Medianoche en la Azotea: Deseo al Descubierto
En la azotea, Terrence descubre a Petra en lencería y la folla duro contra la barandilla hasta correrse juntos.
El calor de medianoche se aferraba a la azotea del edificio viejo como una segunda piel. Terrence empujó la puerta de metal oxidada y salió al aire espeso de la ciudad, el paquete de cigarrillos ya en la mano. Veinticuatro años y aún no lograba dormir en ese piso de abajo; el ruido de la calle y el olor a asfalto caliente le subían por las venas. Encendió el mechero, dio la primera calada y entonces la vio.
Petra estaba de pie junto a la barandilla, de espaldas a la puerta, retocándose el lápiz de labios frente a un espejito compacto que brillaba bajo la luz amarilla de un farol lejano. Lencería de encaje negro: un corpiño que empujaba sus pechos pequeños y firmes, un tanga de hilo que se perdía entre las nalgas redondas, medias de seda hasta el muslo sujetas con ligas, y tacones altos que hacían arcos perfectos en sus pantorrillas. El cabello largo le caía en ondas sueltas sobre los hombros. Veintiséis años de mujer trans vestida para nadie… o para cualquiera que tuviera el valor de subir.
Terrence se quedó paralizado. La brisa movió el humo de su cigarrillo. Petra giró la cabeza. Sus miradas se cruzaron. Él esperó el grito, la mano tapando el pecho, la huida. En cambio ella sonrió. Una sonrisa lenta, abierta, con los labios todavía húmedos del gloss. No se tapó. Se enderezó un poco más, dejando que la luz le dibujara la curva de la cadera y el bulto suave bajo el encaje del tanga. Con un gesto mínimo del mentón lo invitó a acercarse. Sin palabras.
Terrence apagó el cigarrillo contra el muro y caminó hacia ella. Cada paso le pesaba en la entrepierna. El calor de la azotea se metió bajo su camiseta.
—Llevas meses mirándome desde el balcón de abajo —dijo Petra con voz ronca, casi un ronroneo—. Cuando salgo a tender la ropa, cuando me siento a fumar… Lo noto. Y me encanta. Me encanta que me miren vestida así. Siempre he fantaseado con que tú, precisamente tú, me desees tal como soy. No a pesar de esto —se tocó el pecho, luego bajó la mano hasta la entrepierna—. Sino por esto. Por todo.
Terrence tragó saliva. El corazón le golpeaba la garganta.
—Llevo meses pajeándome pensando en ti —admitió, la voz rota—. En cómo te mueves. En cómo te ríes en el rellano. En lo que habría debajo de esa bata que usas a veces. No sabía… no estaba seguro de si podías… de si querrías…
—Quiero —cortó ella—. Exactamente como soy.
Él se acercó del todo. Sus manos temblaban cuando las posó en los muslos de Petra, deslizando los dedos por el nylon tenso y cálido. La seda crujió bajo las yemas. Subió despacio, rozando las ligas, sintiendo la carne suave por encima del borde de las medias. Petra soltó un suspiro corto y abrió un poco las piernas. Terrence la besó con hambre, sin preámbulos: boca abierta, lengua profunda, el gusto a cigarrillo y a labial barato mezclándose. Ella le mordió el labio inferior y le agarró la camiseta por detrás, pegándolo contra su cuerpo. Él notó la dureza de ella rozándole el muslo a través del encaje. La aceptación era total, cruda, necesaria: no había espacio para dudas. Petra era la mujer que tenía delante, polla y todo, y él la quería exactamente así.
La tensión se rompió cuando ella se arrodilló sobre el suelo caliente de la azotea. Con dedos hábiles le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y tiró de los pantalones y el bóxer hasta los muslos. La polla de Terrence saltó libre, gruesa, ya goteando. Petra la miró un segundo con hambre genuina y luego se la metió entera en la boca. Sin rodeos. Labios estirados alrededor del glande, lengua plana contra la vena inferior, bajando hasta que la nariz rozó el vello púbico. Terrence gimió su nombre —«Petra… joder, Petra»— y le enredó los dedos en el cabello. Ella chupaba con ansia profunda y experta: salivaba abundantemente, hacían ruidos obscenos de garganta, tragaba hasta el fondo y se retiraba solo lo suficiente para respirar antes de volver a embestir con la boca. Una mano le apretaba los huevos, la otra se metía bajo el tanga para acariciar su propia polla dura y ya húmeda.
