Entrelazadas en el Telón
En un teatro abandonado, Priya y Sonia se lamen el coño y se corren como perras entre el telón de terciopelo.
El teatro olía a polvo antiguo, a madera podrida y a terciopelo húmedo. Las butacas vacías se extendían como una marea de sombras rojas bajo la única luz que quedaba encendida: un foco torcido en el proscenio que dibujaba un círculo imperfecto sobre el escenario. Priya se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Tenía treinta y dos años y el cuerpo todavía firmemente entrenado de actriz que se niega a envejecer en silencio; el corpiño negro le ceñía los pechos, y el pantalón de ensayo se le pegaba a los muslos por el esfuerzo de haber movido bastidores casi sola.
Sonia apareció desde el foso con una llave inglesa en la mano y el cabello recogido en un moño deshecho. Veinticuatro años, delgada pero de hombros fuertes de tramoyista, la camiseta blanca transparentaba el sujetador y dejaba ver el sudor en la canaleta entre las tetas. Se habían quedado solas después del ensayo nocturno; el resto del equipo se había ido entre risas y promesas de cerveza. El silencio del edificio abandonado las envolvía ahora como una segunda piel.
—Ayúdame con esto —dijo Priya, señalando el telón de terciopelo carmesí que colgaba a medio bajar, pesado como un animal muerto—. Si se queda trabado otra vez, mañana nos echan la bronca.
Sonia se acercó sin hablar. Sus dedos rozaron los de Priya al agarrar la cuerda gruesa. El roce fue mínimo, pero ambas lo sintieron como una corriente. Llevaban semanas así: coqueteos disfrazados de profesionalismo, manos que se “equivocaban” al pasar un cable, miradas que se sostenían un segundo de más cuando alguien más estaba mirando. Priya había notado cómo Sonia la observaba durante los monólogos, cómo se mordía el labio inferior cuando Priya se quitaba la chaqueta y se quedaba en camiseta. Y Sonia había guardado cada roce de cadera en los pasillos estrechos del backstage, cada “disculpa” murmurada contra su cuello cuando se cruzaban entre bastidores.
Tiraron juntas. El terciopelo se resistió, gruñó en sus rieles oxidados, y de pronto cedió de golpe. Priya perdió el equilibrio un instante y su pecho chocó contra el brazo de Sonia. El calor de la otra mujer le subió por la piel como una quemadura lenta. Se miraron. El foco las iluminaba de lado: la mejilla de Priya brillante de sudor, la boca entreabierta de Sonia, la respiración de las dos demasiado rápida para el esfuerzo.
—Joder —susurró Sonia, sin apartar la vista—. Cada vez que te acerco siento que me voy a correr solo de olerte.
Priya no se movió. El telón colgaba ahora a su espalda como una cortina de sangre oscura, aislándolas del resto del escenario vacío. El terciopelo olía a polvo y a secreto.
—Llevas semanas rozándome “por accidente” —dijo Priya con voz baja, ronca—. Creí que era cosa mía. Que me lo inventaba porque… porque te miro demasiado.
Sonia soltó la cuerda. Sus dedos, callosos de manejar poleas y contrapesos, se quedaron temblando a centímetros de la cintura de Priya.
—No te lo inventas. Desde el primer día. Te vi bajar del escenario con esa falda rota del ensayo de la bruja y pensé que me iba a arrodillar ahí mismo y meterte la lengua hasta que gritaras. Me corrí esa noche pensando en tu coño. Y al día siguiente. Y al otro. Me toco en el camerino de las chicas cuando sé que estás cerca, oliendo tu perfume barato de jazmín y sudor. He fantaseado con lamerte hasta que me dejes la cara empapada, Priya. Con que me tires al suelo detrás de este puto telón y me uses la boca.
La confesión salió en un susurro apresurado, casi furioso, como si las palabras se le hubieran escapado del pecho después de meses de presión. Priya sintió un latido sordo entre las piernas, un calor que se extendía hacia abajo, mojándole la braga. Se acercó un paso. Luego otro. El terciopelo rozaba sus hombros. Estaban tan cerca que el aliento de Sonia le rozaba los labios.
