Tentación Bajo el Tejado de su Mejor Amiga

Dos amigas adultas de 32 y 30 años se rinden por fin a la pasión lésbica que llevaban años reprimiendo.

15 min read September 15, 2026New

Me llamo Priya y tengo treinta y dos años. Soy arquitecta y paso mis días inclinada sobre planos y obras que parecen no terminar nunca, cargando con el peso de decisiones que afectan a familias enteras. Esa tarde llegué exhausta al loft de Nadia, mi mejor amiga desde hace más de diez años. Ella, con sus treinta años recién cumplidos, es una abogada de éxito que gana casos imposibles y camina por los tribunales como si el mundo le perteneciera. Su apartamento bajo el tejado inclinado siempre me había parecido un refugio cálido, pero esa vez el refugio traía consigo un peligro que ambas habíamos fingido no ver durante años.

Apenas llamé al timbre cuando la puerta se abrió. Nadia acababa de salir de la ducha. El vapor todavía flotaba a su alrededor y su cabello castaño oscuro caía húmedo sobre los hombros, dejando gotas que resbalaban por la piel dorada de su cuello. Solo llevaba una camiseta holgada de algodón blanco que le llegaba apenas a mitad del muslo. La tela se pegaba a sus pechos libres, marcando claramente los pezones endurecidos por el contraste del aire fresco. No había rastro de ropa interior. Sus piernas largas y tonificadas quedaban expuestas, y el borde de la camiseta insinuaba la curva donde empezaba su sexo.

—Priya… por fin —murmuró con esa voz grave que siempre me había gustado más de lo debido.

El abrazo fue inmediato y prolongado. Sus brazos me envolvieron con fuerza, apretando mi cuerpo contra el suyo. Sentí sus pechos suaves presionarse contra los míos a través de mi blusa fina, el calor de su piel todavía húmeda traspasando la tela. Mis manos bajaron instintivamente hasta su cintura, justo donde la camiseta terminaba, y rozaron la piel desnuda de sus caderas. Ninguna se apartó. El abrazo se estiró, se volvió más denso. Podía oler su gel de ducha de vainilla mezclado con el aroma natural de su cuerpo. Mi mente era un torbellino: «Llevo años preguntándome cómo se sentiría esto. Sus pezones están duros contra mí. ¿Ella también lo nota? ¿Siente cómo se me acelera el pulso entre las piernas?». Cuando por fin nos separamos, sus ojos verdes se clavaron en los míos con una intensidad que ya no era de simples amigas. Ambas sonreímos con torpeza, como si hubiéramos estado a punto de cruzar una línea invisible que llevábamos evitando desde la universidad.

Me hizo pasar, me mostró la habitación de invitados y me ayudó a dejar la maleta. Pronto estábamos en el salón, bajo la luz tenue que entraba por las claraboyas del tejado inclinado. La iluminación era dorada y baja, creando sombras largas que acariciaban los contornos de los muebles y de su cuerpo. Nadia abrió una botella de vino tinto que había guardado para «ocasiones importantes», según dijo con una sonrisa pícara. Nos sentamos en el sofá amplio, con las piernas casi tocándose. Cada vez que ella se movía, la camiseta subía un poco más, revelando el nacimiento de sus muslos y la sombra tentadora entre ellos. Bebimos la primera copa hablando de mi remodelación, de sus últimos casos, de lo cansadas que estábamos de fingir que todo estaba bien. La segunda copa aflojó las lenguas.

Nadia dejó su copa en la mesa baja y se giró completamente hacia mí. Sus rodillas rozaron las mías de forma deliberada.

—Priya, no puedo seguir callándome esto —dijo, y su voz tembló solo un segundo—. Desde hace años fantaseo contigo. No es solo cariño de amigas. Te imagino desnuda, imagino mi boca entre tus piernas, imagino cómo gemirías mi nombre mientras te hago correrte. He reprimido esto porque eres la persona más importante de mi vida, pero verte aquí, exhausta y preciosa en mi casa… ya no puedo más.

El silencio que siguió fue eléctrico. Sentí que mi coño se humedecía instantáneamente bajo mis shorts. Mis pensamientos eran un caos: «Yo también, Nadia. He tocado mi clítoris pensando en ti tantas noches que he perdido la cuenta. He imaginado tu lengua experta lamiéndome hasta dejarme temblando». En lugar de huir, me incliné hacia ella y puse mi mano sobre su muslo desnudo, acariciando la piel suave con las yemas de los dedos, subiendo lentamente.