Cuando Terrence sintió que iba a corrérsele demasiado pronto, la levantó de los brazos y la giró contra la barandilla de hierro. El metal frío contrastó con la piel caliente de ella. Le levantó el tanga con un tirón, dejando al aire el culo redondo y el coño afeitado entre las nalgas, la polla de Petra colgando pesada y erecta hacia adelante. Se arrodilló detrás de ella. Primero le abrió las nalgas con ambas manos y le comió el culo con lengua voraz: punta empujando el anillo apretado, saliva resbalando, luego bajó hasta el coño y lo lamió con hambre, chupando los labios, metiendo la lengua dentro, saboreando el sabor salado y dulce de ella. Petra gemía sin control, empujando el culo hacia atrás, una mano agarrada a la barandilla, la otra bombando su polla.
—Métela… por favor, métela ya —rogó con voz rota.
Terrence se puso de pie, alineó la cabeza de su polla con la entrada mojada de Petra y empujó de un solo golpe. Ella gritó un «sí» ahogado. Él la folló duro por detrás, en posición de pie, las embestidas fuertes y profundas que hacían sonar la carne contra la carne. El encaje del corpiño se pegaba al sudor de la espalda de ella. Las medias brillaban bajo la luz de la ciudad. Cada embestida sacudía el cuerpo de Petra contra la barandilla; él le agarraba las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne suave. Petra se masturbaba la polla al ritmo de las embestidas, el glande goteando sobre la pared de ladrillo. Ambos gemían sin freno: sonidos crudos, nombres, tacos, el ruido húmedo de la follada al aire libre.
—Me corro… me corro dentro —advirtió Terrence entre dientes.
—Hazlo… llena… joder, sí—
Él se enterró hasta el fondo y se corrió con un gemido largo, chorros calientes llenándole el coño a Petra. Al mismo tiempo ella se tensó, la mano acelerándose, y se corrió salpicando la pared de ladrillo con hilillos blancos y espesos, el cuerpo convulsionando mientras Terrence seguía empujando suaves para vaciarse del todo.
El silencio de después solo lo rompía su respiración agitada y el lejano tráfico. Petra se giró todavía con la polla de él medio adentro, temblando. Lo besó con ternura esta vez: labios suaves, lengua lenta, un suspiro compartido. Le pidió en un susurro:
—Abrázame. Solo… abrázame un momento.
Terrence la envolvió en los brazos bajo las estrellas pálidas que se asomaban entre los edificios. El sudor de ambos se mezclaba. Le susurró al oído, la voz todavía ronca:
—Te deseo exactamente así. Tal como eres. Cada centímetro. Esta noche… y las que vengan.
Petra se acurrucó contra su pecho, pero sus dedos no soltaron del todo la camiseta de él. Abajo, en el piso de ella, la puerta del rellano crujió con un ruido que ninguno de los dos identificó del todo. El aire seguía caliente. La barandilla aún olía a sexo. Y en la mirada de Petra, cuando levantó la cara hacia Terrence, había algo más que satisfacción: una promesa a medias, un hambre que no se había apagado del todo, como si lo que acababan de hacer fuera solo la primera capa de algo más grande que la azotea podía contener.
El abrazo duró apenas el tiempo de un latido largo. Petra no se quedó quieta. Sus uñas se clavaron en la camiseta de Terrence y tiró de él hasta que la espalda de él chocó contra la barandilla. El metal frío le recorrió la columna mientras ella se frotaba contra su cuerpo todavía medio vestido. La polla de Terrence, blanda y resbaladiza de su propia corrida, empezó a endurecerse otra vez al roce del encaje empapado del tanga de ella. Petra le mordió el cuello, justo debajo de la oreja, y susurró con la voz hecha un hilo grueso:
—No me sueltes. Quiero más. Quiero que me uses hasta que no pueda tenerse en pie.