Se miraron a los ojos. No hizo falta hablar. Priya buscó permiso en esa mirada oscura, en las pupilas dilatadas, en la forma en que Sonia se humedecía los labios sin darse cuenta. Y Sonia respondió con una sonrisa lenta, hambrienta, casi cruel de tan deseosa: los dientes apenas visibles, la punta de la lengua asomando un segundo. Un sí sin sonido.
La boca de Priya se estrelló contra la de ella.
El beso no fue suave. Fue un choque de dientes y lengua, un hambre que se soltaba de golpe. Priya agarró la nuca de Sonia y la atrajo con fuerza; Sonia gimió dentro de su boca y le clavó los dedos en la cintura, subiendo la camiseta hasta tocar piel desnuda y caliente. Se besaron como si se estuvieran comiendo, húmedo, ruidoso, con la respiración entrecortada y los cuerpos apretándose contra el peso suave del telón. Priya empujó a Sonia hacia atrás hasta que la espalda de la tramoyista chocó contra el terciopelo; el material cedió un poco y las envolvió en un pliegue rojo oscuro, oliendo a polvo y a sexo anticipado.
La lengua de Priya exploró la boca de Sonia con avidez, chupándole el labio inferior, mordisqueándolo lo justo para arrancarle un gemido agudo. Sonia respondió abriendo más las piernas, encajando un muslo entre los de Priya, frotándose contra ella con descaro. El roce de la tela del pantalón contra el coño ya hinchado de Priya le arrancó un jadeo gutural.
—Dios, qué rico sabes —murmuró Priya contra su boca, la voz hecha un hilo ronco—. He querido comerte desde que te vi sudando arriba en la parrilla, con esa camiseta pegada a las tetas.
Sonia se rió bajito, un sonido roto por el deseo, y le metió las manos por debajo del corpiño. Sus palmas ásperas encontraron los pezones duros de Priya y los pellizcó sin piedad. Priya arqueó la espalda y empujó el pecho contra esas manos.
—Chúpamelos —exigió Sonia, casi sin aliento—. Quiero ver cómo me miras mientras me chupas las tetas y te mojas pensando en mi coño.
Priya no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Bajó la cabeza, levantó la camiseta de Sonia de un tirón y se llevó un pezón a la boca a través del sujetador fino. Lo chupó con fuerza, mojando la tela, lamiendo en círculos mientras Sonia echaba la cabeza hacia atrás contra el telón y soltaba un gemido largo, vulgar, que se perdió en la acústica vacía del teatro. La mano libre de Priya bajó, abrió el botón del pantalón de Sonia y metió los dedos por dentro de la braga. Encontró el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrita. Lo frotó con dos dedos lentos, deliberados, y Sonia se corrió casi del susto: un espasmo breve, un chorro de lubricante que le mojó la mano a Priya.
—Joder, ya… ya me estoy corriendo solo de que me toques —jadeó Sonia, las caderas empujando contra los dedos—. No pares. Mételos. Quiero sentirlos dentro mientras me besas como una perra en celo.
Priya metió dos dedos de golpe, curvos, buscando ese punto esponjoso mientras le devoraba de nuevo la boca. El telón se balanceaba a su alrededor con cada movimiento; el roce del terciopelo contra la piel desnuda de sus brazos y la espalda de Sonia las volvía locas, como si el propio teatro las estuviera acariciando. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo del coño de Sonia llenó el silencio: chapoteos obscenos, gemidos ahogados, el roce de tela contra tela.
Sonia le bajó el pantalón a Priya con torpeza, le metió la mano dentro y encontró el mismo desastre: coño chorreando, labios abiertos, clítoris palpitante. Se frotaron juntas, dedos dentro de coños, bocas pegadas, caderas empujando en un ritmo desesperado. Priya sintió el orgasmo subirle desde el vientre, caliente y violento, pero lo contuvo a duras penas; no quería terminar todavía. Quería más. Quería bajar, arrodillarse entre esas piernas abiertas y lamer hasta que Sonia le gritara el nombre contra el terciopelo.
Se separaron lo justo para respirar. Un hilo de saliva unía sus bocas. Los ojos de Sonia brillaban, salvajes, las mejillas encendidas, el pezón todavía asomando por el sujetador empapado.