—¿Y qué más fantaseas? —pregunté con voz ronca, coqueteando abiertamente por primera vez.

—Fantaseo con besarte hasta que nos falte el aire. Con chuparte los pezones hasta que ruegues. Con frotar mi coño mojado contra el tuyo hasta que las dos gritemos.

Sus dedos imitaron los míos, subiendo por mi muslo hasta llegar al borde de mis shorts. Los roces se volvieron caricias intencionadas, cada vez más cerca de donde el calor se acumulaba. Nos acercamos más. Primero fueron besos suaves en la mejilla, en la mandíbula, en el cuello. Su aliento caliente me erizaba la piel. Luego nuestros labios se rozaron, tentativos, dulces. Pero fui yo quien decidió cruzar la línea. Tomé su rostro entre mis manos y la besé con pasión desatada. Mi lengua entró en su boca buscando la suya, bailando con urgencia. El gemido que escapó de su garganta fue como gasolina.

—Lo quiero tanto como tú —jadeé contra sus labios entre beso y beso—. He deseado comerte el coño durante años, Nadia. Quiero que seas mía esta noche. Quiero que nos corramos juntas. Dime que tú también lo deseas tanto.

—Joder, sí —respondió ella, mordiendo mi labio inferior—. Lo deseo tanto que me duele.

Casi corrimos al dormitorio, dejando un rastro de ropa por el pasillo. Mi blusa y mis shorts cayeron primero. Cuando me quité el sujetador, mis pechos pesados quedaron libres, pezones oscuros y duros. Nadia se sacó la camiseta por la cabeza y se quedó completamente desnuda. Su cuerpo era perfecto: pechos firmes con pezones color café oscuro, cintura estrecha, caderas redondas y un coño completamente depilado que ya brillaba con abundante humedad. Nos miramos con hambre por primera vez.

Caímos sobre su cama grande. La empujé suavemente hacia atrás y me arrodillé entre sus piernas abiertas. Sus muslos temblaban de anticipación.

—Voy a comerte como llevo soñando tanto tiempo —susurré, y bajé la cabeza.

Empecé despacio, lamiendo sus labios mayores, saboreando la humedad salada y dulce que ya empapaba todo. Subí hasta su clítoris hinchado y lo rodeé con la lengua antes de chuparlo con succión firme y rítmica. Nadia arqueó la espalda y soltó un gemido largo y grave.

—¡Sí, Priya! Así… chupa mi clítoris, joder. Tu lengua es tan experta… me tienes empapada.

Agarró mi pelo negro con ambas manos, tirando de mí contra su sexo mientras movía las caderas. Introduje dos dedos en su coño apretado y caliente, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. El sonido húmedo de mis dedos follando su interior acompañaba el de mi lengua lamiendo y succionando. Su sabor me volvía loca; era adictivo, dulce y ligeramente almizclado. Pensaba mientras la devoraba: «Por fin estoy comiendo el coño de mi mejor amiga. Es mejor de lo que imaginé. Quiero que se corra en mi boca». Sus gemidos se volvieron más altos, más sucios.

—No pares… me tienes al borde. Méteme la lengua más adentro, por favor.

Cambiamos de posición cuando sentí que estaba a punto. La empujé y me tumbé de espaldas. Nadia se subió a mi cara con urgencia, sentándose directamente sobre mi boca.

—Ahora quiero follarte la cara —dijo con esa voz dominante que usaba en los juicios pero ahora estaba cargada de lujuria—. Lame mi coño bien profundo mientras froto mi clítoris contra tu boca.

Bajó su sexo empapado sobre mí. Mi lengua entró todo lo que pudo en su vagina, follándola con lametones largos y profundos. Ella comenzó a moverse adelante y atrás, frotando su clítoris hinchado contra mi nariz y mis labios, cubriéndome la cara con sus jugos. El sabor y el olor me rodeaban por completo. Sus manos se apoyaron en la cabecera de la cama mientras gemía palabras sucias.

—Así, puta… bebe todo mi coño. Lame hasta el fondo. Me encanta usar tu cara de almohada. ¡Sí, justo ahí!

Mis manos apretaban sus nalgas firmes, separándolas para poder llegar aún más profundo. Su clítoris palpitaba contra mi lengua. Cuando sentí que sus muslos empezaban a temblar sin control, se levantó y me miró con ojos salvajes.