Terrence no contestó con palabras. Le agarró el culo con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne suave por encima de las ligas, y la levantó. Petra enredó las piernas en su cintura. Los tacones rozaron sus muslos. Él la cargó dos pasos hacia el lado más oscuro de la azotea, donde un tendedero viejo y unas cajas de cartón formaban un rincón estrecho. La bajó de pie, la giró de nuevo y le empujó el pecho contra la pared de ladrillo. El corpiño se le subió. Los pezones pequeños y duros rozaron el ladrillo rugoso. Terrence le bajó el tanga hasta la mitad de los muslos, dejando las medias y las ligas en su sitio. La polla de Petra colgaba pesada, todavía goteando, y el coño entreabierto brillaba con la mezcla de semen y jugos.
Él se arrodilló otra vez. Esta vez no fue solo lengua. Le abrió las nalgas con los pulgares y le escupió directo al agujero apretado, luego metió dos dedos de golpe en el coño todavía resbaladizo de la primera corrida. Petra gritó contra el ladrillo. Los dedos de Terrence entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno, buscando ese punto blando que la hacía temblar las rodillas. Al mismo tiempo le lamió los huevos por debajo, chupándolos uno a uno mientras la otra mano le bombeaba la polla con puño cerrado y rápido. Petra empujaba las caderas hacia atrás y hacia adelante a la vez, follándose los dedos y la mano de él como si no pudiera decidir qué quería más.
—Joder, sí… así… más profundo —jadeó ella—. Mételos todos. Quiero sentir que me abres.
Terrence metió un tercer dedo. El coño de Petra se estiró alrededor de sus nudillos. Ella soltó un gemido largo y gutural. Él los giró dentro, los sacó casi del todo y los volvió a empujar hasta el fondo mientras chupaba la base de su polla. El sabor salado de la corrida de ella se mezclaba con el de él. La ciudad debajo seguía viva: bocinas lejanas, un perro ladrando, el zumbido de un aire acondicionado. Nadie subía. El crujido del rellano se había apagado, o quizás nunca había sido nada. Solo ellos dos y el calor que no bajaba.
Cuando los muslos de Petra empezaron a temblar de verdad, Terrence se puso de pie. Se quitó la camiseta de un tirón y la tiró al suelo. Se bajó del todo los pantalones y se los quitó junto con las zapatillas. Ahora estaba desnudo bajo la luz amarilla. Petra lo miró por encima del hombro, los labios hinchados, el rímel un poco corrido, y sonrió con hambre pura.
—Date la vuelta —ordenó él, la voz ronca—. Quiero verte la cara cuando te la meta otra vez.
Ella obedeció. Se apoyó de espaldas a la barandilla, los codos sobre el hierro, las piernas abiertas todo lo que el tanga a medio muslo permitía. Terrence le levantó un muslo y se lo puso sobre la cadera. Alineó la polla —ya otra vez dura como piedra— con la entrada roja y hinchada y empujó. Entró de un solo embate húmedo. Petra arqueó la espalda y gritó su nombre. Él no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a follarla en vertical, embestidas cortas y brutales que hacían chocar los huesos de la pelvis. Cada embestida levantaba a Petra un poco sobre los tacones. El encaje del corpiño se le había subido del todo; los pechos pequeños rebotaban. Terrence le agarró uno, le pellizcó el pezón y luego bajó la mano para apretarle la polla entre sus cuerpos. La frotaba contra su vientre al ritmo de las embestidas.
—Mírame —exigió él—. Quiero que me mires mientras te lleno otra vez.
Petra abrió los ojos. Estaban vidriosos, oscuros, llenos de deseo sin filtro. Le agarró la nuca y lo besó con dientes y lengua. El beso era sucio, saliva compartida, gemidos tragados. Terrence aceleró. El sonido de la carne mojada contra carne mojada llenaba la azotea. La polla de Petra rebotaba entre ellos, goteando hilos transparentes sobre el vello del bajo vientre de él. Ella metió la mano entre los dos y se masturbó al mismo ritmo salvaje, el glande rozando el abdomen sudado de Terrence.
—Más duro —pidió ella entre embestidas—. Rómpeme. Quiero despertarme mañana y sentir todavía tu polla aquí dentro.