—No me hagas esperar más —susurró Sonia, la voz temblando de hambre—. Tírame al suelo. Ábreme las piernas. Lámeme el coño como me prometiste con esa mirada todas estas semanas. Quiero correrme en tu lengua hasta no poder más, y después quiero hacerte lo mismo. Quiero olerte en la cara todo el puto camino a casa.
Priya sonrió, esa misma sonrisa hambrienta que le había dado permiso minutos antes, y empujó a Sonia suavemente hacia abajo, hacia el suelo polvoriento del escenario, justo donde el telón caía en pliegues gruesos como una cama improvisada. El terciopelo las recibió. El foco seguía ardiendo arriba, testigo mudo. Las manos de Priya ya tiraban del pantalón de Sonia hacia abajo, revelando muslos temblorosos y el triángulo oscuro de vello mojado. El olor a coño excitado subió entre ellas, espeso y dulce.
Sonia se abrió sola, sin vergüenza, los dedos abriéndose los labios para mostrarle a Priya exactamente dónde la necesitaba. Priya se arrodilló entre esas piernas abiertas, el corazón martilleándole la garganta, la boca ya salivando. El deseo de meses se condensaba en ese instante: el teatro vacío, el telón rojo como una herida, dos cuerpos sudorosos a punto de devorarse.
Se inclinó. El aliento caliente le rozó el clítoris a Sonia. Y el mundo, por un segundo, se redujo al latido húmedo que estaba a punto de saborear.
Priya hundió la lengua en el coño de Sonia sin más preámbulos. El sabor la golpeó de lleno: salado, espeso, a hembra en celo que lleva semanas tocándose en secreto. Lamió de abajo arriba, aplanando la lengua contra los labios hinchados, empujando hasta el clítoris duro y chupándolo con fuerza. Sonia arqueó la espalda contra el terciopelo, las manos enredándose en el pelo de Priya, y soltó un gemido gutural que rebotó en las butacas vacías.
—Joder, sí… así, puta, cómeme entero —jadeó Sonia, empujando las caderas contra la boca de la actriz—. Más profundo. Quiero que te ahogues en mi jugo.
Priya obedeció. Metió la lengua dentro del agujero apretado, la movió en círculos, la sacó y volvió a chupar el clítoris mientras dos dedos se deslizaban ya dentro, curvados, buscando ese punto esponjoso que hizo a Sonia dar un grito ahogado. El telón se balanceaba con cada sacudida. El polvo del suelo se pegaba a las rodillas de Priya, pero ella no paraba: chupaba, lamía, follaba con los dedos ese coño empapado que chorreaba por su muñeca. Sonia se corrió de nuevo, breve y violento, un chorro caliente que le bañó la barbilla a Priya y le hizo gemir de placer contra la carne.
Pero no bastaba. Sonia tiró del pelo de Priya hacia arriba, la obligó a ponerse de pie y la empujó contra el pliegue grueso del telón carmesí. Ahora era ella quien mandaba. Le arrancó el corpiño de un tirón; las tetas de Priya saltaron libres, pesadas, los pezones oscuros y erectos. Sonia se abalanzó, se los metió en la boca uno tras otro, chupando con avidez, mordisqueando el borde justo lo suficiente para arrancar un grito. Al mismo tiempo le metió dos dedos de golpe en el coño empapado de Priya, sin aviso, hasta el fondo.
—Mírate —susurró Sonia contra el pezón, la voz ronca—. Chorreas como una perra. Llevas todo el puto ensayo mojada por mí y ahora te voy a destrozar.
Priya abrió la boca en un jadeo silencioso. Los dedos de Sonia entraban y salían chapoteando, el pulgar frotándole el clítoris en círculos rápidos mientras la lengua trabajaba el pezón izquierdo, chupándolo fuerte, dejándolo brillante de saliva. El terciopelo le rozaba la espalda desnuda; olía a polvo y a sexo. Priya se agarró a los pliegues rojos, las piernas temblando, el orgasmo ya subiendo otra vez como una marea caliente.
