Revelación en el Cuarto Oscuro con su Madrastra
En el cuarto oscuro, carlos folla a su madrastra yvonne.
Desde que papá se casó con Yvonne yo supe que estaba jodido. Tenía dieciocho entonces; ahora tengo veintidós y ella cuarenta y uno, y esa curva de cadera, ese pecho generoso y esa boca de labios carnosos no han hecho más que volverse un tormento diario. Vivimos bajo el mismo techo. Ella es mi madrastra. Y cada vez que se agacha a recoger algo del suelo con ese culo redondo marcándose bajo el vestido, se me pone dura como una roca.
Cuando papá anunció el viaje de trabajo de una semana, la casa se quedó en un silencio denso, eléctrico. Yvonne y yo nos mirábamos demasiado. En la cocina, al pasarme el café, sus dedos rozaron los míos y no apartó la mano de inmediato. Yo fingí toser. Ella sonrió apenas, esa sonrisa pícara que me ha tenido en vilo años enteros.
—Quédate tranquilo, Carlos —dijo, y su voz bajita me recorrió la espalda—. Estamos solos. No pasa nada.
Pasaba todo.
Esa noche no pude dormir. Bajé al sótano, al cuarto oscuro que instalamos para revelar las fotos analógicas de la cámara antigua de papá. La luz roja bañaba las mesas, los tanques, el tendedero de negativos. El espacio era estrecho, cálido, olía a químicos y a madera húmeda. Estaba colgando una tira de fotos cuando la puerta se abrió despacio.
Yvonne entró en camisón corto de seda negra. Sin sujetador. Los pezones se le marcaban. Cerró detrás de ella.
—Vi la luz —susurró—. Pensé que… podrías necesitar ayuda.
El cuarto era tan pequeño que al girarme mi pecho casi rozó el suyo. La luz roja le daba a la piel un brillo prohibido. Respirábamos el mismo aire viciado de deseo.
—Yvonne… —empecé, la voz ronca.
—Lo sé —dijo ella, sin rodeos. Me miró a los ojos—. Te he sentido mirarme durante años. Y yo… yo también te miro, Carlos. Cuando te duchas, cuando sales de la piscina empapado. Es asqueroso lo que pienso. Es mi hijastro. Y aun así…
Mi polla ya empujaba contra el pantalón del chándal. Ella lo notó. Su mano subió y apoyó la palma plana sobre mi pecho.
—Dime que quieres lo mismo —exigió en un susurro—. Dime que quieres follarte a tu madrastra.
—Quiero follarte desde hace años —confesé, y el alivio y la vergüenza me ardieron igual—. Quiero metértela hasta el fondo y oírte gritar que soy tu hijo putativo mientras te corro dentro.
Ella soltó un gemido bajo, casi un sollozo de hambre. Entonces se arrodilló.
Sus manos me bajaron el chándal y el bóxer de un tirón. Mi polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Yvonne la miró como quien ve un pecado delicioso y la lamió de base a glande con la lengua caliente y lenta. Después abrió la boca y se la metió entera, chupando con ansia voraz, mirándome fijamente a los ojos bajo la luz roja. El contraste era obsceno: su carita madura, maquillada a medias, con mi verga abultándole la mejilla. Babeaba. Hacía ruidos húmedos, guarradas de garganta. Le agarré el pelo —ese pelo oscuro y sedoso— y empujé un poco más hondo. Ella no se quejó; al contrario, se ahogó a propósito y se frotó el coño por encima del camisón.
—Joder, madrastra… —gruñí—. Qué bien chupas la polla de tu hijastro.
Se separó con un hilo de saliva uniendo su labio inferior a mi glande.
—Ponme en esa mesa y fóllame de una puta vez.
La levanté, la senté sobre la mesa de revelado. Le arranqué las bragas negras; el tejido se rasgó un poco. Su coño estaba afeitado, hinchado, chorreando. Le abrí las piernas, alineé la cabeza de mi polla contra su entrada resbaladiza y empujé de un solo golpe hasta el fondo. Yvonne arqueó la espalda y gritó, un grito ahogado que el cuarto oscuro se tragó. Empecé a follarla en misionero con fuerza, las caderas golpeando, la mesa crujiendo. Sus tetas rebotaban bajo la seda; se la levanté y se las chupé, mordisqueándole los pezones duros mientras la empotraba.
—Eres tan estrecha… tan puta para mí —jadeé contra su cuello—. Mi madrastra. La mujer de mi padre. Y aquí estás, empalada en mi polla.
—Sí, sí, fóllame, Carlos —rogaba ella, las uñas clavándoseme en la espalda—. Fóllate a tu madrastra como se merece. Más duro. Que se entere el puto sótano.
La saqué, la giré y la puse a cuatro patas sobre la mesa. El culo perfecto hacia mí, el coño goteando entre los muslos. Le agarré las caderas y volví a entrar de un embiste profundo. Luego le agarré el pelo con una mano, tirando hacia atrás para arquearle la espalda, y la penetre sin piedad, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto rojo. Cada embestida le sacaba un gemido gutural. Yo no paraba de hablarle sucio, porque el tabú era el combustible:
—Mira cómo te cojo. La madrastra del barrio, la señora perfecta, abierta de piernas para el crío de la casa. Te voy a dejar el coño destrozado y vas a pedirme más cada vez que papá se vaya.
—Lo haré —gimió ella, sin control—. Cada vez. Me vas a follar en su cama si hace falta. Soy tuya aquí. Tu puta secreta. ¡Ah, ahí, no pares!
Sentí su coño apretarse en oleadas; se corrió gritando mi nombre, contrayéndose alrededor de mi verga con tanta fuerza que me arrastró con ella. Me corrí dentro, profundo, chorros calientes llenándola mientras seguía embistiéndola a sacudidas, vaciándome hasta el último temblor. Nos quedamos así un momento, jadeando, sudados, unidos por el semen que ya se le escapaba muslo abajo bajo la luz roja.
Yvonne se incorporó despacio, se giró y me besó con una ternura que contrastaba con la salvajada de minutos antes. Sus labios suaves, la lengua lenta. Me susurró contra la boca:
—Esto será nuestro secreto más delicioso. Cada vez que él se ausente… el cuarto oscuro, o la cocina, o donde sea. Nadie cierra esta puerta, Carlos. Nadie.
Salimos del sótano como amantes clandestinos, ella con las bragas rotas en el bolsillo del albornoz que se había puesto, yo con el chándal torcido y la cara de idiota satisfecho. Arriba, en el pasillo, la casa dormía ajena a la revelación que acabábamos de hacernos el uno al otro.
Yvonne se detuvo en la puerta de su habitación, me miró de reojo y soltó, muy seria:
—Por cierto… la próxima vez revelamos las fotos después. Se me ha pegado semen en el negativo del cumpleaños de tu tía y no sé cómo se lo voy a explicar al laboratorio.
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