Terrence le cambió el ángulo. Levantó el otro muslo también, cargándola por completo contra la barandilla. Ahora la tenía suspendida, las piernas abiertas en V, los tacones colgando en el aire. La follaba con todo el peso del cuerpo, profundamente, hasta que los huevos le golpeaban el culo. Petra gritaba sin vergüenza. Cada embestida le sacaba un “sí” o un “ahí” o un simple gemido animal. El hierro de la barandilla crujía. Abajo, en la calle, alguien gritó algo incomprensible. A ellos les daba igual.
Cuando sintió que la segunda corrida le subía por la base de la espina, Terrence la bajó de golpe, la giró otra vez y la empujó de rodillas al suelo caliente. Petra abrió la boca sin que se lo pidieran. Él le metió la polla hasta la garganta de un empujón. Ella se atragantó, babas espesas le corrieron por la barbilla, pero no se retiró. Le agarró las nalgas y lo atrajo más adentro. Terrence le folló la boca con las mismas embestidas brutales que le había dado al coño. Los ojos de Petra lloraban de esfuerzo y de placer. Una mano suya seguía bombeando su propia polla; la otra le apretaba los huevos a él, acariciándolos, tirando con suavidad.
—Voy a correrme en tu lengua —advirtió él entre dientes—. Trágatelo todo.
Petra asintió lo mejor que pudo con la boca llena. Terrence se enterró hasta el fondo y se corrió con un gemido largo y roto. Chorros calientes le llenaron la garganta. Ella tragó, tragó otra vez, y todavía le sobró; le salió un hilo blanco por la comisura de los labios y le bajó por el cuello hasta el escote del corpiño. Cuando él se retiró, temblando, Petra se pasó la lengua por los labios y se miró a sí misma: la polla dura, el glande hinchado y morado, a punto.
Terrence se arrodilló frente a ella. La besó, saboreando su propio semen en la boca de ella, y luego bajó. Le tomó la polla con las dos manos y se la metió entera en la boca. No había suavidad. Chupaba con hambre, haciendo el vacío, bajando hasta que la nariz le rozaba el vello afeitado. Petra le agarró el pelo con las dos manos y le folló la cara con embestidas cortas y desesperadas. El ruido era obsceno: saliva, garganta, gemidos ahogados de Terrence. Él metió dos dedos otra vez en el coño de ella y los movió en círculos mientras chupaba.
Petra se corrió con un grito ahogado. La primera descarga le llenó la boca a Terrence; él tragó lo que pudo y dejó que el resto le manchara la lengua, los labios, la barbilla. Ella siguió empujando, convulsionando, hasta que se quedó vacía y temblando. Entonces se dejó caer hacia adelante y lo abrazó, ambos de rodillas sobre el cemento caliente, sudorosos, olorosos a sexo y a ciudad.
Respiraban el uno contra el pecho del otro. Las manos de Petra no paraban: le recorrían la espalda, le apretaban el culo, le rozaban la polla otra vez medio dura. Terrence le besó la sien, el hombro, el borde del corpiño.
—Todavía no he terminado contigo —susurró ella contra su cuello—. Quiero que me lleves abajo. A mi cama. Quiero que me folles despacio esta vez… y después que me dejes follarte a ti. Quiero metértela mientras me miras a los ojos y me dices que te gusto así. ¿Me dejas?
Terrence sintió un escalofrío nuevo, más profundo. Asintió. La levantó en brazos otra vez. Petra recogió el tanga y se lo puso a medias. Él se metió los pantalones sin abrocharlos. Juntos cruzaron la azotea hacia la puerta de metal. El crujido del rellano volvió a oírse, más cerca esta vez, como pasos en la escalera. Petra apretó la mano de Terrence y sonrió con los labios todavía brillantes de semen.
—Que suban —dijo en voz baja—. Que vean. Me da igual. Esta noche soy tuya y tú eres mío, y nadie va a pararnos.
Bajaron el primer tramo de escaleras en silencio, el cuerpo de ella pegado al de él, la polla de Terrence rozándole el muslo a cada paso. La puerta de su piso estaba entreabierta. Desde dentro llegaba un olor a vainilla y a ropa limpia. Petra lo empujó dentro y cerró con el pie. La luz del pasillo se apagó detrás de ellos. En la penumbra del recibidor ella se quitó los tacones, se arrodilló otra vez y le bajó la cremallera con los dientes. La noche apenas empezaba. El hambre de ambos no había hecho más que abrirse.