Sonia la giró de golpe. La puso de rodillas sobre el suelo polvoriento, el culo en alto, las tetas colgando, la cara casi contra el terciopelo. Se arrodilló detrás y abrió los glúteos de Priya con las manos callosas. Primero lamió el culo, la lengua plana y lenta rodeando el agujero apretado, empujando la punta dentro solo un poco. Priya gritó, el sonido ahogado por el telón.
—Dios… sí, lámelo todo —suplicó Priya, empujando el culo hacia atrás—. Cómeme el culo y el coño como la puta que soy.
Sonia bajó la lengua al coño desde atrás, lamiendo de clítoris a entrada una y otra vez, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua profunda mientras dos dedos volvían a follarla. Era experta, rítmica, sucia: alternaba entre el culo y el coño, escupía sobre el agujero rosado y lo lamía limpio, mordisqueaba el muslo interno hasta dejar marcas. Priya se sacudía, el pelo pegado al sudor de la nuca, gimiendo sin control, el jugo corriendo por los muslos hasta las rodillas polvorientas. Cada lametón le sacaba un “joder” o un “más”, la voz rota.
Cuando ya no pudo más, Lena— no, Sonia— se dio la vuelta de un movimiento brusco. Empujó a Priya al suelo, la tumbó de espaldas sobre el terciopelo y el polvo del escenario. Se montó en su cara de un salto, abriendo las piernas a ambos lados de la cabeza de Priya, y bajó el coño empapado directamente sobre su boca.
—Chúpame mientras te como —ordenó, y se inclinó hacia delante en un 69 salvaje.
El coño de Sonia aplastó la cara de Priya; el clítoris le rozaba la nariz, los labios se abrían contra su lengua. Priya lamió con desesperación, agarrando los muslos de Sonia y clavando las uñas. Al mismo tiempo sintió la boca de Sonia devorarle el coño desde arriba: lengua plana, chupones fuertes en el clítoris, dos dedos metiéndose hasta el fondo y abriéndose en tijera. Se frotaban una contra la otra, caderas empujando, sudor mezclándose, el olor a sexo y polvo llenándolo todo. Sonia mordió el muslo interno de Priya, chupó la marca y volvió al coño; Priya respondió clavándole los dientes en el muslo de Sonia y metiéndole tres dedos de golpe mientras lamía el clítoris sin parar.
El 69 se volvió brutal. Se corrían y seguían, el jugo chorreando por barbillas y pechos, gemidos ahogados contra la carne mojada. Priya sentía el orgasmo de Sonia contra su lengua—las contracciones, el chorro caliente—y eso la hizo corrérse a ella también, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Sonia, un grito largo y vulgar que se perdió en el teatro vacío. No pararon. Sonia le metió los dedos más profundo, le frotó el punto G mientras le chupaba el clítoris; Priya le devolvió el favor, follándola con la lengua y los dedos a la vez, mordiendo el muslo cada vez que Sonia apretaba las caderas.
El polvo se les pegaba a la piel sudorosa. El telón las envolvía como una cueva roja. Se mordían, se chupaban, se metían los dedos hasta los nudillos, gritando de placer cada vez que una se corría en la boca de la otra. Priya saboreaba el segundo y el tercer orgasmo de Sonia, espeso y dulce; Sonia lamiía el de Priya como si quisiera drenarla entera. Las tetas se rozaban, los pezones duros rozando vientres y muslos. El foco torcido las bañaba en luz amarillenta, testigo de cómo se usaban sin piedad.
Cuando Sonia se corrió otra vez, temblando violentamente sobre la cara de Priya, se dejó caer de lado solo un segundo, jadeando, el pelo suelto y pegajoso. Pero no había terminado. Se giró, le agarró la cara a Priya con las dos manos y la besó con furia, compartiendo el sabor de sus coños mezclados. Luego le susurró al oído, la voz rota de tanto gritar:
—Todavía no hemos terminado, Priya. Quiero que me folles con esa lengua otra vez hasta que no pueda caminar. Y después voy a sentarme en tu cara hasta que me ruegues que te deje respirar. El telón sigue ahí. Nadie viene. Esta noche eres mía hasta que el sol nos eche.
