Amigos en el Vestuario
En el vestuario, Rafael y Hassan se follan el culo mutuamente.
El vestuario del gimnasio olía a sudor macho, a desinfectante barato y a la humedad caliente que deja el vapor de las duchas cuando nadie las ha usado del todo. Las luces fluorescentes zumbaban con un pitido flojo. Afuera, la calle ya estaba oscura; adentro, solo quedaban dos.
Rafael se quitó la camiseta empapada de un tirón. El tejido se le pegó un segundo a la espalda ancha antes de soltarse con un sonido húmedo. Tenía el pecho grueso, el pecho marcado por el entrenamiento de esa noche, los pectorales brillando, los pezones duros por el fresco del aire acondicionado. A sus veinticinco años el cuerpo le respondía como una máquina: hombros redondos, brazos gruesos, abdominales tallados bajo una capa fina de vello oscuro que bajaba en una línea hasta el elástico de los pantalones cortos. Se pasó la toalla por la nuca y miró de reojo a Hassan.
Hassan estaba de espaldas, metiendo la ropa sucia en la mochila. Más atlético, más largo de piernas, la espalda en V perfecta, el culo redondo y firme apretado dentro de los shorts negros de compresión que se le habían pegado a la piel con el sudor. Cada vez que se inclinaba, las nalgas se le marcaban como dos mitades perfectas, el surco central dibujado con insolencia. Rafael no apartó la vista. Llevaba semanas sin poder.
—Joder, tío —dijo Rafael con una risa baja, ronca—. Te has dejado el culo a la vista otra vez. Parece que lo estás ofreciendo.
Hassan se enderezó despacio. Se giró solo lo justo para mirarlo por encima del hombro. Tenía la cara todavía roja del esfuerzo, el pelo rizado pegado a la frente, una media sonrisa que no era del todo inocente.
—¿Y tú mirando como un puto perro en celo? —replicó—. Llevas rato clavándome los ojos en el culo, Rafa. No te hagas el listo.
El silencio que siguió pesó distinto. Ya no era la broma de siempre. Rafael dejó la toalla sobre el banco y dio un paso más cerca. El aire entre ellos se densificó.
—¿Y si no me hago el listo? —preguntó en voz baja—. ¿Y si te digo que llevo semanas pensando en eso? En tu culo sudado. En abrirte las nalgas y metértela hasta el fondo mientras te quejas como una puta.
Hassan soltó una risa corta, nerviosa, pero no se alejó. Al contrario: se giró del todo, de frente ahora, y se pasó la lengua por el labio inferior. La polla se le había movido dentro de los shorts; se notaba el bulto grueso empujando la tela.
—Semanas —repitió Hassan, casi en un susurro—. Yo también, cabrón. Desde aquel día que te vi en la ducha y se te paró media verga solo porque te miré el culo. Me fui a casa y me la jalé tres veces pensando en follarte. En que me follaras. En los dos. En turnarnos.
Rafael sintió cómo se le endurecía la polla de golpe, pesada, caliente, empujando contra el algodón de los calzoncillos. El corazón le golpeaba en las sienes.
—Dilo claro —exigió, acercándose otro paso. Ya estaban a un metro—. Di lo que quieres.
Hassan levantó la barbilla. Los ojos oscuros le brillaban con una mezcla de desafío y hambre.
—Quiero tu polla en mi culo. Y quiero metértela a ti. Llevo fantasías de abrirte las nalgas en este mismo banco, de escupirte el culo y empujar despacio hasta que me digas que más fuerte. De follarnos el culo mutuamente hasta que no podamos ni caminar. ¿Así de claro te vale?
Rafael soltó aire por la nariz, casi un gruñido. La tensión le subía por la espalda como electricidad.
—Así de claro me vale.
Empezaron a hablar sucio sin filtro, las palabras saliendo más rápidas, más crudas, como si el vestuario vacío les diera permiso.
—Tienes el culo de puta de gimnasio —dijo Rafael, la voz engrosada—. Redondo, duro, y cuando sudas se te marca el agujero a través de la tela. Me la pone como una piedra solo de imaginar cómo se te abre.
—Y tú tienes la verga gruesa —contestó Hassan, bajando la mirada sin disimulo al bulto de Rafael—. Se te nota hasta dormida. Quiero sentirla estirándome. Quiero que me la metas entera y me dejes el culo abierto y baboso. Y después quiero yo romperte el tuyo. Quiero oírte gemir como el maricón que eres cuando te la meto hasta las pelotas.