El recibidor olía a vainilla y a ropa limpia, pero el aire se espesó en cuanto la puerta se cerró con un golpe sordo. Petra se arrodilló delante de Terrence sin soltarle la mirada. Los dientes le rozaron el metal de la cremallera, la bajó despacio, y la polla de él —todavía brillante de saliva y de la corrida anterior— le golpeó la mejilla. Ella no se la metió de inmediato. La olió, le pasó la lengua plana desde la base hasta el glande hinchado y luego lo miró desde abajo, con el rímel corrido y los labios hinchados.
—Aquí nadie nos oye —susurró—. Grita todo lo que quieras.
Terrence le enredó los dedos en el cabello y empujó. Petra abrió la garganta y se la tragó entera de un solo movimiento. El calor húmedo la envolvió; él sintió cómo la lengua se le enrollaba alrededor, cómo la garganta se contraía y se abría. Babas espesas le resbalaban por la barbilla y le manchaban el corpiño. Ella se tocaba a sí misma sin pudor: una mano bombeaba su propia polla dura, la otra se metía dos dedos en el coño todavía lleno del semen de él. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico. Terrence embistió más fuerte, follándole la boca con embestidas cortas y profundas que le hacían llorar los ojos. Cuando estuvo a punto de corrérsele otra vez, la levantó de los brazos.
La cargó hasta el sofá del salón. La luz de la calle entraba por la ventana entreabierta y le pintaba rayas amarillas en la piel. Le arrancó el tanga de un tirón y se lo pasó por la cara, oliéndolo, antes de tirarlo al suelo. Petra se abrió sola: piernas flexionadas, medias todavía sujetas, coño rojo e hinchado goteando una mezcla espesa. Terrence se arrodilló entre sus muslos y le comió el coño como si tuviera hambre de días. Lengua ancha, chupones en los labios, punta empujando dentro, luego subiendo a lamerle los huevos y la base de la polla. Petra se arqueó y le agarró la cabeza con las dos manos.
—Así… joder, así… no pares.
Él metió tres dedos de golpe mientras chupaba el glande. El coño de ella se abrió con un sonido blando y sucio. Los dedos buscaban ese punto esponjoso, lo frotaban en círculos, lo golpeaban. Petra se corrió sin avisar, un grito ahogado, la polla disparando chorros blancos sobre su propio vientre y el pecho de Terrence. Él no se detuvo. Siguió chupando y follándola con los dedos hasta que ella se retorció y le empujó la cabeza para que parara, riendo entre jadeos.
—Demasiado… me voy a desmayar.
Terrence se subió encima. La besó con la boca llena de su sabor y alineó la polla con la entrada. Entró despacio esta vez, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el coño todavía espasmódico lo apretaba. Petra le rodeó la cintura con las piernas, los tacones —que se había vuelto a poner en el camino— clavándosele en los glúteos.
—Mírame —ordenó ella—. Dime que te gusto así mientras me folles.
—Me encantas así —jadeó él, empezando a moverse—. Tu polla, tu coño, tus tetas, todo. Quiero follarte hasta que no puedas caminar. Quiero que me folles a mí después. Quiero sentirte dentro.
Las embestidas se volvieron más largas, más profundas. El sofá crujía. Petra le arañaba la espalda, le mordía el hombro, le hablaba al oído con voz rota: más duro, más hondo, rómpeme el coño otra vez. Terrence le levantó las caderas y cambió el ángulo; ahora rozaba ese punto interno con cada embestida. Ella se masturbaba entre los dos cuerpos, el glande rozando el abdomen sudado de él. El olor a sexo llenaba la habitación. Afuera un coche pasó pitando; a ellos les daba igual.
Cuando sintió que se le subía la tercera corrida, Terrence se salió, la giró a cuatro patas en el sofá y se la volvió a meter de un solo empujón. La folló así, agarrándole las caderas, mirando cómo el culo rebotaba y cómo el semen anterior le salía empujado por su polla. Petra gritaba contra el respaldo. Él le escupió en el culo y le metió el pulgar mientras la embestía. Ella se corrió otra vez, esta vez en silencio, el cuerpo entero temblando, la polla goteando sobre el sofá.