Priya sonrió contra su boca, todavía temblando, el coño palpitándole, y le metió dos dedos otra vez solo para sentirla apretar. El deseo no había bajado; ardía más fuerte, más sucio, con el terciopelo como testigo y el polvo como sábana. Había más. Mucho más. Y las dos lo sabían.
Priya metió los dedos más hondo, sintiendo cómo el coño de Sonia se contraía alrededor de ellos como si quisiera devorárselos. La tramoyista jadeó contra su boca, todavía saboreando el jugo mezclado de las dos, y le rodeó la cintura con las piernas para atraerla más cerca. El terciopelo carmesí crujía bajo sus cuerpos sudorosos; el polvo del escenario se les pegaba a la piel como una segunda capa sucia y excitante.
—Otra vez —gruñó Sonia, empujando las caderas—. Fóllame con la mano mientras me chupas las tetas. Quiero correrme mirándote a la cara, puta.
Priya obedeció sin dudar. Bajó la cabeza y atrapó un pezón oscuro entre los labios, chupándolo con fuerza mientras tres dedos entraban y salían del agujero empapado de Sonia en un ritmo brutal. El chapoteo húmedo llenaba el teatro vacío. Sonia se arqueó, las uñas clavándose en la espalda de Priya, y se corrió con un grito ronco que rebotó en las butacas: un chorro caliente le mojó la muñeca a la actriz hasta el codo. Priya no se detuvo. Siguió follándola con los dedos, curvándolos contra ese punto esponjoso, lamiendo el pezón hasta que Sonia se sacudió en un segundo orgasmo casi inmediato, las piernas temblando sin control.
—Joder, Priya… me estás matando —jadeó Sonia, la voz rota—. Ahora tú. Siéntate en mi cara. Quiero ahogarme en tu coño otra vez.
Priya se subió a horcajadas sobre la boca de Sonia, el coño hinchado y chorreante bajando directo sobre esa lengua ávida. Sonia lamió como una famélica: lengua plana de clítoris a entrada, chupones fuertes, dos dedos metiéndose de golpe por detrás mientras Priya se frotaba desesperada. El foco torcido las bañaba en luz amarilla; el telón las envolvía como una cueva roja y polvorienta. Priya se corrió rápido, un gemido largo y vulgar escapándosele mientras el jugo le corría por los muslos hasta la barbilla de Sonia. Pero no bajó. Siguió montándole la cara, empujando el clítoris contra esa lengua expertamente sucia, hasta que un segundo orgasmo la sacudió con más fuerza, las tetas rebotando, el pelo pegado al sudor de la nuca.
Sonia la empujó suavemente hacia un lado y se puso a cuatro patas sobre el terciopelo. Se abrió los labios del coño con los dedos callosos y miró a Priya por encima del hombro.
—Lámeme así. Desde atrás. Hasta que me corra otra vez en tu puta lengua.
Priya se arrodilló detrás, abrió los glúteos de Sonia y hundió la cara. Lamió el culo primero —la lengua empujando el agujero apretado—, luego bajó al coño chorreante, chupando, metiendo la lengua profunda, follándola con la boca mientras dos dedos le frotaban el clítoris. Sonia empujaba el culo hacia atrás, gimiendo como una perra en celo, el terciopelo agarrado con los puños.
—Más… joder, más profundo… me corro… me corro otra vez—
El tercer orgasmo de Sonia fue violento: un chorro que le bañó la cara a Priya, el cuerpo entero temblando. Priya lamió todo, limpio y sucio a la vez, saboreando cada gota. Luego se giró, se tumbó de espaldas y abrió las piernas.
—Ahora yo. Mételos todos. Quiero sentir tu mano entera casi.
Sonia se lanzó. Le metió cuatro dedos de golpe en el coño de Priya, el pulgar frotando el clítoris hinchado, y le chupó el otro pezón con avidez. Priya gritó, las caderas levantándose del suelo, el orgasmo subiéndole como una ola caliente y sucia. Se corrió apretando esos dedos, el jugo salpicando, y Sonia no paró: siguió follándola, lamiendo el clítoris, hasta que Priya se corrió una segunda vez, las piernas sacudiéndose, un “Sonia, joder, sí” ahogado contra el telón.