Rafael dio el último paso. La mano grande y callosa le bajó por la cadera de Hassan y se posó abierta sobre una nalga. Apretó. La carne firme cedió un poco bajo la palma, caliente, todavía húmeda de sudor. Hassan soltó un sonido bajo, casi un jadeo, y en lugar de apartarse empujó el culo hacia atrás, contra la mano, frotándose deliberado.
—Joder… —murmuró Hassan, la voz ronca—. Así. Agárramelo fuerte. Llevo días queriendo que me lo toques.
Rafael apretó más, los dedos hundiéndose en la carne, el pulgar rozando el borde del elástico de los shorts. Podía sentir el calor que salía del surco. Hassan empujó otra vez, más descarado, abriendo un poco las piernas para que la palma le cubriera mejor.
—Quiero que me lo rompas —confesó Hassan contra el oído de Rafael, la respiración caliente—. Que me dejes cojeando. Que me folles tan fuerte que mañana sienta tu polla cada vez que me siente. Y después yo te lo hago a ti. Te abro ese culo de macho y te la meto hasta que me pidas por favor.
Rafael no aguantó más. Le agarró la nuca con la otra mano y lo atrajo. La boca se les chocó con hambre, dientes rozando labios, lenguas empujando de inmediato, húmedas, agresivas. Sabían a sal y a esfuerzo. Hassan abrió la boca y dejó que Rafael se la follara con la lengua mientras las manos de los dos bajaban a la vez.
Se tocaron las pollas por encima de la tela. Rafael notó la dureza gruesa de Hassan, el bulto caliente que palpitaba contra su palma cuando le apretó el paquete a través de los shorts de compresión. Hassan correspondió agarrándole la verga a Rafael por encima de los calzoncillos, palpando el grosor, el contorno de la cabeza ya húmeda que manchaba un poco la tela.
—Estás chorreando —susurró Hassan entre besos, la mano subiendo y bajando despacio, frotando—. Qué ganas de sacártela y metérmela en la boca antes de dártela por el culo.
—Y tú estás duro como una puta barra —gruñó Rafael, apretándole el bulto, notando cómo Hassan empujaba las caderas hacia adelante buscando más fricción—. Te voy a bajar estos shorts, te voy a escupir el agujero y te voy a abrir con los dedos hasta que me ruegues que te la meta.
Siguieron besándose como si se pelearan, bocas abiertas, respiraciones entrecortadas, manos codiciosas apretando culos y vergas a la vez. Rafael metió los dedos por debajo del elástico de los shorts de Hassan y rozó la piel desnuda de la nalga, el surco todavía sudado. Hassan se estremeció y empujó el culo hacia atrás otra vez, ofreciéndose, mientras le masajeaba la polla a Rafael con más fuerza a través de la tela.
—Aquí mismo —jadeó Hassan contra su boca—. Nadie va a venir. Sáquemela. Tócame el culo de verdad. Métame un dedo aunque sea. Necesito sentir algo dentro.
Rafael le mordió el labio inferior y le dio la vuelta de un tirón, pegándole el pecho a la espalda de Hassan, la polla dura encajada entre las nalgas todavía vestidas. Las manos le bajaron por el pecho sudoroso de Hassan, le pellizcaron un pezón y luego volvieron al culo, agarrando las dos nalgas y abriéndolas a través de la tela, frotando su erección contra el surco.
—Te voy a follar —prometió al oído, la voz hecha un hilo gordo—. Te voy a dejar el culo rojo y abierto. Y tú me lo vas a devolver. Vamos a turnarnos hasta que nos duela sentarnos. ¿Entendido?
Hassan asintió con la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de Rafael, las caderas moviéndose solas en un vaivén lento y obsceno.
—Entendido. Pero date prisa. Se me está poniendo la polla tan dura que me duele. Quiero tus dedos. Quiero tu lengua. Quiero todo.
Las manos de Rafael se deslizaron al frente otra vez, metiéndose por fin dentro de los shorts de Hassan, envolviendo la verga caliente y resbaladiza de líquido preseminal. Hassan soltó un gemido ronco y abrió más las piernas. Al mismo tiempo, empujó una mano hacia atrás y metió los dedos bajo el elástico de los calzoncillos de Rafael, agarrándole la polla desnuda, gruesa, palpitante, y empezó a bombearla con torpeza ansiosa.
