejado en el muslo. Mañana el ensayo. Mañana Aisha. Mañana tendrían que mirarse a la cara delante de todo el mundo y decidir cuánto esconder y cuánto mostrar.
Pero ahora solo pensaba en la puerta del hotel, en el vino, en cómo iba a abrirse otra vez para él sin vergüenza ninguna cuando la noche cayera.
Trent bajó de nuevo la escalera de metal con pasos firmes. La clienta se había ido. Cerró el pestillo otra vez y la miró exactamente como la había dejado: piernas abiertas sobre la mesa, falda arremangada, el rastro brillante de él todavía resbalándole por el muslo interno. Chloe no se movió. Solo le abrió más las rodillas y le ofreció la mano.
—Ven —susurró—. Acaba lo que empezaste.
Él se desabrochó el pantalón sin prisa esta vez. La polla ya estaba dura otra vez, gruesa, la punta oscura y húmeda. Se colocó entre sus muslos y la rozó despacio, de arriba abajo, recogiendo el resto de semen y jugos que le quedaban. Chloe arqueó la espalda y jadeó.
—No juegues —pidió—. Métela.
Trent empujó. Entró lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo ella lo tragaba otra vez, todavía sensible, todavía hinchada. Cuando tocó fondo se quedó quieto, frente con frente, la respiración compartida. Le acarició la cara con el dorso de los dedos.
—Te quiero dentro de mí hasta que no quede espacio para dudar —dijo él—. Hasta que mañana, cuando Aisha me abrace y huela tu colonia en mi cuello, yo sepa que eres mía aunque nadie lo sepa todavía.
Chloe le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más.
—Entonces fóllame como si el avión no existiera. Como si mi madre no llamara. Como si el ensayo de mañana no importara una mierda.
Empezó a moverse. Embestidas profundas, rítmicas, la mesa crujiendo bajo ellos. Cada vez que sacaba casi toda la longitud y volvía a hundirse, Chloe soltaba un gemido ahogado. Él le levantó la camiseta, le bajó el sujetador y se inclinó a chupar un pezón mientras follaba. Lengua caliente, dientes suaves marcando. Ella le clavó las uñas en la espalda y empujó el pecho contra su boca.
—Más fuerte —jadeó—. Quiero moretones. Quiero mirarme esta noche en el espejo del hotel y saber que me perteneces.
Trent aceleró. La giró sin sacarla del todo. Chloe quedó inclinada sobre la mesa, pechos aplastados contra la madera fría, culo en alto. Él le abrió las mejillas con las dos manos y entró de un solo golpe hasta las bolas. El sonido húmedo de piel contra piel llenó el stockroom. Le tiró del pelo con esa suavidad exacta que ella amaba, arqueándole el cuello, y le mordió el hombro mientras la follaba con fuerza.
—Dime que te quedas —gruñó contra su oído—. Dímelo mientras te la meto hasta el fondo.
—Me quedo —jadeó Chloe, empujando hacia atrás—. Me corro pensando en esta polla desde los diecinueve. Me la chupo en la ducha del hotel imaginando que eres tú. Nunca se me fue. Nunca.
Él metió la mano por delante y le frotó el clítoris con dos dedos firmes, al ritmo de las embestidas. Chloe se corrió de golpe, un grito roto que intentó ahogar contra el antebrazo. El coño le apretó alrededor de él con fuerza, palpitando, succionándolo. Trent maldijo y siguió follándola a través del orgasmo, más lento ahora, profundo, sintiendo cada contracción hasta que ella dejó de temblar.
Se retiró. Chloe se giró, jadeante, las piernas flojas. Se arrodilló otra vez sobre el concreto frío sin que él se lo pidiera. Le rodeó la polla brillante de sus jugos con las dos manos y se la llevó a la boca. Chupó con hambre, lengua plana lamiendo desde las bolas hasta la punta, metiéndose la cabeza gorda hasta la garganta. Trent le sujetó el pelo con ambas manos, sin forzar, solo anclándola mientras la miraba.
—Mírame —rogó, voz rota—. Quiero grabarme esto. Tú de rodillas, chupándome la polla llena de ti, mirándome como si doce años no hubieran pasado.
Ella lo miró. Ojos húmedos, labios estirados, saliva corriendo por la barbilla. Movía la cabeza adelante y atrás, mejillas hundidas, gimiendo alrededor de la carne caliente. Trent le acarició la mandíbula con el pulgar.
—Voy a correrme. ¿Dónde lo quieres?
Chloe se la sacó con un pop húmedo.
—Dentro. Quiero bajar al hotel sintiéndote gotearme. Quiero que Aisha me abrace mañana y yo sepa que todavía llevo trozos de ti.
Él la levantó, la sentó de nuevo en la mesa y entró de un empujón desesperado. Folló con urgencia, casi salvaje. Chloe le mordió el hombro para no gritar. Las confesiones salían entre jadeos rotos:
—Quédate después de la boda.