Se pelearon otra ronda más. Un 69 torpe y desesperado sobre los pliegues del terciopelo, bocas devorando coños, dedos metidos hasta los nudillos, tetas aplastadas una contra la otra. Se corrieron juntas esa vez: un espasmo compartido, gemidos ahogados contra la carne mojada, el olor a sexo y polvo subiendo como incienso. El cuerpo de Priya temblaba todavía cuando Sonia se deslizó a su lado, jadeando, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El foco seguía ardiendo arriba, testigo mudo de la destrucción dulce que se habían hecho.
Priya se giró hacia ella. Los labios de Sonia estaban hinchados, rojos, brillantes de jugo y saliva. Priya los besó con una lentitud casi reverente, apenas un roce al principio, luego más profundo pero suave, saboreando el sabor de las dos mezclado. Sonia respondió con un gemido bajo, cansado y feliz, la mano enredándose en el pelo húmedo de Priya.
—Esto solo es el principio —le susurró Priya contra esa boca hinchada, la voz ronca de tanto gritar—. Cada noche, Sonia. Cada puta noche vamos a volver aquí. Te voy a comer el coño hasta que no puedas ni cerrar las piernas. Y tú me vas a follar con esa lengua sucia detrás de este telón hasta que el sol nos eché.
Sonia se rió, un sonido bajo y ronco que le vibró en el pecho a Priya.
—Promesas de puta en celo —murmuró, mordisqueándole el labio inferior con cariño salvaje—. Me gusta. Voy a mojarme todo el día pensando en cómo me abriste las piernas. En cómo me corrí en tu cara como una perra. Mañana te meto los dedos en el camerino entre ensayos. Y pasado te chupo el culo otra vez aquí mismo.
Se besaron otra vez, más lento, las lenguas perezosas. El sudor se les enfriaba en la piel. Priya notó el polvo pegado a los muslos de Sonia, las marcas de uñas en sus propias caderas, el coño todavía palpitándole con pequeños espasmos residuales. Por fin se separaron lo justo para respirar.
Se vistieron entre risas y manoseos. Sonia le ayudó a Priya a subir el pantalón de ensayo, pero no sin meterle antes dos dedos otra vez solo para sentirla mojada y oírla gemir.
—Todavía chorreas —dijo Sonia, chupándose los dedos con descaro—. Vas a dejar un charco en el asiento del metro.
Priya le devolvió el favor: le ajustó la camiseta a Sonia, pero se detuvo a morderle un pezón a través de la tela húmeda.
—Y tú vas a oler a mi coño todo el camino a casa. Que se jodan los que se acerquen.
Se rieron. Priya se abrochó el corpiño a medias; Sonia se recogió el pelo en un moño todavía más deshecho. Se calzaron como pudieron, las bragas empapadas guardadas en los bolsillos porque ninguna quería volvérselas a poner. Antes de salir del círculo de luz del foco, Priya atrapó la mano de Sonia. Los dedos se entrelazaron, callosos contra suaves, todavía pegajosos de jugo.
Salieron del escenario juntas, el telón carmesí balanceándose a su espalda como un animal saciado. El pasillo del backstage olía a madera vieja y a sexo reciente. Bajaron los escalones hacia la salida lateral, hombros rozándose, risas bajas llenas de promesas sucias.
—Mañana a la misma hora —susurró Sonia, apretándole los dedos—. Traigo un juguete. Quiero verte sentada en mi cara mientras te lo meto.
—Y yo te ato las muñecas con las cuerdas del telón —respondió Priya, la sonrisa oscura—. Te dejo ahí hasta que me ruegues que te deje correrte.
La certeza las envolvía: volverían cada noche. Se enredarían entre el terciopelo y sus cuerpos hasta que el edificio se cayera o las echaran. El deseo no se había apagado; apenas había empezado a arder de verdad.
Llegaron a la puerta metálica de salida. Priya empujó el pestillo oxidado. El aire fresco de la madrugada les golpeó la cara sudorosa. Estaban a punto de cruzar el umbral, dedos todavía entrelazados, cuando un ruido seco resonó detrás de ellas en el pasillo oscuro: el chasquido claro de una linterna encendiéndose, seguido de una voz masculina grave y demasiado cercana.
—¿Quién demonios anda ahí dentro a estas horas?
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