—Necesito correrme frotándome contigo.

Nos colocamos en tijeras salvajes, piernas entrelazadas, coños empapados presionándose directamente. Nuestros clítoris hinchados y resbaladizos se encontraron y comenzaron a frotarse con fuerza. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Empezamos lento, disfrutando la sensación eléctrica de nuestros sexos calientes y mojados deslizándose uno contra el otro, pero pronto la necesidad nos volvió brutales.

—Frota tu clítoris contra el mío con fuerza, Priya —gruñó Nadia, moviendo las caderas con violencia—. Quiero sentir cómo tu coño se corre contra el mío. ¡Joder, qué rico se siente!

—Tu coño está chorreando, Nadia —respondí entre gemidos—. Me voy a correr frotando mi clítoris en el tuyo. Eres mi puta lesbiana ahora. Frota más fuerte… ¡así!

Nuestros movimientos se volvieron frenéticos. Nuestros pechos rebotaban, las manos se agarraban a los muslos de la otra para tener más palanca. Las palabras sucias salían sin filtro:

—Quiero que me inundes con tu corrida. —Mi coño es tuyo, cómetelo con el tuyo. —Me corro… ¡me corro en tu coño, joder!

El orgasmo nos golpeó al mismo tiempo como una ola brutal. Gritamos sin vergüenza, cuerpos convulsionando, clítoris palpitando violentamente uno contra el otro mientras nuestros jugos se mezclaban y empapaban las sábanas. Las contracciones fueron largas, intensas, casi dolorosas de tanto placer. Nos apretamos con fuerza hasta que el último temblor nos dejó exhaustas y jadeantes.

Nadia se dejó caer sobre mí, besándome suavemente los labios hinchados y rojos. Saboreé mi propia esencia mezclada con la suya en su lengua. Sus ojos brillaban con algo más profundo que simple lujuria.

—Esto no será solo una noche, Priya —susurró contra mi boca—. Quiero despertarme contigo, quiero repetirlo mañana y pasado. Quiero todo de ti.

Nos acurrucamos desnudas bajo las sábanas frescas, cuerpos calientes entrelazados, piernas y brazos enredados como si no quisiéramos dejar ni un centímetro de separación. Con risas nerviosas y excitadas que rompían el silencio de la noche, empezamos a planear cómo demonios íbamos a esconder esta nueva relación lésbica de nuestro círculo social.

—Vamos a tener que ser actrices en las cenas con los amigos —dijo Nadia riendo bajito mientras su mano acariciaba perezosamente uno de mis pechos, rozando el pezón con el pulgar—. Nadie puede saber que ahora, cuando nos miramos, estamos recordando cómo me comiste el coño hasta hacerme gritar.

Yo reí también, deslizando mi palma por su vientre plano hasta llegar a la humedad todavía presente entre sus muslos, acariciándola con lentitud provocadora.

—Seremos discretas en público… pero en privado no voy a poder mantener las manos lejos de tu coño. Vamos a tener que inventar excusas para escaparnos.

Nuestras caricias perezosas empezaron a volverse más intencionadas otra vez. Los dedos exploraban con calma, despertando de nuevo el calor. Sabíamos que la tentación que habíamos liberado bajo el tejado de su casa apenas acababa de empezar, y que los próximos días traerían nuevos riesgos, nuevos lugares y nuevas formas de rendirnos a lo que ya no podíamos ni queríamos seguir reprimiendo.

Mis dedos, que hasta entonces habían trazado patrones perezosos sobre el vientre plano de Nadia, descendieron con intención clara hasta la humedad que aún brillaba entre sus muslos. Su coño seguía hinchado y resbaladizo por la corrida que habíamos compartido minutos antes, los labios mayores ligeramente abiertos como una invitación silenciosa. Deslicé las yemas por la ranura caliente, recogiendo los jugos mezclados, y ella separó las piernas con un suspiro largo, ofreciéndose por completo. El loft bajo el tejado inclinado parecía más pequeño ahora, la luz tenue de las claraboyas dibujando sombras alargadas sobre sus pechos firmes, cuyos pezones color café seguían duros como guijarros. A mis treinta y dos años, como arquitecta acostumbrada a calcular pesos y resistencias, nunca había imaginado que mi propio cuerpo se sentiría tan frágil ante el de ella, esta abogada de treinta años que dominaba tribunales pero que ahora temblaba bajo mi mano.