El vestuario seguía vacío. Solo el zumbido de las luces y el sonido húmedo de las manos y las respiraciones. Se frotaban el uno contra el otro con urgencia creciente, besos mordidos en el cuello, en la mandíbula, promesas sucias susurradas entre dientes.
—Te voy a abrir despacio —murmuró Rafael, la mano ya bajando hacia las bolas de Hassan y más atrás, rozando el períneo—. Y cuando estés blando y baboso te la voy a clavar hasta que se te salgan los ojos.
—Y yo te voy a poner a cuatro patas en ese banco —contestó Hassan, apretándole la verga con fuerza—. Te voy a lamer el culo hasta que tiembles y después te voy a follar como a una puta barata. Mutuamente, Rafa. Nos vamos a reventar el culo los dos.
Rafael le dio la vuelta otra vez y lo besó con más hambre todavía, las dos pollas ahora apretadas juntas entre sus cuerpos, frotándose a través de la tela y de la piel, duras, calientes, goteando. Las manos no paraban: culos, vergas, pechos, nucas. El deseo había dejado de ser broma hacía rato; ahora era algo espeso y concreto que pedía ser saciado ahí mismo, sobre el banco húmedo, contra las taquillas de metal.
Hassan le bajó un poco más los calzoncillos a Rafael, lo justo para que la polla saltara libre, pesada, la cabeza hinchada y brillante. Rafael hizo lo mismo con los shorts de Hassan, bajándolos bajo las nalgas, dejando el culo al aire y la verga apuntando hacia arriba. Se miraron un segundo, respirando agitados, las caras cerca, las sonrisas pícaras convertidas en algo más salvaje.
—Todavía no te la meto —dijo Rafael, la voz temblando de contención—. Primero te toco. Primero te abro con los dedos. Quiero sentir cómo se te aprieta el agujero antes de reventártelo.
—Hazlo —pidió Hassan, girándose de nuevo y apoyando las manos en el banco, ofreciendo el culo desnudo, las nalgas abiertas por la postura—. Métme los dedos. Escúpeme. Lo que sea. Pero no pares. Llevamos semanas fantaseando y ahora lo tenemos delante. No me dejes con las ganas.
Rafael se arrodilló un poco, las manos abriéndole las nalgas a Hassan, el pulgar rozando ya el agujero apretado y rosado que se contraía con anticipación. El olor a sexo y a sudor macho le subió a la cabeza. Se inclinó y dejó que la respiración caliente le rozara la piel sensible. Hassan se estremeció y empujó el culo hacia atrás otra vez.
Fuera, en el pasillo, no se oía nada. Dentro, solo ellos dos, las pollas duras, los culos al aire, la promesa sucia de follarse mutuamente colgando entre las taquillas como un hilo tenso a punto de romperse.
Rafael juntó saliva en la boca y se preparó para lo que venía, el pulgar todavía dibujando círculos lentos alrededor del agujero de su amigo, sintiendo cómo Hassan temblaba y pedía más sin palabras. La noche apenas empezaba, y el vestuario vacío todavía tenía mucho que dar.
Rafael juntó más saliva y la dejó caer en un hilo grueso y viscoso justo sobre el agujero rosado de Hassan. El líquido resbaló por el surco sudado y Hassan soltó un gemido gutural, empujando el culo hacia atrás como una puta en celo. Rafael no esperó. Se inclinó del todo, abrió las nalgas con las dos manos y hundió la lengua hasta donde pudo, lamiendo con hambre cruda, chupando el anillo apretado, empujando la punta dentro mientras bababa sin parar. El sabor a sudor macho y a piel limpia le subió directo a la polla. Hassan tembló en el banco, los nudillos blancos agarrados al borde de la madera, las piernas abiertas de par en par.
—Joder, Rafa… así, más hondo —jadeó Hassan, la voz rota—. Métme la lengua entera. Cómeme el culo como si fuera tu puta comida.
Rafael gruñó contra la carne y lo hizo. Empujó la lengua más profundo, la movió en círculos, la sacó solo para escupir otra vez y volver a metérsela, empapándolo todo. La saliva le corría por la barbilla y le goteaba a las bolas a Hassan. El agujero se aflojaba poco a poco, se abría y se cerraba alrededor de la lengua, caliente, hambriento. Rafael no paraba: chupaba, lamía, follaba el agujero con la boca hasta que Hassan empezó a mover las caderas hacia atrás, frotándose la cara contra la de su amigo, buscando más.