—Sí.
—Vente a vivir arriba. El piso es mío. Quiero despertarme y metértela antes de abrir la tienda.
—Hazlo. Hazlo siempre. Quiero pelear por la nevera vacía y follarte contra cada estante.
El orgasmo de Chloe llegó más lento, más profundo, una ola que le recorrió desde el coño hasta la nuca. Se aferró a él y se corrió con un gemido largo y roto contra su cuello. Trent la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo, las caderas temblando mientras se derramaba dentro de ella otra vez. Un gemido bajo, casi un sollozo. Se quedaron unidos, sudorosos, el corazón latiéndoles a destiempo, el semen caliente escapándosele a ella por el muslo mientras él seguía dentro, todavía palpitante.
Se besaron despacio. Trent le limpió el sudor de la frente con los labios y le acarició el pelo húmedo. Chloe sonrió contra su boca, exhausta, las piernas todavía temblando alrededor de su cintura.
—Esta noche el hotel —murmuró él—. Vino. Sin ropa interior. Y te chupo hasta que te duermas diciendo mi nombre.
Ella asintió. Se vistieron con torpeza, riendo bajito cada vez que se tropezaban con las cajas caídas. Chloe se subió las bragas sin limpiarse del todo; sentía el semen resbalarle y le gustaba. Trent le abrochó el sujetador por detrás y le besó la nuca con posesión.
Subieron juntos. Él abrió la boutique, apagó las luces del escaparate y la acompañó hasta la puerta. En la calle el aire de la tarde ya olía a lluvia próxima. Se besaron una última vez contra el cristal, profundo, lento, las manos de él en su culo, las de ella en su barba de tres días.
—Te quiero —repitió él contra sus labios—. Como un adulto que sabe lo que pierde.
—Yo también —respondió ella.
Llegaron al hotel en silencio denso. La habitación olía a lavanda barata y a sábanas limpias. Trent dejó la botella de vino sobre la mesita, se quitó la camisa y la empujó suavemente hacia la cama. La desnudó otra vez. Besó cada moretón que le había dejado, lamió el rastro salado de su propio semen que todavía le brillaba en el muslo interno. Chloe se abrió para él sin vergüenza. Él la folló una última vez esa noche, despacio, frente con frente, mirándola a los ojos mientras entraba y salía, confesándole entre embestidas que soñaba con ella cada puto día, que llamaba a números viejos, que se tocaba pensando en su coño. Ella se corrió con un sollozo, apretándolo, y él se derramó dentro otra vez, temblando, besándole las lágrimas de alivio que le caían por las sienes.
Después se quedaron abrazados bajo las sábanas, desnudos, el vino sin abrir. Chloe tenía la mejilla pegada a su pecho, escuchando el latido que poco a poco se calmaba. Trent le acariciaba el pelo con dedos lentos. El silencio se alargó demasiado.
Entonces él habló, voz baja, casi arrepentida:
—Chloe… hay algo. Cuando te mudaste, yo… estuve con alguien. Dos años. Casi me caso. No lo hice, pero… Aisha lo sabe. Todo el mundo lo sabe. Y mañana, en el ensayo, si nos ven juntos así… van a recordar eso. Van a mirarte y pensar que eres el regreso fácil. El plan B. Y yo no sé si puedo protegerme de eso. Ni a ti.
Chloe se quedó quieta. El semen todavía caliente entre sus piernas ya no se sentía como victoria. Se sentía como una mancha. El pecho se le apretó de una forma distinta, más fría. Levantó la cara y lo miró. En los ojos de Trent había deseo todavía, sí, pero también una grieta nueva: miedo, duda, la sombra de una vida que ella no conocía del todo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, la voz más pequeña de lo que quería.
—Porque te quería dentro. Porque tenía miedo de que te levantaras y te fueras otra vez. Pero ahora… ahora que te tengo aquí… no sé si esto aguanta la luz de mañana. No sé si yo aguanto.
Ella se separó un poco. El aire de la habitación se volvió denso de otra manera. El reencuentro sabía a sexo y a segunda oportunidad, sí. Pero también a algo a medio romper. Chloe se quedó mirando el techo, las piernas todavía abiertas, el cuerpo lleno de él, y por primera vez en horas el nudo del pecho no era solo ganas. Era duda. Era el avión. Era Aisha. Era la pregunta amarga de si doce años y una polla caliente bastaban para tapar lo que él no había contado.
Trent intentó abrazarla de nuevo. Ella no se apartó del todo, pero tampoco se pegó. El vino seguía sin abrir. Fuera empezó a llover. Y en la penumbra del hotel, con el semen secándosele en la piel y las palabras de él todavía flotando, Chloe entendió que el stockroom había sido solo el principio… y que el final todavía no sabía a victoria.
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