Terrence no se corrió. Se salió, temblando de contención, y se dejó caer de espaldas en el suelo del salón. La polla le apuntaba al techo, roja y goteando.
—Ahora tú —dijo, la voz ronca—. Hazlo. Fóllame.
Petra se levantó con las piernas temblorosas. Se quitó el corpiño por fin; los pechos pequeños y firmes quedaron al aire, pezones duros. Se arrodilló entre las piernas de él, le lamió la polla de arriba abajo para mojarla bien, y luego le subió las rodillas hacia el pecho. Le escupió en el agujero, le metió un dedo, luego dos, abriéndolo con paciencia y hambre. Terrence gemía, la cara roja, los ojos fijos en ella.
—Eres preciosa —susurró él—. Quiero sentirte.
Petra alineó su polla —gruesa, dura, las venas marcadas— con la entrada apretada de Terrence y empujó. La cabeza entró con un estiramiento quemante. Él soltó un gemido largo. Ella esperó, acariciándole el pecho, y luego siguió entrando hasta que los huevos le tocaron el culo. Se quedó quieta un segundo, mirándolo a los ojos.
—¿Estás bien?
—Muévete —rogó él—. Fóllame. Quiero que me uses.
Petra empezó despacio, embestidas largas y profundas. El encaje de las medias rozaba los muslos de él. Cada vez que entraba hasta el fondo, Terrence arqueaba la espalda y soltaba un sonido gutural. Ella aceleró. El sonido de carne contra carne llenó el piso. Le masturbaba la polla al mismo ritmo, el puño resbaladizo de precum. Terrence se corrió sin que se la tocaran casi: chorros calientes le salpicaron el pecho y la barbilla mientras el culo se le contraía alrededor de la polla de Petra. Ella no paró. Lo folló a través del orgasmo, más fuerte, más hondo, hasta que él estaba sensible y gimiendo su nombre como una plegaria.
Cuando ella estuvo cerca, se salió, se subió a horcajadas sobre su cara y se corrió en su boca. Terrence tragó todo lo que pudo, la lengua dentro del coño, chupando los últimos espasmos. Petra se dejó caer a su lado, sudorosa, riendo bajito, el cuerpo aún sacudido.
Se quedaron así un rato, respirando el mismo aire caliente. Las manos no paraban: ella le acariciaba el culo todavía abierto, él le rozaba la polla medio dura. Petra se incorporó de pronto, le besó la boca con lengua lenta y le dijo al oído:
—Todavía no. Quiero la cama. Quiero que me ates las muñecas a la cabecera con mis propias medias y me folles tan despacio que llore. Y después quiero que me dejes montarte y correrme dentro de ti mientras te miro a los ojos y te digo lo mucho que me gustas. ¿Vienes?
Terrence asintió, la polla ya volviendo a ponerse dura solo de oírla. Se levantaron. Petra recogió las medias del suelo y se las puso otra vez, despacio, sabiendo que él la miraba. Cruzaron el pasillo corto hacia el dormitorio. La cama era grande, deshecha, sábanas blancas que olían a ella. Petra lo empujó hacia el colchón y se subió encima, frotando su coño todavía resbaladizo contra la polla de él sin dejarla entrar. Lo besó, le mordió el labio y susurró:
—Esta noche no se acaba hasta que los dos estemos vacíos y rotos. Y mañana… mañana quiero que bajes otra vez. Con o sin ropa. Me da igual quién vea.
Desde la escalera se oyó de nuevo ese crujido, más cerca, como si alguien se hubiera detenido justo fuera de la puerta. Petra sonrió contra la boca de Terrence, se levantó el culo y dejó que la cabeza de su polla rozara la entrada mojada, sin empujar todavía.
—Que escuchen —murmuró—. Que se jodan. Tú eres mío esta noche.
Y entonces se sentó de un solo golpe, tragándoselo entero, y empezó a cabalgarlo con embestidas lentas y profundas mientras la puerta del rellano volvía a crujir, más insistente, y ninguno de los dos se movía para ir a mirar.