Cuando el culo ya brillaba de babas, Rafael metió dos dedos de un golpe. Hassan gritó un “sí, puto sí” y se arqueó. Los dedos entraron fáciles, resbaladizos, y Rafael los torció buscando ese punto mientras con la otra mano le agarraba la verga gruesa y la bombaba con fuerza, el pulgar restregando la cabeza chorreante.
—Mira cómo te abrís —dijo Rafael, la voz engrosada, los dedos entrando y saliendo con un sonido obsceno, húmedo—. Qué apretado estás todavía. Te voy a dejar este agujero hecho un desastre.
Hassan empujaba el culo contra la mano, se follaba los dedos solo, la polla palpitando en el puño de Rafael. El prechorro le resbalaba por los dedos. Cada vez que Rafael le rozaba la próstata, Hassan soltaba un gemido largo y tembloroso.
—Rafa… por favor… ya no más dedos —suplicó, la frente apoyada en el banco, el culo en alto, las nalgas abiertas y brillantes—. Métela. Clávamela de una vez. Quiero tu verga gruesa abriéndome. Fóllame ya, cabrón. Te lo pido. Te lo ruego. Rómpeme el culo.
Rafael se puso de pie de un salto. Se escupió la polla, se la frotó un par de veces y alineó la cabeza hinchada contra el agujero baboso. Sin avisar, sin suavidad, empujó de un solo embiste brutal. La verga gruesa desapareció entera dentro del culo de Hassan. Hassan aulló, un sonido ronco y salvaje que rebotó en las taquillas, y se quedó temblando, el cuerpo rígido un segundo mientras se adaptaba al grosor que lo estiraba sin piedad.
—Ahí la tenés toda —gruñó Rafael, agarrándole las caderas con fuerza—. Qué puto apretado. Tu culo me está ordeñando la polla. Está caliente como un horno.
Empezó a embestir. Embestidas largas y brutales, sacándola casi entera y volviendo a clavar hasta las pelotas. El sonido de carne contra carne llenó el vestuario: el golpe húmedo de las caderas de Rafael contra las nalgas de Hassan, el chapoteo de la saliva y el prechorro, los gemidos rotos de Hassan cada vez que le daban fondo. Rafael le daba nalgadas fuertes, la palma abierta dejando marcas rojas en la piel firme.
—Más fuerte —pedía Hassan entre jadeos—. Más duro. Fóllame como si me odiaras. Quiero sentirla mañana.
Rafael lo agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y aceleró. El banco crujía bajo ellos. Luego lo giró de lado sin sacar la verga, una pierna de Hassan levantada, el cuerpo medio de costado sobre el banco. Así lo folló más profundo todavía, la polla rozándole la próstata en cada embestida, la mano libre abofeteándole la nalga una y otra vez mientras le hablaba sucio al oído.
—Mírate, abriendo ese culo de puta de gimnasio para mí. Está tan apretado y tan caliente que me va a sacar la leche ya. Cada vez que te la clavo se te contrae y me chupa más adentro. Te voy a dejar el agujero rojo y abierto, goteando mi leche.
Hassan se tocaba la verga con desesperación, la mano subiendo y bajando al ritmo de las embestidas. El culo le ardía delicioso, estirado al límite, cada embestida le sacaba un gemido más alto. Rafael cambiaba de ángulo, a veces lento y profundo, a veces rápido y salvaje, siempre con nalgadas y palabras crudas.
—Tu culo es una puta maravilla —dijo Rafael, sudando, la voz entrecortada—. Lo siento apretarme la verga como un puño. Caliente. Húmedo. Perfecto para ser follado. Voy a reventártelo y después te toca a ti. Vas a meterla en el mío y me vas a devolver cada embestida.
Hassan asintió con la cabeza, los ojos vidriosos de placer, el culo recibiendo sin parar. Rafael lo volvió a poner a cuatro patas y se lo cogió con más fuerza todavía, las pelotas golpeándole el perineo, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo el agujero se tragaba y soltaba la verga gruesa una y otra vez. La saliva y el sudor hacían un desastre brillante entre ellos. Hassan empujaba hacia atrás al mismo tiempo, follándose solo, pidiendo más, el cuerpo entero entregado al ritmo brutal.
El aire del vestuario se había vuelto denso, pesado de sexo y de gemidos. Rafael sentía cómo el culo de Hassan se le adaptaba, se abría más, se ponía más glotón con cada embestida. Le dio otra nalgada fuerte y se inclinó sobre su espalda, mordiéndole el hombro mientras le hablaba al oído.