—Más adentro, Priya… no juegues conmigo —susurró Nadia con esa voz grave que usaba para cerrar casos imposibles, pero ahora teñida de pura necesidad—. Quiero sentir tus dedos follándome otra vez. Ya no hay vuelta atrás.

Introduje dos dedos de golpe en su vagina estrecha y ardiente, sintiendo las paredes sedosas cerrarse alrededor de ellos como un guante caliente y mojado. Los curvé buscando ese punto rugoso que la hacía arquearse, mientras mi pulgar trazaba círculos firmes sobre su clítoris hinchado. El sonido húmedo, obsceno, llenaba la habitación: un chapoteo constante que acompañaba sus gemidos graves. Nadia movía las caderas en círculos lentos, follándose mis dedos con descaro, y su mano bajó hasta mi propio coño, separando mis labios con pericia. Dos de sus dedos entraron en mí sin aviso, imitando el ritmo que yo le daba, y el placer me cortó la respiración. Nos masturbamos mutuamente con miradas fijas, rodillas entrelazadas, el sudor empezando a perlar nuestra piel.

Pensé, mientras sus dedos me abrían y me llenaban: “Llevo más de diez años reprimiendo esto, tocándome a escondidas después de cada cena con ella, imaginando exactamente estos dedos de abogada experta dentro de mí. Ahora es real, y es mejor de lo que cualquier fantasía pudo ser. Su coño aprieta mis dedos como si quisiera tragárselos”.

Nuestros besos se volvieron brutales. Lenguas que se lamían, dientes que mordían labios hinchados, saliva compartida. Nadia me pellizcaba el clítoris entre embestida y embestida, y yo respondía metiendo un tercer dedo en su coño empapado, estirándola, sintiendo cómo se dilataba para mí. Sus gemidos se transformaron en palabras sucias, pronunciadas contra mi boca.

—Eres mi puta come-coños, Priya. Méteme más, rómpeme este coño que tanto has deseado. Quiero correrme en tu mano antes de que te devore entera.

El calor subía demasiado rápido. Mi pulso latía con fuerza entre las piernas, el coño chorreando alrededor de sus dedos. Pero Nadia, siempre dominante, retiró la mano de repente y me empujó hacia atrás sobre las sábanas revueltas. Se colocó entre mis muslos abiertos con una sonrisa lobuna, el cabello castaño oscuro cayéndole desordenado sobre los hombros dorados. Besó el interior de mis rodillas, subió por mis muslos temblorosos, mordiendo suavemente la carne suave hasta dejar marcas rojas que sabía que vería mañana. Su aliento caliente sobre mi sexo me hizo estremecer violentamente.

—Ahora me toca probarte de verdad —dijo, la voz ronca de lujuria—. He soñado con enterrar mi cara en este coño durante años. Quiero que me inundes la boca, arquitecta mía.

Sacó la lengua y me dio una lamida larga, plana, desde el ano hasta el clítoris, recogiendo toda la humedad acumulada. El placer fue tan agudo que arqueé la espalda y solté un grito ahogado. Nadia no tuvo piedad. Chupó mis labios mayores, los succionó entre los suyos, luego separó los menores con los dedos y hundió la lengua en mi entrada, follándome con lametones profundos y húmedos. Cambiaba de técnica sin aviso: succionaba mi clítoris con fuerza rítmica, luego lo golpeaba con la punta dura de la lengua, después lo rodeaba en espirales lentas que me volvían loca. Introdujo tres dedos en mi coño, curvándolos perfectamente, y comenzó a bombear mientras su boca se pegaba a mi clítoris sin separarse.

— ¡Nadia, joder! —gemí, agarrando su cabello con ambas manos y empujándola más fuerte contra mí—. Lame más profundo, chúpame el clítoris así… sí, así, eres una diosa. Me tienes chorreando en tu cara.

Mis pensamientos eran un caos de placer: “Mi mejor amiga, la mujer con la que he compartido confidencias durante más de una década, está ahora devorándome el coño como si fuera su última comida. Su lengua es experta, insistente, perfecta. Siento cada lametón hasta en los dedos de los pies. A la mierda la represión. Quiero que me haga correr una y otra vez”.