Petra se hundió hasta el fondo con un gemido largo y bajo, el coño todavía resbaladizo de semen y jugos apretándolo como un puño caliente. Terrence arqueó la espalda contra las sábanas blancas y le agarró las caderas, los dedos hundiéndose en la carne suave por encima de las ligas. Ella cabalgaba despacio al principio, subiendo hasta que solo la cabeza de él quedaba dentro y bajando con un movimiento circular que le hacía rociar más líquido espeso sobre sus muslos. El encaje de las medias rozaba su piel; los pechos pequeños rebotaban con cada embestida. Afuera el crujido del rellano insistía, pasos que se detenían y volvían, pero ninguno miró hacia la puerta. El olor a vainilla se mezclaba con el sexo crudo que llenaba el dormitorio.
—Mírame —ordenó Petra, la voz ronca—. Dime otra vez que te gusto así mientras te follas.
—Me encantas —jadeó Terrence, empujando hacia arriba para encontrarla—. Tu polla dura contra mi vientre, tu coño tragándome, tus tetas… todo. Quiero correrme otra vez dentro de ti y luego quiero que me la metas hasta que grite.
Ella sonrió con los labios hinchados y aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más wet, el sonido obsceno de carne mojada llenando la habitación. Terrence le apretó la polla entre sus cuerpos y la bombeó al ritmo; el glande morado goteaba hilos calientes sobre su abdomen. Petra se inclinó, le mordió el pezón y susurró contra su piel:
—Ahora las medias. Átame.
Se detuvo solo el tiempo suficiente para deslizarse fuera, el coño dejando un rastro brillante sobre la polla de él. Recogió las medias de seda del suelo, se las quitó despacio sabiendo que él no apartaba la vista, y se las tendió. Terrence se incorporó, le besó las muñecas y le ató cada una a los barrotes de la cabecera con nudos firmes pero no crueles. El nylon tenso le marcaba la piel. Petra tiró una vez, comprobó que no podía soltarse del todo, y abrió las piernas todo lo que pudo, el tanga aún a medias en un muslo, el coño rojo e hinchado goteando sobre las sábanas.
Terrence se arrodilló entre sus muslos. Primero le comió el coño otra vez: lengua ancha lamiendo los labios hinchados, chupando el clítoris que ella no tenía pero el bulto sensible de la base de su polla, metiendo la lengua dentro para saborear la mezcla de ambos. Petra se retorcía contra las ataduras, gemía sin freno, la polla rebotando contra su vientre.
—Métela… despacio como te pedí —rogó—. Quiero llorar de lo bien que se siente.
Él alineó la cabeza y empujó centímetro a centímetro. El coño de Petra lo tragó con un espasmo húmedo. Entró hasta el fondo y se quedó quieto, mirándola a los ojos mientras ella temblaba. Luego empezó a moverse con embestidas larguísimas, casi saliendo del todo antes de enterrarse de nuevo. Cada embestida le sacaba un sollozo a Petra. Las lágrimas le corrían por las sienes, no de dolor sino de exceso, de ser deseada exactamente así, polla y todo, atada y abierta bajo él. Terrence le besaba la cara, le lamió las lágrimas, le hablaba al oído entre embestidas:
—Eres preciosa. Tu culo, tu polla goteando, este coño que me aprieta… me vuelves loco. Voy a follarte despacio hasta que te corras sin tocarte y después te voy a soltar para que me uses.
Petra se corrió exactamente así. El cuerpo se le tensó, las muñecas tiraron de las medias, y un grito ahogado le salió de la garganta mientras la polla disparaba chorros blancos sobre su propio pecho y el de Terrence. Él no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, más profundo ahora, sintiendo cómo el coño se le contraía en oleadas. Cuando ella empezó a hipar de sensibilidad él se salió, le desató las muñecas con dedos torpes y la giró. Petra se subió encima de nuevo pero esta vez se dio la vuelta, de espaldas a él, y se sentó de un golpe sobre su polla. Empezó a rebotar fuerte, el culo golpeándole la pelvis, las manos apoyadas en sus muslos.
—Ahora duro —exigió—. Rómpeme el coño otra vez. Quiero sentir tus huevos mañana.