—Cuando termine contigo vas a tener el culo tan usado que te va a costar cerrarlo. Y entonces te vas a arrodillar, me vas a abrir las nalgas a mí y me vas a devolver esto. Mutuamente, Hassan. Te lo prometí. Ahora aguanta y deja que te destroce este agujero apretado y caliente.
Hassan solo pudo gemir más fuerte, la polla goteando sin parar sobre el banco, el cuerpo sacudido por las embestidas sin piedad. El zumbido de las luces seguía ahí arriba, sordo testigo de cómo se follaban el culo sin freno, la noche todavía larga y el deseo de turnarse ardiendo igual de vivo entre los dos.
Rafael no aflojó el ritmo. Las embestidas se volvieron más cortas, más brutales, el sonido de sus caderas golpeando el culo de Hassan llenando el vestuario entero como un slap húmedo y constante. El banco crujía. Las taquillas vibraban. Hassan tenía la cara aplastada contra la madera, babando, los ojos entornados, la mano volando sobre su propia verga gruesa mientras el culo le ardía y se abría y se cerraba alrededor de la polla que lo destrozaba sin piedad.
—Dale, cabrón… me la vas a sacar entera —gruñó Hassan, la voz rota, empujando el culo hacia atrás para clavársela más hondo—. Siento cómo se te hincha dentro. Estás a punto. Lléname. Quiero tu leche caliente reventándome por dentro.
Rafael le agarró las caderas con fuerza de hierro, los dedos clavándose en la carne firme hasta dejar moretones. Sudaba a chorros. El pecho le golpeaba la espalda de Hassan en cada embestida. La polla le palpitaba, gruesa, pesada, rozando la próstata de su amigo una y otra vez hasta que Hassan soltaba gemidos agudos, casi llorosos de placer.
—Tu culo me está ordeñando la verga, puto —jadeó Rafael—. Está tan apretado… tan caliente… se me va a salir la leche ya. Aguanta. Te la voy a tirar toda adentro. Te voy a dejar goteando hasta las rodillas.
Hassan se masturbaba más rápido, el puño resbaladizo de prechorro, las bolas subidas, tensas. El agujero le ardía delicioso, estirado al máximo, cada embestida le sacaba un chapoteo obsceno de saliva y sudor. Sentía la polla de Rafael hincharse todavía más, las venas marcándose contra las paredes internas, el glande golpeándole fondo.
—Sí, Rafa… así… más fuerte… me voy a correr también —suplicó Hassan—. Quiero correrme mientras me llenas. Quiero sentir tu leche y la mía al mismo tiempo.
Rafael soltó un gruñido animal y clavó hasta las pelotas una última vez, hondo, brutal, y se corrió. La primera descarga fue un chorro grueso y caliente que le inundó el culo a Hassan de golpe. Hassan aulló, el cuerpo entero en un espasmo, y se corrió al mismo tiempo: chorros blancos y potentes salieron disparados de su verga y cayeron al suelo del vestuario, salpicando las baldosas frías, haciendo un charco sucio entre sus pies. Rafael seguía embistiendo a sacudidas cortas, ordeñándose el orgasmo dentro del agujero apretado, bombeando más y más leche caliente, sintiendo cómo el culo de Hassan se contraía y le chupaba cada gota.
—Joder… joder… ahí va toda… tómala entera —gruñó Rafael, temblando, la frente apoyada en la espalda sudada de Hassan mientras las últimas sacudidas le vaciaban las bolas. El semen le rebosaba ya, espeso, resbalando por las bolas de Hassan y cayendo en hilos al suelo, mezclándose con el charco que acababa de hacer su amigo.
Hassan seguía jadeando, la mano todavía apretando su polla medio dura, exprimiendo las últimas gotas que goteaban al suelo. El culo le latía, abierto, lleno, ardiendo. Sentía la leche de Rafael caliente y espesa dentro, moviéndose cada vez que se contraía. Rafael sacó la verga despacio. El agujero de Hassan se quedó abierto un segundo, un agujero rojo y brillante que escupió un hilo grueso de semen blanco antes de contraerse a medias. La polla de Rafael salió brillante, cubierta de su propia leche y de la saliva que habían usado, todavía semidura y palpitante.
Los dos respiraban como si hubieran corrido una maratón. El aire olía a sexo crudo, a semen fresco, a sudor macho. Rafael se dejó caer sentado en el banco, las piernas abiertas, la verga sucia apuntando hacia arriba, goteando todavía. Hassan se giró, todavía de rodillas en el suelo, el culo goteándole leche por el muslo interior, y miró la polla de su amigo con hambre.