El orgasmo me golpeó como una ola rompiendo contra rocas. Mis muslos se cerraron alrededor de su cabeza, el cuerpo convulsionando mientras chorros de jugos salían de mí y ella los bebía sin perder una gota, gimiendo de satisfacción contra mi carne sensible. Siguió lamiendo durante el clímax, prolongándolo hasta que me retorcí, demasiado sensible, suplicando con voz rota.

Apenas recuperé el aliento, la agarré por los hombros y la giré. Nos colocamos en sesenta y nueve, yo encima, mi coño todavía palpitante sobre su boca y el suyo directamente bajo la mía. Bajé las caderas y ella levantó las suyas, encontrándonos a mitad de camino. Lamí su coño depilado con hambre renovada, saboreando la abundante humedad que no dejaba de manar. Mi lengua entró todo lo posible en su vagina, follándola con movimientos largos y firmes, mientras mis dedos separaban sus nalgas y uno de ellos presionaba su ano apretado. Nadia soltó un gemido ahogado contra mi clítoris y empujó hacia atrás, pidiendo más.

— ¡Sí, méteme el dedo en el culo mientras me comes! —gruñó, su voz vibrando directamente en mi sexo—. Eres mi zorra lesbiana personal, Priya. Lame todo, no dejes ni un centímetro seco. Quiero que te tragues mi corrida.

Introduje el dedo lentamente en su ano, sintiendo la resistencia ceder, y lo moví al mismo ritmo que mi lengua en su coño. Ella hacía lo mismo conmigo: dos dedos en mi vagina, uno en mi culo, la boca succionando mi clítoris con fuerza brutal. El placer era abrumador, multiplicado. Nuestros cuerpos sudorosos se movían al unísono, caderas ondulando, pechos aplastados contra vientres, el sonido húmedo de lenguas y dedos llenando el espacio bajo el tejado. El olor a sexo era denso, adictivo, vainilla y almizcle y nosotras.

Nos comimos con desesperación creciente, palabras sucias ahogadas contra la carne mojada.

—Tu coño sabe mejor de lo que imaginé… córrete en mi boca otra vez. —Fóllame el culo con el dedo, puta… así, más rápido. Me tienes al borde.

El segundo orgasmo nos atravesó casi al mismo tiempo. Nadia se tensó debajo de mí, sus muslos temblando violentamente alrededor de mi cabeza mientras su coño y su ano se contraían con fuerza alrededor de mis dedos y mi lengua. Yo exploté en su cara, gritando contra su sexo, los jugos saliendo en pulsos que ella tragaba con avidez. Las contracciones fueron largas, profundas, casi dolorosas de tan intensas.

Pero Nadia aún no había terminado. Con energía que no parecía posible después de tanto, me apartó y nos colocó frente a frente en tijeras salvajes, una pierna de cada una elevada para que nuestros coños se aplastaran completamente. Clítoris contra clítoris, hinchados y resbaladizos, comenzamos a frotarnos con violencia. El roce era eléctrico, casi insoportable después de los orgasmos anteriores, pero no podíamos parar. Nuestras manos se clavaban en los muslos de la otra, buscando palanca para movernos más fuerte, más rápido. Los pechos rebotaban con cada embestida, el sudor volaba.

—Frota ese clítoris contra el mío como la puta que eres —ordenó Nadia, los ojos verdes brillando con lujuria dominante—. Quiero sentir cómo tu coño se corre por última vez contra el mío. Inúndame, Priya. Hazme tuya del todo.

—Tu coño chorreante es mío —jadeé, moviendo las caderas con brutalidad—. Frota más fuerte, abogada. Quiero que nos corramos gritando, que estas sábanas queden destrozadas. ¡Joder, Nadia, me vengo!

El clímax final fue devastador, más fuerte que todos los anteriores. Nuestros clítoris palpitaron violentamente uno contra el otro, los coños contrayéndose y soltando jugos calientes que se mezclaron y empaparon todo. Gritamos sin control, cuerpos convulsionando, uñas clavándose en carne, el placer recorriéndonos en oleadas interminables hasta que los músculos no respondieron más.

Nos derrumbamos de lado, aún con las piernas entrelazadas, respiraciones agitadas y entrecortadas llenando el silencio. Mi corazón latía contra sus pechos, su aliento caliente en mi cuello. Nadia pasó una mano temblorosa por mi espalda sudada, susurrando algo que apenas pude oír entre los latidos de mi propio pulso, mientras el afterglow nos envolvía como una manta pesada y cálida, y mis ojos se cerraban lentamente en medio de esa bruma de placer exhausto.

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