Terrence le agarró la cintura y embistió hacia arriba con fuerza bruta. El sonido era brutal, húmedo, salvaje. Petra se masturbaba con las dos manos, una en la polla y otra abriéndose más el coño para que él entrara más hondo. Se corrieron casi juntos: él primero, enterrado hasta el fondo, llenándola otra vez con chorros calientes que le salían por los lados; ella segundos después, salpicando el pecho de él y las sábanas mientras gritaba su nombre.
Apenas había terminado cuando Petra se deslizó hacia abajo, le lamió la polla limpia de su propia corrida y de la de él, y le empujó las rodillas hacia el pecho. Le escupió al agujero, le metió tres dedos de golpe y los abrió en tijera mientras le chupaba los huevos.
—Voy a metértela ahora —dijo, la voz hecha un hilo grueso de deseo—. Y vas a mirarme a los ojos y me vas a decir que te gusto así mientras te la enterro.
Terrence asintió, la cara roja, la polla ya volviendo a ponerse dura solo de verla prepararlo. Petra alineó su polla gruesa, las venas marcadas brillando de saliva, y empujó. La cabeza entró con un estiramiento quemante que le arrancó un gemido largo a él. Ella esperó, acariciándole el pecho, y luego siguió hasta que los huevos le tocaron el culo. Se quedó quieta un segundo.
—Dímelo.
—Me gustas así —jadeó Terrence, los ojos fijos en los de ella—. Tu polla dentro de mí… joder, Petra, muévete. Fóllame. Te deseo exactamente como eres.
Ella empezó despacio, embestidas largas que le hacían ver estrellas. El encaje de las medias —que se había vuelto a poner— rozaba sus muslos. Cada vez que entraba hasta el fondo Terrence arqueaba la espalda y soltaba un sonido gutural. Petra aceleró. Le masturbaba la polla al mismo ritmo salvaje, el puño resbaladizo. El olor a sexo era espeso, el calor de la habitación pegajoso. Afuera los pasos del rellano se habían callado o se habían ido; a ellos les daba exactamente igual.
Cuando Terrence se corrió otra vez —chorros débiles pero intensos que le salpicaron el pecho— Petra no paró. Lo folló a través de la sensibilidad, más hondo, más fuerte, hasta que él estaba gimiendo su nombre como una plegaria. Entonces ella se salió, se subió a horcajadas sobre su cara y se corrió en su boca con un grito roto. Terrence tragó todo, la lengua metida en el coño, chupando los últimos espasmos mientras ella se aferraba a la cabecera.
Se dejaron caer uno al lado del otro, sudorosos, temblando, el cuerpo de Petra todavía sacudido por oleadas. Las manos no paraban: ella le acariciaba el culo abierto, él le rozaba la polla medio dura que todavía goteaba. Respiraban el mismo aire caliente. Petra se incorporó despacio, le besó la boca con lengua lenta, saboreando su propio semen mezclado con el de él, y le susurró contra los labios:
—Todavía no estamos vacíos del todo.
Se deslizó otra vez entre sus piernas, le lamió la polla hasta dejarla dura otra vez y se montó de frente. Esta vez fue lento, casi perezoso, embestidas profundas y rodantes mientras se miraban a los ojos. Terrence le agarró las nalgas y la ayudó a subir y bajar. Petra le hablaba bajito, confesiones crudas entre gemidos:
—Llevo meses soñando con esto. Con que me folles en la azotea y después me dejes follarte en mi cama. Con que me mires así… como si mi polla y mi coño fueran lo único que quieres. No te sueltes. Quédate. Mañana. La semana que viene. Quiero que me desees cada noche exactamente como soy.
Terrence empujó hacia arriba, la llenó otra vez, y se corrió con un gemido largo mientras ella se masturbaba sobre él y se vaciaba en su pecho. Se quedaron unidos, respirando, el semen mezclándose entre sus cuerpos. Petra se dejó caer sobre él, el cabello pegado al sudor, y le mordió suavemente el hombro.
El silencio solo lo rompía el tráfico lejano y el aire acondicionado del edificio. Petra levantó la cara, los ojos todavía vidriosos, los labios hinchados, y sonrió con esa misma hambre que no se había apagado del todo.
—¿Bajas mañana otra vez a la azotea… o prefieres que te espere aquí atada a la cama con las medias puestas y el coño ya mojado solo de pensarte?
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