Sin decir nada primero, se arrastró entre las piernas de Rafael. Se arrodilló del todo, le abrió más los muslos y se inclinó. La lengua le salió larga y la pasó plana por toda la longitud de la verga sucia, lamiendo la leche espesa que la cubría. El sabor salado y amargo le llenó la boca. Rafael soltó un gemido bajo y le agarró el pelo rizado.
—Límpiamela bien, puto —ordenó, la voz todavía ronca del orgasmo—. Chúpame la leche que me sobró. Quiero verte tragar lo que te quedó en el culo.
Hassan abrió la boca y se la metió entera. Chupó con hambre, la lengua girando alrededor del glande hinchado, lamiendo cada rastro de semen, bajando hasta las bolas para chuparlas también, sucias de su propio culo. Hacía ruidos húmedos, obscenos, de garganta llena. Tragaba lo que encontraba. La polla de Rafael se le endurecía otra vez un poco dentro de la boca caliente. Hassan la sacó solo para escupirle encima y volver a chuparla limpia, dejando el tronco brillante de saliva, sin rastro de leche.
Cuando la tuvo reluciente, se apartó un poco, todavía arrodillado, todavía jadeando, la barbilla brillante de saliva y semen. Miró a Rafael a los ojos con una sonrisa sucia, los labios hinchados.
—La próxima vez soy yo el que te destroza el culo, Rafa —prometió, la voz baja y cruda—. Te voy a poner exactamente como me pusiste a mí. Te voy a abrir las nalgas en este mismo banco, te voy a escupir el agujero y te la voy a clavar hasta que grites. Te voy a follar tan fuerte que te voy a dejar el culo abierto y goteando mi leche por las piernas. Vas a salir de aquí cojeando, cabrón. Y cuando te sientes al día siguiente vas a sentir mi verga todavía dentro. Te lo juro. Me debes un culo y te lo voy a cobrar entero.
Rafael soltó una risa ronca, todavía sin aliento, y le tiró del pelo para bajarlo y besarlo. El beso fue sucio, lleno de lengua, sabiendo a su propio semen. Hassan le mordió el labio inferior y le escupió un poco de saliva en la boca. Se rieron entre dientes, jadeando todavía, las manos recorriéndose los cuerpos sudados sin vergüenza.
—Me debes eso y más —contestó Rafael contra su boca—. La próxima te dejo que me rompas. Pero ahora levántate, que se nos hace tarde y este vestuario huele a puticlub barato.
Se pusieron de pie tambaleándose. Hassan se tocó el culo y se rio al notar cómo todavía le goteaba un hilo de leche por el muslo. Rafael le dio una nalgada fuerte que resonó y le hizo soltar un “ay, cabrón” entre risas. Se secaron a medias con las toallas, sin limpiarse del todo a propósito. Hassan se subió los shorts de compresión todavía mojados de sudor y semen; el elástico le apreció el culo lleno y se le marcó el agujero un segundo. Rafael se metió la polla limpia dentro de los calzoncillos y se subió los pantalones cortos, la tela pegándose a la piel.
Se vistieron entre codazos, risas bajas y manoseos. Hassan le metió la mano dentro del pantalón a Rafael una última vez y le apretó la verga todavía sensible. Rafael le devolvió el favor, metiéndole dos dedos por detrás del short y empujándolos un poco dentro del culo baboso y lleno, sacándolos después brillantes de leche.
—Mira cómo te dejo —dijo Rafael, enseñándole los dedos sucios antes de chupárselos delante de su cara—. Llenito y abierto. Para que te acuerdes todo el camino a casa.
Hassan se le pegó, le agarró la nuca y le dio un último beso sucio, metiéndole la lengua hasta la garganta, frotándose el paquete contra el suyo.
—La próxima te dejo yo a ti igual de lleno, puto —susurró contra su boca—. Te voy a follar el culo hasta que me pidas por favor que pare, y aun así no voy a parar. Te voy a reventar ese agujero de macho hasta que te corras solo de tenerlo lleno de mi verga.
Se separaron, se echaron las mochilas al hombro y salieron del vestuario todavía riéndose, el olor a sexo pegado a la piel, el semen de Rafael secándose lento dentro del culo de Hassan, y la promesa sucia de devolvérselo ardiendo entre los dos como un secador todavía caliente.
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